Sacerdote Para Siempre

Libro del Padre Angel Peña O.A.R.

| Inicio | Imágenes | Diversión | Temas | Música | Oraciones | La Biblia | ConocerLibrosVideos | Chat | Cine | Autor | MapaEnlacesWebmasters | Televisión | Radio |



SACERDOTE PARA SIEMPRE

Nihil Obstat P. Ignacio Reinares Vicario Provincial del Perú Agustino Recoleto

Imprimatur Mons. José Carmelo Martínez Obispo de Cajamarca (Perú)

P. Ángel Peña O.A.R. LIMA - PERÚ 2007 ÍNDICE GENERAL

INTRODUCCIÓN

La vocación sacerdotal. Ser sacerdote. Sacerdote de Cristo y de la Iglesia. Dignidad del sacerdote. Padre de todos. El celibato sacerdotal. Orar por las vocaciones. Juan Pablo II. Maestro de oración. Compromiso total. La misa. La vida del sacerdote. María y el sacerdote. Fraternidad espiritual. La bendición sacerdotal. Liberación. Curaciones. Oración por los difuntos. Testimonios sacerdotales. Por qué me hice sacerdote. Oración del laico. Testimonio. Sacerdote para siempre. Oración del sacerdote.

CONCLUSIÓN

BIBLIOGRAFÍA

Nota.- Cat se refiere al Catecismo de la Iglesia católica; DM al libro de Juan Pablo II, Don y misterio. SACERDOTE PARA SIEMPRE

INTRODUCCIÓN

En este libro queremos hablar de la grandeza del sacerdocio católico. Por supuesto que los sacerdotes son hombres, nacidos de familias comunes y corrientes, que tienen virtudes y defectos como todos los seres humanos. Pero Dios los ha escogido desde toda la eternidad para cumplir la misión de llevar su amor y su perdón a todos los hombres. Por ello, en su vida debe resplandecer el amor, deben ser padres ejemplares para sus fieles. Y deben estar bien preparados humana y espiritualmente para poder responder a todos los retos y preguntas que les hace el hombre de hoy.

Ser sacerdote en un mundo en continuo cambio, que todo lo relativiza y que parece ir hacia la total libertad de costumbres, ciertamente no es fácil. Muchos sacerdotes sufren la incomprensión y el rechazo de sus contemporáneos. Otros sufren de soledad en este mundo, en que queda poco espacio para Dios. Pero, si se mantienen fieles a su misión espiritual, y no dejan la oración ni la Eucaristía, podemos decir que podrán decir al final con alegría: Misión cumplida.

Hoy, cuando muchos medios de comunicación social pareciera que se regocijan, buscando y aireando casos de escándalos sacerdotales, sería bueno recordar que la mayoría de los sacerdotes de todos los tiempos han sido buenos seguidores de Cristo y han cumplido y cumplen fielmente su misión. Si no han faltado infieles a su vocación, tampoco han faltado nunca santos eminentes para gloria de Dios y de la humanidad entera.

Ojalá que este libro sea un estímulo para tantos jóvenes, que desean dar un sentido profundo a sus vidas, para que sigan este camino al que son llamados, sin temor. Vale la pena dar la vida por Cristo y por los demás y ser otro Cristo en la tierra, hasta sus últimas consecuencias.

Sacerdote, cada día tus manos son la cuna de Jesús; en tus manos Dios cambia la sustancia del pan y del vino en la carne y sangre de Jesús; por medio de tus manos da la absolución de los pecados. Tus manos liberan, sanan, bendicen y perdonan. No lo olvides nunca. LA VOCACIÓN SACERDOTAL

Desde toda la eternidad Dios ha escogido a algunos hombres para que le sirvan de modo especial dentro de la Iglesia. Son escogidos personalmente. ¿Por qué a unos sí y otros no? Son los misterios de Dios, pues la elección es un don gratuito que nadie puede merecer. La vocación es como una revelación misteriosa de Dios a un hombre, para encomendarle una misión que supera con mucho sus fuerzas. Pero que él, contando con la gracia del mismo Dios, puede aceptar y cumplir. Es como si Jesús le dijera a cada uno en particular, en lo más profundo de su alma: Sígueme. Algunos pueden dudar, quizás crean que su misión es otra; pero, si le piden su luz, Él nunca dejará de iluminarles el camino y hablarles interiormente con claridad.

Alguien ha dicho que la vocación al sacerdocio es como un poema de amor entre Dios y el hombre. Es una llamada y una respuesta de amor al Amor. Es un diálogo de corazón a corazón, en el que Dios lo llama a ser otro Cristo, dispuesto a dar su vida por los demás y a servirles sin condiciones ni limitaciones para siempre. El sacerdote está llamado a ser mediador entre Dios y los hombres. Y nadie puede arrogarse este honor, pues es Dios quien llama como en el caso de Aarón (Heb 5,4). Es tomado de entre los hombres en favor de los hombres para las cosas que miran a Dios, para ofrecer ofrendas y sacrificios por los pecados, para que pueda compadecerse de los ignorantes y extraviados por cuanto él está también rodeado de flaqueza y, a causa de ella, debe por sí mismo ofrecer sacrificios por los pecados igual que por el pueblo (Heb 5, 1-3).

Jesús les dice: No me habéis elegido vosotros a Mí, sino que yo os he elegido a vosotros (Jn 15, 16). Por eso, la vocación, en su dimensión más profunda, es un gran misterio y es un don que supera infinitamente al hombre (DM 1).

Hugo Wast decía: Un sacerdote hace más falta que un rey, que un militar, que un médico, que un maestro, porque él puede reemplazar a todos, pero nadie puede reemplazarlo a él. Por eso, se comprende la inmensa necesidad de fomentar las vocaciones sacerdotales y que es un gran pecado impedir o desalentar una vocación sacerdotal; ya que, si un padre o una madre obstruyen la vocación de su hijo, es como si le hicieran renunciar a un título de nobleza incomparable.

Quizás no todos los padres de familia puedan entender esto. Quizás muchos católicos con poca fe, no entiendan o no valoren la dignidad sacerdotal y prefieran que sus hijos sean cualquier cosa antes que sacerdotes. No faltarán quizás algunos que hablen de los escándalos de algún sacerdote para hacer creer que todos son iguales. Pero, con la misma regla de tres, podríamos decir lo mismo y mucho más del matrimonio o de cualquier otra profesión del mundo.

Por lo tanto, oremos por los jóvenes llamados a esta sublime vocación. Jesús les dice a cada uno de ellos: No tengas miedo, de ahora en adelante serás pescador de hombres (Lc 5, 10). SER SACERDOTE

Decía san Juan María Bautista Vianney, el famoso cura de Ars: El sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús... Si comprendiésemos bien lo que es el sacerdote, moriríamos, no de pavor, sino de amor. El sacerdote es el depositario y distribuidor de los dones de la Redención. Es pastor y guía del pueblo de Dios. Es representante y embajador de Cristo en el mundo y debe actuar siempre en su Nombre y con su poder.

En su aspecto exterior, debe reflejar su dignidad y, por eso, debe distinguirse de los demás como el pastor se distingue de sus ovejas. Debe ser un padre para todos, siempre disponible. Debe ser un hombre de fe, un hombre de Dios. Y debe sentir, como una responsabilidad, la salvación de todos los hombres. Por lo cual, cada día, durante la celebración de la misa, debe encomendarlos a todos como un padre a sus hijos. Porque cada sacerdote debe vivir la solicitud por toda la Iglesia y sentirse, de algún modo, responsable de ella (DM 5).

Pero, sobre todo, el sacerdote debe ser el hombre de la Eucaristía, debe centrar su vida en la celebración del misterio eucarístico. El sacerdote, celebrando cada día la Eucaristía, penetra en el corazón de este misterio. La celebración de la Eucaristía es para él, el momento más importante y sagrado de la jornada y el centro de su vida (DM 8). Cuando celebra la misa, la celebra en la persona de Cristo (in persona Christi). Lo que Cristo ha realizado sobre el altar de la cruz y que, precedentemente, ha establecido como sacramento en el cenáculo, el sacerdote lo renueva con la fuerza del Espíritu Santo. En ese momento, el sacerdote está como envuelto por el poder del Espíritu Santo y las palabras adquieren la misma eficacia que las pronunciadas por Cristo durante la Última Cena (DM 8).

Celebrar la Eucaristía es la misión más sublime y más sagrada de todo sacerdote (DM 9). La Eucaristía constituye la principal y central razón de ser del sacramento del sacerdocio, nacido efectivamente en el momento de la institución de la Eucaristía y a la vez que ella... Nosotros estamos unidos de manera singular y excepcional a la Eucaristía. Somos, en cierto sentido, “por ella y para ella”. Somos, de modo particular, responsables de ella. También el sacerdote es testigo e instrumento de la misericordia divina y, por eso, como un padre, debe esperar en el confesionario a sus hijos que desean recibir el perdón de Dios. El sacerdote es administrador de bienes invisibles e inconmensurables que pertenecen al orden espiritual y sobrenatural (DM 9). Precisamente por ello, el sacerdote debe estar bien preparado para poder responder a las exigencias del mundo moderno. Debe actualizarse constantemente en los últimos documentos de la Iglesia y seguir atentamente los acontecimientos del mundo. Debe estar altamente cualificado, pero, sobre todo, debe amar a Cristo.

Durante el tiempo de Seminario debe enamorarse de Cristo. Sólo si tiene una experiencia personal de Cristo puede comprender en verdad su voluntad y, por tanto, la propia vocación. Cuanto más conoces a Jesús, más te atrae su misterio; cuanto más lo encuentras, más fuerte es el deseo de buscarlo. Es un movimiento del espíritu que dura toda la vida. El Seminario es como una estación llena de promesas.

Por eso, el sacerdote no puede conformarse con lo que ha aprendido un día en el Seminario, aun cuando se haya tratado de estudios a nivel universitario. El proceso de formación intelectual y espiritual debe continuar toda la vida. Por otra parte, el sacerdote, a diferencia de otras profesiones como médicos, ingenieros, abogados, maestros..., está marcado como tal para toda la eternidad, es sacerdote para siempre. En el cielo se reconocerá a los sacerdotes como tales. El día de su ordenación recibió el carácter sacerdotal, como un sello indeleble, que le indica que es de exclusiva propiedad del Señor. El carácter sagrado le afecta de modo tan profundo que orienta íntegramente todo su ser y su obrar hacia su destino sacerdotal. De modo que no queda en él ya nada de lo que pueda disponer como si no fuese sacerdote... Y cuando realice acciones que, por su naturaleza, son de orden temporal, el sacerdote es siempre ministro de Dios. En él, todo, incluso lo profano, debe convertirse en sacerdotal.

El sacerdocio, para él, no es un modo de conseguir seguridad en la vida, un modo de ganarse el pan y obtener una cierta posición social. El sacerdocio sólo puede ser una respuesta a la llamada de Dios, pues nadie puede darse a sí mismo el sacerdocio. Es Jesús quien llama al que quiere.

No existe el derecho al sacerdocio, como si fuera un derecho humano, que hay que respetar en quien quiere recibirlo. El sacerdocio no es un oficio o profesión como las demás. El sacerdocio es una llamada personal de Jesús, que el llamado puede rechazar. Pero que, si la sigue, debe tomarla en serio. Hay un derecho del Señor sobre los llamados, que deben seguir y aceptar su voluntad.

Por eso, un sacerdote no puede ser mediocre. Las almas necesitan sacerdotes-sacerdotes y no sacerdotes a medias, que viven como laicos, o laicos, que actúan como sacerdotes. Hay que ser sacerdotes-sacerdotes al ciento por ciento. Y eso debe notarse hasta en su modo de vestir y de vivir. Un sacerdote no puede llevar una vida de lujo que escandalice a sus feligreses pobres o vivir igual que cualquiera, yendo a cines y espectáculos de cualquier tipo, con la excusa de que hay que estar al día. Un sacerdote debe cuidar su espíritu, pues debe ser un modelo espiritual para los demás, o sea, debe ser ejemplar. Cada palabra y cada acción deben estar imbuidas de su espíritu sacerdotal y de su misión de salvar almas.

El sacerdote no puede ser solamente un promotor social. Debe ser un hombre de Dios y llevar a los hombres a Dios. La hermana Briege McKenna dice: Conozco a un sacerdote que viajó a Sudamérica para ayudar a los pobres. Tenía un gran entusiasmo, disponía de medios materiales... Cuando llegó, comenzó a construir clínicas y escuelas. Después de diez años, se dio cuenta de que muchos de sus parroquianos acudían a una misión evangélica. Se habían cambiado de religión. Un día, se quejó a uno de los ancianos, un hombre fiel, que siempre estaba en la iglesia ayudando al sacerdote. El anciano lo miró con lágrimas y le dijo: “Padre, no quiero lastimarlo. Usted nos trajo un montón de cosas buenas. Ha trabajado muy duro, pero no nos ha traído a Jesús y nosotros necesitamos a Jesús”.

El sacerdote se sintió avergonzado y dijo: “Estaba muy ocupado y casi no celebraba misa. No tenía tiempo. Para mí era muy importante alimentar a esas personas que tenían hambre”. Pero Nuestro Señor le mostró que esas personas querían algo más que cosas materiales... Para él las cosas materiales eran importantes, pero un sacerdote no puede convertirse en un trabajador social ni en un político. Él no puede depender de recursos humanos, él debe depender de Jesucristo. Por eso, cuando desapareció su ceguera espiritual, me dijo: “Yo había perdido la fe. Me enojaba de que los pobres fueran explotados y no veía nada más”.

Este sacerdote regresó a Sudamérica como un hombre cambiado después de un retiro en su patria. Y comenzó a entender las palabras de Jesús a sus apóstoles: “Para mí nada es imposible”. Vio, a través de los ojos de la fe, la importancia de su sacerdocio y entendió la necesidad de depender de Dios.

Comprendió que su principal misión como sacerdote era amar a Jesús y llevar a Jesús, presente en la Eucaristía, a los demás. Y sintió la necesidad de orar y de ser santo para ser un fiel instrumento de Jesús.

El mundo actual reclama sacerdotes santos. Solamente un sacerdote santo puede ser, en un mundo cada vez más secularizado, testigo transparente de Cristo y de su Evangelio. Solamente así, el sacerdote puede ser guía de los hombres y maestro de santidad. Los hombres, sobre todo los jóvenes, esperan un guía así ¡El sacerdote puede ser guía y maestro en la medida en que es un testigo auténtico! (DM 9).

Por todo ello, es tan importante la oración en la vida del sacerdote. La oración hace al sacerdote y el sacerdote se hace a través de la oración. Debe estar convencido de que el mejor tiempo empleado es el tiempo dedicado a la oración. Si todos estamos llamados a la santidad, ¡con cuánta más razón el sacerdote! ¡Amad vuestro sacerdocio! ¡Sed fieles hasta el final! Sabed ver en él aquel tesoro evangélico por el cual vale la pena darlo todo (DM 10).

De aquí que sea tan importante recordar y celebrar cada año el día de la ordenación sacerdotal. Así lo hacía el santo Padre Pío de Pietrelcina, que escribía:

Mi pensamiento vuela al día de mi ordenación. Mañana, fiesta de san Lorenzo es, precisamente, el día de mi fiesta. Ya he comenzado a probar de nuevo el gozo de aquel día santo. Desde esta mañana, he comenzado a gustar el paraíso. Voy comparando la paz que sentí aquel día con la paz que comienzo a sentir desde la víspera de este día y no encuentro nada diferente. El día de san Lorenzo fue el día en que mi corazón estuvo más encendido de amor a Jesús. ¡Qué feliz fui aquel día de mi ordenación!.

El Papa Benedicto XVI dice sobre aquel día: La ordenación sacerdotal la recibimos en la catedral de Frisinga de manos del cardenal Faulhaber en la fiesta de los santos Pedro y Pablo del año 1951. Éramos más de cuarenta candidatos. Era un espléndido día de verano que permanece inolvidable, como el momento más importante de mi vida. No se debe ser supersticioso, pero en el momento en que el anciano arzobispo impuso sus manos sobre las mías, un pajarillo, tal vez una alondra, se elevó del altar mayor de la catedral y entonó un breve canto gozoso; para mí fue como si una voz de lo alto me dijese: Va bien así, estás en el camino justo.

SACERDOTE DE CRISTO Y DE LA IGLESIA

El sacerdote es ministro de Cristo y, en la celebración de la misa, ofrece el santo sacrificio in persona Christi (en la persona de Cristo), lo cual quiere decir más que en nombre o en vez de Cristo. In persona quiere decir en la identificación específica sacramental con el sumo y eterno sacerdote, que es el autor y el sujeto principal de este su propio sacrificio, en el que, en verdad, no puede ser sustituido por nadie. En la misa, Cristo absorbe la persona del sacerdote y actúa a través de él, que es su ministro e instrumento. El sacerdote le presta su voz, sus manos, su cuerpo.

El que habla en la misa, no es el sacerdote humano, al que escuchamos. Ciertamente, oímos su voz, pero su voz viene de más arriba, de más hondo. Es la voz de Cristo, que habla a través del sacerdote. Sus manos son las manos de Jesús, porque, en realidad, es Jesús quien celebra la misa por medio del sacerdote. Él es el único y eterno sacerdote; pero, como a Él no lo vemos ni oímos, necesita del sacerdote, como de una pantalla, para proyectar su propia vida, su amor, su voz y su ofrecimiento permanente por la salvación del mundo.

Ahora bien, el ofrecimiento de Cristo, es decir, su misa no la hace solo. Ofrece continuamente consigo a su Cuerpo, que es la Iglesia, y quiere que todos los fieles, empezando por el sacerdote y los que asisten a la misa, se ofrezcan, junto con Él, al Padre, por la salvación del mundo.

La misa, como dice el canon 899, es una acción de Cristo y de la Iglesia, en la cual Cristo Nuestro Señor, por el misterio del sacerdote, se ofrece a sí mismo a Dios Padre. Por eso, el sacerdote no puede ser sacerdote de Cristo sin la Iglesia, pues Cristo y la Iglesia están íntimamente unidos como la Cabeza y el Cuerpo. Cristo es cabeza de la Iglesia y salvador de su Cuerpo (Ef 5, 23). Vosotros sois el Cuerpo de Cristo (1 Co 12, 27; Rom 12, 5). Por lo cual, el sacerdote debe celebrar la misa en unión con todo el universo y con todos los hombres.

En la celebración eucarística no sólo hay comunión con el Señor, sino también con la creación y con los hombres de cualquier lugar y tiempo... La celebración eucarística no es sólo un encuentro entre el cielo y la tierra, sino también un encuentro entre la Iglesia de entonces y la de hoy, entre la de aquí y la de allí... Nombrar al Papa y al obispo significa que celebramos realmente la única Eucaristía de Jesucristo y que solamente podemos recibirla en la única Iglesia... La celebración de la misa necesita del sacerdote, que no habla en su propio nombre, no actúa como si se tratara de una tarea propia, sino que representa a toda la Iglesia, a la Iglesia de cualquier tiempo y lugar, a la Iglesia que le ha transmitido a él lo que ella misma ha recibido.

La Eucaristía solamente puede celebrarse correctamente, si se celebra con toda la Iglesia. A Jesús solamente lo tenemos, si lo tenemos con los demás. Y porque en la Eucaristía solamente se trata de Cristo, precisamente por eso, ella es el sacramento de la Iglesia. Y por el mismo motivo sólo puede ser celebrada en unidad con toda la Iglesia y contando con su autorización. Por eso, el Papa aparece en la plegaria eucarística en la celebración de la Eucaristía. La comunión con él es comunión con la totalidad, sin la cual no se puede dar la comunión (plena) con Cristo... Nuestra fe y nuestra oración sólo son correctas, cuando en ellas pervive sin interrupción la auto-superación, la autorrenuncia a aquello que nos es propio, la cual nos conduce hasta la Iglesia de cualquier lugar y tiempo: ésta es la esencia de la catolicidad. De eso se trata cuando nosotros, por encima de lo propio, nos unimos al Papa y de ese modo nos incorporamos a la Iglesia de todos los pueblos.

Como muy bien ha dicho alguien, hay que darse cuenta con toda claridad de que la misa que se celebra, no es la misa del padre Juan, o del padre Antonio, sino la misa de Jesús y, por tanto, no podemos celebrarla a nuestro gusto y de acuerdo a nuestras ideas y opiniones, sino de acuerdo a lo que Cristo quiere, según las normas establecidas por la Iglesia universal y que tienen una continuidad viva y progresiva desde la misa de la Última Cena hasta ahora.

Pero se ha llegado al extremo de que algunos grupos litúrgicos se autofabrican la liturgia dominical. Lo que se ofrece aquí es, sin duda, el producto de unas personas listas y trabajadoras que se han inventado algo. Pero eso no significa encontrarme con la Alteridad absoluta, con lo sagrado, que se me regala, sino con la habilidad de unas cuantas personas. Y me doy cuenta de que no es eso lo que busco. Que es demasiado poco y un tanto indiferente. Hay que respetar la liturgia, que no puede ser manipulada.

A este propósito, recuerdo el caso de algunos sacerdotes conocidos, que, en el ambiente de renovación del post-concilio, querían cambiar la misa, porque era muy anticuada y celebraban la misa con un canon, copiado de alguna revista o inventado por ellos. Después, poco a poco, sólo celebraban la misa, cuando alguien les daba alguna intención. Rezaban poco; porque, para ellos, todo lo que hacían era oración, pues todos los días estaban, a todas horas, hablando de Dios a los demás. Y, sin darse cuenta, desobedeciendo, sin rezar el Oficio divino, se iban vaciando por dentro hasta que el sacerdocio se les hacía un peso difícil de llevar y no le encontraban sentido. Creían que era mejor y más útil dedicarse al servicio de los pobres, en vez de estar atendiendo al Despacho parroquial o celebrando sacramentos en la iglesia. Al final, terminaban abandonando el sacerdocio.

Después de años, he podido hablar con algunos de ellos. Y todos reconocían que, si les hubieran motivado más para orar y si las circunstancias hubieran sido más favorables, no hubieran dejado nunca el sacerdocio. Con la experiencia de los años, se habían dado cuenta de que ser sacerdote de Cristo y de la Iglesia significa obedecer y amar. Algunos son todavía buenos católicos, otros no tanto. El camino de cada uno es muy personal, pero lo cierto es que, sin amar a la Iglesia y sin obedecer a las autoridades legítimas, no se puede ser buen sacerdote ni estar plenamente unidos a Cristo y amarlo de todo corazón; ya que, de otro modo, se pierde el sentido de la dignidad sacerdotal y el sacerdote busca ser un laico más, no sólo en el vestir, sino también en su vida y en sus costumbres.

Por eso, el Papa Benedicto XVI les dijo a los sacerdotes polacos en Varsovia el 25-5-2006: ¡Creed en el gran poder de vuestro sacerdocio! En virtud del sacramento habéis recibido todo lo que sois. Cuando pronunciáis las palabras “yo ” o “mío” (Yo te absuelvo, Esto es mi cuerpo...) lo hacéis, no ya en vuestro nombre, sino en el nombre de Cristo (in persona Christi), que quiere servirse de vuestra boca y de vuestras manos, de vuestro espíritu de sacrificio y de vuestro talento. En el momento de vuestra ordenación, mediante el signo litúrgico de la imposición de las manos, Cristo os tomó bajo su particular protección; estáis ocultos bajo sus manos y en su Corazón. ¡Sumergíos en su amor y entregadle el vuestro!...

En un mundo en el que hay tanto ruido, tanta desorientación, es necesaria la adoración silenciosa de Jesús oculto en la hostia. Cultivad con asiduidad la plegaria de adoración, y enseñadla a los fieles. En ella hallarán consuelo y luz, especialmente las personas que sufren. De los sacerdotes, los fieles esperan una cosa: que sean especialistas en fomentar el encuentro del hombre con Dios. No se le pide al sacerdote que sea experto en economía, en construcción o en política. De él se espera, que sea experto en la vida espiritual.

DIGNIDAD DEL SACERDOTE

Decía el Papa Pío XII que los que se consagran enteramente a Dios tienen una vocación angélica. Por eso, el sacerdote debe estar adornado de todas las virtudes y dar a los otros el ejemplo de una vida pura. Sus costumbres no deben parecerse a las de los otros, él no debe llevar los caminos comunes, debe vivir como los ángeles en el cielo o como los hombres perfectos en la tierra.

Ya san Agustín en su tiempo decía: ¡Oh venerable dignidad del sacerdote! Entre sus manos el Hijo de Dios se encarna como en el seno de la Virgen. Ellos son más grandes que los ángeles. El mismo Jesucristo le dijo un día a santa Brígida: Yo he escogido a los sacerdotes por encima de los ángeles y de los hombres, y los he honrado sobre todas las cosas. Les he dado el poder de atar y desatar en el cielo y en la tierra. Les he dado el poder de consagrar mi Cuerpo. Si yo hubiese querido, hubiese escogido para tal oficio a los ángeles. Pero yo amo tanto a los sacerdotes que yo los he elevado a este grado de honor.

Al santo cura de Ars le gustaba decir: El sacerdote es un hombre revestido de todos los poderes de Dios. Al sacerdote no se le podrá comprender bien más que en el cielo. Cuando celebra la misa, él hace más que si creara un mundo nuevo. Si yo encontrara un sacerdote y un ángel, yo saludaría primero al sacerdote y después al ángel. Algo parecido decía también la beata Crescencia Höss y san Francisco de Asís.

San Francisco de Sales cuenta que un joven sacerdote, recién ordenado, después de la ceremonia de la ordenación, estaba para salir de la iglesia, cuando se detuvo breves instantes en la puerta, haciendo señas a un ser invisible de querer cederle el paso y salir después de él. El obispo, asombrado por este detalle, lo llamó y le preguntó la razón de aquello; y el joven sacerdote le respondió: Desde hace un tiempo, el Señor me ha dado la gracia de poder disfrutar de la vista de mi ángel. Antes de ser sacerdote, él iba siempre delante de mí, pero hoy, por honor a mi sacerdocio, me ha cedido el paso, diciéndome que él es mi servidor y de todos los sacerdotes. Por eso, yo he debido pasar primero.

San Juan Crisóstomo decía: Debemos respetar a los sacerdotes más que a príncipes y reyes, y venerarlos más que a nuestros padres. Éstos nos han engendrado por medio de la sangre, pero los sacerdotes nos hacen nacer como hijos de Dios. Por esto, el alma del sacerdote debe ser más pura que los rayos del sol para que el Espíritu Santo no lo abandone y para que pueda decir: Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en Mí.

Sin embargo, aunque el sacerdote deje mucho que desear, hay que respetar su dignidad, pues Dios le ha escogido a él para ser su instrumento de perdón y salvación para los hombres. Si es un pecador, Dios lo juzgará. Pero sabemos que la inmensa mayoría de los sacerdotes son buenos e, incluso, hay algunos santos. Y es muy hermoso ver personas que se acercan al sacerdote para saludarlo con respeto y le besan la mano o le piden su bendición. Es hermoso, sobre todo, cuando los niños se acercan a saludarlo con toda su alegría e inocencia, porque ven en él a un representante de Dios. Personalmente, me ha ocurrido muchas veces a lo largo de mi vida misionera en el Perú que, cuando les pregunto a los niños pequeños de 4 ó 5 años: ¿quién soy yo? Muchas veces, dicen: Tú eres Jesús. En sus mentes infantiles yo, para ellos, soy algo de Dios.

Yo los quiero mucho a los niños y todos los domingos salgo a la puerta de la iglesia para repartirles caramelos o chocolates. Y ellos vienen con alegría a buscarme. Yo procuro levantarles la autoestima, diciéndoles palabras bonitas como: Eres lindo, precioso. Eres muy inteligente y yo te quiero mucho. Tú eres mi amigo...

Los niños, al igual que los pobres, tienen una sensibilidad especial, para sentir quién los quiere. Y se sienten felices de ser amigos del padrecito. Cuando estaba en la Sierra del Perú, reunía a los niños de la parroquia para ensayar cantos antes de la misa y ellos venían a cantar y alegrarse conmigo unos momentos. Y yo jugaba con ellos y me sentía feliz y los hacía felices.

Ser sacerdote es también hacerse uno con ellos, ser humilde con los humildes, niño con los niños, y hacerles sentirse importantes. Un día, en Lima, encontré a un niño que estaba recogiendo papeles, botellas y otras cosas útiles de los cubos de basura. Lo llamé y le pregunté su nombre. Me dijo que tenía ocho años y tenía tres hermanos; que su papá y su mamá también recogían cosas de los cubos de basura, que se llamaba Jesús. Estaba muy sucio, porque era muy pobre, pero me sentí contento de hacerle cariño y decirle algunas palabras para valorar su trabajo y le dije que quería ser su amigo. Cuando llegó su mamá, que estaba más lejos recogiendo cosas, le di un dinerito para que pudiera comprarse algo de comer. Se sintió feliz y, desde entonces, siempre que me ve, viene corriendo a saludarme. Y, aunque no le dé más que un simple caramelo, se va feliz de haberme saludado. ¡Hace falta tan poco para hacer felices a los demás, especialmente a los pobres, enfermos, niños, ancianos o necesitados! ¡Puedo decirlo por propia experiencia!

Dice el libro de la Imitación de Cristo: Grande es la dignidad de los sacerdotes. Se les ha dado lo que no se concede a los ángeles. Sólo los sacerdotes, rectamente ordenados en la Iglesia, tienen poder de celebrar y consagrar el Cuerpo de Jesucristo... Por eso, el sacerdote debe estar adornado de todas las virtudes y ha de dar a los otros ejemplo de vida buena... Cuando el sacerdote celebra la misa, honra a Dios, alegra a los ángeles y edifica la Iglesia; ayuda a los vivos, da descanso a los difuntos y se hace participante de todos los bienes.

Decía san Pedro Julián Eymard que el sacerdocio es la mayor dignidad que hay en la tierra. Es mayor que la de los reyes, pues su imperio se ejerce sobre las almas... El ángel sirve al sacerdote; el demonio tiembla ante él; la tierra lo mira como salvador y el cielo lo ve como príncipe que conquista elegidos. Jesucristo ha querido que sea otro Él mismo (otro Cristo en la tierra); es un Dios por participación, es Jesucristo en acción.

El sacerdote en la misa es Jesús. Una religiosa contemplativa, a quien conozco personalmente, y tiene dones místicos y una vida sobrenatural fuera de lo común, me decía que un día, en el momento de la consagración, vio a Jesús en la persona del sacerdote. Ante su vista, desapareció la figura del sacerdote y, en su lugar, vio a Jesús. Fue una experiencia transformadora; porque, desde ese día, su amor a los sacerdotes, como representantes de Jesús en el mundo, se aumentó inmensamente.

PADRE DE TODOS

El sacerdote debe ser un padre y un pastor para todos sin excepción. No trabaja sólo unas horas determinadas, sino que es sacerdote por siempre y para siempre. Debe estar disponible las veinticuatro horas del día, sobre todo, para cosas importantes. Y debe hacer su labor pastoral con ánimo amable y acogedor, porque cualquier persona, por pobre que sea, debe tener derecho a pedirle algo de su tiempo para ser escuchada o atendida. Esto significa que debe ser sacerdote de cuerpo entero, y no a medias tintas, evitando los malos tratos, teniendo paciencia con todos y siendo comprensivo.

Con frecuencia, la gente se acerca al sacerdote para pedirle que los encomiende a ellos o a sus familiares, en casos de especial necesidad o en problemas de salud del cuerpo o del alma... Y el sacerdote debe ser el padre bueno que los escucha y los consuela y pide a Dios por ellos. San Josemaría Escribá de Balaguer decía: Hay que ser, en primer lugar, sacerdotes, después sacerdotes y siempre y en todo sacerdotes.

La Iglesia necesita sacerdotes enamorados de Cristo, felices de seguir al Maestro, mientras recorre la tierra en busca de almas que salvar, con el corazón palpitante de amor sacerdotal. Y, sobre todo, la misa diaria debe ser el punto central de cada día en la vida de un sacerdote.

Y esto ¿por qué? Porque el sacerdote de hoy, de mañana y de siempre, debe ser otro Cristo, asemejarse a Cristo. Y esto sólo puede conseguirlo, celebrando diaria y devotamente la santa misa, pues la celebra en la persona de Cristo. Cristo celebra la misa por medio del sacerdote que, en esos momentos, está como identificado con Él, como el fuego y el hierro se unen en un hierro rusiente. Son UNO, siendo dos. Son dos en UNO. Por eso, esta unidad e identificación del sacerdote con Cristo en la misa y comunión debe llevarla a la vida diaria y debe comportarse como otro Cristo en la tierra. Y ofrecer cada día en la misa, como un buen padre, las preocupaciones y necesidades de todos sus hijos.

Cuando bautiza, es padre de modo especial; porque, en ese momento, engendra hijos para Dios y los hace nacer a la vida de Dios. Igualmente, cuando confiesa y aconseja está siendo padre amoroso que perdona a sus hijos extraviados y, con el poder de Dios, les devuelve la vida divina o los dirige por el camino del bien.

Los fieles quieren ver al sacerdote humilde, sencillo y cercano. También lo quieren culto, de modo que pueda aconsejarles en cualquier cuestión moral o personal que se presente. También quieren que rece, que no se niegue a administrar los sacramentos, que esté dispuesto a acoger a todos sin constituirse en jefe o militante de banderías humanas..., que ponga amor y devoción en la celebración de la santa misa, que consuele a los enfermos y afligidos, que adoctrine con la catequesis a los niños y a los adultos, que predique la palabra de Dios y no cualquier tipo de ciencia humana.

El sacerdote, como padre, debe ser un ejemplo para sus hijos, pues un ejemplo vale más que mil palabras. Se le debe notar que es un hombre de Dios en el modo de hacer la genuflexión ante el Santísimo, en el respeto con que lee la palabra de Dios, en su compostura al celebrar la misa, en su amor a los niños, a los pobres y enfermos... Y debe ser un pastor, que guía a sus ovejas hacia Jesús, sobre todo, a Jesús presente en la Eucaristía.

También, como buen padre, debe buscar a sus ovejas perdidas y orar por ellas; visitar las familias, los colegios, los hospitales... Su trabajo sacerdotal abarca toda su vida. Es sacerdote para toda su vida. Nunca puede decir: estoy fuera de servicio. Aunque esté en un país extranjero o muy lejos de su parroquia, debe manifestarse a todos como sacerdote, porque en todas partes hay ovejas que pueden necesitar de sus consejos o de una confesión.

Personalmente, tengo la costumbre de hablar a los taxistas, que me prestan algún servicio. Y descubro cuántos problemas, a veces, encierran en sus corazones. Cada vida es un mundo diferente y el sacerdote debe tenderles la mano para que puedan abrir su corazón, y darles un consuelo, aunque sea regalando una estampa, un rosario o una bendición. Hay mucha gente hambrienta de Dios, o que está confundida, y necesita una orientación, incluso, cuando son personas de otras religiones. Porque el sacerdote debe ser padre para todos hasta el último momento de su vida.

Henrich Mann cuenta en su Autobiografía que, cierto día, caminó largo trecho por los caminos polvorientos de Italia en compañía de un capuchino. Cuando el fraile le preguntó por sus creencias, nuestro hombre le contestó que ni creía ni se negaba a creer, porque ambas cosas le parecían demasiado elevadas. En el momento de separarse, el capuchino le dijo de improviso: En adelante, rezaré por usted.

Aquí vemos una imagen de nuestro ministerio sacerdotal. Nuestra misión es que sepamos de continuo, porque Dios así lo quiere, recorrer por extenso los senderos polvorientos de nuestro mundo en compañía de otros hombres. Y nos exige que, seguidamente, los tengamos presentes ante Dios para que sus caminos y los nuestros acaben confluyendo en los de Él.

EL CELIBATO SACERDOTAL

Precisamente, porque el sacerdote es padre de todos, es muy conveniente que viva consagrado a Dios en castidad perfecta para estar disponible para todos sin las limitaciones que le impondría el matrimonio. Ya lo decía san Pablo hace muchos siglos, o mejor, Dios por boca de san Pablo: El célibe se cuida de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor. En cambio el casado ha de cuidarse de las cosas del mundo y de cómo agradar a su mujer, y así está dividido (1 Co 7, 26-40). Al célibe, que se entrega con generosidad a servir a los demás a tiempo completo, Dios lo bendice más de lo que puede pedir o imaginar y le da el ciento por uno en esta vida y después la vida eterna (Mt 19, 29).

Ahora bien, si alguien escoge este camino solamente, porque tiene miedo al matrimonio o ve en el sacerdocio sólo un modo de tener asegurada la vida..., ese tal estaría sin vocación y su vida entera sería un sacrilegio. ¡Qué pena que puedan existir algunos interesados solamente en las ventajas humanas del sacerdocio! Recuerdo a un obispo que decía que un sacerdote, recién ordenado, ya tenía una esposa para convivir. ¿Es posible semejante inmoralidad? ¿Es posible que haya homosexuales que busquen el sacerdocio sólo porque no tienen interés en el matrimonio y buscan prestigio social? ¿Es posible que haya sacerdotes materialistas, que solamente vean el dinero por encima de todo en su ministerio pastoral? Pues sí, y de ahí vienen los escándalos y malos ejemplos. Por eso, en los Seminarios deben ser muy cuidadosos para escoger personas con vocación y aceptar solamente a personas sicológicamente maduras, capaces de afrontar por amor sus responsabilidades.

El doctor Jenkins, de la universidad de Pensylvania (USA), ha estudiado los casos de abusos sexuales de sacerdotes y dice: Los abusos cometidos por clérigos son mucho menos frecuentes de lo que dan a entender los titulares de los periódicos. Y responsabiliza de las exageraciones e interpretaciones equivocadas, no sólo a los medios de comunicación, sino también a sacerdotes retirados, tanto liberales como tradicionalistas, que han aprovechado la ocasión para promover sus propios intereses. Él mismo afirma que la tasa de incidencia es mucho mayor entre maestros y otros profesionales, que trabajan con niños y jóvenes, que entre los sacerdotes. Pero, cuando se trata de sacerdotes se sacan casos de hace más de 50 años. Ha habido en total unas 10.000 denuncias, pero sólo han sido condenados por los tribunales unos 100 sacerdotes, en más de 50 años, de entre los 105.000 sacerdotes que han vivido en ese lapso de tiempo en USA. Y el 99% de esos sacerdotes condenados eran homosexuales.

Ciertamente, hay muchas personas interesadas en airear los casos de escándalos sacerdotales y los publican exagerando las cosas y, a veces, sin averiguar la verdad. Un caso patente fue el difundido en todo el mundo sobre los sacerdotes pedófilos en Brasil. La revista brasileña ISTOE publicó, el 16 de noviembre de 2005, un informe en que se decía que en Brasil, según una investigación del Vaticano, había 1.700 sacerdotes comprometidos en crímenes sexuales. Sin embargo, nunca se ha realizado ninguna investigación por parte del Vaticano sobre esto. Además, esos datos fueron tomados irresponsablemente de una encuesta organizada por la Conferencia episcopal brasileña, en la que se pedía información a 1.700 sacerdotes. Se trataba de 1.700 sacerdotes encuestados, no culpables de ningún abuso.

Por eso, el cardenal Geraldo Majella, presidente de la Conferencia episcopal, envió una carta a la revista ISTOE para que rectificara la información, diciendo que esa gravísima afirmación, que se publica como algo seguro, es una afirmación calumniosa, carente de todo fundamento. ¿Algún medio de información, de los que propagaron la noticia, ha rectificado? Pareciera que existe a nivel mundial una campaña manipulada para desprestigiar a la Iglesia y que, por unos pocos, se quiere manchar la honra de todos.

De hecho, el Papa Benedicto XVI ha prohibido claramente y, sin titubeos, ser sacerdotes a quienes practican la homosexualidad, presentan tendencias homosexuales profundamente arraigadas o sostienen la llamada cultura gay.

Desde el Seminario, hay que enseñar a los seminaristas a guardar la castidad, evitando a toda costa la masturbación, ver películas indecentes, acudir a espectáculos inapropiados o leer libros inconvenientes. Sobre todo, deben tener cuidado con las amistades que puedan perturbar su vocación. Hay que enseñarles a ser sinceros y auténticos, evitando ocasiones de pecado, pues el que ama el peligro, perece en él. Ya decía san Agustín: No me digas que tienes el alma pura, si tienes ojos impuros, porque el ojo impuro es mensajero de un corazón impuro.

Hay que evitar a toda costa que ingrese al Seminario cualquier persona con insuficiente equilibrio sico-físico y moral, pues no puede pretenderse que la gracia supla a la naturaleza. De ahí que hay que hacer exámenes sicológicos a los candidatos para descartar a los que manifiesten señales de cualquier desequilibrio.

Para ser sacerdote hay que ser sicológicamente maduro. La castidad para él es una autoliberación para amar más y mejor. Es autorrealización personal en el amor a Dios y a los demás. Por eso, si el sacerdote no tiene su corazón lleno de Dios, lleno de amor, fracasará en su vocación. Y no podrá transmitir la belleza de un alma llena de alegría y paz.

Decía san Ambrosio: Dios no manda cosas imposibles, sino que te enseña a hacer lo que puedas y a pedir lo que no puedas, y da su ayuda para que puedas.

Por eso, el candidato al sacerdocio tiene que contemplar la fe como la única fuerza en su vida; debe saber que sólo en la fe puede vivir el celibato. Sólo así el celibato podrá ser el testimonio que edifique a los hombres y, además, anime a los casados a vivir bien su matrimonio.

Ciertamente, vale la pena entregarse totalmente al servicio de Dios y de los demás. Vale la pena dedicarse a la causa de Cristo y, por amor a Él, consagrarse al servicio del hombre. ¡Merece la pena dar la vida por el Evangelio y por los hermanos!.

El sacerdote, libre de preocupación personal por su familia, puede dedicarse con todo el corazón a la misión pastoral. Se entiende, por tanto, la firmeza con que la Iglesia de rito latino ha defendido la tradición del celibato para sus sacerdotes, resistiéndose a las presiones que ha sufrido a lo largo de la historia. Es una tradición exigente, pero que se ha mostrado sumamente fecunda en frutos espirituales.

Como decía el Papa Pablo VI en la encíclica Sacerdotalis caelibatus: El motivo verdadero y profundo del sagrado celibato es la elección de una relación personal más íntima y completa con el misterio de Cristo y de la Iglesia en beneficio de toda la humanidad. El sacerdote célibe no rechaza el amor, sino que lo sublima y lo universaliza, pues ensancha su corazón para amar a todos los hombres y lo hace sentirse padre y hermano de todos sin excepción.

El sacerdote, por el celibato, llega a ser el hombre para los demás. El sacerdote, renunciando a la paternidad propia de los esposos, busca otra paternidad, recordando las palabras del Apóstol sobre los hijos, que él engendra en el dolor (Gál 4, 19; 1 Co 4, 15). Ellos son hijos de su espíritu... y son más numerosos de cuantos pueda abrazar una simple familia humana. La vocación pastoral de los sacerdotes es grande, está dirigida a toda la Iglesia... Para estar disponible para este servicio, el corazón del sacerdote debe estar libre. El celibato es signo de una libertad que es para el servicio... Él toma la decisión de vivir de por vida el celibato, después de haberse convencido de que Cristo le concede este don para el bien de la Iglesia y para el servicio a los demás... Y debe mantener la palabra dada a Cristo y a la Iglesia... El amor, en toda su dimensión, no es sólo llamada, sino también deber. Nuestros hermanos y hermanas, unidos en el matrimonio, tienen derecho a esperar de nosotros, sacerdotes y pastores, el buen ejemplo y el testimonio de la fidelidad a la vocación hasta la muerte.

Queridos hermanos, pensad en los lugares, donde esperan con ansia al sacerdote y donde, desde hace años, sintiendo su ausencia, no cesan de desear su presencia. Y sucede, alguna vez, que se reúnen en un santuario abandonado y ponen sobre el altar la estola, aún conservada, y recitan todas las oraciones de la liturgia eucarística; y he aquí que, en el momento que corresponde a la transustanciación, desciende en medio de ellos un profundo silencio, alguna vez interrumpido por el sollozo. ¡Con tanto ardor desean escuchar las palabras, que sólo los labios de un sacerdote pueden pronunciar eficazmente! ¡Tan vivamente desean la comunión eucarística de la que únicamente en virtud del ministerio sacerdotal pueden participar, como esperan también ansiosamente oír las palabras divinas del perdón: Yo te absuelvo de tus pecados! ¡Tan profundamente sienten la ausencia de un sacerdote en medio de ellos! Estos lugares no faltan en el mundo. Si, en consecuencia, alguno de vosotros duda del sentido de su sacerdocio, si piensa que ello es socialmente infructuoso o inútil, medite en esto.

Un misionero contaba que, estando en un lugar del extremo norte del Canadá, en una época de epidemia mortal, lo llamaron de una aldea lejana para que fuera a ayudar a los moribundos. Él tenía que atender primero a los que morían en su propia aldea parroquial; pero, cuando la epidemia calmó, se dirigió sin tardanza hacia aquella lejana aldea. Al llegar, encontró que le esperaban con once cadáveres, que estaban congelados, pues la temperatura era en ese momento de 50 grados bajo cero. Cada uno de ellos, tenía en la mano un papel, que había escrito antes de morir. En el sobre decía: Sólo el sacerdote podrá leer este escrito. ¿Qué escribían? Sus pecados. Al acercarse la muerte, tuvieron la esperanza de que el sacerdote los perdonaría y escribieron sus pecados para que, aun después de muertos, fueran perdonados por el sacerdote. Y casi todos terminaban diciendo: Padre mío, te ruego que celebres una misa por mi alma.

Entonces, el sacerdote pensó: Hacen falta más sacerdotes para que nadie pueda morir sin los últimos sacramentos.

En resumen, la vida del sacerdote debe ser pura para que pueda dedicarse plenamente a su ministerio universal. Pero no hay que olvidar que el celibato es un don de Dios, que hay que pedir en oración.

Decía san Agustín: Yo creía que la continencia dependía de mis propias fuerzas, las cuales no sentía en mí; siendo tan necio que no entendía lo que estaba escrito: que nadie puede ser casto, si Tú, Señor, no se lo concedes. Por eso, decía: Dios mío, ¿me mandas la continencia? Pues dame la que me mandas y mándame la que quieras (Conf X, 29, 40). Cuando se es fiel a la vocación sacerdotal, hay en la vida del sacerdote una luz, un resplandor y una hermosura, que maravilla a quien lo conoce por ser un hombre bondadoso, alegre, sencillo y sonriente. De ahí que Gandhi decía: El nervio de la Iglesia católica, aquello que le da vigor y cubre todas sus manchas es el celibato de sus sacerdotes. Sin embargo, hay muchos católicos y no católicos que no pueden entender esto, muchos que lo rechazan y quieren ser modernos y son partidarios del matrimonio de los sacerdotes. Pero ya Jesús nos avisó de que no es fácil entenderlo. Dice: No todos pueden entender esto, sino aquellos a quienes se les ha dado. Porque hay hombres que han nacido incapacitados para el sexo. Hay otros incapacitados, que fueron mutilados por los hombres. Pero hay otros que se hicieron tales por el Reino de los cielos. ¡El que pueda entender que entienda! (Mt 19, 10-12).

El celibato sin amor es como una lámpara sin aceite, pero con amor, es una luz que brilla esplendorosa en las tinieblas del mundo.

ORAR POR LAS VOCACIONES

La Iglesia necesita vocaciones a la vida sacerdotal. En el mundo hacen faltan más sacerdotes, porque hay muchas parroquias que no tienen sacerdotes, y parroquias de hasta 50.000 habitantes, que sólo tienen un sacerdote anciano, como yo he conocido. Por eso, todos los católicos deberían orar a Dios por esta intención y pedirle que escoja a algún miembro de su familia para este gran ministerio. En todas las parroquias se debería orar todos los días por las vocaciones religiosas y sacerdotales.

Hugo Wast decía: Cuando se piensa en lo grande que es ser sacerdote, uno comprende la inmensa necesidad de fomentar las vocaciones sacerdotales. Uno comprende el afán con que en tiempos antiguos cada familia ansiaba que de su seno brotase una vocación sacerdotal… Uno comprende que es más necesario un Seminario que una iglesia y más que una escuela o más que un hospital… Entonces, se llega a comprender que dar para costear los estudios de un joven seminarista, es allanar el camino por donde ha de llegar al altar un hombre que, durante media hora cada día, será mucho más que todos los santos del cielo, pues será Cristo mismo, ofreciendo su Cuerpo y su Sangre por la salvación del mundo.

Pero no es fácil conseguir vocaciones. En un seminario norteamericano había un letrero que decía: Necesitamos jóvenes con coraje para un trabajo excepcional. Queremos llevar el mundo de los no creyentes a Cristo. No tendrás una vida cómoda. No te debes preocupar de las horas de trabajo ni del tiempo de descanso, sino de hacer conocer a Jesús y decir a todos: Él ha muerto por ti. Si esto no te va, continúa tu camino. Si tienes coraje, entra.

Monseñor Gustavo Prevost decía: Hace 50 años, cuando yo estudiaba en el Seminario de Canadá, no teníamos ni un solo coche, éramos pobres, pero teníamos muchas vocaciones. Ahora tenemos 37 coches y todos los medios de la técnica moderna, pero no hay vocaciones.

Por eso, hay que orar mucho. Hay que ofrecer a los jóvenes la opción del sacerdocio, hay que enseñarles a tomar la vida en serio y vivir para la eternidad.

Monseñor Guillermo Ketteler, obispo alemán de Maguncia, relató a la Superiora de un colegio de religiosas la siguiente historia personal, que fue publicada después de su muerte en L´Osservatore Romano y en varias revistas católicas:

Hace muchos años, había un joven que vivía muy distraído entre las diversiones del mundo y sólo preocupado de disfrutar de la vida. Era de familia rica y no le faltaba dinero en abundancia. Un día, cuando tenía 18 años, se encontraba en un baile como tantas otras veces; pero, de pronto, se le apareció el rostro de una religiosa que rezaba por él y le miraba fijamente al alma. El joven quedó impresionado y mirándose por dentro se dio cuenta, por primera vez en su vida, que estaba vacío. Entonces, recordó que alguna vez había querido ser sacerdote, cuando era niño. Se sintió mal y salió del baile, pensando: ¿Qué quiere Dios de mí? Después de pensarlo bien, se decidió a entrar en el Seminario y llenar su vida con algo que valiera la pena.

Ese joven era yo y he llegado a ser sacerdote y obispo. Esta mañana, me he quedado perplejo y sorprendido, pues, al dar la comunión a la última de las religiosas, he reconocido a la religiosa que se me presentó en el baile durante los años locos de mi juventud. Por eso, he tenido sumo interés en saludar a todas las religiosas para poder saludarla a ella, que, según me dicen, es la cocinera del convento. Ud. misma la ha escuchado decir que todos los días ofrece la última hora del día por los jóvenes a quienes el Señor llama al sacerdocio para que respondan SI. El ofrecimiento de esa humilde religiosa salvó mi vocación. Puedo decir que soy feliz gracias a ella y que me encuentro donde Dios quiere, gastando mi vida por la salvación de las almas.

Y el obispo de Maguncia, conocido como campeón de la Iglesia en Alemania durante los tiempos difíciles de la segunda guerra mundial, le dijo a la Superiora: No le diga nada a esa religiosa. Que le quede íntegro el mérito de su oración por las vocaciones. Ya verá en el cielo la gran obra que ha realizado, pero anímela para que siga rezando para que haya muchos y santos sacerdotes, porque hay muchos jóvenes, que viven aturdidos por los ruidos y placeres del mundo.

El Papa Benedicto XVI decía: En una ocasión un párroco me contó que, desde hacía muchos años, no salía ninguna vocación sacerdotal en su comunidad. ¿Qué debía hacer entonces? Las vocaciones no las puede uno fabricar, sólo el Señor puede concederlas. Sin embargo, ¿debemos permanecer con las manos cruzadas? Él decidió hacer cada año una peregrinación larga y fatigosa al santuario mariano de Altötting con esta intención de oración, invitando a todos aquellos que condividían esta intención para que participaran juntos en la peregrinación y en la oración. Año tras año, los participantes crecieron en número y el año pasado, finalmente, ellos han podido festejar, con inmenso gozo de todo el pueblo, la primera misa de un sacerdote de su localidad.

Hay que orar mucho por las vocaciones religiosas y sacerdotales. Decía el Papa Juan Pablo II:

Me dirijo a los padres. Que en vuestro corazón no falten nunca la fe y disponibilidad, cuando el Señor os bendiga llamando a uno de vuestros hijos o de vuestras hijas a un servicio misionero. Sabed dar gracias. Más aún, preparad esa llamada con la oración familiar, con una educación llena de estímulo y entusiasmo, con el ejemplo diario de la atención a los demás y con la participación en las actividades parroquiales y diocesanas.

La Iglesia tiene una inmensa necesidad de sacerdotes. Jesús no quiere una Iglesia sin sacerdotes. Si faltan los sacerdotes, falta Jesús en el mundo, falta su Eucaristía, falta su perdón. El pueblo cristiano no puede aceptar con pasividad e indiferencia la disminución de las vocaciones. Las vocaciones son el futuro de la Iglesia. A pesar de los problemas y los desafíos y las dificultades de los últimos años, aumentan continuamente los jóvenes que escuchan la llamada del Señor y, en todas las partes del mundo, se hacen cada vez más tangibles los signos de un resurgir, que anuncian una nueva primavera de vocaciones. Esto nos llena a todos de un gran consuelo y no cesamos de dar gracias a Dios por su respuesta a la oración de la Iglesia. JUAN PABLO II

Nos dice sobre su vocación: En mi conciencia percibí un día con mucha claridad: El Señor quiere que yo sea sacerdote. Era como una iluminación interior, que traía consigo la alegría y la seguridad de una nueva vocación. Y esta conciencia me llenó de gran paz interior (DM 3). La vocación sacerdotal es un misterio entre Dios y el hombre. Éste ofrece a Cristo su humanidad para que él pueda servirse de ella como instrumento de salvación... ¿Hay en el mundo una realización más grande de nuestra humanidad que poder representar cada día “in persona Christi” el sacrificio redentor, el mismo que Cristo llevó a cabo en la cruz? (DM 8). Fui ordenado como sacerdote, cuando tenía 26 años. Al volver la mirada atrás y recordar esos años de mi vida, os puedo asegurar que vale la pena dedicarse a la causa de Cristo y, por amor a Él, consagrarse al servicio del hombre. ¡Merece la pena dar la vida por el Evangelio y por los hermanos!.

El sacerdote es el administrador del bien más grande de la Redención, porque da a los hombres al Redentor en persona. Celebrar la Eucaristía es la misión más sublime y sagrada de todo sacerdote. Y, para mí, desde los primeros años de sacerdocio, la celebración de la Eucaristía ha sido no sólo el deber más sagrado, sino, sobre todo, la necesidad más profunda del alma (DM 9).

Según san Pablo, ser sacerdote significa, ante todo, ser administrador de los misterios de Dios... El administrador no es propietario, sino aquel a quien el propietario confía sus bienes para que los gestione con justicia y responsabilidad. Precisamente, por eso, el sacerdote, recibe de Cristo los bienes de la salvación para distribuirlos debidamente entre las personas a las cuales es enviado. Se trata de los bienes de la fe. El sacerdote, por tanto, es el hombre de la palabra de Dios, el hombre del sacramento, el hombre del misterio de la fe (DM 8). El sacerdote está llamado a ser hombre de la Palabra de Dios, generoso e incansable evangelizador (DM 9). También, el sacerdote es testigo e instrumento de la misericordia divina. ¡Qué importante es en su vida el servicio en el confesionario! Precisamente, en el confesionario se realiza, del modo más pleno, su paternidad espiritual (DM 9).

Naturalmente, son indispensables la formación, el estudio y la actualización; en definitiva, una preparación adecuada que lo capacite para percibir las urgencias y definir las prioridades pastorales... Una prioridad ineludible es hoy la atención preferencial a los pobres, marginados y emigrantes. Para ellos, el sacerdote debe ser verdaderamente un padre. Ciertamente, los medios materiales son indispensables como los que nos ofrece la moderna tecnología. Sin embargo, el secreto es siempre la santidad de vida del sacerdote, que se expresa en la oración y en la meditación, en el espíritu de sacrificio y en el ardor misionero (DM 9).

En los planes de Dios nada es casual. Lo que puedo afirmar es que la tragedia de la guerra dio un tinte particular al proceso de maduración de mi opción de vida. Me ayudó a percibir desde una nueva perspectiva el valor y la importancia de la vocación. Ante la difusión del mal y las atrocidades de la guerra, era cada vez más claro para mí el sentido del sacerdocio y de su misión en el mundo (DM 3). ¡Vale la pena ser sacerdote y darlo todo por Cristo! (DM 10).

Sobre la importancia que Juan Pablo II daba al sacerdocio, el cardenal Nguyen Van Thuan cuenta: Un día dos sacerdotes jóvenes franceses pasaban por la plaza de san Pedro para ir a una audiencia privada con el Santo Padre. Un mendigo los detiene y les pregunta:

¿Dónde van? A ver al Santo Padre ¿Puedo enviarle un pequeño mensaje? Decidle que aquí hay un sacerdote renegado: yo.

Los dos jóvenes sacerdotes al llegar ante el Papa, se lo contaron. El Papa, en vez de demostrar tristeza o descontento por ello, les dijo a los dos sacerdotes que fueran a buscar al mendigo y que se lo trajeran. Ellos lo buscaron, pero había desaparecido, se había ido. Y buscar a un mendigo en la ciudad de Roma no es fácil.

Lo buscaron durante varios días y, al final, lo encontraron. Se presentaron a la guardia suiza para subir a ver al Papa. Naturalmente, sin una tarjeta de autorización los guardias les pusieron problemas hasta que una llamada telefónica del secretario del Santo Padre autorizó la visita.

Aquel mendigo, todo sucio y harapiento, fue a ver al Santo Padre tal como estaba. En cuanto lo vio el Papa y oyó de los dos jóvenes franceses que era sacerdote, se arrodilló y le dijo:

Padre, tú tienes facultades para hacerlo, quiero confesarme.

Los dos jóvenes sacerdotes, desconcertados, salieron de la sala. Sólo Dios sabe el diálogo que tuvo lugar entre el Papa y aquel sacerdote mendigo.

Según algunos testimonios, ese sacerdote también le pidió al Papa confesarse y se arrepintió de su mala vida. Y el Papa lo aceptó como sacerdote y lo envió a una iglesia de Roma para ayudar al párroco.

MAESTRO DE ORACIÓN

El sacerdote debe llevar a los hombres a un encuentro real con Jesucristo. Debe estar enamorado de Jesús para poder comunicar a los demás su amor por Jesús y llevarlos a un encuentro con Él en la Eucaristía. En la Eucaristía, Jesús mismo nos invita a su mesa, somos sus invitados, y quiere celebrar con nosotros una fiesta familiar para darnos su pan de vida y su alegría.

Lo esencial y fundamental del ministerio sacerdotal es un profundo lazo personal con Cristo... El sacerdote debe ser un hombre que conoce a Jesús íntimamente, que lo ha encontrado y ha aprendido a amarlo. Por eso, debe ser un hombre de oración, un hombre verdaderamente religioso. Sin una robusta base espiritual, no puede resistir mucho tiempo en su ministerio. Cuando me he puesto a reflexionar sobre las causas que hacen que, poco a poco, se vaya desmoronando una vocación tan entusiasta y tan esperanzada en sus comienzos, siempre he llegado a la misma conclusión: ha habido un momento en que ha dejado de existir la oración callada y silenciosa.

El cardenal Van Thuan decía: Recuerdo la primera vez en que fui a Canadá en 1959. Después de concluir la tesis en Roma, fui a visitar América. En Canadá muchos fieles vinieron a preguntarme: “¿En tu país rezan los sacerdotes?”. Yo respondí: “Los sacerdotes rezan siempre”. Y ellos añadieron: “En este país ya no rezan”. El resultado de eso lo vemos ahora, unos años después.

Recuerdo otra experiencia en Extremo Oriente. Un día hablé con el padre provincial de una gran Congregación sobre la crisis del sacerdocio Él me dijo: Hemos enviado una carta a todos los hermanos que han dejado el sacerdocio, para preguntarles por qué lo han hecho. Todos han contestado. Sus respuestas revelan que, no habían dejado el sacerdocio por problemas sentimentales, sino porque no rezaban. Algunos dijeron que habían dejado de rezar hacía muchos años. Vivían en comunidad, pero no rezaban profundamente; mejor dicho, no rezaban. Trabajaban mucho, enseñaban en las universidades, organizaban muchas cosas, pero no rezaban.

El sacerdote debe orar mucho para poder alimentarse espiritualmente y así poder hablar por propia experiencia a los demás. Las almas están hambrientas de Dios y necesitan sacerdotes santos, que les indiquen el camino. El famoso aviador francés Antoine de Saint-Exupery escribía en una ocasión a un general: En el mundo no hay más que un problema: cómo poder llegar a dar de nuevo a los hombres un sentido espiritual; dejar que surja en ellos algo semejante a un cántico gregoriano. No se puede seguir viviendo de frigoríficos, de política, de balances y crucigramas. Ya no se puede seguir así. Y en su libro El Principito dice: ¡Qué insensato es el mundo de los adultos, de la gente lista! Ya no entendemos más que de máquinas, de geografía y de política. Y ya no entendemos aquello que es más auténtico: la luz, las nubes, el cielo y sus estrellas.

El hombre de hoy no puede vivir sólo de pan y dinero, de placeres y trabajos, de paseos y problemas. El hombre actual necesita de Dios, lo busca con todas las fuerzas de su ser, pero lo busca frenéticamente en las cosas de este mundo, sin saber que Dios lo está buscando en el silencio de su corazón para hablar con Él.

Por ello, san Carlos Borromeo decía que los sacerdotes no debían andar dispersos en conocerlo todo y experimentarlo todo. Debían ser prudentes para no frecuentar compañías indebidas o familiaridades peligrosas, pero necesitaban la fuerza de la oración. Y decía:

¿Ejerces cura de almas? No por ello olvides la cura de ti mismo, ni te entregues tan pródigamente a los demás que no quede para ti nada de ti mismo; porque es necesario, ciertamente, que te acuerdes de las almas a cuyo frente estás, pero no de manera que te olvides de ti.

Un gran sacerdote, Don Dídimo Mantiero (1912-1992), de Bassano del Grappa, escribió en su Diario: Los convertidos eran y son siempre una adquisición de la oración y del sacrificio de fieles desconocidos. Cristo ganaba las almas, no con la fuerza de su maravillosa palabra, sino más bien con la fuerza de su constante oración. De día predicaba, pero de noche rezaba.

Eso mismo debe hacer todo buen sacerdote; predicar, pero orar y ayunar, pues las almas se ganan con esfuerzo, sacrificio y oración. El cardenal Van Thuan, escribió: La presencia de Jesús Eucaristía cambió la cárcel; la cárcel, que es lugar de venganza, de tristeza, de odio, se había convertido en lugar de amistad, de reconciliación y escuela de catecismo... La presencia de Jesús obraba maravillas. Había ministros, coroneles, generales, y, por la noche, hacían una hora santa, una hora de adoración y de oración a Jesús Eucaristía. Así, en medio de la soledad y del hambre, un hambre terrible, podíamos sobrevivir. Así es como fuimos testigos de Jesús en la cárcel... Poco a poco, uno tras otro, los budistas y los de otras religiones que, a veces, son fundamentalistas y muy hostiles a los católicos, expresaban su deseo de hacerse católicos.

Así pues, ser sacerdote es ser hombre de oración y llevar a Dios cada día en la patena de la misa a todos sus familiares, amigos, feligreses y a todos los hombres del mundo entero. Por eso, el mismo Van Thuan dice que, estando prisionero, oraba por todos los que le rodeaban. Todos aquellos prisioneros budistas, confucionistas, católicos y protestantes, eran el nuevo pueblo que Dios me encomendaba y, no sólo ellos, también los carceleros comunistas... Por eso, empecé a considerar el barco, con mil quinientos prisioneros, y luego la prisión, como mi catedral más hermosa, en la que debía anunciar el Evangelio con la palabra y la vida.

COMPROMISO TOTAL

Cuando el diácono es ordenado sacerdote por el obispo, recibe una marca, un sello indeleble, llamado carácter, que reafirma una vez más la pertenencia a Cristo, que recibió por el bautismo y por la confirmación. El sacerdote, más que cualquier otro cristiano, está comprometido de por vida al servicio de Jesús. Debe ser un apóstol de la Palabra y de la Eucaristía. Es decir, debe evangelizar a todos con la Palabra de Dios y llevarlos a amar a Jesús en la Eucaristía.

Cuando predique la Palabra de Dios, debe hacerlo como un servidor que no transmite sus propias ideas, sino que transmite lo que la Iglesia le ha encomendado. Hay que reconocer que la Palabra de Dios no nos llega nunca en privado, la recibimos a través de la tradición viva de la Iglesia, en la que nosotros creemos y vivimos juntamente con ella y en el seno de una comunidad viva.

Ser servidores de la Iglesia es transmitir la Palabra de Dios, que se alimenta con la fe viva de la Iglesia y que se mantiene viva a través de los siglos en la comunidad viva de los fieles. Por eso, para interpretarla hay que hacerlo de acuerdo a esa interpretación que la Iglesia viva nos ha transmitido a lo largo de la historia. De la misma manera, la Eucaristía hay que vivirla y celebrarla como algo que viene de Cristo y que mantiene, a lo largo del tiempo, los elementos esenciales de aquella misma misa que Jesús celebró en la Última Cena. Por eso, al celebrar la misa, hay que sentirse unidos a la Iglesia de antes, a la presente y a la futura, pues Jesús es el que celebra y Jesús es el mismo ayer, hoy y por los siglos (Heb 13, 8).

Por lo cual, es tan importante que el sacerdote celebre la misa cada día. Dice el Papa Benedicto XVI: Para mí la santa misa y el breviario son los actos fundamentales del día. La misa es el encuentro real con la presencia de Cristo resucitado y el breviario es la entrada en la gran plegaria de toda la historia sagrada. Aquí los salmos son la pieza esencial. Aquí se reza con los milenios y se oyen las voces de los Padres.

Y ¡qué hermoso es poder comulgar con Cristo y dar la comunión a los demás! Yo me conmuevo cada día más cuando, al dar la comunión, cumplo con el deber de anunciar: “El Cuerpo de Cristo”. Entonces, estoy dando a los hombres algo que vale infinitamente más que mi propio ser o cualquier cosa que posea o pueda poseer: les estoy dando al Dios vivo para que lo reciban en sus cuerpos y se aloje en sus corazones. Y no es menos inaudito que podamos declarar en el sacramento de la penitencia: Yo te absuelvo.

Y sigue diciendo el mismo Papa a los sacerdotes: Sed verdaderos servidores de la Palabra, vivid de ella y de acuerdo a ella. Sed servidores de la Eucaristía y del amor del Señor, contenido en ella, y sed así servidores de la alegría.

Celebrar la misa es comprometernos totalmente con Cristo sin condiciones ni limitaciones. Por ello, continúa el Papa Benedicto XVI: Un párroco de nuestra diócesis, que murió este año, me contó que había participado como soldado en la invasión de Creta y buscaba alojamiento en una casa. Allí notó cómo el hombre que estaba enfrente de él, luchaba consigo mismo, porque sufría por esta invasión de su casa y porque sabía que él mismo se ponía en peligro si en tal situación mantenía la hospitalidad. Pero, finalmente, vio cómo el hombre se venció a sí mismo en esa lucha, le ofreció un puesto en la mesa, tomó un trozo de pan, lo partió y le ofreció el pan partido. Y notó cómo esto era más que un simple gesto y que realmente significaba: yo te acepto como huésped, como hermano; ésta es mi vida y tú estás ahora protegido por mi vida, del mismo modo que acepto mi propio peligro. Él notó cómo aquel hombre, en el partir el pan, realmente daba participación en su propia vida, le daba la suya sin considerar el riesgo. Y todavía después de cuarenta años, cuando contaba esto, temblaba de emoción por esta experiencia de la vida compartida en el pan.

Cristo se ha dado también en el pan partido. Esto constituye un acontecimiento inaudito y que siempre sucede de nuevo: el hecho de que su vida sea la nuestra. En ello estriba la grandeza de la Eucaristía y, por eso, ella no es un juego, sino una realidad.

Sí, la Eucaristía es una experiencia del amor de Jesús que se entrega totalmente a nosotros, nos entrega su vida y se une a la nuestra sin importarle los riesgos de nuestras traiciones, indiferencias o pecados. Él nos hace participar de su propia vida divina y quiere que nosotros le entreguemos totalmente la nuestra para que estemos unidos totalmente con Él para siempre. Y, unidos a Él, lo estaremos también con toda la Iglesia y con todos los hombres de todos los tiempos.

LA MISA

Es la acción más grande y sublime que se realiza cada día en la tierra. Es una acción, a la vez, divina y humana. La misa es obra de Cristo, pero Cristo, para realizarla, ha querido necesitar de la persona del sacerdote. Y el sacerdote le presta su cuerpo, su voz, sus manos... para realizar el gran memorial de su pasión, muerte y resurrección. El sacerdote y Cristo se hacen UNO en la misa. Le decía Jesús a Concepción Cabrera de Armida, fundadora de las hermanas contemplativas Religiosas de la cruz: En la misa, el sacerdote se transforma en Mí y yo en él. Al consagrar, somos uno, él desaparece en Mí y yo en él: somos dos en UNO... Yo lo absorbo en mi divinidad y, sin que lo sienta, lo transformo en Mí... El transformar un sacerdote en Mí es, en cierto modo, mayor milagro que el de la transustanciación, pero sólo siendo puro, puedo transformarlo en Mí sin lastimarme. En la misa, Jesús por medio del sacerdote renueva y actualiza sacramentalmente, sin derramamiento de sangre, su pasión, muerte y resurrección. Es como si su vida entera y, especialmente esos momentos culminantes, estuvieran permanentemente presentes en la historia de los hombres y se hicieran realidad concreta en la misa. Decía san Buenaventura: La santa misa está tan llena de misterios como el mar de gotas de agua, como el aire de granitos de polvo, como el firmamento de estrellas, como el cielo está lleno de ángeles.

Todo en la misa se prepara para la consagración. Toda la misa converge en este momento. Para la consagración fueron ordenados todos los sacerdotes. En ella está centrada toda la fe católica y toda la vida de la Iglesia. Todo por ese momento sublime. El sacerdote manifiesta, después de la consagración del pan y del vino, el estupor siempre nuevo por el prodigio extraordinario que ha tenido lugar entre sus manos. Un prodigio que sólo los ojos de la fe pueden percibir. Los elementos naturales no pierden sus características externas, pero en sustancia, por el poder de la palabra de Cristo y la acción del Espíritu Santo, se convierte en la sustancia del cuerpo y de la sangre de Cristo. Por eso, sobre el altar está presente verdadera, real y sustancialmente Cristo, muerto y resucitado, en toda su humanidad y divinidad.

Unas sencillas palabras sobre la hostia y, en ese momento, la hostia viene a contener un tesoro mayor que todos los tesoros de la tierra y de todo el universo. Si pudiéramos ver, con los ojos del alma y con los ojos de la fe, la transformación realizada, veríamos también con emoción una brillante multitud de ángeles que bajan en ese momento de la transustanciación y rodean la hostia y la adoran con temor santo. Todo el cielo se pone en movimiento y se hace presente en la tierra. ¿Podremos estar nosotros indiferentes? Algunos ni siquiera se ponen de rodillas por vergüenza o por no querer ensuciar su ropa o por falta de fe. En ese momento del gran milagro, debemos estar de rodillas y adorar a nuestro Dios en unión con todos los bienaventurados de cielo. ¡Todos de rodillas ante nuestro Dios, Jesús sacramentado!

Algunos autores dicen que la misa es el cielo en la tierra, es Jesús, que se hace presente aquí entre nosotros acompañado de todos los ángeles y bienaventurados, con el Padre y el Espíritu Santo. Es como si el cielo, que en realidad no está en ningún lugar concreto y exclusivo del universo, se trasladara por esos momentos al lugar concreto donde se celebra la misa. Y si hay mil misas a la vez, el poder de Dios, hace posible que, en cada lugar donde se celebra la misa, se haga presente el cielo. Decía san Josemaría Escribá: Cuando celebro la misa, aunque sea con la sola participación del que me ayuda, también hay allí pueblo. Siento junto a mí a todos los católicos, a todos los creyentes y también a los que no creen. Están presentes todas las criaturas de Dios (la tierra y el cielo y el mar, y los animales y las plantas), dando gloria al Señor de la creación entera.

El Papa Juan Pablo II decía: La liturgia, que celebramos en la tierra, es una misteriosa participación en la liturgia celestial. Según el Vaticano II: En la liturgia terrena pregustamos y participamos en la liturgia que se celebra en la ciudad santa de Jerusalén, hacia la que nos dirigimos como peregrinos... y cantamos un himno de gloria al Señor con todo el ejército celestial. Sí, en la misa el cielo baja a la tierra. La misa es una celebración del infinito amor de Dios, que se hace presente entre nosotros a través de la persona de Jesús, el hombre-Dios, que renueva entre nosotros el gran acontecimiento salvífico que tuvo lugar hace dos mil años, a través del cual nos manifestó su infinito amor a los hombres.

En la misa nos unimos a la liturgia celestial, asociándonos con la multitud inmensa que grita: La salvación es nuestro Dios, que está sentado en el trono y del Cordero (Ap 7, 10). La Eucaristía es verdaderamente un resquicio del cielo, que se abre sobre la tierra. Es un rayo de gloria de la Jerusalén celestial, que penetra en las nubes de nuestra historia y proyecta luz sobre nuestro camino.

Como diría el gran convertido del protestantismo Scott Hahn: Realmente estamos en el cielo, cuando vamos a misa, y esto es verdad en cada misa a la cual asistimos con independencia de la calidad de la música o del fervor de la predicación. No se trata de aprender a mirar el lado bueno de las liturgias descuidadas. Ni de desarrollar una actitud más caritativa hacia los que cantan sin oído. Se trata, ni más ni menos, de algo que es objetivamente verdad, algo tan real como el corazón que late dentro de ti. La misa, y me refiero a cada una de las misas, es el cielo en la tierra.

Vamos al cielo, cuando vamos a misa. No se trata meramente de un símbolo, de una metáfora, de una parábola, ni de una figura retórica. Es algo real. San Atanasio escribió: Mis queridos hermanos, no venimos a un banquete temporal, sino a un festín eterno y celestial. No lo vemos entre sombras; nos acercamos a la realidad. Es el cielo en la tierra... ¡Esa es la realidad! Ahí es donde estuviste y donde cenaste el domingo pasado. ¿En qué estabas pensando?. Por eso, vivamos ya en esta tierra por adelantado unos momentos de cielo al asistir a la misa, en unión con todos los santos y ángeles.

El santo abad Nilo nos refiere que su maestro san Juan Crisóstomo le dijo un día confidencialmente que, durante la misa, veía a una multitud de ángeles bajando del cielo para adorar a Jesús sobre el altar, mientras muchos de ellos recorrían la iglesia para inspirar a los fieles el respeto y amor que debemos sentir por Jesucristo presente sobre el altar.

Por eso, san Juan Crisóstomo, decía lleno de gozo: Aquí está el cielo. San Gregorio VII Papa, decía: A la voz del sacerdote se abren los cielos y los coros de los ángeles asisten a la misa. Lo más bajo se une a lo más alto, lo terrestre a lo celeste, las cosas visibles a las invisibles. Por eso, al sacerdote le hacen falta dos alas: la santidad y la ciencia para poder subir hasta Dios y después descender para atender a las almas y así cumplir su sublime vocación de ser luz del mundo y sal de la tierra.

La mística francesa Marie-Julie Jahenny dice el 3 de noviembre de 1879: Vi el altar rodeado de ángeles. A la derecha e izquierda del sacerdote estaban los serafines, que le servían. Cuando llegó el momento del Credo, los ángeles cantaban y ofrecían al Señor la fe de los pueblos. El Señor estaba presente repartiendo por todas partes bendiciones. Al momento de la elevación de la hostia, yo vi al niño Jesús de una belleza sublime. Él tenía sus pequeñas manitas abiertas y el Corazón abierto. Todo el cielo cantaba el Hosanna y una muchedumbre de ángeles rodeaba al niño Jesús.

Al Padrenuestro, el niño Jesús tenía los brazos extendidos hacia arriba y repartía abundantes gracias por todas partes. Al momento de la comunión del sacerdote, todo el cielo arrojó llamas de fuego sobre el pecho del sacerdote, que parecía un cielo. Al momento del Cordero de Dios, Nuestro Señor aparecía como un torrente en llamas. Al momento de la comunión de los fieles, yo vi al niño Jesús sonreír, cuando lo recibían en comunión, pero su sonrisa no era igual en todos. A la hora de la bendición, Nuestro Señor estaba con el sacerdote para bendecir. ¡Qué maravilloso es el divino sacrificio!.

El padre Tarsicio de Cervinara ha publicado un librito sobre la misa de san Pío de Pietrelcina, donde anota las respuestas que el mismo Padre Pío le daba a sus preguntas. Un día le preguntó:

¿Asiste la Santísima Virgen a su misa? ¿Y crees que la Madre no se interesa en su Hijo? ¿Asisten los ángeles? En multitudes ¿Qué hacen? Adoran y aman Padre, ¿quién está más cerca de vuestro altar? Todo el paraíso En otra ocasión le preguntó sobre la comunión: ¿Qué es la santa comunión? Es un abrazo. Orad para que Jesús se haga sentir sensiblemente. Cuando viene Jesús, ¿viene solamente al alma? A todo el ser. ¿Qué hace Jesús en la comunión? Se goza con su criatura. ¿La comunión es una incorporación en Él? Es una fusión. Como dos velas que se funden y no se distinguen más. Cuando te unes a Jesús en la comunión, ¿qué podemos pedir para ti? Que sea otro Jesús, todo Jesús, siempre Jesús. Me has dado a entender que las especies sacramentales no se consumen en ti y que por tus venas corre la sangre de Jesús. ¿Eres un sagrario viviente? Tú lo dices

El padre Inocencio de Campobasso, que conoció muy bien al Padre Pío dice: Durante tres años, de 1950 a 1953, he vivido en trato íntimo con el Padre Pío, ya que fui destinado por los superiores a prestarle la asistencia que necesitara. En el desempeño de este encargo, he comprendido a la perfección que la celebración de la misa era para el Padre Pío el centro de su vida de piedad y de su vida religiosa. Constituía un verdadero misterio para mí el tiempo que empleaba para prepararse para el santo sacrificio. Ya en la misa... quedaba como anonadado. Después del “Misereatur”, tomaba un aspecto casi estático, que se acentuaba más desde la consagración hasta después de la comunión. Después de comulgar, quedaba generalmente tan absorto que no se daba cuenta de lo que ocurría a su alrededor. Vivía la misa con tal intensidad que se le transfiguraba el rostro hasta el punto de que algunos ateos o curiosos podían decir después de asistir a su misa: Realmente, Dios ha estado aquí con nosotros.

La misa es algo tan grande que podríamos llamarla el milagro de los milagros. El sacerdote, en la misa, decía el santo Cura de Ars, tiene las llaves de los tesoros divinos. Su lengua hace de un pedazo de pan a Dios, que es mucho más que crear nuevos mundos. En la misa, Jesús pide la colaboración del sacerdote para que pueda nacer de nuevo en la Eucaristía y pueda quedarse para siempre con nosotros. Decía el cardenal Schönborn que el cielo y la tierra, la Iglesia celeste y la Iglesia peregrina, se unen sobre la tierra durante la celebración de la misa. Por eso, decimos claramente que la misa es el cielo en la tierra y que se celebra realmente con todos los ángeles y todos los santos.

No necesitas ser santo para celebrar la misa, pero debes celebrar la misa para ser santo. LA VIDA DEL SACERDOTE

El sacerdote, para el que no cree, es simplemente un hombre común y corriente, que lleva una vida extraña de célibe solitario y con rara apariencia. La hostia consagrada, para quien no tiene fe, es igualmente un poco de pan común, que sólo se come en extrañas ocasiones y tiene rara apariencia. Pero para el que tiene fe, la hostia, en la celebración de la misa, se transforma en Jesús. Visiblemente es pan, pero invisiblemente es Jesús. De la misma manera, el sacerdote, en la misa, se transforma en Jesús. Es Jesús quien celebra la misa a través de él. Visiblemente es un hombre-sacerdote, pero invisiblemente es Jesucristo.

Cuenta santa Teresa de Jesús: Un día llegando una vez a comulgar, vi dos demonios con muy abominable figura. Paréceme que los cuernos rodeaban la garganta del pobre sacerdote, y vi a mi Señor, con la majestad que tengo dicha, puesto en aquellas manos en la hostia que me iba a dar; y entendí estar aquel alma en pecado mortal... Díjome el mismo Señor que rogase por él y que lo había permitido para que entendiese yo la fuerza que tienen las palabras de la consagración y cómo no deja Dios de estar allí por malo que sea el sacerdote que la dice, y para que viese su gran bondad, cómo se pone en aquellas manos y todo para bien mío y de todos. Entendí cuán más obligados están los sacerdotes a ser buenos que otros y cuán recia cosa es tomar este Santísimo Sacramento indignamente y cuán señor es el demonio del alma que está en pecado mortal (Vida 38, 23).

Melania, la vidente de las apariciones de la Virgen en La Salette (Francia), apariciones aprobadas por la Iglesia, dice:

Vi un día a un sacerdote al pie del altar mayor de la iglesia y parecía rezar con gran humildad. Al acercarme, vi que su hábito estaba todo roto, su cara triste, pero tranquilo y resignado. Y me dijo: “Sea por siempre bendito Dios por su justicia e infinita misericordia. Hace más de 30 años que estoy en el purgatorio por no haber celebrado la misa con el debido respeto y no haber tenido el cuidado que debía por la salvación de los que me estaban encomendados. Me ha sido hecha la promesa de mi liberación para el día en que oigas una misa por mí en reparación de mi culpable tibieza”.

Pero hay sacerdotes santos. Dice el Papa Pablo VI en su libro Sacerdocio católico: Durante la primera guerra mundial, en una población de Bélgica, por una acción cometida contra las tropas alemanas de ocupación, el comandante dio orden a la población de entregar al culpable. Pero el culpable no quiso presentarse. Entonces, los alemanes tomaron a algunos del pueblo como rehenes, amenazándolos con matarlos si no presentaban al culpable. Faltaban pocos minutos para expirar el plazo, cuando el humilde párroco del pueblo, anciano y tímido, se acercó y presentándose al comandante le dijo: “He sido yo”. Él quería asumir las responsabilidades y las penas que quería evitar a su pueblo.

En una aldea de Eslovaquia, llamada Likavska, hubo un accidente de trabajo y un albañil murió. Se llamaba Benjamín. Ninguno de sus compañeros sabía que era sacerdote, uno de tantos sacerdotes que debían llevar una vida clandestina en un país comunista. Sólo el viejo párroco del lugar lo sabía.

Cuando el régimen comunista confiscó todos los Seminarios, Benjamín continuó fiel a su vocación y, en el campo de concentración a donde los llevaron, hizo profesión de sus votos. Liberado del campo de concentración, siguió estudiando bajo la guía de un sacerdote, que trabajaba en el ferrocarril y era profesor de teología. Y, al final, el obispo lo ordenó sacerdote en secreto. No podía celebrar misa en público ni predicar ni enseñar, pero cada día celebraba la misa en privado y encomendaba a todos sus feligreses al Señor.

Trabajaba de albañil, ayudando en todo lo que podía a sus compañeros. Era tanta su bondad que todos lo querían y, cuando murió, todos sus compañeros comunistas estuvieron en el velorio y en el entierro. El párroco, en el momento del sepelio, les anunció que era sacerdote. Treinta y dos niñas lo acompañaron al cementerio, vestidas de blanco. Todos lloraban.

El padre Benjamín, que no había podido celebrar ninguna misa en público, tuvo a toda la gente a su alrededor en el último momento. Y su gente no podrá olvidar nunca su gran bondad y las palabras y consejos de aquel humilde albañil, que parecía un santo y era en realidad un sacerdote del Señor al servicio de todos hasta la muerte.

En Ruanda, en tiempo de la guerra civil entre hutus y tutsis, un sacerdote estaba para comenzar la misa, vestido con los ornamentos litúrgicos, cuando se presentaron los soldados hutus en la iglesia y le preguntaron: ¿Tú eres tutsi o hutu? Si respondía: Soy hutu, salvaba la vida. Si respondía: Soy tutsi, lo mataban. Él pidió que dejaran marchar a sus fieles a casa. Y les dijo: Podéis matarme, porque yo soy padre. Un padre no es ni tutsi ni hutu. Yo soy un sacerdote del Señor. Y los soldados dispararon. Ciertamente, cayó mártir del amor, un confesor de la fe.

San Juan Eymard (1811-1868), a los 18 años, tuvo una grave enfermedad. Pensando que iba a morir, decía insistentemente: Dios mío, concédeme la gracia de celebrar al menos una misa, una sola misa. Y Dios le concedió la gracia de poder celebrar muchas misas en su vida.

A Karl Leisner, Dios sólo le concedió ser sacerdote para celebrar una santa misa, había sido ordenado diácono el 25 de marzo de 1939 y, en pocos meses, debía recibir el sacerdocio; pero una repentina tuberculosis le obligó a permanecer en St. Blasien en la Selva Negra alemana. Allí fue detenido el 8 de noviembre de 1939 por la temible Gestapo, a causa de un comentario hecho en relación a Hitler. Lo internaron en la cárcel de Friburgo, después lo llevaron al campo de concentración de Sachsenhausen y en 1940 al de Dachau. La mala alimentación y los trabajos forzados hicieron avanzar su enfermedad y tuvo que ser internado en la enfermería. Allí se aferró al amor de María y a Jesús Eucaristía, que llevaba siempre consigo, lo escondía debajo de su almohada y lo repartía en comunión a los moribundos.

El 17 de diciembre de 1944, el obispo francés Gabriel Piguet lo ordenó sacerdote en la barraca 26, estando presentes los 300 sacerdotes que estaban allí también prisioneros. El día 26, Karl pudo celebrar su primera y última misa, porque estaba muy grave. El 4 de mayo fue puesto en libertad, pero estaba tan mal que tuvo que ser inmediatamente internado en un sanatorio antituberculoso en Planegg, cerca de Munich. Falleció el 12 de agosto. Sus restos mortales reposan en la cripta de la catedral de Xanten. El Papa Juan Pablo II lo beatificó el 23 de junio de 1996 y lo declaró modelo de la juventud europea el 8-X-1988.

¿Valió la pena ser sacerdote para celebrar una sola santa misa? Por supuesto. ¿Por qué Dios se lo llevó, cuando hacen falta tantos sacerdotes? Dios tiene sus misterios. Pero supo ser sacerdote y entregar su vida y sus dolores hasta el último momento como hostia viva. Ahora, desde el cielo, sigue ejerciendo su sacerdocio e intercediendo por la salvación de todo el mundo.

El Padre Giovanni Salerno nos habla de un profesor suyo del Seminario y dice: Después de algunos años de misión, volví a Monreale para encontrarme con los profesores y los Superiores, que me habían guiado durante los estudios de teología y quedé admirado y edificado por el padre Ignacio Sgarlata. Este sacerdote era un gran latinista, doctor en Letras y profesor de música. Cuando lo encontré, postrado en una silla de ruedas, inmóvil, lentamente devorado por un tumor maligno, me dijo: Giovanni, ahora comprendo mi sacerdocio. ¡Mi estado actual es el más lindo sacerdocio de mi vida!.

Sí, ser sacerdote es vivir para los demás y dar la vida por la salvación del mundo. Ser sacerdote es ser como Cristo y decir como Él: Esto es mi cuerpo y ésta es mi sangre, que será derramada por vosotros. Ser sacerdote es ser un hombre para la eternidad con un corazón sin fronteras, lleno de amor para todos.

MARÍA Y EL SACERDOTE

María es la madre especial de todos los sacerdotes. Al engendrar a Jesús en sus entrañas, engendró también, en cierto modo, a todos los sacerdotes con Él, pues Jesús y los sacerdotes se identifican y se hacen UNO en el momento de la misa. El Padre Esteban Gobi, fundador del Movimiento sacerdotal mariano, aprobado por la Iglesia, dice que María le dijo:

Los sacerdotes son mis hijos predilectos, porque, por vocación, están llamados a ser Jesús. Mi tarea es la de formar en ellos la imagen de mi Hijo. Nunca los abandono, nunca los dejo solos. No se desalienten por sus defectos, por sus caídas, porque también ellos son frágiles. Yo soy Madre y mi placer más grande es el de perdonar. Los quiero humildes, silenciosos, recogidos, ardientes en el amor a Jesús y a las almas. Los quiero confiados, abandonados, sin preocupaciones humanas. Los quiero mortificados en los sentidos, perseverantes en la oración, recogidos en torno a Jesús en la Eucaristía como lámparas vivas de amor. Los quiero cada vez más puros.., mientras dulce y fuertemente los conduzco a la santidad. El celibato querido por Jesús y ardientemente pedido por la Iglesia debe ser amado, estimado y vivido... También deben ser ejemplo de obediencia a sus Superiores y especialmente al Papa. Si viven su consagración a mi inmaculado Corazón, su vida será verdaderamente transformada... Los llevaré a confiar sólo y siempre en Dios... Les haré amar mucho a la Iglesia... Les haré amar al Papa con un amor filial y profundo. ¡Oren por él, sufran con él, estén siempre con él!.

María como madre de los sacerdotes, durante la celebración de la misa, los ve como al mismo Jesús, pues en esos momentos son Jesús. Si están consagrados a María, están viviendo continuamente en su Corazón inmaculado y ella los ofrece a Jesús; por eso, es importante que el sacerdote, al celebrar la misa, la celebre en el Corazón de María, dentro del Corazón de Jesús. El Espíritu Santo hará realidad que María, como Madre, en esos momentos, los reciba para celebrar la misa con Jesús dentro de su Corazón.

Dice el santo Pío de Pietrelcina que un día, en la misa: Al consumir la hostia santa, una luz repentina me invadió todo por dentro y vi claramente a la Madre celeste con el niño en brazos y ambos me dijeron: “Tranquilízate, estamos contigo, tú nos perteneces y nosotros somos tuyos”. Al oír esto, ya no vi nada. Durante todo el día, me sentí ahogado en un mar de dulzura y amor indescriptibles.

Nosotros los sacerdotes, que en el altar somos Cristo, no sabríamos qué hacer allí sin María. Habría un gran vacío, una gran soledad que ni siquiera Jesús la quiso para sí en el Calvario, pues quiso que allí estuviese su Madre.

La devoción y el amor a María será para los sacerdotes refugio y protección en las dificultades. Ella será para ellos modelo de pureza y santidad y les concederá de Jesús la gracia de la pureza.

El rezo del rosario diario, como muestra de amor a María, debe ser infaltable en la vida del sacerdote. Cuenta el cardenal Nguyen Van Thuan: El primer cardenal de Hanoi, Joseph Marie Trinh Nhu Khue, arzobispo de Hanoi, cuando no le permitían hacer visitas pastorales, durante 20 años, subía diariamente a la terraza de su casa y allí rezaba el rosario por sus fieles. Me conmoví, cuando diez años después de su muerte, apenas liberado de la prisión, vi en la terraza una huella de forma oval: la huella de sus pasos, signos de la fe de un pastor anciano. He pensado en lo que escribía Juan XXIII a un obispo: Ahora su función ha cambiado. Ahora tiene que rezar por la Iglesia. Y eso no es menos importante que la acción.

Orar con María y por María es una manera eficaz de obtener muchas bendiciones de Dios, pues Ella es la dispensadora de todas las gracias y la administradora de los bienes de Dios, como dicen algunos santos.

FRATERNIDAD ESPIRITUAL

El sacerdote no ha renunciado al amor sincero y a la amistad. Puede tener amigos y es muy conveniente que los tenga. Pero debe ser una amistad que lo lleve a Dios, una amistad que lo enriquezca humana y espiritualmente; de otro modo, puede ser peligrosa. San Agustín, que tenía muchos amigos, nos dice por experiencia: La amistad no es auténtica sino cuando Tú, Señor, los unes entre sí por medio de la caridad. Cuando Dios está en medio de la amistad, hay deseo de agradarle y hacerlo feliz, y las almas de los amigos vuelan hacia lo alto, aunque la amistad se dé entre un hombre y una mujer.

El Papa Juan Pablo II aconsejaba la vida común y fraterna entre sacerdotes, como también la amistad y cordialidad con los fieles laicos comprometidos en las parroquias, como medios útiles para superar los efectos negativos de la soledad, que, algunas veces, puede experimentar el sacerdote.

La amistad del sacerdote, aunque sea con una mujer, siempre que venga de Dios y lleve a Dios, es buena. El problema es cuando se basa solamente en atracción afectiva sin importar la voluntad de Dios, manifestada a través de los Superiores o de las normas establecidas. Pero ha habido muchos casos de amistades espirituales entre santos, que los han ayudado mucho en su camino espiritual. Veamos algunos ejemplos:

Santa Teresa de Jesús dice: El años mil quinientos setenta y cuatro, en el mes de abril, estando yo en la fundación de Veas, acertó a venir el maestro fray Jerónimo de la Madre de Dios Gracián... Estando un día comiendo, sin ningún recogimiento interior, se comenzó mi alma a suspender y recoger, de suerte que pensé me quería venir algún arrobamiento, y representóme esta visión con la brevedad ordinaria, que es como un relámpago: Parecióme que estaba junto a mí nuestro Señor Jesucristo y hacia el lado derecho estaba el mismo maestro Gracián y yo al izquierdo. Tomónos el Señor las manos derechas y juntólas y díjome que a éste tomase en su lugar, mientras viviese, y que entrambos nos conformásemos en todo, porque convenía así. Quedé con una seguridad tan grande de que era Dios... y me determiné a seguir en todo su parecer como no fuese notablemente contra Dios, de lo que estoy bien cierta no será, porque el mismo propósito que yo tengo de seguir más perfecto, creo tiene él según por algunas cosas he entendido, y quedado con una paz y alivio tan grande que me ha espantado y certificado lo quiere el Señor; porque esta paz tan grande del alma y consuelo no me parece podría ponerla el demonio.

Vemos, pues, cómo Dios mismo quiso unir a santa Teresa y al padre Jerónimo Gracián como hermanos para siempre, juntando sus manos.

Otro caso es el de santa Margarita María de Alacoque y san Claudio de la Colombière. Ella lo cuenta así: Un día que me acercaba a Nuestro Señor para recibirlo en la santa comunión, me mostró su Sagrado Corazón como un horno ardiente y otros dos corazones (el mío y el del padre de la Colombière) que iban a unirse y abismarse en Él, diciéndome: Así es como mi amor puro une a estos tres corazones para siempre. Me dio también a entender que esta unión era toda para la gloria de su Sagrado Corazón... Y que, por eso, Él quería que fuésemos como hermano y hermana, participantes por igual de los bienes espirituales. Y como yo le presentara mi pobreza y la desigualdad que había entre un sacerdote de tan gran virtud y una pobre pecadora como yo, me dijo: Las riquezas infinitas de mi Corazón suplirán todo y todo lo igualarán.

Es muy conocido también el caso de santa Teresita del niño Jesús, que tenía dos hermanos espirituales: el abate Bellière y el padre Roulland. Ella dice: He aquí cómo me he unido espiritualmente a los apóstoles que Jesús me ha dado por hermanos: todo lo que me pertenece, les pertenece también a cada uno de ellos. Sé que Dios es demasiado bueno para andarse con particiones. Es tan rico que me da sin medida todo cuanto le pido (MC 34). Al padre Roulland le decía: Me es dulce pensar que, desde toda la eternidad, nuestro Señor formó esta unión que ha de salvarle almas y que me creó para ser vuestra hermana (carta 173).

Al abate Bellière le dice: Puesto que Dios mismo me ha escogido para ser vuestra hermana, confío que no mirará mi debilidad sino, antes bien, se servirá de esta debilidad para cumplir su obra. Unidas en Él nuestras almas, podrán salvar muchas otras... ¡Cómo no han de ser bendecidas nuestra unión y nuestra oración! (carta 188).

Y podríamos hablar de otras parejas de santos que vivieron una gran amistad que los ayudó a enriquecerse mutuamente y subir unidos por el camino de la santidad como san Francisco y santa Clara; san Benito y su hermana santa Escolástica; san Juan Bosco y santa María Mazzarello, san Francisco de Sales y santa Juana de Chantal...

LA BENDICIÓN SACERDOTAL

Toda bendición es alabanza de Dios y oración para obtener sus dones... La Iglesia da la bendición, invocando el nombre de Jesús y haciendo la señal santa de la cruz de Cristo (Cat 1671).

La bendición sacerdotal es poco apreciada en la Iglesia, pero he dado un poder sin límites a mi bendición, que proviene de mi amor infinito. La eficacia de mi bendición es más grande cuanto más grande es la fe de quien la da y de quien la recibe. La bendición sacerdotal es como un rocío celestial para el alma. A través de la bendición, he dado a mis sacerdotes el poder de abrir los tesoros de mi divino Corazón. Cuando el sacerdote bendice, yo bendigo.

Por medio de la bendición, doy fuerza para luchar contra el poder del maligno y doy poder para hacer el bien. A menudo, parece que las bendiciones no dan ningún fruto, pero su influencia espiritual es maravillosa. Mi bendición produce en el alma efectos desconocidos. Por eso, debes recibirla con la intención de ser mejor y así tú también serás una bendición para los demás. Cada vez que recibes la bendición sacerdotal, estás más unida a Mí y quedas más protegida en mi Sagrado Corazón... Tanto si se bendice a un niño como si se bendice a todo el mundo, mi bendición es mucho más grande que el mundo entero. Yo soy el que bendigo a través del sacerdote; por eso, recibe la bendición con fe y devoción.

La bendición sacerdotal es oración que obtiene muchos beneficios. Cuando el sacerdote dice: Que Dios te bendiga, tiene un poder especial de intercesión ante Dios. Puede bendecir también cosas o lugares para atraer sobre ellos las gracias de Dios y alejar el poder del maligno. A veces, sin nosotros saberlo, puede haber una persona, que está influenciada negativamente por una maldición que le echaron, sobre todo, si fueron sus familiares más cercanos.

El Padre Jorge Córdova cuenta un caso que le sucedió a él en su parroquia de Quito (Ecuador). Un día llegó un hombre de unos 65 años y le dijo: Padre, mi vida es un desastre, un desastre total. A mí siempre me han salido las cosas mal. Mi matrimonio es un caos, tengo una hija prostituta, otro drogadicto, dos son borrachos y otro que no sé dónde está. Siempre he sido muy “salado”. Cuando era pequeño, rompía las cosas y mis padres siempre me reprendían a mí... En la escuela, mis compañeros ni siquiera se querían poner a mi lado, porque también decían que les daba mala suerte... En mi matrimonio no ha existido un día en que no haya batallado con mi esposa, insultándonos... Todo ha sido un desastre. Ahora mismo estoy sin trabajo y no sé qué hacer. Siempre tengo problemas con mis jefes...

Por una luz de Dios llegamos a la raíz de todo. Fue, cuando él era un niño de ocho años, estaba en casa y rompió un jarrón muy grande. Su mamá lo maldijo, diciéndole: “Maldito seas. Ojalá te vaya todo mal para que sufras como yo”. A partir de ese día empezó todo.

Hice venir a su madre y le aclaré que ella era la culpable de todo. Así que le dije: “Vamos a levantar esa maldición y lo vas a bendecir”. Nos fuimos con él al sagrario. Se puso de rodillas ante el Santísimo y le dije a su mamá que, con sus propias palabras, levantara esa maldición delante del Señor y bendijera a su hijo. Ella empezó a decir:

“Señor, yo te pido perdón y, en este instante, yo levanto esta maldición y bendigo con todo mi corazón a mi hijo, lo bendigo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

En ese instante, el hombre de 65 años comenzó a llorar como un niño, mientras sus padres seguían orando por él. Fue una hora y quince minutos de llanto y bendición. Se abrazó con sus padres y su vida cambió para gloria de Dios.

Al respecto, decía el cardenal Joseph Ratzinger, futuro Papa Benedicto XVI: Trazamos el signo de la cruz sobre los seres humanos a los que deseamos bendición. También lo empleamos para objetos, que nos acompañan en nuestra vida y que deseamos que sean renovados por las manos de Jesucristo. A través de la cruz, podemos convertirnos los unos para los otros en bendición.

Nunca podré olvidar la devoción y la interior veneración con que nuestro padre y nuestra madre nos bendecían a los niños, cuando salíamos de casa. Cuando se trataba de una despedida por causa de un viaje, trazaban el sigo de la cruz con agua bendita sobre nuestro pecho, frente y boca. Tal bendición era una compañía que nos servía de guía. Estábamos persuadidos de que la plegaria de nuestros padres iba siempre a nuestro lado, portando la bendición del Salvador. La bendición nos llamaba también a no salirnos del ámbito en el que nos colocaba tal bendición.

¡Qué hermoso, cuando los padres bendicen a sus hijos! Y, si tanto puede la bendición de los padres, ¡cuánto más eficaz será la bendición del sacerdote, que está puesto por Dios para que bendiga en su Nombre!

El mismo Padre Jorge Córdova dice: Un día, siendo párroco, me invitaron a visitar una comunidad campesina. Al llegar, el encargado se puso de rodillas y me extendió la mano, yo le extendí la mía y con una inmensa reverencia tomó mi mano y la besó. Yo se la retiré de inmediato. Y él dijo en voz alta:

¿Usted es nuestro párroco? Sí. ¿Usted es el representante del señor obispo? Sí. Entonces, usted es el representante de Cristo aquí, ¿verdad? Pues sí. Entonces, usted es mi Jesús aquí en la tierra, ¿verdad? Sí. Entonces, si usted es mi Señor aquí en la tierra, ¿por qué no quiere que le bese sus manos consagradas, que son santas para bendecir a la gente? ¿Por qué yo no puedo besar las manos de mi Dios aquí en la tierra? Yo me quedé de una pieza ante aquel hombre sencillo, que removía toda mi teología.

En una oportunidad, cuando el Papa Juan Pablo II estaba en Los Ángeles ante un gran auditorio, alguien le gritó: God bless you, Holy Father (Dios lo bendiga, Santo Padre). Y él respondió: Gracias por tu bendición, ustedes laicos deben bendecirnos a nosotros y no esperar que sólo nosotros lo hagamos por ustedes.

¡Qué hermoso, cuando los laicos oran por sus sacerdotes y los bendicen! Bendecir significa decir bien, pedir algo bueno para ellos a Dios.

Sin embargo, la bendición del sacerdote es especialmente importante por el poder extraordinario que Dios le ha dado para actuar en su Nombre. Decía la beata Ana Catalina Emmerich: La virtud de la bendición sacerdotal penetra hasta el purgatorio y consuela como rocío del cielo a las almas a quienes con fe firme bendice el sacerdote. El que viera todas estas cosas, como yo las veo, de seguro que procuraría con todas sus fuerzas socorrer a las almas del purgatorio.

Desde que tengo uso de razón, discierno con viva claridad lo que está bendecido (por un sacerdote) de lo que no lo está; lo que es santo de lo que no lo es. De lo que es santo me siento atraída y lo sigo irresistiblemente; lo que no es santo, me causa horror, me angustia y me estremece y debo combatirlo con el auxilio de la oración y de la fe.

Ella podía distinguir los objetos bendecidos de los que no lo estaban. En alguna oportunidad, quisieron hacer la prueba y le presentaban para comulgar una hostia sin consagrar, pero ella se daba cuenta al momento. Igualmente, cuando le presentaban agua sin bendecir o un objeto sin bendecir. Tenía lo que se llama el don de la hierognosis, es decir, distinguir claramente, las cosas bendecidas por un sacerdote de las que no lo estaban. Esta gracia la han tenido también otros santos. Por mi parte, suelo bendecir a cuantos me saludan con un Que Dios te bendiga. Cuando voy a algún lugar, me gusta bendecirlo interiormente para alejar así cualquier poder o influencia del maligno. Y también recomiendo hacer bendecir las medicinas para que tengan efecto positivo y ninguno negativo.

Pidamos la bendición, para nuestras casas y para nuestros familiares. La mejor bendición es oír todos juntos una misa. Dice la beata Ana Catalina Emmerich: He visto cuán admirables bendiciones nos vienen de oír la santa misa y que con ellas son impulsadas todas las buenas obras y promovidos todos los bienes y que, muchas veces, el oírla una sola persona de una casa basta para que las bendiciones del cielo desciendan aquel día sobre toda la familia. Vi que son mucho mayores las bendiciones que se obtienen oyéndola que encargando que se diga y que se oiga por otros.

LIBERACIÓN

Una de las tareas importantes del sacerdote es la de alejar el poder del maligno de las personas y de las cosas. Sin embargo, hoy no faltan quienes ya no creen en la existencia del diablo. Sobre él habla muy claro el Catecismo de la Iglesia católica: El diablo y los otros demonios fueron creados por Dios con una naturaleza buena, pero ellos se hicieron a sí mismos malos. El Papa Juan Pablo II decía: El diablo vive en un radical e irreversible negación de Dios y trata de imponer a la creación y, sobre todo, a los hombres, su trágica mentira sobre el bien, que es Dios... En esta condición de mentira existencial, Satanás se convierte también en homicida, es decir, destructor de la vida sobrenatural que Dios había colocado en él desde el principio y en las criaturas hechas a imagen de Dios (20-VIII-1986). Él es el insidiador del equilibrio moral del hombre.

El diablo existe y trata de destruir la vida y la felicidad de los seres humanos, de las familias y de la sociedad en general. Para ello se sirve también de sus servidores, de aquellos que son sus adoradores o sus seguidores por el camino del mal, quienes tratan de sembrar discordias y divisiones y hacer que el maligno tenga su reino de tinieblas en este mundo.

La mayor influencia maléfica se da en la posesión diabólica. Hay personas que hacen pactos con el diablo y que renuncian a Dios y a su bautismo para adorarlo como a un dios. Estas personas se reúnen en reuniones satánicas, donde celebran misas negras y, donde a veces, llevan hostias consagradas para profanarlas. Otras maneras de influir negativamente es a través de maleficios, que son daños provocados con la intervención del demonio. Hay maleficios directos, dando a comer o beber cosas a las cuales se ha mezclado aquello con lo cual se intenta hacer el maleficio, por ejemplo, porquerías, partes de algún animal, sangre, polvo de huesos de muerto... Otros maleficios son indirectos, cuando se hacen invocaciones maléficas sobre objetos que representan al que se quiere hacer daño: un muñeco, una foto, un sapo, ropa del interesado...

Pero la influencia maligna en el mundo se transmite de muchas maneras. Puede ser a través de música rock, especialmente del rock duro (heavy metal), con mensajes de violencia, suicidio, violación, pornografía... A veces, puede hacerse simplemente a través de películas o videos pornográficos o violentos, donde se transmiten valores negativos.

Otras veces, la influencia maligna puede venir a través de la adivinación, del espiritismo, de la ouija o de supersticiones y de tantas sectas, que promueven antivalores. Pero lo que sí debe quedar claro es que todo cristiano, y todo hombre auténtico, tiene que luchar contra estos antivalores, que destruyen al hombre y a la sociedad en su conjunto. Por eso, una de las principales misiones del sacerdote es luchar contra el mal y contra el maligno en sus diversas formas para que Satanás no triunfe con su ejército tenebroso, sino que sea Cristo quien sea siempre el Rey del universo.

La principal arma del sacerdote es la celebración de la misa, donde se ofrece con Jesús por la salvación del mundo, en unión con sus fieles. El poder de una misa es incalculable, porque es la misa de Jesús, que se ofrece como lo hizo aquel día de Viernes Santo en el Calvario. Otro medio importantísimo es la confesión y la comunión. Por eso, debe estar siempre disponible para atender a los pecadores que se acerquen a pedirle confesión y comunión, pues eso les hará acercarse a Dios y alejarse del mal. La devoción a la Virgen María y el rezo del rosario es inmensamente importante en la lucha contra el mal. Por eso, todo auténtico sacerdote debe promover en su parroquia la devoción a María y el rezo del rosario. Y, sobre todo, la devoción a Jesús Eucaristía.

Igualmente, debe promover siempre la oración, porque como decía san Alfonso María de Ligorio: El que ora se salva y el que no ora se condena. La oración es la fuerza del hombre y la debilidad de Dios. Debe dar importancia a la lectura de la palabra de Dios y la oración a san Miguel Arcángel. También es importante tener objetos benditos. Por eso, no debe descuidar el bendecir siempre a sus feligreses y bendecir sus objetos sagrados, pues el diablo distingue muy bien, al igual que algunos santos, los objetos bendecidos por un sacerdote de los que no lo son. También es muy importante el uso de la sal bendita o del agua bendita. Santa Teresa de Jesús dice: Debe ser grande la virtud del agua bendita, para mí es muy particular y muy conocida consolación que siente mi alma, cuando la tomo… Tengo experiencia de que (los demonios) no hay cosa de que huyan más para no tornar; de la cruz también huyen, pero vuelven. Al respecto, dice de ella la Venerable Ana de Jesús: La santa jamás emprendía un viaje sin llevar agua bendita. Sufría mucho, si se olvidaba. Por eso, nosotras llevábamos un pequeño frasco de agua bendita colgado de la cintura y ella quería tener el suyo.

Por supuesto que hay otras muchas cosas que nos pueden ayudar, especialmente, la devoción a nuestro ángel y a todos los ángeles que nos rodean. El ángel custodio está puesto por Dios, precisamente, para ayudarnos en la lucha sin tregua que tendremos toda la vida contra Satanás y sus legiones.

Dice el gran exorcista italiano Gabriele Amorth: Cada uno de nosotros tiene su ángel custodio, amigo fidelísimo durante las 24 horas del día, desde la concepción hasta la muerte. Nos protege incesantemente en el alma y en el cuerpo; y nosotros, la mayoría de las veces, ni siquiera pensamos en esto. Sabemos que también las naciones tienen su ángel particular y, probablemente también, cada comunidad, incluso cada familia, aunque de esto no tenemos certeza. Pero sabemos que los ángeles son numerosísimos y están deseosos de hacernos el bien, mucho más de lo que los demonios buscan hacernos daño.

Todos los sacerdotes tienen un especial poder contra Satanás, aun los que no son exorcistas; poder que se deriva, precisamente, de su sacerdocio ministerial, que no es un honor para la persona sino un servicio para las exigencias espirituales de los fieles. Y entre estas exigencias, ciertamente, está también la de liberar de los influjos maléficos… Podemos ayudarnos de medios sagrados, sea en oraciones de liberación, sea en exorcismos: por ejemplo, poniendo sobre la cabeza del interesado el crucifijo, el rosario o alguna reliquia: es eficacísima la santa cruz, porque con la cruz Jesús venció a Satanás; pero son eficaces también las reliquias de los santos y, a menudo, son útiles también las imágenes benditas como la de san Miguel, a quien los demonios tienen un especial terror.

Para liberar del poder del demonio hay que hacerlo en el Nombre de Jesús. Porque Jesús nos ha dado ese poder. El que cree en mi Nombre expulsará demonios..., pondrá las manos sobre los enfermos y éstos quedarán sanos (Mt 16, 17-18). Ya en el siglo II san Justino escribe a los paganos, en su Apología: En todas partes, y en vuestra ciudad de Roma, hay numerosos endemoniados que los otros exorcistas, encantadores y magos, no han podido curar; en cambio, muchos de nosotros, cristianos, actuando en el Nombre de Jesucristo, los hemos curado, reduciendo a la impotencia a los demonios que poseían a los hombres. Cualquier demonio, que sea conjurado en el Nombre de Jesús, es derrotado. Pero probad vosotros de conjurar por todos los reyes y justos y profetas, que han existido entre vosotros, y veréis que ni un solo demonio huirá derrotado.

Todos los autores cristianos antiguos, desde el siglo II en adelante, como san Ireneo, Tertuliano, Orígenes, san Cipriano…, declaran que los demonios son expulsados en el Nombre de Jesús. Orígenes aclara que, incluso, pueden ser liberadas las cosas, lugares o animales infestados, por la fuerza del Nombre de Jesús. Y, ya desde antiguo, se usa en el exorcismo el agua bendita, imágenes benditas, cruces, imposición de manos, señal de la cruz, la unción con óleo santo, ceniza del miércoles de ceniza, imposición de la estola sacerdotal… Y se recomienda orar, ayunar y recibir la comunión, invocando a María y a san Miguel arcángel.

¡Cuántas personas, por miles y miles, sufren las influencias negativas de Satanás sin saberlo! Y ¡cuántos sacerdotes no saben hacer otra cosa que enviarlos al siquiatra, cuando necesitan de la ayuda de Dios para poder superar sus problemas, ocasionados por la influencia de Satanás! ¡Y no hablemos de los casos de posesión, que son raros y hay que discernirlos bien, pero que también existen! Según el exorcista de Roma Gabriele Amorth, hay muy pocos obispos y sacerdotes que creen en la posesión diabólica o en los maleficios. Pero, dice, que sólo en Italia hay más de 100.000 personas que trabajan como magos, brujos, adivinos, espiritistas y cosas parecidas. Hay una gran demanda de estas personas y millones que leen el horóscopo cada día para ver cómo deben conducirse cada semana. No creen en la religión católica o no la practican, pero sí creen en estos colaboradores del maligno. Y no se dan cuenta de que, cuanto más acuden a ellos, alejándose del verdadero Dios, más aumenta en ellos la influencia negativa de Satanás en sus vidas y más van a sufrir.

Todo sacerdote debería conocer el ritual nuevo de exorcismos y ojalá que hubiera asistido alguna vez en su vida a un exorcismo verdadero, para aprender y para que su fe pueda fortalecerse. Y cuando llegue el caso, si es preciso, pedir permiso al obispo para hacer exorcismos.

Personalmente, he tenido varios casos de influencias maléficas en personas que habían sido víctimas de maleficios, y un caso de posesión en un joven que asistía a una reunión satánica, donde adoraba al diablo. He conocido algunos otros casos de personas, que se creían poseídas, pero se debía a problemas de enfermedades mentales. En un caso, el haber hecho pacto con el diablo, llevó a hacer criminales a una pareja de esposos. En el caso del joven, era la primera vez en mi vida que me enfrentaba a un caso difícil; pero, después de más de dos horas, conseguimos, con la madre del joven y otro compañero, que se liberara.

Sin embargo, hay casos de posesión que pueden durar meses de oración semanal o quizás años. En algunos casos, pueden ser niños o personas buenas que, por permisión de Dios, han sido afectados por una maldición o maleficio. Pero, si ellos aman a Dios, el diablo sólo puede apoderarse de su cuerpo y nunca de su alma. Sin embargo, la mayoría de los casos se pueden solucionar con oraciones de sanación interior o de liberación, como hacen los grupos de la Renovación carismática. De todas maneras, el sacerdote debe ser un especialista en las cosas de Dios y debe estar, como buen soldado de Cristo, siempre preparado para luchar contra Satanás, y defender a sus fieles, prevenirlos con sus enseñanzas y liberarlos a ellos o a sus casas o cosas en caso de influencia maléfica. El obispo exorcista de Isernia, Andrea Gemma, que tiene mucha experiencia en liberación y expulsión de demonios, en su libro Yo, obispo exorcista, dice: Nunca agradeceré suficientemente a Dios por la inmensidad del don que me ha dado al llamarme al sacerdocio y llenarme de la unción del Espíritu Santo. Esta unción me ha transformado y me ha dado un gran poder para hacer el bien a mis hermanos y abatir las fuerzas de las tinieblas. Es preciso reconocer el poder de Dios, que ha tenido necesidad de mi voluntad, de mis manos, de mis palabras para bendecir, confortar, curar y liberar... Nunca dejaré de alabar la grandeza del Dios Omnipotente que eleva a la pobre criatura a cumplir sus prodigios.

Cuando la unción santa nos ha transformado, somos verdaderamente grandes, poderosos, o mejor, somos pequeñísimos instrumentos que Dios ha querido necesitar para obrar sus maravillas... El demonio lo sabe mejor que nosotros y, por eso, tiembla de rabia y no puede menos de someterse, al menos parcialmente, hasta que llegue el día en el que la sumisión será definitiva y, entonces, Cristo será todo en todos (Col 8, 11).

CURACIONES

Otro de los ministerios importantes de los sacerdotes es la oración por los enfermos; pero parece que, en estos tiempos, son pocos los que creen en el poder que Dios les ha dado para sanar a los enfermos. De ahí que muchos enfermos se van buscando curanderos, brujos, predicadores evangelistas y cualquier otra persona que haga propaganda de sus virtudes curativas. Jesús instituyó el sacramento de la unción de los enfermos para su curación, y para prepararlos a bien morir, en el caso de que Dios quiera llevárselos con Él. Este sacramento es muy eficaz, cuando se unge al enfermo con fe. Pero también puede el sacerdote rezar y bendecir al enfermo, pidiendo a Dios su curación como un padre cariñoso que se preocupa de la salud de sus hijos, aunque no estén en peligro de muerte. Los miembros de la Renovación carismática católica fomentan mucho las misas de sanación, que tienen mucha acogida, y muchos son bendecidos y sanados por el Señor.

Y no sólo estoy hablando de sanación de enfermedades corporales, sino también de enfermedades sicológicas, que tienen su raíz en algún trauma recibido en la infancia. En estos casos, se habla de sanación interior, pero lo importante es orar con amor, porque el amor sana y el odio enferma. Y, con frecuencia, basta con perdonar a alguien para que desaparezcan los síntomas negativos de la enfermedad, producida por la falta de perdón.

Para orar por los enfermos no hay que ser carismáticos o de algún grupo en particular. El sacerdote debe estar siempre disponible para todos, y los enfermos son de sus ovejas más necesitadas. Debe visitarlos, llevarles la comunión y orar por ellos. Que no vaya simplemente de visita para charlar y hacer bromas. El sacerdote debe ser siempre sacerdote, y así lo quieren los fieles. Y, cuando da su bendición con fervor y amor, siempre se producen efectos positivos.

Un gran siquiatra inglés, anglicano, después de años de investigación nos dice: Imponiendo las manos sobre la persona enferma, nos convertimos en canales a través de los que Jesucristo, y quizás los familiares muertos, pueden expresar su amor. Una epiléptica de sólo diecinueve años, que tenía todo el lado derecho de su cuerpo paralizado, se sintió curada durante la bendición e imposición de manos tras la celebración de una Eucaristía. En su caso, la curación se produjo en forma de una sensación de liberación, que comenzó en los hombros y se fue extendiendo poco a poco por todo su cuerpo. Al acabar la oración, era ya capaz de moverse libremente. Nunca ha vuelto a tener un ataque de epilepsia.

Y todos saben cuánto podemos hacer por la felicidad de nuestros familiares difuntos, que todavía pueden estar sufriendo en el purgatorio, orando por ellos y ofreciendo nuestras buenas obras, sobre todo, misas.

Los sacerdotes jesuitas Matthew y Dennis Linn han investigado también el caso de los niños muertos sin bautismo y dicen: Tal vez la sorpresa más grande de nuestro ministerio es la curación física y emocional, que puede ocurrir muy rápido y profundamente a otras personas, cuando oramos por bebés nacidos muertos y por abortos espontáneos y provocados… Los bebés constituyen el grupo más importante de nuestras oraciones por los muertos. Pero ¿cómo sabemos que ellos necesitan de nuestras oraciones? A veces, se nos ha dicho que no podemos rezar por ellos, porque están en el limbo eterno o porque ya están en el cielo.

Si eres católico manda celebrar una misa por el bebé. Mientras recibes la comunión, deja que la sangre sanadora de Jesús entre en ti y en todos los difuntos de la familia por medio del bebé. Sobre este tema, he escrito un libro ¿Dónde están los niños muertos sin bautismo? En él llego a la conclusión de lo importante que es ponerles un nombre y mandar celebrar una misa por ellos, para que sirva de alguna manera como bautismo espiritual o consagración de su alma a Dios. Y, de este modo, incluso, llega la sanación a algunos miembros de la familia. Dice el doctor McAll: Las personas más afectadas por los niños abortados, no consagrados al Señor y que necesitan que se ore por ellos, son los propios padres, un hermano o hermana gemela, el niño que nace a continuación, un niño adoptado en su lugar o, incluso, el niño más sensible de la familia.

Evidentemente, no sólo hay que orar por los niños abortados o por nuestros familiares difuntos, hay que orar mucho y bendecir constantemente a nuestros familiares vivos que tienen especiales problemas o influencias negativas del maligno o simplemente enfermedades, para que puedan ofrecer sus sufrimientos sin desesperación, sino con mucho amor y paz. Pero, ¡cuántos milagros maravillosos sigue realizando el Señor, cuando pedimos la curación con fe y amor! Pueden ver en internet la página web del sacerdote James Manjackal www.jmanjackal.net, donde nos habla de muchos milagros realizados por Dios a través de su ministerio de oración por los enfermos en distintos países. Y al igual que él, hay otros sacerdotes carismáticos conocidos a nivel mundial por su ministerio de sanación. Pero todos los sacerdotes tienen este ministerio y deben usarlo para gloria de Dios y beneficio de sus fieles.

El Padre Giovanni Salerno, en su libro Misión andina con Dios, nos cuenta cómo simplemente orando por los enfermos; a veces, diciéndoles que tomen agua bendita o se coloquen con fe una medalla milagrosa, se sanan de enfermedades incurables. Por poner un solo ejemplo: Un día llegué a Coyllurqui al anochecer. Me trajeron a un cabo de la guardia civil, tendido sobre una camilla. Hacía ocho días que no comía y echaba continuamente sangre por la boca. Estaba realmente muy grave y yo no tenía medicinas ni siquiera para cortar la hemorragia.

Le hablé a su esposa de la Virgen María y de las gracias que concede a los que con mucha fe llevan consigo su medalla milagrosa. Rezamos juntos tres Avemarías y le coloqué al cuello la medalla milagrosa. A la mañana siguiente, fue grande mi asombro, cuando lo encontré sentado sobre la cama. Estaba comiendo un buen trozo de pollo y me contó que, hacia medianoche, la Señora representada en la medalla milagrosa, le había visitado y le había tocado la frente y él se había sanado inmediatamente.

Y quiso que le diera una gran cantidad de aquellas medallas para dar a conocer a todos el poder misericordioso y materno de la Virgen María. ¡Cuántos kilos de medallas milagrosas hemos repartido entre los pobres! Podría contar muchos otros prodigios obrados por la Virgen Santísima por medio de la medalla milagrosa, cuando se lleva puesta con fe.

Y el Padre Salerno es médico y sabe muy bien hasta dónde llegan sus conocimientos y sus posibilidades médicas. Lo importante es tener fe, y con fe, hasta una simple bendición sacerdotal puede hacer que Dios realice un gran milagro físico o espiritual.

Pero no olvidemos que la mejor oración de sanación es la misa. Decía el padre Roberto DeGrandis: La misa es un servicio de curación y cada parte de la misa ayuda en el proceso de curación. Todas las misas son propiamente de sanación. Todos los elementos de mayor importancia del ministerio de curación están presentes en la misa: oración, presencia de Jesús, alabanza, perdón. Cuando usted vaya a la iglesia, vaya con fe expectante, vaya con gran fe en que el Señor lo ama, en que quiere curarlo y quiere usarlo como un instrumento de su amor sanador.

Cuenta el padre Emiliano Tardif que, dando un retiro en la República Dominicana, durante la oración por los enfermos, el Señor le dio la palabra de conocimiento de que una persona enferma de cáncer se estaba sanando. Preguntó quien era, pero nadie se identificó. Al día siguiente, una mujer se acercó a dar su testimonio y dijo que era prostituta y que le había dado vergüenza identificarse el día anterior. Había sido operada dos veces de cáncer y sufría mucho. Dijo que, durante la misa, había sentido mucho calor en todo el cuerpo y su dolor había desaparecido.

Esta joven mujer dijo públicamente que se prostituia desde los quince años y se confesó aquella tarde. Después de haber sanado su cuerpo, Jesús sanó el cáncer de su alma a través de la confesión. Al día siguiente, se acercó a recibir la comunión… A la semana siguiente, Miryam llegó al prostíbulo, donde había trabajado durante diez años, y dijo a sus amigas: “No vengo a pedirles que dejen este lugar, sólo vengo a hablarles de un amigo: Jesús”. Su testimonio tocó el corazón de sus amigas y pidió permiso a la encargada para comenzar un grupo de oración en el prostíbulo… Fue así como nació un grupo de oración en un prostíbulo. La gente se maravillaba al pasar frente a esa casa y escuchar el canto: Alabaré, alabaré… Más tarde, Miryam y una catequista vinieron a verme, diciendo que querían hacer un retiro para las prostitutas… De las 47 prostitutas que acudieron al retiro, 27 se arrepintieron, se confesaron y cambiaron de vida. Otras dijeron que lo pensarían.

En la universidad de Notre Dame (USA), el 14 de junio de 1974, durante la Convención Internacional de la Renovación Carismática Católica, la sesión inaugural presidida por el Cardenal Joseph Suenens, fue una sesión de sanación. Se dictaron enseñanzas sobre el deseo de Jesús de salvar a su pueblo y sanarlo. Después de dos horas de alabanza y acción de gracias, se ofrecieron oraciones para que el poder de sanación de Cristo viniera sobre la congregación de aproximadamente 30.000 personas. Algunas personas se presentaron para testificar su sanación.

Una muchacha ciega de nacimiento testificó que ella recibió la vista. En un joven, cinco centímetros de hueso crecieron en su clavícula. Al final de la sesión, se solicitó que se pusieran de pie aquellos que sentían que habían recibido una sanación. Según mi cálculo, unas 500 personas reconocieron que habían recibido una sanación.

Dice el padre Robert DeGrandis: A las personas que tengan enfermos en casa las invito a orar por ellos al menos tres veces al día: en la mañana, al mediodía y en la noche. Si pueden hacerlo, háganlo cada hora, en la hora en punto. Nunca oramos demasiado por los enfermos, sólo muy poco. Pienso que hay personas que ya deberían haber muerto, pero todavía están vivas, porque muchos cristianos oraron por ellas... Por el contrario, hay personas que deberían estar vivas y ya murieron, porque no existió la persona que orara por ellas.

Recordemos que el momento de mayor sanación de la misa, y de nuestra vida entera, es el momento culminante de nuestra unión con Dios por medio de Jesús en la comunión. En ese momento, hay que dejarse empapar del amor de Dios y, aunque no se sienta nada, creer firmemente que Dios está actuando y sanando nuestro cuerpo y nuestra alma. Si en los planes de Dios no está la sanación de nuestro cuerpo, por lo menos, podemos creer con toda seguridad que Él estará sanando nuestra alma y, a través de la enfermedad, nos dará más bendiciones y gracias de las que podemos pensar o imaginar.

De todos modos, siempre que vayamos a la misa o a orar delante del sagrario, dejemos que Jesús sacramentado nos bañe con su luz y su amor. Estos baños de luz y amor divinos, si es posible de todos los días, serán una fuente inmensa de curación y de paz para nuestros cuerpos y nuestras almas.

ORACIÓN POR LOS DIFUNTOS

Una misión importante del sacerdote es la oración por las almas del purgatorio, no sólo de sus propios familiares, sino por las de todo el mundo. En cada misa debe encomendarlas a todas sin excepción, pues es padre de todas ellas.

Se cuenta en la vida de san Bernardo que estaba un día celebrando misa en Roma, en una iglesia cerca de Tre Fontane, llamada Scala coeli, escalera del cielo. Oraba por los difuntos y, después de la consagración, vio a un ángel descender al purgatorio y llevar un alma al cielo. San Bernardo siguió rezando por estas almas del purgatorio y empezó a subir otra y otra, y se formó como una escalera de almas que subían al cielo. Fue tal la impresión de san Bernardo que les contó esta visión a sus acompañantes y de ahí se empezó a llamar a aquella iglesia scala coeli.

Un día le preguntaron a san Pío de Pietrelcina sobre la importancia de rezar por las almas del purgatorio y les dijo: Sobre esta montaña (de san Giovanni Rotondo) vienen más almas del purgatorio a oír mis misas que hombres y mujeres vivientes para buscar oraciones. Una tarde, durante la segunda guerra mundial, después de la cena, los hermanos sintieron claramente voces que llegaban de la portería del convento de San Giovanni Rotondo y que gritaban: Viva el padre Pío. El superior de entonces, padre Rafael de San Elías, llamó al hermano portero y le pidió que bajara a la portería a ver qué pasaba. El hermano obedeció, pero no encontró a nadie. Las puertas estaban cerradas con las dos barras de hierro y todo estaba vacío. Cuando le preguntó al padre Pío, éste respondió que eran las almas de los soldados difuntos que habían venido a agradecerle por las oraciones.

María Simma, la gran mística austríaca, que tenía el don de comunicarse continuamente con las almas de los difuntos, cuenta un caso de omisión, en el que pudieran caer algunos sacerdotes. Dice: Recuerdo a una joven que deseaba hacer algo más por las almas del purgatorio. Le pidió a su madre que le aconsejara qué podía hacer, y su madre le recomendó que asistiera a dos misas los domingos, en vez de una. Y así lo hizo durante un tiempo. Pero, cuando el sacerdote de la parroquia se dio cuenta de que iba a dos misas los domingos, le preguntó por qué. Ella le respondió que era para ayudar a las almas del purgatorio. Entonces, el sacerdote le dijo que, como la segunda misa no era obligatoria, perdía su tiempo.

Ella, confundida, dejó de asistir a la segunda misa dominical. Después de un tiempo, aquel sacerdote murió y se apareció a la joven, suplicándole que asistiera a todas las misas que no había asistido por su pésimo consejo, porque sólo así podía ser liberado del purgatorio.

Por consiguiente, todos, pero especialmente los sacerdotes, deben orar por las almas del purgatorio y recomendar esta práctica a todos los fieles. Y las almas benditas lo agradecerán. Recordemos lo que decía la beata Ana Catalina Emmerick: Cuando oraba con fervor por las benditas almas, oía muchas veces al oído voces que me decían: Gracias, gracias.

TESTIMONIOS SACERDOTALES

Cualquiera que tenga un poco de experiencia en la vida se dará cuenta de que un sacerdote santo arrastra hacia Dios y hace que su pueblo sea fervoroso. Donde hay un sacerdote mediocre, habrá una Comunidad indiferente; pero donde hay un sacerdote poco ejemplar, el pueblo pierde la fe. Por eso, el sacerdote debe ser un hombre de oración, un hombre de Dios, un hombre de fe. Eso es lo que la gente necesita y espera de sus sacerdotes.

Veamos ahora algunos testimonios de sacerdotes ejemplares que, sin ser santos canonizados, pueden ser un estímulo para todos.

Cesare Bisognin

Cesare Bisognin ha sido el sacerdote más joven del mundo, pues fue ordenado a los 19 años. Había entrado en el Seminario de Turín y, a sus 17 años, en 1974, le detectaron un cáncer a los huesos (osteosarcoma) incurable. Alguien le habló de su gran deseo de ser sacerdote al cardenal Pellegrino de Turín, y él habló al Papa Pablo VI, quien le dio permiso para ordenarlo sacerdote en su propia casa.

Cesare estaba en su cama y allí recibió el sacramento del Orden sagrado. A la ceremonia sólo asistieron algunos familiares y amigos. En una entrevista que le hicieron ese mismo día de su ordenación, dijo: Mi primer acto de sacerdote ha sido dar la comunión a mis padres como una señal de agradecimiento por haberme dado la vida. Yo les he dado la Eucaristía, que es el pan de vida, la presencia real de Cristo.

En estos momentos, mi esperanza está en el buen Dios. Si me ha escogido es, porque quiere que viva para los otros. Ser sacerdote es ser de Dios y Dios es de todos, luego el sacerdote es de todos.

Cesare murió a los veinticuatro días de ser sacerdote y sólo pudo celebrar una misa. Pero ahora sigue siendo sacerdote con Jesús por toda la eternidad y sigue intercediendo por los demás desde el cielo como buen sacerdote.

Padre Domingo

Cuenta el sacerdote Ricardo Zimbrón: Cuando yo era un joven novicio, me pusieron al cuidado de un sacerdote muy anciano, que estaba muriéndose de cáncer en una agonía prolongada y dolorosa. Se llamaba Domingo y tenía fama de santo.

No he conocido un sacerdote más humilde que el sonriente padre Dominguito, de pequeña estatura y enorme de espíritu. Un día le llevé a su cama la charola con su desayuno y mientras él luchaba por comer sin apetito, yo le hice esta pregunta:

Padre Dominguito, ¿cuál es la oración que a usted más le gusta rezar? El Kyrie eleison (Señor, misericordia).

Cuando retiré la charola del desayuno, casi intacta, me fui a mi habitación, me senté en mi cama y me puse a meditar aquello del Kyrie eleison… Entonces, no encontré respuesta. Pero han pasado los años y he recorrido mucho camino. Soy un sacerdote, a quienes muchos estiman. Y ahora mi oración preferida es el antiquísimo Kyrie eleison, ¡Señor ten misericordia!

La última vez que fui a inyectarle entre el hueso y la piel, me dijo: No tienes idea de cuánto estoy sufriendo, pero no se lo digas a nadie, quiero que esto sea una ofrenda que sólo conozca el Padre, me estoy ofreciendo a Él constantemente en unión con Jesús y María.

Ciertamente, reconocer que somos débiles y pecadores es uno de los puntos básicos para llegar a la santidad. Cuando tengamos sufrimientos y nos sintamos débiles o cuando caigamos en pecados, digamos continuamente Kyrie eleison, ¡Señor, ten piedad de mí! ¡Te ofrezco mis sufrimientos por la salvación de mis hermanos!

Padre Aureliano

Nació en 1887 en Basauri, cerca de Bilbao (España). A los quince años fue al convento de los carmelitas descalzos. Después del noviciado, tomó el nombre de Aureliano del Santísimo Sacramento, pues su verdadero nombre era Pedro Landeta y Azcueta. A los 23 años se ordenó sacerdote y tres años más tarde fue destinado a la India con la tarea de colaborar en la formación de los aspirantes al sacerdocio en el Seminario de Malabar.

Fue misionero en la India durante 51 años sin haber regresado nunca a su tierra natal. Además de su trabajo en el Seminario, fue nombrado director nacional de la Liga eucarística, institución que pasó de contar con mil sacerdotes inscritos en 1928 a tres mil en 1945. Una de sus preocupaciones más importantes era la difusión de la adoración perpetua diurna en la India. Para ello comprometió a 868 iglesias y capillas para que tuvieran el Santísimo Expuesto por etapas continuas. También promovió la adoración nocturna; en 1963 había inscritos 180.000 católicos. Y él decía a todos: Cuando se encuentren en dificultad o cuando les falten las fuerzas humanas, vayan inmediatamente a la Eucaristía, donde les espera “Jesús”.

Hoy día, la India es el país del mundo con mayor número de seminaristas, unos diez mil. Mucho de este florecimiento vocacional se lo debe al Padre Aureliano.

Padre Trampitas

Fue un sacerdote mexicano admirable, que quiso vivir como preso durante más de 30 años con la única finalidad de salvar a tantos que estaban allí sin ayuda espiritual. Él vivía la vida de los presos y comía con ellos. No podía salir de la prisión y no tenía ninguna diferencia, sólo que era un preso voluntario.

Su nombre era Juan Manuel Martínez, pero todos lo conocían cariñosamente como el padre Trampitas. La prisión estaba en las islas Marías (México), para los presos más peligrosos. Y allí murió y allí están enterrados sus huesos. Fue un sacerdote admirable por su espíritu apostólico. Y cuenta, en sus numerosos relatos, la conversión de grandes criminales, porque el poder de Dios llega hasta el corazón de los más avezados delincuentes.

Patrick Peyton

Ha sido un famoso sacerdote irlandés, fundador de la Cruzada mundial del rosario en familia, que ha recorrido el mundo hablando del rosario y del amor a la Virgen María. Él dice sobre su vocación:

La razón para hacerme sacerdote ha sido, ante todo, la Santísima Virgen a través, especialmente, del rosario familiar… Otra razón fue el párroco, padre Roger O’Donnell, un hombre de Dios, lleno de humildad, a quien tenía el privilegio de acompañar visitando los hogares de los enfermos para llevarles los sacramentos, así como ayudarle a misa y disfrutar de su amistad. También deseé el sacerdocio, porque pensaba en las misiones de África. Soñaba en que un día partiría a evangelizar…

A los diecinueve años emigré a USA. Llegué al empezar le gran “depresión”. Tres hermanas mías habían ido ya antes que yo. Una de ellas, la que cuando estuve enfermo ofreció su vida al Señor por mí, le contó a Monseñor Paul Kelly, rector de la catedral de Scranton (Pensilvania), donde vivían, que yo iba a llegar a América con un hermano... Monseñor Kelly me ofreció trabajo: sacristán de la catedral.

Esto significó que tuve ocasión frecuente de quedarme solo con el Santísimo Sacramento, porque era el que abría las puertas por la mañana y el que las cerraba por la noche. Entonces, la vocación, que estaba muerta, volvió a vivir. El deseo de ser sacerdote volvió a ser intenso… Entré en el Seminario de la Congregación de la Santa Cruz. Dos años antes de mi ordenación, me puse enfermo: los médicos diagnosticaron tuberculosis. Me llevaron a la enfermería. Estaba mal de cuerpo y alma… Uno de mis profesores de la universidad de Notre Dame, sacerdote de nuestra Congregación, padre Cornelio Hegarty, vino a verme y durante media hora me habló de la Virgen María… y me convenció para que le pidiera la salud. De María recibí la salud, y su amor me liberó de la enfermedad, dejándome volver feliz a mi vocación: fui ordenado sacerdote. Por Ella moriría en agradecimiento y le daría un millón de mundos, si los tuviera. La Cruzada de Oración en familia ha sido el medio que Dios me ha concedido para manifestarle mi gratitud.

Pedro Arrupe

Cuando todavía era joven sacerdote y vivía en Hiroshima, vivió el 6 de agosto de 1945 la fuerte experiencia de la bomba atómica. Aquel día a las 8.15 de la mañana, un bombardero norteamericano lanzó la primera bomba atómica sobre la ciudad de Hiroshima. Sobre esta experiencia escribió el libro Yo viví la bomba atómica, donde describe los efectos devastadores y todo lo que él y sus siete compañeros jesuitas hicieron por ayudar a todos los damnificados. Él había estudiado medicina y, desde el primer momento, con las escasísimas medicinas del botiquín de su casa, empezó a ayudar, sobre todo, a tantos quemados por la explosión. Recordemos que ese día murieron unas 80.000 personas y quedaron heridas unas 120.000; de los 220 médicos, que había en la ciudad antes de la explosión, sólo quedaron con vida unos sesenta médicos.

Lo más triste fue que la ayuda proveniente de Tokio y Osaka se detuvo a las puertas de la ciudad, porque se había corrido la voz de que en la ciudad se había extendido un gas que mataba durante los primeros sesenta años. Nadie quería venir de fuera a ayudar. Por eso, tuvo más mérito la ayuda de los ocho jesuitas, que resultaron vivos milagrosamente. Ellos no pensaron en que iban a morir, quisieron vivir en plenitud sus últimos momentos y, si debían morir, querían hacerlo como sacerdotes, dando la vida por los demás.

El mismo padre Arrupe lo dice: Ante este hecho, un sacerdote no puede quedarse fuera para salvar su vida... Naturalmente que, cuando a uno le dicen que dentro de la ciudad hay un gas que mata, sólo después de hacer un propósito muy firme se decide a quedarse. Pero lo hicimos y comenzamos a curar a los enfermos y a quemar los cadáveres de las calles para evitar epidemias.

Fue un trabajo agotador, pero lo hicieron con espíritu sacerdotal. Por eso, cuando era general de los jesuitas (1965-1983), siempre recordaba aquellos momentos como de los más llenos y satisfactorios de su vida, porque había vivido su sacerdocio hasta el fondo, dándolo todo sin reservarse nada.

Después de veinticinco años, lo visitó en Roma un joven sacerdote japonés, a quien él había curado sus llagas supurantes a consecuencia de las radiaciones, producidas por la bomba. Aquel muchacho se había bautizado y más tarde había sido ordenado sacerdote. Se llamaba Hasegawa Tadashi. Él, como tantos otros, se sintió llamado a la fe católica y al sacerdocio por el testimonio de vida que vio en aquellos misioneros jesuitas que lo habían dado todo.

Pedro James Manjackal

El Padre James Manjackal es un sacerdote de la India, que tiene un gran misterio de sanación y evangelización por distintos países del mundo. Es un hombre de profunda oración y de gran fe. Lo conozco personalmente y he podido asistir a sus reuniones de evangelización y sanación. En su página web www.jmanjackal.net pueden verse numerosos testimonios de sanación y conversión en distintos países del mundo. Cuando celebra la misa, la celebra con tanto fervor y devoción, que parece que viera al mismo Jesús en persona, acompañado de María, a quien tiene mucha devoción. Él es un sacerdote ejemplar, que trabaja a tiempo completo, pues el sacerdote debe ser sacerdote las 24 horas del día.

Veamos un caso que nos cuenta en su página web y que nos indica que, esté donde esté, él siempre se siente sacerdote y está siempre disponible. Este caso le sucedió el 9 de diciembre de 1998. Estaba en el aeropuerto de Bombay, India, esperando en la larga cola de pasajeros de la línea aérea Gulf Air. Entonces, vio a un joven europeo, vestido como un hindú, de color azafrán y con ceniza en su frente, sujetando un ratón en su mano derecha y llevando una serpiente enroscada al cuello. Estaba discutiendo acaloradamente con un policía, porque no le permitía entrar al avión con los animales. Y él decía: Estos son mis dioses recibidos en la India y vosotros policías indios, ¿no me permitís ir con ellos? La gente estaba gritando de impaciencia. Y dice el Padre Manjackal: Yo me puse a rezar detrás del joven. De pronto, inspirado por el Espíritu Santo, le puse mi mano sobre su hombro y con una sonrisa le pregunté: José, ¿no eres un católico de Alemania? ¿No estarás queriendo tomar a estas criaturas como tus dioses? Con sorpresa me miró y me preguntó: ¿Quién le ha dicho que me llamo José y que soy católico alemán? Sacando un crucifijo, le dije: Él es mi Dios, que me revela estas cosas por medio del Espíritu Santo.

Con lágrimas en los ojos me preguntó, si estaba dispuesto a hablarle más sobre Jesús y el Espíritu Santo. Convine en hacerlo, con la condición de que tirara aquellos animales. Él, como un niño, me obedeció y tiró al ratón y a la serpiente en un cubo de basura. El policía me lo agradeció y la gente empezó a aplaudir de agradecimiento. Durante el vuelo, le dije a José muchas cosas sobre Jesús y el Espíritu Santo. Él era un católico bautizado que había abandonado la fe para irse tras las mujeres, las drogas y el alcohol, habiendo adoptado el hinduismo como forma de vida. Me confesó que todo eso no le había dado sentido a su vida y que le faltaba algo. Terminó por confesarse y recibió la sagrada comunión en la misa que celebré en el hotel de Ryad, en Arabia Saudita. El joven estaba feliz y con lágrimas me dijo: Ahora mi sed y mi hambre de Dios han sido colmados con Jesús en la comunión.

Ciertamente, el sacerdote recibe muchas alegrías al perdonar los pecados de quienes estaban alejados de Dios. Entonces, se siente como un padre que da vida a sus hijos y puede decir: Habría valido la pena haber nacido y haber sido sacerdote para confesar a este hombre pecador y después haber muerto al ver su alegría y su paz. ¡Vale la pena morir para dar vida!

Padre Luis de Moya

Estudió teología en Roma y se doctoró en derecho canónico, además de ser médico. Se ordenó sacerdote del Opus Dei y, en 1991, a los 38 años de edad, quedó tetrapléjico a causa de un accidente automovilístico. Sin embargo, no se ha dado por vencido y, a pesar de todos los inconvenientes de su estado, pues sólo puede mover la cabeza, ha dado sentido a su vida y vive con optimismo, dando clases de Ética en la universidad de Navarra y trabajando como capellán. Ha escrito un libro sobre su vida, titulado Sobre la marcha. En él nos dice que se siente feliz de ser sacerdote y ofrecerle al Señor sus limitaciones y poder ayudar a tantos enfermos que necesitan ayuda y consejos.

Dice: Cuando comencé a concelebrar la santa misa, este acontecimiento se convirtió en lo más importante de cada jornada. En mi horario tenía previsto bajar a primera hora de la tarde al oratorio para hacer un rato de oración ante el sagrario y concelebrar a continuación. Muy rara vez omití la misa. Sólo, cuando me encontraba considerablemente peor y estaba claro que no iba a ser capaz del pequeño ajetreo que suponía la ceremonia... La santa misa es el “momento” del sacerdote. Siempre lo he entendido así, pero, tal vez, ha sido ahora, al tener más tranquilidad para contemplar el sacrificio mientras celebro, cuando mejor he captado el amor de Dios que salva y el sentido del sacerdocio ministerial. Muchas veces, he pedido al Eterno fortaleza para ser otro Cristo y servir a los demás para su salvación.

También aprovecha muchos ratos para atender a los que desean confesarse y tiene un horario público de confesiones en la Clínica universitaria. El Padre Luis de Moya es un ejemplo para tantos enfermos que se desesperan y desean la muerte. Porque vale la pena vivir. Mientras hay vida, hay esperanza de mejorar y lo más importante no es trabajar y ser útil, humanamente hablando, sino que lo más importante es amar y hacer felices a los demás. Y eso lo puede hacer un enfermo, con amor y su oración.

En sus páginas web www.luisdemoya.org; www.fluvium.org y www.muertedigna.org; anima a todos a luchar a favor de la vida y de la dignidad de la persona.

Padre Giovanni Salerno

Es un gran misionero italiano, que va por los caminos de las altas cordilleras de los Andes del sur del Perú, llevando consuelo y amor a los pobres y a los enfermos como médico y como sacerdote. También lleva ayuda a los presos de las cárceles. Sobre esto nos dice:

Un día me fui a visitar la cárcel del Cuzco, donde estaban encerrados muchos peligrosos terroristas de Sendero Luminoso. Cuando me vieron, comenzaron a reírse, mofándose de mí. No me desanimé. Poco a poco, empecé a pedir al director que viera la manera de darles algo más de aire libre y de sol, permitiéndoles salir de sus celdas, al menos, media hora cada día… Poco a poco, logramos transformar el patio en un taller con máquinas para fabricar zapatos, máquinas de coser, máquinas para tejer, máquinas para trabajos de carpintería e instrumentos para trabajos en cerámica. Todos aprendieron un oficio.

¡Qué bonito era, entonces, cuando íbamos a visitarlos! Nos decían que ganaban más en la cárcel que estando fuera. Eran jóvenes universitarios, maestros, arquitectos, abogados, etc. Algunos de ellos, al salir de la cárcel, viajaron al exterior para ejercer allí el oficio aprendido. Cada vez que los veía, me causaban una gran alegría, porque un preso, cuando trabaja, mejora su vida… Jamás olvidaré las lágrimas de uno de ellos que, encerrado en su celda, me decía: Esto (que hacen ustedes) hubiese querido hacerlo yo por los pobres. Pero, lamentablemente, demasiado tarde los he conocido. Cuando salían de la cárcel, venían a agradecernos el haberlos ayudado como a hermanos… De esta manera, cada semana, si yo no podía, otro sacerdote iba a visitarlos para hacerles rezar y para celebrar la misa en el patio de la cárcel. Muchos también se confesaron. Cada vez que los visitábamos, se rezaba el rosario. Ellos mismos habían conseguido que se colocara en su pabellón una especie de glorieta con la estatua de la Virgen de Fátima. Pero no todos se acercaban a nosotros… Hasta que un día procuré que escucharan un casete de la Virgen de Fátima, traído precisamente desde su santuario de Portugal: no hablaba tan sólo de las apariciones, sino también del marxismo y del comunismo. Apenas escucharon ese discurso, se acercaron y se unieron a los demás en el rezo del rosario. Me sorprendió y alegró muchísimo el efecto que tuvo aquel casete, porque mi temor inicial había sido que su reacción fuese completamente lo contrario. En los momentos difíciles, el confiar en la protección de la Virgen María, nos permite penetrar en el corazón de los demás.

Pero su apostolado predilecto son los niños. En el Cuzco da de comer cada día a 900 niños. Y cada día se encomienda a la divina providencia para que provea el pan para los niños y las medicinas para los enfermos, y nunca le falta nada. Tiene muchos bienhechores a lo largo del mundo. Y ha fundado el Movimiento de los siervos de los pobres del tercer mundo, para el que están surgiendo abundantes vocaciones. Tiene su seminario en Ajofrín (Toledo). También ha fundado religiosas y laicos consagrados. Y sigue abriendo casas en distintos países como Hungría. Su apostolado es enorme, pero no olvida que, como buen sacerdote, la misa debe ser el centro de su vida. Por eso, dice:

No logro comprender al sacerdote que deja de celebrar la santa misa, aunque sea un solo día. Ese día será para él un día sin sol. En mis viajes por toda Europa y por América del Norte y del Sur, Dios me ha hecho la gracia de no dejar jamás ni un solo día la celebración de la misa, que constituye para mí la única fuente de energía y me hace sentir siempre joven. La santa misa es como el sol de mi vida. Cuando no pueda ya celebrarla, querrá decir que mi tiempo sobre esta tierra ha terminado.

Cardenal Mindszenthy

El cardenal Mindszenthy de Hungría tuvo que soportar muchos sufrimientos en prisión. Lo detuvieron los comunistas el 26 de diciembre de 1948, y lo llevaron a la infamante prisión del número 60, de la calle Andrassy de Budapest, a donde llegó a las 3 a.m. Allí le hicieron lavado de cerebro para doblegarlo.

Algunas de las prácticas inhumanas del lavado de cerebro, que se probaron con el cardenal, pueden hoy conocerse por el testimonio de un agente de policía, que trabajó en la prisión de Andrassy, cuando él estaba allí. Ese policía escapó a Austria e hizo un informe sobre el cardenal a un funcionario de los países occidentales. Se emplearon primero drogas. El propósito era llevar la mente a un estado de sumisión servil. Una de las drogas le produjo un terrible dolor de cabeza y un mareo; después pánico y una incapacidad para resistir las sugestiones ajenas. A continuación, pasó por la celda de goma. La celda de goma se llama así por estar almohadillada con goma inflada de forma parecida a las cámaras de los neumáticos de los coches. Una vez que el preso estaba dentro de la celda, el policía se ponía unos guantes de goma inflados, que le llegaban a los hombros, y al preso lo lanzaban de una pared contra otra, rebotando repetidamente como una pelota de goma. Los bolcheviques inventaron este sufrimiento, porque no deja señales, pero produce derrames sanguíneos internos y deja al preso atontado... Otra tortura fue no dejarle dormir para producirle un agotamiento mental y físico. En un período, se le mantuvo despierto durante 82 horas... Después de días y días de tortura, los comunistas dijeron al público que había firmado una confesión, que después se demostró que era falsa... Uno de los funcionarios de la prisión, que después escapó, dijo que una noche le ordenaron llevarlo a la celda de goma.

Miré al cardenal y me pareció tan pequeño, que tuve la sensación de que tendría que cogerle en brazos y llevarle... En el mismo momento, comprendí que, más tarde o más temprano, yo también estaría preso allí. Saqué unos polvos de mi bolsillo y se los ofrecí. Él me miró con ojos penetrantes y vi que creía que quería matarlo. Me quedé sin poder hacer nada; después, la mirada acusadora desapareció de sus ojos. Comprendió que quería ayudarle. Y le dije: “Tómelos, estos polvos no le matarán, le pondrán enfermo y su efecto durará sólo hasta que le lleven al hospital de la prisión; de esta forma, escapará a la cámara de tortura”. El cardenal me apartó suavemente mi mano extendida y, de pronto, aquel hombre pequeño se me apareció grande y majestuoso. Se inclinó hacia mí, apoyó su mano en mi frente y me dijo con una voz llena de un calor sobrenatural: Hijo mío, vigila y reza. Creo que me bendijo. Yo, al cabo de una hora, estaba camino de la frontera.

El cardenal Mindszenthy pudo soportar todas las torturas, porque Dios era su fortaleza. ¿Y tú?

Cardenal Kazimierz Swiatek

Fue ordenado sacerdote en 1939 en Pinsk (Bielorusia) y fue arrestado en 1941. Lo condenaron a 10 años de prisión, dos de los cuales los pasó en el campo de concentración de Marinsk, siete años en las minas de Vorkuta, cerca del círculo polar ártico, y luego en Siberia. Fue liberado en 1954 y fue párroco de Pinsk hasta 1991, cuando fue nombrado arzobispo de Minsk. En 1994, el Papa Juan Pablo II lo nombró cardenal.

Dice: Celebraba la misa a escondidas, cuando podía. Como cáliz usaba un vaso de cerámica y llevaba la comunión a los católicos en una cajita de fósforos. Durante diez años, permanecí aislado completamente de la realidad del mundo. En 1954 al ser liberado, me dirigí a Pinsk. Ingresé a la catedral donde en 1939 fui ordenado sacerdote. Era domingo. Me quedé en silencio observando. Una de las mujeres presentes inició las oraciones: Era una especie de misa sin sacerdote. Yo lloré de emoción al ver la fe de aquellas mujeres que llevaban seis años sin sacerdote, desde que el último había sido arrestado y condenado a 25 años de prisión. Yo les dije que era sacerdote y comenzamos los trámites para pedir permiso para poder celebrarles la misa. La policía me vigilaba, pero pude obtener el permiso y ser un párroco hasta 1991.

En aquellos años, fueron especialmente las abuelas las que conservaron la fe. Son figuras heróicas a las que había que levantar un monumento. En 1991, al nombrarme arzobispo, comencé a recorrer el inmenso territorio de Bielorusia, recorriendo hasta mil kilómetros por día, para visitar a mis fieles. Un día encontré en un parroquia a un joven sacerdote polaco, que había venido de su país para trabajar entre nosotros. La iglesia era un edificio semidestruido, sin techo ni puertas. Me esperaba un grupo de mujeres. Era la primera vez que encontraban un obispo católico. Luego pregunté al joven sacerdote cuál fue el motivo para venir a trabajar en aquel sitio tan desolado. Padre, me contestó, yo pertenezco a la categoría de los locos por Dios. Y lo fue. En poco tiempo consiguió reconstruir tres iglesias.

Agradezco a Dios la gracia de haber podido sobrevivir a los largos años de persecución. Y quiero ser también de los locos que lo dan todo por Dios.

Monseñor Kazimierz Majdanski

Fue arrestado por los nazis, cuando era alumno del Seminario de Wloclawek, el 7 de noviembre de 1939, junto con otros alumnos y profesores, y encerrado en el campo de concentración de Sachsenhausen, y en Dachau después. En Dachau fue sometido a criminales experimentos seudocientíficos.

En una entrevista concedida a la agencia de noticias Zenit dice: En Dachau había un tal profesor Schilling, que hacía seudoexperimentos científicos. Experimentaba con los prisioneros la reacción del hombre a las diferentes sustancias que nos inyectaban.

Antes de que me sometieran a semejantes experimentos, le pedí a mi profesor del Seminario que informara a mis padres de mi muerte y le dejé todo mi tesoro: dos rebanadas de pan duro. Pero pude sobrevivir por un auténtico milagro. Por desgracia, el padre Jozef Kocot, mi compañero de habitación y profesor de filosofía en el Seminario, murió en silencio, sufriendo de manera inenarrable.

Nuestros verdugos alemanes blasfemaban contra Dios, denigraban a la Iglesia y nos llamaban “perros de Roma”. Nos querían obligar a ultrajar la cruz y el rosario. Para ellos, no éramos más que números que había que eliminar. Echábamos, entonces, mucho de menos la Eucaristía. Allí hubo casos heróicos. El padre Frelichowski, cuando estalló la epidemia de tifus, se ofreció como voluntario para servir a los enfermos. Murió dando la vida por los demás como san Maximiliano Kolbe.

Murieron la mitad de los sacerdotes polacos encerrados en Dachau. Vi cómo morían muchos de manera heróica. Algunos hubieran podido salvarse, pues las autoridades ofrecían a los sacerdotes polacos la posibilidad de un trato especial, a condición de que declararan que pertenecían a la nación alemana. Pero ninguno aceptó. Al padre Dominik Jedrzejewski le ofrecieron la libertad, si renunciaba a sus funciones sacerdotales, pero él no quiso y murió.

El martirio del clero polaco, durante el infierno nazi, es una página gloriosa de la Iglesia y de Polonia, a pesar de que se ha querido mantenerla en el silencio. Murieron 2.000 sacerdotes y 5 obispos.

Entre los obispos, que sufrieron atrocidades y cárceles de los regímenes nazis o comunistas de Europa durante la segunda guerra mundial, podemos enumerar a Luis Stepinac, arzobispo de Zagabria en Yugoslavia; Josyf Slipyj de Ucrania; Stefan Wyszynski de Polonia; Mindszenty de Hungría; Josef Beran y Frantise Tomásek de Checoslovaquia; Julijans Vaivods de Letonia; Alexandru Todea de Rumania y otros más.

Zef Simoni

El padre Zef Simoni, de Albania, sufrió durante varios años las torturas de los campos de concentración y de las cárceles comunistas de su país. Él mismo nos dice: Me encerraron durante doce años en el campo de Spac, una prisión que podría compararse al campo nazi de Mauthausen. Se encontraba cerca de una zona minera, en la que los detenidos eran sometidos a un trabajo incesante y peligroso. De hecho, muchos murieron... Los prisioneros eran, a veces, sometidos a descargas eléctricas y debían caminar descalzos sobre placas metálicas incandescentes..., les llenaban la boca de sal o les obligaban a tragar medicamentos dañinos para el sistema nervioso. Recuerdo que el sacerdote jesuita Gjon Karma fue enterrado vivo en un ataúd. El franciscano Frano Kiri estuvo atado a un cadáver durante varios días hasta que comenzaron a salir los líquidos del muerto. Otros fueron ahorcados, decapitados o ahogados en lodazales. Pero con la ayuda de Dios pudimos ser fieles a Cristo, a la Iglesia y a nuestra misión sacerdotal.

El Papa Juan Pablo II, el 25 de abril de 1993, al visitar Albania, lo consagró obispo. El 22 de setiembre del 2005, con sus 77 años, estuvo presente en la audiencia general del Papa Benedicto XVI, donde le habló de tantos hermanos en el sacerdocio, que fueron masacrados y de tantas religiosas y laicos que sufrieron persecución por ser fieles, pero que no renegaron de su fe.

Padre Ciszek

El padre Ciszek, norteamericano, fue voluntario de misionero a Rusia durante la segunda guerra mundial, pero lo tomaron prisionero y pasó cinco años preso en la famosa cárcel Lubianka de Moscú y otros diez en campos de trabajos forzados en Siberia, trabajando en las minas de carbón en medio de un frío extremo en invierno y con un hambre terrible. Pero pudo sobrevivir, a pesar de que, en varias ocasiones, tuvo gravísimos accidentes de trabajo o pudo salvarse de las revueltas de los campos, reprimidas sangrientamente por el ejército.

En su libro With God en Rusia, traducido al español como Espía del Vaticano, va narrando cómo confiaba siempre en la providencia de Dios para salvarse de las más difíciles situaciones y cómo rezaba todos los días el rosario, procurando hacer algunos momentos de oración. Dice: Durante los cinco años, que estuve en la Lubianka (prisión de Moscú), creció mi convicción de que todo lo que sucedía era voluntad de Dios y que Él me protegía.

En el campo de trabajos forzados número 5, volví a celebrar la misa que no había podido celebrar desde los tiempos de Dubinka… Era en un taller, ante las mismas barbas del comandante. Disponía, entonces, de un pequeño cáliz y una patena de níquel, que había hecho uno de los presos; el vino era de uvas, que hurtaban de no sé dónde y el pan lo cocían especialmente algunos estonianos católicos, que trabajaban en la cocina… Era peligroso que asistiesen muchos por el peligro de llamar la atención; pero, a medida que corrió la voz, ya eran más los que deseaban asistir a la misa. Al cabo de cierto tiempo, el padre Casper y yo fuimos más atrevidos y empecé a celebrar la misa en uno de los barracones, donde la mayoría eran polacos y lituanos y el brigada tenía sentimientos religiosos… Me cambiaron de alojamiento y mis antiguos feligreses venían a mi nuevo alojamiento por la noche y, entre juegos de cartas y dominó, confundidos entre las conversaciones de los demás, los confesaba y les daba la comunión.

Luego, salía a dar una vuelta como para distraerme y lo que hacía era confesar a uno o a varios mientras paseábamos. Si había muchas confesiones o tenía que dar algunas comuniones, conveníamos encontrarnos a la mañana siguiente temprano en algún sitio del campo, como por casualidad, en grupos de dos o tres, y así podíamos llevar a cabo lo que nos proponíamos. Otras veces, daba la comunión por la noche, después de la misa, y era lo que yo prefería, pues se corría el riesgo de perder los santos sacramentos en un registro nocturno… Después, cambiamos de táctica yendo a barracas distintas a celebrar la misa y así evitábamos sospechas. Celebraba en algún barracón donde el jefe de la brigada era amigo y mientras él vigilaba desde la puerta para que no entrase ningún extraño. Los sermones y los consejos los daba paseándonos arriba y abajo como si discutiésemos algún tema de interés general. Incluso, conseguí que algunos hicieran una confesión general cada mes.

Cuenta también cómo, cuando celebraba la misa sentía una inmensa paz que le daba fuerzas para soportar todas las dificultades de la vida en el campo de trabajos. Al celebrarla, era consciente de ser ministro de Jesús y le ofrecía todas las necesidades, problemas y sufrimientos del mundo entero, especialmente de los que vivían con él. Nos dice: Muchas veces yo pensaba que los sacerdotes, que nunca han sido privados de la oportunidad de celebrar misa, no aprecian realmente el tesoro que es la misa. Yo sé los sacrificios que hacíamos para celebrar en aquellas condiciones, estando hambrientos. Yo he visto sacerdotes que estaban en ayunas todo el día y trabajar con el estómago vacío para tener la posibilidad de celebrar la misa (en aquel tiempo había que guardar ayuno desde las doce de la noche del día anterior). Yo lo hice con frecuencia. Y, algunas veces, si no podíamos celebrar la misa al mediodía, en el descanso para comer, debíamos esperar hasta la noche. A veces, en verano, debíamos quitarnos tiempo al sueño para levantarnos temprano, antes de ir a trabajar, para celebrar la misa en algún lugar escondido. Vivíamos como en las catacumbas, con nuestras misas secretas. Si nos descubrían, éramos severamente castigados y siempre había informantes. Pero valía la pena correr todos los riesgos y sacrificios por celebrar la misa. La misa era un tesoro para nosotros. La anhelábamos y hacíamos cualquier sacrificio con tal de poder celebrarla o asistir a ella.

Cuando no podíamos celebrar la misa, teníamos hostias consagradas escondidas para poder, al menos, comulgar cada día y celebrar la misa espiritual sin pan ni vino, recitando todas las oraciones... Pero, por las tardes, cuando los demás estaban jugando cartas o leyendo o conversando, yo y el padre Victor, como si estuviéramos conversando, celebrábamos la misa de memoria. En algunas oportunidades, podíamos internarnos en el bosque, durante los trabajos, y allí celebrábamos la misa sobre un tronco de árbol. Nunca me olvidaré de aquellas misas celebradas en los bosques de los Urales... ¡Cuánto significaba para nosotros el celebrar la misa y tener el cuerpo y la sangre de Jesús con nosotros!

Podíamos sentir sus efectos en la vida diaria. Para nosotros era una necesidad el celebrar la misa... La celebrábamos sin ayudantes, sin velas, sin flores, sin música ni manteles blancos; simplemente con un vaso corriente para echar unas gotas de vino y un pedazo de pan con levadura. En estas condiciones, la misa nos acercaba a Dios más de lo que nadie podría imaginar. Conscientes de lo que estaba sucediendo, penetraba en nuestra alma el amor de Dios. Y, a pesar de las distracciones causadas por el miedo a ser descubiertos, permanecía en nosotros la alegría que producía el pequeño pedazo de pan y algunas gotas de vino, consagrados en Jesús... Nada ni nadie podría haber hecho profundizar más mi fe que la celebración de la misa... Mi primera preocupación cada día era poder celebrar la misa. Ningún día la dejé de celebrar mientras pude.

Y mientras pudo, también confesaba, bautizaba, confortaba a los enfermos, rezaba por los difuntos y hasta daba retiros espirituales a otros sacerdotes prisioneros. Era realmente un sacerdote a tiempo completo para gloria de Dios y servicio a los demás.

Nguyen Van Thuan

Cuando era obispo de Saigón en Vietnam, los comunistas lo metieron a la cárcel, donde estuvo 13 años, nueve de los cuales estuvo solo en una celda sin comunicarse con nadie. Si no hubiera sido por la Eucaristía, se hubiera vuelto loco. Él dice: Nunca podré expresar mi gran alegría al celebrar diariamente la misa con tres gotas de vino y una gota de agua en la palma de mi mano… Han sido las misas más hermosas de mi vida.

En la cárcel pensaba en las persecuciones; en las muertes, en los martirios, que han tenido lugar durante 350 años en Vietnam y han dado a la Iglesia tantos mártires desconocidos: unos 150.000. Yo mismo creo que mi vocación sacerdotal ha sido misteriosa; pero, realmente, vinculada a la sangre de estos mártires de Vietnam, caídos en el siglo XX, mientras anunciaban el Evangelio y, permanecían fieles a la unidad de la Iglesia, a pesar de las amenazas de muerte… Por parte de mi abuelo materno, hay un hecho dramático: En 1885 toda la parroquia fue quemada viva en la iglesia… Los mártires nos han enseñado a decir sí: un sí sin condiciones ni límites al amor por el Señor. Pero los mártires nos han enseñado también a decir no a las lisonjas, a las componendas, a la injusticia, quizás con el fin de salvar la vida o gozar de un poco de tranquilidad.

Por mi parte, tenía el apoyo de mi madre. Cuando estaba en la prisión, era mi gran consuelo. Decía a todos: Reza para que mi hijo sea fiel a la Iglesia y permanezca donde Dios quiere que esté. Y él ofrecía sus dolores a Jesús por medio de María, a quien tanto amaba y a quien ofrecía todos los días el rezo del rosario.

Cuando obtuvo la libertad, pudo viajar al extranjero y el Papa lo nombró cardenal de la santa Iglesia. El año 2000 dio los ejercicios espirituales a la Curia Romana, en presencia también del Papa Juan Pablo II.

¿POR QUÉ ME HICE SACERDOTE?

Este es el título de un famoso libro en el que Sans Vila relata los testimonios personales de 52 sacerdotes sobre su vocación sacerdotal. Muchos de ellos han sido famosos como el cardenal Lercaro, el cardenal Arriba y Castro, el cardenal Siri, Hans Urs von Balthasar, Yves Marie Joseph Congar, Joseph Cardijn (fundador de la JOC: Juventud obrera cristiana), Jean Danielou, Abbé Pierre, Garrigou-Lagrange y otros más. En todos sobresale el hecho de su inmenso amor a su vocación sacerdotal y su agradecimiento a Dios por haberlos escogido para tan alta vocación.

El por qué de su vocación es diferente en cada uno. En muchos casos, pudo haber sido el ejemplo de sus padres o la devoción mariana, que les inculcó su madre. Cada uno tiene un camino personal.

Almiro Faccenda vivía en un pueblecito de Italia, llamado Torcegno. En 1915, durante la primera guerra mundial, el párroco había caído prisionero de los austríacos. Otro sacerdote, que temía la misma suerte, antes de huir del pueblo, le dijo a él, que todavía era un niño:

Te entrego la llave del sagrario. Si ves que nuestras tropas comienzan la ofensiva, toma las hostias consagradas del sagrario y las distribuyes dando la comunión a la gente del pueblo.

Cuatro días después, el 15 de noviembre de 1915, comenzó el ataque y la gente del pueblo buscó refugio en la iglesia. Entonces, Almiro creyó que había llegado el momento y les dijo a todos lo que el sacerdote le había encomendado. Y empezó a distribuir la comunión, mientras afuera sonaban los terribles disparos de la artillería. En la noche, Almiro le preguntó a su madre:

¿Que haré yo con esta mano con la que he dado la comunión y con la que he tocado a Jesús? ¿No debería ser la mano de Jesús para servirle siempre?

Terminada la guerra, pidió entrar en el Seminario. Un señor de Bérgamo le pagó sus estudios y 17 años después, un hermoso día de 1932, don Almiro Faccenda celebraba su primera misa en Torcegno, en la misma iglesia y en el mismo altar en que había distribuido la comunión, cuando era niño. Así cumplía su deseo de que su mano fuera la mano de Jesús para siempre.

Aimé Duval, sacerdote jesuita francés, nos dice: Había venido al pueblo un sacerdote, capellán militar en Marruecos, convaleciente de unas heridas graves. Recuerdo que era bretón y que olía a tabaco. Se creía ya suficientemente fuerte para dar un largo paseo por el camino solitario que une el pueblo con nuestra casa. Pero una tarde, a mi regreso, a 300 metros de mi casa, debajo de unas hayas, vi a aquel sacerdote tumbado, echando sangre por la boca. Me acerqué sin miedo y ¿sabéis lo que me dijo?: Voy a morir y estaba pidiendo a nuestro Señor una persona que me sustituya. ¿Quieres ser tú? Murió el sacerdote. Y yo lo he remplazado. Entonces, yo tenía doce años.

Martin Borman, era hijo del famoso lugarteniente de Hitler, Martin Borman. Él mismo era ahijado de Hitler. Su familia, de origen protestante, había abandonado toda práctica en 1934. Después de la derrota del nazismo, se refugió en el campo, en casa de unos campesinos católicos. Y dice: Mi desprecio por los católicos desapareció y ya empezaba a envidiarlos un poco… Un domingo fui hasta el santuario de la Virgen de Kirchental, un lugar de peregrinación a tres horas de camino… Casi todos los domingos, empecé a ir a Nuestra Señora de Kirchental y pedí recibir instrucción religiosa hasta que el primer domingo de mayo de 1947 tuvo lugar mi admisión en la Iglesia católica. Después del bautismo, siguió la confesión, la santa misa y la primera comunión. Renuncio a transcribir la íntima e inmensa alegría que me transportó al más alto grado de felicidad. Fue ordenado sacerdote en 1958. Y dice: ¿Por qué me hice sacerdote? Porque me llamó la gracia de Dios. Me llamó a conservar y también a colaborar en la difusión entre los hombres del feliz mensaje de la Redención… Al principio, no pensé en el sacerdocio, no me atrevía. Quise prestar mi servicio como hermano lego. Para eso me dirigí a los misioneros del Sagrado Corazón. Mi director espiritual me encaminó con decisión a los estudios y así he llegado a ser sacerdote en esta Congregación, para servir a la gloria de Dios y a la salvación de las almas. En este camino, fui guiado por la Madre (María). Gracias sean dadas a Dios.

El Padre Taisid había sido educado como católico por su madre, que murió siendo él un niño. A los quince años se fue de su pueblo natal y se unió a un grupo de piratas y pescadores de perlas en el Extremo Oriente con los que estuvo ocho meses. Pero un día vino una gran tempestad y el viento arrastró la nave hacia unos acantilados y encalló. Entonces, el jefe de aquellos piratas le dijo que se colocara el traje de buzo para descender al mar y examinar el casco de la nave. Él mismo nos dice:

Descendí al fondo del barco y vi que el casco estaba intacto, pero estaba atascado entre unas rocas por la parte inferior. Tendríamos que esperar a que subiese la marea. Sólo entonces el barco podría salir de las peñas que lo apresaban y volver a navegar. Pero, estando en el fondo, vi un esqueleto humano. Me acerqué y vi entre los huesos una cadenita de plata que tenía un pequeño relicario. Me lo guardé en el cinturón de buzo.

Terminada la inspección, me subieron a bordo y me retiré con ansia de saber cuál era el contenido de aquel relicario. Lo abrí muy despacio; pero mis ojos ávidos de riqueza, sólo encontraron un pedazo de papel que decía:“Jamebel Ben-Agar, misionero católico en tierras de Arabia. ¡Oh dulce Jesús, te doy gracias, porque me has concedido realizar un fecundo y largo apostolado! Señor, la mies es mucha y los obreros pocos. ¡Envía operarios a tu mies!”.

Me invadió una intensa emoción y decidí mostrarles mi hallazgo a los otros marineros. Uno de ellos comentó que, hacía tres años, una embarcación que venía de Arabia se había estrellado en aquel mismo lugar. El navío empezó a hundirse y todos buscaron la salvación. Sólo un hombre, en vez de escapar, se preocupó de poner a salvo a los demás. Les hablaba de Dios y les perdonaba sus pecados. Era un misionero católico, que había trabajado en Arabia y ahora se dirigía a fundar una nueva cristiandad.

El relato del viejo pescador me conmovió vivamente y decidí dejar aquella vida entre piratas y ser un sacerdote, pescador de hombres.

Abbé Pierre, ha sido un sacerdote francés, que durante muchos años ha estado en la primera plana de los periódicos, y que llegó a ser miembro del Parlamento francés y ha fundado una asociación internacional, Los traperos de Emaús, para ayudar a los más pobres a ganarse la vida, recogiendo las cosas útiles de los basureros de las grandes ciudades. Él dice sobre su vocación:

Para mí tuvo gran importancia la oración en familia, dicha sin una sola noche de omisión. Muchas veces, he podido, desde que soy sacerdote, apoyándome en esta experiencia vivida, exhortar a quien va a ser padre de una familia cristiana, a que dé a sus hijos esta lección, esta herencia, la más preciosa de todas: el ver a diario a su padre y a su madre, arrodillados en humilde y ferviente oración ante el Señor… Fui ordenado sacerdote el día de san Bartolomé de 1938… Seis meses después de empezar a trabajar como coadjutor, llegó la guerra de 1939. Desmovilizado, enfermo, llamado a la catedral de Grenoble como vicario después de un año de convalecencia; entonces, por arrancar de la Gestapo a los judíos perseguidos, empecé a atravesar la frontera y luego fui capellán de los dolorosos y heróicos “maquis” de Chartreuse y de Vercors. Dos veces fui detenido y evadido. A fines de 1944, estuve en África y luego fui capellán de la Marina; después llegué al Parlamento como diputado. Con mi paga de diputado empecé los grupos de Emaús y su primera comunidad de hombres desesperados y luego su primera ciudad de familias obreras sin refugio. Posteriormente, tomé la decisión de abandonar el Parlamento antes que aceptar una ley sin justicia…

Nadie puede saber por qué camino, ordinario o extraordinario, le llamará el Señor al sacerdocio, pero todos saben que no hay camino en la vida de un sacerdote que no suba al calvario. Que cada cual se arme de paciencia, porque cuanto más duro le sea el Seminario, mayor y más fuerte es su esperanza. La piedra que el artesano pule para la catedral es la elegida, la piedra de la que él espera una belleza única, la que, lentamente, talla para que sea su obra maestra y cante para el Señor un canto más puro.

No se nos pide más que decir sí, no nosotros solos, sino sí con el Señor. No se nos pide más que querer y dejarnos llevar con la vela tendida al viento. Depende de nosotros ser vela tensa o suelta. El viento sí que no es nuestro.

La Madre Teresa de Calcuta nos dice: Un día recogimos en la calle a un niño huérfano, cuya madre había muerto. La madre había sido descendiente de una familia acomodada, que había caído en la pobreza. El niño creció entre las religiosas y maduró su deseo de ser sacerdote. Cuando le preguntaban por qué quieres ser sacerdote, decía: “Quiero hacer a otros niños lo que Madre Teresa hizo por mí. Quiero amarlos como ella me amó a mí. Quiero servir a los demás como ella me sirvió a mí”. Actualmente el joven es ya sacerdote, un sacerdote dedicado con amor a los más pobres de entre los pobres.

El padre José Luis Martín Descalzo, famoso periodista español, dijo una vez que se había hecho sacerdote, porque le daba pena Dios. Veía las iglesias desiertas y la gente que pasaba indiferente delante de ellas, y decidió hacer compañía a Jesús, amarlo y hacerlo feliz.

Y decía: Elegí el sacerdocio por amor. Y no me arrepiento en absoluto. He tenido que renunciar a algunas cosas, pero son tan pequeñas frente a lo que he recibido, que me parecía ridículo tenerlas en cuenta. Ciertamente que todos los caminos del mundo son hermosos, porque vivir es estupendo, pero si se tiene amor para dar y vender, que no se olvide que el sacerdocio es un buen camino para realizarlo. Se gana muy poco dinero, pero se tiene la vida muy llena. A veces, hay que subir a la cruz, pero en ella sólo se está de viernes a domingo, porque pronto viene la resurrección. Y, en todo caso, el precio que se paga por el sacerdocio (celibato, las renuncias y todo eso), es infinitamente menor que lo que se recibe. Yo, al menos, nunca me he arrepentido de mi elección y sigo creyendo que ser sacerdote es algo que vale la pena.

Conozco personalmente a un sacerdote que me decía que él se había hecho sacerdote para hacer feliz a Dios. Un día estaba paseando frente a la iglesia parroquial, cuando vio a un joven que recogía papeles y botellas de la basura que dejaban los vecinos en la puerta de sus casas. Y para entrar en conversación con él, se acercó a saludarlo y le invitó a un pastel que había comprado minutos antes. En ese preciso momento, como un relámpago, tuvo la intuición clara de que Dios le sonreía y se sentía feliz por aquella acción. Comprendió, con una luz sobrenatural especial, que valía la pena vivir para hacer feliz a Dios.

Desde entonces, procura vivir su sacerdocio haciendo feliz a Dios, haciendo felices a los demás. Y, por otra parte, celebra cada día la misa por amor a Dios y para gloria de Dios, y se ofrece con Jesús por la salvación del mundo. Ahora comprende que ser sacerdote es algo tan grande y hermoso que vale la pena renunciar al mundo entero con tal de hacer feliz a Dios y, a la vez, hacer el bien a todo el universo y a la humanidad entera. Para él, ser sacerdote es hacer feliz a Dios. Y Dios, que no se deja ganar en generosidad, lo hace un sacerdote feliz. ¿Estás tú dispuesto a hacer feliz a tu Dios y Señor?

Ciertamente, vale la pena ser sacerdote. Podrán pasar los años y venir las limitaciones de la edad y de las enfermedades. Yo, personalmente, no podré olvidar nunca aquel día de julio en el que Dios se dignó ungir mis manos y hacerme su sacerdote para siempre. Dios hizo en mí maravillas, porque es grande su amor. Ha querido necesitar mi ayuda de hombre imperfecto y débil, y me ha escogido para seguirle a tiempo completo y encender luces en el camino de mis hermanos. Todo comenzó aquel 14 de julio de 1968, en la capilla de nuestro convento de Salamanca. ¡Que Dios sea bendito por los siglos! Por eso, si mil veces naciera, mil veces me haría sacerdote.

Un sacerdote es: Una parroquia que no muere Una iglesia que no hay que cerrar. Un sagrario, donde siempre está Jesús esperándonos. Una misa celebrada cada día durante 40, 50 o más años. Un sinnúmero de niños bautizados y de jóvenes y adultos instruidos en la fe. Un gran número de enfermos visitados, consolados y santificados. Una muchedumbre de pecadores convertidos. Un ejército de almas salvadas del vicio y de las malas costumbres y un rebaño inmenso de moribundos conducidos a la paz de Dios.

ORACIÓN DEL LAICO

Señor, quiero agradecerte en este día por los sacerdotes y pedirte que envíes a la Iglesia muchos y santos sacerdotes. Escoge entre mi familia algunos que puedan seguirte a tiempo completo y sin condiciones en el sacerdocio. Te pido que los defiendas de los peligros y tentaciones que los acechan, que los protejas de todo mal y de todo poder del maligno. Bendice a nuestros sacerdotes. Si ellos hubieran preferido una mujer y unos hijos, ahora estaríamos abandonados y no tendríamos la Eucaristía.

Gracias, Señor, por haberles dado el valor de seguirte hasta el sacrificio. Dame la gracia de comprenderlos, de perdonarlos, cuando caigan, de ayudarlos con mis oraciones y mi amistad. Sé que no son perfectos, pero si todos fueran perfectos, ¿podrían entender mis debilidades? Ellos son hijos de nuestra tierra, con todas las limitaciones humanas, pero con todos los poderes del cielo. Bendícelos, Señor, para que todos los días nos traigan el pan del cielo de la comunión y podamos encontrar en ellos unos padres comprensivos y amables, que nos aconsejen y nos guíen por el camino del bien.

Señor, a veces, es fácil criticarlos. Me olvido que deben acompañarnos, aunque se sientan solos; que deben consolarnos, aunque estén tristes. Señor, enséñame a comprender a nuestros sacerdotes, enséñame a amarlos y a ayudarlos en sus penas y dificultades, y haz que encuentren muchos imitadores tuyos entre nosotros. Amén.

TESTIMONIO

Una religiosa contemplativa me escribía: Antes de entrar religiosa, una fuerza grande me empujaba a pedir y ofrecerme entera por los sacerdotes y, desde siempre, cada sacerdote es alguien muy especial en mi vida. Esto se incrementó cuando conocí en Salamanca a una monjita de clausura. Las dos ofrecemos cada día nuestras vidas en clave “pro eis” (por ellos). ¡Qué sentido tan hermoso tiene así todo para que ellos sean los encargados de llevar a Cristo a las almas y sean santos! ¡Cuántas veces durante el día se eleva mi oración en el ajetreo del trabajo cotidiano para que cada sacerdote sea de verdad otro Cristo! Es cierto que todos estamos llamados a la santidad, pero ellos deben ser los espejos del mismo Cristo sacerdote.

Pasé unos años asistiendo a la cabecera de los enfermos por la noche. ¡Qué hermosa misión! En los ratos en que el enfermo descansaba, visitaba cada sagrario y le decía al ángel de la guarda que llevara a Jesús mi cariño y velara por cada sacerdote extendido por el mundo. ¡Qué noches tan deliciosas junto al lecho de tantos enfermos!

Todos debemos ser almas sacerdotales y orar por ellos. Un alma sacerdotal debe ser profundamente amante del sagrario. Toda ella debe estar marcada por la adoración, por el silencio reverente y adorante al amor de Jesús oculto y silencioso en el sagrario. El alma sacerdotal es el alma del SI pleno y profundo a todos los mínimos detalles de Jesús. El alma del “Fiat” amoroso, imitando constantemente a María en sus SI ilimitados a Dios. Es un alma dócil al Espíritu Santo, que la purifica y la hace entregarse, amando a Cristo. Es un alma profundamente amante de la oración, un alma reparadora y amante del Corazón de Jesús, que desea que tantos lo amen y conozcan.

“Pro eis” (por ellos). Con cuánta fuerza grita mi corazón esta frase. En mi recuerdo, actuar, oración..., continuamente viven ellos. Mi vida entera es oblación permanente por ellos. ¡Si cada sacerdote lo entendiera y viviera como hostia ofrecida, entregada, amasada para la gloria de Dios! ¡Qué distinto sería el mundo!

¡Oh María, Madre de los sacerdotes, rodéalos con tu presencia! Infunde tu amor de madre al Papa, a los obispos y sacerdotes para que en sus momentos de dolor e incomprensión, sientan a su lado el amor de una Madre. A medida que escribo esto, unas ganas infinitas de santidad me brotan dentro: “Padre, yo por ellos me santifico para que sean santificados en la verdad”. Hago mía esta frase que sintetiza todo mi ser, que quiere inmolarse cada día por ellos.

Espíritu Santo, hazme entender que sólo mi vida estará plena si es hostia y patena por tus otros cristos. María, madre mía, dame tu pureza para comprenderlos, para disculparlos, para orar siempre por su santidad.

Oh Jesús, tú que has puesto en mi alma estas ansias de santidad sacerdotal, esta joya preciosa de pedir por los sacerdotes, dame cuanto necesito. Tú entiendes mi pobreza y debilidad, pero te amo y deseo tu voluntad. Mira a cada sacerdote del mundo e infunde en ellos el deseo de santidad. Mis palabras son muy pobres, pero mis ansias de amar y de entregarme e inmolarme por ellos son infinitas. Mira, Señor, a tus sacerdotes y hazlos santos. Amén.

SACERDOTE PARA SIEMPRE

Los fieles son muy exigentes con sus sacerdotes. Pero no pueden imaginar sus luchas interiores o sus limitaciones humanas. Quien dio su paso al frente con toda la generosidad de sus 24 años, sigue siendo un hombre como los demás. Y no hay día en que el hombre, que sigue vivo dentro de él, no tenga que luchar contra sus limitaciones, defectos y tentaciones.

El sacerdote, como ser humano, también necesita cariño y comprensión. No necesita muchos cumplidos ni regalos complicados. Pero necesita que los fieles, que están a su cuidado, le demuestren con su afecto y comprensión que él no ha ofrecido su vida en vano. Y, porque sigue siendo hombre, puede tener necesidad alguna vez de un gesto delicado de amistad desinteresada, sobre todo, cuando se sienta solo, esté enfermo o tenga dificultades en el ejercicio de su ministerio pastoral.

El sacerdote podría orar así:

Señor, esta tarde estoy solo. Tengo 35 años, un cuerpo hecho como los demás cuerpos, unos brazos jóvenes para el trabajo, un corazón destinado al amor. Pero yo te lo he dado todo, porque en verdad que a Ti te hacía falta. Es duro dar su cuerpo: él querría entregarse a los otros. Es duro amar a todos sin reservarse nadie, es duro estrechar una mano sin querer retenerla, es duro dar siempre sin esperar recompensa.

Hijo mío, no estás solo: Yo estoy contigo. Yo soy tú, pues necesitaba una humanidad de recambio para continuar mi Encarnación y Redención. Desde toda la eternidad te elegí y te necesito. Necesito tus manos para seguir bendiciendo, necesito tus labios para seguir hablando, necesito tu cuerpo para seguir sufriendo, necesito tu corazón para seguir amando. Te necesito para seguir salvando. Continúa conmigo, hijo mío.

Oh, Señor, aquí está mi cuerpo, he aquí mi corazón y mi alma… Dame tu gracia y tu amor. En esta tarde, quiero renovar mi Sí, consciente de que Tú me necesitas. Y quiero agradecerte mi sacerdocio y haberme escogido para la gran tarea de salvar a mis hermanos. Sí, Señor, aquí estoy para servirte. Quiero ser sacerdote para siempre. Te lo digo con sencillez y humildad, solo ante Ti, Señor, en la paz de la tarde y de mi alma.

ORACIÓN DEL SACERDOTE

Jesús, estoy en tu presencia y quiero que Tú me hagas sentir tu amor. Creo que realmente estás presente en el sacramento de la Eucaristía y que me has escogido, desde toda la eternidad, para ser tu sacerdote. ¿Estas contento conmigo, sobre todo en el momento de la misa, cuando somos UNO? ¡Cuántas veces habrás tenido que soportar mi indiferencia, mi tibieza y mis pecados! Por eso, en este momento, te pido perdón y te pido que envíes sobre mí el poder del Espíritu Santo para que me transforme en Ti en cada Eucaristía. Tú me has constituido pastor y guía de tu pueblo. Tú me has dado una gran misión en la Iglesia y en el mundo; ayúdame a cumplirla.

No quiero ser mediocre. Tú quieres que sea santo. Ayúdame a servirte con un corazón puro y limpio. Bendice a quienes no me comprenden o no me aman. Bendice a todos los que tú me has encomendado, aunque muchos de ellos no me conozcan ni me amen.

Jesús, haz que sea otro Cristo en la tierra. Transfórmame y renueva mi sacerdocio. Que cada misa sea para mí como renovar la entrega total que te hice el día de mi ordenación. Que cada misa la viva intensamente en unión con todos los santos y ángeles. Que viva esos momentos de cielo en la tierra con fe y amor, intercediendo por todos los hijos que me has dado y por todos los hombres del mundo entero. Gracias, Jesús, por haberme escogido desde toda la eternidad. Hazme un sacerdote santo. María, Madre mía, acógeme en tu Inmaculado Corazón y cuídame con amor de madre. Amén.

También podría decir el sacerdote cada día, como cualquiera de nosotros, esta oración del famoso poeta español Calderón de la Barca:

¿Qué quiero mi Jesús? Quiero quererte. Quiero cuanto hay en mí del todo darte, sin tener más placer que el de agradarte, sin tener más temor que el de ofenderte. Quiero olvidarlo todo y conocerte. Quiero dejarlo todo por buscarte. Quiero perderlo todo por hallarte. Quiero ignorarlo todo por saberte. Quiero, amable Jesús, quiero abismarme en ese dulce abismo de tu herida y en tus divinas llagas abrasarme. Morir a mí, para vivir tu vida. Perderme en ti, Jesús, y no encontrarme.

* * * * *

Despacio y con devoción, di, sacerdote, la misa. Que lo corrido y de prisa desdice a tu dignidad… ¡Y no sabes si será el último sacrificio! Haz como debes tu oficio y Dios te lo premiará. (Beato Diego de Cádiz)

CONCLUSIÓN

Después de haber explicado en las páginas anteriores lo que es el sacerdocio y de haber visto la inmensa dignidad y grandeza del sacerdote, podemos concluir que la vocación sacerdotal es un regalo maravilloso de Dios, que da solamente a algunos pocos escogidos. ¿Por qué? Son los misterios de Dios, incomprensibles para nosotros. Y ¿por qué de entre los escogidos son pocos los que llegan a la meta? Y ¿por qué hay defecciones entre los que ya llegaron al sacerdocio? Son los misterios de la libertad humana, que Dios siempre respeta.

Sin embargo, hay que decirlo bien alto: Vale la pena ser sacerdote y seguir a Cristo sin condiciones y a tiempo completo. Sin sacerdotes, el mundo estaría sin la luz de la Eucaristía, que alumbra nuestra existencia. Sin sacerdotes, el mundo estaría a la deriva, al no tener quien lo oriente en nombre de Dios. Cristo fundó una Iglesia, que es columna y fundamento de la verdad (1 Tim 3, 15) y en ella los sacerdotes son los que deben irradiar la luz de sus enseñanzas, dar el perdón en nombre de Dios y ser los intercesores, que hablen cada día a Dios de los hombres y a los hombres de Dios.

Agradezcamos a Dios por el don inmenso del sacerdocio católico. Oremos por nuestros sacerdotes para que sean santos; ayudémosles en sus debilidades y pidamos al Señor que haya muchos que sigan sus huellas para gloria de Dios y salvación de los hombres. Amén.

Tu hermano y amigo para siempre

Ángel Peña Agustino recoleto.

Sacerdote, celebra tu misa, como si fuera tu primera misa. Como si fuera tu última misa. Como si fuera tu única misa. BIBLIOGRAFÍA

Amorth Gabriele, Narraciones de un exorcista, Ed. san Pablo, Bogotá, 1994. Amorth Gabriele, Nuovi Raconti di un esorcista, Ed. Dehoniane, Roma, 1992. Cabrera de Armida Concepción, A mis sacerdotes, Ed. La cruz, México, 1979. Carmela della Croce, L’Eucarestia, Ed. Martín, 1996. Ciszek Walter, He leadeth me, Ignatius Press, San Francisco, 1995. Ciszek Walter, Espía del Vaticano, Ed. Luis de Caralt, Barcelona, 1967. Córdova Jorge, Sé tú una bendición, Quito, 2002. Da Cervinara Tarsicio, La messa di Padre Pio, Ed. Casa sollievo della sofferenza, San Giovanni Rotondo, 1975. DeGarndis, Curación a través de la misa, Ed. AMS, Bogotá, 2003. Echevarría Javier, Para servir a la Iglesia, Ed. Rialp, Madrid, 2001. Fortea José Antonio, Summa daemoniaca (edición expansiva), Ed. Dos latidos, 2004. García Lahiguera José María, Santidad sacerdotal, Ed. San Pablo, Madrid, 1998. Gobi Esteban, La Virgen a los sacerdotes sus hijos predilectos. Hahn Scott, La cena del Cordero, Ed. Rialp, Madrid, 2003. Jenkins, Pedophiles and priests, Oxford University Press, New York, 1996. Juan Crisóstomo San, De sacerdocio. Juan Pablo II, Don y misterio, BAC, Madrid, 1996. Juan Pablo II, Levantaos, vamos, Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 2004. La Barrera Ronald, El poder de la oración, Ed. Huellas, Trujillo (Perú), 2003. Linn Matthew y Dennis, Sanando la herida más profunda, Ed. Minuto de Dios, Bogotá, 2000. Llorente Segundo, Cuarenta años en el círculo polar, Ed. Sígueme, Salamanca, 2004. Miquelini Octavio, Mensajes de Jesús a un sacerdote, Menizales (Colombia). Montini Giovanni Battista, Sacerdocio católico, Ed. Sígueme, Salamanca, 1966. Nguyen Van Thuan, El gozo de la esperanza, Ed. Ciudad Nueva, Madrid, 2004. Prado Flores José, Testimonios sacerdotales, México, 1990. Quoist Michael, Oraciones para rezar por la calle, Ed. Sígueme, Salamanca, 1972. Ratzinger Joseph, Al servicio del Evangelio, Ed. Vida y espiritualidad, Lima, 2003. Ratzinger Joseph, De la mano de Dios, Ed. Eunsa, Pamplona, 1998. Ratzinger Joseph, Dios y el mundo, Ed. Círculo de lectores, Barcelona, 2002. Ratzinger Joseph, Eucaristía, centro de la vida, Ed. Edicep, Valencia, 2003. Ratzinger Joseph, Mi vida, Ed. Encuentro, Madrid, 2005. Salerno Giovanni, Misión andina con Dios, Ed. Edibesa, Madrid, 2002. Sans Vila, ¿Por qué me hice sacerdote?, Ed. Sígueme, Salamanca, 1959. Scozzaro Giulio Maria, Sacerdote, chi sei tu?, Ed. Associazione cattólica, 1999. Toth Tihamer, Eucaristía, Ed. Atenas, Madrid, 1994. Zimbróm Ricardo, El sacerdote, Ed. La cruz, México, 1990.

Gracias Señor, por ser sacerdote.

 

 

Ir al Indice           

 

 

Si esta Página ha sido de su agrado

por favor entre aquí y

Recomiéndela


 

El Administrador de este Sitio tiene algo que decirte, escúchalo en su Album "Mis Charlas en el Chat Católico Omega Voz". Escúchalo y si te gusta algún mensaje, descárgalo y compártelo. Para ir y escucharlo presiona aquí

 

VISITE NUESTRO CHAT CATOLICO "OMEGA VOZ", CHAT DE TEXTO Y AUDIO

 

Ir a Chat Omega Voz

  

 

 

 

 

| Inicio | Imágenes | Diversión | Temas | Música | Oraciones | La Biblia | ConocerLibrosVideos | Chat | Cine | Autor | MapaEnlacesWebmasters | Televisión | Radio |



 

Presione g+1 para recomendar esta página