MATRIMONIOS FELICES
Nihil Obstat P. Ignacio Reinares Vicario Provincial del Perú
Agustino Recoleto
Imprimatur Mons. José Carmelo Martínez Obispo de Cajamarca
(Perú)
ÁNGEL PEÑA O.A.R. LIMA - PERÚ 2009 ÍNDICE GENERAL
INTRODUCCIÓN Noviazgo. Matrimonio Amor. Diálogo Perdonar.
Fidelidad Aspecto sexual. Abiertos a la vida Los hijos. Matrimonio
cristiano Oración. Matrimonios felices Esposa ideal Un mensaje de
María Renovación de las promesas matrimoniales Entronización del
Corazón de Jesús Consagración de la familia al C. de Jesús
CONCLUSIÓN BIBLIOGRAFÍA
INTRODUCCIÓN
En este libro deseo hablar sobre el matrimonio, dando esperanza a
todos los que se embarcan en esta vocación. Se puede ser feliz en
la medida de lo posible en este mundo, viviendo en matrimonio. Hay
muchos matrimonios felices y todos podrían ser felices, si se
desprendieran de todo su egoísmo y aprendieran a amar de verdad.
Sin embargo, como Dios es la fuente de todo verdadero amor, ningún
matrimonio podrá ser verdaderamente feliz sin contar con Dios. Por
eso, lo primero es casarse por Iglesia y poner su hogar bajo la
protección de Dios. Jesucristo, el Rey de Reyes, quiere reinar en
tu familia, sin Él nunca podrás tener un matrimonio feliz. Por
eso, es importante hacer la entronización del Corazón de Jesús en
el hogar y la consagración a Él de toda la familia.
Te deseo una vida feliz y una familia numerosa para gloria de
Dios y de la Iglesia. ¡Que Jesús sea un miembro más de tu familia
y seas feliz en tu matrimonio!
Noviazgo
Sí deseas un matrimonio feliz, debes comenzar por prepararte
bien durante el tiempo de noviazgo. El noviazgo es un tiempo de
preparación y de conocimiento mutuo. Pero, muchas veces, se
convierte en un tiempo de desórdenes, en el que Dios está
totalmente ausente. Y Dios es fundamental en la vida de todo hombre
que quiere ser feliz y, por supuesto, en un verdadero matrimonio.
Muchos jóvenes tienen una mentalidad pagana. Confunden amor con
sexo. Hablan de amor a primera vista y, en un tiempo récord,
quieren casarse sin conocerse de verdad. No faltan quienes se
conocen por internet y, en poco tiempo, sin apenas conocerse
personalmente, ya quieren formalizar un matrimonio que debe durar
para toda la vida. Es posible conocer a la esposa ideal por
internet, pero hay que estar muy seguros y conocerla muy bien, para
dar este paso transcendental del que depende la felicidad personal y
de los futuros hijos.
Muchos adolescentes, desde los doce años o antes, ya desean
tener una novia para poder presumir ante sus compañeros. ¿Para
qué desean tener novia a esa edad? ¿Sólo para besarla y
abrazarla? ¿No será una señal de inmadurez? Los noviazgos
prematuros terminan rápidamente y, con frecuencia, después de
haber tenido relaciones sexuales. Si esto se repite en varios
noviazgos, ¿qué podría decirse de la novia o del novio? ¿Es esa
la mejor preparación para el matrimonio?
Lo peor es que muchos jóvenes ya no quieren casarse y sólo
quieren convivir sin compromiso. Otros prefieren tener compañeros
sentimentales. De esa manera, aunque no haya amor, pueden
satisfacerse mutuamente y, después, separarse sin problema y seguir
buscando otras uniones pasajeras semejantes. Pero así nunca podrán
ser felices, porque el matrimonio para ser feliz necesita amor, y el
amor verdadero viene de Dios y quiere ser eterno.
En la actualidad, son muy frecuentes estos matrimonios al paso,
sin compromiso. Muchos jóvenes modernos son incapaces de asumir un
mínimo de responsabilidad matrimonial. Se divorcian con la
facilidad de quien toma un vaso de agua y se vuelven a juntar con la
misma frivolidad. ¿Y los niños? Si se quedan con la madre, crecen
bajo la sombra de la tristeza materna y, a veces, con una gran
inseguridad; porque les falta la presencia paterna. ¡Cuántas
madres solteras o abandonadas! ¡Cuántos matrimonios rotos,
cuántos divorcios, cuánto sufrimiento!
Por eso, hay que tomar en serio el noviazgo. Dice el Catecismo de
la Iglesia católica: Los novios están llamados a vivir la castidad
en la continencia... Y reservarán para el tiempo del matrimonio las
manifestaciones de ternura específicas del amor conyugal. Deben
ayudarse mutuamente a crecer en santidad (Cat 2350). Los jóvenes
que desean casarse deben pensar en hacerlo para toda la vida; si no,
su unión será débil y ante cualquier dificultad se romperá,
porque no pondrán de su parte y no estarán dispuestos a hacer
ningún sacrificio para superar las dificultades. Es preciso tener
la idea clara de que uno se casa para toda la vida y de ser puros
antes del matrimonio. Puros hasta el altar y fieles hasta la tumba.
Algo muy importante en el noviazgo es el decirse la verdad en
cuanto a sus vidas y su pasado. Porque si uno de los dos oculta algo
grave, que el otro tiene derecho a saber, el matrimonio podría ser
nulo. Por ejemplo, ocultar que no puede tener hijos, que tiene sida
o cualquier otra enfermedad crónica grave, que tiene hijos o que ha
estado unido anteriormente con otra persona; que es adicto al juego,
a las drogas, al alcohol… Hay que ser transparentes y decirse
siempre la verdad. Declara san Pablo que el amor se alegra con la
verdad (1 Co 13, 6). Sin verdad no hay verdadero amor.
Querido joven, ¿ya conoces a la que será tu esposa para toda la
vida? Respétala, no te permitas con ellas acciones inmorales, no la
engañes con sutilezas ni le pidas una "prueba de amor".
Ten prudencia y evita estar a solas con ella en lugares solitarios o
cerrados. Tu amor a ella debe ser siempre puro y limpio, con la
ilusión de llegar los dos juntos vírgenes al matrimonio. Evita los
abrazos y besos apasionados y los tocamientos indecorosos.
Debes saber esperar hasta el momento en que sea tu esposa y
puedas decirle de verdad: Ahora soy tuyo, totalmente, y para siempre
¿Te imaginas que podrías tener un hijo no deseado? ¿Cómo se
sentiría ese niño que no es bien recibido al venir a este mundo?
¿Pensarías en matarlo por el aborto? Con los hijos no se juega. No
se puede tener una relación matrimonial antes del matrimonio.
Prepárate para ese momento tan importante de tu vida. El amor es
algo tan hermoso y tan grande que sólo Dios lo puede dar. Porque
Dios es la fuente de todo auténtico amor. Dios es amor (1 Jn 4, 8).
Y hay que estar casados en el Señor (1 Co 7, 39), casados por la
Iglesia.
Y tú, querida joven, ¿has encontrado ya al que será tu futuro
esposo? ¿Piensas en él, rezas por él? Pídele a Dios que te lo
presente cuanto antes y que no te equivoques en tu elección. Y,
desde ahora, consérvate pura y limpia para él. Evita la compañía
de hombres deshonestos, las conversaciones de doble sentido,
espectáculos pornográficos… Busca diversiones sanas y prepárate
en cuerpo y alma para el que será el padre de tus hijos.
¡Qué hermoso es encontrar chicas que sonrían con sincera
alegría, que sean decentes y se vistan con gusto! ¡Qué belleza
irradian estas jóvenes de alma transparente y cuerpo puro! ¡Una
chica buena, trabajadora, responsable y maternal es un regalo que
vale más que todos los tesoros del mundo! Y ahora rezad los dos,
aunque no se conozcan, esperando conocerse y amarse pronto.
Señor, quiero pensar en este momento en tu presencia por quien
será mi esposo(a). Haz que mi recuerdo lo acompañe siempre y lo
defienda de toda acción baja y vulgar. Haz que nunca se deslice
entre nosotros la mentira ni el engaño. Señor, preséntamelo
cuantos antes, tengo deseos de conocerlo(a) para darle el tesoro de
mi amor, que guardo con tanto cariño y pureza para él (ella). Que
su recuerdo, en vez de quitarme las ganas de estudiar, sea para mí
un estímulo para salir adelante. Quiero ser para él (ella) una
persona auténtica que lo sostenga en la debilidad y le dé fuerza y
energía para superar las dificultades. Y haz que su sonrisa y su
alegría ilumine el camino de mi vida y me llene de felicidad.
Pensando en él (ella) mi corazón vibra de emoción. Señor, desde
ahora, ya lo(a) amo con todo mi corazón.
Y quiero darle las rosas más bellas de mi corazón humano,
Señor, quiero servirte y amarte con él (ella) y con nuestros hijos
por toda la eternidad. Haznos una familia unida en tu divino
Corazón. Amén.
Matrimonio
Una vez que los novios lo han pensado bien, deben prepararse para
el gran día de su matrimonio religioso (estando previamente casados
por lo civil). Para su matrimonio, no sólo deben pensar en las
invitaciones, en el banquete, en el vestido de la novia y en otras
cosas materiales. Sobre todo, deben preparar su alma para
consagrarse mutuamente en cuerpo y alma en la presencia de Dios.
Deben estar bien confesados para comulgar en la misa. Y deben ser
conscientes de su compromiso de amor y fidelidad para toda la vida.
Yo prometo serte fiel en lo favorable y en lo adverso, con salud o
enfermedad. Y así amarte y respetarte todos los días de mi vida.
Esto lo declaran ante Dios, que es testigo de su compromiso de amor
eterno. Así que ya nunca más hay que pensar en el divorcio. Y hay
que hacer todo lo posible y lo imposible para superar las
dificultades.
Si éstas fueran insolubles, la Iglesia acepta la separación de
cuerpos, manteniéndose firme el vínculo matrimonial. Ambos
podrían seguir confesando y comulgando normalmente, mientras no
tengan un nuevo compromiso. Y, si se unen a otra tercera persona,
sepan lo que dice el Papa: la práctica de la Iglesia es no admitir
a los sacramentos a los divorciados vueltos a casar... Sin embargo,
siguen perteneciendo a la Iglesia que los sigue con especial
atención con el deseo de que, dentro de lo posible, cultiven un
estilo de vida cristiano mediante la participación en la santa
misa, aunque sin comulgar, la escucha de la palabra de Dios, la
adoración eucarística, la oración, la participación en la vida
comunitaria, el diálogo con un sacerdote de confianza, la entrega a
obras de caridad, de penitencia y a la tarea educativa de los hijos.
Donde existan dudas legítimas sobre la validez del matrimonio
sacramental contraído, se debe hacer lo que sea necesario para
averiguar su fundamento.
Lamentablemente, hay esposos soberbios, flojos para el trabajo,
adictos al sexo, al alcohol, a las drogas o a otros vicios. Otros se
creen padres y esposos modelos, porque no son borrachos ni
mujeriegos ni les gustan las fiestas; y trabajan todo el día pare
el bien de su familia. Ciertamente, a su familia no le falta nada
material, pero le falta el amor del papá. Sus hijos se quejan de
que nunca tiene tiempo para escucharlos, de que nunca sale con ellos
a pasear, porque siempre está demasiado ocupado. A su esposa,
cuando se queja de que no salen nunca juntos o no le da el cariño
que ella espera, le recuerda que no tiene tiempo y que está muy
cansado, porque trabaja todo el día. Además, le dice que no olvide
que todos sus vestidos y todo lo que tiene se lo debe a él.
En algunos de estos casos, la esposa puede buscar amor en otra
parte. Como aquella esposa, a quien otro hombre la estaba
cortejando. Ella decía: Yo sé que el otro no siente lo que me
dice, pero no me importa. Me agrada que alguien se fije en mí y me
diga palabras bonitas, aunque sean mentira. Por eso, es triste que
haya maridos ciegos para reconocer la belleza de su esposa y piensen
que todas las demás son más bellas que ella. Lo peor es que le
diga palabras de desprecio: fea, gorda, sucia, desordenada, etc. En
este caso, está matando el amor de su corazón y ella no tendrá
alegría ni voluntad para hacerlo feliz. Al final, los dos pierden
y, sobre todo, los hijos, que ven las discusiones y sienten la
lejanía de sus padres.
La esposa, como mujer, necesita ser admirada. Cuando nadie la
mira ni la valora, siente que su vida está vacía. Haría cualquier
cosa para ser admirada, valorada y amada. Y ahí está el peligro.
Si el esposo nunca le dice que la ama, y el otro se lo repite
constantemente, podrá recibir alguna recompensa a cambio, aunque
sea un beso furtivo o un abrazo. Y por ese camino, ni ella misma
sabe a dónde puede llegar.
El amor en el matrimonio nunca se debe dar por supuesto, hay que
decirlo de todas las maneras posibles, con un beso, un abrazo, un
apretón de manos, palabras bonitas, regalos, miradas… ¡Se puede
decir de tantas maneras al otro que se le ama! ¡Es tan fácil hacer
felices a los demás, diciendo palabras amables! Y ésta es una
regla para todos y con todo el mundo, pero especialmente para los
esposos y para los hijos, que también necesitan ser queridos y
valorados por sí mismos sin comparaciones odiosas.
Muchos hombres van matando el amor de su esposa, porque son como
los fariseos, que querían apedrear a la mujer adúltera del
Evangelio (Jn 8). Les gustaría apedrear a su esposa y lo hacen con
sus desprecios continuos y sus palabras hirientes o con gestos
burlescos. La ponen en medio de los demás y le sacan sus defectos
ante toda la familia, porque es gastadora, histérica, infantil,
llorona… Pero, como dice Jesús: El que esté sin pecado, que tire
la primera piedra.
Por supuesto que también hay esposas que no hacen más que
criticar a sus esposos, porque no trabajan más, porque falta dinero
en casa, porque son calvos o feos y, sobre todo, lo comparan con los
vecinos o amigos, que tienen más que ellos. Y eso duele. Y no ayuda
para el crecimiento del amor mutuo.
Hay matrimonios que parecen cansados y aburridos como los dos
discípulos de Emaús, que ya habían perdido las esperanzas que
habían puesto en Jesús. Por esto, hay que renovar el matrimonio
cada día. Y decirle a Jesús, como los discípulos de Emaús:
Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día declina. Y
entró y se quedó con ellos (Lc 24, 13-25).
Nosotros también debemos invitar a Jesús a quedarse con
nosotros, a ser un miembro más de la familia. Con Jesús todo lo
podremos superar más fácilmente y los problemas de cada día no
nos parecerán insolubles. Y también debemos invitar a María. En
las bodas de Caná estaban los dos invitados. Y fue una bendición
para los recién casados y para toda la familia. María se dio
cuenta de que faltaba algo importante. Y le dijo a Jesús: No tienen
vino (Jn 2, 3). Y Jesús, por amor a María, a quien no le puede
negar nada por ser su madre, hizo su primer milagro sin estar
previsto en sus planes.
De la misma manera, nosotros, invitando a Jesús y a María,
podemos estar seguros de que ella intercederá ante Jesús y le
dirá: No tienen comprensión, les falta dialogo, no quieren tener
hijos, no tienen paz...Y Jesús podrá hacer milagros una vez más.
Por ello, es tan importante tener en la casa alguna imagen de Jesús
y de María y rezar todos los días en familia y consagrarse como
familia a Jesús por María.
Sin fe, el matrimonio no puede ser feliz. Pero con fe todo es
diferente. Decía Susana Tamaro: Estoy plenamente convencida de que,
sin fe, el matrimonio es una especie de campo de concentración,
pero estoy igualmente convencida de que el matrimonio, vivido en
plenitud, es un lugar de satisfacción, un camino de duro
compromiso, pero bellísimo. Sin embargo, muchos se casan de forma
casual, sin ninguna preparación y sin ningún sentido de la
sacralidad del matrimonio. Hay un analfabetismo afectivo. El
matrimonio se convierte para muchos en un producto de consumo
más. No tienen idea de construir algo juntos, conscientes de que en
esa construcción, hay dificultades. El matrimonio requiere fe,
amor y vocación.
Dice el doctor Aquilino Polaino Lorente: He tenido ocasión de
conocer una pareja que vino a pedir ayuda. Ambos eran jóvenes y
trabajaban, comenzando a abrirse paso en la vida profesional. La
esposa recibía unos honorarios más cuantiosos que su marido. Y en
su matrimonio trataron de organizarse de la forma más racional,
dado que ambos eran universitarios. Para ello hicieron inventario
minucioso de las tareas domésticas. En función de su grado de
dificultad que cada una de ellas comportaba y del tiempo que exigía
su realización, les fue asignada una determinada puntuación. Luego
suscribieron un acuerdo para realizar las tareas domésticas al 50%.
De acuerdo a lo pactado, si al llegar el fin de semana uno de los
dos había logrado menos puntos por haber realizado menos
actividades en casa, entonces destinaría su tiempo libre a
completar las tareas que le faltaban al cómputo.
Esto se cumplió escrupulosamente por ambas partes durante los
tres primeros meses de matrimonio, aunque con dificultades. Por fin,
el marido se cansó. Se veía obligado a trabajar durante los fines
de semana para completar su igualitaria dedicación a las tareas
domésticas. Le parecía que su casa se parecía más a una
cooperativa que a una familia y que las relaciones con su mujer eran
más difíciles que con la patronal de su empresa. En definitiva,
que su mujer no lo estimaba, que era muy difícil encontrar un gesto
de amor en sus relaciones conyugales.
Dada esta situación, le habló a la esposa de la manera más
clara posible de que no podía aguantar aquella situación. Pero su
esposa se negó a modificar el acuerdo establecido. El esposo le
dijo: Si seguimos con el reparto equitativo de las tareas
domésticas, nuestra vida será cualquier cosa menos matrimonio, que
es lo que tú y yo soñamos al casarnos. Si no estás dispuesta a
que nos organicemos de otro modo, a partir de ahora tú te vas con
tu madre y yo con la mía. Y eso fue lo que acabaron por hacer. A
ello siguió la demanda de separación y después el divorcio. La
terapia de pareja resultó inútil en este caso.
El matrimonio no puede organizarse como una empresa o una
cooperativa. El matrimonio no es una sociedad laboral en la que cada
tres meses deben rotar los empleados y asumir nuevas y diversas
responsabilidades. El matrimonio es una comunidad de amor que no
puede regirse por un reglamento laboral frío, pues una
organización así vacía el matrimonio del amor que es su finalidad
esencial y más necesaria.
Hay que darse cada uno al 100%. Pero, cuando falta el amor
verdadero, que viene de Dios, falta el sentido del matrimonio. Por
eso, hay que pedir a Dios, en oración, que llene nuestro corazón
de amor autentico para evitar el egoísmo disfrazado de amor.
Amor
Amor es una palabra muy bonita. Hay infinidad de canciones y
películas que ensalzan el amor. Pero, a veces, es un amor
falsificado, porque es un amor adúltero, donde el protagonista, por
ser guapo y simpático, pareciera tener derecho a todo. Es un amor
de película, que no dura más de dos horas. Pero la vida real
requiere que, para ser felices, el amor sea eterno. No se puede
vivir cambiando de pareja como de camisa. No se puede ir por el
mundo diciendo a todo el que pase: Te quiero, porque quiero estar
contigo. Hay que tener seriedad y responsabilidad y no amar al paso.
Cuando los esposos están comprometidos en un matrimonio hay que
cuidar mucho ese tesoro del amor, porque puede contagiarse con las
enfermedades del mundo moderno. Y se puede perder, si sólo se
piensa en la propia felicidad. Si tú has encontrado una buena
esposa, no te dejes encandilar por falsas apariencias, no la vendas
por nada ni por nadie. No te dejes arrastrar por el afán de
aventuras o de placeres indebidos. Mírala, admírala y dale todo tu
cariño. Si vas detrás de otras mujeres, al final, perderás lo que
más vale: tu propia esposa. Mírala bien, descubre sus tesoros y no
la devalúes, no la maltrates. Reconquista el amor perdido a fuerza
de ternura y cariño. Enamórala cada día y te responderá con un
amor incondicional que te hará inmensamente feliz.
Y tú, esposa, si tu esposo es un hombre bueno y fiel, cuídalo
con cariño. No lo rebajes, no le hagas sentir mal, comparándolo
con otros que tienen más éxito económico y social. Piensa siempre
que tu esposo es más importante que todas las cosas del mundo. No
lo molestes con tus manías de limpieza. Enséñale cómo
comportarse para no manchar inútilmente, pero no le digas
continuamente: No toques, no manches, no te sientes, no te muevas,
no pongas eso ahí... Es como si le dijeras, prefiero que te vayas a
la calle y no manches; prefiero tener la casa limpia a que estés
feliz en ella. Sería preferible decirle: Te quiero tanto que no me
importa que manches con tal de que te sientas feliz, aunque
después, tendrás que ayudarme a limpiar.
Algo importante es hacer las cosas juntos para fomentar el amor
mutuo. No sólo orar e ir a fiestas, también limpiar, cocinar
algún día, pasear, estudiar… ¡Hay tantas cosas hermosas que
pueden hacerse juntos! ¡Hay tantos pequeños detalles que pueden
hacer feliz al otro! ¡Es tan fácil sentarse juntos unos momentos a
escuchar aquella música que los fascinaba siendo jóvenes o tomarle
la mano en silencio, sonreírle o darle un regalo, o decirle con las
palabras más hermosas: Te quiero!
¡Es tan fácil sorprender al otro, de vez en cuando, con un ramo
de flores o una caja de chocolates! ¡O escribirle una hermosa
tarjeta con palabras hermosas de agradecimiento por todo lo que
hace! Y, cuando tenga problemas, es fácil llamarlo por teléfono a
ver cómo está y decirle: No tengas miedo, yo estoy contigo. Todo
pasará, no te preocupes, confiemos en Dios, pongamos todo en las
manos de Dios. Lo importante es no dejar el amor en el invernadero
de la rutina.
La rutina es un roedor implacable. Después de los primeros
tiempos de dulzura y felicidad, se va colando en muchos matrimonios
la monotonía de la vida diaria. Y, sin que nadie se dé cuenta, las
cosas se van haciendo más pesadas. Ya no se vibra con la ilusión
de la llegada del cónyuge, ya no se le espera como en otros
tiempos, todo parece que ha cambiado, como si hubieran cambiado de
personalidad. Pasan los años y la rutina, como un termita, va
evaporando lo poco que queda de ilusión. Parecen dos extraños,
viviendo en la misma casa, pensando sólo en ir tirando. Falta la
frescura del primer amor, falta color y originalidad, falta Dios,
que es el único que puede ir renovando el matrimonio con el agua
fresca de su divino amor.
Decía Saint-Exupery que amar no es mirarse el uno el otro, sino
mirar juntos en la misma dirección. Sí, mirar y caminar unidos.
Amar no es tomarse de la mano mirando el televisor o pasearse por
los parques tomados de la mano. Amar es mucho más, es decirse sí
el uno al otro en cada momento. Y decirse sí el uno al otro
significa decirle también sí a los hijos y a Dios, para cumplir su
santa voluntad. Es renovar en cada instante de la vida el sí que se
dieron un día ante el altar en presencia de Dios, como testigo. Por
eso, cuando hay infidelidad, aunque sea en el pensamiento, se está
siendo infiel también a Dios. Cada pensamiento, palabra u obra,
debe unir más a los esposos, porque todo aquello que los separa y
aleja uno del otro es desamor, infidelidad al compromiso
matrimonial. De ahí que sea tan importante la oración para poder
crecer en el amor de Dios. Cuanto más amen a Dios, más se amarán
el uno al otro.
¡Qué hermoso es pedir a Dios cada día nuevos ojos para verse,
como cuando eran novios! Aquellos ojos que lo fascinaban siguen
siendo tan bellos como antaño, pero ¿por qué ya no le fascinan?
¿Por qué no le dice el esposo: Eres linda y preciosa y te quiero
con todo mi corazón? ¿Por qué la esposa no hace más que
criticarlo y rebajarlo como si fuera un hombre incapaz de solucionar
los problemas? ¿Por qué no lo valora y no desea tener intimidad
con él?
Recuerdo a un esposo que, cuando su esposa se enfermó gravemente
y tuvieron que operarla de emergencia, se puso a rezar y le dijo a
Dios: Señor, si sale bien de la operación, te prometo que le voy a
dar todos los besos que no le di. Procuraré hacerla feliz de todas
las formas posibles. Ahora comprendo, Señor, el gran regalo que me
diste y que yo no he sabido valorar.
Tuvo que llegar un momento difícil parar saber valorar a su
esposa y hacer un propósito de enmienda. Felizmente, la esposa
salió bien y el matrimonio mejoró notablemente su relación,
ayudados por el grupo parroquial al que pertenecían,
Por eso, no olvidemos que el amor es para hoy y que hay que
demostrarlo hoy. No hay que dejar para mañana lo que debemos hacer
hoy. Además, el amor nunca debe darse por supuesto, hay que
manifestarlo y decirlo. ¿A quién no le gusta que le digan que lo
quieren, que lo admiran, que se sienten bien a su lado? ¡Cuán
feliz se sentirá el esposo si se lo dice la esposa! ¡O al revés!
También los hombres, que son como niños grandes, necesitan del
cariño de la esposa y que ella les manifieste su admiración y
agradecimiento.
Ahora quisiera preguntarte: ¿Cuánto eres capaz de sufrir por tu
consorte? ¿Qué eres capaz de hacer por él? Cuando hay problemas,
¿estás dispuesto a dialogar para solucionarlos?
Diálogo
Algo fundamental en la vida del matrimonio es saber dialogar y
decirse las cosas con confianza para poder corregirse mutuamente. El
diálogo debe hacerse en momentos de calma. Cuando uno está
irritado, porque el otro ha llegado tarde o porque las cosas le
salieron mal, el diálogo puede terminar en discusión. Hay que
buscar el momento adecuado. Y hay que dialogar lejos de ruidos, en
momentos en que los niños o los vecinos no puedan perturbar.
Hay que evitar a toda costa la actitud impulsiva de llevar
siempre la contraria. Llevar normalmente la contraria es signo de
que algo anda mal en la relación mutua. Hay parejas que discuten a
diario, no importa el tema, siempre uno lleva la contraria. Eso
puede llevar al otro al silencio y no decir lo que piensa, guardando
resentimientos interiores.
¡Qué hermosa es la comunicación no verbal positiva: sonrisa,
contacto corporal, darle las manos, brazos abiertos, mirada dulce,
voz cariñosa y suave! ¡Cuánto daño hace la comunicación no
verbal negativa como: ceño fruncido, risa cínica, llanto, enfado,
brazos cruzados, tensión en manos, no mirar a los ojos, mirada
dura, tono de voz elevado, gritar!
Ahora bien, en el diálogo hay que saber decirse las cosas, hasta
las más íntimas para aclararlas o para pedir al otro que mejore su
comportamiento. Sin embargo, no hay que decir secretos que sólo
deben decirse al confesor. Uno no está obligado a decir que ha
cometido adulterio, pues eso no arreglará nada y puede empeorar
todo. No hay derecho a exigir al otro que responda a todas las
preguntas, buscando que le diga sus pecados.
Cuando uno de los dos es muy celoso, hay que pedirle que sepa
confiar; porque, de otro modo, lo va a aburrir con tantas preguntas
y lo va a ahogar con tantos controles. No se puede vivir con una
persona que controla hasta los más mínimos detalles y que observa
hasta la ropa a ver si descubre algún indicio de infidelidad.
Normalmente, las personas celosas son muy inseguras y tienen miedo
de que su pareja los engañe. En ese caso, debe comprender su
enfermedad y pedir a Dios más confianza. De otro modo, la
convivencia puede resultar muy difícil o casi imposible.
Tampoco hay que tomar en el diálogo una actitud de indiferencia.
No se puede decir: Ya te conozco, ya sé lo que me vas a decir. Es
inútil hablar contigo. Con esa actitud nunca vamos a decir nada y,
por tanto, las cosas seguirán eternamente igual o peor. Al menos,
debemos orar mucho por el otro y, en algún momento en que esté en
calma, podremos decirle lo que pensamos o buscar a alguien que se lo
pueda decir.
Evidentemente, no siempre hay que dialogar sobre asuntos
conflictivos, se puede dialogar sobre cosas agradables, recordar
momentos felices pasados juntos o decirle al otro cuánto lo amamos
y admiramos, felicitándolo por las cosas buenas que vemos en él. A
veces, se dice que no hay tiempo, pero la falta de tiempo para
dialogar va creando una fosa entre los esposos. La incomunicación
es una de las enfermedades peores del matrimonio. ¡Qué triste es
vivir en la misma casa y no poder decirle al otro lo que nos molesta
de él! ¡Y no poder hablarle de las cosas íntimas e importantes!
Una solución para dialogar sería irse los dos esposos solos un
día al campo para hablar lejos de todo y de todos; o tomarse un fin
de semana de vacaciones e irse a algún sitio para revivir su luna
de miel. Esto puede hacerse simplemente yendo a un hotel o a una
casa de retiro. Quizás podría buscarse una fecha significativa
como el aniversario de matrimonio. Lo importante es tener tiempo y
poder dejar hablar al otro hasta que diga todo lo que piensa sin
interrupciones. No hay que imponerse por la fuerza de los gritos.
Hay que escuchar atentamente y ver hasta dónde el otro puede tener
razón.
Si las cosas no se arreglan con el diálogo mutuo, sería
necesario acudir a una persona neutral, como un sacerdote de
confianza, a quien deben decir cada uno sus puntos de vistas para
que él pueda dar consejos a cada uno de acuerdo a su criterio. De
esta manera, pueden aclararse muchas cosas y recibir buenos
consejos.
En mi larga vida de sacerdote he aconsejado a cientos de parejas
de esposos. La falta de diálogo es uno de los problemas permanentes
de los matrimonios. A veces, ninguno de los dos quiere ceder, porque
cada uno cree que tiene razón. Ahora bien, el cambiar actitudes y
costumbres bien arraigadas no es fácil. Por eso, siempre les
recomiendo que recen unidos, porque para Dios no hay nada imposible.
Él puede solucionar lo que parecía un sueño imposible. He visto
matrimonios al borde del precipicio, que han podido arreglarse con
buena voluntad y la oración mutua. Recuerdo a una señora que vino
a visitarme, porque su esposo era alcohólico y, cuando estaba
borracho, la insultaba y le hacía la vida imposible. Le hablé a
ella y le dije que me gustaría hablar con él.
Contra todo pronóstico, vino el esposo a visitarme. Reconoció
que se emborrachaba frecuentemente y que se portaba mal. Su vida era
un desastre y hacía sufrir a su familia. Los invité a que fueran a
un Encuentro matrimonial y aceptaron. El encuentro tocó sus
corazones y decidieron casarse por la Iglesia. Él, reconociendo que
era alcohólico, ingresó a un grupo de Alcohólicos Anónimos,
donde llegó a ser el dirigente del grupo. Al poco tiempo, tuvieron
un nuevo hijo y comenzaron a asistir a un grupo parroquial... Sus
vidas cambiaron y ambos se sentían felices de haber renovado su
vida y su matrimonio por la fuerza de Dios. En este caso, el esposo
aceptó la ayuda de Alcohólicos Anónimos y la ayuda de las parejas
amigas, que les ayudaron en el Encuentro matrimonial.
Por otra parte los esposos deben tener claro que nadie debe ser
más importante que ellos en su matrimonio. Cada uno debe poder
decirle al otro con toda sinceridad: Tú eres la persona más
importante del mundo para mí. Nunca la familia de uno de los dos
debe primar sobre los intereses o sentimientos del cónyuge. Y
muchísimo menos los amigos o los gustos y deseos personales. Uno
debe estar dispuesto a darlo todo y a dejarlo todo por hacer feliz
al otro.
Por supuesto que esto no es fácil en la vida diaria, pues
normalmente cada uno tiene sus preferencias y sus gustos. De ahí
que sea tan necesario acudir a Dios para pedir ayuda, cuando uno
tenga celos, deseos de gritar o de insultar. Cuando las cosas no
están como uno desea y, cuando se ve con claridad los defectos del
otro, es muy fácil corregir sin delicadeza y eso puede crear más
problemas. Hay que corregir con amor, hablar con amor, sonreír con
amor… Y pedir ayuda a Dios.
Hay estadísticas confiables que afirman que, en cualquier
matrimonio roto, uno de los dos tiene el corazón endurecido contra
Dios. Cuando el corazón se endurece, no hay visión de perspectiva
eterna. Y por eso, cuando el esposo falla, la esposa debe orar con
intensidad y pedir y pedir a Dios por su esposo. Nada puede haber en
el mundo más eficaz ante Dios que la oración de la esposa por el
esposo; mucho más incluso, que la oración de su madre, pues Dios
los ha hecho UNO por el matrimonio.
En caso de problemas, la esposa debe pedir oraciones, hacer
cadenas de oración. Y por otra parte, preguntarse: ¿Qué estoy
haciendo para ser más atractiva para mi esposo? ¿Soy la clase de
esposa que él espera de mí? ¿Me visto de modo atractivo? ¿Lo
atiendo con cariño?
Y cuando el esposo sienta que su esposa ya no lo ama, que no
quiere tener relaciones sexuales con él, debe preguntarse: ¿Soy la
clase de esposo que ella esperaba de mí? ¿La trato con cariño?
¿Es ella la persona más importante de mi vida? ¿Me preocupo más
del trabajo o de mis aficiones que de ella y de los niños? ¿Está
bendecido nuestro matrimonio por Dios? ¿Oramos juntos? ¿Está Dios
presente en nuestras vidas?
Veamos algunos consejos prácticos para tenerlos en cuenta
durante el diálogo:
Escucha al otro todo lo que te quiere decir. No digas: estoy
cansado o estoy muy ocupado. Busca siempre tiempo para escuchar y
dialogar con tu pareja y con tus hijos.
Recuerda el día de su cumpleaños y aniversarios importantes
para felicitarlo(a). Y siempre que haga algo digno de mención,
aplaude y felicita, porque necesita sentirse valorado(a) para ser
feliz.
Nunca llames por apodos o palabras de desprecio como: Oye, vieja,
gorda, pelado, chaparro, idiota… Dile su nombre con cariño.
Nunca mientas, di siempre la verdad y cumple tu palabra. Lo mismo
para corregir a tus hijos que para premiarlos. A tu esposa nunca le
prometas algo sin cumplirlo. Sé hombre de palabra. Y ella que sea
una mujer transparente, que nunca finja o exagere para conseguir sus
propósitos. Ni que haga chantajes: Si no me das tal cosa, tampoco
yo te daré la otra. Los chantajes no pueden fomentar el amor, sino
todo lo contrario. Hay que ser sinceros y transparentes, diciendo
siempre la verdad.
Hay que cuidar la apariencia física para que no se pierda la
ilusión del primer amor y no se tengan que avergonzar el uno del
otro. Pero, sobre todo, cuidar el comportamiento y medir las
palabras; pues, muchas veces, puede uno quedar avergonzado por el
comportamiento arrogante, soberbio, criticón o abusivo del otro;
especialmente en público. Nunca dar malos ejemplos con vicios o
borracheras. Hay que mantener el equilibrio y la dignidad en todo
momento y saber comportarse de manera ejemplar, sin responder con
insultos a las ofensas de los demás.
La familia de cada uno es la familia del otro. Hay que llevarse
bien y amarlos de verdad. Sus errores o desprecios hay que saber
perdonarlos, pues guardar rencor es algo que le hace daño a uno
mismo. Además, el no hablarse con otros miembros de la familia nos
empobrece y nos hace daño.
Es muy importante tomar las decisiones siempre en pareja.
Consultarlo todo y no hacer nada sin la aprobación del cónyuge. Es
muy triste que, a veces, hay esposas que piden préstamos para
comprar sus cosas y después el esposo tiene que pagarlos con
intereses. La falta de transparencia y sinceridad trae muchos
problemas. No hay que hacer nada a ocultas, que pueda ofender
gravemente al otro, ni siquiera ir a jugar con los amigos o amigas
y, mucho menos, irse a bailar o a una fiesta diciendo que se va a
otra parte.
Piensa siempre en cómo hacer feliz al otro. No importa si se lo
merece o no. Hay que intentar siempre hacerlo feliz. Porque si la
esposa, por comodidad, no quiere servirle la comida a la hora de
llegada o no quiere dormir con él o no lo atiende en sus pequeños
gustos… el esposo sentirá que la esposa lo deja en segundo plano.
Peor si le dice constantemente que ella no es la empleada de nadie.
Entonces, ¿dónde queda el amor? No hay que medir lo que se da. No
hay que contar los sacrificios. Hay que dar sin condiciones, hay que
amar a todas horas y hay que buscar siempre el bien y la felicidad
del otro.
Cuando se dialoga, hay que evitar sacar los trapos sucios de
tiempos pasados. Hay que concretarse al problema que se esta
tratando. De otro modo, la discusión se extiende a otros puntos y
todo acabará en amargura y resentimiento mutuo.
Por otra parte, en el matrimonio no debe haber lo mío y lo tuyo,
sino lo nuestro. El sueldo de la esposa o del esposo hay que ponerlo
en común. Pero si el esposo esconde su sueldo y nadie sabe cuánto
gana o sólo da poco a poco, se crean malos entendidos y amarguras
por falta de generosidad y por tratar al otro como si fuera un pobre
limosnero. Lamentablemente, hay muchos esposos que ocultan muchas de
sus entradas económicas para poder así disponer, no siempre bien,
del dinero que les sobra.
Siempre es importante ser románticos y tratar al otro con
delicadeza y con mucha amabilidad. Hay que dar importancia a los
pequeños detalles para hacer feliz al otro.
Si a ella le gustan las flores, ¿qué cuesta comprarle de vez
cuando una flor? Si le gustan los chocolates, ¿por qué no
comprarle algunos? ¿Por qué no darle gratas sorpresas con algún
regalo imprevisto?
Si a él le agrada ver su partido de fútbol tomando café, ¿por
qué no servírselo con cariño y renunciar a ver la novela del
momento? Si él se siente contento de tomar una cerveza de vez en
cuando, ¿por qué no comprársela? ¿Por qué darle fastidio por no
tener la cocina limpia? Son muchas las cosas que mutuamente pueden
hacerse para darse gusto y evitarse conflictos. La felicidad se va
tejiendo de pequeños detalles y esos pequeños detalles van
fabricando la felicidad de toda una vida. Dile a tu cónyuge que lo
amas, no te canses de decírselo..
En fin, siembra flores en el camino de tu esposo(a) y hazle su
vida más feliz con esos pequeños detalles de amor. El amor muchas
veces supone sacrificio. Precisamente la medida del amor está en la
capacidad de sufrir por la persona que se ama. Veamos un ejemplo,
tomado de un poema de Tagore, el gran poeta indio:
Era un matrimonio pobre. Ella hilaba a la puerta de su casa,
pensando en su marido. Todo el que pasaba se quedaba admirado de su
cabellera hermosa, larga y negra. El iba cada día al mercado a
vender frutas. A la sombra de un árbol se sentaba a esperar,
sujetando entre los dientes una pipa vacía. No llegaba el dinero
para comprar un poquito de tabaco. Se acercaba el día del
aniversario de la boda y ella no cesaba de preguntarse qué podría
regalar a su esposo. Y además ¿con qué dinero? Un día se le
ocurrió una idea. Sintió un escalofrío al pensarlo; pero, al
decidirse, todo su cuerpo se estremeció de gozo. Venderé mi
cabello para comprar tabaco para mi esposo. Se imaginaba al esposo
sentado ante las frutas, dando largas bocanadas a su pipa. Aromas de
incienso y de jazmín darían al esposo la solemnidad y prestigio de
un verdadero comerciante. Sólo obtuvo por su cabello unas cuantas
monedas, pero eligió con cuidado el más fino estuche de tabaco.
Todo compensaba largamente el sacrificio de su cabello.
Al llegar la tardé del día del aniversario, regresó el esposo.
Venía cantando por el camino. Traía en su mano un pequeño
envoltorio: eran unos peines para su mujer. Los acababa de comprar
tras vender su pipa.
¿Serías tú capaz de hacer lo mismo? Dice san Pablo que el amor
es paciente, servicial, no tiene envidia, no busca su propio
interés, no se irrita, no lleva cuenta del mal, se alegra con la
verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo
soporta. El amor nunca muere (1 Co l3, 4-7).
Tú, esposo, dedica tiempo a tu esposa y a tus hijos. No digas
que estás tan ocupado que no tienes tiempo para salir de paseo o
jugar con ellos. Debes hacer sentir a tu esposa, que necesitas de
ella y pedirle siempre su opinión. Por eso, al volver del trabajo,
cuéntale las cosas que creas más interesantes. Llévala contigo
siempre que sea posible. No le regatees alabanzas, cuando se
presente la ocasión. No dejes de decirle alguna vez que ese vestido
le sienta bien o que ese peinado te gusta más. Hazle sentir la
reina de la casa y de tu corazón. Sonríele con frecuencia y hazla
feliz. Verás cómo ella no se deja ganar en generosidad y hará
todo lo posible para hacer de ti el hombre más feliz de la tierra.
Recuerda lo que decía Kepler: El resplandor de todas las
estrellas del universo no puede compararse con la luz proyectada por
una madre que sonríe a su esposo y a sus hijos.
Perdonar
Algo esencial para ser felices es saber perdonar. Porque el odio
y el resentimiento son un veneno que envenena la vida. El odio
destruye, mientras que el amor construye. El odio enferma, mientras
que el amor sincero sana y da felicidad. Muchas enfermedades
físicas provienen de la falta de perdón.
Estudios recientes han demostrado, por ejemplo, que un elevado
número de divorciados, sobre todo mujeres, siguen alimentando mucho
resentimiento a su ex-cónyuge aun después de años de separación.
Y el estrés originado por este rencor llega a afectar su cuerpo con
diversas enfermedades. No querer perdonar es quedarse anclados en el
pasado, de modo que la vida ya no puede seguir su curso normal.
Imaginemos a un esposo muy trabajador, que llega un día temprano a
casa, antes de lo previsto, y encuentra a su esposa en su
habitación con otro. La esposa se echa a sus pies y le pide
perdón. Él se queda pálido de indignación, pero se da cuenta de
que el silencio somete a su esposa a una gran tortura. El caso llega
a oídos de la familia y de los vecinos. Y el esposo se goza de la
vergüenza que siente la esposa. En la casa, más que violencia, él
la llena de desprecios con miradas y silencios. Pero así no es
feliz, se siente humillado y su silencio es una triste venganza.
Piensa: ¿Cómo me ha podido engañar a mí, un esposo fiel y
trabajador? Me ha engañado con mi mejor amigo. La haré sufrir
hasta el día de mi muerte.
Este hogar será un infierno en el que los hijos sufrirán las
consecuencias. La esposa tendrá miedo al esposo y, si se entrega a
él en relaciones íntimas, no lo podrá hacer por amor sino por
miedo y se sentirá violada por él. Y él no podrá ser feliz,
llevando su rencor en el corazón. Lo que debe hacer es reconocer su
parte de culpa, al descuidar a su esposa, pedirle perdón por su
indiferencia hacia ella y darle la oportunidad de cambiar. Es muy
fácil sentirse la víctima y vengarse yendo con otras mujeres.
Pero, si sabe perdonarla de verdad, todo puede arreglarse y comenzar
para ambos una nueva vida.
He conocido personalmente casos de infidelidades de esposas, que
han traído inmenso sufrimiento a toda la familia. Pero que, al
final, con perdón, se han podido solucionar. He conocido mucho
sufrimiento en esposas que han descubierto la infidelidad de sus
esposos. En algunos casos, no han querido perdonarlo y lo han
rechazado íntimamente para el resto de su vida. Y ellos han tenido
que buscar en la calle el cariño que se les negaba en casa. Al no
querer perdonar, la esposa, en cierto modo, es también culpable de
las infidelidades futuras del esposo.
Otro problema es, cuando se van acumulando rencores y amarguras
por las pequeñas cosas de cada día, en las que no hay comprensión
ni amor ni delicadeza. Y uno de los dos va rumiando internamente
pensamientos negativos contra el otro. Es necesario dialogar para ir
calmando las tensiones de la vida diaria. No hay que acumular
recelos, incomprensiones o resentimientos, que llevan a venganzas
sutiles y a actitudes negativas, que van matando el amor.
El rencor que se guarda dentro se va convirtiendo en un tumor
maligno, que envenena la vida entera. Tiene una fuerza destructiva
terrible. Por esto, perdonar es una condición indispensable para
poder ser felices. El rencor y el odio son como una barrera
invisible que ponemos a Dios, que no puede perdonarnos ni oír
nuestras oraciones hasta que nosotros no perdonemos de corazón a
los demás. Lo dice claramente san Juan. El que dice que ama a Dios
y no ama a su hermano es un mentiroso (1 Jn 4, 20). Y Jesús dice:
Si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre os perdonará
vuestras ofensas (Mt 6, 14).
Con frecuencia, los problemas conyugales comienzan en la falta de
perdón. Hay mujeres que son frígidas, porque tienen miedo al
esposo. Para ellas tener relaciones sexuales, más que un placer es
un sufrimiento, porque se sienten como objetos. Él busca
ávidamente su placer y deja a la esposa sin llegar a disfrutar de
esa relación conyugal. Entonces, ella le guarda resentimiento y
puede rechazar esas relaciones en las que no siente felicidad, sino
sufrimiento, a causa del egoísmo del esposo.
También el egoísmo de la esposa, quizás camuflado con
apariencias de cansancio o de enfermedad, va matando muchas veces el
amor. ¡Cuánta paciencia debe tener cada uno para poder comprender,
aceptar y perdonar los defectos y errores del otro! ¡Cuántas veces
es mejor callar, cuando el otro se pone a gritar o a criticar
cualquier cosa sin motivo! Hay que tener paciencia y calma para no
reaccionar airadamente y comenzar una pelea. A veces, es mejor el
silencio y la paciencia.
Precisamente, una de las definiciones del amor es tener paciencia
con la persona amada. Eso hacen las mamás con sus hijos. No se
cansan de atenderlos, aunque sea a altas horas de la noche, porque
los aman y son capaces de sacrificarse por ellos.
El padre Ignacio Larrañaga dice: En el observatorio de la vida
me he topado con sorpresas inauditas: largas historias de esposas
que sobrellevaron con ardiente paciencia las andanzas locas de sus
maridos, atravesaron turbulentas crisis, estuvieron a las puertas de
la separación, pero sobrevivieron. Hoy, después de tantos años,
constituyen parejas de oro, de una estabilidad envidiable y
admirable, con esplendidas familias. Valió la pena.
Perdonar es amar y amar es perdonar. También amar es aceptar al
otro tal como es. Aceptarlo con sus grandezas y miserias es una de
las mayores muestras de amor. Esto incluye perdonarle sus manías y
sus limitaciones, y ayudarle en sus virtudes y genialidades para que
pueda superarse. Y esto hay que hacerlo mutuamente. Amar es ser
tolerante con las opiniones diferentes del otro. Es ponerse en su
lugar para ver las cosas desde su punto de vista. Significa fijarse
más en lo bueno del otro que en lo malo. Es confiar en él a pesar
de todo. El amor supone confianza y dejar que el otro crezca de
acuerdo a sus posibilidades. Hay que darle su espacio personal y
saber dejarlo libre en sus aficiones y gustos personales con tal de
que ello no obstaculice la marcha del amor conyugal y familiar.
En el matrimonio, cada uno es diferente y piensa diferente. No se
puede obligar al otro a pensar o hacer las mismas cosas. No se le
puede privar de tener su propia personalidad y desarrollarse como
persona distinta. La libertad interior es fundamental para no
sentirse uno esclavo del otro. El manipular al otro, obligándole a
ciertas cosas por placer, interés o comodidad personal, es no
dejarle crecer y no es verdadero amor. De todos modos, ambos deben
tener la disposición permanente de saber perdonar, cuando surjan
los problemas o malentendidos. Perdonar es amar y sin perdón no
puede haber felicidad.
En una oportunidad, vino a visitarme un esposo que había
descubierto la infidelidad de su esposa. Estaba desesperado. No
quería perdonarla y había decidido abandonarla y llevarse a sus
hijos. Yo le hablé ampliamente del perdón. Al final, después de
mucha oración ante el Santísimo Sacramento, pues iba todos los
días a pedir a Jesús luz y fortaleza, pudo perdonarla. Y su
matrimonio mejoró enormemente. La decisión de perdonarla fue la
mejor decisión de su vida. Ahora son dos esposos unidos y
maravillosos. Esto mismo he podido apreciar en varios casos en que
el hombre ha sido infiel
En estos casos, les recomiendo la misa diaria y la oración
diaria ante el Santísimo Sacramento. Jesús Eucaristía es la mayor
fuerza del mundo para poder solucionar los problemas más difíciles
e insolubles del corazón humano.
Veamos lo que contaba una señora:
En mi juventud me sentí defraudada por mi propia familia. Crecí
cargada de complejos, inseguridad, inmadurez, miedo, dudas y, al
mismo tiempo, orgullo y soberbia. Con este bagaje iba buscando
dónde apoyarme. Y así es como me casé, esperando encontrar apoyo
y amor. ¡Amargo fracaso! Ni encontré amor ni supe darlo. A mis
hijos sólo les daba comida, regalos y dinero, pero no amor, ni
siquiera amabilidad. Sentí gran rebeldía contra Dios y llegué a
increparle: ¡Qué clase de Padre eres que permites tanta amargura
en mi vida! ¡No puede existir un infierno peor que el que yo vivo!
Otros hombres, todos, me parecían mejores que mi marido. En una
ocasión, me cegué por un hombre que sabía corresponderme y a
punto estuve de separarme de mi esposo. Pero, poco a poco, mi
conciencia fue despertando y me di cuenta del engaño y gravedad de
mi pecado, llenándome de remordimientos y angustias. Fue tanto que,
durante más de cinco años, he estado enferma mentalmente, pensando
que Dios no podía perdonarme y no había remedio para mí.
Hace un año, cuando me confesé, encontré al Dios-Amor.
Conforme voy conociendo a Jesús, Él va sanándome y rehaciendo mi
vida. Ahora que Él me ha dado su amor y perdón, soy capaz de
dárselo a mis hijos y a otros. Las relaciones con mi esposo se han
tornado de entendimiento y entrega. Ahora sólo deseo amar y hacer
el bien a todos como instrumento en las manos del Señor, que llena
y cambia mi vida.
Fidelidad
La fidelidad es una virtud que todo casado debe desear y debe
pedir a Dios insistentemente todos los días de su vida. Es una
gracia y un regalo de Dios, pero hay que pedirlo sin descanso. En el
mundo en que vivimos, son muchas las tentaciones que acechan por
todas partes. Por ello, hay que poner los medios personales
convenientes para alejarse de la tentación, es decir, de ciertos
lugares o personas que pueden ser peligrosos.
La fidelidad no es algo añadido al matrimonio, sino su
consecuencia natural. Sin embargo, ¡cuánto sufrimiento empaña la
vida de las parejas a causa de la infidelidad de uno de los dos!
Hay un cuento, que habla de cierto lugar de la India en que
vivía una pareja de novios, Lelia y Rama, separados por un río. Un
día, el novio se enfermó gravemente y la novia quiso ir a
cuidarlo. Pero el río había crecido mucho y no podía vadearlo.
Entonces, le pidió al barquero que le hiciera pasar. Como no tenía
dinero, el barquero le dijo que, si estaba con él íntimamente,
podía pasarla gratis. Ella lo pensó y aceptó, porque el
pensamiento de poder pasar y cuidar a su novio era lo más
importante para ella en ese momento. Quiso hacer aquel sacrificio
por amor a él. Cuando llegó a la casa del novio, alguien ya se lo
había comunicado. Y el novio, con rabia, le dijo: Márchate de mi
casa, no quiero verte nunca más. Has manchado nuestro amor con tu
deshonra.
Ahora, pensemos en la mujer samaritana del Evangelio. Era una
mujer con un gran deseo de ser feliz. Hoy diríamos que conocía
bien sus derechos y no se dejaba mandar por su esposo. Era una mujer
temperamental y, por eso, siempre descubría defectos en cada
marido. Tuvo seis y el último no era suyo. Parece que se lo había
quitado a otra con sus dotes femeninas. Jesús le dice: Cinco
maridos has tenido y el que ahora tienes, no es tu marido (Jn 4,
18).
Pero con tantos cambios de marido no era feliz, no había
encontrado al esposo perfecto. Por eso, cuando encuentra a Jesús,
le pide: Dame de esa agua para que no tenga sed ni tenga que venir
aquí a buscarla (Jn 4, 15). Ella buscaba, sobre todo, el agua de la
felicidad, y su encuentro con Jesús cambió su vida,
convirtiéndose en evangelizadora entre sus paisanos. Les dice:
Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No
será el Mesías?... Y muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron
en Él por la palabra de la mujer… Y le decían a la mujer: Ya no
creemos por tus palabras, pues nosotros mismos hemos oído y
conocido que Él es verdaderamente el Salvador del mundo (Jn 4,
29.41). Cuando encontró a Jesús en su vida, comenzó a ser feliz.
Otro caso es el de la mujer adúltera. Era una buena mujer,
trabajadora y preocupada por atender a sus hijos. Pero era débil y
se enamora de otro hombre, porque su esposo parece que ya no la
trataba como merecía. Y Jesús aparece en su vida. Los fariseos y
escribas se la presentaron para preguntarle qué debían hacer,
porque la ley de Moisés mandaba apedrear a las adúlteras. Ella
estaba arrepentida y se sentía avergonzada delante de todos. Pero
ya no había remedio. Ya no había vuelta atrás. Y Jesús la
defiende y dice a sus acusadores: El que esté sin pecado que tire
la primera piedra (Jn 8, 7). Y, comenzando por los más ancianos, se
retiraron uno a uno.
Probablemente, ellos eran más pecadores que ella y tuvieron
miedo de enfrentarse a Jesús. Pero Jesús no la justificó. No le
dijo: Pobrecita, tu esposo no te quiere y te maltrata. Bueno, de vez
en cuando, puedes darte un paseo con tu vecino sin que nadie se
entere. No. Jesús le dice: ¿Nadie te ha condenado? Yo tampoco te
condeno, pero vete y no peques más. Jesús reconoce que ha pecado
y, por eso, le dice: Vete y no peques más. Jesús no la justifica
ni le dice: Sepárate y vete con el vecino. No. Esas son soluciones
humanas, cuando falta fe y compromiso. El matrimonio es para toda la
vida y el Sí que se dio ante Dios, es para toda la vida.
¡Qué hermoso en cambio, es el testimonio de fidelidad de
Penélope, la esposa de Ulises, tal como se narra en la Odisea!
Penélope es un ejemplo de esposa fiel para todas las generaciones.
Habían pasado veinte años desde que Ulises había salido de la
isla de Itaca donde vivían. Primero, había participado en la
guerra de Troya y, después, se había extraviado en el camino de
vuelta, errando sin norte por los mares. Mientras tanto, en esos
veinte años, Penélope era acosada por muchos pretendientes; muchos
de ellos ricos e importantes. Muchos querían casarse con ella y la
asediaban continuamente sin dejarla tranquila. Tan apremiada estaba
que llegó a prometerle a uno que se casaría con él, cuando
terminase la labor que tenía entre manos. Durante el día, la
veían tejiendo con diligencia su paño, pero durante la noche, ella
misma deshacía cuanto había hecho durante la jornada.
Un día llegó la noticia de que había regresado su esposo
Ulises. Ella no se lo cree y piensa que algún impostor quiere
engañarla para suplantar a su esposo. Habían pasado veinte años y
Ulises estaba cambiado. Ya no era el jovencito hermoso que ella
había conocido y duda de que sea Ulises, su esposo. Hasta que él
le relata un secreto que nadie podía saber sino él. En ese
momento, Penélope estalla en llanto; lo abraza, lo besa y le dice:
Perdóname, por no haberte creído desde el primer momento. Mi pobre
corazón se estremecía de horror al pensar que podía venir alguien
y engañarme con falsas palabras. ¡Son tantos los malvados que
querían engañarme!
El rey Agamenón la ensalzó, diciendo de ella: Oh mujer, rica en
virtudes sublimes, seguías pensando continuamente en Ulises, el
esposo de tu juventud. La gloria de tu fidelidad no pasará jamás.
Y, ciertamente, su ejemplo es un testimonio de fidelidad para todas
las esposas de todos los tiempos.
¡Qué hermoso es también el caso de Rut la moabita, que sigue
fielmente a su suegra hasta la muerte, para cuidarla y acompañarla!
Según el texto sagrado, Ruth le dice a su suegra Noemí:
No me pidas que te deje y que me separe de ti. A donde tú vayas
iré yo y, donde vivas, yo viviré. Tu gente será mi gente y tu
Dios será mi Dios.
La tierra que, muerta, te reciba en su seno, será la tierra
donde yo muera y donde se abrirá mi sepultura.
Que el Señor así me lo otorgue y escuche mis votos; que sólo
la muerte me separe de ti. (Rut 1, 16-18)
Es muy hermoso ver parejas de ancianos, tomados de la mano que
dicen convencidos: Si mil veces naciera, la(o) escogería de nuevo.
Ancianos que, a pesar de los pesares, siguen apoyándose y se
sienten orgullosos de sus hijos, aunque estén lejos. Y ¿cuál es
la clave? Darlo todo. Como la viuda pobre del Evangelio, que dio
todo lo que tenía para vivir. Esa es la clave de la felicidad en
el matrimonio: Cada uno debe darlo todo sin reservarse nada, sin
esconder nada. Así por la noche, cuando vayan a descansar, podrán
mirarse a la cara y decirse: Eres lo más hermoso del mundo para
mí. Mi vida es tuya. Tú eres el amor de mi vida y la reina(o el
rey) de mi corazón. Yo admiro a las esposas que llevan de paseo a
sus esposos en silla de ruedas. Acompañan con cariño al esposo que
quedó ciego o paralítico. O cuando ayudan y cuidan de su hija
enferma durante años… Estos esposos fieles, unidos y felices, son
flores del jardín de la vida que nos entusiasman y nos dan aire
puro para seguir viviendo con amor, a pesar de las dificultades de
cada día. Porque estos ejemplos de entrega y fidelidad hacen el
mundo más puro, más alegre y más humano.
Aspecto sexual
Un punto importante en la vida matrimonial es la relación
sexual. Para el hombre es muy importante la vida sexual y no
encuentra explicaciones convincentes de por qué a su esposa le
gusta tan poco (hablando en general).Con cierta frecuencia, ocurren
situaciones que llevan a la pareja a momentos de tensión por falta
de comprensión. Imaginemos que el esposo llega a casa y la esposa,
que ha vivido alguna situación difícil, quiere contársela y desea
que él le demuestre físicamente su afecto. El esposo puede pensar
que lo que ella está buscando es una relación sexual, pero lo que
ella realmente busca es ser escuchada y estar en sus brazos,
recibiendo sus caricias y su comprensión para sentirse querida y
apoyada en esos momentos. Quizás después de haber recibido esas
muestras de cariño, ella pueda acceder a tener una relación
sexual, si el esposo lo desea. Hay que recordar que para la mujer el
sexo viene después. Si ha habido caricias previas y demostraciones
de ternura, ella estará predispuesta a llegar hasta la máxima
expresión de cariño en el acto sexual. Para ella, el sexo sin
ternura es algo mecánico que sólo satisface las necesidades
fisiológicas, pero ella quiere satisfacer sus necesidades
afectivas. De otro modo, se sentirá usada como un objeto y rehuirá
la relación sexual, porque no siente o siente muy poca
satisfacción personal.
Tampoco hay que olvidar que el hombre también necesita del
cariño y de las caricias de la esposa para sentirse bien. No se
puede decir que el hombre es pura razón y que es frío por
naturaleza. También necesita amor y la esposa debe estar siempre
dispuesta a dárselo para que se sienta aceptado y querido tal como
es, a pesar de las dificultades del trabajo o de la vida diaria.
Recuerdo cuando asistía a los retiros de Encuentros
matrimoniales y se tocaba este punto. Todos los hombres decían que,
cuando la esposa les decía que no, sin motivos razonables, se
sentían humillados. Y, si esto se repetía muchas veces, ¿cómo
podrían sentirse? Algunas esposas tienen un sentido tan
materialista de la vida que aprovechan para negarse, mientras el
esposo no les dé gusto en tal o cual cosa. Es como un castigo o
chantaje. Y eso crea malos antecedentes, pues el esposo podría
rechazarla definitivamente y buscar cariño en otra parte. En esto
no puede haber chantajes.
Es cierto que muchos hombres son bruscos y poco delicados, pero
esto hay que hablarlo para que la relación sexual sea un momento de
felicidad mutua, que fortalezca el amor y no lo disminuya. Si el
esposo la trata mal durante el día, ¿qué podría sentir ella por
la noche?, ¡rechazo! Muchas mujeres se vuelven frígidas y rechazan
tener relaciones por la poca consideración del esposo, pues se
sienten usadas. Y eso no lo pueden aceptar.
Los hombres deben entender que la mayor necesidad de una mujer es
el amor. Que hay que ganársela con detalles de cariño. Y,
entonces, ella se sentirá feliz de hacerlo feliz. Ciertamente que
puede haber otros factores. Hay esposas para quienes el sexo no es
ninguna necesidad o prioridad. Algunas esposas no querrían tener
relaciones, sino muy de vez en cuando. Dejarían pasar semanas y
quizás meses. Por eso, la excusa más común es decir: estoy
cansada, me duele la cabeza, mejor para otro día...
Y, si la esposa deja pasar los días sin querer estar con su
esposo, está rompiendo la voluntad de Dios. Por otra parte, si el
esposo deja pasar mucho tiempo sin pedirlo, algo puede andar mal. Es
bueno que ella pida. Porque la solicitación sexual debe ser mutua.
El sentirse buscado y deseado es fuente de seguridad y aumenta el
cariño y la entrega, evitando la rutina. En algunas ocasiones
especiales, es bueno prepararse con tiempo: bañarse, un poco de
perfume y muchas caricias para satisfacción de ambos. Que no exista
el miedo a tener un hijo más. En esto sean generosos con Dios. Que
no usen anticonceptivos, que son como trampas. A Dios no le gustan
las trampas, hay que jugar limpio. Si viene otro hijo, aceptarlo
como venido de Dios. Sean generosos con Dios. Y Dios bendecirá su
hogar.
Dios quiere entrega mutua y total sin miedos, rencores ni
condiciones. Por eso, el mismo Dios dice claramente:
Que el marido dé a su mujer lo que debe y la mujer, de igual
modo, a su marido. El cuerpo de la esposa no le pertenece, le
pertenece al esposo. El cuerpo del esposo no le pertenece, le
pertenece a su esposa. No se nieguen el derecho del uno al otro,
sino por breve tiempo para dedicarse a la oración y, después,
vuelvan estar juntos para que Satanás no les tiente por su
incontinencia… En cuanto a los casados, les ordeno, no yo, sino el
Señor, que la mujer no se separe del marido y, en caso de
separarse, que no vuelva a casarse o que se reconcilie con el marido
y que el marido no despida a su mujer (1 Co 7, 3-5.10-11).
De esta manera, el mismo Dios habla de la necesidad de entregarse
mutuamente. Y, al no hacerlo sin causa razonable, estamos yendo en
contra de la voluntad de Dios.
La esposa o el esposo jamás deberá hacer una promesa o
juramento de guardar continencia, mientras vive con el cónyuge en
la misma casa. Eso sería una contradicción al juramento que
hicieron el día del matrimonio. Y, si uno se niega de por vida, por
no saber perdonar al otro su infidelidad, igualmente está yendo
contra la voluntad de Dios. Otra cosa es, cuando el esposo no quiere
dejar de ser infiel. En este caso, la esposa tiene derecho a
negarse.
Si el esposo va a buscar prostitutas, también podría negarse,
porque podría traerle enfermedades. Pero, hablando normalmente, el
sexo es importante para afianzar el amor mutuo. El acto sexual de
los esposos es un acto sagrado que puede unirlos más a Dios, porque
es algo querido por Dios con tal de que se realice por amor y con
amor a su cónyuge. De ahí que también el acto sexual debe estar
abierto a la vida.
Abiertos a la vida
Hoy día son muchas las parejas de esposos que sólo quieren
tener un hijo o máximo dos. Muchos esposos ven a los hijos como un
estorbo para sus diversiones y comodidades. Con frecuencia, deciden
tenerlos después de algunos años de matrimonio. Eso quiere decir
que usan anticonceptivos, incluso abortivos, sin problemas de
conciencia. Pero la realidad es que, cuando se usan anticonceptivos
abortivos, se está matando la vida de un ser humano y el amor de
los esposos se va apagando más y más. Los mismos esposos se están
fabricando así la tumba de su amor. Por ese camino, fácilmente se
pueden pronosticar problemas insolubles y, al final, el divorcio,
con el consiguiente sufrimiento para ambos y, sobre todo, para los
hijos que hayan podido tener.
Los hijos no son un estorbo, aunque sean enfermos. Cada ser
humano es un regalo maravilloso de Dios, aunque suponga muchos
sacrificios para educarlo y atenderlo, especialmente si es enfermo.
¡Cuántos matrimonios dejan morir a sus hijos recién nacidos,
cuando se dan cuenta de que estarán enfermos de por vida! ¿Lo
hacen para que el niño no sufra o para evitarse sufrimientos?
¡Cuántas madres se hacen la prueba del líquido amniótico a ver
si el niño está sano, para que, en caso de que le digan que puede
nacer enfermo, lo pueda abortar! ¿Dónde está la fe y el amor para
ese hijo? Cuando falta Dios en la vida de un matrimonio, todo es
posible; el aborto se ve sólo como una interrupción del embarazo,
como si fuera un trozo de carne sin valor.
Otros esposos planean el tener sus hijos, como si se tratara de
comprar un coche o una casa. Se pesan los pros y los contras, como
si estuvieran rellenando la hoja de un balance de empresa. Si el
balance es positivo, es el momento de tener el hijo; si no, debe
esperar. ¿Y dónde está la fe para confiar en Dios? ¿Y si Dios en
su plan divino quiere que tengan seis hijos, van a decirle que eso
es imposible? ¿Acaso Dios no es poderoso para ayudarlos y sacarlos
adelante? Dice la Biblia: Dios proveerá (Fil 4, 19). ¿Lo creemos?
Veamos lo que nos dice Scott Hahn, un pastor presbiteriano,
convertido al catolicismo, que ha escrito el testimonio de su
conversión en su libro: Roma, dulce hogar.
Me casé con Kimberly Kick el 8 de agosto de 1979. Creamos
nuestro hogar y disfrutamos del placer y la alegría de la unión de
un hombre y una mujer. Sin embargo, no fue en el éxtasis de nuestra
unión corporal, cuando vislumbré por vez primera que una familia
manifiesta del modo más vívido la vida de Dios. Empecé a
comprenderlo, cuando Kimberly estaba embarazada de nueve meses y
medio de nuestro primer hijo. Su cuerpo había ido tomando nuevas
proporciones y me di cuenta más que nunca de que su carne no había
sido creada exclusivamente para mi deleite. Lo que yo había
disfrutado como algo hermoso se estaba convirtiendo ahora en un
medio para un fin más grande.
Cuando sintió sus primeros dolores de parto, nos fuimos
apresuradamente al hospital con la ilusión de que el bebé estaría
pronto en nuestros brazos. Sin embargo, el parto de Kimberly fue
difícil desde el principio. Las horas se prolongaron, horas de duro
parto, y el dolor de Kimberly se hizo cada vez más intenso. Tras
treinta horas de parto, el médico observó poco progreso y
recomendó hacer una cesárea. No era así como nos habría gustado
que fueran las cosas, pero nos dábamos cuenta de que la elección
no estaba en nuestras manos.
Exhausto, vi cómo las enfermeras ponían a Kimberly en una
camilla y la llevaban a otra habitación. Iba a su lado, cogiéndola
de la mano, rezando con ella. Cuando llegamos a la sala de
operaciones, las enfermeras levantaron a Kimberly de nuevo y la
pusieron en una mesa; allí la sujetaron y la sedaron. Kimberly
estaba congelada, tiritando y con mucho miedo. Permanecí junto a mi
esposa; su cuerpo estaba atado, puesto en forma de cruz sobre la
mesa y rajado para traer una nueva vida al mundo.
Nada de lo que me había enseñado mi padre sobre los detalles de
reproducción, nada de lo que había aprendido en las clases de
biología del Instituto podría haberme preparado para ese momento.
Los médicos me dejaron quedarme a ver la operación... Entonces,
llegó el momento en que de entre aquellos órganos, con unos pocos
movimientos cuidadosos de las manos del médico, apareció el
hermoso cuerpo de mi hijo, mi primer hijo, Michael. Pero fue el
cuerpo de Kimberly lo que se convirtió en algo más hermoso para
mí. Ensangrentado, con cicatrices, y retorcido de dolor, se
convirtió en algo sagrado, un templo vivo, un sagrario, un altar de
sacrificio que daba vida.
Su esposa Kimberly nos dice en su libro “El amor que da vida”:
Hasta ahora he tenido siete cesáreas y cuatro legrados para detener
la hemorragia después de los partos o de abortos espontáneos. Me
han cortado de arriba abajo y de lado a lado. La cicatriz parece un
ancla. Scott dice que son heridas sufridas por Cristo ¡Así
probablemente las tendré en mi cuerpo glorioso!
El número de cesáreas que he tenido no han hecho todavía
imposible tener más bebés, porque el médico es capaz de abrir
tejido cicatrizado. ¡El récord de cesáreas está en catorce en
Texas! Además, los sufrimientos físicos no acaban con el parto. La
lactancia, a pesar de lo maravilloso que es, tiene sus propias
molestias... ¿Impresiona leer esto? No lo cuento para desanimar a
nadie. De hecho, quiero demostrar cómo a través del acto conyugal,
elegimos ser un sacrificio vivo…
Antes de tener mi cuarto parto por cesárea, una enfermera me
sugirió: “Deberías ligarte las trompas, aprovechando que el
médico te va a abrir”. Rápidamente respondí: “No me toquen.
Me encantaría volver aquí y tener otro hijo, aunque implique otra
cesárea”. Mientras me llevaban al quirófano, oí que la
enfermera les decía sus compañeras: “Lleva cuatro cesáreas y
quiere volver a tener otra”. No se lo podían creer; no porque no
hubieran visto una mujer con cinco cesáreas, sino porque yo quería
que ocurriese a sabiendas del sacrificio que suponía.
Vale la pena hacer cualquier sacrificio por los hijos, que serán
el apoyo y el consuelo de los padres en su ancianidad. Además, como
dice la Biblia, los hijos son un regalo de Dios.
LOS HIJOS
Dice la Biblia que los hijos son una bendición de Dios. No hay
ningún versículo que afirme lo contrario. No son posesiones de los
padres, como si fueran juguetes para su disfrute. Hay que quererlos
por sí mismos, pues tienen una dignidad inmensa por ser hijos de
Dios, creados a imagen y semejanza de Dios.
La Biblia dice: La herencia que da el Señor son los hijos; su
salario el fruto del vientre: son saetas en manos de un guerrero los
hijos de la juventud. Dichoso el hombre que llena con ellas su
aljaba: no quedará derrotado, cuando litigue con su adversario en
la plaza (Sal 126, 3-5). Tus hijos son como renuevos de olivo
alrededor de tu mesa: ésta es la bendición del hombre que teme al
Señor. Que el Señor te bendiga… y veas a los hijos de tus hijos
(Sal 127, 3-4). El Señor, a la estéril, le da un puesto en la
casa, como madre feliz de hijos (Sal 112, 9). La corona del anciano
son sus hijos y sus nietos; los hijos son la honra de sus padres
(Prov 17, 6).
Los hijos son un tesoro que Dios da a los padres y deben
cuidarlos y educarlos con todo cariño, consagrándolos al Señor
por medio de María. Así lo he visto que lo hacía mi hermana Inés
con sus hijos; y lo recomiendo a todas las mamás. Que al nacer sus
hijos, los lleven ante una imagen de la Virgen y allí se los
entreguen para que María tenga un cuidado especial de ellos y los
cubra y los proteja con su manto durante toda su vida.
Ahora bien, a los hijos hay que educarlos de común acuerdo. Los
padres no pueden contradecirse mutuamente en su modo de actuar con
ellos. Deben darles buenos ejemplos, ya que un ejemplo vale más que
mil palabras.
No se puede pretender que los niños sean sinceros, si ven en la
casa que su padre le miente a su madre o viceversa. Y así en todo.
Por esto, sería bueno tener en cuenta algunos consejos.
Nunca mentir, ni siquiera para quedar bien ante los demás. Y
cumplir la palabra dada, tanto para darles un premio como un
castigo. Nunca comparar a uno con otros. Cada uno es diferente con
cualidades y limitaciones personales. No decirles palabras
insultantes o de desprecio, pues se les baja la autoestima. Más
bien, hay que alabarlos, cuando se lo merezcan y alegrarnos con
ellos. Hay que abrazarlos y besarlos, frecuentemente, no sólo la
madre, sino también el padre. Los niños hombres necesitan el
cariño físico de su padre. Saber escucharlos, cuando tengan algo
que decirnos. No decirles constantemente que no tenemos tiempo,
porque estamos muy ocupados. ¿Puede haber algo más importante para
los padres que sus hijos? Acompañarlos a la iglesia para educarlos
en la fe con el ejemplo. Que los niños vean a sus padres confesarse
y comulgar para que así ellos lo acepten como algo normal en una
familia cristiana, que está bendecida por Dios desde el día de su
matrimonio. Nunca gritarles, es preferible decirles las cosas con
calma, aunque haya que castigarles, no con castigos físicos, sino
privándoles de algo que les guste, como ver televisión o salir a
jugar con sus amigos. Enseñarles a hacer las cosas por sí mismos.
No ahorrarles esfuerzo, pues deben aprender a luchar, a sacrificarse
y esforzarse para conseguir sus metas.
Y, por encima de todo, mucho amor. Que los niños sientan que son
importantes para sus padres y que éstos los aman con todo su
corazón.
La Madre Teresa de Calcuta decía: Sabemos que el mejor lugar
para que los niños aprendan a amar y rezar es el seno de la
familia, viendo el amor y la oración de su madre y de su padre.
Cuando las familias se rompen o están separadas, muchos niños
crecen sin saber cómo amar y cómo rezar. Aquel país cuyas
familias hayan sido destruidas de esta manera, tendrán muchos
problemas. He visto con frecuencia, especialmente en los países
ricos, cómo los hijos se lanzan a las drogas y a otras cosas para
huir del sentimiento de no ser queridos y de verse rechazados.
El amor es la mejor medicina para los problemas de la familia.
Oremos a Dios y pidámosle más amor para amar más, pues Dios es la
fuente de todo autentico amor.
Matrimonio cristiano
En la actualidad, hay demasiadas parejas que conviven sin ningún
compromiso; otros sólo se unen por lo civil para poder así
divorciarse fácilmente en caso de problemas. Pero lo mejor es
recibir la bendición de Dios por el sacramento del matrimonio, ya
que, de esa manera, recibirán gracias extraordinarias para poder
superar las constantes dificultades de la vida diaria.
El matrimonio religioso es un sacramento. Es una alianza sagrada
que los esposos hacen ante Dios. Por eso, no pueden renunciar a ese
compromiso sagrado; el matrimonio es para toda la vida. Es como
consagrarse el uno al otro y, ambos unidos, a Dios. A partir del
matrimonio sacramental, sus vidas se entrelazan definitivamente en
el corazón de Dios. De ahí que el cuerpo de la esposa no le
pertenece, le pertenece al esposo; y el cuerpo del esposo no le
pertenece, le pertenece a la esposa (1 Co 7, 3-5).
Cuando un hombre y una mujer se desposan en el Señor
sacramentalmente, se hacen partícipes del mismo amor de Cristo: el
Espíritu Santo los abre a ese amor. El amor de Cristo es la
perfección suprema. Los esposos participan de ese amor. Ellos
reciben la capacidad de amar como Cristo ha amado… Ahora bien, la
fe de la Iglesia enseña que la presencia más perfecta del amor de
Cristo está en la Eucaristía. Por eso, entre la Eucaristía y el
matrimonio hay una relación muy profunda. El amor de los esposos
encuentra en la Eucaristía su fuente. No se puede vivir
verdaderamente el estado conyugal sin una continua y profunda vida
eucarística.
Por otra parte, observamos que la familia no se agota en los
esposos sino que se expande en los hijos. Ellos, antes de ser
concebidos en el corazón de su madre, han sido concebidos en el
corazón de Dios. Por eso, la familia se funda en el amor creador de
Dios. En el origen de cada persona, hay un acto creativo divino y un
acto humano de concepción: cada persona es creada y concebida. Los
dos actos, creativo y generativo, están en relación. La
fecundación del nuevo ser no es un hecho biológico solamente, sino
que lo transciende con un acto creativo del alma por Dios. Por ello,
cada relación conyugal es un acto sagrado y cada ser humano que
viene al mundo es una persona sagrada que, desde su mismo origen,
tiene una dignidad y unos derechos, porque viene de Dios. Y Dios le
da una misión que cumplir.
Para cumplirla, necesita constantemente la ayuda de Cristo, que
nos espera en la Eucaristía. Vivir de la Eucaristía, vivir de
Cristo y con Cristo, debe ser la máxima realización personal del
ser humano, llamado a la vida y a realizarse como persona sagrada,
como hijo de Dios y cristiano, dentro de la Iglesia.
Pero, hablando de los esposos, la entrega mutua, consagrada por
el matrimonio, debe superar egoísmos y mezquindades. Esta entrega
mutua llega a su manifestación más alta en el acto sexual, que
debe ser donación mutua. Cuando uno de los dos abusa del otro,
pensando sólo en sí mismo, profana ese acto sagrado.
Decía el padre Clemente Sobrado: Por el sacramento vuestros
cuerpos siguen siendo los mismos, pero son cuerpos consagrados
sacramentalmente. Al igual que el pan y el vino que, antes de la
consagración, son pan y vino corrientes, pero después de
consagrados, sólo pueden ser tratados con toda reverencia y amor
por ser el mismo Cristo en persona. Así el pan de vuestros cuerpos
sólo puede comerse en verdadera comunión de amor. Comulgar sin
amor es un sacrilegio, daros en comunión física sin amor sería el
sacrilegio de la eucaristía conyugal.
Sería profanar ese amor bendecido por Cristo el día del
matrimonio. De ahí que sea tan importante para mantener vivo y
fresco el amor conyugal el comulgar diariamente con el cuerpo
eucarístico de Cristo. Los esposos que van diariamente o
frecuentemente a misa y comulgan con fe y devoción, están
renovando su amor a Cristo y construyendo una muralla tan fuerte a
su alrededor que ninguna tentación o poder mundano puede romperlo o
destruirlo.
Es importante que los esposos cristianos comprendan que en un
matrimonio consagrado por Cristo, Él no puede estar ausente. Sería
como invitar a Cristo a su casa en el momento de la ceremonia
religiosa y después mandarlo a la calle, porque se prefiere vivir
sin Él. Estar casados por la Iglesia es también estar consagrados
a Dios por Cristo y significa también vivir con Cristo toda la
vida. Él debe ser el amigo inseparable, un miembro más de la
familia. Su presencia debe hacerse presente a través de sus
imágenes, al igual que las de nuestra Madre la Virgen María. Ambos
son inseparables y deben estar presentes en nuestra vida.
Ahora bien, para fortalecer esta unión de los esposos con Cristo
es importante consagrar conscientemente el hogar a Cristo por
María. Personalmente, siempre aconsejo a los recién casados que el
día de su matrimonio, o el día siguiente, vayan a una iglesia y,
ante una imagen de la Virgen, le dejen el ramo de flores de la novia
como un símbolo de que quieren poner su hogar bajo su protección.
Algunos no le dan la importancia debida a estos actos tan sencillos,
que son una fuente inmensa de bendiciones y que van fabricando día
a día el edificio de la santidad conyugal. Los esposos están
llamados a ser santos.
A este respecto, debemos anotar que la palabra hebrea matrimonio,
Kiddushin, significa santidad. Esto quiere decir que un matrimonio
debe ser santo de acuerdo al plan de Dios. Y cada unión sexual debe
ser una renovación de la alianza sacramental entre los dos y con
Dios. Dice Scott Hahn: El acto sexual renueva la alianza de por vida
entre un hombre y una mujer. Es el acto que les hace una familia.
Este acto hace que los dos sean uno, un uno tan real que, nueve
meses después, tienes que ponerle nombre. La unión sexual es un
acto de poder extraordinario, cuando le dejamos decir su verdad. El
amor conyugal es sacramental. El acto sexual es acto matrimonial, el
acto que consuma el sacramento del matrimonio.
Anotemos también que la palabra sacramento, sacramentum en
latín, significa juramento. Por eso, los esposos, en cada acto
matrimonial, que es sacramental y, por tanto, agradable a Dios,
deben renovar el juramento de amor eterno que se dieron el día de
su matrimonio. Esto implica vivir ese juramento cada día, diciendo
siempre y en todo la verdad, toda la verdad y nada más que la
verdad. Sin verdad ni sinceridad no puede haber un verdadero
matrimonio y el amor irá falsificándose poco a poco.
También es importante aclarar que la pareja de esposos debe
tener las mismas cualidades de la Iglesia: Una, santa, católica y
apostólica. Un verdadero matrimonio debe tener unidad, no
uniformidad de criterios o de costumbres, sino unidad para hacer
juntos las cosas fundamentales y vivir unidos en el amor de Dios, el
uno para el otro. Debe también tener santidad. Dios los quiere
santos. Dios debe ser el centro de sus vidas, cumpliendo siempre su
santa voluntad. De modo que todo lo que hagan, los una más a Dios y
los vaya llenando cada vez más de su amor. También la pareja debe
ser católica, es decir, universal, pensando en la salvación del
mundo entero y haciendo todo lo posible para que el amor de Dios
llegue hasta el confín de la tierra. Y, por eso mismo, debe ser
apostólica, lo que quiere decir que deben ser activos
evangelizadores, con su palabra, con el ejemplo de su vida, con su
oración, con su apostolado.
Dios dice por boca de san Pablo que el matrimonio es un gran
misterio, y yo lo aplico a Cristo y a la Iglesia (Ef 5, 32). Así
como Cristo es la cabeza de la Iglesia y la Iglesia es su esposa,
así en la familia, el esposo es cabeza de la esposa. El marido es
cabeza de la mujer como Cristo es cabeza de la Iglesia. Y como la
Iglesia se sujeta a Cristo, así las mujeres a sus maridos en todo.
Vosotros, los maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su
Iglesia y se entregó por ella para santificarla... Los maridos
deben amar a sus mujeres como a su propio cuerpo… Que cada uno ame
a su mujer y la ame como a sí mismo y la mujer reverencie a su
marido (Ef 5, 23-33).
Esto no quiere decir que la esposa sea propiedad del esposo, sino
que le debe respeto y obediencia, pero no en forma absoluta como una
esclava sino como esposa. Ambos deberían rivalizar en ver quién
ama más y hace más feliz al otro. Por eso, el Papa Juan Pablo II,
al hablar de esto, dice: El texto de que las mujeres estén sumisas
a sus maridos como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer…,
debe entenderse y realizarse de un modo nuevo: como una sumisión
recíproca en el temor de Cristo (Ef 5, 21)... En la relación
marido-mujer la sumisión no es unilateral, sino recíproca. Ambos
tienen los mismos derechos como personas y ambos se han comprometido
mutuamente ante Dios por el sacramento del matrimonio a amar y
respetar al otro y hacerlo feliz todos los días de su vida.
Este compromiso de ayuda mutua debe hacerse realidad en las
pequeñas cosas de cada día. Por ejemplo, en el beso dado con
ternura; el abrazo dado con calor; el arreglarse para estar bonita
para él; el ponerse la camisa y la corbata que a ella le gusta; el
sacrificar la telenovela o el partido de futbol para estar a su
lado, escuchándole; el saber pedir perdón, cuando uno se equivoca,
el trabajar con empeño pensando en el otro y en los hijos; el
limpiar la casa para que esté limpia y ordenada para él. Todos
estos detalles y muchos más son como ladrillos que van construyendo
el amor día a día y haciendo un hogar feliz. De este modo, una
jornada salpicada de sonrisas, de palabras bonitas y de miradas de
amor se hace una jornada sagrada que da mucha gloria a Dios y los va
santificando y acercando más a Dios como pareja.
San Josemaría Escrivá de Balaguer dice: El amor puro y limpio
de los esposos es una realización santa, que yo como sacerdote
bendigo con las dos manos. Aseguro a los esposos que no han de tener
miedo a expresar el cariño. Lo que les pide el Señor es que se
respeten mutuamente y que sean mutuamente leales, que obren con
delicadeza, con naturalidad y modestia. Les diré también que las
relaciones conyugales son dignas, cuando son prueba de verdadero
amor y están abiertas a la fecundidad, a los hijos… Cuando la
castidad conyugal está presente en el amor, la vida matrimonial es
expresión de una conducta auténtica, pero, cuando el don divino de
la sexualidad se pervierte, la intimidad se destroza y el marido y
la mujer no pueden mirarse noblemente a la cara.
El amor humano, cuando es limpio, me produce un inmenso respeto,
una veneración indecible. ¿Cómo no vamos a estimar esos cariños
santos, nobles de nuestros padres, a quienes debemos una gran parte
de nuestra amistad con Dios? ¡Bendito sea el amor humano! Pero a
mí el Señor me ha pedido más... En cualquier caso, cada uno en su
sitio, con la vocación que Dios le ha infundido en el alma, ha de
esforzarse en vivir delicadamente la castidad, que es virtud para
todos y de todos exige lucha, delicadeza, primor, reciedumbre, esa
finura que sólo se entiende, cuando nos colocamos junto al Corazón
enamorado de Cristo en la cruz.
Por todo esto es tan importante la relación personal con
Jesucristo, el amigo que siempre nos espera en la Eucaristía. Dice
el Papa Benedicto XVI en la exhortación apostólica Sacramento de
amor del año 2007:
El consentimiento recíproco que marido y mujer se dan en Cristo
y que los constituye en comunidad de vida y amor, tiene también una
dimensión eucarística (N° 27). Exhorto a todos los laicos, en
particular a las familias, a encontrar continuamente en el
sacramento del amor (Eucaristía) la fuerza para transformar la
propia vida en un signo auténtico de la presencia del Señor
resucitado (N° 94).
Monseñor José Mani, obispo auxiliar de Roma y encargado de las
familias, en una carta pastoral sobre la familia, escribía: Conozco
dos esposos a quienes he casado personalmente. Jamás pudieron
imaginar que iban a encontrarse en una situación en la que
deberían escoger entre el aborto o la muerte de la esposa. Era el
tercer embarazo y el ginecólogo les había hablado del riesgo de
muerte. Consultados otros ginecólogos, llegaron a la misma
conclusión. Los familiares y amigos les presionaban para que se
decidieran por el aborto. Ellos decidieron confesarse y comulgar
antes de decidir. Y después de comulgar la esposa le dijo al
esposo: “Yo confío en Dios, no voy a abortar”. Y decidieron
comulgar todos los días para recibir fuerza. Felizmente, Dios quiso
que el tercer hijo llegara sano y que la mamá siguiera viva para la
alegría de todos.
Oren juntos en familia y Dios los bendecirá más de lo que
jamás podrían imaginar.
ORACIÓN
La oración es una necesidad vital para la vida de la pareja. Es
necesario orar, no sólo en particular, sino también en familia.
Cuando se ora, Dios mismo se hace presente para bendecir el hogar.
Jesús lo dice: Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí
estoy yo en medio de ellos. Y os digo: Si dos de vosotros se ponen
de acuerdo en la tierra para pedir cualquier cosa, estén seguros
que mi Padre celestial se lo dará (Mt 18, 19-20). Siempre he
entendido que, cuando Jesús habla de dos de vosotros, se refiere al
matrimonio. La oración de la pareja es mucho más eficaz que la
oración individual y, si además es oración familiar con los
hijos, lo es mucho más. Por eso, dice Jesús: Donde están dos o
tres reunidos en mi nombre.
¡Qué importante y necesaria es la oración en familia! La
familia que reza unida permanece unida. Todos los días hay que orar
en familia. No dejarlo para los tiempos libres o para los domingos
en la iglesia. Hay muchas familias que nunca rezan juntos. Pero la
oración no es un hobbie, es una necesidad familiar. La falta de
oración se notará después en la falta de comprensión y unión.
La oración es como la gasolina para el coche. No podemos decir
que echaremos gasolina, cuando tengamos tiempo o sólo el domingo,
porque el coche no funciona sin gasolina y nos quedaremos estancados
en cualquier lugar. Si queremos que el coche funcione, hay que echar
gasolina permanentemente. Así los esposos deben tomar fuerza cada
día de la oración. La oración es la fuerza del alma, el alimento
del espíritu. Sin ella no podremos vivir espiritualmente.
El padre Clemente Sobrado dice: Muchas veces, cuando a través de
mi sacerdocio encuentro tantos hogares tristes, tantos esposos
resignados, me pregunto el por qué. Son muchas las motivaciones,
pero hay una que no me falla. La falta de esa fe cristiana que les
haga descubrir esa otra dimensión de su amor por encima de las
exigencias puramente biológicas. Todo es cuestión de invitación,
invitamos a tantos. A los amigos, a los familiares... Pero
¿invitamos a Cristo a quedarse con nosotros? .
Una vida cristiana sin Cristo, estará vacía. Y ¿dónde
encontrar a Cristo? En la Eucaristía. Allí nos espera el mismo
Jesús de Nazaret, el amigo que siempre nos espera, el amigo que
nunca falla. Jesús está realmente presente en la Eucaristía con
su cuerpo, sangre, alma y divinidad. Y se sentirá feliz de vernos,
cuando vamos a visitarlo y a recibirlo en la comunión. De ahí que
unos esposos cristianos deberían ir todos los días a visitarlo y,
si es posible, a recibirlo en la comunión para que su unión con
Cristo se fortalezca más y más.
Decía una madre de familia italiana: Recién casados, comenzamos
a rezar como siempre habíamos hecho. Él es pediatra y yo
profesora. Él va cada mañana a misa y reza por todos, mientras yo
preparo a los niños; después, desayunamos todos juntos y vamos a
trabajar, llevando primero a los 5 niños al colegio. Por la tarde,
recogemos a los niños del colegio y, antes de la cena, nos sentamos
y colocamos una imagen de María en el centro. Cada uno enciende su
propia vela y hacemos oración. Orar juntos es para nosotros una
necesidad. Los niños rezan por todo y por todos. Todo se lo
confían a la Virgen.
Nosotros somos una familia que cree en el matrimonio único e
indisoluble. Creemos que Dios está siempre con nosotros y podemos
contar siempre con su providencia. Creemos que está siempre atento,
cuando le hablamos, y siempre dispuesto a intervenir cuando lo
necesitamos.
Los esposos Luigi y María Beltrame Quattrocchi, beatificados por
el Papa Juan Pablo II el 21 de octubre de 2001, oraban en familia
todos los días. En la homilía de beatificación, dijo el Papa: En
medio de las alegrías y las preocupaciones de una familia normal,
supieron llevar una existencia extraordinariamente rica en
espiritualidad. En el centro: la Eucaristía diaria, a la que se
añadían la devoción filial a la Virgen María, invocada con el
rosario, que rezaban todos los días por la tarde. Así supieron
acompañar a sus hijos en el discernimiento vocacional,
entrenándolos para valorarlo todo tejas arriba, como
simpáticamente solían decir.
La vida matrimonial y familiar puede atravesar momentos de
desconcierto. Sabemos cuántas familias sienten en estos casos la
tentación del desaliento. Pienso, en particular, en los que viven
el drama de la separación; pienso, en particular, en los que deben
afrontar la enfermedad y en los que sufren la muerte prematura del
cónyuge o de un hijo. También en estas situaciones, se puede dar
un gran testimonio de fidelidad en el amor, que llega a ser más
significativo aún gracias a la purificación en el crisol del
dolor. Ellos tuvieron 4 hijos, de los cuales una fue religiosa y dos
llegaron a ser sacerdotes.
¡Qué hermoso es ver parejas de esposos, unidas de 1a mano,
cuando van a comulgar! ¡Qué hermoso es ver esposos que se quieren
hasta la ancianidad y que no han perdido la alegría de su mirada ni
la sonrisa de sus labios! El amor, con el paso del tiempo, más que
disminuir debe aumentar. ¿Por qué solamente los jovencitos van
tomados de la mano?
Señor, en nombre nuestro y de nuestros hijos, te damos gracias y
te bendecimos. Te alabamos, porque eres el Dios del amor. Nuestra
gratitud va unida a la de todos los esposos que se aman de verdad.
Te damos gracias por el amor que pusiste en nuestros corazones y por
el amor que existe en el mundo: el amor de los esposos, el amor de
los hijos y de los padres. El amor de los hermanos y de los amigos.
El amor de quienes te han entregado su vida como holocausto de
amor... Unidos a todos los que te aman de verdad, queremos en este
día, Señor, darte gracias y pedirte que nos llenes de tu amor para
amarnos cada día más.
Señor, te ofrecemos nuestro amor. Hazlo cada día más puro y
verdadero. No permitas que nada lo manche, para que sea puro y
limpio para Ti. Que juntos caminemos por la vida, tomados de la
mano, diciendo siempre la verdad, sirviéndote, Señor, en todos los
demás. Bendice a nuestros hijos y pon en nuestra familia amor,
unión y comprensión. Amén.
Matrimonios felices
Hay muchos matrimonios que son felices a pesar de los problemas
que no faltan en la vida diaria. Jesús no nos ha prometido una vida
sin enfermedades ni problemas. Sólo nos ha prometido ayudarnos para
superarlos. Venid a Mí los que estáis agobiados y sobrecargados
que yo los aliviaré (Mt 11, 28). La felicidad no está en los
bienes materiales. En este caso, solamente los ricos podrían ser
felices. La felicidad no está en la salud ni en el éxito
profesional ni en el lugar donde vivimos. La felicidad la llevamos
dentro o no la poseeremos jamás. Ser felices es una manera
diferente de vivir. Es ver las cosas con fe, desde el punto de vista
de Dios. Es vivir en una perspectiva de eternidad. Por eso, podemos
encontrar matrimonios y familias felices, a pesar de tener
enfermedades, hijos minusválidos o problemas materiales.
El famoso apóstol del Corazón de Jesús, padre Mateo Crawley
decía: Un día bendije un matrimonio de dos pobrecitos y me
pidieron que entronizase en su tugurio al Corazón de Jesús. Les
dije: Prometedme que trataréis a Jesús como a un amigo, como si lo
vierais. Pocos años más tarde, viene el pobre joven a llamarme una
noche y me dice que su mujer se estaba muriendo. Voy a la casa a
confesarla, sorprendido de la paz de cielo que reinaba en aquel
hogar. Pregunto a la enferma: Hija mía, dime con toda verdad, ¿has
sido desgraciada en tu matrimonio? No, ni por un momento. Hemos
sufrido, hemos luchado, pero ¿desgraciados con Jesús, nuestro
amigo y Rey? Jamás, jamás.
Lo mismo confirmó su esposo. Ellos habían comprendido bien el
espíritu de la entronización, pues hicieron de Jesús el Rey y
amigo inseparable de su familia.
Otra pobre campesina me decía: Padre, desde que hicimos le
entronización en nuestra pobre choza, me considero la inquilina de
Jesús, ya que todo es suyo: mis aves, mis flores, mi viejo, todo es
suyo. Yo vivo alojada en el palacio del Rey y soy feliz. Ya no
vivimos para nosotros, sino en Él y para Él.
La familia Nocito tiene nueve hijos. El sexto, Alejandro, es
autista. El segundo, Miguel, tuvo un accidente de moto a los quince
años. Se dio un golpe fortísimo en la cabeza. El cerebro quedó
con múltiples hemorragias. Los médicos les dijeron que no iba a
sobrevivir y que firmaran un papel para donar sus órganos. Pero
para sorpresa de los médicos, después de quince años, sigue vivo,
cuidado con amor por sus familiares.
Desde el primer momento, los hermanos se volcaron en atenciones
con él. Todos hacían turnos para atenderlo. Durante los cuatro
primeros años, estuvo en coma. De pronto, un día dio la primera
señal de vida, esbozando una leve sonrisa. Dice su hermana
Sonsoles: Ahora lo sacamos a pasear por la mañana y por la tarde,
durante más de una hora para que le dé el aire y le haga
lagrimear, para que, si llueve, note el agua en la cara, para que le
dé el sol, para que le salude el guarda, el obrero, el vecino...,
para que oiga sonidos igual que todos, para que tenga sensaciones,
perciba olores y oiga los coches al pasar…
Cada día, en la familia Nocito Muñoz, hay un canto a la vida.
Más que un canto es un grito fortísimo que nos ofrece a los que
asistimos perplejos a su rutina, una bocanada de aire fresco. Un
respiro que ensancha el alma, sobre todo, en estos días en que se
premian películas homicidas, o, peor aún, en las que se deja morir
de hambre o de sed a una mujer que se encuentra en las mismas
condiciones que Miguel.
La familia Nocito es muy unida, porque son creyentes y viven su
fe católica. Cuando se casó Borja en el santuario de Torreciudad
(Huesca), para que Miguel pudiera seguir la ceremonia, instalaron un
sistema de videoconferencia en su habitación. Así pudo asistir
como si estuviera en la iglesia a más de 400 Kms. de distancia.
Miguel no se quedó sin fiesta; mientras sus hermanos celebraban la
boda, todos los amigos de Miguel lo acompañaron durante la
ceremonia, vestidos de sus mejores galas e, incluso, un sacerdote
repartió la comunión en el momento oportuno a quienes estaban
preparados. Y tras la ceremonia, se celebró también en la casa un
agasajo especial. Esto fue una de las condiciones de su hermano
Borja para casarse: que su hermano Miguel estuviera presente y lo
celebrase con ellos. Una familia así, unida en Dios, es capaz de
superar las más difíciles pruebas de la vida con la mirada alta y
la sonrisa en los labios, porque son felices por dentro e irradian
amor y alegría a los demás.
Dice la escritora Beth Matthews: Hace unos nueve años, Dios
embarcó a mi familia en un extraño, pero fantástico viaje. En
1991 diagnosticaron autismo a nuestro tercer hijo, Patrick. Y así
empezó nuestra odisea. A pesar de la medicación, dieta,
tratamientos y profesores, Patrick ha mejorado poco... Mientras
conducía por la autopista con Patrick a mi lado, recé una vez más
la oración de san Ignacio de Loyola y le pedí la gracia de querer
siempre a Patrick como era. Las lágrimas rodaron por mis mejillas.
Pensé: “Puede que nunca juegue al balón o diga mami, pero
siempre será un hijo especial de Dios”.
Y entonces caí en la cuenta. Dios me había bendecido,
ofreciéndome una escalera mecánica para ir al cielo. Eso era
exactamente lo que había pedido durante los últimos diez años.
Dios conocía mis debilidades. Sabía que necesitaba mucho más que
un pasamanos. Así que me dio la mano de mi precioso hijo y me
pidió que la tomara. A veces, se detiene; a veces, retrocede, pero
siempre apunta al cielo.
Unos esposos peruanos daban así su testimonio: Somos Santos
Navarro y Margarita Zapata de Navarro. Tenemos cuatro hijos. Los dos
mayores, Iván Santos y Olivia Margarita, padecen retardo mental.
Agradecemos a Dios por habernos dado esta familia. Con nuestro
apoyo, nuestros hijos especiales crecieron con independencia. Nunca
los excluimos de la mesa, aprendieron a vestirse y bañarse solos,
nos ayudaban en la tarea del hogar y paseábamos juntos como
cualquier familia. Aunque la gente veía a nuestros hijos como
distintos y hasta soportábamos algunas burlas, juntos aprendimos a
superarlo.
Estamos convencidos de que Dios nos ama y ama muchísimo más a
nuestros hijos. Iván Jesús ha recibido muchos regalos del Señor.
Con esfuerzo logró convertirse en campeón nacional de atletismo en
el año 2002, y el año 2003 fue a Irlanda para competir. Trajo
muchas medallas y su entrenador nos felicitó por su orden,
disciplina, perseverancia y puntualidad. Él es un campeón.
Nuestro mayor gozo es ver a nuestros hijos felices y cerca de
Dios. Las cualidades de Iván Santos destacan también en su grupo
de oración juvenil de la parroquia “Perpetuo Socorro” de
Trujillo (Perú), donde también es un ejemplo de superación. Como
esposos, pertenecemos al ministerio de oración arquidiocesano de la
Comunidad católica Bodas de Caná y, cuando por alguna razón no
podemos ir a adorar al Santísimo Sacramento, Iván Santos se ofrece
para rezar por quienes necesiten nuestra oración.
Como familia, sabemos que Dios nos ha dado un regalo maravilloso
que nos mantendrá siempre unidos: la oración personal y en
familia. Siempre tenemos algo que pedir a Dios. La familia es el don
más hermoso que Dios nos da y no importan las dificultades que
debamos enfrentar. Si el Señor está en casa, el amor no se agota y
todos los problemas se derrotan.
Un padre con mucha fe decía: Mi primer hijo nació sin
problemas. Siete años después tuvimos a Eddie, un niño con
síndrome de Down. En el hospital, cuando descubrieron lo que
tenía, se ofrecieron amablemente a matarlo. Al nacer, tenía dos
agujeros en el corazón y, a los cuatro meses, tuvieron que
operarlo. Recuerdo esa gotita de vida sobre mi hombro, los brazos
caídos a los lados, demasiado débil para hacer nada. Una vez
pasada la cirugía, las emergencias y los dramas, era hora de
ponerse a vivir. Eddie tiene ahora cinco años y su educación sigue
su ritmo. Dice algunas palabras y tiene todo un vocabulario de
signos y una esperanzadora capacidad de comprensión. Cualquier
progreso es emocionante. A Eddie le encanta reír y hacer reír.
Yo puedo decir que no tengo un hijo con síndrome de Down: soy el
padre de Eddie. Hay una enorme diferencia. Lo primero es casi
imposible de asumir, lo segundo es como vivo día a día. No pienso
mucho en ello.
El síndrome de Down se usa como una de las grandes
justificaciones para el aborto. Estoy aquí para decir que no es
algo insuperable. Eddie es mi hijo y es genial. No es el fin del
mundo, fue el principio del mío. Tengo un hijo con síndrome de
Down y la gente me tiene lástima. Es un error. No hay que tenerme
lástima sino envidia.
Un esposo le escribía a su esposa: No todo ha sido color de rosa
en estos cuarenta años. Estoy seguro que te he hecho sufrir mucho.
¡Mucho más de lo que yo me imagino! ¡He sido y soy inaguantable
en muchas ocasiones! No me estoy justificando, sólo Dios y tú
sabéis lo que te he herido con mis malos modos y mis asperezas.
Pero, a pesar de todo, puedo asegurarte con toda mi alma que, ni en
los peores momentos, ni un solo minuto he dejado de quererte
muchísimo. Está es la auténtica verdad, aunque la fiebre de la
ira superara los cuarenta grados. Perderte hubiera supuesto para mí
arruinar mi vida.
Hay otro hecho cierto. Jamás, en estos cuarenta años, he
faltado a mi fidelidad hacia ti ni un instante. Sinceramente, no ha
sido ningún mérito mío. Por una parte, ha sido una gracia de Dios
y, por otra, porque tú llenabas tanto mis aspiraciones que no
había el mínimo hueco para nadie. ¿Ahora qué? Pienso que nos
queda lo mejor. Sabes bien que todas las noches, cuando apagamos la
luz para dormir, te digo lo mismo: “Te quiero muchísimo”. No es
un somnífero ni un tic nervioso ni un acto reflejo. Es una
síntesis, un resumen del día y un propósito para el día
siguiente. Sí, te quiero muchísimo.
El padre Clemente Sobrado cuenta que un día le llegó una
confesión escrita en la que alguien le decía: Aquella mañana del
8 de enero de 1976, cansado de la rutina del trabajo y de la vida
diaria, decidí aflojar tensiones y me propuse correr una pequeña
aventura. Marqué el número del teléfono. Me contestó ella misma
con su voz clara… Escuchó mi propuesta. Dudó unos instantes.
Luego, decidida, aceptó salir conmigo aquella noche. Me esperaría
lista a las ocho y treinta. A esa hora, su marido no estaría en
casa y sus hijos estarían ya en cama. Ella, igual que yo,
necesitaba unos momentos de diversión...
Su esposo era uno de esos hombres que suelen trabajar en exceso y
que muchas veces no tenía tiempo para fiestas. Al colgar el
teléfono, me quedé pensando en ella. Era una mujer que, pese a sus
cinco hijos, se mantenía bonita y atractiva. Era fina, elegante,
culta y de trato encantador. Me preparé para pasar una gran noche.
La había conocido, cuando aún era una muchachita soltera, muy
bonita y llena de alegría de vivir. Fue allá en Buenos Aires.
Ambos éramos estudiantes y salíamos a bailar juntos. Esa mañana
del 8 de enero venían aquellos recuerdos llenos de colorido, unidos
al inevitable romance. Luego... ella se había casado. El esposo era
una buena persona y trabajador. Tenía cinco hijos y la mayor
casada, le había hecho ser abuela, aunque en nada había mermado su
espíritu juvenil.
A las ocho y media en punto la busqué en el lugar concertado y
allí estaba ella, elegante, sonriente como antaño. Le abrí la
puerta como en los días de Buenos Aires. Ella agradeció la
galantería y conversando nos dirigimos a un restaurante de comida
italiana. Ocupamos una mesa, discretamente iluminada por un
lamparín, desde donde casi podíamos ver sin ser vistos.
Rememoramos aquellos momentos pasados juntos veintiséis años
atrás. Juntamos nuestras manos discretamente, varias veces, como en
aquellos años... Llevados del entusiasmo, decidimos escaparnos a
bailar a alguna boite como años antes... Adentro, todo era penumbra
de distintos colores, suaves, difusos, cargados de misterioso
ambiente. Un mozo, provisto de linterna, nos ubicó en una mesa con
asientos sólo para dos, frente a la pista de baile. Todo invitaba
al amor, la confidencia, la intimidad. Y allí estábamos los dos,
tomados de la mano sin decir palabra. Sólo se veían sombras de
colores. En la penumbra difícilmente seríamos reconocidos. Y
salimos a bailar, muy juntitos. Luego lo inevitable, el primer beso,
seguido de otros más apasionados…
Nuestros caminos, una vez más, nos habían unido. No había ni
un asomo de remordimiento en ninguno de los dos. Éramos
inmensamente felices pese a nuestros años… Mañana sería otro
día y volveríamos a la rutina diaria. Ella a su esposo bueno y a
sus hijas. Y yo a mi esposa y a mis hijas también.
A la una de la madrugada, felices, plenos el uno del otro,
salimos de la boite. En el automóvil se sentó muy junto a mí… y
abrazados, regresamos a su casa por las ya solitarias calles de la
ciudad. Palabras de cariño. Terminaba la aventura con una cierta
melancolía y con planes para escaparnos juntos muy pronto... Al
llegar a la puerta de su casa, bajé a abrirle la puerta del coche.
Todo estaba silencioso. Su esposo aún no estaba en casa. Sus hijos
dormían. Nos miramos sin decir palabra, nos dimos un beso y, luego,
sin soltarnos de la mano, me invitó a entrar con ella.
Solamente quisiera aclarar que esa mujer maravillosa, madre de
familia ejemplar, a quien hacía 29 años había conocido, ERA MI
PROPIA ESPOSA. La aventura había sido decidida para celebrar juntos
el 26 aniversario de nuestro matrimonio.
Para muchos, esto puede parecer una telenovela barata, pero es
cierto que hay parejas que, después de 26 años de haberse dicho SI
con mayúsculas, todavía siguen amándose y siendo felices el uno
al lado del otro. Todavía existen matrimonios felices y quizás
más de los que la gente se imagina. Lo que pasa es que los
matrimonios felices no tienen tanta publicidad como los matrimonios
rotos.
ESPOSA IDEAL
¿Puede haber una esposa ideal? En la realidad, nunca la
encontraremos, pero, al menos, veamos algunas de sus cualidades tal
como la presenta la Biblia: Vale mucho más que las perlas. En ella
confía el corazón de su marido y no tiene nunca falta de nada. Le
da siempre gusto y nunca disgustos, todo el tiempo de su vida...
Todavía de noche, se levanta y prepara a su familia la comida.
Tiende la mano al pobre... Se reviste de fortaleza y gracia y
sonríe al porvenir. La sabiduría abre su boca y en su lengua está
la ley de la bondad. Vigila a toda su familia y no come su pan de
balde. Se alzan sus hijos y la aclaman bienaventurada y su marido la
ensalza. Engañosa es la gracia y fugaz la hermosura, la mujer que
teme (ama) al Señor ésa es de alabar (Prov 31, 10-31)
El Papa Pío XII decía de ella: Es el sol de la familia con su
generosidad y abnegación, con su constante prontitud, con su
delicadeza vigilante y previsora en todo cuanto puede alegrar la
vida de su esposo y de sus hijos. Ella difunde en torno a sí luz y
calor; y, si suele decirse de un matrimonio que es feliz, cuando
cada uno de los cónyuges al contraerlo se consagra a hacer feliz al
otro, este noble sentimiento e intención es, sin embargo, virtud
principal de la mujer.
La esposa es el sol de la familia con la claridad de su mirada y
con el fuego de su palabra. Es el sol de su familia con su ingenua
naturalidad, con su digna sencillez y con su majestad cristiana y
honesta. Sus sentimientos delicados, sus graciosos gestos, sus
ingenuos silencios y sonrisas le dan la gracia de una flor selecta
y, sin embargo, sencilla que abre la corola para recibir y reflejar
los colores del sol. ¡Oh si supieseis cuán profundos sentimientos
de amor y de gratitud suscita en el corazón del padre de familia y
de los hijos semejante imagen de esposa y de madre.
Una mujer así es un tesoro. Por eso el poeta Gabriel y Galán la
buscaba y le cantaba en un poema:
Busqué una mujer como mi madre entre las hijas de mi hidalga
tierra. Y fue mi esposa, viviente imagen de mi madre muerta. ¡Un
milagro de Dios que ver me hizo otra mujer como la santa aquella!
Compartían mis únicos amores la amante compañera, la patria
idolatrada, la casa solariega con la heredada hacienda.
¡Qué buena era la esposa y qué feraz la tierra! ¡Qué alegre
era mi casa y qué sana mi hacienda, y con qué solidez estaba unida
la tradición de la honradez a ellas! Una sencilla labradora
humilde, hija de oscura castellana aldea; una mujer trabajadora,
honrada, cristiana, amable, cariñosa y seria, trocó mi casa en
adorable idilio, que no pudo soñar ningún poeta. ¡Oh, cómo se
suaviza el penoso trajín de las faenas cuando hay amor en casa!
Todo lo pudo la mujer cristiana, logrólo todo la mujer discreta;
la vida en la alquería giraba en torno a ella, pacífica y amable,
monótona y serena... ¡Y cómo la alegría y el trabajo donde está
la virtud se compenetran!
Lavando en el riachuelo cristalino cantaban las mozuelas. Y
cantaba en los valles el vaquero y cantaban los mozos en las
sierras, y el aguador camino de la fuente, y el cabrerillo en la
pelada cuesta… ¡Y yo también cantaba, que ella y el camino
hiciéronme poeta! ¡Qué deseos el alma tenía de ser buena, y
cómo se llenaba de ternura, cuando Dios le decía que lo era!
***************
Y nosotros podemos cantarle esa conocida canción que dice así:
Como una promesa eres tú, eres tú, como una mañana de verano;
como una sonrisa eres tú, eres tú, así, así eres tú. Toda mi
esperanza eres tú, eres tú; como lluvia fresca en mis manos; como
fuerte brisa eres tú. Eres tú, así eres tú. Eres tú, como el
agua de mi fuente, eres tú, como el fuego de mi hoguera. Algo así
eres tú, algo así como el fuego de mi hoguera, algo así eres tú,
mi vida, algo así eres tú. Como mi poema eres tú, eres tú; como
mi guitarra en la noche; todo mi horizonte eres tú, eres tú, así
eres tú.
UN MENSAJE DE MARÍA
La Virgen María, nuestra Madre, le decía al padre Esteban Gobi,
fundador del Movimiento sacerdotal mariano, aprobado por la Iglesia:
A los niños les pido que crezcan en la virtud de la pureza. A los
jóvenes les pido que se formen en el dominio de las pasiones con la
oración y la vida de unión conmigo y que renuncien a ir a los
cines y discotecas, donde hay un continuo peligro de ofender la
virtud de la pureza. A los novios les pido que se abstengan de toda
relación antes del matrimonio. A las familias les pido que se
formen en el ejercicio de la castidad conyugal y nunca usen medios
artificiales para impedir la vida (13 de octubre de 1989).
Oren más, especialmente, el santo rosario. Hagan frecuentes
horas de adoración y reparación eucarística, acojan con amor
todos los sufrimientos que el Señor les mande y difundan sin miedo
mis mensajes (15 de setiembre 1989). No tengan miedo, al final la
victoria será sólo de mi Hijo y mía: será el triunfo de mi
Corazón Inmaculado en el mundo (19 de diciembre de 1973).
Conságrense a mi Corazón inmaculado. A quien se consagra a Mí,
yo vuelvo a prometerle la salvación: la salvación del error en
este mundo y la salvación eterna (13 de mayo de 1976).
* * * * * * *
En estos tiempos en que hay tanta pornografía y tanta
inmoralidad, es importante protegerse bajo el manto de María y
rezar el rosario, que es un arma sencilla y humilde contra la
soberbia de Satanás. Y, además, acudir frecuentemente a Jesús
Eucaristía para recibir fuerza para seguir adelante. Algo
importante es también el acudir a los santos y ángeles en demanda
de ayuda. Y muy especialmente, pedir ayuda a todos nuestros
familiares que estén ya en el cielo y a todos los ángeles de
nuestra familia que han sido sus custodios a lo largo de los siglos.
De vez en cuando, les recomiendo mandar celebrar una misa en honor
de los ángeles de la familia y por todos los difuntos, incluidos
los niños muertos sin bautismo. Que Dios haga de su familia, una
gran familia para gloria de Dios.
Renovación de las promesas matrimoniales
Esposo: Bendito seas, Señor, porque ha sido un regalo tuyo
recibir a …… por esposa. Por ello, quiero darte gracias y
pedirte que la bendigas y nos llenes cada día más de tu amor.
Esposa: Bendito seas, Señor, porque ha sido un regalo tuyo
recibir a …… por esposo. Por ello, quiero darte gracias y
pedirte que lo bendigas y nos llenes cada día más de tu amor.
Yo te recibo a ti como esposo(a) y me entrego a ti, y prometo
serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la
enfermedad, y así amarte y respetarte todos los días de mi vida.
Tomados de la mano: BENDITO SEAS, SEÑOR, PORQUE NOS HAS ASISTIDO
AMOROSAMENTE EN LAS ALEGRIAS Y EN LAS PENAS DE NUESTRAS VIDAS. TE
PEDIMOS QUE NOS AYUDES A GUARDAR FIELMENTE NUESTRO AMOR MUTUO PARA
QUE SEAMOS FIELES TESTIGOS DE TU AMOR EN EL MUNDO. BENDÍCENOS Y
BENDICE A NUESTROS HIJOS. AMEN.
Entronización del Corazón de Jesús
Es bueno asistir a misa, comulgando con devoción. Después de la
misa, se pide al sacerdote que bendiga los cuadros del Corazón de
Jesús y del Inmaculado Corazón de María. A continuación, delante
del sagrario, ante el mismo Jesús en persona, que está presente en
la Eucaristía, el sacerdote o el responsable de la familia lee el
acto de consagración al Inmaculado Corazón de María y, después,
al Corazón divino de Jesús; con las siguientes palabras u otras
parecidas, que expresen claramente el acto de entrega total de la
familia a Jesús por medio de María. La mamá podría leer el acto
de consagración a María y el papá la consagración a Jesús.
Consagración a María
Oh María, Madre de nuestra familia, a tu Corazón Inmaculado
queremos consagrarnos en este día. Queremos ponernos bajo tu manto
y protección para que siempre nos defiendas de todo mal y de todo
poder del maligno. Madre nuestra, Virgen María, defiéndenos de los
peligros, ayúdanos a superar las tentaciones y presérvanos de todo
mal. Y, cuando lleguen los momentos de dolor, sé Tú nuestro
consuelo y nuestro refugio. Y, en los momentos de alegría,
llévanos por el camino que nos conduzca a Dios para serle siempre
agradecidos.
Madre nuestra, recibe nuestro humilde acto de consagración.
Tuyos somos y tuyos queremos ser para siempre. Y danos la gracia de
amar a Jesús con todo nuestro corazón y ofrecerle el homenaje de
nuestro amor, especialmente en la Eucaristía.
Soy todo tuyo, Reina mía, madre mía, y cuanto tengo tuyo es. Te
entrego mi vida y mi amor, mi pasado, mi presente y mi futuro con
todo lo que tengo y todo lo que soy para que todo ello se lo
presentes a Jesús, que lo recibirá contento de tus manos. Dulce
Corazón de María, sed la salvación mía. Amén.
Consagración al Corazón de Jesús
Señor Jesús, queremos proclamarte en este momento coma el Rey y
dueño de nuestro hogar y de nuestra familia. Queremos que reines en
nuestras mentes y en nuestros corazones por el amor. Queremos amarte
y adorarte a Ti, Jesús, que siempre nos esperas en la Eucaristía.
Queremos que reines en nuestra vida entera: en nuestros
pensamientos, deseos, sentimientos, palabras, miradas, obras... Todo
es tuyo y todo te lo entregamos para que reines en nuestro cuerpo y
en nuestra alma, pues queremos hacer siempre tu santa voluntad.
Oh divino Corazón de Jesús, dirige nuestra familia por el
camino del bien, bendice nuestro trabajo y nuestras empresas,
nuestras diversiones, nuestras amistades y todas nuestras
actividades para que Tú seas el primero en todo.
Cúbrenos a todos con tu sangre bendita y protégenos de todo
poder del maligno. Ayúdanos en los momentos difíciles y
consuélanos en nuestras penas. Sé tú la alegría de nuestras
vidas, porque sin Ti no podemos ser felices. Te pedimos por nuestros
familiares difuntos para que los tengas en tu gloria. Y, cuando a
nosotros nos llegue el momento de la partida definitiva, reúnenos a
todos en tu reino para gozar todos unidos contigo en la patria
celestial.
Jesús, bendice nuestro hogar. Sé Tú nuestro Rey. Establece en
nuestra casa tu trono para siempre, porque no queremos que reine
otro sino Tú. Por eso, con toda la fuerza de nuestro corazón,
queremos decir: ¡Viva por siempre amado, bendecido y glorificado en
nuestro hogar el Corazón divino de Jesús! ¡Venga a nosotros tu
reino! ¡Bendito y alabado seas por siempre, Jesús! ¡Bendito seas
por siempre en el Santísimo sacramento de la Eucaristía! ¡A Ti el
poder, el honor y la gloria por los siglos de los siglos! Amen.
Oh Jesús, por medio de María me consagro a Ti y quiero que Tú
seas el Señor y el Rey de mi vida. Jesús, yo te amo y yo confío
en Ti. Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.
A continuación, el sacerdote puede dar la bendición y se llevan
con devoción los cuadros de Jesús y de María hasta la casa, donde
se colocarán, con flores y luces, en el salón principal; y donde
la familia unida rezará todos los días especialmente el rosario.
Así Jesús queda constituido como el Rey del hogar y María como la
madre de la familia.
CONSAGRACIÓN DE LA FAMILIA AL CORAZÓN DE JESÚS
Sagrado Corazón de Jesús, queremos pedirte en este día que
reines siempre en nuestro corazón, tuyos somos y tuyos queremos
ser. Queremos unirnos más íntimamente a ti por medio del
Inmaculado Corazón de María, queremos que en nuestra familia reine
siempre tu amor, tu alegría y tu paz. Te consagramos nuestra
familia con todo lo que somos y tenemos, y te pedimos que nos ayudes
a crecer cada día en santidad. Jesús, te confiamos nuestra familia
por medio de María y de José, su castísimo esposo.
Amen.
CONCLUSIÓN
Después de haber visto diferentes aspectos de la vida
matrimonial, podemos concluir que no puede haber matrimonios felices
sin la presencia de Dios en su vida. La presencia de Dios no es
optativa para el que lo desee, sino necesaria, porque sin Dios nadie
puede ser feliz. Muchos, por supuesto, no pueden entender esto. Pero
lo que sí podrán entender es que no son felices. Buscan el placer,
la comodidad y las cosas materiales, como si ellas dieran la
felicidad. Quizás piensan que, trabajando mucho y teniendo mucho
dinero, van a poder comprar la felicidad. Pero la felicidad ni se
compra ni se vende. La tenemos dentro o no la tenemos. Sólo quien
tiene a Dios y lo ama podrá ser feliz.
Por mi parte, les recomiendo que nunca dejen la oración personal
y familiar. Que hagan la entronización del Corazón de Jesús en su
hogar. Que recen el rosario en familia. Que vayan todos los días
posibles a visitar a Jesús Eucaristía y a recibir su abrazo en
la comunión. De esta manera, su amor irá creciendo día a día y
podrán sentir la alegría de Dios en su corazón. Y, cuando estén
unidos y sean felices, en cuanto humanamente es posible, piensen en
los demás y ayúdenlos también a ser felices.
Les deseo un matrimonio feliz con Jesús en su corazón y en su
vida. Que Dios los bendiga con una familia numerosa y que ustedes
sean una luz brillante para todos aquellos matrimonios que no saben
qué hacer para superar sus problemas y dificultades. Que sean
felices. Es mi mejor deseo para todos.
Su hermano y amigo del Perú. Saludos de mi ángel
P. Ángel Peña O.A.R. Agustino Recoleto
BIBLIOGRAFÍA
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