Jesús, Confío en Tí

Libro del Padre Angel Peña O.A.R.

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JESÚS, CONFÍO EN TI

Nihil Obstat P. Ignacio Reinares Vicario Provincial del Perú Agustino Recoleto

Imprimatur Mons. José Carmelo Martínez Obispo de Cajamarca (Perú)

ÁNGEL PEÑA O.A.R LIMA - PERÚ

ÍNDICE GENERAL

INTRODUCCIÓN

La santidad. El Espíritu Santo La voluntad de Dios Confianza total Abandono en Dios El plan de Dios Algunos ejemplos. Testimonios No tengas miedo Consagración a Jesús Oraciones

CONCLUSIÓN

BIBLIOGRAFÍA

INTRODUCCIÓN

En este libro deseo animar a todos a confiar sin reparos en el amor y en la misericordia del Señor. Muchos de nuestros contemporáneos, cuando tienen problemas, prefieren acudir al médico, al siquiatra o al sicólogo, antes que ir a una iglesia a visitar a Jesús Eucaristía. Pero Jesús es un amigo cercano, un amigo que siempre nos espera, y que nos necesita para la gran tarea de la salvación del mundo. Por eso, a los más arriesgados de sus amigos, les pide todo. Una confianza sin límites en su bondad, en su perdón, en su amor, en su providencia. Y pide un abandono total en sus manos, sin condiciones de ninguna clase. Jesús lo quiere todo y lo espera todo para así poder hacer de cada uno un hombre según sus planes. Esto significa que debemos estar dispuestos a hacer siempre y en cada momento su santa voluntad y no lo que más nos gusta o lo más fácil y cómodo.

Vale la pena darlo todo y arriesgarlo todo por Jesús. Él no se dejará ganar en generosidad y nos recompensará mucho más de lo que podemos pensar o imaginar. Él nos hará santos, que es lo máximo que podemos desear.

Es lo que deseo a cada uno de mis lectores. Que Dios te bendiga y te dé la gracia de la plena confianza y del abandono total. Que seas santo y puedas decir, de verdad, en cada momento de tu vida: ¡Jesús, yo confío en Ti!

LA SANTIDAD

La santidad es amor. Y tú estás invitado por Dios a llevar una vida plena de amor a Dios y a los demás. Dios quiere que seas santo, ni más ni menos. Tu Padre Dios lo quiere, pues no hay nada mejor para ti que amar a Dios con todo tu corazón y al prójimo como a ti mismo. Éste es el primer y más importante mandamiento y el primer y más grande deseo que debemos tener en el corazón. Porque, si queremos ser felices, aun en esta vida, sólo lo lograremos siguiendo el camino del amor.

Estamos hechos de amor. Dios es Amor y nos ha creado por amor y para amar. ¿Puede haber algo más grande y hermoso que amar? El amor da sentido a nuestra vida. Sin amor tu vida estará vacía y sin sentido. Te invito a que ames con todo tu corazón y nunca te canses de amar. Que ames sin descanso a todos y en todas partes. Que ames ahora y siempre. Ama en cada momento, haz bien lo que estás haciendo. No seas mediocre, haciendo las cosas a medias o de cualquier manera. Dios espera de ti lo mejor, no seas comodón, no seas mentiroso, no hagas las cosas por cumplir o por quedar bien. Cumple tus obligaciones a cabalidad y sentirás la alegría de Dios dentro de tu corazón.

Ahora bien, para ser santo hay que tener, como decía santa Teresa de Jesús, una determinada determinación. Hay que querer ser santo. ¿Tú quieres ser santo? ¿Crees que es imposible para ti? ¿Crees que no tienes madera de santo? Te lo digo en el nombre de Dios: Tú tienes madera y puedes ser santo. Otra cosa es que prefieras vivir una vida de comodidades y satisfacciones humanas.

Entonces, nunca podrás ser santo, pues antepondrás tus deseos y placeres al cumplimiento de la voluntad de Dios, que, a veces, te exige renunciar a las comodidades para hacer el bien a los demás. ¿Estás dispuesto a renunciar a los placeres para hacer el bien en todo momento y hacer siempre la voluntad de Dios?

Todo lo que hagas, hazlo por amor a Dios y a los demás. Nunca hagas algo por puro placer. Hazlo todo con sentido sobrenatural, ofreciéndolo a Dios con amor. Puedes decir a cada instante: Señor, es por tu amor. Nunca hagas algo que sea malo, de acuerdo a tu criterio personal, pues estarías rechazando directamente la voluntad de Dios. Ser santo es cumplir siempre la voluntad de Dios. Es vivir el Padrenuestro de verdad, cuando decimos: Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. ¿De verdad quieres hacer la voluntad de Dios? ¿De verdad quieres ser santo? Entonces, recuerda que ser santo es amar a Dios hasta el punto de hacer siempre lo que le agrada. Así fue la vida entera de Jesús. Él mismo dice: El que me envió está conmigo y yo hago siempre lo que es de su agrado (Jn 8,29). Y llegó al extremo de hacerse semejante a los hombres y en la condición de hombre, se humilló hecho obediente hasta la muerte y muerte de cruz (Fil 2,8).

Y decía: Yo he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió (Jn 6,38). Por eso, en el momento más difícil, cuando estaba en el huerto de Getsemaní sudando sangre, puesto de rodillas, oraba diciendo: Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad sino la tuya (Lc 22, 41-42).

¿Está claro, entonces, que para ser santo debes cumplir siempre la voluntad de Dios? Debes renunciar a tus gustos y deseos para hacer siempre lo que a Él le agrada. Ser santo es ofrecerle todo, absolutamente todo lo que eres y tienes. Hazlo todo por amor a Él. Dios no mira tanto lo que haces cuanto el amor con que lo haces. La diferencia entre un santo y otro que no lo es, está en el amor. Quizás hacen las mismas cosas, pero uno lo hace con amor y el otro no. Veamos la historia de Juan el lechero.

San Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, cuenta que estando en Pamplona haciendo un retiro, el año 1938, todas las mañanas oía en la iglesia rectoral de santa Isabel un abrirse la puerta con estrépito y volver a cerrarse. Se propuso saber qué era aquello. Esperó cerca de la puerta y, cuando llegó el autor de aquellos ruidos, lo abordó preguntándole que es lo que hacía:

- Yo, padre, paso todas las mañanas por delante de la iglesia, repartiendo leche por las casas. Abro la puerta, no con mucha delicadeza, y le digo a Jesús que está en el sagrario: Aquí está Juan el lechero.

A Josemaría le impresionó vivamente el encuentro con aquel hombre y aprendió una buena lección de cómo tratar a Jesús con sencillez. Alguna vez, recordando aquello, dirá en su oración: Jesús, aquí está este sacerdote, que no sabe tratarte como Juan el lechero.

El padre Mateo Crawley, el apóstol mundial de la devoción al Corazón de Jesús, relata que en una oportunidad, se encontró con un indígena chileno, que era carbonero y amaba mucho a Dios, aunque apenas conocía algo de religión y era muy ignorante. No sabía ni el padrenuestro ni el avemaría. Pero rezaba con toda confianza a Dios. El padre Mateo le preguntó: ¿Cómo rezas?

- Por las mañana le digo: "Señor Jesús, tu costal de carbón está listo para trabajar, ayúdame". Y en la tarde le digo: " Señor, tu costal de carbón va a descansar, ayúdame”.

Y el padre Mateo, ante la fe de aquel carbonero, estuvo a punto de arrodillarse y agradecerle por su fe y su amor a Dios. Porque no hace falta dirigirse a Dios con grandes discursos ni con libros hermosos, donde hay bellas oraciones. Lo que quiere el Señor es amor sencillo y confianza plena, nada más.

Henri Brémond en su libro Historia del sentimiento religioso, escribe: La Madre Ponconnas, fundadora de las hermanas Bernardas reformadas, siendo niña, estuvo a cargo de una vaquera muy pobre que pensó que no tenía ningún conocimiento de Dios. Ella comenzó con todo interés a darle alguna instrucción. La vaquera le rogó con abundantes lágrimas que le enseñase lo que tenía que hacer para terminar el padrenuestro, pues decía: “Yo no sé llegar hasta el final. Desde hace casi cinco años, cuando pronuncio la palabra Padre y considero que Él está arriba, lloro de alegría y me quedo todo el día en este estado de amor, cuidando mis vacas”.

El padre Ignacio Larrañaga escribe: La vida me fue enseñando que el amor es la suprema energía del mundo y que el principio de toda santidad consiste en dejarse amar, porque sólo los amados, aman... Una noche me senté en una piedra en el campo y me encogí sobre mí mismo, tomé mi cabeza entre las manos y permanecí inmóvil, paralizado, vacío de todo durante un buen rato.

Después, concentrado, tranquilo, comencé a repetir la inefable invocación: “¡Abba, Papá querido!”. Innumerables veces la repetí, cada vez con mayor concentración y desde el fondo de la eternidad, poco a poco, fue emergiendo el Padre con una mirada amorosa, envolviéndome con un amor sin medidas ni controles... Y tuve la sensación de que todo mi cuerpo, mejor dicho, mis arterias se habían transformado en ríos caudalosos de dulzura. ¡Papá querido!... Al final, sólo quedó el Amor. ¡Oh mi querido papá, mil veces bendito! Yo me dejé arrastrar por las olas y no supe más.

El amor de Dios, que se ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rom 5,5), es quien nos va santificando. Por eso, no hay santidad sin amor y sin el Espíritu Santo.

EL ESPÍRITU SANTO

El Espíritu Santo es la personificación del amor del Padre y del Hijo. Podríamos decir que es el Amor de Dios en persona. Por eso, todo el que quiera amar de verdad necesita el poder y el amor del Espíritu Santo. Los apóstoles, antes del día de Pentecostés, estaban llenos de miedo y no eran capaces ni de salir a la calle a predicar. Apenas habían entendido las enseñanzas que Jesús les había estado comunicando durante los últimos tres años. Pero el día en que el Espíritu Santo irrumpe en sus vidas, quedan transformados y el amor de Dios se derrama en ellos con todo su poder. Y el amor les da fuerza para superar el temor y salir a predicar sin miedo al qué dirán y sin miedo a los sufrimientos ni a la muerte. Y Dios hace maravillas por medio de ellos. Ese mismo día se convierten tres mil personas.

El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia. Sin Él, la Iglesia estaría vacía y sin vida. Dios parecería lejano; Cristo, un personaje histórico del pasado y el Evangelio sería letra muerta. Sin el Espíritu Santo, nosotros estaremos sin fuerza espiritual. Podemos decir que somos cristianos, pero no habremos entendido nada del mensaje de Jesús; no habremos experimentado su amor y la Biblia será para nosotros palabras bonitas, que no entenderemos ni seremos capaces de seguir. Sin el Espíritu Santo estaremos sin amor o con un amor tan pobre en el corazón que apenas nos bastará para amar a la familia y poco más. Pero, cuando el Espíritu Santo irrumpa en nuestra vida, entonces, nos llenará de su amor, nos dará fortaleza para sufrir y para predicar, y entenderemos lo que significa ser cristianos, capaces de dar la vida por Cristo. ¡Qué fácil es, con Él, predicar y hablar a los demás de Dios! ¡Qué maravillas realiza en nuestra vida!

Ahora bien, el Espíritu Santo nos llenará en la medida de nuestra disposición y capacidad. Por ello, debemos pedir constantemente: Ven, Espíritu Santo, lléname de tu amor y de tu santidad. Y Él nos dará un amor grande y profundo a Jesús, presente en la Eucaristía; y a María la madre de Jesús; y a la Iglesia de Jesús, nuestra Iglesia católica; y a la Palabra de Jesús, escrita en el Evangelio; y al representante de Jesús en la tierra, el Papa; y a todos los hermanos de Jesús, que son todos los hombres, y sentiremos un gran amor por todos, especialmente, por los más pobres y necesitados, y tendremos el deseo de ayudarlos, sobre todo, en su salvación eterna, siendo apóstoles de Jesús.

Ven, Espíritu Santo, transfórmame, cámbiame, ilumíname, ayúdame, hazme un hombre nuevo y llena mi corazón de tu amor para amar a todos sin distinción. Y dame la gracia de cumplir siempre la voluntad de Dios para amarlo con todo mi corazón.

LA VOLUNTAD DE DIOS

La Virgen María es un modelo perfecto en el cumplimiento de la voluntad de Dios. Su vida se resume en el Fiat (hágase) del momento de la Anunciación: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra (Lc 1,38). Y todos los santos lo fueron en la medida en que cumplieron fielmente la voluntad de Dios en cada instante. No se trata de hacer nada extraordinario, sino de vivir cada momento pendientes de la voluntad de Dios para poder cumplirla.

Ahora bien, ¿cómo conocemos la voluntad de Dios? Viviendo cada momento con paz y aceptando las cosas que nos suceden como venidas de la mano de Dios, lo mismo las agradables que las desagradables. Y haciendo lo que debemos hacer por amor, como una ofrenda amorosa a nuestro padre celestial, es decir, haciendo todo bien hecho. Decía el Papa Juan XXIII: Debo hacer cada cosa bien hecha, rezar cada oración, cumplir aquel punto del reglamento, como si no tuviera otra cosa que hacer, como si el Señor me hubiera puesto en el mundo sólo para hacer bien aquella acción y mi santificación y mi eternidad dependiera del éxito de ella sin pensar en las cosas de antes o en las que vendrán.

Hacer la voluntad de Dios es vivir el momento presente, pendientes de agradar a Dios, pensando siempre en cómo hacerlo feliz. He ahí el punto clave: QUERER HACER FELIZ A DIOS. Y Él no se dejará ganar en generosidad y nos dará una inmensa alegría interior, que nos hará compartirla con los que nos rodean. Por eso, los verdaderos santos son personas alegres. Y siempre se ha dicho que un santo triste es un triste santo.

Cumplir la voluntad de Dios significa dejarse llevar por Dios como un niño en brazos de su madre. Es olvidarse de uno mismo para pensar siempre en Él y en los demás. Es eliminar de nosotros todo temor por la muerte, enfermedades o peligros, confiando en Él.

Él cuida de nosotros y de nuestras cosas. Es como un contrato en el que Dios no va a fallar y nos da una gran seguridad, sabiendo que estamos en buenas manos. Él nunca nos abandonará. De esta manera, los temores se esfuman como el humo. Podemos atravesar tempestades de tentaciones o de enfermedades, de desalientos o de sequedades de espíritu; pero si, seguimos confiando en Dios, en el fondo del alma, tendremos paz.

Nada debe temer el alma que confía y desea cumplir la voluntad de Dios. Si cae o comete errores, sabe que está en las manos de un Dios amoroso y, al igual que un niño pequeño, sabe que su Padre arreglará las cosas y todo lo permite por su bien. Y, por eso, puede decir con el Salmo 23: Aunque pase por un valle de tinieblas, no temeré mal alguno, porque Tú estas conmigo (Sal 23, 4).

Una persona, entregada a cumplir la voluntad de Dios, puede preguntarle en cualquier momento para aclarar sus dudas, al igual que San Pablo: Señor, ¿qué quieres que haga? (Hech 22, 10). Y, obrando con total buena voluntad, aunque no reciba luces especiales para obrar, estará actuando conforme a la voluntad de Dios. El Señor, quizás sin que ella se dé cuenta, irá tejiendo la maravillosa trama de su santidad, aunque no se vea a primera vista. El artista divino dirige su obra, aunque no veamos la maravillas que hace en nosotros. Por eso, confiemos en Él, confiemos en su poder para hacer milagros. Dejémosle obrar y digamos con el salmista: En Dios confío y nada temo, ¿qué podrá hacer un hombre contra mí? (Sal 56, 12). El Señor ha hecho milagros en mi favor (Sal 4, 4).

Jean Pierre de Caussade (1673-1751) escribió un libro muy famoso titulado El abandono en la divina providencia en el que habla de abandonarse confiadamente en la providencia de Dios, cumpliendo en cada momento su santa voluntad. Él nos dice: Todo lo que sucede en cada momento lleva en sí el sello de la voluntad de Dios... El momento presente es siempre como un embajador que manifiesta la voluntad de Dios... La máxima sublime de la espiritualidad es el abandono puro y entero a la voluntad de Dios para ocuparse enteramente en amarle y obedecerle, apartando temores e inquietudes, producidas por el cuidado de la salvación o de la propia perfección.

La vivencia profunda del momento presente, como venido de Dios, haciéndolo todo por amor a Dios, es la clave de la santidad. San Alfonso María de Ligorio tiene un libro titulado Conformidad con la voluntad de Dios. En él nos dice: Si los serafines entendiesen ser la voluntad de Dios que empleasen toda su vida en contar las arenas de la playa o en arrancar la hierba de los jardines, lo harían con gusto. Más aún: Si Dios les diese a conocer su deseo de que se arrojasen al fuego del infierno para arder en él, se lanzarían inmediatamente a aquel abismo para hacer la voluntad de Dios.

Por eso, decía san Juan de Ávila: Más vale un ¡Bendito sea Dios! en la adversidad que seis mil acciones de gracias en las cosas agradables.

San Francisco de Borja, al llegar una noche en que estaba nevando a una casa de la Compañía de Jesús, llamó varias veces a la puerta, pero nadie bajó a abrir. Al amanecer, al darse cuenta de que le habían hecho esperar tanto, el santo les dijo que durante aquel tiempo, había sentido mucha consolación, pensando que era Dios quien tiraba sobre él aquellos copos de nieve.

Cuando estemos enfermos en cama, digamos al Señor: “Hágase tu voluntad” y repitámoslo cien y mil veces, pues con ello daremos más gloria a Dios que con todas las mortificaciones y devociones que podamos practicar.

Aceptemos también con paciencia la muerte de los parientes y amigos. Algunos, por la muerte de un pariente, se vuelven inconsolables y dejan la oración, los sacramentos y todas sus devociones. Y no faltan quienes se quejan a Dios y dicen: Señor, ¿por qué has hecho esto?.

San Agustín tiene unas frases hermosas. Dice: La voluntad de Dios es que estés sano, algunas veces, otras que estés enfermo. Si la voluntad de Dios es dulce para ti cuando estás sano, y amarga cuando estás enfermo, no eres de corazón perfecto. ¿Por qué? Porque no quieres encauzar tu voluntad a la voluntad de Dios, sino que pretendes torcer la de Dios a la tuya.

San Juan de Ávila le decía a un sacerdote enfermo: Amigo mío, no examinéis lo que haríais estando sano, sino contentaos con ser un buen enfermo todo el tiempo que Dios quiera. Si es su voluntad lo que buscáis, ¿qué os importa estar sano o enfermo?

San Francisco de Sales declaraba: Obedezcan, tomen las medicinas y alimentos y otros remedios por amor de Dios... Deseen curar para servirle, pero no rehúsen estar enfermos para obedecerle; y dispónganse a morir, si así le place, para alabarle y gozar de Él... No tiene importancia que los actos que hacemos sean grandes o pequeños con tal de que se cumpla la voluntad de Dios. Aspiren a menudo a la unión de su voluntad con la de nuestro Señor.

Practiquemos la conformidad con la voluntad de Dios en las pequeñas cosas de cada día: la molestia de un perro que ladra; de la luz que se apaga, de un olvido que nos incomoda, de un error cometido, de una mosca fastidiosa, del vestido que se ensucia... Aceptemos las cosas que no podemos cambiar como el calor o el frío y no digamos nunca: ¡Qué calor tan insoportable! ¡Qué tiempo tan horrible!, pues indicaría que estamos en contra de lo que Dios ha permitido y querido para nosotros en ese momento. El beato Papa Juan XXIII decía: Mi verdadera grandeza consiste en hacer totalmente y con perfección la voluntad de Dios.

Por todo ello, digamos con santa Teresa de Jesús:

Dadme muerte, dadme vida, dad salud o enfermedad, honra o deshonra me dad, dadme guerra o paz cumplida, flaqueza o fuerza a mi vida, que a todo diré que sí. ¿Qué queréis hacer de mí?

Dadme riqueza o pobreza, dad consuelo o desconsuelo, dadme alegría o tristeza, dadme infierno o dadme cielo, vida dulce, sol sin velo, pues de todo me rendí. ¿Qué mandáis hacer de mí?

Si queréis, dadme oración; si no, dadme sequedad, si abundancia o devoción y si no esterilidad. Soberana Majestad, sólo hallo paz aquí. ¿Qué mandáis hacer de mí?

Vuestra soy, para Vos nací. ¿Qué mandáis hacer de mí?

CONFIANZA TOTAL

La confianza total en Dios, cumpliendo su santa voluntad, es condición indispensable para ser santo y crecer en el amor de Dios. Confiar en Él sin condiciones es la mayor alegría que le podemos dar a nuestro Padre Dios. Por eso, le decía Jesús a una santa religiosa: Si me amas, confía en Mí. Si quieres amarme más, confía más en Mí. Si quieres amarme inmensamente, confía inmensamente en Mí.

La Madre Teresa de Calcuta oraba así: Señor, acepto lo que me des y te entrego lo que quieras tomar de mí. Señor, soy tuya y, si me haces pedacitos, cada pedacito quiero que sea para Ti. Cuando uno ama a Dios y cree en su amor, entonces puede decir con toda confianza: Señor, haz de mí lo que quieras, cuando quieras y como quieras. Y podríamos decir como Job: Aunque Él me matara, seguiría confiando en Él (Job 13,15).

El Padre Pío de Pietrelcina aconsejaba: Cuidad de no dejaros vencer por la ansiedad y la inquietud, porque no hay cosa que más impida el caminar por la senda de la perfección que las inquietudes y la ansiedad. Colocad vuestro corazón en las llagas benditas de Jesús. Tened confianza en su misericordia y bondad que Él no os abandonará jamás.

Debemos confiar en Jesús, nuestro divino capitán. Él lleva el barco de nuestra vida. Con Él estamos a salvo, con Él nunca perdemos, siempre salimos ganando. Confiando en Él nunca quedamos defraudados. Vale la pena confiar en Él, pues veremos milagros en la medida de nuestra confianza en Él. Y ahora te pregunto: ¿Eres capaz de entregarte con confianza y de darle tu vida entera? Di conmigo:

Señor, me entrego totalmente a Ti y para siempre. Me pongo en tus manos sin medida. Porque Tú eres mi Dios y yo confío en Ti. Señor, dame lo que quieras, toma de mí lo que quieras, todo lo acepto como venido de tus manos divinas. Yo confío en Ti. Quítame el miedo al sufrimiento y a la muerte. Hazme un hombre nuevo y dame una paz inmensa para que nunca dude de tu amor y nunca desconfíe de Ti. Te amo, Señor, y quiero amarte con todo mi corazón. Jesús, yo te amo y yo confío en Ti. Amén.

ABANDONO EN DIOS

Abandonarnos confiadamente en las manos de Dios es dejarse llevar, sabiendo que Él cuida de nosotros y quiere lo mejor para nosotros. Abandonarse es fiarse de Dios, es entregarle la responsabilidad de nuestra vida entera.

Es como firmarle un cheque en blanco, es dejar que Él sea el chofer que guíe nuestra vida de acuerdo a su voluntad. Abandonarse significa también estar totalmente disponible a sus planes sobre nosotros sin preguntar a dónde nos lleva, porque creemos en su amor. Por eso, quisiera preguntarte: ¿Eres capaz de fiarte de Dios? ¿Eres capaz de entregarle todo lo que eres y todo lo que tienes sin condiciones? ¿Crees realmente que Él te ama y quiere lo mejor para ti? Ahí está la clave.

Si no estás muy seguro de su amor, entonces, no te lanzarás al vacío y tendrás miedo del futuro o de lo que pueda enviarte. Tendrás miedo al sufrimiento y tu vida estará atada a las comodidades y cosas de la tierra y no serás capaz de desatarte para poder volar hacia las alturas de Dios.

Abandonarse en Dios significa creer firmemente en su amor infinito, es dejarse perder en Él como la gotita de agua que cae al océano. Abandonarse es darse de verdad con total sinceridad y para siempre. El abandono es la autopista regia para llegar a Dios y el camino más rápido para llegar a Él, pues el abandono supone amor, confianza y entrega total. Abandono y confianza van de la mano del amor. Todo es por amor. Es vivir totalmente para Dios en vida y eternidad.

Ahora bien, eso no quiere decir que recibamos continuamente gozos y alegrías del Señor. Nos puede dejar en el silencio, como abandonados; sin sentir nada, sin ver nada ni oír nada. Pareciera que Dios se ha alejado de nosotros y no respondiera a nuestra oración o a nuestro dolor. La sequedad invade nuestra alma y nos sentimos solos. Sí, es duro a veces, el silencio de Dios. Conozco una religiosa que me decía lo duro que le resultaba esto. Se pasaba la noche en la capilla y nada. Ni siquiera un gracias por la visita. Salía al jardín y las flores la alegraban, los pájaros también, pero Dios callaba. Y algunos días hasta le parecía que todo era absurdo y que la fe era una farsa y que no había nada después de la muerte. Era la tentación, era el Getsemaní, era la noche oscura.

Y, entonces, se preguntaba: ¿Por qué, por qué, por qué Dios me ha abandonado? Y creía que se debía a sus pecados, a su poca fidelidad o simplemente a la falta de verdadera oración. No podía orar, se aburría, se cansaba. Todo le parecía oscuro y triste... Pero, de pronto, en algún momento, salía el sol en su alma, y era como un destello divino, todo se aclaraba, todo era luz y belleza, todo era alegría... Y, después, otra vez la oscuridad y el silencio... Es dura la noche oscura del espíritu, pero es necesaria para romper con todas las ataduras de las criaturas y sólo quedarse con Dios. Sólo Dios... Sólo Él... nada más que Él...

El abandono es lanzarse al vacío sin saber qué hay después. Sin luces que guíen el camino. Es seguir confiando, aun cuando veamos a los malos triunfar y burlarse de Dios; aunque lluevan todos los infortunios sobre nosotros y todo a nuestro alrededor sea ruina y fracaso. No importa, Dios es más grande que todo y puede sacar triunfos hasta de las derrotas humanas. Tener fe es decir en medio la oscuridad: Señor, creo en Ti y confío en Ti.

Por eso, cuando todo sea oscuro en torno a ti, cuando tiren por el suelo tu prestigio, cuando te enteres que te queda un mes de vida, cuando te traicionen tus mejores amigos, cuando estés en medio del miedo y de la angustia, confía en Él. No pierdas la esperanza. Dios es más grande que tus problemas y dificultades. Puedes confiar en Él, pues nada sucede por casualidad y Dios todo lo permite por tu bien (Rom 8,28).

Decía San Claudio de la Colombière del que se abandona en Dios: Ningún temor turba su felicidad, porque ningún accidente puede destruirla. Me lo represento como un hombre sentado sobre una roca en medio del océano: ve venir hacia él las olas más furiosas sin espantarse, le agrada verlas y contarlas a medida que llegan a romperse a sus pies; que el mar esté calmo o agitado, que el viento impulse las olas de un lado a otro, sigue inalterable; porque el lugar donde se encuentra, es firme e inquebrantable. De ahí nace esa paz, esa calma, ese rostro siempre sereno, ese humor siempre igual, que advertimos en los verdaderos servidores de Dios.

El alma que se abandona a Dios y le deja el timón de su barca, boga con tranquilidad en el océano de esta vida en medio de las tempestades del cielo y de la tierra, mientras que los que quieran gobernarse ellos mismos están en continua agitación y, no teniendo por piloto más que su voluntad inconstante y ciega, acaban en un funesto naufragio después de haber sido juguete de los vientos y de la tempestad.

Abandonémonos completamente en Dios, dejémosle todo el poder de disponer de nosotros; comportémonos como sus verdaderos hijos, sigámosle con verdadero amor; confiémonos a Él en todas nuestras necesidades. Dejémosle obrar y Él nos proveerá de todo en el tiempo, en el lugar y del modo más conveniente: Él nos conducirá por caminos admirables al reposo del espíritu y a la dicha a que estamos llamados a gozar, incluso en esta vida, como un anticipo de la eterna felicidad que nos ha prometido.

Santa Teresita del Niño Jesús afirma que el abandono es el fruto delicioso del amor (poesía 42). Por consiguiente, cuando tengas miedo, cierra los ojos y di con fe: Jesús, yo te amo y yo confío en Ti. Y no quedarás defraudado. Jesús le aseguraba a la venerable Consolata Betrone: Tú piensa sólo en amarme. Yo pensaré en ti y en todas tus cosas hasta en los más mínimos detalles. Y la palabra de Dios te dice: El que confía en Dios, es fuerte como un león (Prov 28,1). Y Él mismo te asegura: Yo nunca te dejaré ni te abandonaré (Jos 1,5; Heb 13,5).

Abandona todas tus seguridades y quema tus naves como Hernán Cortés en México. Haz como Abraham, a quien Dios le dijo: Sal de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre y vete a la tierra que yo te mostraré (Gén 12,1). Y Abraham lo dejó todo y se lanzó a la aventura y nunca se arrepintió de haberlo hecho.

Cuando Abraham tenía 99 años (Gén 17,1), llevaba 24 años esperando que se cumpliera la promesa del Señor de tener un hijo. Y un buen día, Dios le recuerda su amistad y le dice: Anda en mi presencia y sé perfecto (Gén 17,1). Y Dios cumple su promesa y le concede un hijo, Isaac, y le hace padre de una inmensa muchedumbre tan numerosa como las arenas de las playas del mar y las estrellas del cielo; y en él Dios bendice a todas las naciones de la tierra (Gén 22, 17-18).

Vale la pena fiarse de Dios y amarlo hasta la entrega total. Él no nos va a defraudar. Él tiene contados hasta los cabellos de nuestra cabeza (Lc 12,7). Y Él es fiel. Jesús mismo nos dice que debemos entregarnos sin temor: No tengas miedo, solamente confía en Mí (Mc 5,36).

Digámosle como el Papa Clemente XI: Señor, quiero todo lo que Tú quieras de mí; lo quiero, porque Tú lo quieres; lo quiero como Tú lo quieres y hasta cuando Tú lo quieras. Es lo mismo que decía san Pablo: Si vivimos, vivimos para el Señor. Si morimos, morimos para el Señor y tanto en la vida como en la muerte somos del Señor (Rom 14,8). Nuestra vida le pertenece; así que, al entregársela y abandonarnos en sus brazos divinos, no hacemos nada de extraordinario, sino simplemente reconocer que todo lo nuestro es suyo.

Si tuviéramos la perspectiva de eternidad que tiene Dios de las cosas, veríamos todos los acontecimientos de nuestra vida, incluso los más adversos, como caricias y regalos de nuestro Padre Dios. Podríamos decirle con sinceridad: Padre mío, yo no sé nada. Tú lo sabes todo. En tus manos me pongo. Haz de mí lo que Tú quieras. Estoy de acuerdo con todo lo que has permitido y vayas a permitir para mí. Hágase en todo tu santa voluntad... Así desaparecerían los temores y vendría la paz. Un ejemplo práctico nos lo presenta el gran místico alemán del siglo XIV Juan Tauler.

Un día, al salir de la iglesia, vio a un mendigo que pedía limosna. Sus pies estaban heridos, llenos de barro y desnudos. Sus vestidos eran viejos y estaban rotos. Daba pena verlo, pues tenía el cuerpo lleno de llagas. Juan le dio una moneda y le dijo:

Que Dios te bendiga y te haga feliz. Soy muy feliz. Sé que Dios me ama y acepto con alegría todo lo que me sucede como venido de sus manos. Cuando tengo hambre, alabo a Dios; cuando siento frío, alabo a Dios; cuando recibo desprecio, alabo a Dios. Cualquier cosa que reciba de Dios o que Él permita que yo reciba de otros, prosperidad o adversidad, dulzura o amargura, alegría o tristeza, la recibo como un regalo. Desde pequeñito sé que Dios me ama. Él es sabio, justo y bueno. Siempre he sido pobre y desde pequeño padezco una grave enfermedad, que me hace sufrir mucho. Pero me he dicho a mí mismo: Nada ocurre sin la voluntad o permiso de Dios. El Señor sabe mejor que yo lo que me conviene, pues me ama como un padre a su hijo. Así que estoy seguro de que mis sufrimientos son para mi bien. Y me he acostumbrado a no querer, sino lo que Dios quiere. Siempre estoy contento, porque acepto lo que Dios quiere y no deseo sino que se haga su voluntad. Así que nunca he tenido un día malo en mi vida y tengo todo cuanto pueda desear. Y estoy bien, porque estoy como Dios quiere que esté. ¿Y si Dios lo arrojara a lo más profundo del infierno? Entonces, me abrazaría a Él y tendría que venir conmigo al infierno. Y preferiría estar en el infierno con Él que en el cielo sin Él. ¿Ud. pertenece a alguna gran familia? Yo soy rey. ¿Rey? ¿Y dónde esta su reino? Mi reino está en mi alma, donde vivo con mi Padre Dios.

Entonces, Juan, que era aspirante a santo, comprendió que ese mendigo de la puerta de la iglesia, era un gran santo, más rico que los más grandes monarcas y más feliz que todos ellos. Le dio otra moneda, le dio su propio manto y entró de nuevo a la iglesia para agradecer a Dios la gran lección recibida. Nunca olvidaría que el fundamento de toda santidad es abandonarse totalmente en las manos de Dios y cumplir siempre y en todo su santa voluntad.

La venerable María Angélica Álvarez Icaza refiere lo siguiente: Estaba un día gravemente enferma. Poco a poco, me fui quedando sin movimiento, la mitad del cuerpo ya no la sentía y no podía hablar, pero la cabeza la tenía muy despejada y el oído finísimo. Estando así, me vino una tentación muy fuerte que consistía en hacerme temer que me fueran a enterrar viva y me vino con una vehemencia espantosa. ¡Qué tentación tan terrible! ¡Dios mío, si me entierran viva y yo me desespero, me voy al infierno y te pierdo para siempre, pensaba! Dios mío, ¿qué haré para moverme? Me preocupaba poder perder a Dios. Así luché espantosamente casi toda la noche hasta que, a la madrugada, hice un acto de abandono en las manos de Dios: “Yo me dejo, Dios mío, a tu disposición, haz de mí lo que quieras, lo acepto todo, tú eres mi Padre y me amas; haz de mí en el tiempo y en la eternidad lo que sea de tu agrado”.

Apenas terminé este acto de abandono, me invadió la paz y tras ella una comunicación inefable con Dios que jamás había experimentado, como si Él me dijera: “Tu único temor era perderme..., no, no me perderás, me entrego a ti. ¡Oh, lo que entonces comprendí de un Dios enamorado! ¡En esa noche, se me abrió una ventanita del cielo! Fue el principio de las gracias más grandes de Dios”.

Otro caso. Dice el padre Larrañaga: En una ciudad de México me pidieron que fuera al hospital a visitar a una mujer de 35 años, madre de cinco niños entre dos y doce años, que por una intervención quirúrgica mal hecha estaba agonizando y estaba en coma. Fui a su habitación en la clínica. La joven madre tenía todos los síntomas del estado de coma: inmovilidad absoluta, no oía ni miraba, respiración dificultosa con aparatos especiales. Al lado, el marido lloraba. En medio de una pena difícil de medir, comencé a improvisar en voz alta, con fervor, una oración de abandono, expresándome con toda el alma, poniéndome en el lugar de la agonizante.

Al terminar la oración, la joven madre no dio la más pequeña señal de reacción. Efectivamente, estaba en coma profundo. Al mes y medio, estando yo en otra ciudad, me comunicaron que la señora estaba en casa con sus cinco hijos completamente restablecida y feliz. Manifesté mi deseo de saber qué había pasado y la señora me hizo llegar las siguientes informaciones: Ella había oído todo cuanto había dicho. Y había asumido con emoción y fervor la actitud de abandono que le dio una completa tranquilidad y paz. Como consecuencia de tanta paz, según los médicos, pudo comenzar un ascenso en el proceso de su restablecimiento hasta llegar a sanarse completamente.

EL PLAN DE DIOS

Dios tiene un plan maravilloso para ti, que quizás no has descubierto todavía, pero que te puede ir manifestando poco a poco en el momento menos pensado. Desde ahora, debes tener una actitud positiva y una disponibilidad total para cumplirlo. Y, cuando vengan los momentos difíciles y no comprendas nada y preguntes el por qué, dite a ti mismo: Mi Padre Dios conoce lo que me pasa. Él vela sobre mí. Mi Padre es bueno y yo puedo confiar en Él y estar tranquilo. Pondré de mi parte todo lo que crea más conveniente para solucionar las cosas, pero no me desesperaré, sabiendo que mi Padre está tomando las medidas necesarias para ayudarme y solucionar mi problema.

En esos momentos en que Dios parece ocultarse, es importante acudir a la oración continua y repetir insistentemente ante el sagrario: Jesús, yo te amo, yo confío en Ti. Lo cual es como decirle: A pesar de todo y, aunque no entiendo nada ni sé qué hacer, confío en Ti, Dios mío, y te amo.

Dice el padre Larrañaga: Eran seis hermanas. Una quedó inválida a los 15 años. No podía mover ni siquiera las manos. Era llevada a todas partes en una silla de ruedas, mientras todos decían: “Pobrecita, tan bonita e inválida”. Las otras cinco hermanas se casaron brillantemente y tuvieron espléndidas familias. Cuando todas ellas fueron ancianas, convivieron en unas vacaciones: hablaron mucho, evaluaron sus vidas y llegaron a la conclusión de que la más feliz de todas había sido la inválida. ¿Qué sabemos nosotros de los planes de Dios?.

Veamos ahora una parábola. Eran tres arbolitos jóvenes, llenos de ilusiones y esperanzas, que soñaban con ser grandes. Uno soñaba con dar buena madera para llegar a ser un cofre tan hermoso que pudiera contener los tesoros del mundo entero. El otro soñaba con ser un barco tan fuerte que pudiera superar las tormentas del océano. El otro quería ser tan alto, tan alto, que los hombres, cuando lo vieran, pudieran acordarse de Dios.

Pasaron los años y llegaron a ser grandes. Un día vinieron unos leñadores y decidieron cortarlos. El primero y el segundo se alegraron y creyeron que, entonces, comenzaría su misión y se realizarían sus sueños, pero el tercero se sintió deprimido y triste, porque ya nunca podría realizar su ideal de llegar a ser tan alto, tan alto, que los hombres, al verlo, pudieran acordarse de Dios.

Los tres terminaron en la casa de unos carpinteros, que hicieron del primero unos comederos de animales; del segundo, una barquita pequeña y del tercero, unas vigas para una casa. Los tres estaban muy desanimados con su suerte, creían que ya no valía la pena vivir y se dejaron llevar del pesimismo y del desaliento y dejaron que la polilla empezara a corroer sus entrañas.

Pasaron los años y, un buen día, una pareja de esposos llegó a una cueva... La joven esposa dio a luz a un hermoso niño y lo colocó en un comedero de animales, en un pesebre, y, en aquel momento, aquel primer arbolito se sintió inmensamente feliz, porque reconoció que había cumplido su misión mucho más de lo que jamás había podido imaginar. En vez de ser un cofre que pudiera contener todos los tesoros del mundo, ahora podía contener al mismo Señor y Dueño de todos los tesoros del universo, a Jesús de Nazaret.

Pasaron los años y, en cierta ocasión, un hombre con sus amigos subió a una barca y se levantó una tempestad en el lago. Y aquel segundo arbolito, súbitamente, empezó a llorar de alegría, porque se dio cuenta de que había podido superar aquella tempestad, llevando sobre sí al Dueño y Señor de los mares y de los océanos, a Jesús con sus discípulos.

¿Y el tercer arbolito? La casa, donde colocaron las vigas, se cayó y de aquellas vigas hicieron una cruz y en ella crucificaron a Jesús. Y, entonces, también él pudo entender que, por encima de sus planes, habían podido realizar su misión mucho mejor de lo que nunca pudo haber imaginado, porque ahora todos los hombres, al ver una cruz, se acordarían de Dios.

Por eso, nunca reniegues de tu suerte o de los planes de Dios sobre ti. Tú eres muy importante para Dios. Vive tu vida de verdad, con seriedad y sinceridad, con responsabilidad, estando siempre abierto a los planes de Dios. Él puede romper tus proyectos en cualquier momento y abrirte nuevos caminos, inesperados, pero que te llevarán a nuevas aventuras del espíritu, si sabes ver en ellos la mano de Dios. Besa su mano, aunque te lleve por caminos de espinas. Él es un Padre amoroso, que busca tu bien. No te vuelvas atrás, no te desanimes, no lo rechaces. No te lamentes inútilmente de tus caminos oscuros o de tu mala suerte, porque Dios te ama y te necesita así como eres.

Veamos otra parábola. Había un precioso jardín que, nada más verlo, hacía soñar. En el jardín había un cañaveral en el que destacaba una preciosa caña de bambú plantada, con otras más, en el centro de un rico conjunto de flores y plantas. Ella llamaba la atención por su esbeltez, altura y elegancia. Era la preferida del Señor.

Un día, el Señor se acercó al jardín y, con mucho amor, le dijo a su predilecta:

Mi querida caña de bambú, te necesito. Estoy en tu jardín, Señor, soy toda tuya. Cuenta conmigo para lo que quieras. Es que mi querida hija, para contar contigo tengo que arrancarte. ¿Arrancarme? ¿Hablas en serio? ¿Por qué me hiciste entonces la planta más bella de tu jardín? ¿Por qué me hiciste crecer tan hermosa junto a mis hermanas? Señor, lo que quieras menos eso. Hija mía, es que si no te arranco, no me servirás. Yo tengo un hermoso plan sobre ti.

Quedaron un largo rato los dos en silencio. Parecía que no sabían qué decir. Hasta el viento detuvo su movimiento. Los pajarillos dejaron de volar y olvidaron su canto. Todo era silencio. Y, entonces, lentamente, la caña bambú inclinó sus preciosas ramas y dijo con voz apagada:

Señor, si no puedes servirte de mí sin arrancarme, arráncame. Mi querida caña de bambú, aún no te he dicho todo. Es necesario que te corte también las hojas y las ramas. Señor, no me hagas eso. ¿Qué haré yo entonces en el jardín? Seré ridícula. Hija mía, pero si no te corto las hojas y las ramas, no me servirás.

De nuevo la caña de bambú se estremeció. El sol pareció ocultarse unos momentos. Los pájaros tuvieron miedo y huyeron del jardín. Y temblando, temblando, la caña se abandonó y le dijo casi llorando:

Señor, haz de mí lo que Tú quieras, córtamelas. Mi querida hija, todavía queda algo que me cuesta mucho pedirte. Tendré que partirte en dos y vaciarte por dentro toda la savia. Sin eso, no me servirás.

De nuevo la caña se quedó silenciosa, pero confiando en su Señor, se postró en tierra y se ofreció sin condiciones.

Señor, haz de mí lo que Tú quieras, sea lo que sea, te doy las gracias, porque te amo y confío en Ti.

Entonces, el Señor la arrancó, le cortó las hojas y las ramas, la partió en dos y le extrajo la savia, dejándola vacía por dentro. Después la llevó junto a una fuente de agua fresca y cristalina muy cercana a sus campos. Las plantas de aquellas tierras se morían de sed, estando tan cerca del agua, pues un pequeño roquedal impedía que el agua llegara a sus campos.

El Señor, con mucho cariño, ató una punta de la caña a la fuente y la otra la colocó en el campo de modo que el agua de la fuente empezó a desplazarse hacia las tierras sedientas a través de la caña de bambú. Y el campo comenzó a reverdecer. Y al llegar la primavera, el Señor sembró arroz. Y, cuando creció y llegó el tiempo de la cosecha, fue tan abundante que con ella el Señor pudo alimentar a su pueblo. De esta manera, la caña de bambú cumplió su misión: ser fuente de vida para dar alimento al pueblo del Señor.

Pues bien, Jesús también te necesita a ti. Él tiene un plan maravilloso que quizás todavía no has descubierto; pero, para cumplirlo, necesita que estés dispuesto a ofrecerte a Él sin condiciones. Él sabe el camino. Él sabe lo que te conviene. Déjate llevar y no temas, porque estás en las manos de un Dios grande y maravilloso, que quiere tu felicidad. Confía en Él.

Veamos ahora un caso real. Una hermosa niña de 9 años, llamada Natividad, era jovial y alegre, con una mirada clara y transparente. Vivía con sus padres en el Cuzco (Perú) y todos los días asistía a las clases del Hogar, que el padre Giovanni Salerno tiene en esa ciudad. Y Dios se enamoró de esta niña hermosa, sobre todo, espiritualmente, pues tenía un corazón puro. Y se la llevó, para hacerla feliz con una felicidad que no era de la tierra y para hacer felices a través de ella a miles de personas.

El miércoles 28 de mayo de 1997 salió del Hogar para regresar a su casa, pero sus familiares la esperaron en vano. Su cuerpo desnudo con señales de haber sido violado y estrangulado fue hallado en el lecho del río a la mañana siguiente. Dice el Padre Giovanni: Dos semanas después de este trágico episodio, la mamá de Naty vino a buscarme visiblemente transformada. Su expresión no era de desesperación, sino que reflejaba una gran serenidad. Vino a contarme el sueño que había tenido la noche anterior. En ese sueño ella se veía a sí misma caminando sola en un desierto, llorando la muerte de su hija, cuando, de improviso, se le aparece Naty vestida con una túnica blanca y resplandeciente, descalza, el rostro radiante, los cabellos sueltos. Toda su persona irradiaba una serena felicidad.

Entonces su madre le pregunta desconsolada por qué se ha ido y los ha dejado en la desolación. Natividad, con voz tranquila y serena, le dice que Dios ha permitido esto para el bien de muchos, aunque ahora nosotros no podemos comprenderlo. Y que su misión ahora es la de velar sobre ellos y ayudarlos. Su madre le pregunta qué ha pasado y Natividad le narra sus últimas horas, pero no lo hace en un tono traumático ni apasionado. En palabras de su propia mamá, era como ver una película triste, pero sin odio.

Según este relato visual, la mamá de Naty puede ver cómo su hija estuvo secuestrada durante algunas horas en un bosquecillo cercano a su casa, en la ladera de un cerro, en las afueras de Cuzco. Desde allí, Naty llegó a ver cómo sus padres la buscaban y llamaban. Ella gritó, pero no pudieron oírla. Uno de sus secuestradores, tras un breve forcejeo con la niña, que en la tentativa de liberarse logro herirle superficialmente con las tijeritas escolares que llevaba consigo, la estranguló con un cordel de su propia mochila. Su cuerpo fue llevado hasta el río y arrojado al agua.

En todo este relato de Natividad estaba totalmente ausente cualquier atisbo de odio o desesperación o deseo de venganza. Natividad se despidió de su madre con una sonrisa y desapareció, elevándose, dejándole una sensación indescriptible de paz.

La madre de Naty, cuando despertó, recordaba perfectamente el sueño. Despertó a su marido y junto con él fue hasta el lugar señalado en el sueño. La madre de Naty nos mostró luego las pequeñas tijeras de la hija, así como el cordel de su mochila, encontrados precisamente en aquel lugar. Todo esto la madre nos lo contó con total naturalidad. Para ella era evidente que lo que su hija le había contado en el sueño no podía ser más que cierto, y fue a ese lugar señalado, segura de que algo encontraría.

Ahora podemos preguntarnos: ¿Fue Dios cruel al permitir que violaran y mataran a Naty? ¿Fue Dios cruel al permitir que mataran a su Hijo Jesús en la cruz? ¿Acaso Jesús no nos salvó en la cruz, cuando parecía que había sido humanamente derrotado? No entendemos los planes de Dios, pero sabemos que todo lo permite por nuestro bien. Y ahora sabemos que Naty está feliz en el cielo y Dios esta bendiciendo a mucha gente a través de su ministerio de amor.

Se cuenta en la vida de santa Gertrudis, la mística alemana del siglo XIII, que un día estaba en oración y el Señor le dijo:

Gertrudis, dame la llave. ¿Qué llave, Señor? La llave de tu corazón. ¿Para qué, Señor? Para entrar y salir de tu corazón como y cuando yo quiera. Necesito tu voluntad.

Tú, ¿estás dispuesto a entregarle tu voluntad y hacer siempre y en todo la voluntad de Dios?

Una vez un niño se fue delante del sagrario con toda su inocencia y le ofreció a Jesús una flor, que acababa de recoger de su jardín. Y Jesús se sintió emocionado por ese gesto de cariño. Y le dijo:

Déjame todo.

El niño se extrañó de escuchar la voz de Jesús, pero Jesús le volvió a insistir:

Déjame todo.

El niño no sabía qué dejar, porque no tenía más que la ropa puesta. Entonces el niño preguntó:

Señor, ¿qué quieres que te deje? Quiero que me des todo tu corazón.

El niño se emocionó y le dijo que se lo daba, porque quería hacerlo siempre feliz. Y ese niño llegó a ser sacerdote para darle de verdad todo su corazón, pues Jesús no quiere sólo flores y besos o cosas materiales, quiere sobre todo nuestro corazón, es decir, todo nuestro amor.

17 Salerno Giovanni, Misión andina con Dios, 2da edición, Ed. Edibesa, Madrid, 2004, pp. 121-122.

Una religiosa contemplativa me escribía lo siguiente: Tenía catorce años, cuando un día, guardando el rebañito de mi padre, leí un librito del Corazón de Jesús, donde hablaba de hacer un pacto de amor con Jesús. El pacto consistía en decirle de todo corazón y para siempre: Ocúpate Tú de mí y de mis cosas y yo me ocuparé de ti y de las tuyas. Lo pensé un poco, lo medité y, a pesar de mis pocas fuerzas, me lancé al océano infinito de su amor todopoderoso. Valió la pena. Desde entonces, mi alma siente deseos de plenitud de vida, de ser toda de Jesús. En ocasiones, cuando en profunda oración he renovado mi pacto con Jesús, he experimentado un gozo indecible al verme tan fusionada con Él que ya no sabía si era yo la que lo decía o era Él. Y esto me producía un deleite espiritual tan profundo que transciende todo gozo de este mundo, pues no se puede explicar con palabras.

Y tú ¿estás dispuesto a lanzarte sin miedo al océano infinito del amor de Dios? Jesús te está esperando con los brazos abiertos y te ama infinitamente. Confía en Él y dile sí a todo lo que te pida.

Que no te pase lo que a aquella pastorcita de una leyenda medieval. Era una pastorcita muy bella, que tenía muchos sueños y esperanzas de mejorar su vida. Había recibido propuestas de un comerciante de la villa para casarse con ella. Pero, mientras ella lo pensaba bien, un día, el rey pasó con sus cortesanos y la vio tan hermosa que pensó en casarse con ella. Sin embargo, el rey quería que lo aceptara, no porque era rey, sino quería que lo amara libremente. Por eso, un día se vistió como una persona común y corriente y se dirigió a los campos donde ella se encontraba con sus ovejas. Había dado órdenes a sus oficiales y cortesanos que fueran a buscarlo al cabo de dos semanas, con dos caballos y vestidos hermosos para una doncella.

El rey se hizo el encontradizo y empezó a hablarle. Ella se quedó impresionada de todo lo que sabía, pues le hablaba de poesía, de historia, de geografía..., de todo sabía mucho. Cada día él iba a los campos a buscarla para hablar con ella. Ella seguía encantada y maravillada. El último día, él le pidió que fuera su esposa. Ella le dijo que tenía una propuesta de un comerciante del lugar. El rey le dijo que él le daría todo lo que deseara su corazón. Pero ella dudaba. ¿Cómo podía saber que era verdad? Para ella era un desconocido caminante, un extranjero en sus modos de hablar y pensar. Él le dijo: Decídete pronto, porque tengo que seguir mi camino. Era el último día y ella dudaba, no se decidía. Al fin, ella le dijo que no se atrevía. Él le dijo: ¿No tienes confianza en mí? No, le respondió ella.

Él se levantó y se dirigió hacia sus hombres, que se estaban acercando. Ella observó que le llamaban rey, pero el rey ya se estaba alejando sin mirar atrás. Y ella se quedó llorando, porque comprendió que había dejado pasar la ocasión de su vida. Tanto que había soñado con un futuro mejor y ahora que podía haber sido reina, había perdido la oportunidad. Y se repetía a sí misma las palabras del rey: ¿No confías en mí?

¿Confías tú en Dios? ¿Crees que Él es bueno y te ama? Vale la pena darle todo y dejarlo todo por seguirlo a Él. Confía en Él y serás feliz. Porque:

Quien no se lanza mar adentro, nada sabe del azul profundo del agua, ni del hervor de las aguas que bullen. Nada sabe de las aguas tranquilas, cuando el navío avanza, dejando una estela de silencio. Nada sabe de la alegría de quedarse sin amarras, apoyado sólo en Dios, más seguro que el mismo océano.

Por eso, dile ahora mismo:

Jesús, te acepto como mi Señor y el dueño de mi vida. Me rindo a tus pies y me consagro a Ti en cuerpo y alma. Haz de mí lo que Tú quieras, sea lo que sea, te doy las gracias, porque te amo y confío en Ti, porque Tú eres mi Dios, mi Rey, mi Señor y mi Dios. Amén.

Y Jesús podría decirte:

Conozco tu miseria y tus pecados, pero te quiero tal como eres. Y, por eso, vengo a pedirte que correspondas a mi amor. Quiero que tú me ames tal como eres en este instante. No necesitas cambiar para amarme. Si para amarme quieres esperar a ser perfecto, no me amarás jamás. ¿No podría yo hacer de cada grano de arena un serafín radiante de pureza y de amor? ¿No podría yo con una señal de mi voluntad hacer surgir de la nada miríadas de santos mil veces más perfectos que tú?

Hijo mío, quiero tu corazón. Estoy a la puerta de tu corazón y espero. Yo, el Rey de los Reyes, espero tu respuesta. Apresúrate a abrirme la puerta. No lastimes mi corazón con tu indiferencia o tu falta de confianza. Yo quiero hacerte un serafín de pureza y amor. Yo quiero que seas santo. Pero recuerda que debes amarme ahora tal como eres. Sígueme tal como eres. Yo te espero; pero, si me rechazas, respetaré tu decisión y me iré en busca de otras almas que me amen y confíen en Mí.

Hijo mío, no te preocupes del cuidado de tus cosas. No te angusties por el día de mañana. No tengas miedo por el qué dirán. Confía en Mí. Abandónate en mis brazos. Deja en mis manos tu futuro. Y dime frecuentemente: “Jesús, yo confío en Ti”. Lo que más me hace sufrir es que dudes de Mí. Si crees que las cosas empeoran, a pesar de haber confiado en Mí, no temas, sigue confiando. A veces, yo me oculto o te cierro los ojos para que no me veas, pero yo estoy siempre a tu lado y cuido de ti. No te preocupes de nada, echa en Mí todas las angustias y preocupaciones, y duerme tranquilo. Dime siempre: “Jesús, yo confío en Ti”, y verás grandes milagros. Te lo prometo por mi amor.

ALGUNOS EJEMPLOS

El Padre Eliécer Sálesman dice: Hacia finales del siglo XX conocimos a un hombre admirable: el padre Eduardo Martínez, gran músico, apóstol de la juventud y trabajador incansable. Había perdido un riñón y no veía por un ojo. Le habían cortado una pierna a causa de la diabetes y no podía tomar dulces ni sal. Era párroco de cuatro pueblecitos muy pobres de los llanos venezolanos. Y decía: Me falta un riñón. Ya no veo por un ojo. Me cortaron una pierna. Los pueblecitos que atiendo son pobrísimos y corresponden muy poco a mis esfuerzos por ayudarles. Y, sin embargo, me siento el hombre más feliz del mundo. Dios me concedió un regalo maravilloso: una gran paciencia para aceptar todo lo que Nuestro Señor ha permitido y permitirá que me suceda. Todo sucede para el bien de los que lo aman y yo lo amo a Él. Por tanto, lo que sucede es para mi bien, aunque no lo entienda.

Una chica católica, Sofía Berdanska, había perdido a su padre y tuvo que trabajar para mantener a su madre, muy delicada de salud, y a su hermano pequeño. Y decidió colocarse de institutriz. Después de buscar mucho, encontró trabajo en una familia judía que tenía cuatro niños. Llegaron a un acuerdo en cuanto a horarios, trabajo, sueldo, etc., pero la señora Herstein le exigió la promesa, bajo palabra de honor, de nunca hablarles a sus hijos de su fe católica. Ella lo prometió y lo cumplió hasta el final.

Los domingos le daban permiso para que fuera a la iglesia a la primera misa de la mañana, pues ella sentía necesidad de la comunión, al menos semanal, para mantenerse sonriente, bondadosa y laboriosa como siempre había sido. Los chicos eran muy indisciplinados y le hacían sufrir bastante, sobre todo, al principio. Pero, poco a poco, con amor y paciencia, se los fue ganando y estudiaban más, eran más obedientes y respetaban más a sus padres.

Todo iba bien, pero un día la desgracia llegó a aquella familia y el pequeño Haim, el penúltimo, cayó enfermo de un mal terrible con granos terribles, que le cubrían el rostro. Lo peor del mal es que era contagioso. Los hospitales estaban llenos de aquel mal epidémico. ¿Cuidarlo en casa? ¿Quién lo cuidaría? La madre tenia miedo del contagio, pero Sofía se ofreció a cuidarlo y, cuando otros dos se contagiaron, tuvo que cuidar a los tres niños a la vez, yendo de una cama a otra sin descanso.

Tanto y tan bien los cuidó que, después de varias semanas, los tres fueron declarados fuera de peligro. Pero entonces ella fue atacada del terrible mal. La llevaron al hospital de Varsovia y allí murió. Nunca habló a los niños de Jesús ni del Evangelio como había prometido; sin embargo, los había encomendado todos los días a Jesús, especialmente en la comunión de los domingos. Cuando murió, alguien entregó a la familia el medallón que llevaba al cuello y, dentro de él, encontraron una nota escrita que decía: Ya que se me prohibe hablar de Jesucristo, viviré como manda Jesucristo. Mi vida se la entregué a Él.

La familia recordó su bondad y su generosidad, comprendiendo que todo ello se debía a la fuerza de su fe en Jesucristo. Y todos se hicieron católicos por el testimonio silencioso de su fe.

El padre Christian, uno de los monjes trapenses decapitados en Argelia en mayo de 1996 por fundamentalistas islámiscos, había escrito unos meses antes esta oración profética:

Si me sucediera algún día y ese día podría ser hoy, ser víctima del terrorismo, recuerden que mi vida estaba ENTREGADA a Dios y a este país. Que ellos acepten que el único Dueño de toda mi vida no podría permanecer ajeno a esta partida brutal. Que recen por mí ¿Cómo podría yo ser hallado digno de tal ofrenda?

Desearía, llegado el momento, tener ese instante de lucidez que me permita pedir el perdón de Dios y de mis hermanos los hombres, y perdonar, al mismo tiempo, de todo corazón a quien me hubiera herido. Yo no podría desear una muerte semejante...

Por esta vida entregada, totalmente mía y totalmente de ellos, doy gracias a Dios que parece haberla querido enteramente para Él.

El padre José Julio Martínez conoció personalmente la siguiente historia, que refirió por radio nacional de España en abril de 1955 y que relata en su libro Éstos dan con alegría, con nombres cambiados, para no identificar al padre del protagonista.

Luis Miguel era un niño piadoso, muy inteligente y cariñoso con todos. Sus padres eran ricos y lo pusieron en un internado de religiosos, donde aprendió a ir a misa y comulgar todos los días. A los trece años, quería amar a Dios con todo el corazón, pero se daba cuenta de que su padre nunca iba a la iglesia y, a su parecer, nunca rezaba; sólo le interesaban sus negocios. Un día tomó la resolución de rezar por la conversión de su padre. Y ofrecía pequeños sacrificios y mortificaciones para conseguirlo.

Al final del verano, una tarde se sintió mal. Después de las consultas con diferentes médicos, llegaron a la conclusión de que tenía un tumor en el cerebro y había que operar a vida o muerte. Antes de la operación, acudió el capellán para confesarlo y darle la comunión con la unción de los enfermos. Cuando lo llevaban a la sala de operaciones, los médicos observaron que tenía la mano derecha bien cerrada.

¿Qué tienes ahí apretado? Nada, es cosa mía.

Pensaron que era alguna medalla u objeto religioso. Pero, cuando se durmió para la operación, leyeron el papelito y vieron que decía:

Dios mío, te ofrezco mi vida por la conversión de mi papá.

Se lo llevaron a su padre, que emocionado, cayó de rodillas y comenzó a llorar y a rezar. Buscó al capellán y le pidió confesión. Había triunfado Luis Miguel, quien a las pocas horas de la operación, fallecía como un santo, habiendo ofrecido su vida por la conversión de su padre.

Monseñor Fulton Sheen fue un famoso obispo norteamericano, que era muy conocido por sus charlas en televisión. Recaudaba mucho dinero de los telespectadores para enviarlos a las misiones católicas. En una ocasión, relató a un periodista de la revista misional Catolicismo el siguiente hecho:

Viajaba en avión entre Nueva York y Boston y, junto a mí, se sentó una joven señorita católica. Noté que era muy bella. Antes de empezar a hablar, ella me dijo:

¿Me conoce usted? Pues no. Yo sí lo recuerdo. Nos vimos hace dos años, precisamente también en un avión. Usted me dijo: “Señorita, es usted muy bella. Sería estupendo que emplease su belleza en dar gloria a Dios”. Creo que soy buena católica, aunque no muy fervorosa. Pero, desde que usted me habló aquella vez, con frecuencia he pensado si sería mejor dejarlo todo y entregarme totalmente a servir a Dios en los demás. Y creo que estoy dispuesta a esta entrega. Pues, si usted está dispuesta, véngase conmigo cuando aterricemos en Boston y hablaremos más despacio sobre su vocación.

Así fue. Hablamos y ella se decidió. Ahora está trabajando como misionera en una leprosería en Vietnam y Dios le ha dado otra belleza más sublime que la del cuerpo, la belleza del alma del que se entrega totalmente al servicio de Dios y de los demás.

TESTIMONIOS

Me llamo Carlota Ruiz de Dulanto. Nací en la década de los 60 en una familia maravillosa. Soy la mayor de tres hermanos y la única chica. La enseñanza primaria la hice en parte en París y la secundaria en Madrid, en el colegio Montealto. Estudié la carrera de Derecho en la Autónoma de Madrid. A los 25 años sufrí un accidente grave. Estaba trabajando en Michigan (USA) y, durante un tornado, me cayó un árbol en la espalda y me rompió la columna vertebral a nivel de lumbares. En cuestión de segundos, pasé de ser una bailona, esquiadora y deportista a sentarme en una silla de ruedas para toda la vida. Luego he conseguido desplazarme también con muletas; pero, en el aquel momento, en la sala de urgencia del hospital, el pronóstico fue taxativo: “Nunca volverás a caminar”.

A partir de entonces, olvidé la carrera diplomática y entré a trabajar en IBM. Javier, mi marido, que entonces era mi novio, no se fue de mi lado. Nos hemos casado y hemos formado una familia. Compagino bastante bien mi vida familiar y laboral gracias a Javier y a mi madre, que están siempre implicados. Dios me ha regalado tres hijas: Mencía, Mariana y Paloma. Cuando me preguntan:

Mamá, cuando te encuentres con Dios ¿qué le vas a decir? Me lanzaré a sus brazos y me lo comeré a besos.

Cuando miro hacia atrás y veo mi vida, siento con qué delicadeza ha ido Dios guiándome. Nada de lo que me ha ocurrido ha sido por casualidad, su mirada amorosa estaba junto a mí, especialmente en los momentos más duros. Entonces, sentía algo profundo que me decía: Confía, confía, confía...

En el año 2000, estaba embarazada de mi tercera hija y, como no iba a nacer hasta el 20 de noviembre, me fui tranquilamente de vacaciones a casa de mis suegros a Fuenterrabía. Contra todo pronóstico, el 15 de agosto me puse de parto. Esa misma noche, di a luz una niñita de 600 gramos de peso, que me dijeron que no era viable. Cabía en las palmas de las manos de la enfermera que se la llevó. Le pedí a la enfermera de la Maternidad de Ntra. Sra. de Aránzazu de San Sebastián, donde estaba, que la bautizara.

Cuando salí del quirófano, me llevaron a un cuarto con otra madre, que también había perdido su bebé y me dieron unas pastillas para cortarme la leche. A las tres de la mañana, apareció un pediatra a explicarme la tenebrosa situación: la niña tenía un respirador y un derrame cerebral de prematura y era tan inmadura que el pronóstico era muy grave. Tenía pocas probabilidades de vivir y, si vivía, tendría graves secuelas. Me invadió una sensación de vació, de soledad, de fracaso, de tristeza... Yo soy parapléjica y, al pensar que mi hija podía ser paralítica cerebral, toqué fondo. ¿Dónde iba yo en silla de ruedas, empujando otra silla de ruedas? Tenía que creer en lo imposible y le pedí con toda mi alma a la Virgen una niña viva y sana. Había nacido el 15 de agosto, fiesta de la Asunción. Cuando por la mañana regresó mi esposo, le conté la osadía de mi petición. A la mañana siguiente, fuimos a la incubadora. El panorama era desolador, era el bebé más pequeño que habíamos visto nunca. A su lado un niñito en parecidas condiciones se acababa de morir. Fuimos a buscar al capellán para que le diera la unción de los enfermos, porque ya la había bautizado la enfermera y le pusimos por nombre Paloma. Ibamos dos veces al día a acariciarla y a sufrir con ella. Pruebas, ecografías, transfusiones, informes... Estuvo un mes con paradas cardiacorespiratorias, que se la podían llevar en cualquier momento. Cada día que llegábamos al hospital, estábamos preparados para lo peor. Y yo seguía pidiendo, a veces a gritos, en la capilla del hospital.

Cuando llegó a un kilo de peso, la trasladaron en UVI móvil al hospital de La Paz de Madrid, donde nuestras otras hijas empezaban ya el colegio. Allí estuvo dos meses más. Costó mucho, pero, por fin, el 22 de noviembre nos la llevamos a casa con oxígeno y mucho miedo; agotados, pero nos la llevamos. Tuvo alguna recaída en los primeros meses. Os aseguro que fue una pesadilla. Hoy Paloma tiene 4 años. Va al colegio de Montealto, es una niña más que sana, es fuerte, es guapa, lista, resolutiva, es vital y alegre. No tiene secuelas, es una superviviente, que nos recuerda cada día que para Dios no hay nada imposible. Por eso, en las cruces que me va presentando la vida, miro a Paloma y CONFÍO. Estamos en las mejores manos, en las manos de Dios, y Él está ahí siempre a nuestro lado susurrándonos al oído: “Te quiero con locura, tanto que he dado mi vida por ti y te creé, porque te quiero, y quiero que seas feliz conmigo eternamente”.

Otro caso. Mi hijo Pablo nació el 26 de agosto de 1987, viniendo a traer alegría a mi hogar. Al mes del nacimiento, el doctor Federico Lithgow le diagnosticó un tumor maligno en el ojo izquierdo, llamado retino-blastoma, que es un tipo de cáncer avanzado rápido. Había que extraerle el ojito lo antes posible. El 15 de octubre fue internado en el centro de pediatría de Santo Domingo (República Dominicana); esa noche fue bautizado de emergencia y, al día siguiente, fue operado... Cuando Pablito tenía dos años y usaba su prótesis (ojo de plástico), el doctor Abramson, de Nueva York, me dio el diagnóstico que más temía escuchar: el tumor había aparecido también en el ojo derecho.

El único procedimiento viable era tratar de congelarlo con el propósito de no extirparle el órgano, pero quedaría completamente ciego. Con todo el dolor de mi corazón, firmé la autorizacion... También nos dijo el doctor que no podríamos tener más hijos, pues las probabilidades de enfermedad en el nuevo bebé serían muy altas. Pero un mes después quedé embarazada. Tenía miedo y empecé a asistir con regularidad a la Casa de la Anunciación de Santo Domingo.

Me quedaba largo tiempo delante del Santísimo expuesto en la capilla. A veces, lloraba delante de Él; otras , le contaba mis alegrías. Así fui aprendiendo, poco a poco, a escucharlo en el silencio y a confiar en Él.

El 23 de noviembre de 1989 mi pequeña María Natalia había nacido y estaba completamente sana para gloria de Dios. El 9 de abril de 1990 fui a un retiro con mi suegra. El retiro lo daría el Padre Emiliano Tardif, quien nos dijo: No se preocupen, todo va a salir bien con Pablito. El 12 de abril viajamos a Nueva York para el control y aplicarle el tratamiento trimestral. Esa fecha sería inolvidable. Mi hijo entró al hospital y, después de varias horas, salieron los doctores Ellsworth, Wise y Abramson muy sorprendidos, diciendo que el tumor había desaparecido y el ojo derecho estaba completamente normal.

La pesadilla había terminado. Lloré de alegría. Su recuperación había sido un milagro y me arrodillé para dar gracias a Dios. En exámenes posteriores, se confirmó plenamente la noticia. Por eso, siento que el amor de Dios se ha manifestado en mi familia. Desde entonces, Jesús es la razón de mi vida y no me apartaré de Él, pues sé que nunca me va defraudar.

El pasajero de un barco escribió sobre su experiencia de una terrible tempestad:

Estábamos en pleno mar. Ninguno se atrevía a dormir. Era medianoche sobre las aguas y una tormenta rugía en las profundidades. Nos estremecíamos en silencio y hasta el más valiente contenía el aliento, mientras los rompientes hablaban de muerte.

Estábamos acurrucados en la oscuridad, cada uno absorto en pensamientos y oraciones. De pronto, el capitán gritó: “Estamos perdidos”. Pero su hijita murmuró, tomándole la mano helada: ¿No está Dios sobre el océano igual que lo está sobre la tierra? Entonces, todos oramos a una sola voz, besamos a la doncellita y... pudimos anclar sanos y salvos en el puerto, cuando el sol empezaba a brillar por la mañana.

* * * * * * * Dios no ha prometido cielos siempre azules y senderos llenos de flores a lo largo de toda nuestra vida.

Dios no ha prometido sol sin lluvia, alegría sin pena, paz sin penuria. Pero Dios ha prometido fortaleza para el día, luz en el camino, la gracia en las pruebas y su amor imperecedero. Confía en Él y no temas.

NO TENGAS MIEDO

Es natural que tengamos miedo al sufrimiento, a las enfermedades, a la muerte y a tantas cosas desagradables que nos pueden suceder. Pero Jesús quiere que, si creemos en Él, confiemos hasta el extremo de no dudar de su amor y de su poder. Que no dudemos de su perdón, aunque hayamos sido grandes pecadores. Él está siempre dispuesto a perdonarnos. Por eso no debemos dudar de su misericordia. Él mismo le decía a santa Faustina Kowalska, la mensajera del Señor de la misericordia:

No tengas miedo, hija mía, lucha por la salvación de las almas, invitándolas a confiar en mi misericordia, ya que ésta es tu tarea en esta vida y en la futura.

Y Jesús le dice a cada pecador: No tengas miedo, alma pecadora, de tu Salvador. Yo soy el primero en acercarme a ti, porque sé que por ti misma no eres capaz de ascender hacia Mí. No huyas, hija, de tu Padre. Ven personalmente a hablar a solas con tu Dios de la misericordia, que quiere decirte palabras de perdón y colmarte de sus gracias. ¡Oh, cuánto te amo! Te he asentado en mis brazos... Yo te daré fuerzas para luchar. ¿Por qué tienes miedo, hija mía, del Dios de la misericordia? Mi santidad no me impide ser misericordioso contigo.

Mi misericordia es más grande que tu miseria y la del mundo entero. Por ti bajé del cielo a la tierra, por ti dejé clavarme en la cruz, por ti permití que mi Sagrado Corazón fuera abierto por una lanza y abrí la fuente de la misericordia para ti. Ven y toma las gracias de esta fuente con el recipiente de la confianza. Jamás rechazaré a un corazón arrepentido.

Ven a menudo a esta fuente de la misericordia y con el recipiente de la confianza recoge cualquier cosa que necesites.

Ofrezco a los hombres otro recipiente con el que han de venir a la fuente de la misericordia para recoger gracias. Ese recipiente es esta imagen con la firma: Jesús, en Ti confío.

¡Que hermoso es repetir constantemente para fortalecer nuestra fe: Jesús, yo confío en Ti! Si Jesús está con nosotros, ¿quién contra nosotros? Ni aunque viniera todo el infierno unido, no podría hacernos nada, porque Jesús está con nosotros y nos defenderá de todo mal.

Si confiamos en Jesús, también debemos ser obedientes, cumplir fielmente nuestras obligaciones y hacer felices a los hermanos que nos rodean. A este respecto, dice Santa Faustina:

Una vez, vine a mi celda tan cansada que, antes de comenzar a desvestirme, tuve que descansar un momento y, cuando estaba desvestida, una de las hermanas me pidió que le trajera un vaso de agua caliente. A pesar del cansancio, me vestí rápidamente y le traje el agua que deseaba, aunque de la cocina a la celda había un buen trecho de camino y el barro llegaba a los tobillos. Al entrar en mi celda, vi un copón con el Santísimo Sacramento y oí esta voz: “Toma este copón y llévalo al sagrario”. En un primer momento, vacilé, pero me acerqué y cuando toqué el copón, oí estas palabras: “Con el mismo amor con que te acercas a Mí, acércate a cada una de las hermanas y todo lo que haces a ellas me lo haces a Mí”.

Un día ella estaba gravemente enferma y una hermana le dio unas naranjas. Pensó en no comerlas para hacer penitencia por estar en Cuaresma, pero Jesús le dijo: Hija mía, me agradarás más, si por obediencia y por amor hacia Mí comes las naranjas que si, por tu propia voluntad, ayunaras y te mortificaras. El alma que me ama mucho debe vivir de mi voluntad.

Jesús le dijo el día del Corpus Christi de 1937: Hija mía, yo, el Señor, estoy contigo. No tengas miedo de nada, estás en mi Corazón.

No tengas miedo, no te dejaré sola. No tengas miedo, yo siempre estoy contigo.

¿Qué más podemos decir? Jesús le pedía a santa Faustina y nos pide a cada uno de nosotros confianza total, sabiendo que Él está siempre a nuestro lado y que nunca nos faltará su gracia y protección. Por eso, en el Evangelio, nos dice, como a Jairo: No tengas miedo, solamente confía en Mí (Mc 5, 36).

CONSAGRACION A JESÚS

Es una entrega total y sin condiciones a Jesús por María con todo lo que somos y tenemos. Es una manera de manifestar con claridad que deseamos estar plenamente disponibles para todo lo que Él decida hacer en nuestra vida, porque queremos cumplir siempre su voluntad divina. En una palabra, consagrarse es abandonarse en Jesús y echarse en sus brazos sin temor para aceptar gustosos lo que Él decida para nosotros. Es una dedicación completa, una disponibilidad absoluta y sin condiciones y para siempre. Es, dicho de otra manera, una donación de todo nuestro ser.

A santa Margarita María de Alacoque, Jesús le pidió escribir el testamento de la donación de todo su ser y Él se sintió tan contento que le dijo: Ahora eres toda mía y toda para Mí, para hacer de ti todo lo que me agrade como de mi hija, mi esposa, mi esclava, mi víctima, y el juguete de los deseos de mi Corazón... Te constituyo heredera de los tesoros de mi Corazón para que puedas disponer de ellos a tu gusto a favor de las personas bien dispuestas. Este Corazón será tu fiador, que responderá y pagará por ti.

Su primera consagración a Jesús fue así:

Yo N.N. consagro al Sagrado Corazón de Nuestro Señor Jesucristo, mi persona y mi vida, mis acciones, penas y sufrimientos, para no servirme de ninguna parte de mi ser sino para honrarle, amarle y glorificarle. Esta es mi voluntad irrevocable: ser toda suya y hacerlo todo por su amor, renunciando de todo corazón a cuanto pudiera desagradarle.

Te elijo, Sagrado Corazón, por el único objeto de mi amor, el protector de mi vida, la garantía de mi salvación, el remedio de mi fragilidad, el reparador de todas mis faltas y el asilo seguro en la hora de mi muerte. Oh Corazón de amor, pongo toda mi confianza en Ti. Consume en mí todo lo que te desagrade. Que tu puro amor se imprima en lo íntimo de mi corazón de tal modo que jamás te olvide ni me separe de Ti. Te suplico por todas tus bondades, que mi nombre esté escrito en tu Corazón y jamás sea borrado de Él, porque quiero vivir y morir como hija (esclava) tuya para siempre. Amén.

San Juan Eudes enseñaba la siguiente consagración: Jesús, te ofrecemos, donamos y te inmolamos nuestro corazón. Recíbelo, poséelo todo entero; purifícalo, ilumínalo, santifícalo para que en él vivas y reines ahora y siempre por los siglos de los siglos.

San Ignacio de Loyola propone la siguiente consagración: Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y poseer. Vos me lo disteis, a Vos, Señor, lo torno; todo es vuestro, disponed de acuerdo a vuestra voluntad: dame vuestro amor y gracia, que esto me basta.

Una de las claves para cumplir nuestra consagración y entrega total a Jesús es hacer la voluntad de los Superiores, que es la voluntad de Dios. Dice santa Margarita María de Alacoque: Al Espíritu maligno, la obediencia lo abate y debilita sus fuerzas... El diablo no tiene ningún poder sobre los obedientes.

Cuenta la misma santa: En una ocasión, estando con fiebre, me hizo salir la Superiora de la enfermería para hacer los ejercicios, pues era mi turno, y me dijo: “Id, os entrego al cuidado de Nuestro Señor Jesucristo. Que Él os dirija, gobierne y cure según su voluntad”. Ahora bien, aunque me sorprendió esto un poco, porque en aquel momento estaba temblorosa por la fiebre, me fui, sin embargo, muy contenta a practicar esta obediencia, por tener ocasión de sufrir por su amor siéndome indiferente la manera que tendría Él de tratarme en mi retiro, ya me hiciera sufrir o gozar. Yo que decía: “Con tal de que Él esté contento y yo le ame, eso me basta”.

Pero, apenas estuve postrada en tierra, enteramente transida de dolor y de frío, se me presentó delante, me hizo levantar y prodigándome mil caricias, me dijo Jesús: “Eres toda mía y toda a mi cuidado. Por eso, quiero devolverte sana a los que te han puesto en mis manos enferma”. Y me restituyó una salud tan completa que no parecía haber estado mala, de lo cual se admiraron mucho, especialmente mi Superiora, que sabía todo lo sucedido.

Hay que reconocer que no siempre la obediencia es fácil. Con frecuencia, es difícil y cuesta mucho. Precisamente, en esos momentos en que debemos hacer un gran esfuerzo de voluntad, debemos acudir a Jesús, que nos espera en la Eucaristía. La Eucaristía es la fuerza de la vida, la energía del alma. La comunión de cada día es un alimento que nos hará superar todas las dificultades. Por eso, no debemos dejar de comulgar ningún día.

En el sagrario está Jesús Eucaristía, esperándonos como un amigo para ayudarnos y consolarnos. No importa lo que digan o hagan de nosotros. Jesús nos dará la fuerza necesaria para superarlo todo. ¡Qué hermoso es ir a desahogarnos ante Jesús eucarístico! ¡Cuánta paz se siente en su presencia! Santa Faustina Kowalska decía: El día que no recibo la comunión, la vida me asusta, tengo miedo de mí misma. Jesús, oculto en la hostia, es todo para mí. Del sagrario tomo fuerza, poder, valor, luz. Allí busco alivio en los momentos de angustia.

Toda la fuerza me viene del Santísimo Sacramento. Solamente en la eternidad podremos conocer qué gran misterio cumple en nosotros la santa comunión. ¡Son los momentos mas preciosos de mi vida!.

Toda mi fuerza la recibo de la comunión. Me sería difícil vivir un día sin recibir la santa comunión. Él es mi escudo; sin Ti, Jesús, no sé vivir. El momento más solemne de mi vida es cuando recibo la santa comunión.

Esto lo decía santa Faustina por propia experiencia. ¿No podríamos hacer nosotros también la experiencia de ir a Jesús Eucaristía siempre que tengamos algún problema que resolver o dolores que sanar? Jesús nos espera como un amigo y nos ha prometido alivio y consuelo: Venid a Mí los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré (Mt 11,28).

En el sagrario encontraremos la alegría, el amor, la fuerza y el consuelo que necesitamos. Jesús Eucaristía nos devolverá la paz y con Él podremos seguir adelante a pesar de las dificultades de cada día. Con Él podremos vivir nuestra entrega y nuestra consagración total cada día; y podremos decirle en cada momento con todo nuestro amor: Jesús, yo te amo; yo confío en Ti.

ORACIONES

Señor, estoy en tus manos. Sólo tengo un deseo: cumplir en cada instante tu santa voluntad. Ayúdame a dejarme llevar por ti. Hazme completamente disponible a tus designios sobre mí. Y, cuando me pidas algo que me cueste, dame fortaleza para dártelo. No quiero negarte nada, no quiero decirte nunca No, ni un SI a medias; sino un SI entero y total. Sé que me amas y, por eso, quiero agradecerte por mi vida y por todo lo que me has regalado. Quisiera hacer de mi vida una sinfonía de amor para amarte sin cesar. Gracias, Señor, te amo con todo mi corazón.

* * * * * *

Señor Jesús, en este momento de mi vida, quiero entregarme a Ti sin condiciones ni limitaciones. Quiero ser tuyo para siempre. Me consagro a Ti y me postro a tus pies para entregarte todo lo que soy y tengo: mi alma, mi cuerpo, mi pasado, mi presente, mi futuro, mi familia, mis deseos de santidad, mis ilusiones y esperanzas, mi salud, mis amistades... Todo, absolutamente todo, lo pongo en tus manos y te lo entrego para que me sirva para llegar a Ti y amarte con todo mi corazón. Puedes quitar o poner lo que Tú quieras. Te entrego mi vida como un cheque en blanco, quiero que seas el conductor de mi vida a partir de ahora. Yo confío en Ti y me pongo en tus manos como un niño en brazos de su madre. Gracias, Señor, por amarme tanto. Haz de mí lo que tu quieras, lo acepto todo con inmensa paz, porque Tú eres mi Padre y me amas y quieres lo mejor para mí.

* * * * * *

Toma mi corazón, Jesús del alma mía, tan pobre como es, es todo para Ti. Con él te quiero dar, por manos de María, todo lo que ahora soy y todo lo que fui. En tu misericordia arrojo mi pasado, dejo a tu providencia mi porvenir, Señor. El momento presente sólo me he reservado para emplearlo siempre en probarte mi amor. Toma mi corazón, es tuyo, todo tuyo. Me abandono en tus manos para siempre. Amén.

* * * * * *

En las horas más tristes de mi vida, cuando todos me dejen, Jesús mío, y el alma esté por penas combatida, que pueda repetir hasta la muerte: ¡Sagrado Corazón, en Vos confío, porque creo en tu amor para conmigo! Dios mío, me pongo en tus manos con lo poco que soy, contento de ser como soy. Si alguna vez sentí tristeza y vergüenza de ser así, te pido perdón por haberme avergonzado de la obra de tus manos. Te doy gracias por haberme hecho como soy. Y acepto con gratitud mi cuerpo con todos sus detalles, este temperamento, esta inteligencia y todo lo que soy como persona. Gracias, Señor, por haberme hecho así.

* * * * * *

Señor, acepto una por una todas mis enfermedades y todos mis defectos. En tu sabiduría divina organizaste así mi vida para Ti. Estoy de acuerdo, lo acepto todo como venido de tus manos, que se haga en mí tu santa voluntad. En tus manos pongo mi vida y mi muerte, mi salud o enfermedad. Todo lo pongo en tus manos. Haz de mí lo que tú quieras, yo te amo y te doy gracias con todo mi corazón.

* * * * * *

Padre mío, me pongo en tus manos, haz de mí lo que Tú quieras, sea lo que sea, te doy gracias. Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo, con tal de que tu voluntad se cumpla en mí y en todas tus criaturas; no deseo nada más, Padre. Te confío mi alma, te la doy con todo el amor de que soy capaz, porque te amo y necesito darme. Me pongo en tus manos sin medida, con una inmensa confianza, porque Tú eres mi Padre.

CONCLUSIÓN

Después de haber visto algunas enseñanzas de los santos y algunos ejemplos prácticos, podemos concluir que, para ser santos es preciso entregarse totalmente a Dios. Dios necesita tener las manos libres para hacer su obra de amor en nosotros. Dios quiere que seamos santos y lo único que nos pide es una entrega total, sin condiciones. Eso significa aceptarlo todo como venido de sus manos divinas y hacer siempre lo que consideramos que es su santa voluntad. No es preciso nada más. No hay que hacer grandes penitencias ni ir a visitar santuarios lejanos ni hacer largas y costosas oraciones. Ser santo es llevar una vida entera de amor a Dios y a los demás. Y, para conseguirlo, es necesario dejarse amar por Él y dejarse llevar por Él. Dios tiene unos planes distintos de los nuestros y, con frecuencia, nos rompe nuestros esquemas. Él conoce el camino, dejémosle hacer y digamos en cada momento: Hágase tu santa voluntad.

El abandono total es dejarle actuar con total libertad. Entonces, a pesar de los momentos difíciles y dolorosos que sucedan, una paz inmensa brillará en el fondo del alma y Dios nos hará gustar la felicidad incomparable de su amor. Quizás pasemos por momentos de oscuridad, por momentos de incertidumbre, pero eso es necesario para despegarnos de todas las criaturas y cosas materiales para que el abandono sea completo y lo único que cuente para nosotros sea Dios, sólo Él. Y nada más que Él.

Te deseo lo mejor. Que seas santo, que ames a Dios con un corazón total, no a medias tintas. Espero que te abandones en sus brazos infinitos de Padre y no temas, porque el amor expulsa el temor. Que seas feliz y que ayudes a ser felices a todos tus hermanos.

Saludos de mi ángel y saludos a tu ángel. Que Jesús te bendiga por María.

Tu hermano y amigo del Perú. Ángel Peña Benito Agustino Recoleto

BIBLIOGRAFÍA

Álvarez Icaza María Angélica, Memorias, Libreta No. 8. Boada i Rafi Jaume, Fijos los ojos en Jesús, la parábola del agua, Ed. Narcea, Madrid, 2002. Caussade, Jean Pierre, El abandono en la divina providencia, Ed. Gratis date, Pamplona, 2000. González Marcelo, La Trinidad: un nuevo nombre para Dios, Ed. Paulinas, Buenos Aires, 1999. Juan XXIII, Diario, Ed. Cristiandad, Madrid, 1964. Larrañaga Ignacio, Dios adentro, Ed. Paulinas, Lima, 2004. Martínez José Julio, Éstos dan con alegría, Ed. Edapor, Madrid, 1983. Salerno Giovanni Misión andina con Dios, segunda edición, Ed. Edibesa, 2004. San Alfonso María de Ligorio, La conformidad con la voluntad de Dios, tercera edición, Lima, 2006. San Claudio de la Colombière, El abandono confiado a la divina providencia, Ed. Balmes, Barcelona, 2003. San Francisco de Sales, Tutte le lettere I, Roma, 1967. Santa Faustina Kowalska, Diario, Stockbridge, Massachussetts, 1996. Santa Margarita María de Alacoque, Autobiografía.

 

 

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