Los Niños y la Eucaristía

Libro del Padre Angel Peña O.A.R.

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LOS NIÑOS Y LA EUCARISTÍA

Nihil Obstat P. Ignacio Reinares Vicario Provincial del Perú Agustino Recoleto

Imprimatur Mons. José Carmelo Martínez Obispo de Cajamarca (Perú)

ÁNGEL PEÑA O.A.R. LIMA - PERÚ 2009 

ÍNDICE GENERAL

INTRODUCCIÓN

La Eucaristía. La esencia de la fe. La misa. Los niños y la comunión. Primera comunión. Niños santos. Milagros eucarísticos. Lanciano, b) Ferrara Alatri, d) Bolsena e) Santarém, f) Gorkum Siena, h) Lourdes i) Otros milagros. Iniciativas eucarísticas. Algunos ejemplos de amor a Jesús. Oraciones.

CONCLUSIÓN

BIBLIOGRAFÍA 

INTRODUCCIÓN

En este librito deseo hacer reflexionar a los niños sobre el gran tesoro de nuestra fe católica, Jesús Eucaristía. Jesús, el mismo Jesús de Nazaret, el hijo de María, que resucitaba a los muertos, sanaba a los enfermos y bendecía a los niños hace 2.000 años, es el mismo Jesús, vivo y resucitado, que está entre nosotros como un amigo cercano en el sacramento de la Eucaristía. Por eso, es importantísimo que les hablemos a los niños de la Eucaristía para llevarlos a amar a Jesús y para que sientan su amor en sus corazones.

Los niños son puros y sinceros, si les hablamos del amigo Jesús que los ama y los espera, pronto descubrirán en Él un amigo a quien pueden acudir en todas sus dificultades. Y los niños podrán ser apóstoles de la Eucaristía, compartiendo su fe sincera y su amor a Jesús con sus propios padres y con sus compañeros y amigos.

Deseo a todos los niños una verdadera y sincera amistad con Jesús Eucaristía, el amigo que siempre los espera y los ama. Que Jesús sea su mejor amigo y que, desde muy pequeños, aprendan a amarlo con todo su corazón. 

LA EUCARISTÍA

Es la presencia viva y real de Jesús en medio de nosotros en este sacramento. Por eso, la Eucaristía es el fundamento, el centro y la esencia, de nuestra fe católica que debe estar centrada en Jesús, nuestro Dios y Señor. La Eucaristía es el mayor regalo que Dios ha dado a los hombres. Es el tesoro más grande del mundo. Es la vida de nuestra vida, porque es el mismo Jesucristo en persona. La Eucaristía no es una cosa sagrada, es Jesús mismo, que nos dice:

Yo soy el pan de vida, el que viene a Mí ya no tendrá hambre; el que cree en Mí, jamás tendrá sed (Jn 6, 35). El que come mi carne y bebe mi sangre está en Mí y yo en él… El que me come, vivirá por Mí… El que me come, vivirá para siempre (Jn 6, 53-59). Y para algunos que lo dudan, les dice san Pablo: El pan que partimos, ¿no es acaso la comunión con el Cuerpo de Cristo? El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es acaso la comunión con la Sangre de Cristo? (1 Co 10, 16). Como si dijera, ¿alguno lo duda?

La Eucaristía es el manjar de los ángeles (Sab 16, 20), el pan de los fuertes (Sal 78, 25), el pan de los cielos (Sal 105, 40), el pan vivo bajado del cielo (Jn 6, 51). Es el mejor alimento para el crecimiento de nuestra vida espiritual.

Por eso mismo, la Iglesia nos dice, por medio de los Papas, que la Eucaristía es el don más grande que Cristo ha ofrecido a la Iglesia (Juan Pablo II, 31 de octubre de 1982). La Eucaristía es la fuente y cima de toda la vida cristiana (Catecismo de la Iglesia Nº 1324). La Eucaristía está en el centro de la vida cristiana y de la Comunidad parroquial (Juan Pablo II, 28 de mayo de 1996).

Precisamente, porque la Eucaristía es el mismo Jesús, nuestro Dios y Señor, hay, ante el sagrario de nuestras iglesias, de día y de noche, millones de ángeles acompañando, adorando y amando a su Dios sacramentado. Algunos santos se unían a los ángeles para adorar a Jesús.

San Josemaría Escrivá de Balaguer decía: Desde hace muchísimo tiempo, cuando hago la genuflexión ante el sagrario, después de adorar al Señor sacramentado, doy también gracias a los ángeles, porque continuamente hacen la corte a Dios. Este mismo santo dice en su libro: “Es Cristo que pasa”: Cuando celebro la misa, me sé rodeado de ángeles que están adorando a la Trinidad. San Bernardo dice: En ese momento, los ángeles rodean al sacerdote, haciéndole una guardia de honor. Los ángeles llenan la iglesia, rodean el altar y contemplan extasiados la sublimidad y grandeza del Señor. LA ESENCIA DE LA FE

La Eucaristía no es algo importante, sino imprescindible, para vivir nuestra fe. La Eucaristía es la esencia y fundamento de nuestra fe cristiana, porque sin Cristo, no hay cristianismo. Y la Eucaristía es el mismo Cristo en persona. No basta con creer en Cristo de modo teórico, es necesario amarlo personalmente y tenerle el máximo respeto.

Santa Margarita María de Alacoque (1647-1690) decía: Mi soberano Señor no ha cesado nunca de reprenderme directamente mis faltas. Lo que más le desagrada y de lo que me ha reprendido siempre con mayor severidad es la falta de atención y de respeto en presencia del Santísimo Sacramento, especialmente en el tiempo de la oración. ¡Ay de mí! De cuántas gracias me he privado por una distracción, por una mirada curiosa, por una posición más cómoda y menos respetuosa.

Santa Faustina Kowalska nos dice: Hoy, después de la comunión, Jesús me ha dicho: Has de saber, hija mía, que cuando llego a un corazón humano que me recibe en la santa comunión, tengo las manos llenas de toda clase de gracias y deseo dárselas, pero las almas ni siquiera me prestan atención. Me dejan solo, piensan en otras cosas. ¡Oh, qué triste para Mí que me traten como a una cosa muerta!.

Hija mía, no dejes la santa comunión a no ser que estés segura de haber caído gravemente. Fuera de esto, no te detenga ninguna duda para unirte a Mí en la comunión. Tus pequeños defectos desaparecerán en mi amor como una pajita arrojada a un gran fuego. Debes saber que me entristeces mucho, cuando no me recibes en la comunión.

El santo cura de Ars aconsejaba: Para acercarte a la comunión, te levantarás con gran modestia, te arrodillarás en presencia de Jesús sacramentado, pondrás todo tu esfuerzo en avivar tu fe. Tu mente y tu corazón deben estar centrados en Jesús. Cuida de no volver la cabeza a uno y otro lado. Si debes esperar algunos instantes, excita en tu corazón un ferviente amor a Jesucristo. Suplícale que se digne venir a tu pobre corazón. Y, después de haber tenido la inmensa dicha de comulgar, te levantarás con modestia, volverás a tu sitio y te pondrás de rodillas. Debes conversar unos momentos con Jesús, al que tienes la dicha de albergar en tu corazón donde durante un cuarto de hora, está en cuerpo y alma como en su vida mortal.

Carlo Carretto, el gran escritor italiano, nos dice: Quisiera decir a todos aquellos que dejan solitario a Jesús en el sagrario: Imaginad que la fe de la Iglesia sea cierta. En tal caso, ¿no estaría justificado venir a quedarse junto a Él? Yo creo que Jesús está presente en la Eucaristía. ¡Cuánto me ha ayudado esta fe! ¡Cuánto debo a esta presencia! Es aquí delante, donde aprendí a orar. La Eucaristía es la mejor puerta de acceso a Dios. ¡Cuánta dulzura he sentido en la presencia de Jesús Eucaristía! ¡Qué bien he comprendido la razón de los santos para quedarse en contemplación ante este pan, implorando, adorando y amando!.

Santa Teresita de los Andes, la santa chilena, muerta a los 19 años, decía: Quisiera hacer comprender a todos que la Eucaristía es un cielo, puesto que el cielo no es sino un sagrario sin puertas, una Eucaristía sin velos, una comunión sin término. La venerable María Angélica Álvarez Icaza (1887-1978), la santa mexicana fundadora del Monasterio de la Visitación de la ciudad de México, escribió: Hoy he sentido de modo inefable la real presencia de Jesús en la Eucaristía, tan sensible como se siente la presencia de una persona viva al acercarse a ella. Así siento a mi Amado, al acercarme al sagrario. Siento algo así como su calor, su respiración, su vida. No puedo explicar cómo es esto, pero repito que lo siento como se siente a una persona viva.

Y ¡cuánto amor y cuántas bendiciones recibimos al comulgar! Deberíamos tener verdaderas ansias de comulgar como los santos. La Venerable Sor Teresa María de Jesús Ortega dice así: Vino la guerra civil y Teruel, donde yo estaba, quedó cercado por los rojos. La angustia más dura era la comunión diaria. Comulgar..., por encima de todo, comulgar. No había formas. No había máquinas para hacer formas. No había. No había... tantas cosas. Pero había una cosa: hambre y sed de Dios. Había que comulgar, había que hacer lo imposible. Era el grito del alma, era la necesidad de la vida. ¡Comulgar, comulgar! Por encima de todo, comulgar. ¿Qué sería la vida sin comunión?

Busqué dos planchas de carbón y las calentaba en un fuego que había por allí, busqué harina y un poco de agua. Con esa harina y esa agua hacía una masa y la metía entre las dos planchas. Salían unas formas empolvadas, deformes, pero Dios bajaba allí. El padre franciscano las consagraba a diario. ¡Qué misterio! No faltó un solo día la comunión. Faltó todo..., pan, agua, descanso, pero Dios no faltó, porque tenía Él más sed de nosotras que nosotras de Él.

Un día, haciendo esas formas tan sin forma, se cayó el techo encima. El techo y las paredes... La masa quedó convertida en algo negro, no servía para nada. Había que peregrinar de nuevo a otro rinconcito para seguir haciendo pan y poder alimentar nuestra alma de Dios. Pero se acabó el asedio y me metieron en la cárcel... ¡Un mes sin comulgar! Al salir de la cárcel, alguien me dio una cajita muy chica, pero llena de hostias consagradas. La llevaba a todas partes. ¡Cuántas comuniones ocultas! ¡Cuántos repartos diarios! ¡Qué comuniones de catacumbas! Paseaba por Valencia con el misterio... ¡Qué procesión del Corpus entre aquellos milicianos rojos! Él iba oculto y paseaba por las calles sin que nadie lo supiera. ¡Misterios invisibles! ¡Qué bueno eres Señor! Estás loco de amor por tus criaturas.

Al menos visitemos a Jesús todos los días en el sagrario. ¿Acaso no tenemos nada que pedir o nada que agradecer?

San Juan Bosco decía a sus jóvenes: ¿Queréis abundancia de gracias? Visitad a Jesús sacramentado con frecuencia. ¿Queréis pocas? Sed mezquinos en visitarlo. ¿No queréis ninguna? Pasad de largo.

El beato Manuel González repetía: ¡Ahí está Jesús! ¡Ahí está! ¡No lo dejen abandonado! Cuando en 1912 lo enviaron a dar una misión popular a Palomares del Río (Sevilla) se sintió estremecido por el abandono del sagrario. Dice así:

Fuime derecho al sagrario de la restaurada iglesia en busca de alas a mis casi caídos entusiasmos... y ¡qué sagrario! Allí de rodillas, ante aquel montón de harapos y suciedades, mi fe veía a través de aquella puertecilla apolillada, a un Jesús tan callado, tan paciente, tan desairado, tan bueno que me miraba. Parecíame que, después de recorrer con su vista aquel desierto de almas, pasaba su mirada entre triste y suplicante, que me decía mucho y me pedía más..., una mirada en la que se reflejaba todo lo triste del Evangelio. De mí sé deciros que aquella tarde, en aquel rato de sagrario, yo entreví para mi sacerdocio una ocupación en la que antes no había soñado. Ser cura de un pueblo que no quisiera a Jesucristo para quererlo yo por todo el pueblo, emplear mi sacerdocio en cuidar a Jesucristo en las necesidades que su vida de sagrario le ha creado, alimentarlo con mi amor, calentarlo con mi presencia, entretenerlo con mi conversación, defenderlo contra el abandono y la ingratitud.

¡Ay! ¡Abandono del sagrario, cómo te quedaste pegado a mi alma! ¡Ay! ¡Qué claro me hiciste ver todo el mal que de ahí salía y todo el bien que por él dejaba de recibirse!

El cristianismo es el sagrario y el sagrario no es el remate, el broche de oro, sino que es todo el cristianismo, el principio y el fin y la razón de ser. Yo no puedo pensar qué sería un cristianismo sin Eucaristía, porque el fundador no quiso que lo hubiera. A más frecuencia del sagrario, más cristianismo; a menos sagrario, menos cristianismo.

¡S supieras la diferencia que hay entre los sabios de biblioteca y los sabios del sagrario! ¡Si supieras, todo lo que un rato de sagrario da de luz a la inteligencia, de calor a un corazón, de aliento a un alma, de suavidad y fruto a una Obra! ¡Si supieras tú el valor que infunde ese rato de rodillas ante el sagrario!.

Por eso, quiero ser enterrado junto a un sagrario para que mis huesos, después de muerto, como mi lengua y mi pluma en vida, estén siempre diciendo a los que pasan: Ahí está Jesús. Ahí está. No lo dejen abandonado.

¡Cuántas bendiciones nos perdemos por no amar más a Jesús Eucaristía! ¡Cuántas misas y comuniones y visitas perdidas para siempre por no haber puesto un poquito más esfuerzo de nuestra parte! Jesús es nuestro amigo, nuestro vecino, nuestro Dios, que nos espera pacientemente en el sagrario para enriquecernos con sus dones. Y pasamos de largo... ¡Cuántas bendiciones nos perdemos! ¡Cuán solo se siente Jesús en el sagrario! ¡Cuántas iglesias cerradas durante el día y Él esperando! ¡Qué pocos van a visitarlo y a recibirlo en la comunión con verdadera fe y amor! ¡Vayamos nosotros a visitarlo y hacerle compañía, porque Él no se dejará ganar en generosidad!

LA MISA

La misa es un sacrificio, porque en ella se reactualiza y se hace presente la muerte de Cristo para expiar nuestros pecados. Jesús sigue ofreciendo su vida por nosotros como lo hizo en la cruz. Pero también la misa es la actualización, aquí y ahora, de la resurrección de Cristo. Por eso, la misa es una gran fiesta para los católicos. ¿Cómo no vamos a estar contentos, si Jesús ha resucitado? Además, Jesús instituyó la Eucaristía durante la gran fiesta de los judíos: la Pascua; y así nos da la entender que la Eucaristía es la gran fiesta de los verdaderos cristianos que sustituye a la Pascua judía.

En la misa Jesús está realmente presente con nosotros en persona y, si Jesús está con nosotros, ¿no va a ser una fiesta? Además, junto con Jesús, está también el Padre y el Espíritu Santo, Dios entero, porque las tres personas divinas están siempre unidísimas; donde está una, están también las otras dos. San Josemaría Escrivá de Balaguer pensaba que también está la Virgen María de un modo muy especial, porque ella nunca se separa de su Hijo; también están presentes, de otra manera, todos los ángeles y santos del cielo y las almas del purgatorio; es más, en cierto sentido, está toda la creación. Por eso, algunos santos sacerdotes, cuando dicen, al principio de la misa: El Señor esté con vosotros, se lo dicen, no sólo a los que están allí presentes, sino a todos los ángeles y santos del cielo, a todas las almas del purgatorio, a todos los cristianos, a todos los hombres y mujeres de la tierra, a las aves del cielo, a los peces del mar y a los animales del campo, a los mares y a los ríos y a las montañas, y también a las estrellas del firmamento; a todas las criaturas.

San Juan Bautista María Vianney (1786-1859), el famoso cura de Ars, decía: La santa misa alegra toda la corte celestial, alivia a las pobres almas del purgatorio, atrae sobre la tierra toda suerte de bendiciones y da más gloria a Dios que todos los sufrimientos de los mártires juntos, que las penitencias de todos los solitarios, que todas las lágrimas por ellos derramadas desde el principio del mundo y que todo lo que hagan hasta el fin de los siglos.

El santo padre Pío de Pietrelcina (1887-1968), gran místico, que tuvo las llagas de Cristo en sus manos y en sus pies, afirmaba: La Eucaristía es el mayor de todos los milagros. Es el signo más grande del amor de Jesús por nosotros. Él ha hecho todo esto para darnos una vida eterna, abundante, perfecta.

Y el beato Manuel González exclamaba: ¡Qué gozo siente mi alma! Por muy ofendido, despreciado, blasfemado e injustamente tratado que sea Dios por parte de muchos hombres, podemos dar a Dios infinitamente más gloria que la que le pueden quitar los pecados de los hombres. ¿Nos explicamos ahora por qué aún no se ha roto en mil pedazos esta sentina de nuestra tierra pecadora al golpe de la ira de Dios? ¿Nos explicamos por qué hay sol en los días y luna en las noches y lluvias en tiempo oportuno, y alegría y poder, y virtud en la tierra, y comunicación de Dios con los hijos de los hombres? ¡Hay misas en la tierra! Y en todos los minutos del día y de la noche se está repitiendo el Por Él, con Él y en Él... todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.

LOS NIÑOS Y LA COMUNIÓN

Los primeros cristianos daban la comunión a los niños, incluso a los que no tenían uso de razón. El diácono depositaba, con el dedo sobre los labios del pequeño, una gotita de vino. Pero esta costumbre fue perdiéndose poco a poco.

El Papa Pío X por el decreto Sacra Tridentina Synodus de 1905 y con el decreto Quam singulari de 1910 dio un enorme impulso a la piedad eucarística, permitiendo la comunión diaria y la posibilidad de dar la comunión a los niños a partir de los siete años e incluso antes.

Juan Pablo II en su libro ¡Levantaos! ¡Vamos! dice: Un testimonio conmovedor de amor pastoral por los niños, lo dio mi predecesor san Pío X con su decisión sobre la primera comunión. No solamente redujo la edad necesaria para acercarse a la mesa del Señor, de lo que yo mismo me aproveché en mayo de 1929, sino que dio la posibilidad de recibir la comunión, incluso antes de haber cumplido los siete años, si el niño muestra tener suficiente discernimiento. La sagrada comunión anticipada fue una decisión pastoral que merece ser recordada y alabada. Ha producido muchos frutos de santidad y de apostolado entre los niños, favoreciendo que surgieran vocaciones sacerdotales.

El Papa Benedicto XVI en la exhortación apostólica Sacramento de amor afirma: Se ha de dar también la comunión eucarística, cuando sea posible, a los discapacitados mentales, bautizados y confirmados. Ellos reciben la Eucaristía también en la fe de la familia o de la comunidad que los acompaña (Nº 58). Esto quiere decir que, si pueden recibir la comunión, apoyados en la fe de la familia o de la Comunidad que los acompaña, los discapacitados mentales, que no se dan cuenta de lo que reciben, también la pueden recibir los ancianos o enfermos que ya no se dan cuenta de lo que reciben, aunque con las debidas condiciones.

En cuanto a los niños, lo importante es educarlos desde pequeñitos a amar a Jesús Eucaristía y animarles a visitarlo frecuentemente. Y esto debe hacerse, especialmente con los niños que ya han hecho su primera comunión, para que su amor a Jesús no se enfríe sino que se vaya acrecentando cada día más y más.

Veamos ahora la carta dirigida a los niños por el Papa Juan Pablo II en el año 1994, año de la familia: La primera comunión es, sin duda alguna, un encuentro inolvidable con Jesús, un día que se recuerda siempre como uno de los más hermosos de la vida. La Eucaristía, instituida por Cristo, es el más importante de los sacramentos… Para acercarse a la sagrada comunión, se debe haber recibido el bautismo; éste es el primer sacramento y el más necesario para la salvación. Es un gran acontecimiento el bautismo. En los primeros siglos de la Iglesia, cuando los que recibían el bautismo eran sobre todo los adultos, el rito se concluía con la participación en la Eucaristía y tenía la misma solemnidad que hoy acompaña a la primera comunión. Más adelante, al administrar el bautismo, principalmente a los recién nacidos, la fiesta más solemne se trasladó al momento de la primera comunión. Cada muchacho y cada muchacha de familia católica conoce bien esta costumbre: la primera comunión se vive como una gran fiesta familiar. En este día, se acercan, generalmente, a la Eucaristía junto con el festejado, los padres, los hermanos y hermanas, los demás familiares, los padrinos y, a veces, también los profesores y educadores.

El día de la primera comunión es además una fiesta en la parroquia. Recuerdo, como si fuera hoy mismo, cuando junto con otros muchachos de mi edad, recibí por primera vez la Eucaristía en la iglesia parroquial de mi pueblo. Es costumbre hacer fotos familiares de este acontecimiento para así no olvidarlo. Por lo general, las personas conservan estas fotografías durante toda la vida. Con el paso de los años, al hojearlas, se revive la atmósfera de aquellos momentos. Se vuelve a la pureza y a la alegría experimentadas en el encuentro con Jesús.

¡Cuántos niños en la historia de la Iglesia han encontrado en la Eucaristía una fuente de fuerza espiritual, a veces, incluso heróica! ¿Cómo no recordar, por ejemplo, los niños y niñas santos que vivieron en los primeros siglos y que aún hoy son conocidos y venerados en toda la Iglesia? Santa Inés, que vivió en Roma; santa Águeda, martirizada en Sicilia; san Tarsicio, un muchacho llamado con razón el mártir de la Eucaristía, porque prefirió morir antes que entregar a Jesús sacramentado, a quien llevaba consigo. Y así, a lo largo de los siglos hasta nuestros días, no han faltado niños y muchachos santos y beatos de la Iglesia. Al igual que Jesús, también María, la Madre de Jesús, ha dirigido siempre en el curso de la historia su atención maternal a los pequeños. Pensad en santa Bernardita de Lourdes, en los niños de La Salette y, ya en este siglo, en Lucía, Francisco y Jacinta de Fátima… ¡Alabad el nombre del Señor!

Y tú, divino Niño, levanta tu mano y bendice a estos pequeños amigos tuyos, bendice a todos los niños de la tierra.

PRIMERA COMUNIÓN

El día de la primera comunión debe ser uno de los más importantes de la vida para un niño católico. Ese día se recibe un abrazo personal de Jesús, presente en la Eucaristía, y en ese abrazo de Jesús van incluidas inmensas bendiciones para el niño y su familia. Por eso, hay que hacer especial hincapié en la pureza del alma y no darle tanta importancia a la fiesta familiar, a las fotos, al vestido, a los padrinos…

Es importante también que los padres y hermanos puedan ese día acompañar al niño en su comunión. Y le den un certificado bonito con su foto para recuerdo de toda la vida. Y, sobre todo, es importante que el niño este bien preparado para entender que no va a recibir un pan bendito sino al mismo Jesús en persona.

En una ocasión, un niño preguntó a su catequista:

¿Cómo es posible que un Dios tan grande esté en una hostia tan chiquita? ¿Y cómo es posible que un paisaje tan grande, que tienes ante tu vista, pueda estar metido dentro de tu ojo tan pequeñito?, ¿no podría hacer Dios algo parecido? ¿Y cómo puede estar presente al mismo tiempo en todas las hostias consagradas? Piensa en un espejo. Si se rompe en mil pedazos, cada pedacito refleja la imagen que antes reproducía el espejo entero. ¿Acaso se ha partido la imagen? No, pues así Dios está todo entero en todas las partes y en cada hostia. ¿Y cómo es posible que el pan y el vino se conviertan en el cuerpo y sangre de Cristo? Cuando tú naciste eras pequeñito y tu cuerpo iba asimilando el alimento que comías y cambiándolo en tu cuerpo y sangre, y así ibas creciendo. ¿Y Dios no podría cambiar también el pan y el vino en el cuerpo y sangre de Jesús? ¿Pero yo no comprendo el por qué de todo esto? Porque tú no comprendes de lo que es capaz el amor de un Dios. Todo es por amor. la Eucaristía es la prueba suprema del amor de Jesús. Después de esto, sólo queda el cielo mismo. Por eso, los santos daban tanta importancia a la comunión.

Sta. Teresita del Niño Jesús nos habla en su Historia de un alma sobre su primera comunión: Por fin llegó el más hermoso de los días. ¡Qué inefables recuerdos dejaron en mi alma los más pequeños detalles de esta jornada de cielo! ¡Qué dulce fue el primer beso de Jesús a mi alma! Fue un beso de amor, me sentía amada y decía a mi vez: Os amo, me entrego a Vos para siempre. No hubo ni peticiones ni luchas ni sacrificios. Desde hacía mucho tiempo Jesús y la pobre Teresita se habían mirado y se habían comprendido. Aquél día no era ya una mirada, sino una fusión. Ya no eran dos. Teresa había desaparecido, como la gota de agua que se pierde en el seno del océano. Sólo quedaba Jesús, Él era el dueño, el Rey. Y lloró de felicidad. Sus compañeras, dice ella misma, no podían comprender que, viniendo a mi corazón toda la alegría del cielo, este corazón desterrado no pudiera soportarla sin derramar lágrimas.

También Lucía de Fátima en sus Memorias nos habla de aquel delicioso día de su primera comunión: Según se aproximaba el momento, mi corazón latía más deprisa en la espera de la visita del gran Dios, que iba a descender del cielo para unirse a mi pobre alma; pero, luego que se posó sobre mis labios la hostia divina, sentí una serenidad y una paz inalterable, sentí que me envolvía en una atmósfera tan sobrenatural que la presencia de nuestro buen Dios se me hacía tan sensible, como si lo viese o lo oyese con mis sentidos corporales.

Le dirigí entonces mis súplicas: Señor, hazme una santa, guarda mi corazón siempre puro para Ti solo… Me sentía transformada en Dios… Me sentía tan saciada con el pan de los ángeles que me fue imposible entonces tomar alimento alguno. Perdí, desde entonces, el gusto y atractivo que comenzaba a sentir por las cosas del mundo y sólo me encontraba bien en algún lugar solitario, donde pudiese recordar sola las delicias de mi primera comunión.

La Madre Amparo, la fundadora del convento de Clarisas de Cantalapiedra (Salamanca), dice sobre su primera comunión, del 6 de enero de 1898: Dios se introdujo en mi alma y tomó posesión de todo mi ser como Señor y Dueño mío. Se apoderó de mi corazón y de todas mis potencias para no dejarme más. Me sentí toda de Jesús y toda para siempre… Sólo me quedé con el deseo y el pensamiento de ser toda y exclusivamente de Jesús y ser religiosa, a ser posible, en una Orden donde se tuviera especial devoción a la Santísima Virgen, a quien amaba con toda mi alma.

La venerable María Angélica Álvarez Icaza (1887-1977) cuenta en sus Memorias sobre el día de su primera comunión: Yo sentía un amor por mi Jesús que me hacía como desfallecer. Nos llevaron a la iglesia de Valvanera que ya estaba preparada. Empezó la misa solemne y, por momentos, crecía mi fervor. Estaba tan embriagada de dicha que muchas cosas se me pasaron sin fijarme ni sé qué música había ni qué convidados ni nada. Cuando llegó el prefacio, entonces yo no sé qué me pasó, porque de manera nunca antes experimentada, sentí que venían los ángeles del cielo para hacer reverencia a su Señor; no los vi, sólo los sentí, pero con una fuerza y una impresión tanto más honda cuanto que me vino de repente sin que yo pensara en ellos. Por otra parte, esto me dispuso de manera admirable para cuando me llegó el instante supremo de la santa comunión. Entonces, estaba mi alma como en un cielo. ¡Qué primera comunión tan deliciosa! Los pequeños detalles que la precedían y que manifestaban el respeto a Jesús, como el quitarnos los guantes, el darnos la vela encendida, levantarnos los velos que nos cubrían... también me ayudaron.

Lo recibí, al fin, y mi alma se quedó como endiosada. En eso sentí que alguien me tocaba con suavidad, era Lupe. Nuestros dos reclinatorios estaban juntos, así que con facilidad ella inclinándose a mí me dijo muy bajito: “Pídele que seas monja”, y yo le respondí también bajito: “No, yo mejor le pido ser santa”. Y eso le pedí; pero, al estarlo pidiendo, sentí una súbita inspiración: Dios mío, yo me ofrezco a ti como víctima, le dije. ¿Quién me enseñó eso? No recuerdo en esa edad haber oído hablar de víctimas, pero comprendí que esto era hacerle la entrega total de todo mi ser y la única manera adecuada de corresponder al amor que mi Jesús me mostraba.

Una religiosa contemplativa me decía: Aún no he olvidado aquel beso que me dio Jesús en el momento de mi primera comunión. Fue un flechazo o dardo de amor que clavó en mi corazón. Algo inolvidable que no puedo explicar. Era como un fuego amoroso que yo sentía y que me unió a Él para siempre. Me enamoré del sagrario y, por eso, cuando me preguntó en una especie de “visión” ¿estás dispuesta a encerrarte y sacrificarte para salvar tantas almas que se condenan? Le dije que SI con todo el amor de mi corazón.

Otra religiosa contemplativa me escribía: Hice mi primera comunión a los 8 años en el colegio de niñas ciegas, dirigido por las religiosas dominicas, donde aprendí a rezar y amar a Dios. Me preparé para la primera comunión con gran ilusión y con un fervor quizá superior a mis años y nunca dudé de la presencia de Jesús en la sagrada hostia. Me acerqué al sacramento de la penitencia con una clarividencia que sorprendió al confesor. Recuerdo siempre ese gran día de mi primera comunión como uno de los más felices de mi vida. Cuando tuve a Jesús dentro de mí, ya no me di cuenta de los cantos ni de nada de lo que ocurría a mi alrededor. Pero Jesús quiso darme una prueba más de su amor. Al tomar la sagrada hostia, me quedó en la boca un sabor como de sangre y no sé explicar lo que en esos momentos experimentaba. Tenía una gran convicción de que Jesús estaba realmente en mí, que su sangre purificaba mi ser y sentía un amor muy vivo hacia Él. Nunca manifesté lo que me ocurría. Guardé el secreto como un tesoro escondido, pero procuraba estar muy unida a Jesús a lo largo de todo el día y ponía sumo cuidado en no cometer la menor falta que me impidiera acercarme a comulgar al día siguiente.

Otra religiosa me escribía también en una carta: A la edad de seis años, di tales problemas por querer comulgar que el capellán, en una de las frecuentes visitas del señor obispo, se lo dijo. El obispo me examinó y le contestó:

A esta niña le pueden dar la primera comunión mañana mismo.

¡Qué alegría la mía! Fijaron la fecha para la Inmaculada y la dulce mamá me dio en alimento el fruto de su Amor. Yo no perdí la ocasión de pedirle a mi amiguito Jesús la gracia de ser religiosa. Tuve tan grande alegría que mi diminuto ser no pudo con ella y, al día siguiente, amanecí con cuarenta grados de fiebre y necesité de varios días para recuperarme.

A partir de entonces, era para mí una delicia el comulgar y el estar un rato con Él después de la comunión. Le hablaba de mis cosas y, cuando no sabía qué decirle, lo miraba y le pedía que viniera a jugar conmigo.

NIÑOS SANTOS

San Tarsicio, muerto el año 258, es el niño mártir de la Eucaristía, y el patrón de los monaguillos y de los niños de la adoración nocturna. Tenía unos 11 años, cuando le encargaron que llevara la comunión a los encarcelados, pero unos compañeros suyos, al querer descubrir lo que llevaba con tanto cuidado, lo mataron. No lograron arrebatarle su tesoro, pues un soldado, que era ya catecúmeno y lo conocía, pudo llegar en el último momento y trasladó su cadáver a las catacumbas de san Calixto. El Papa san Dámaso escribió de Tarsicio unos versos inmortales:

Queriendo a san Tarsicio, de Cristo el sacramento arrebatar, su tierna vida prefirió entregar, antes que los misterios celestiales.

La beata Imelda Lambertini sintió, desde muy pequeña, un inmenso amor a Jesús Eucaristía y deseaba recibir la comunión lo antes posible. Sus padres la llevaron a vivir con las religiosas del convento de dominicas de Santa María Magdalena de Valdipietra de Bologna (Italia) y, cada vez que las religiosas se acercaban a comulgar, ella sentía unos vivos deseos de recibir a su amigo Jesús.

El 10 de mayo de 1333, fiesta de la Ascensión del Señor, la Comunidad estaba oyendo la santa misa. Al terminar la misa las hermanas se retiraron y ella se quedó sola para seguir orando. Pero, entonces, ocurrió un prodigio que vio una religiosa que entró a la iglesia. Una hostia blanca y brillante aparecía suspendida encima de la cabeza de Imelda. Inmediatamente, llamaron a un sacerdote que tomó la hostia y la colocó en una patena. El sacerdote interpretó el suceso como que el Señor quería que Imelda, que tanto lo deseaba, pudiera comulgar y le dio la hostia en comunión. En ese momento, se sintió tan encendida de amor a su Señor que se quedó en éxtasis del que nunca más volvió, pues murió ese mismo día. Tenía 11 años.

Muchas personas comenzaron, inmediatamente después de su muerte a invocarla como a una santa. Su cuerpo incorrupto se conserva en la iglesia de san Segismundo de Bologna. Fue beatificada por el Papa León XII en 1826. En 1922 se fundó una Comunidad religiosa de dominicas de la beata Imelda, que tiene como carisma propagar el amor a la Eucaristía por medio de la adoración perpetua. El Papa Pío X en 1908 la nombró patrona de los niños que hacen la primera comunión.

La beata Laura Vicuña (1891-1904), recibió a los 10 años la primera comunión y a los doce años obtuvo el permiso de su confesor para ofrecer su vida por la conversión de su madre, que en el mismo día de sus funerales retornó a los sacramentos. Amó entrañablemente a Jesús y lo visitaba frecuentemente en la iglesia.

Nellie es llamada la violeta del Santísimo Sacramento. Nació en 1903 en Irlanda. A los cuatro años, sentía una atracción sobrenatural hacia Jesús sacramentado y pedía insistentemente recibir a Jesús en la comunión. El obispo de Kork, a los cuatro años y tres meses, le administró la confirmación y la primera comunión. Fue una de las inspiradoras para que el Papa Pío X concediera la gracia de comulgar a los niños con uso de razón.

Anfrosina Berardi nació en 1920 en Italia y es llamada la mártir de la paciencia y de la resignación, un modelo luminoso de fe y amor a Jesús sacramentado. Tuvo el privilegio de ver frecuentemente a la Virgen, que le pedía ofrecer sus sufrimientos por la salvación de los pecadores. Su proceso de beatificación está en marcha.

María del Carmen GonzÁlez fue una niña que ofreció su vida a Dios por la salvación de los que habían fusilado a su padre el 29 de agosto de 1936, durante la guerra civil española. Murió repitiendo el nombre de Jesús y de María. Su ofrecimiento tuvo lugar después de la comunión, pues, cuando comulgaba, se quedaba hablando con Jesús como una enamorada. Su proceso de beatificación está avanzando.

Antonietta Meo, llamada Nennolina, murió a los seis años en 1937. Le escribió a Jesús 162 cartas. Sus cartas a Jesús han sido publicadas en dos libros Carissimo Dio Padre de Editorial Vaticana y las cartas de Nennolina de la Editorial San Pablo. En 1934 se enfermó gravemente y ofrecía sus sufrimientos a Jesús por los demás. Un día, después de la comunión, le dijo a Jesús que prefería morir antes de cometer un solo pecado mortal. Cuando su madre la llevaba a la iglesia, se arrodillaba con las manos juntas delante del sagrario. El 25 de diciembre de 1936 hizo su primera comunión con tanto fervor que los que la vieron creyeron que estaba en éxtasis, contemplando al divino Jesús.

Veamos una de las tantas cartas de Nennolina:

Querido Jesús, estoy tan, tan contenta de que hayas venido a mi corazón que deseo que nunca te vayas de mi corazón y te quedes siempre conmigo. Jesús, te quiero tanto que me quiero abandonar en tus brazos para que hagas de mí lo que Tú quieras. Oh Jesús amoroso, dame almas, dame muchas almas. Te quiero tanto que te doy mi corazón. Saludos y besos de tu querida Antonietta.

Angela Jacobellis nació en Roma en 1948 y murió de leucemia a los 12 años. Supo soportar con paciencia los grandes dolores de su enfermedad y rezaba frecuentemente el rosario. Cuando comulgaba, parecía un serafín. Está introducida la causa de su beatificación.

Guido di Fontgalland nació en París en 1913 y murió a los 11 años de una enfermedad incurable. El día de su primera comunión, Jesús le dijo que pronto lo llevaría al cielo y él le respondió SI. Antes de morir, consolando a su madre, le manifestó: La Virgen vendrá a llevarme. Dios lo quiere así. La Virgen me ha dicho que de tus brazos, pasaré a los suyos. No llores, mamá, será muy dulce morir así.

A santo Domingo Savio (1842-1857), desde pequeño, su madre le enseñó a amar a Jesús Eucaristía y a mandarle besos al sagrario. Desde los cinco años, ayudaba al párroco como monaguillo en las misas. Y deseaba tanto hacer la primera comunión para recibir a Jesús, que, a pesar de que la costumbre era esperar hasta los doce años, el párroco le permitió hacerla a los siete años... Para él fue un día muy feliz e hizo el propósito de confesar y comulgar todas las veces que pudiera y de morir antes que pecar.

Para realizar sus estudios, debía caminar cada día cuatro kilómetros cuatro veces al día. Un día, un campesino le preguntó si no tenía miedo de andar solo. Él el respondió: No estoy solo, tengo conmigo a mi ángel custodio.

Cuando Don Bosco lo recibió en el Oratorio, fue un joven ejemplar que trataba siempre de poner paz entre los que se peleaban. Y siempre le pedía a don Bosco que le ayudara a ser santo, pues esa era su meta y su ideal. Para ello centraba su vida en la Eucaristía. En una ocasión, terminada la misa, todos fueron a tomar desayuno y, después, a estudiar. A la hora de la comida, preguntaron dónde estaba Domingo y lo buscaron. Lo encontraron detrás del altar de la iglesia, inmóvil, como en éxtasis. Había estado orando desde la misa hasta las dos de la tarde. Murió a los 15 años y fue canonizado el 13 de junio de 1954, siendo un modelo y ejemplo para todos los muchachos de su edad.

Angelo Bonetta nació el 8 de setiembre de 1948. Desde niño se distinguió por su bondad con todos y por su espíritu de sacrificio, ofreciendo sus sufrimientos por la salvación de los pecadores. A los seis años, le permitieron hacer la primera comunión por su gran deseo de amar a Jesús. Todos los domingos iba a misa y ayudaba al sacerdote como monaguillo.

En 1959 siente fuertes dolores en las piernas. Le descubren un tumor canceroso y tienen que cortarle una pierna. Y él, con paciencia y resignación, ofrece todos sus dolores por la salvación de los pecadores. En el hospital todos lo quieren y él aprovecha el tiempo haciendo apostolado entre sus compañeros enfermos. Con permiso del obispo, con trece años, hace voto de pobreza, castidad y obediencia dentro de la Asociación Silenciosos operarios de la Cruz. Ese día pudo decir: Ahora soy verdaderamente todo tuyo, Jesús. Todo tuyo y de la Virgen María para la conversión de los pecadores. El 27 de enero de 1963 hizo su última confesión y comunión, recibiendo también la unción de los enfermos. Al día siguiente, murió como un santo con sólo 14 años.

Silvio Dissegna nació el 1 de julio de 1967 en Moncalieri (Italia). Recibe la primera comunión con mucha devoción a los ocho años. Tenía grandes proyectos. Quería ser maestro. A los 10 años empieza a sentir molestias en la pierna izquierda y le descubren cáncer al hueso. Tiene que recibir quimioterapia. En el hospital oye muchas blasfemias y, desde ese momento, quiere reparar tantas ofensas que hacen a Jesús, ofreciendo generosamente sus sufrimientos para consolarlo. Un día vio a Jesús en sus sueños con tal realismo que nunca dudará del amor de Jesús y, por eso, quería siempre recibirlo en la comunión para amarlo más y unirse más a Él. Muere el 24 de setiembre de 1979 a los doce años. Su padre escribió en el periódico:

El primero de julio de 1967 pude anunciar en las páginas de este periódico la alegría de mi familia por el nacimiento de Silvio. Después de dos años de sufrimiento, Silvio ha muerto, retornando a la casa del Padre que lo esperaba. Silvio era un niño maravilloso, alegre, siempre sonriente y generoso con todos. Él aceptó su cruz con amor, confianza y obediencia a los designios divinos. A pesar de ser un niño, vivió como un gigante.

Diana López nació en Medellín (Colombia) el 21 de octubre de 1966. En 1975 hizo su primera comunión y, al día siguiente, recibió la confirmación de manos del obispo Monseñor Alfonso Uribe Jaramillo. Para todos, Diana era una niña muy especial, siempre alegre, que consagró a Dios su virginidad. Por eso, la llaman el lirio blanco. Le decía a Jesús: Señor, te quiero mucho por la obra maravillosa de nuestro cuerpo. Por medio de él podemos amarte y honrarte. Señor, ayuda a las personas que no saben hacer buen uso de su cuerpo y sólo buscan placeres... Ser jóvenes no es ser esclavos del sexo, sino amar la vida. Quien ama verdaderamente su juventud no se deja esclavizar.

El 27 de marzo de 1980 muere a los 13 años a causa de una miocarditis aguda, que la lleva en pocas horas a encontrarse con Jesús Eucaristía, a quien tanto amaba, por quien sentía tanta atracción personal y a quien iba a visitar frecuentemente a la iglesia.

Salvatore Pane fue un monaguillo extraordinario que siempre estaba disponible para ayudar en las misas de la parroquia y a quien su párroco lo quería mucho. El mismo Salvatore organizó en la parroquia un grupo de monaguillos a quienes él les enseñaba cómo ayudar a misa con atención y devoción. Su cercanía con Jesús Eucaristía le hizo sentir deseos de ser sacerdote, cuando fuera grande. Mientras tanto, día tras día, iba a la iglesia a la misa y a recibir a su amigo Jesús con frío o con calor. No importaba, lo importante era estar cerca de Jesús y recibirlo en la comunión.

Según sus compañeros de escuela, era de buen carácter, siempre alegre, y le gustaba cantar. Pero un día cayó en cama con fiebre alta. Le detectaron bronconeumonía. Por su casa pasaron sus compañeros y profesores a visitarlo, pero su situación empeoró y, un buen día, Dios se lo llevó al cielo, después de una vida breve, pero intensa, con trece años de edad.

Y ¿qué decir del amor a Jesús sacramentado de los niños de Fátima? Francisco, estando ya enfermo, le decía a Lucía:

Dile al señor cura que me traiga la comunión.

Al verme me preguntó:

¿Pediste al Señor escondido para que el señor cura me dé la sagrada comunión? Sí, se lo pedí. Cuando volvió al anochecer, estaba ya radiante de alegría. Se había confesado y el sacerdote le había prometido llevarle al día siguiente la sagrada comunión. Después de comulgar al siguiente día, decía a su hermanita Jacinta:

Hoy soy más feliz que tú, porque tengo dentro de mi pecho a Jesús escondido.

La misma Jacinta tenía un amor inmenso a Jesús Eucaristía. Dice Lucía:

En una ocasión, le llevé una estampa que tenía el sagrado cáliz con una hostia. Se fijó en él, lo besó y, radiante de alegría, decía: “Es Jesús escondido. ¡Lo amo tanto! ¡Quién me diera recibirlo en la iglesia! ¿En el cielo no se comulga? Si se comulga, yo comulgo todos los días. Si el ángel fuese al hospital a llevarme otra vez la sagrada comunión, ¡qué contenta quedaría!”.

Cuando, a veces, yo volvía de la iglesia y entraba en su casa, me preguntaba: ¿Comulgaste? Si yo le decía que sí, me decía: Llégate aquí bien cerca de mí, que tienes en tu corazón a Jesús escondido. No sé como es, pero siento a Nuestro Señor dentro de mí y comprendo lo que me dice, aunque no lo veo ni lo oigo, pero es tan bueno estar con Él.

El ángel de Portugal, al darles la comunión en la tercera aparición en 1916, les enseñó la siguiente oración: Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Te adoro profundamente y te ofrezco el preciosísimo cuerpo, sangre, alma y divinidad de Jesucristo, presente en todos los sagrarios de la tierra en reparación de los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sacratísimo Corazón y del Corazón Inmaculado de María, te pido la conversión de los pobres pecadores.

MILAGROS EUCARÍSTICOS

Lanciano

En un pueblo de Italia, llamado Lanciano, Jesús quiso dejarnos una prueba de su presencia real en la Eucaristía, alrededor del año 750. Quizás es el milagro eucarístico más importante.

En la iglesia de San Francisco, donde ocurrió el milagro, hay una inscripción en mármol que cuenta el prodigio (cuyas reliquias todavía se conservan en esa iglesia). Dice así: Alrededor de los años setecientos después de Jesucristo, en esta iglesia, un monje sacerdote dudó de que en la hostia consagrada estuviera verdaderamente el Cuerpo de nuestro Señor y en el cáliz la Sangre.

Celebró la misa y, después de decir las palabras de la consagración, vio que la hostia se convertía en Carne y el vino en Sangre. Todo esto lo mostró a los que estaban allí, y después a todo el pueblo.

La Carne se conserva todavía íntegra y la Sangre está ahora en cinco coágulos desiguales... Todo esto se puede ver en esta capilla, hecha por Francisco Valsecca, a su costa, en el año del Señor 1636.

Durante los últimos años, diversos científicos han analizado varias veces en el laboratorio estas reliquias y han confirmado que se trata de carne humana y sangre humana.

Concretamente: el 18 de noviembre de 1970 los franciscanos, con autorización de la Santa Sede, confiaron a dos investigadores italianos, los profesores Linoli y Bertelli, el análisis de las reliquias. El 4 de marzo de 1971 entregaron sus conclusiones, que han sido publicadas en muchas revistas científicas. Los principales resultados se resumen así:

La carne y la sangre son verdaderamente humanas, de un hombre. La carne y la sangre son de una persona viva (es decir, no de un cadáver). La carne y la sangre son del mismo grupo sanguíneo: AB. El diagrama de esta sangre corresponde al de una sangre humana que hubiera sido extraída del cuerpo el mismo día en que se hizo el análisis. La carne corresponde inequívocamente al músculo cardíaco (miocardio). Si se pesan los coágulos de sangre (son cinco), cada uno de ellos pesa exactamente lo mismo que el conjunto de los cinco. La conservación de estas reliquias en perfecto estado, a pesar de haber sido expuestas durante doce siglos a los agentes físicos, atmosféricos y biológicos, es un fenómeno extraordinario e inexplicable.

En 1973, el Consejo Superior de la Organización Mundial de la Salud de la ONU nombró una comisión para comprobar estas conclusiones. Los trabajos duraron quince meses, con un total de quinientos exámenes, y confirmaron lo dicho por los profesores italianos.

En 1991, se volvieron a hacer los análisis, con los instrumentos técnicos más modernos, y se llegó a las mismas conclusiones.

Ferrara

En Ferrara, en la iglesia de Santa María del Vado, se custodian las señales de un milagro ocurrido en el día de Pascua, el 28 de marzo de 1171: el milagro de la sangre que brotó de la hostia consagrada. Durante la misa, al partir la hostia, surgió de ella un borbotón de sangre que llegó a impregnar la pequeña bóveda que estaba sobre el altar. Algunos testigos afirmaron haber visto que también la hostia tomó un aspecto sanguíneo. Otros dijeron que habían visto la figura de un niño en el lugar de la hostia.

Sean o no ciertos estos dos testimonios, siguen presentes, inconfundibles, las manchas de sangre en la bóveda que está encima del altar; todavía hoy se puede observar esto en la basílica de Santa María del Vado, en Ferrara.

Alatri

La reliquia de otro milagro eucarístico, llamado de la hostia encarnada, se conserva aún hoy en la basílica de San Pablo apóstol, de la ciudad de Alatri, en la región del Lazio (Italia). Este prodigioso acontecimiento viene relatado en un documento de grandísima autoridad: la bula Fraternitatis tuae, del Papa Gregorio IX, fechada el 13 de marzo de 1228.

Gregorio, obispo, siervo de los siervos de Dios, al venerable hermano obispo de Alatri: salud y bendición apostólica. Hemos recibido tu carta, hermano queridísimo, que nos informaba de cómo una joven, sugestionada por el malvado consejo de una señora maléfica, después de haber recibido de manos del sacerdote el Cuerpo Santísimo de Cristo, lo mantuvo en la boca hasta el momento en que, aprovechando la ocasión oportuna, lo pudo esconder en un paño; tres días después, encontró en ese paño aquel mismo Cuerpo que había recibido en forma de pan, transformado en carne, como todavía hoy puede comprobar cualquiera con sus propios ojos.

Bolsena

El milagro eucarístico de los corporales manchados de sangre ocurrió en la iglesia de Santa Cristina de Bolsena, en 1263 (los corporales son un pequeño mantel cuadrado que se pone en el altar, y sobre él se dejan la patena con la hostia y el cáliz). La reliquia, es decir, los corporales manchados de sangre, se conserva en la catedral de Orvieto.

Traemos aquí el texto de una lápida que está en Bolsena; seguimos la traducción italiana que hizo Giovanni Battista Scotti en el año 1863: En la época en que el Papa Urbano IV, de feliz memoria, residía en Orvieto con sus hermanos cardenales y con su curia, había un sacerdote alemán, muy prudente y con una insigne bondad de costumbres, y que se mostraba fiel a Dios en todas las cosas. Pero, sin embargo, dudaba mucho de la fe en este sacramento (la Eucaristía): ¿cómo es posible que, al decir el sacerdote esas palabras - esto es mi Cuerpo -, el pan se convierta en el verdadero y Santísimo Cuerpo de Cristo, y que al decir las otras palabras - esto es mi Sangre -, el vino se convierta en su Sangre?

Llegado a la fortaleza de Bolsena, decidió celebrar la santa misa en esta iglesia de Santa Cristina Virgen. Mientras celebraba la misa, concretamente cuando tenía la hostia en las manos encima del cáliz, ocurrió una cosa maravillosa, capaz de admirar tanto a los tiempos antiguos como a los modernos. De improviso, la hostia apareció visiblemente como verdadera carne, y mojada con sangre roja, salvo en la parte que estaba justo entre los dedos del sacerdote. Además, un paño que estaba ahí preparado para las purificaciones quedó empapado por aquella efusión de sangre. A la vista del milagro, ese sacerdote que antes dudaba, una vez confirmado en la fe, se asombró y decidió esconder todo envolviéndolo en los corporales.

Las gotas de sangre que caían y teñían los corporales dejaban ahí impresas otras tantas figuras, semejantes a un hombre. Viendo esto, el sacerdote se aterrorizó y dejó de celebrar la santa misa: no se atrevía a continuar. Movido por un íntimo dolor y lleno de arrepentimiento, dejó, con la debida devoción, aquel venerable sacramento en el sagrario de la iglesia y corrió con prisa al encuentro del mismísimo Papa. De rodillas ante él, le contó todo lo que había ocurrido, así como su dureza de corazón, y le pidió perdón y misericordia.

Oído todo esto, el Papa quedó lleno de grandísima admiración, lo absolvió y le impuso una saludable penitencia. El Papa, de rodillas en el suelo, tomó en sus manos aquel venerable sacramento, y lo llevó a la iglesia de Orvieto, con himnos y cantos, con alegría y regocijo, y lo depositó con veneración en el sagrario de la misma iglesia. Era el año 1263.

Ésta fue la primera procesión del Corpus Christi, fiesta que el propio Urbano IV instituyó el año siguiente, 1264.

Santarém

Muchos historiadores del siglo XV afirman haber leído el documento original, hoy perdido. En él se data el milagro en el día 16 de febrero de 1247. Otros documentos lo sitúan en 1266, que es la fecha que consta en la copia del documento original mandada hacer por el rey Alfonso IV en 1346. Pero veamos lo que ocurrió. Santarém es una importante ciudad de Portugal. Allí, una mujer de buena condición económica fue asaltada por los celos: temía que su marido ya no la quisiese y que hubiese dado su amor a alguna otra mujer. Fue a una hechicera; ésta le dijo que fuera a la iglesia, robara una hostia consagrada y se la diera: con esta condición, su marido volvería a amarla. La mujer, ciega por los celos, en vez de horrorizarse ante una propuesta tan infame, fue a robar la hostia y la escondió en un paño de lino. Mientras salía de la iglesia vio que el pañuelo se estaba empapando de sangre viva. Corrió a casa y, cada vez más aterrorizada, vio que la sangre brotaba de la hostia. No sabiendo qué hacer, escondió la hostia sangrante en un cajón. Pero del cajón salieron, durante toda la noche, rayos de luz vivísima que iluminaban la casa como si fuese de día.

El marido le preguntó qué pasaba y la mujer se vio obligada a contarle todo. A la mañana siguiente, los dos esposos informaron al párroco, que fue a la casa para recuperar la hostia y llevarla ala iglesia de San Esteban en procesión solemne, acompañado de muchos religiosos y laicos. La hostia siguió sangrando tres días seguidos. Al final, la colocaron en un magnífico relicario de cera de abejas, donde quedó por cierto tiempo: hasta que ocurrió un segundo milagro en 1340. A saber, un sacerdote abrió el sagrario y se encontró con que el relicario de cera se había roto en múltiples pedazos. En su lugar había una vasija de cristal que contenía la sangre de la hostia, mezclada con la cera. Se puede contemplar hoy en día, junto con el relicario mayor, que es de 1782.

Actualmente, la sagrada hostia se conserva en un trono eucarístico del siglo XVIII, sobre el altar mayor. La iglesia de San Esteban es hoy conocida como santuario del santo Milagro. A lo largo de los siglos, la hostia ha vuelto a emitir sangre y se han visto en ella varias imágenes de nuestro Señor Jesucristo. Entre los testigos del prodigio está san Francisco Javier, el apóstol de las Indias, que visitó el santuario antes de marchar a misiones. Desde que ocurrió el milagro, todos los años, en el segundo domingo de abril, se lleva en procesión la valiosa reliquia, desde la casa de los esposos hasta la iglesia de San Esteban. La casa se convirtió en capilla el año 1684. Se considera que el milagro eucarístico de Santarém es de los más importantes, después del de Lanciano. Por este motivo, se han mandado hacer muchos estudios y análisis. Los Papas Pío IV, san Pío V, Pío VI y Gregorio XIV concedieron indulgencias plenarias en relación con este milagro eucarístico. Todavía hoy es posible admirar estas valiosas reliquias en la iglesia de San Esteban de Santarém.

Gorkum

Unos seguidores de Zwinglio (los llamados Guex de la Mer), soldados del príncipe de Orange, invadieron la ciudad de Gorkum y empezaron a saquearla, sin respetar siquiera la catedral. Golpearon con barras de hierro el sagrario y se llevaron la custodia, que contenía el Santísimo Sacramento. Echaron por tierra la hostia y la pisotearon con una bota que tenía clavos y que la perforó en tres puntos. Inmediatamente, empezó a salir sangre viva de los tres orificios y aparecieron en la hostia como tres pequeñas heridas, en forma de círculo, que se pueden contemplar hoy en día. Uno de los profanadores, arrepentido y sobrecogido por la visión, fue a avisar al canónigo Jean van der Delft, que consiguió poner a salvo la hostia. Después de varias vicisitudes, la reliquia fue regalada al rey Felipe II de España, que la mandó depositar en el monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Encima del altar donde se conserva la hostia milagrosa, el artista italiano Filippo Filippini esculpió cuatro bajorrelieves en mármol y bronce que representan estos prodigiosos acontecimientos.

Un cuadro de Claudio Coello (1621-1693) representa la inauguración del magnífico sagrario que hizo construir el rey Carlos II para que contuviera la valiosa reliquia. La sagrada hostia se conserva intacta y se venera en la sacristía del monasterio. Cada año se celebran en El Escorial dos fiestas solemnes (el 29 de septiembre y el 28 de octubre), en las que se expone y se lleva en procesión la hostia sagrada.

Siena

El día anterior a la célebre carrera anual de caballos de Siena, el año 1730, unos ladrones entraron en la iglesia de los Hermanos Menores, en Porta Camollia; forzaron el sagrario y se llevaron las hostias consagradas; dos días después, un monaguillo que recogía las limosnas encontró las hostias en una alcancía para limosnas que había en otra iglesia: la de Santa María di Provenzano.

Estaban allí las 351 hostias robadas. Para cerciorarse bien, las compararon con el molde con que habían sido confeccionadas: se adaptaban perfectamente. Una vez limpiadas, decidieron conservar las hostias con cuidado (en vez de consumirlas dando la comunión con ellas).

Pasado cerca de medio siglo, con ocasión de un capítulo provincial, el ministro general de los Hermanos Menores, el padre Vipera, fue a visitar el convento de Siena, oyó hablar de aquellas hostias y quiso verla: estaban todavía prodigiosamente intactas.

La gente empezó a hablar del milagro. En 1789 intervino el obispo de Siena y mandó hacer una prueba pericial: 320 hostias estaban frescas como si acabasen de ser hechas; las demás se veían desmejoradas por causa de los expertos que las habían manejado. No seguro del todo, el obispo mandó hacer una prueba más: ordenó meter una cierta cantidad de hostias no consagradas en una custodia similar a la que contenía las hostias robadas, y abrir la custodia diez años después: al hacerlo salieron sólo fragmentos podridos y gusanos.

En 1914, el obispo Scaccia sometió las hostias al examen pericial de un grupo de químicos (entre los que estaba el siervo de Dios Giuseppe Toniolo); los expertos constataron el óptimo estado de las formas. El sabor de las hostias, confeccionadas con pan ácimo, era perfecto.

Llegamos a la actualidad: el 14 de septiembre de 1980, Juan Pablo II se arrodilló ante aquella urna, y dijo: Es la presencia de Dios. Todavía hoy, las hostias del milagro se conservan intactas en la iglesia de San Francisco de Siena.

Lourdes

El 22 de agosto de 1888, un sacerdote francés, miembro del llamado Peregrinaje Nacional, propuso hacer en Lourdes una procesión con el Santísimo Sacramento. Habían pasado treinta años desde las apariciones de la Virgen a santa Bernadette (que era muy devota de la Eucaristía).

Ese día, a las cuatro de la tarde, se hizo por primera vez, delante de la gruta de las apariciones, la bendición a todos los enfermos, venidos con los otros peregrinos. ¡Qué espectáculo! Creo que no hay un acto de fe en la presencia real de Jesús en la Eucaristía más hermoso que el que se hace en Lourdes durante la procesión y la bendición de los enfermos con el Santísimo Sacramento.

En aquella primera procesión tuvo lugar unan curación instantánea e importantísima: el señor Pietro Delannoy, que desde hacía años estaba enfermo de ataraxia (la ataraxia es una enfermedad que impide la coordinación de los movimientos voluntarios y que conduce inexorablemente a la muerte), se curó instantáneamente en el momento en que pasaba ante él la custodia con el Santísimo Sacramento.

Era el primer milagro eucarístico que ocurría en Lourdes. Desde ese día, nunca se ha dejado de hacer la procesión eucarística para los enfermos. Por eso el santuario de Lourdes se ha convertido en uno de los testimonios más evidentes de la fe en la presencia real de Jesús en la Eucaristía.

El año 1889 María Luisa Horeau, completamente ciega, consiguió que la llevaran a Lourdes en un tren de peregrinos. Llena de fe, se sumergió dos días seguidos en el agua milagrosa de las piscinas: pero no ocurrió nada. Hacia las cuatro de la tarde del segundo día, rezaba de rodillas no lejos de la gruta, durante la bendición con el Santísimo Sacramento. Después de la bendición, la procesión se puso en movimiento para subir hacia la basílica.

Todos los enfermos estaban allí, tendidos sobre sus lechos, con los ojos dirigidos hacia Dios, que iba a pasar en medio de ellos, para consolarlos o curarlos. Una muchedumbre inmensa les rodeaba de rodillas. De todas partes, surgían aclamaciones. María Luisa no había podido acercarse a la gruta y debió esperar cerca de la piscina. Pero su corazón estaba preparado.

Esperaba allí, llena de fe, el paso del buen Maestro. Había pedido a una amiga, que le guiaba y le ayudaba, que le avisara en el preciso momento en que nuestro Señor pasase a su lado: Cuando el Santísimo Sacramento se acerque a mí, ¡avísame! Quiero dirigirle en ese momento mis alabanzas y mis votos ardientes.

Cuando Jesús estaba a punto de pasar al lado de María Luisa, su amiga se apresuró a decirle al oído: Ahora. La pobre mujer se puso de rodillas y, con un acento de fe, empezó a gritar: ¡Hosanna, hosanna al Hijo de Dios! Oh buen Maestro, ten piedad de mí. Señor, ¡haz que vea!

En ese mismo instante, una luz deslumbrante le pasó delante de los ojos, un gran dolor punzante se apoderó de ella, y sus ojos se abrieron a la luz. Empezó a ver la santa hostia, al obispo que llevaba la custodia y a la multitud que la rodeaba por todas partes. Vio a lo lejos la gruta, desde donde la estatua blanca de María parecía sonreírle. María Horeau se había curado completamente al paso del Santísimo Sacramento.

Gabriel Gargam era un empleado de correos. El 17 de diciembre de 1899 prestaba servicio en el tren directo que sale de Burdeos. A las diez y media de la noche se vio envuelto en un accidente ferroviario.

Como consecuencia del terrible impacto, salió arrojado a diez metros de distancia y cayó en el fondo de un pequeño barranco, en la nieve. Lo descubrieron inmóvil; no dio el menor signo de vida hasta cerca de las siete de la mañana del día siguiente. Ese golpe espantoso le había producido tal sacudida en todo su cuerpo que ninguno de sus miembros pudo desde entonces cumplir sus funciones.

Pasaron casi dos años y sus pies empezaron a gangrenarse. Esto era, con toda seguridad, una señal de muerte inminente. Tuvo noticia de un peregrinaje que se iba a hacer a Lourdes y se hizo inscribir, movido no tanto por la fe como por el deseo de dejar el hospital unos días.

Una vez llegado a Lourdes, mientras tenía lugar la procesión con el Santísimo Sacramento, lo tendieron en tierra más muerto que vivo. Pocos minutos después, perdió el sentido. Pero he aquí que, mientras la custodia que contenía la hostia sagrada pasaba a su lado, se puso de pie milagrosamente y comenzó a andar tras el Santísimo Sacramento, completamente curado.

Otros milagros

- Hugo Fisicaro, un industrial madrileño de 39 años, había tenido un grave accidente automovilístico el 26 de enero de 1989, y había quedado paralizado. Su novia lo llevó a Lourdes cuatro meses después, cuando ya los médicos dijeron que no podían hacer nada. Durante la misa por los enfermos, en el momento de la comunión, sintió un calor intenso por todo su cuerpo y pudo empezar a caminar, pues estaba paralizado de medio cuerpo para abajo.

Hasta ahora, en Lourdes, la Comisión internacional de médicos ha considerado 67 casos como inexplicables para la ciencia y la Iglesia los ha considerado como verdaderos milagros, que superan las fuerzas de la naturaleza. Esto sin contar otros 7.000 casos de curaciones extraordinarias y que cada año se reportan unos 5.500 casos de sanaciones consideradas extraordinarias. De estos casos, al menos cincuenta, son estudiados cada año por la Comisión médica internacional, que hasta la fecha ha estudiado en total unos 1.300 expedientes puestos a su consideración.

- El 8 de diciembre de 1991, en la finca Betania, a 12 kilómetros de Cúa (estado de Miranda), en Venezuela, se estaba apareciendo la Virgen. Estas apariciones fueron aprobadas por el obispo del lugar. Ese día estaba celebrando misa ante el pueblo el Padre Otty Ossa Aristizábal, cuando, al partir la hostia en cuatro partes y consumir una de ellas, se dio cuenta de que las otras tres partes estaban sangrando. Todos los presentes pudieron comprobar el prodigio. Esas partes de la hostia se conservan en un relicario. El obispo Pío Bello, después de mandar hacer exámenes clínicos, afirmó: Dios está tratando de manifestarnos que nuestra fe en la hostia consagrada es auténtica.

Los días 18 y 19 de mayo de 1996, en el pueblo portugués de Mouré, cerca de Braga, ocurrió un hecho extraordinario del que se hicieron eco los medios de comunicación social. Durante la Exposición del Santísimo Sacramento, todos pudieron ver en la hostia consagrada de la custodia la imagen de Jesús de medio cuerpo, con la cabeza coronada de espinas, los ojos abiertos y bajos, las manos cruzadas sobre el pecho y con aspecto triste. Este prodigio podía verse con todas las luces de la iglesia apagadas, pues parecía que salía luz interior de la misma hostia. Este prodigio se repitió también los días 18 y 19 de mayo de los años 1997 y 1998.

INICIATIVAS EUCARÍSTICAS

Con motivo del año de la Eucaristía, año 2005, se organizaron en muchas diócesis del mundo actividades para resaltar la presencia de Jesús en este sacramento. Algunas de estas iniciativas tienen carácter permanente y han sido fundadas especialmente para niños.

En México hay, aproximadamente, 42.000 personas que pertenecen a la Adoración nocturna en la arquidiócesis de Guadalajara, que se comprometen a una noche de adoración al mes ante Jesús Eucaristía. De estos miles de adoradores, unos tres mil son niños y pertenecen a los grupos eucarísticos, dependientes de la adoración nocturna, llamados Tarsicios e Inesitas.

En la parroquia Ntra. Sra. del Perpetuo Socorro de San Rafael (Mendoza), en Argentina, el año 1996, nacieron los niños adoradores. Una vez al año, tienen un Encuentro de los niños adoradores de distintas diócesis, ya que se están extendiendo por muchas parroquias.

En la Escuela primaria Our Lady of Lourdes de Miami, Estados Unidos, unos 200 niños se han comprometido como adoradores. Esta iniciativa surgió originalmente en Francia, donde en algunas escuelas forman a los niños para que sean adoradores de la Eucaristía. La profesora de Miami decía: Tenemos que enseñarles a los niños, desde una edad temprana, que Jesús está presente en el Santísimo Sacramento y que Él es nuestro amigo y debemos ir a visitarlo y adorarlo. Esta iniciativa ha sido, dice el párroco padre Fernando Isern, una bendición para la escuela y para toda la parroquia.

Algunas escuelas católicas de Estados Unidos han descubierto que los estudiantes aprecian el tiempo de adoración ante Jesús sacramentado. Organizan visitas cortas con muy buenos resultados, incluso entre los niños pequeños. Algunos niños aprovechan el momento de oración ante el Santísimo para orar por sus familiares difuntos y por sus familiares vivos, especialmente por sus padres y hermanos. Y esta costumbre de llevarlos todos los días a la capilla para visitar y adorar a Jesús sacramentado ha hecho que los alumnos sean más disciplinados y más alegres. Saber que Jesús en persona los espera y los ama, los ayuda a ser mejores.

En la diócesis vietnamita de Hai Phong ha sido refundado, después de 50 años, el Movimiento eucarístico de los niños. Se trata de una asociación que reúne a niños y adolescentes entre 7 y 14 años con la finalidad de enseñarles a amar a Jesús Eucaristía. El obispo Joseph Vu Van Thien ha dicho que son ya 10.000 los niños inscritos y este movimiento se está implantando también en otras diócesis, sobre todo, en Ha Noi, Bac Ninh y Bui Chu.

El padre Antoine Thomas fundó en Francia la Asociación Niños de la esperanza (www.childrenofhope.org) para inculcarles el amor a Jesús Eucaristìa. En Fátima está la sede internacional del Apostolado mundial de Fátima. Y todos los años, el 7 de octubre, día mundial del rosario, se organiza una hora santa mundial de adoración, a la cual se invita especialmente a todos los niños del mundo amantes de la Eucaristía.

En Lima, el día de la Inmaculada del 2004, con motivo de los 150 años de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción, se tuvo en la plaza de Armas una solemne celebración con las primeras comuniones de 1.343 niños, presidida por el cardenal Juan Luis Cipriani.

El 15 de octubre de 2005, el Papa Benedicto XVI se reunió en la plaza de San Pedro con 100.000 niños, que habían hecho la primera comunión. Estaban también los padres de los niños, los catequistas, sacerdotes y otros muchos fieles. Fue un Encuentro festivo. El Santo Padre llegó a la plaza de San Pedro en un coche descubierto y saludó a todos los miles de niños reunidos. Emanuele, un niño de 10 años, habló en nombre de todos ellos y saludó al Papa, terminando con un Te queremos mucho, corriendo a abrazar al Papa.

Después, el Papa tuvo una charla en forma de diálogo con los niños. Recordando su primera comunión, el Papa dijo: Aquel día fue un día de gran alegría, porque Jesús vino a mí. Yo comprendí que comenzaba una nueva etapa en mi vida y que era muy importante ser fiel a aquel encuentro con Jesús. También habló el Papa de la conveniencia de confesarse regularmente para mantener el alma limpia.

Uno de los niños le dijo que él no veía a Jesús en la Eucaristía y el Papa le respondió: Las cosas más profundas no las vemos, pero podemos ver y sentir sus efectos. Así sucede con Jesús resucitado. No lo vemos, pero vemos que los hombres cambian y se hacen mejores y tienen más paz por su medio. El Papa también les habló de la importancia de asistir a la misa cada domingo.

Al final del Encuentro, un grupo de niños con lámparas y flores acompañaron la procesión que llevó hasta el altar el Santísimo Sacramento para la adoración eucarística, durante la cual se alternaron momentos de silencio, de cantos e invocaciones. Jamás se habían reunido tantos miles de niños en la plaza de San Pedro para adorar al Santísimo Sacramento, solemnemente expuesto. Y el Santo Padre, después de haberles dado a todos la bendición final, les agradeció a todos por la fiesta de fe, visiblemente alegre y contento.

¡Ojalá que para todos los niños la primera comunión sea el comienzo de una verdadera y sincera amistad con Jesús, que dure toda la vida! La comunión es un abrazo personal que recibimos de Jesús. Por eso, deberíamos recibirla lo más frecuentemente posible.

ALGUNOS EJEMPLOS DE AMOR A JESÚS

El arzobispo de Nueva York, Fulton Sheen, famoso por sus charlas por radio en Estados Unidos, dijo en varias ocasiones que quien más le inspiró a amar a Jesús Eucaristía fue una niña de 11 años. En cierta ocasión, escuchó el relato de su martirio y esto lo conmovió. Era una niña católica de China que, cuando los comunistas tomaron el poder, encarcelaron al sacerdote de su parroquia en su propia casa, cerca de la iglesia. El sacerdote observó desde su ventana cómo los comunistas profanaron el sagrario y tiraron al suelo todas las hostias consagradas. El sacerdote sabía que eran exactamente treinta y dos.

Cuando los comunistas se retiraron después de haber profanado al Santísimo Sacramento, no se dieron cuenta de que una niñita de once años rezaba en la parte posterior de la iglesia y había visto todo lo sucedido. Esa misma noche, en la oscuridad, la pequeña regresó e hizo una hora santa de adoración ante Jesús Eucaristía y, después, se arrodilló y con su lengua recibió una de las hostias en comunión. La niña continuó regresando todas las noches haciendo una hora santa antes de recibir la Eucaristía. En la noche treinta y dos, después de comulgar con la última hostia, un guardia se dio cuenta de que alguien estaba en la iglesia y la agarró y la golpeó hasta matarla. Ese acto de martirio fue presenciado por el sacerdote desde su ventana y, cuando fue liberado, contó lo sucedido.

Monseñor Sheen, al escuchar este relato, prometió que, a ejemplo de esa niña, él también haría cada día una hora santa de adoración ante Jesús sacramentado, y lo cumplió hasta el fin de su vida. Aquella niña le enseñó que valía la pena hacer cualquier sacrificio para demostrarle amor a Jesús, e incluso, dar la vida.

En la guerra civil española (1936-1939) los marxistas sorprendieron a un niño de 11 años, llevando la comunión a los enfermos. Y, por no dejarse arrebatar las hostias ni renegar de su fe, lo mataron. El pequeño mártir murió apretando a Jesús contra su corazón. Pero ya había logrado distribuir durante algunos meses más de mil quinientas comuniones.

Una religiosa me cuenta el siguiente testimonio, ocurrido a una niña de cuatro años. Esta niña había sido bautizada, pero sus padres eran no creyentes y no practicantes. Apenas si la niña podía conocer el nombre de Jesús, por haberlo oído ocasionalmente alguna vez a otras personas. Un día, la familia va en gira turística a otra ciudad. Entre los lugares turísticos desean visitar una iglesia. Pero, en el momento en que llegan, el párroco está cerrando la puerta y piensan retirarse para no ser inoportunos. Sin embargo, la niña se pone a llorar, diciendo: Jesús, Jesús, Jesús... El párroco, al escucharla llorar, se acerca a la familia y accede a abrir la puerta y a explicarles las obras de arte de la iglesia. Pero a la niña no le interesa lo que dice, sino que apunta con el dedo al sagrario y sigue diciendo: Jesús, Jesús, Jesús..., dejando asombrados a sus padres, que nunca le habían hablado de que allí en la Eucaristía estuviera Jesús. La niña sentía una misteriosa fuerza de atracción hacia el sagrario y no se detuvo hasta que estuvo delante de él y pudo sonreír a Jesús, y mandarle besos con amor. El párroco se quedó asombrado y su familia mucho más.

El Padre Roberto DeGrandis cuenta el caso de una niña norteamericana. Su padre es católico y su madre ortodoxa griega. La niña de tres años les pidió un día que la llevaran a la iglesia, donde no la llevaban nunca, porque no eran practicantes. Cuando la niña entró, se fue corriendo hacia el sagrario y acercándose, empezó a decir: Jesús, aquí estoy, sal y juega conmigo, soy Ann Mary, ven. ¡Qué simplicidad, qué fe y confianza! Ciertamente que los niños son los predilectos de Jesús y Él nos dice: Dejad que los niños vengan a Mí, no se lo impidáis, porque de ellos es el reino de los cielos (Mc 10, 4).

El beato Manuel González relata en su libro Partiendo el pan algunos ejemplos. Como el de José María, un niño que, todavía no había cumplido los cinco años y que, viendo a su hermano hacer la primera comunión, sintió tantos deseos de comulgar que se lo pidió al obispo. Comulgó y se pasó un gran rato con los ojos cerrados, hablando con Jesús. Cuando le preguntaron qué había hecho después de comulgar, respondió: Lo dejé que se vaya para adentro, pues ya sabe andar solito. En su cabecita infantil, Jesús se había apoderado de su cuerpo y se iba a quedar para siempre, como en su propia casa.

Otro caso, que publicó en El granito de Arena del 5 de setiembre de 1913, es el de Julita Gabriel Budelo de tres años, le faltaban trece días para cumplir los cuatro. Cuando su catequista comulgaba, le hacía agacharse para besarle en el pecho. Y era tanto su amor a Jesús que el obispo no dudó en darle la comunión. Cuando le preguntó:

¿Tú quieres recibir a Jesús? Con todas mis ganas. ¿Y dónde lo vas a guardar? Aquí, en mi corazón.

El obispo pudo escribir: Puedo aseguraros que en mi vida nunca he dado una comunión con tanta seguridad del agrado de Jesús y de la buena disposición de un alma. Después de comulgar repetía: Ay qué contentita estoy.

Jesús no puede menos de sentirse feliz con la fe y el amor de los niños inocentes y cuyas almas son pequeños cielos para Jesús. Eduquemos a los niños en la fe y amor al Niño Jesús del sagrario, para que lo amen y lo visiten como aquellos niños de Huelva que, cuando Mons. González les preguntó qué hacían tanto entrar y salir de la iglesia, le dijeron: Es que estamos haciéndole a Jesús muchas visitas para que le duren toda la noche y no esté solito.

El padre Ronald La Barreda escribe: Durante una noche de adoración y alabanza, me llamó fuertemente la atención una niña de seis o siete años que, desde el momento en que expuse el Santísimo, vino delante del altar y estuvo las dos horas de rodillas o postrada con muchas lágrimas. No podía creer lo que estaba viendo; por eso, al terminar, me dirigí hacia la niña para averiguar lo que le sucedía.

Ella me dijo que pedía a Jesusito que su papá volviera a casa. Lo único que le dije fue: “El Señor ha escuchado tu oración y te dará fuerza para que aceptes su voluntad”. Después me enteré que el papá hacía cuatro meses que se había ido de casa y nadie sabía nada de él. En todo ese tiempo, no se había comunicado con su familia ni por teléfono ni por carta. Los vecinos ayudaban a la señora y a sus hijos para la comida y la dueña de casa esperaba que, en algún momento, le pudieran pagar. Cada día que pasaba perdían, poco a poco, la esperanza de que le papá volviera.

Esta niña acudió aquella noche a Jesús y se postró delante de Él, lloró y suplicó durante dos horas para que su papá volviera... Al día siguiente, a las 7 a.m., el papá apareció, tocando la puerta de la casa. Traía dinero para pagar la renta de la casa y llevó a su esposa e hijos a comer a un restaurante. La oración humilde y sencilla de esta pequeñita, arrancó este milagro de Dios. Así la familia, libre de las angustias y tristezas, volvió a vivir con gozo y alegría el reencuentro con el papá.

Una religiosa contemplativa me escribía: Yo nací en Londres de familia judía. A los 11 años, me enviaron a estudiar a una escuela católica. Un día, una amiga me invitó a ir a visitar la capilla del colegio y, al entrar, instantáneamente, sin pensarlo, sentí con una fuerte claridad que allí, en el sagrario, que yo llamaba caja (box), allí estaba Dios. No sabría explicarlo, pero esto mismo me pasó en las dos siguientes iglesias católicas que visité. Entonces, me di cuenta claramente que la Iglesia católica tenía la presencia de Dios y que debía hacerme católica y ser religiosa como las hermanas de mi colegio. Fui bautizada a los 14 años. Al día siguiente, hice mi primera comunión. Mis padres se convirtieron, se bautizaron y se casaron por la Iglesia cuatro años después. ¡Bendito sea Jesús en el Santísimo sacramento!

Algo parecido me contaban las religiosas adoratrices de Ceuta, cuando yo estaba allí de capellán militar. Me decían que las niñas musulmanas a las que educaban, les decían que, cuando iban a la capilla, sentían que en el sagrario estaba Dios. Era un sentimiento muy fuerte, aunque no sabían a qué se debía.

Almiro Faccenda era un niño de unos diez años que vivía en Torcegno, un pueblecito de Italia. En 1915, durante la primera guerra mundial, el párroco del pueblo fue hecho prisionero por los austriacos y el otro sacerdote decidió huir para no correr la misma suerte; pero, antes de hacerlo, le dijo a Almiro:

Te entrego la llave del sagrario. Si ves que nuestras tropas comienzan la ofensiva, toma las hostias consagradas del sagrario y las distribuyes, dando la comunión a la gente del pueblo.

Cuatro días después, el 15 de noviembre de 1915, comenzó el ataque y la gente del pueblo buscó refugio en la iglesia. Entonces, Almiro creyó que había llegado el momento y les dijo a todos lo que el sacerdote le había encomendado. Y empezó a distribuir la comunión, mientras sonaban los disparos de la artillería. En la noche, Almiro le preguntó a su madre:

¿Qué haré con esta mano con la que he dado la comunión y con la que he tocado a Jesús? ¿No debería ser la mano de Jesús para servirle siempre?

Terminada la guerra, entró al Seminario y se ordenó de sacerdote un hermoso día de 1932.

ORACIONES

Te bendecimos y te amamos, Jesús, por todos los que no te aman. Te bendecimos y te amamos por todos lo que te blasfeman. Te bendecimos y te amamos por todos los que te profanan en la Eucaristía. Te bendecimos y te amamos por todos los que te niegan en este sacramento. Te bendecimos y te amamos por todos los que te olvidan y son indiferentes. Te bendecimos y te amamos con el Corazón de María y en unión con todos los santos y ángeles.

Mira, Señor, cómo te ama ese ejército de niños pequeños, benjamines de tu amor. Mira con qué entusiasmo se acercan a Ti para expresarte su amor. Bendice a estos niños, apóstoles pequeñitos de tu Eucaristía, que vienen a visitarte con esas florecitas perfumadas de candor que son sus flores de amor para Ti. Bendícelos, acarícialos y dales un amor tan grande a tu presencia eucarística que nunca se aparten de Ti.

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Jesús, en el sagrario abandonado, víctima del agravio y del olvido, contempla cómo el mundo enloquecido camina por las sendas del pecado.

¡Cuántos Pedros cobardes te han negado! ¡Cuántos Judas traidores te han vendido! ¡Y cuántos pecados, son y han sido, los que abrieron de nuevo tu costado!

¡Alma! Siquiera sé tú de las fieles y con tu amor endúlzale las hieles del templo en el recinto solitario.

¡Consuela a Jesús que a solas llora! No hallarás en tu vida mejor hora que aquellas que pasaste ante un sagrario

(Rufino Villalobos)

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Oh Jesús mío, ¿qué haces ahí todo el día tan solo en el sagrario? ¿Qué haces en las noches silenciosas solitario en la hostia blanca? ¿Esperándome?, ¿tanto me amas? Y ¿por qué yo me olvido tan fácilmente de Ti y creo que hay cosas más importantes para mí? ¿Por qué no me doy un tiempo cada día para venir a visitarte? ¿En qué pienso? ¿En qué me ocupo? ¿Por qué, a veces, me siento tan solo, cuando Tú estás tan cerca en el sagrario?

Ahora he comprendido que me amas con un amor sin fin. Me esperas sin nunca cansarte y sigues pensando en mí a pesar de todo. Gracias Jesús, por haberte quedado en la Eucaristía esperándome para darme la oportunidad de venir a visitarte y recibir tu ayuda cada día. Gracias, porque sigues confiando en mí. Gracias, Jesús, quiero ser tu amigo. Sin Ti mi vida parece vacía y quiero llenarla de tu amor y de tu paz. Aumenta mi fe para que nunca dude de tu presencia real en este sacramento de la Eucaristía y dame tu fuerza para poder compartir esta fe con todos los que me rodean, de modo que ellos también te amen y vengan a visitarte, a adorarte y a recibirte en la comunión.

Te amo, Señor, te quiero con todo mi corazón y espero mucho de Ti. Te prometo traer a otros muchos para que formemos una cadena de amor, que te consuele de tantos pecados e ingratitudes que recibes en el mundo entero. Todos los días vendré a visitarte, porque quiero que Tú seas mi mejor amigo. Gracias, Señor, por tu amor y tu amistad. Amén.

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CONCLUSIÓN

Como conclusión de estas reflexiones sobre los niños y la Eucaristía, podemos decir que no hay que subestimar a los niños, aunque sean pequeños, para que puedan entender y, sobre todo, vivir intensamente el amor a Jesús Eucaristía. Ellos captan muy bien quién los ama y perciben con toda claridad que Jesús está presente en la Eucaristía por encima de racionamientos humanos o teorías teológicas.

Y, cuando un niño se convence que Jesús lo espera todos los días en el sagrario, se sentirá feliz de ser su amigo y esa amistad con Jesús lo llevará a un comportamiento cada vez más correcto y cristiano, para bendición de sus padres y de todos los que lo rodean. Porque la fuerza de transformación de Jesús Eucaristía es mucho mayor que la de cualquier sistema educativo y moral. Estoy convencido de que la oración diaria ante Jesús es más eficaz que muchas oraciones o devociones, repetidas sin devoción o por obligación.

Animemos a nuestros niños a visitar a Jesús, para que sean sus amigos y veremos realmente milagros en sus vidas. Así, cuando sean mayores, Jesús Eucaristía seguirá siendo el punto de referencia para pedirle ayuda en las grandes pruebas y dificultades de la vida.

A todos los niños, y también a sus padres y familiares, les deseo un amor grande y profundo a Jesús Eucaristía. Y no olvidemos que, junto a Jesús Eucaristía, siempre hay millones de ángeles adorándolo y también está María, nuestra Madre, acompañando a su hijo Jesús.

Que Jesús los bendiga por medio de María. Saludos de mi ángel.

Tu hermano y amigo para siempre desde Perú.

Ángel Peña Benito O.A.R.

BIBLIOGRAFÍA

Carreño José Luis, El pan que Cristo nos dio, Ed. CCS, Madrid, 1985. Coggi Roberto, El tesoro escondido, Ed. Planeta, Barcelona, 2005. D´Andrea Giovanni De Luca Massimo, La gioia di vivere, Scuola grafica Don Bosco, Napoli, 2004. Fernández Pedro, Biografía de la M. Angélica Álvarez Icaza, Ed. San Esteban, Salamanca, 1993. Juan Pablo II, ¡Levantaos! ¡Vamos!, Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 2004. Juan Pablo II, carta a los niños, 1994. La Barreda Ronald, El poder de la oración, Ed. Huellas, Trujillo (Perú), 2003. Lucía de Fatima, Memorias, Ed. Sol de Fátima, Madrid, 1974. Mazzer Silvestro, I santi in fiore, Ed. Cantagalli, 2005. Molina Prieto Andrés, En la escuela eucarística de Don Manuel González, Ed. Don Bosco, Arganda del Rey (Madrid), 1993. Molina Prieto Andrés, Testimonio y Mensaje, Ed. El granito de Arena, Madrid, 1984. San Juan María Vianney, Sermón sobre la comunión. Santa Faustina Kowalska, Diario. Santa Margarita María de Alacoque, Autobiografía. Vanzan Piersandro, Nennolina, Ed. Ave, Roma, 2004.

 

 

 

 

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