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Carta a Santiago

CARTAS "CATÓLICAS"

 

 

Además de las Cartas paulinas, el Nuevo Testamento contiene otras siete Cartas, que llevan los nombres de Santiago, Pedro, Juan y Judas, el hermano de Santiago. La mayor parte de ellas no están dirigidas a comunidades concretas o a personas particulares, sino que tienen una destinación más universal y tratan cuestiones generales. En realidad, no son "cartas" propiamente dichas, sino "homilías" presentadas en estilo epistolar. Por este motivo, después del siglo IV, fueron agrupadas bajo el título de CARTAS "CATÓLICAS", es decir, "universales".

Estas Cartas fueron escritas cuando ya el Cristianismo primitivo había entrado en una nueva etapa. Las comunidades cristianas se habían extendido por casi todas las provincias del Imperio Romano, y habían comenzado a experimentar la presión y las reacciones adversas del ambiente pagano. Aunque no estuvieron sometidas a una constante persecución, ellas vivían dolorosamente conscientes de su precaria situación en una sociedad hostil. A estas dificultades provenientes del exterior, se sumaban otras de carácter interno. La Venida gloriosa del Señor se hacía esperar, y esta demora planteaba dudas e interrogantes, que ponían en crisis la fe y debilitaban la práctica de la vida cristiana. Semejante situación creaba un clima favorable a la infiltración de falsos profetas y maestros, que alteraban con su enseñanza la verdad del Evangelio.

En estas nuevas circunstancias, la Iglesia comprendió la necesidad de consolidar su vida comunitaria, manteniéndose fiel a las enseñanzas de Jesús transmitidas por los Apóstoles. Dicha preocupación aparece en los escritos del Nuevo Testamento provenientes de esa época. Todos ellos insisten en mantener intacta la verdadera fe, advierten contra los falsos maestros y exhortan a conservar la esperanza en medio de las pruebas y persecuciones. Tales características comunes confieren una cierta unidad a las "Cartas católicas", que por su forma y contenido no constituyen un grupo demasiado homogéneo.

 

A pesar de su presentación en forma epistolar, la CARTA DE SANTIAGO es una especie de "homilía", que contiene una serie de exhortaciones morales. Su estilo sentencioso se asemeja al de los escritos sapienciales del Antiguo Testamento. Los temas expuestos se van sucediendo de manera bastante libre, a veces por una semejanza verbal o por una antítesis. Estas exhortaciones, destinadas a servir de guía para la vida cristiana, están dirigidas a "las doce tribus de la Dispersión" (1. 1), es decir, a las comunidades judeocristianas diseminadas fuera de Palestina, que constituían el "nuevo Israel". El autor de esta Carta es identificado comúnmente con Santiago, "el hermano del Señor" (Gál. 1. 19) mencionado en Mt. 13. 55; Mc. 6. 3, que presidía la comunidad de Jerusalén y ocupó un lugar relevante en la "asamblea" de los Apóstoles (Hech. 12. 17; 15. 13-21).

Santiago insiste, sobre todo, en la necesidad de probar la autenticidad de la fe por medio de las "obras", haciendo fructificar "la Palabra sembrada" en el corazón de los creyentes (1. 21). A primera vista, parece contradecir las enseñanzas de Pablo sobre la justificación por la fe. Pero la diferencia entre ambos es más aparente que real. En efecto, siempre que Pablo habla de la fe, se refiere a "la fe que obra por medio del amor" (Gál. 5. 6), como una respuesta a la Palabra de Dios que compromete y transforma la vida del creyente. En este sentido, coincide perfectamente con Santiago. En último término, para ambos, la fe que justifica no es la fe "estéril" (2. 20), sino la que "va acompañada de las obras" (2. 17) y se manifiesta en ellas: "De la misma manera que un cuerpo sin alma está muerto, así está muerta la fe sin las obras" (2. 26). Por otra parte, cuando Pablo habla de las "obras" se refiere a las observancias de la Ley de Moisés, que los "judaizantes" consideraban necesarias para salvarse (Hech. 15. 1), mientras que Santiago piensa en los cristianos que hacen una profesión meramente verbal y exterior de su fe (1. 22).

Y para el autor de esta Carta, como para Pablo (Rom. 13. 8-10; Gál. 5. 14), "la Ley por excelencia" consiste en el amor al prójimo (2. 8). Por eso, con una vehemencia que recuerda a los grandes profetas de Israel, Santiago denuncia abiertamente las desigualdades y las injusticias sociales (5. 1-6). Su juicio no es menos severo cuando censura a las asambleas cristianas en las que se concede un lugar de privilegio a los ricos y se relega a los pobres. A fin de combatir estas discriminaciones, él se hace eco de la enseñanza de Jesús. "¿Acaso Dios no ha elegido a los pobres de este mundo para enriquecerlos en la fe y hacerlos herederos del Reino?" (2. 5).

Saludo inicial

1 1 Santiago, servidor de Dios y del Señor Jesucristo, saluda a las doce tribus de la Dispersión.

La actitud frente a las pruebas

2 Hermanos, alégrense profundamente cuando se vean sometidos a cualquier clase de pruebas, 3 sabiendo que la fe, al ser probada, produce la paciencia. 4 Y la paciencia debe ir acompañada de obras perfectas, a fin de que ustedes lleguen a la perfección y a la madurez, sin que les falte nada.

5 Si a alguno de ustedes le falta sabiduría, que la pida a Dios, y la recibirá, porque él la da a todos generosamente, sin exigir nada en cambio. 6 Pero que pida con fe, sin vacilar, porque el que vacila se parece a las olas del mar levantadas y agitadas por el viento. 7 El que es así no espere recibir nada del Señor, 8 ya que es un hombre interiormente dividido e inconstante en su manera de proceder.

9 Que el hermano de condición humilde se gloríe cuando es exaltado, 10 y el rico se alegre cuando es humillado, porque pasará como una flor del campo: 11 apenas sale el sol y calienta con fuerza, la hierba se seca, su flor se marchita y desaparece su hermosura. Lo mismo sucederá con el rico en sus empresas.

12 Feliz el hombre que soporta la prueba, porque después de haberla superado, recibirá la corona de Vida que el Señor prometió a los que lo aman.

La tentación

13 Nadie, al ser tentado, diga que Dios lo tienta: Dios no puede ser tentado por el mal, ni tienta a nadie, 14 sino que cada uno es tentado por sus malos deseos, que lo atraen y lo seducen. 15 De ellos nace el pecado, y este, una vez cometido, engendra la muerte.

Dios, fuente de todo bien

16 No se engañen, queridos hermanos. 17 Todo lo que es bueno y perfecto es un don de lo alto y desciende del Padre de los astros luminosos, en quien no hay cambio ni sombra de declinación. 18 Él ha querido engendrarnos por su Palabra de verdad, para que seamos como las primicias de su creación.

Necesidad de practicar la Palabra de Dios

19 Tengan bien presente, hermanos muy queridos, que debemos estar dispuestos a escuchar y ser lentos para hablar y para enojarnos. 20 La ira del hombre nunca realiza la justicia de Dios. 21 Dejen de lado, entonces, toda impureza y todo resto de maldad, y reciban con docilidad la Palabra sembrada en ustedes, que es capaz de salvarlos. 22 Pongan en práctica la Palabra y no se contenten sólo con oírla, de manera que se engañen a ustedes mismos. 23 El que oye la Palabra y no la practica, se parece a un hombre que se mira en el espejo, 24 pero en seguida se va y se olvida de cómo es. 25 En cambio, el que considera atentamente la Ley perfecta, que nos hace libres, y se aficiona a ella, no como un oyente distraído, sino como un verdadero cumplidor de la Ley, será feliz al practicarla.

La verdadera religiosidad

26 Si alguien cree que es un hombre religioso, pero no domina su lengua, se engaña a sí mismo y su religiosidad es vacía. 27 La religiosidad pura y sin mancha delante de Dios, nuestro Padre, consiste en ocuparse de los huérfanos y de las viudas cuando están necesitados, y en no contaminarse con el mundo.

Contra la acepción de personas

2 1 Hermanos, ustedes que creen en nuestro Señor Jesucristo glorificado, no hagan acepción de personas. 2 Supongamos que cuando están reunidos, entra un hombre con un anillo de oro y vestido elegantemente, y al mismo tiempo, entra otro pobremente vestido. 3 Si ustedes se fijan en el que está muy bien vestido y le dicen: "Siéntate aquí, en el lugar de honor", y al pobre le dicen: "Quédate allí, de pie", o bien: "Siéntate a mis pies", 4 ¿no están haciendo acaso distinciones entre ustedes y actuando como jueces malintencionados?

La dignidad de los pobres

5 Escuchen, hermanos muy queridos: ¿Acaso Dios no ha elegido a los pobres de este mundo para enriquecerlos en la fe y hacerlos herederos del Reino que ha prometido a los que lo aman? 6 Y sin embargo, ¡ustedes desprecian al pobre! ¿No son acaso los ricos los que los oprimen a ustedes y los hacen comparecer ante los tribunales? 7 ¿No son ellos los que blasfeman contra el Nombre tan hermoso que ha sido pronunciado sobre ustedes?

El cumplimiento de la Ley

8 Por lo tanto, si ustedes cumplen la Ley por excelencia que está en la Escritura: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, proceden bien. 9 Pero si hacen acepción de personas, cometen un pecado y son condenados por la Ley como transgresores. 10 En efecto, aunque uno cumpla toda la Ley, si peca contra un solo precepto, quebranta toda la Ley. 11 Porque el que ha dicho: No cometerás adulterio, dijo también: No matarás. Por lo tanto, si evitas el adulterio, pero cometes un homicidio, te haces transgresor de la Ley. 12 Hablen y actúen como quienes deben ser juzgados por una Ley que nos hace libres. 13 Porque el que no tiene misericordia será juzgado sin misericordia, pero la misericordia triunfa sobre el juicio.

La fe y las obras

14 ¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso esa fe puede salvarlo? 15 ¿De qué sirve si uno de ustedes, al ver a un hermano o una hermana desnudos o sin el alimento necesario, 16 les dice: "Vayan en paz, caliéntense y coman", y no les da lo que necesitan para su cuerpo? 17 Lo mismo pasa con la fe: si no va acompañada de las obras, está completamente muerta.

18 Sin embargo, alguien puede objetar: "Uno tiene la fe y otro, las obras". A ese habría que responderle: "Muéstrame, si puedes, tu fe sin las obras. Yo, en cambio, por medio de las obras, te demostraré mi fe". 19 ¿Tú crees que hay un solo Dios? Haces bien. Los demonios también creen, y sin embargo, tiemblan. 20 ¿Quieres convencerte, hombre insensato, de que la fe sin obras es estéril? 21 ¿Acaso nuestro padre Abraham no fue justificado por las obras, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? 22 ¿Ves cómo la fe no estaba separada de las obras, y por las obras alcanzó su perfección? 23 Así se cumplió la Escritura que dice: Abraham creyó en Dios y esto le fue tenido en cuenta para su justificación, y fue llamado amigo de Dios.

24 Como ven, el hombre no es justificado sólo por la fe, sino también por las obras. 25 ¿Acaso Rahab, la prostituta, no fue justificada por las obras, cuando recibió a los mensajeros y les hizo tomar otro camino? 26 De la misma manera que un cuerpo sin alma está muerto, así está muerta la fe sin las obras.

Los pecados de la lengua

3 1 Hermanos, que no haya muchos entre ustedes que pretendan ser maestros, sabiendo que los que enseñamos seremos juzgados más severamente, 2 porque todos faltamos de muchas maneras.

Si alguien no falta con palabras es un hombre perfecto, porque es capaz de dominar toda su pesona. 3 Cuando ponemos un freno en la boca de los caballos para que nos obedezcan, dominamos todo su cuerpo. 4 Lo mismo sucede con los barcos: por grandes que sean y a pesar de la violencia de los vientos, mediante un pequeño timón, son dirigidos adonde quiere el piloto. 5 De la misma manera, la lengua es un miembro pequeño, y sin embargo, puede jactarse de hacer grandes cosas. Miren cómo una pequeña llama basta para incendiar un gran bosque. 6 También la lengua es un fuego: es un mundo de maldad puesto en nuestros miembros, que contamina todo el cuerpo, y encendida por el mismo infierno, hace arder todo el ciclo de la vida humana. 7 Animales salvajes y pájaros, reptiles y peces de toda clase, han sido y son dominados por el hombre. 8 Por el contrario, nadie puede dominar la lengua, que es un flagelo siempre activo y lleno de veneno mortal. 9 Con ella bendecimos al Señor, nuestro Padre, y con ella maldecimos a los hombres, hechos a imagen de Dios. 10 De la misma boca salen la bendición y la maldición. Pero no debe ser así, hermanos. 11 ¿Acaso brota el agua dulce y la amarga de una misma fuente? 12 ¿Acaso, hermanos, una higuera puede producir aceitunas, o higos una vid? Tampoco el mar puede producir agua dulce.

La verdadera y la falsa sabiduría

13 El que se tenga por sabio y prudente, demuestre con su buena conducta que sus actos tienen la sencillez propia de la sabiduría. 14 Pero si ustedes están dominados por la rivalidad y por el espíritu de discordia, no se vanagloríen ni falten a la verdad. 15 Semejante sabiduría no desciende de lo alto sino que es terrena, sensual y demoníaca. 16 Porque donde hay rivalidad y discordia, hay también desorden y toda clase de maldad. 17 En cambio, la sabiduría que viene de lo alto es, ante todo, pura; y además, pacífica, benévola y conciliadora; está llena de misericordia y dispuesta a hacer el bien; es imparcial y sincera. 18 Un fruto de justicia se siembra pacíficamente para los que trabajan por la paz.

Exhortación a eliminar las discordias

4 1 ¿De dónde provienen las luchas y las querellas que hay entre ustedes? ¿No es precisamente de las pasiones que combaten en sus mismos miembros? 2 Ustedes ambicionan, y si no consiguen lo que desean, matan; envidian, y al no alcanzar lo que pretenden, combaten y se hacen la guerra. Ustedes no tienen, porque no piden. 3 O bien, piden y no reciben, porque piden mal, con el único fin de satisfacer sus pasiones.

4 ¡Corazones adúlteros! ¿No saben acaso que haciéndose amigos del mundo se hacen enemigos de Dios? Porque el que quiere ser amigo del mundo se hace enemigo de Dios. 5 No piensen que la Escritura afirma en vano: El alma que Dios puso en nosotros está llena de deseos envidiosos. 6 Pero él nos da una gracia más grande todavía, según la palabra de la Escritura que dice: Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes. 7 Sométanse a Dios; resistan al demonio, y él se alejará de ustedes. 8 Acérquense a Dios y él se acercará a ustedes. Que los pecadores purifiquen sus manos; que se santifiquen los que tienen el corazón dividido. 9 Reconozcan su miseria con dolor y con lágrimas. Que la alegría de ustedes se transforme en llanto, y el gozo, en tristeza. 10 Humíllense delante del Señor, y él los exaltará.

Los juicios contra el prójimo

11 Hermanos, no hablen mal los unos de los otros. El que habla en contra de un hermano o lo condena, habla en contra de la Ley y la condena. Ahora bien, si tú condenas la Ley, no eres cumplidor de la Ley, sino juez de la misma. 12 Y no hay más que un solo legislador y juez, aquel que tiene el poder de salvar o de condenar. ¿Quién eres tú para condenar al prójimo?

La inseguridad del mañana

13 Y ustedes, los que ahora dicen: "Hoy o mañana iremos a tal ciudad y nos quedaremos allí todo el año, haremos negocio y ganaremos dinero", 14 ¿saben acaso qué les pasará manaña? Porque su vida es como el humo, que aparece un momento y luego se disipa. 15 Digan más bien: "Si Dios quiere, viviremos y haremos esto o aquello". 16 Ustedes, en cambio, se glorían presuntuosamente, y esa jactancia es mala.

17 El que sabe hacer el bien y no lo hace, comete pecado.

Advertencia a los ricos

5 1 Ustedes, los ricos, lloren y giman por las desgracias que les van a sobrevenir. 2 Porque sus riquezas se han echado a perder y sus vestidos están roídos por la polilla. 3 Su oro y su plata se han herrumbrado, y esa herrumbre dará testimonio contra ustedes y devorará sus cuerpos como un fuego. ¡Ustedes han amontonado riquezas, ahora que es el tiempo final! 4 Sepan que el salario que han retenido a los que trabajaron en sus campos está clamando, y el clamor de los cosechadores ha llegado a los oídos del Señor del universo. 5 Ustedes llevaron en este mundo una vida de lujo y de placer, y se han cebado a sí mismos para el día de la matanza. 6 Han condenado y han matado al justo, sin que él les opusiera resistencia.

Exhortación a la constancia

7 Tengan paciencia, hermanos, hasta que llegue el Señor. Miren cómo el sembrador espera el fruto precioso de la tierra, aguardando pacientemente hasta que caigan las lluvias del otoño y de la primavera. 8 Tengan paciencia y anímense, porque la Venida del Señor está próxima. 9 Hermanos, no se quejen los unos de los otros, para no ser condenados. Miren que el Juez ya está a la puerta. 10 Tomen como ejemplo de fortaleza y de paciencia a los profetas que hablaron en nombre del Señor. 11 Porque nosotros llamamos felices a los que sufrieron con paciencia. Ustedes oyeron hablar de la paciencia de Job, y saben lo que hizo el Señor con él, porque el Señor es compasivo y misericordioso.

El juramento

12 Pero ante todo, hermanos, no juren ni por el cielo, ni por la tierra, ni de ninguna manera: que cuando digan "sí", sea sí; y cuando digan "no", sea no, para no ser condenados.

La eficacia de la oración

13 Si alguien está afligido, que ore. Si está alegre, que cante salmos. 14 Si está enfermo, que llame a los presbíteros de la Iglesia, para que oren por él y lo unjan con óleo en el nombre del Señor. 15 La oración que nace de la fe salvará al enfermo, el Señor lo aliviará, y si tuviera pecados, le serán perdonados. 16 Confiesen mutuamente sus pecados y oren los unos por los otros, para ser curados. La oración perseverante del justo es poderosa. 17 Elías era un hombre como nosotros, y sin embargo, cuando oró con insistencia para que no lloviera, no llovió sobre la tierra durante tres años y seis meses. 18 Después volvió a orar; entonces el cielo dio la lluvia, y la tierra produjo frutos.

La corrección fraterna

19 Hermanos míos, si uno de ustedes se desvía de la verdad y otro lo hace volver, 20 sepan que el que hace volver a un pecador de su mal camino salvará su vida de la muerte y obtendrá el perdón de numerosos pecados.

1 5. Esta "sabiduría" es el discernimiento espiritual que permite asignar a cada cosa su verdadero valor y vivir en conformidad con la voluntad de Dios. Ver 3. 13-18.

10-11. Is. 40. 6-7.

12. Dn. 12. 12.

17. El "Padre de los astros luminosos" es Dios, creador de las luces celestiales (Gn. 1. 14-18) y fuente de toda luz espiritual. A diferencia de los astros que se oscurecen periódicamente, Dios es constante en su amor por los hombres. Ver 1 Tim. 6. 16; 1 Ped. 2. 9; 1 Jn. 1. 5.

19. Ecli. 5. 11; Prov. 10. 19.

21-23. "La Palabra": ver nota Mt. 13. 20.

25. La "Ley perfecta, que nos hace libres" es la Ley de la Nueva Alianza, que "perfecciona" la Antigua (Mt. 5. 17) y, al resumirse en el amor, "libera" al hombre de su propio egoísmo y de la letra de la misma Ley. Ver 2. 12; Gál. 5. 13; 1 Ped. 2. 16.

2 5. Ver Mt. 5. 3.

7. "El Nombre tan hermoso" es el de Cristo, único medio de salvación. Ver Hech. 2. 21; 4. 12.

8. Lev. 19. 18. Ver Mt. 22. 34-40; Rom. 13. 9; Gál. 5. 14.

11. Éx. 20. 13-14; Deut. 5. 17-18.

12. Ver nota 1. 25.

21. Gn. 22. 9.

23. Gn. 15. 6; 2 Crón. 20. 7; Is. 41. 8.

25. Ver Jos. 2. 4.

4 4. "¡Corazones adúlteros!" se debe entender en el sentido bíblico de infieles a Dios. Ver nota Mt. 12. 39.

5. La frase, tal como aparece citada, no se encuentra en la Escritura y resulta difícil determinar el texto bíblico a que se hace referencia.

6. Prov. 3. 34.

5 5. El "día de la matanza" es una expresión profética (Jer. 12. 3) que designa el día del Juicio final, en el que Dios hará valer su justicia sobre el mundo pecador.

7. Las "lluvias del otoño" que hacen germinar las semillas, y las "de la primavera" que hacen madurar las plantas, son una imagen de la Venida del Señor.

11. Sal. 103. 8; 111. 4. Ver Jb. 1. 20-22.

12. Ver Mt. 5. 34-37.

14-15. En este texto bíblico se funda el rito de la Unción de los enfermos.

Sobre los "presbíteros", ver notas Hech. 11. 30; 14. 23.

16. "Confiesen mutuamente sus pecados": con esta exhortación se recomienda una práctica penitencial –la confesión de los pecados– que los primeros cristianos tomaron de la liturgia judía. Dicha confesión consistía en un reconocimiento general de los propios pecados, realizado comunitariamente, para que la oración común ayudara a obtener el perdón divino.

17-18. Ver 1 Rey. 17 - 18.

20. Prov. 10. 12. Ver 1 Ped. 4. 8.

"Salvará su vida de la muerte": el texto no especifica con claridad si esta frase se refiere al pecador que se convierte o al que lo aleja del pecado. Ver Ez. 3. 20-21; 1 Tim. 4. 16.

 

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