ANGELES Y DEMONIOS

Crítica de cine

 

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Angeles y Demonios

Angels & Deamons

Dirección: Ron Howard
Guión: David Koepp y Akiva Goldsman (adaptación); Dan Brown (Novela original:
Elenco: Tom Hanks, Ewan McGregor, Ayelet Zurer, Stellan Skarsgard, Pierfrancesco Favino, Nikolaj Lie Kaas, Armin Mueller-Stahl

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Se trata de un “thriller” que nunca llega propiamente a un clímax cinematográfico y que a pesar de una cuidada producción, muy buena fotografía y ambientación; carece de fuerza al tratar de introducir aburridas peroratas moralistas y seudo-filosóficas en medio de una aventura que queda así demasiado interrumpida.

La aventura de la obra se inicia cuando el Papa reinante muere. Mientras un tubo de “antimateria” –que funciona como un poderoso explosivo- es robado en Suiza, en el Vaticano se da inicio a un cónclave que enfrenta un drama: los cuatro cardenales “favoritos” para ser elegidos Papa son secuestrados por una secta llamada de los “Illuminati”, que con la anunciada muerte ritual de los cuatro y la destrucción del Vaticano con la explosión de la anti-materia, pretende vengar a sus miembros, prestigiosos científicos supuestamente asesinados por la Iglesia en siglos anteriores.

El Vaticano decide convocar al “simbologista” Robert Langdon para descifrar los códigos secretos, evitar la muerte de los cardenales y prevenir la destrucción del Vaticano.

Langdon llega a Roma e inicia una frenética carrera para salvar a los cardenales, que van siendo asesinados en lugares emblemáticos para los Illuminati; y siguiendo “códigos” supuestamente ocultos en grandes obras religiosas y en los archivos secretos del Vaticano, llega a los diversos templos… siempre tarde, para ver morir uno a uno a los cardenales; salvo el último, que es salvado a duras penas en la romana Piazza Navona.

Mientras tanto, en el Vaticano se produce una tensión entre el Secretario del Papa difunto, que funge como Camarlengo –es decir responsable del tiempo de sede vacante- y el cardenal Strauss, líder del colegio de cardenales, sobre si la Iglesia debe salir al mundo a reconocer que persiguió a los “Illuminati” o conservar el secreto.

Langdon intenta ahora, con la ayuda del Camarlengo, encontrar la bomba de anti-materia; que tras largas peripecias, es hallada en la cripta de San Pedro… pero es demasiado tarde para desactivarla.

Heroicamente, el Camarlengo decide correr a un helicóptero que conveniente sabe guiar, y que se encuentra en la plaza de San Pedro, para elevarse lo más alto posible. Cuando parece que ha realizado un acto supremo de sacrificio, aparece del cielo descendiendo en un paracaídas, y mientras la anti-materia estalla, el Camarlengo, en olor de multitud, desciende herido en medio de la Plaza de San Pedro, ante miles de aplausos.

Cuando el Colegio de Cardenales está a punto de romper la tradición y nombrarlo Papa, Langdon descubre unas grabaciones de seguridad que demuestran que es en realidad el Camarlengo quien asesinó al Papa a quien sirvió como Secretario personal y tramó la falsa historia de los “Illuminati” para hacerse del poder en la Iglesia y conducirla al oscurantismo anti-científico.

Finalmente el cardenal rescatado por Langdon es elegido Papa, e invita al simbologista a tomar parte de su presentación ante el mundo, a la vez que le concede acceso a la información “secreta” del Vaticano sobre Galileo y permiso para que publique “la verdad” sobre la represión católica a la ciencia. El Camarlengo se suicida encendiéndose en llamas en la misma tumba de San Pedro y… todos felices.

¿Es una película contra la Iglesia?

A diferencia del Código Da Vinci, “Ángeles y Demonios” es una historia cualquiera, que pretende ser enigmática y a la vez trepidante, pero se queda a medio camino de ambos; sin hacer ninguna propuesta abierta contra la Iglesia. La película, sin embargo, sí está cargada de profundos prejuicios anticatólicos. El Vaticano es presentado como una sociedad oscurantista, el colegio de cardenales como una reliquia repleta de secretos, los funcionarios vaticanos como ciegos fanáticos, y la historia de la Iglesia como plagada de actos de vandalismo contra el arte y de asesinatos contra científicos del pasado. Así, aunque no ataca los principios de la Iglesia, ciertamente es una más de las películas que se suman a la lista de las que alientan y perennizan prejuicios católicos ante el mundo secular.

Sorprendentemente  ignorante

Pero más que el prejuicio contra la Iglesia católica destaca la sorprendente ignorancia tanto de Dan Brown  como de Ron Howard a la hora de presentar la realidad de la Iglesia. Así, una superproducción que debería haber contado con las investigaciones básicas que otras películas hacen, no tiene empacho en presentar una lista interminable de elementos risibles. Aquí solo alguno de los imposibles que la película presenta como hechos de la vida vaticana:

- El Secretario del Papa no puede ser nombrado “Camarlengo”, pues este es un título que en la Iglesia sólo puede recaer en un cardenal.

- No existe el título de “gran cardenal elector”, como el que la película le asigna al cardenal Strauss.

- No existe un “servicio secreto” del Vaticano fuera de la Guardia Suiza.

- Los cardenales supuestamente “favoritos” no se les llama “favoriti” y no forman ninguna casta o grupo especial en un cónclave.

- Los cardenales no son “encerrados” en la Capilla Sixtina, sino que tienen acceso a sus habitaciones que se encuentran en la otra ala de la Basílica vaticana.

- Las votaciones papales no se realizan durante la noche, y mucho menos con poco más de una hora entre una y otra.

- La Guardia Suiza no posee ningún poder para decidir políticas de seguridad en el Palacio Apostólico.

- El Archivo Secreto Vaticano es cualquier cosa menos el impresionante laberinto de sótanos infinitos, repletos de cuartos climatizados y preservados gracias a mecanismos de alta tecnología con sistemas de seguridad codificados.

- Durante el cónclave, la Plaza de San Pedro se colma de fieles orantes, no de grupos de protesta que debaten entre sí y se agarran a golpes en torno a temas como el aborto o las células estaminales embrionarias.

- El Vaticano cuenta con uno de los mejor ubicados helipuertos en el centro de Roma, al interior de los jardines vaticanos. No hay razón pues para hacer aterrizar un helicóptero en plena Plaza San Pedro, espantando a los feligreses.

- El Vaticano no cuenta con aviones privados que puedan transportar a simbologistas a través del océano en el lapso de poquísimas horas.

- El “pasaje secreto” entre la fortaleza de Castel Sant’Angelo y el Vaticano no tiene nada de secreto, corre a lo largo del Borgo vaticano y  hace siglos que no conecta a uno con el otro.

Y la lista podría seguir con muchos más detalles, como que el nuevo Papa jamás se reviste en la “loggia” ante la vista de todos, sino en la “Capilla del Llanto”, contigua a la Sixtina; el Papa recién electo no usa mitra cuando es recién elegido; los subordinados del Vaticano no se disculpan diciendo en latín “mea culpa”, la Guardia Suiza no arresta a obispos o sacerdotes por orden de los cardenales y los italianos, curas o no; y peor aún  ni beben ni sirven café americano, una de las peores “herejías”.

Esta supina ignorancia es el motivo por el que, a la mitad de la película, no es raro ver gente que se retira más aburrida que indignada, mientras que los católicos que saben algo de la vida en el Vaticano ríen a carcajadas, para incomodidad del resto de espectadores.

En resumen, se trata de una película carente de valor cinematográfico, narrativo, histórico o de cualquier otro orden.

Es comprensible que los productores hayan querido iniciar una batalla con el Vaticano para tratar de promoverla. El Vaticano, sin embargo, nunca mordió en anzuelo.

De hecho el Vaticano no ayudó a la producción del film, como el director Howard pretendía, y finalmente la mayoría de los actores, con la excepción Tom Hanks y su compañera, jamás pisaron la Ciudad Eterna. La película fue mayormente filmada en un viejo palacio en Caserta, (Italia). Y todas las escenas interiores fueron filmadas en el estudio de sonido de Sony en Los Ángeles, mientras que un inmenso exterior de la Plaza de San Pedro fue construido en un hipódromo en el sur de Los Ángeles.

En Estados Unidos, el fin de semana del estreno garantizó un éxito económico para el estudio: 48 millones de dólares... pero muy por debajo de los 77 millones que generó el Código Da Vinci. Peor aún, sólo el  38% de quienes vieron la película están dispuestos a recomendársela a los demás.

En conclusión, se trata de una película que pasará sin pena ni gloria y que no amerita ni el tiempo ni el dinero de los católicos.

Fuente: Aciprensa

http://www.aciprensa.com

 

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