Matrimonios Felices

Libro del Padre Angel Peña O.A.R.

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MATRIMONIOS FELICES

Nihil Obstat P. Ignacio Reinares Vicario Provincial del Perú Agustino Recoleto

Imprimatur Mons. José Carmelo Martínez Obispo de Cajamarca (Perú)

ÁNGEL PEÑA O.A.R. LIMA - PERÚ 2009 ÍNDICE GENERAL

INTRODUCCIÓN Noviazgo. Matrimonio Amor. Diálogo Perdonar. Fidelidad Aspecto sexual. Abiertos a la vida Los hijos. Matrimonio cristiano Oración. Matrimonios felices Esposa ideal Un mensaje de María Renovación de las promesas matrimoniales Entronización del Corazón de Jesús Consagración de la familia al C. de Jesús

CONCLUSIÓN BIBLIOGRAFÍA

INTRODUCCIÓN

En este libro deseo hablar sobre el matrimonio, dando esperanza a todos los que se embarcan en esta vocación. Se puede ser feliz en la medida de lo posible en este mundo, viviendo en matrimonio. Hay muchos matrimonios felices y todos podrían ser felices, si se desprendieran de todo su egoísmo y aprendieran a amar de verdad. Sin embargo, como Dios es la fuente de todo verdadero amor, ningún matrimonio podrá ser verdaderamente feliz sin contar con Dios. Por eso, lo primero es casarse por Iglesia y poner su hogar bajo la protección de Dios. Jesucristo, el Rey de Reyes, quiere reinar en tu familia, sin Él nunca podrás tener un matrimonio feliz. Por eso, es importante hacer la entronización del Corazón de Jesús en el hogar y la consagración a Él de toda la familia.

Te deseo una vida feliz y una familia numerosa para gloria de Dios y de la Iglesia. ¡Que Jesús sea un miembro más de tu familia y seas feliz en tu matrimonio!

Noviazgo

Sí deseas un matrimonio feliz, debes comenzar por prepararte bien durante el tiempo de noviazgo. El noviazgo es un tiempo de preparación y de conocimiento mutuo. Pero, muchas veces, se convierte en un tiempo de desórdenes, en el que Dios está totalmente ausente. Y Dios es fundamental en la vida de todo hombre que quiere ser feliz y, por supuesto, en un verdadero matrimonio.

Muchos jóvenes tienen una mentalidad pagana. Confunden amor con sexo. Hablan de amor a primera vista y, en un tiempo récord, quieren casarse sin conocerse de verdad. No faltan quienes se conocen por internet y, en poco tiempo, sin apenas conocerse personalmente, ya quieren formalizar un matrimonio que debe durar para toda la vida. Es posible conocer a la esposa ideal por internet, pero hay que estar muy seguros y conocerla muy bien, para dar este paso transcendental del que depende la felicidad personal y de los futuros hijos.

Muchos adolescentes, desde los doce años o antes, ya desean tener una novia para poder presumir ante sus compañeros. ¿Para qué desean tener novia a esa edad? ¿Sólo para besarla y abrazarla? ¿No será una señal de inmadurez? Los noviazgos prematuros terminan rápidamente y, con frecuencia, después de haber tenido relaciones sexuales. Si esto se repite en varios noviazgos, ¿qué podría decirse de la novia o del novio? ¿Es esa la mejor preparación para el matrimonio?

Lo peor es que muchos jóvenes ya no quieren casarse y sólo quieren convivir sin compromiso. Otros prefieren tener compañeros sentimentales. De esa manera, aunque no haya amor, pueden satisfacerse mutuamente y, después, separarse sin problema y seguir buscando otras uniones pasajeras semejantes. Pero así nunca podrán ser felices, porque el matrimonio para ser feliz necesita amor, y el amor verdadero viene de Dios y quiere ser eterno.

En la actualidad, son muy frecuentes estos matrimonios al paso, sin compromiso. Muchos jóvenes modernos son incapaces de asumir un mínimo de responsabilidad matrimonial. Se divorcian con la facilidad de quien toma un vaso de agua y se vuelven a juntar con la misma frivolidad. ¿Y los niños? Si se quedan con la madre, crecen bajo la sombra de la tristeza materna y, a veces, con una gran inseguridad; porque les falta la presencia paterna. ¡Cuántas madres solteras o abandonadas! ¡Cuántos matrimonios rotos, cuántos divorcios, cuánto sufrimiento!

Por eso, hay que tomar en serio el noviazgo. Dice el Catecismo de la Iglesia católica: Los novios están llamados a vivir la castidad en la continencia... Y reservarán para el tiempo del matrimonio las manifestaciones de ternura específicas del amor conyugal. Deben ayudarse mutuamente a crecer en santidad (Cat 2350). Los jóvenes que desean casarse deben pensar en hacerlo para toda la vida; si no, su unión será débil y ante cualquier dificultad se romperá, porque no pondrán de su parte y no estarán dispuestos a hacer ningún sacrificio para superar las dificultades. Es preciso tener la idea clara de que uno se casa para toda la vida y de ser puros antes del matrimonio. Puros hasta el altar y fieles hasta la tumba.

Algo muy importante en el noviazgo es el decirse la verdad en cuanto a sus vidas y su pasado. Porque si uno de los dos oculta algo grave, que el otro tiene derecho a saber, el matrimonio podría ser nulo. Por ejemplo, ocultar que no puede tener hijos, que tiene sida o cualquier otra enfermedad crónica grave, que tiene hijos o que ha estado unido anteriormente con otra persona; que es adicto al juego, a las drogas, al alcohol… Hay que ser transparentes y decirse siempre la verdad. Declara san Pablo que el amor se alegra con la verdad (1 Co 13, 6). Sin verdad no hay verdadero amor.

Querido joven, ¿ya conoces a la que será tu esposa para toda la vida? Respétala, no te permitas con ellas acciones inmorales, no la engañes con sutilezas ni le pidas una "prueba de amor". Ten prudencia y evita estar a solas con ella en lugares solitarios o cerrados. Tu amor a ella debe ser siempre puro y limpio, con la ilusión de llegar los dos juntos vírgenes al matrimonio. Evita los abrazos y besos apasionados y los tocamientos indecorosos.

Debes saber esperar hasta el momento en que sea tu esposa y puedas decirle de verdad: Ahora soy tuyo, totalmente, y para siempre ¿Te imaginas que podrías tener un hijo no deseado? ¿Cómo se sentiría ese niño que no es bien recibido al venir a este mundo? ¿Pensarías en matarlo por el aborto? Con los hijos no se juega. No se puede tener una relación matrimonial antes del matrimonio. Prepárate para ese momento tan importante de tu vida. El amor es algo tan hermoso y tan grande que sólo Dios lo puede dar. Porque Dios es la fuente de todo auténtico amor. Dios es amor (1 Jn 4, 8). Y hay que estar casados en el Señor (1 Co 7, 39), casados por la Iglesia.

Y tú, querida joven, ¿has encontrado ya al que será tu futuro esposo? ¿Piensas en él, rezas por él? Pídele a Dios que te lo presente cuanto antes y que no te equivoques en tu elección. Y, desde ahora, consérvate pura y limpia para él. Evita la compañía de hombres deshonestos, las conversaciones de doble sentido, espectáculos pornográficos… Busca diversiones sanas y prepárate en cuerpo y alma para el que será el padre de tus hijos.

¡Qué hermoso es encontrar chicas que sonrían con sincera alegría, que sean decentes y se vistan con gusto! ¡Qué belleza irradian estas jóvenes de alma transparente y cuerpo puro! ¡Una chica buena, trabajadora, responsable y maternal es un regalo que vale más que todos los tesoros del mundo! Y ahora rezad los dos, aunque no se conozcan, esperando conocerse y amarse pronto.

Señor, quiero pensar en este momento en tu presencia por quien será mi esposo(a). Haz que mi recuerdo lo acompañe siempre y lo defienda de toda acción baja y vulgar. Haz que nunca se deslice entre nosotros la mentira ni el engaño. Señor, preséntamelo cuantos antes, tengo deseos de conocerlo(a) para darle el tesoro de mi amor, que guardo con tanto cariño y pureza para él (ella). Que su recuerdo, en vez de quitarme las ganas de estudiar, sea para mí un estímulo para salir adelante. Quiero ser para él (ella) una persona auténtica que lo sostenga en la debilidad y le dé fuerza y energía para superar las dificultades. Y haz que su sonrisa y su alegría ilumine el camino de mi vida y me llene de felicidad. Pensando en él (ella) mi corazón vibra de emoción. Señor, desde ahora, ya lo(a) amo con todo mi corazón.

Y quiero darle las rosas más bellas de mi corazón humano, Señor, quiero servirte y amarte con él (ella) y con nuestros hijos por toda la eternidad. Haznos una familia unida en tu divino Corazón. Amén.

Matrimonio

Una vez que los novios lo han pensado bien, deben prepararse para el gran día de su matrimonio religioso (estando previamente casados por lo civil). Para su matrimonio, no sólo deben pensar en las invitaciones, en el banquete, en el vestido de la novia y en otras cosas materiales. Sobre todo, deben preparar su alma para consagrarse mutuamente en cuerpo y alma en la presencia de Dios. Deben estar bien confesados para comulgar en la misa. Y deben ser conscientes de su compromiso de amor y fidelidad para toda la vida. Yo prometo serte fiel en lo favorable y en lo adverso, con salud o enfermedad. Y así amarte y respetarte todos los días de mi vida. Esto lo declaran ante Dios, que es testigo de su compromiso de amor eterno. Así que ya nunca más hay que pensar en el divorcio. Y hay que hacer todo lo posible y lo imposible para superar las dificultades.

Si éstas fueran insolubles, la Iglesia acepta la separación de cuerpos, manteniéndose firme el vínculo matrimonial. Ambos podrían seguir confesando y comulgando normalmente, mientras no tengan un nuevo compromiso. Y, si se unen a otra tercera persona, sepan lo que dice el Papa: la práctica de la Iglesia es no admitir a los sacramentos a los divorciados vueltos a casar... Sin embargo, siguen perteneciendo a la Iglesia que los sigue con especial atención con el deseo de que, dentro de lo posible, cultiven un estilo de vida cristiano mediante la participación en la santa misa, aunque sin comulgar, la escucha de la palabra de Dios, la adoración eucarística, la oración, la participación en la vida comunitaria, el diálogo con un sacerdote de confianza, la entrega a obras de caridad, de penitencia y a la tarea educativa de los hijos. Donde existan dudas legítimas sobre la validez del matrimonio sacramental contraído, se debe hacer lo que sea necesario para averiguar su fundamento.

Lamentablemente, hay esposos soberbios, flojos para el trabajo, adictos al sexo, al alcohol, a las drogas o a otros vicios. Otros se creen padres y esposos modelos, porque no son borrachos ni mujeriegos ni les gustan las fiestas; y trabajan todo el día pare el bien de su familia. Ciertamente, a su familia no le falta nada material, pero le falta el amor del papá. Sus hijos se quejan de que nunca tiene tiempo para escucharlos, de que nunca sale con ellos a pasear, porque siempre está demasiado ocupado. A su esposa, cuando se queja de que no salen nunca juntos o no le da el cariño que ella espera, le recuerda que no tiene tiempo y que está muy cansado, porque trabaja todo el día. Además, le dice que no olvide que todos sus vestidos y todo lo que tiene se lo debe a él.

En algunos de estos casos, la esposa puede buscar amor en otra parte. Como aquella esposa, a quien otro hombre la estaba cortejando. Ella decía: Yo sé que el otro no siente lo que me dice, pero no me importa. Me agrada que alguien se fije en mí y me diga palabras bonitas, aunque sean mentira. Por eso, es triste que haya maridos ciegos para reconocer la belleza de su esposa y piensen que todas las demás son más bellas que ella. Lo peor es que le diga palabras de desprecio: fea, gorda, sucia, desordenada, etc. En este caso, está matando el amor de su corazón y ella no tendrá alegría ni voluntad para hacerlo feliz. Al final, los dos pierden y, sobre todo, los hijos, que ven las discusiones y sienten la lejanía de sus padres.

La esposa, como mujer, necesita ser admirada. Cuando nadie la mira ni la valora, siente que su vida está vacía. Haría cualquier cosa para ser admirada, valorada y amada. Y ahí está el peligro. Si el esposo nunca le dice que la ama, y el otro se lo repite constantemente, podrá r­ecibir alguna recompensa a cambio, aunque sea un beso furtivo o un abrazo. Y por ese camino, ni ella misma sabe a dónde puede llegar.

El amor en el matrimonio nunca se debe dar por supuesto, hay que decirlo de todas las maneras posibles, con un beso, un abrazo, un apretón de manos, palabras bonitas, regalos, miradas… ¡Se puede decir de tantas maneras al otro que se le ama! ¡Es tan fácil hacer felices a los demás, diciendo palabras amables! Y ésta es una regla para todos y con todo el mundo, pero especialmente para los esposos y para los hijos, que también necesitan ser queridos y valorados por sí mismos sin comparaciones odiosas.

Muchos hombres van matando el amor de su esposa, porque son como los fariseos, que querían apedrear a la mujer adúltera del Evangelio (Jn 8). Les gustaría apedrear a su esposa y lo hacen con sus desprecios continuos y sus palabras hirientes o con gestos burlescos. La ponen en medio de los demás y le sacan sus defectos ante toda la familia, porque es gastadora, histérica, infantil, llorona… Pero, como dice Jesús: El que esté sin pecado, que tire la primera piedra.

Por supuesto que también hay esposas que no hacen más que criticar a sus esposos, porque no trabajan más, porque falta dinero en casa, porque son calvos o feos y, sobre todo, lo comparan con los vecinos o amigos, que tienen más que ellos. Y eso duele. Y no ayuda para el crecimiento del amor mutuo.

Hay matrimonios que parecen cansados y aburridos como los dos discípulos de Emaús, que ya habían perdido las esperanzas que habían puesto en Jesús. Por esto, hay que renovar el matrimonio cada día. Y decirle a Jesús, como los discípulos de Emaús: Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día declina. Y entró y se quedó con ellos (Lc 24, 13-25).

Nosotros también debemos invitar a Jesús a quedarse con nosotros, a ser un miembro más de la familia. Con Jesús todo lo podremos superar más fácilmente y los problemas de cada día no nos parecerán insolubles. Y también debemos invitar a María. En las bodas de Caná estaban los dos invitados. Y fue una bendición para los recién casados y para toda la familia. María se dio cuenta de que faltaba algo importante. Y le dijo a Jesús: No tienen vino (Jn 2, 3). Y Jesús, por amor a María, a quien no le puede negar nada por ser su madre, hizo su primer milagro sin estar previsto en sus planes.

De la misma manera, nosotros, invitando a Jesús y a María, podemos estar seguros de que ella intercederá ante Jesús y le dirá: No tienen comprensión, les falta dialogo, no quieren tener hijos, no tienen paz...Y Jesús podrá hacer milagros una vez más. Por ello, es tan importante tener en la casa alguna imagen de Jesús y de María y rezar todos los días en familia y consagrarse como familia a Jesús por María.

Sin fe, el matrimonio no puede ser feliz. Pero con fe todo es diferente. Decía Susana Tamaro: Estoy plenamente convencida de que, sin fe, el matrimonio es una especie de campo de concentración, pero estoy igualmente convencida de que el matrimonio, vivido en plenitud, es un lugar de satisfacción, un ca­mino de duro compromiso, pero bellísimo. Sin embargo, muchos se casan de forma casual, sin ninguna prepara­ción y sin ningún sentido de la sacralidad del matrimonio. Hay un analfabetismo afectivo. El matrimonio se con­vierte para muchos en un pro­ducto de consumo más. No tienen idea de construir algo juntos, conscientes de que en esa construcción, hay dificul­tades. El matrimonio requiere fe, amor y vocación.

Dice el doctor Aquilino Polaino Lorente: He tenido ocasión de conocer una pareja que vino a pedir ayuda. Ambos eran jóvenes y trabajaban, comenzando a abrirse paso en la vida profesional. La esposa recibía unos honorarios más cuantiosos que su marido. Y en su matrimonio trataron de organizarse de la forma más racional, dado que ambos eran universitarios. Para ello hicieron inventario minucioso de las tareas domésticas. En función de su grado de dificultad que cada una de ellas comportaba y del tiempo que exigía su realización, les fue asignada una determinada puntuación. Luego suscribieron un acuerdo para realizar las tareas domésticas al 50%.

De acuerdo a lo pactado, si al llegar el fin de semana uno de los dos había logrado menos puntos por haber realizado menos actividades en casa, entonces destinaría su tiempo libre a completar las tareas que le faltaban al cómputo.

Esto se cumplió escrupulosamente por ambas partes durante los tres primeros meses de matrimonio, aunque con dificultades. Por fin, el marido se cansó. Se veía obligado a trabajar durante los fines de semana para completar su igualitaria dedicación a las tareas domésticas. Le parecía que su casa se parecía más a una cooperativa que a una familia y que las relaciones con su mujer eran más difíciles que con la patronal de su empresa. En definitiva, que su mujer no lo estimaba, que era muy difícil encontrar un gesto de amor en sus relaciones conyugales.

Dada esta situación, le habló a la esposa de la manera más clara posible de que no podía aguantar aquella situación. Pero su esposa se negó a modificar el acuerdo establecido. El esposo le dijo: Si seguimos con el reparto equitativo de las tareas domésticas, nuestra vida será cualquier cosa menos matrimonio, que es lo que tú y yo soñamos al casarnos. Si no estás dispuesta a que nos organicemos de otro modo, a partir de ahora tú te vas con tu madre y yo con la mía. Y eso fue lo que acabaron por hacer. A ello siguió la demanda de separación y después el divorcio. La terapia de pareja resultó inútil en este caso.

El matrimonio no puede organizarse como una empresa o una cooperativa. El matrimonio no es una sociedad laboral en la que cada tres meses deben rotar los empleados y asumir nuevas y diversas responsabilidades. El matrimonio es una comunidad de amor que no puede regirse por un reglamento laboral frío, pues una organización así vacía el matrimonio del amor que es su finalidad esencial y más necesaria.

Hay que darse cada uno al 100%. Pero, cuando falta el amor verdadero, que viene de Dios, falta el sentido del matrimonio. Por eso, hay que pedir a Dios, en oración, que llene nuestro corazón de amor autentico para evitar el egoísmo disfrazado de amor.

Amor

Amor es una palabra muy bonita. Hay infinidad de canciones y películas que ensalzan el amor. Pero, a veces, es un amor falsificado, porque es un amor adúltero, donde el protagonista, por ser guapo y simpático, pareciera tener derecho a todo. Es un amor de película, que no dura más de dos horas. Pero la vida real requiere que, para ser felices, el amor sea eterno. No se puede vivir cambiando de pareja como de camisa. No se puede ir por el mundo diciendo a todo el que pase: Te quiero, porque quiero estar contigo. Hay que tener seriedad y responsabilidad y no amar al paso.

Cuando los esposos están comprometidos en un matrimonio hay que cuidar mucho ese tesoro del amor, porque puede contagiarse con las enfermedades del mundo moderno. Y se puede perder, si sólo se piensa en la propia felicidad. Si tú has encontrado una buena esposa, no te dejes encandilar por falsas apariencias, no la vendas por nada ni por nadie. No te dejes arrastrar por el afán de aventuras o de placeres indebidos. Mírala, admírala y dale todo tu cariño. Si vas detrás de otras mujeres, al final, perderás lo que más vale: tu propia esposa. Mírala bien, descubre sus tesoros y no la devalúes, no la maltrates. Reconquista el amor perdido a fuerza de ternura y cariño. Enamórala cada día y te responderá con un amor incondicional que te hará inmensamente feliz.

Y tú, esposa, si tu esposo es un hombre bueno y fiel, cuídalo con cariño. No lo rebajes, no le hagas sentir mal, comparándolo con otros que tienen más éxito económico y social. Piensa siempre que tu esposo es más importante que todas las cosas del mundo. No lo molestes con tus manías de limpieza. Enséñale cómo comportarse para no manchar inútilmente, pero no le digas continuamente: No toques, no manches, no te sientes, no te muevas, no pongas eso ahí... Es como si le dijeras, prefiero que te vayas a la calle y no manches; prefiero tener la casa limpia a que estés feliz en ella. Sería preferible decirle: Te quiero tanto que no me importa que manches con tal de que te sientas feliz, aunque después, tendrás que ayudarme a limpiar.

Algo importante es hacer las cosas juntos para fomentar el amor mutuo. No sólo orar e ir a fiestas, también limpiar, cocinar algún día, pasear, estudiar… ¡Hay tantas cosas hermosas que pueden hacerse juntos! ¡Hay tantos pequeños detalles que pueden hacer feliz al otro! ¡Es tan fácil sentarse juntos unos momentos a escuchar aquella música que los fascinaba siendo jóvenes o tomarle la mano en silencio, sonreírle o darle un regalo, o decirle con las palabras más hermosas: Te quiero!

¡Es tan fácil sorprender al otro, de vez en cuando, con un ramo de flores o una caja de chocolates! ¡O escribirle una hermosa tarjeta con palabras hermosas de agradecimiento por todo lo que hace! Y, cuando tenga problemas, es fácil llamarlo por teléfono a ver cómo está y decirle: No tengas miedo, yo estoy contigo. Todo pasará, no te preocupes, confiemos en Dios, pongamos todo en las manos de Dios. Lo importante es no dejar el amor en el invernadero de la rutina.

La rutina es un roedor implacable. Después de los primeros tiempos de dulzura y felicidad, se va colando en muchos matrimonios la monotonía de la vida diaria. Y, sin que nadie se dé cuenta, las cosas se van haciendo más pesadas. Ya no se vibra con la ilusión de la llegada del cónyuge, ya no se le espera como en otros tiempos, todo parece que ha cambiado, como si hubieran cambiado de personalidad. Pasan los años y la rutina, como un termita, va evaporando lo poco que queda de ilusión. Parecen dos extraños, viviendo en la misma casa, pensando sólo en ir tirando. Falta la frescura del primer amor, falta color y originalidad, falta Dios, que es el único que puede ir renovando el matrimonio con el agua fresca de su divino amor.

Decía Saint-Exupery que amar no es mirarse el uno el otro, sino mirar juntos en la misma dirección. Sí, mirar y caminar unidos. Amar no es tomarse de la mano mirando el televisor o pasearse por los parques tomados de la mano. Amar es mucho más, es decirse sí el uno al otro en cada momento. Y decirse sí el uno al otro significa decirle también sí a los hijos y a Dios, para cumplir su santa voluntad. Es renovar en cada instante de la vida el sí que se dieron un día ante el altar en presencia de Dios, como testigo. Por eso, cuando hay infidelidad, aunque sea en el pensamiento, se está siendo infiel también a Dios. Cada pensamiento, palabra u obra, debe unir más a los esposos, porque todo aquello que los separa y aleja uno del otro es desamor, infidelidad al compromiso matrimonial. De ahí que sea tan importante la oración para poder crecer en el amor de Dios. Cuanto más amen a Dios, más se amarán el uno al otro.

¡Qué hermoso es pedir a Dios cada día nuevos ojos para verse, como cuando eran novios! Aquellos ojos que lo fascinaban siguen siendo tan bellos como antaño, pero ¿por qué ya no le fascinan? ¿Por qué no le dice el esposo: Eres linda y preciosa y te quiero con todo mi corazón? ¿Por qué la esposa no hace más que criticarlo y rebajarlo como si fuera un hombre incapaz de solucionar los problemas? ¿Por qué no lo valora y no desea tener intimidad con él?

Recuerdo a un esposo que, cuando su esposa se enfermó gravemente y tuvieron que operarla de emergencia, se puso a rezar y le dijo a Dios: Señor, si sale bien de la operación, te prometo que le voy a dar todos los besos que no le di. Procuraré hacerla feliz de todas las formas posibles. Ahora comprendo, Señor, el gran regalo que me diste y que yo no he sabido valorar.

Tuvo que llegar un momento difícil parar saber valorar a su esposa y hacer un propósito de enmienda. Felizmente, la esposa salió bien y el matrimonio mejoró notablemente su relación, ayudados por el grupo parroquial al que pertenecían,

Por eso, no olvidemos que el amor es para hoy y que hay que demostrarlo hoy. No hay que dejar para mañana lo que debemos hacer hoy. Además, el amor nunca debe darse por supuesto, hay que manifestarlo y decirlo. ¿A quién no le gusta que le digan que lo quieren, que lo admiran, que se sienten bien a su lado? ¡Cuán feliz se sentirá el esposo si se lo dice la esposa! ¡O al revés! También los hombres, que son como niños grandes, necesitan del cariño de la esposa y que ella les manifieste su admiración y agradecimiento.

Ahora quisiera preguntarte: ¿Cuánto eres capaz de sufrir por tu consorte? ¿Qué eres capaz de hacer por él? Cuando hay problemas, ¿estás dispuesto a dialogar para solucionarlos?

Diálogo

Algo fundamental en la vida del matrimonio es saber dialogar y decirse las cosas con confianza para poder corregirse mutuamente. El diálogo debe hacerse en momentos de calma. Cuando uno está irritado, porque el otro ha llegado tarde o porque las cosas le salieron mal, el diálogo puede terminar en discusión. Hay que buscar el momento adecuado. Y hay que dialogar lejos de ruidos, en momentos en que los niños o los vecinos no puedan perturbar.

Hay que evitar a toda costa la actitud impulsiva de llevar siempre la contraria. Llevar normalmente la contraria es signo de que algo anda mal en la relación mutua. Hay parejas que discuten a diario, no importa el tema, siempre uno lleva la contraria. Eso puede llevar al otro al silencio y no decir lo que piensa, guardando resentimientos interiores.

¡Qué hermosa es la comunicación no verbal positiva: sonrisa, contacto corporal, darle las manos, brazos abiertos, mirada dulce, voz cariñosa y suave! ¡Cuánto daño hace la comunicación no verbal negativa como: ceño fruncido, risa cínica, llanto, enfado, brazos cruzados, tensión en manos, no mirar a los ojos, mirada dura, tono de voz elevado, gritar!

Ahora bien, en el diálogo hay que saber decirse las cosas, hasta las más íntimas para aclararlas o para pedir al otro que mejore su comportamiento. Sin embargo, no hay que decir secretos que sólo deben decirse al confesor. Uno no está obligado a decir que ha cometido adulterio, pues eso no arreglará nada y puede empeorar todo. No hay derecho a exigir al otro que responda a todas las preguntas, buscando que le diga sus pecados.

Cuando uno de los dos es muy celoso, hay que pedirle que sepa confiar; porque, de otro modo, lo va a aburrir con tantas preguntas y lo va a ahogar con tantos controles. No se puede vivir con una persona que controla hasta los más mínimos detalles y que observa hasta la ropa a ver si descubre algún indicio de infidelidad. Normalmente, las personas celosas son muy inseguras y tienen miedo de que su pareja los engañe. En ese caso, debe comprender su enfermedad y pedir a Dios más confianza. De otro modo, la convivencia puede resultar muy difícil o casi imposible.

Tampoco hay que tomar en el diálogo una actitud de indiferencia. No se puede decir: Ya te conozco, ya sé lo que me vas a decir. Es inútil hablar contigo. Con esa actitud nunca vamos a decir nada y, por tanto, las cosas seguirán eternamente igual o peor. Al menos, debemos orar mucho por el otro y, en algún momento en que esté en calma, podremos decirle lo que pensamos o buscar a alguien que se lo pueda decir.

Evidentemente, no siempre hay que dialogar sobre asuntos conflictivos, se puede dialogar sobre cosas agradables, recordar momentos felices pasados juntos o decirle al otro cuánto lo amamos y admiramos, felicitándolo por las cosas buenas que vemos en él. A veces, se dice que no hay tiempo, pero la falta de tiempo para dialogar va creando una fosa entre los esposos. La incomunicación es una de las enfermedades peores del matrimonio. ¡Qué triste es vivir en la misma casa y no poder decirle al otro lo que nos molesta de él! ¡Y no poder hablarle de las cosas íntimas e importantes!

Una solución para dialogar sería irse los dos esposos solos un día al campo para hablar lejos de todo y de todos; o tomarse un fin de semana de vacaciones e irse a algún sitio para revivir su luna de miel. Esto puede hacerse simplemente yendo a un hotel o a una casa de retiro. Quizás podría buscarse una fecha significativa como el aniversario de matrimonio. Lo importante es tener tiempo y poder dejar hablar al otro hasta que diga todo lo que piensa sin interrupciones. No hay que imponerse por la fuerza de los gritos. Hay que escuchar atentamente y ver hasta dónde el otro puede tener razón.

Si las cosas no se arreglan con el diálogo mutuo, sería necesario acudir a una persona neutral, como un sacerdote de confianza, a quien deben decir cada uno sus puntos de vistas para que él pueda dar consejos a cada uno de acuerdo a su criterio. De esta manera, pueden aclararse muchas cosas y recibir buenos consejos.

En mi larga vida de sacerdote he aconsejado a cientos de parejas de esposos. La falta de diálogo es uno de los problemas permanentes de los matrimonios. A veces, ninguno de los dos quiere ceder, porque cada uno cree que tiene razón. Ahora bien, el cambiar actitudes y costumbres bien arraigadas no es fácil. Por eso, siempre les recomiendo que recen unidos, porque para Dios no hay nada imposible. Él puede solucionar lo que parecía un sueño imposible. He visto matrimonios al borde del precipicio, que han podido arreglarse con buena voluntad y la oración mutua. Recuerdo a una señora que vino a visitarme, porque su esposo era alcohólico y, cuando estaba borracho, la insultaba y le hacía la vida imposible. Le hablé a ella y le dije que me gustaría hablar con él.

Contra todo pronóstico, vino el esposo a visitarme. Reconoció que se emborrachaba frecuentemente y que se portaba mal. Su vida era un desastre y hacía sufrir a su familia. Los invité a que fueran a un Encuentro matrimonial y aceptaron. El encuentro tocó sus corazones y decidieron casarse por la Iglesia. Él, reconociendo que era alcohólico, ingresó a un grupo de Alcohólicos Anónimos, donde llegó a ser el dirigente del grupo. Al poco tiempo, tuvieron un nuevo hijo y comenzaron a asistir a un grupo parroquial... Sus vidas cambiaron y ambos se sentían felices de haber renovado su vida y su matrimonio por la fuerza de Dios. En este caso, el esposo aceptó la ayuda de Alcohólicos Anónimos y la ayuda de las parejas amigas, que les ayudaron en el Encuentro matrimonial.

Por otra parte los esposos deben tener claro que nadie debe ser más importante que ellos en su matrimonio. Cada uno debe poder decirle al otro con toda sinceridad: Tú eres la persona más importante del mundo para mí. Nunca la familia de uno de los dos debe primar sobre los intereses o sentimientos del cónyuge. Y muchísimo menos los amigos o los gustos y deseos personales. Uno debe estar dispuesto a darlo todo y a dejarlo todo por hacer feliz al otro.

Por supuesto que esto no es fácil en la vida diaria, pues normalmente cada uno tiene sus preferencias y sus gustos. De ahí que sea tan necesario acudir a Dios para pedir ayuda, cuando uno tenga celos, deseos de gritar o de insultar. Cuando las cosas no están como uno desea y, cuando se ve con claridad los defectos del otro, es muy fácil corregir sin delicadeza y eso puede crear más problemas. Hay que corregir con amor, hablar con amor, sonreír con amor… Y pedir ayuda a Dios.

Hay estadísticas confiables que afirman que, en cualquier matrimonio roto, uno de los dos tiene el corazón endurecido contra Dios. Cuando el corazón se endurece, no hay visión de perspectiva eterna. Y por eso, cuando el esposo falla, la esposa debe orar con intensidad y pedir y pedir a Dios por su esposo. Nada puede haber en el mundo más eficaz ante Dios que la oración de la esposa por el esposo; mucho más incluso, que la oración de su madre, pues Dios los ha hecho UNO por el matrimonio.

En caso de problemas, la esposa debe pedir oraciones, hacer cadenas de oración. Y por otra parte, preguntarse: ¿Qué estoy haciendo para ser más atractiva para mi esposo? ¿Soy la clase de esposa que él espera de mí? ¿Me visto de modo atractivo? ¿Lo atiendo con cariño?

Y cuando el esposo sienta que su esposa ya no lo ama, que no quiere tener relaciones sexuales con él, debe preguntarse: ¿Soy la clase de esposo que ella esperaba de mí? ¿La trato con cariño? ¿Es ella la persona más importante de mi vida? ¿Me preocupo más del trabajo o de mis aficiones que de ella y de los niños? ¿Está bendecido nuestro matrimonio por Dios? ¿Oramos juntos? ¿Está Dios presente en nuestras vidas?

Veamos algunos consejos prácticos para tenerlos en cuenta durante el diálogo:

Escucha al otro todo lo que te quiere decir. No digas: estoy cansado o estoy muy ocupado. Busca siempre tiempo para escuchar y dialogar con tu pareja y con tus hijos.

Recuerda el día de su cumpleaños y aniversarios importantes para felicitarlo(a). Y siempre que haga algo digno de mención, aplaude y felicita, porque necesita sentirse valorado(a) para ser feliz.

Nunca llames por apodos o palabras de desprecio como: Oye, vieja, gorda, pelado, chaparro, idiota… Dile su nombre con cariño.

Nunca mientas, di siempre la verdad y cumple tu palabra. Lo mismo para corregir a tus hijos que para premiarlos. A tu esposa nunca le prometas algo sin cumplirlo. Sé hombre de palabra. Y ella que sea una mujer transparente, que nunca finja o exagere para conseguir sus propósitos. Ni que haga chantajes: Si no me das tal cosa, tampoco yo te daré la otra. Los chantajes no pueden fomentar el amor, sino todo lo contrario. Hay que ser sinceros y transparentes, diciendo siempre la verdad.

Hay que cuidar la apariencia física para que no se pierda la ilusión del primer amor y no se tengan que avergonzar el uno del otro. Pero, sobre todo, cuidar el comportamiento y medir las palabras; pues, muchas veces, puede uno quedar avergonzado por el comportamiento arrogante, soberbio, criticón o abusivo del otro; especialmente en público. Nunca dar malos ejemplos con vicios o borracheras. Hay que mantener el equilibrio y la dignidad en todo momento y saber comportarse de manera ejemplar, sin responder con insultos a las ofensas de los demás.

La familia de cada uno es la familia del otro. Hay que llevarse bien y amarlos de verdad. Sus errores o desprecios hay que saber perdonarlos, pues guardar rencor es algo que le hace daño a uno mismo. Además, el no hablarse con otros miembros de la familia nos empobrece y nos hace daño.

Es muy importante tomar las decisiones siempre en pareja. Consultarlo todo y no hacer nada sin la aprobación del cónyuge. Es muy triste que, a veces, hay esposas que piden préstamos para comprar sus cosas y después el esposo tiene que pagarlos con intereses. La falta de transparencia y sinceridad trae muchos problemas. No hay que hacer nada a ocultas, que pueda ofender gravemente al otro, ni siquiera ir a jugar con los amigos o amigas y, mucho menos, irse a bailar o a una fiesta diciendo que se va a otra parte.

Piensa siempre en cómo hacer feliz al otro. No importa si se lo merece o no. Hay que intentar siempre hacerlo feliz. Porque si la esposa, por comodidad, no quiere servirle la comida a la hora de llegada o no quiere dormir con él o no lo atiende en sus pequeños gustos… el esposo sentirá que la esposa lo deja en segundo plano. Peor si le dice constantemente que ella no es la empleada de nadie. Entonces, ¿dónde queda el amor? No hay que medir lo que se da. No hay que contar los sacrificios. Hay que dar sin condiciones, hay que amar a todas horas y hay que buscar siempre el bien y la felicidad del otro.

Cuando se dialoga, hay que evitar sacar los trapos sucios de tiempos pasados. Hay que concretarse al problema que se esta tratando. De otro modo, la discusión se extiende a otros puntos y todo acabará en amargura y resentimiento mutuo.

Por otra parte, en el matrimonio no debe haber lo mío y lo tuyo, sino lo nuestro. El sueldo de la esposa o del esposo hay que ponerlo en común. Pero si el esposo esconde su sueldo y nadie sabe cuánto gana o sólo da poco a poco, se crean malos entendidos y amarguras por falta de generosidad y por tratar al otro como si fuera un pobre limosnero. Lamentablemente, hay muchos esposos que ocultan muchas de sus entradas económicas para poder así disponer, no siempre bien, del dinero que les sobra.

Siempre es importante ser románticos y tratar al otro con delicadeza y con mucha amabilidad. Hay que dar importancia a los pequeños detalles para hacer feliz al otro.

Si a ella le gustan las flores, ¿qué cuesta comprarle de vez cuando una flor? Si le gustan los chocolates, ¿por qué no comprarle algunos? ¿Por qué no darle gratas sorpresas con algún regalo imprevisto?

Si a él le agrada ver su partido de fútbol tomando café, ¿por qué no servírselo con cariño y renunciar a ver la novela del momento? Si él se siente contento de tomar una cerveza de vez en cuando, ¿por qué no comprársela? ¿Por qué darle fastidio por no tener la cocina limpia? Son muchas las cosas que mutuamente pueden hacerse para darse gusto y evitarse conflictos. La felicidad se va tejiendo de pequeños detalles y esos pequeños detalles van fabricando la felicidad de toda una vida. Dile a tu cónyuge que lo amas, no te canses de decírselo..

En fin, siembra flores en el camino de tu esposo(a) y hazle su vida más feliz con esos pequeños detalles de amor. El amor muchas veces supone sacrificio. Precisamente la medida del amor está en la capacidad de sufrir por la persona que se ama. Veamos un ejemplo, tomado de un poema de Tagore, el gran poeta indio:

Era un matrimonio pobre. Ella hilaba a la puerta de su casa, pensando en su marido. Todo el que pasaba se quedaba admirado de su cabellera hermosa, larga y negra. El iba cada día al mercado a vender frutas. A la sombra de un árbol se sentaba a esperar, sujetando entre los dientes una pipa vacía. No llegaba el dinero para comprar un poquito de tabaco. Se acercaba el día del aniversario de la boda y ella no cesaba de preguntarse qué podría regalar a su esposo. Y además ¿con qué dinero? Un día se le ocurrió una idea. Sintió un escalofrío al pensarlo; pero, al decidirse, todo su cuerpo se estremeció de gozo. Venderé mi cabello para comprar tabaco para mi esposo. Se imaginaba al esposo sentado ante las frutas, dando largas bocanadas a su pipa. Aromas de incienso y de jazmín darían al esposo la solemnidad y prestigio de un verdadero comerciante. Sólo obtuvo por su cabello unas cuantas monedas, pero eligió con cuidado el más fino estuche de tabaco. Todo compensaba largamente el sacrificio de su cabello.

Al llegar la tardé del día del aniversario, regresó el esposo. Venía cantando por el camino. Traía en su mano un pequeño envoltorio: eran unos peines para su mujer. Los acababa de comprar tras vender su pipa.

¿Serías tú capaz de hacer lo mismo? Dice san Pablo que el amor es paciente, servicial, no tiene envidia, no busca su propio interés, no se irrita, no lleva cuenta del mal, se alegra con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca muere (1 Co l3, 4-7).

Tú, esposo, dedica tiempo a tu esposa y a tus hijos. No digas que estás tan ocupado que no tienes tiempo para salir de paseo o jugar con ellos. Debes hacer sentir a tu esposa, que necesitas de ella y pedirle siempre su opinión. Por eso, al volver del trabajo, cuéntale las cosas que creas más interesantes. Llévala contigo siempre que sea posible. No le regatees alabanzas, cuando se presente la ocasión. No dejes de decirle alguna vez que ese vestido le sienta bien o que ese peinado te gusta más. Hazle sentir la reina de la casa y de tu corazón. Sonríele con frecuencia y hazla feliz. Verás cómo ella no se deja ganar en generosidad y hará todo lo posible para hacer de ti el hombre más feliz de la tierra.

Recuerda lo que decía Kepler: El resplandor de todas las estrellas del universo no puede compararse con la luz proyectada por una madre que sonríe a su esposo y a sus hijos.

Perdonar

Algo esencial para ser felices es saber perdonar. Porque el odio y el resentimiento son un veneno que envenena la vida. El odio destruye, mientras que el amor construye. El odio enferma, mientras que el amor sincero sana y da felicidad. Muchas enfermedades físicas provienen de la falta de perdón.

Estudios recientes han demostrado, por ejemplo, que un elevado número de divorciados, sobre todo mujeres, siguen alimentando mucho resentimiento a su ex-cónyuge aun después de años de separación. Y el estrés originado por este rencor llega a afectar su cuerpo con diversas enfermedades. No querer perdonar es quedarse anclados en el pasado, de modo que la vida ya no puede seguir su curso normal. Imaginemos a un esposo muy trabajador, que llega un día temprano a casa, antes de lo previsto, y encuentra a su esposa en su habitación con otro. La esposa se echa a sus pies y le pide perdón. Él se queda pálido de indignación, pero se da cuenta de que el silencio somete a su esposa a una gran tortura. El caso llega a oídos de la familia y de los vecinos. Y el esposo se goza de la vergüenza que siente la esposa. En la casa, más que violencia, él la llena de desprecios con miradas y silencios. Pero así no es feliz, se siente humillado y su silencio es una triste venganza. Piensa: ¿Cómo me ha podido engañar a mí, un esposo fiel y trabajador? Me ha engañado con mi mejor amigo. La haré sufrir hasta el día de mi muerte.

Este hogar será un infierno en el que los hijos sufrirán las consecuencias. La esposa tendrá miedo al esposo y, si se entrega a él en relaciones íntimas, no lo podrá hacer por amor sino por miedo y se sentirá violada por él. Y él no podrá ser feliz, llevando su rencor en el corazón. Lo que debe hacer es reconocer su parte de culpa, al descuidar a su esposa, pedirle perdón por su indiferencia hacia ella y darle la oportunidad de cambiar. Es muy fácil sentirse la víctima y vengarse yendo con otras mujeres. Pero, si sabe perdonarla de verdad, todo puede arreglarse y comenzar para ambos una nueva vida.

He conocido personalmente casos de infidelidades de esposas, que han traído inmenso sufrimiento a toda la familia. Pero que, al final, con perdón, se han podido solucionar. He conocido mucho sufrimiento en esposas que han descubierto la infidelidad de sus esposos. En algunos casos, no han querido perdonarlo y lo han rechazado íntimamente para el resto de su vida. Y ellos han tenido que buscar en la calle el cariño que se les negaba en casa. Al no querer perdonar, la esposa, en cierto modo, es también culpable de las infidelidades futuras del esposo.

Otro problema es, cuando se van acumulando rencores y amarguras por las pequeñas cosas de cada día, en las que no hay comprensión ni amor ni delicadeza. Y uno de los dos va rumiando internamente pensamientos negativos contra el otro. Es necesario dialogar para ir calmando las tensiones de la vida diaria. No hay que acumular recelos, incomprensiones o resentimientos, que llevan a venganzas sutiles y a actitudes negativas, que van matando el amor.

El rencor que se guarda dentro se va convirtiendo en un tumor maligno, que envenena la vida entera. Tiene una fuerza destructiva terrible. Por esto, perdonar es una condición indispensable para poder ser felices. El rencor y el odio son como una barrera invisible que ponemos a Dios, que no puede perdonarnos ni oír nuestras oraciones hasta que nosotros no perdonemos de corazón a los demás. Lo dice claramente san Juan. El que dice que ama a Dios y no ama a su hermano es un mentiroso (1 Jn 4, 20). Y Jesús dice: Si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas (Mt 6, 14).

Con frecuencia, los problemas conyugales comienzan en la falta de perdón. Hay mujeres que son frígidas, porque tienen miedo al esposo. Para ellas tener relaciones sexuales, más que un placer es un sufrimiento, porque se sienten como objetos. Él busca ávidamente su placer y deja a la esposa sin llegar a disfrutar de esa relación conyugal. Entonces, ella le guarda resentimiento y puede rechazar esas relaciones en las que no siente felicidad, sino sufrimiento, a causa del egoísmo del esposo.

También el egoísmo de la esposa, quizás camuflado con apariencias de cansancio o de enfermedad, va matando muchas veces el amor. ¡Cuánta paciencia debe tener cada uno para poder comprender, aceptar y perdonar los defectos y errores del otro! ¡Cuántas veces es mejor callar, cuando el otro se pone a gritar o a criticar cualquier cosa sin motivo! Hay que tener paciencia y calma para no reaccionar airadamente y comenzar una pelea. A veces, es mejor el silencio y la paciencia.

Precisamente, una de las definiciones del amor es tener paciencia con la persona amada. Eso hacen las mamás con sus hijos. No se cansan de atenderlos, aunque sea a altas horas de la noche, porque los aman y son capaces de sacrificarse por ellos.

El padre Ignacio Larrañaga dice: En el observatorio de la vida me he topado con sorpresas inauditas: largas historias de esposas que sobrellevaron con ardiente paciencia las andanzas locas de sus maridos, atravesaron turbulentas crisis, estuvieron a las puertas de la separación, pero sobrevivieron. Hoy, después de tantos años, constituyen parejas de oro, de una estabilidad envidiable y admirable, con esplendidas familias. Valió la pena.

Perdonar es amar y amar es perdonar. También amar es aceptar al otro tal como es. Aceptarlo con sus grandezas y miserias es una de las mayores muestras de amor. Esto incluye perdonarle sus manías y sus limitaciones, y ayudarle en sus virtudes y genialidades para que pueda superarse. Y esto hay que hacerlo mutuamente. Amar es ser tolerante con las opiniones diferentes del otro. Es ponerse en su lugar para ver las cosas desde su punto de vista. Significa fijarse más en lo bueno del otro que en lo malo. Es confiar en él a pesar de todo. El amor supone confianza y dejar que el otro crezca de acuerdo a sus posibilidades. Hay que darle su espacio personal y saber dejarlo libre en sus aficiones y gustos personales con tal de que ello no obstaculice la marcha del amor conyugal y familiar.

En el matrimonio, cada uno es diferente y piensa diferente. No se puede obligar al otro a pensar o hacer las mismas cosas. No se le puede privar de tener su propia personalidad y desarrollarse como persona distinta. La libertad interior es fundamental para no sentirse uno esclavo del otro. El manipular al otro, obligándole a ciertas cosas por placer, interés o comodidad personal, es no dejarle crecer y no es verdadero amor. De todos modos, ambos deben tener la disposición permanente de saber perdonar, cuando surjan los problemas o malentendidos. Perdonar es amar y sin perdón no puede haber felicidad.

En una oportunidad, vino a visitarme un esposo que había descubierto la infidelidad de su esposa. Estaba desesperado. No quería perdonarla y había decidido abandonarla y llevarse a sus hijos. Yo le hablé ampliamente del perdón. Al final, después de mucha oración ante el Santísimo Sacramento, pues iba todos los días a pedir a Jesús luz y fortaleza, pudo perdonarla. Y su matrimonio mejoró enormemente. La decisión de perdonarla fue la mejor decisión de su vida. Ahora son dos esposos unidos y maravillosos. Esto mismo he podido apreciar en varios casos en que el hombre ha sido infiel

En estos casos, les recomiendo la misa diaria y la oración diaria ante el Santísimo Sacramento. Jesús Eucaristía es la mayor fuerza del mundo para poder solucionar los problemas más difíciles e insolubles del corazón humano.

Veamos lo que contaba una señora:

En mi juventud me sentí defraudada por mi propia familia. Crecí cargada de complejos, inseguridad, inmadurez, miedo, dudas y, al mismo tiempo, orgullo y soberbia. Con este bagaje iba buscando dónde apoyarme. Y así es como me casé, esperando encontrar apoyo y amor. ¡Amargo fracaso! Ni encontré amor ni supe darlo. A mis hijos sólo les daba comida, regalos y dinero, pero no amor, ni siquiera amabilidad. Sentí gran rebeldía contra Dios y llegué a increparle: ¡Qué clase de Padre eres que permites tanta amargura en mi vida! ¡No puede existir un infierno peor que el que yo vivo!

Otros hombres, todos, me parecían mejores que mi marido. En una ocasión, me cegué por un hombre que sabía corresponderme y a punto estuve de separarme de mi esposo. Pero, poco a poco, mi conciencia fue despertando y me di cuenta del engaño y gravedad de mi pecado, llenándome de remordimientos y angustias. Fue tanto que, durante más de cinco años, he estado enferma mentalmente, pensando que Dios no podía perdonarme y no había remedio para mí.

Hace un año, cuando me confesé, encontré al Dios-Amor. Conforme voy conociendo a Jesús, Él va sanándome y rehaciendo mi vida. Ahora que Él me ha dado su amor y perdón, soy capaz de dárselo a mis hijos y a otros. Las relaciones con mi esposo se han tornado de entendimiento y entrega. Ahora sólo deseo amar y hacer el bien a todos como instrumento en las manos del Señor, que llena y cambia mi vida.

Fidelidad

La fidelidad es una virtud que todo casado debe desear y debe pedir a Dios insistentemente todos los días de su vida. Es una gracia y un regalo de Dios, pero hay que pedirlo sin descanso. En el mundo en que vivimos, son muchas las tentaciones que acechan por todas partes. Por ello, hay que poner los medios personales convenientes para alejarse de la tentación, es decir, de ciertos lugares o personas que pueden ser peligrosos.

La fidelidad no es algo añadido al matrimonio, sino su consecuencia natural. Sin embargo, ¡cuánto sufrimiento empaña la vida de las parejas a causa de la infidelidad de uno de los dos!

Hay un cuento, que habla de cierto lugar de la India en que vivía una pareja de novios, Lelia y Rama, separados por un río. Un día, el novio se enfermó gravemente y la novia quiso ir a cuidarlo. Pero el río había crecido mucho y no podía vadearlo. Entonces, le pidió al barquero que le hiciera pasar. Como no tenía dinero, el barquero le dijo que, si estaba con él íntimamente, podía pasarla gratis. Ella lo pensó y aceptó, porque el pensamiento de poder pasar y cuidar a su novio era lo más importante para ella en ese momento. Quiso hacer aquel sacrificio por amor a él. Cuando llegó a la casa del novio, alguien ya se lo había comunicado. Y el novio, con rabia, le dijo: Márchate de mi casa, no quiero verte nunca más. Has manchado nuestro amor con tu deshonra.

Ahora, pensemos en la mujer samaritana del Evangelio. Era una mujer con un gran deseo de ser feliz. Hoy diríamos que conocía bien sus derechos y no se dejaba mandar por su esposo. Era una mujer temperamental y, por eso, siempre descubría defectos en cada marido. Tuvo seis y el último no era suyo. Parece que se lo había quitado a otra con sus dotes femeninas. Jesús le dice: Cinco maridos has tenido y el que ahora tienes, no es tu marido (Jn 4, 18).

Pero con tantos cambios de marido no era feliz, no había encontrado al esposo perfecto. Por eso, cuando encuentra a Jesús, le pide: Dame de esa agua para que no tenga sed ni tenga que venir aquí a buscarla (Jn 4, 15). Ella buscaba, sobre todo, el agua de la felicidad, y su encuentro con Jesús cambió su vida, convirtiéndose en evangelizadora entre sus paisanos. Les dice: Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será el Mesías?... Y muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en Él por la palabra de la mujer… Y le decían a la mujer: Ya no creemos por tus palabras, pues nosotros mismos hemos oído y conocido que Él es verdaderamente el Salvador del mundo (Jn 4, 29.41). Cuando encontró a Jesús en su vida, comenzó a ser feliz.

Otro caso es el de la mujer adúltera. Era una buena mujer, trabajadora y preocupada por atender a sus hijos. Pero era débil y se enamora de otro hombre, porque su esposo parece que ya no la trataba como merecía. Y Jesús aparece en su vida. Los fariseos y escribas se la presentaron para preguntarle qué debían hacer, porque la ley de Moisés mandaba apedrear a las adúlteras. Ella estaba arrepentida y se sentía avergonzada delante de todos. Pero ya no había remedio. Ya no había vuelta atrás. Y Jesús la defiende y dice a sus acusadores: El que esté sin pecado que tire la primera piedra (Jn 8, 7). Y, comenzando por los más ancianos, se retiraron uno a uno.

Probablemente, ellos eran más pecadores que ella y tuvieron miedo de enfrentarse a Jesús. Pero Jesús no la justificó. No le dijo: Pobrecita, tu esposo no te quiere y te maltrata. Bueno, de vez en cuando, puedes darte un paseo con tu vecino sin que nadie se entere. No. Jesús le dice: ¿Nadie te ha condenado? Yo tampoco te condeno, pero vete y no peques más. Jesús reconoce que ha pecado y, por eso, le dice: Vete y no peques más. Jesús no la justifica ni le dice: Sepárate y vete con el vecino. No. Esas son soluciones humanas, cuando falta fe y compromiso. El matrimonio es para toda la vida y el Sí que se dio ante Dios, es para toda la vida.

¡Qué hermoso en cambio, es el testimonio de fidelidad de Penélope, la esposa de Ulises, tal como se narra en la Odisea! Penélope es un ejemplo de esposa fiel para todas las generaciones. Habían pasado veinte años desde que Ulises había salido de la isla de Itaca donde vivían. Primero, había participado en la guerra de Troya y, después, se había extraviado en el camino de vuelta, errando sin norte por los mares. Mientras tanto, en esos veinte años, Penélope era acosada por muchos pretendientes; muchos de ellos ricos e importantes. Muchos querían casarse con ella y la asediaban continuamente sin dejarla tranquila. Tan apremiada estaba que llegó a prometerle a uno que se casaría con él, cuando terminase la labor que tenía entre manos. Durante el día, la veían tejiendo con diligencia su paño, pero durante la noche, ella misma deshacía cuanto había hecho durante la jornada.

Un día llegó la noticia de que había regresado su esposo Ulises. Ella no se lo cree y piensa que algún impostor quiere engañarla para suplantar a su esposo. Habían pasado veinte años y Ulises estaba cambiado. Ya no era el jovencito hermoso que ella había conocido y duda de que sea Ulises, su esposo. Hasta que él le relata un secreto que nadie podía saber sino él. En ese momento, Penélope estalla en llanto; lo abraza, lo besa y le dice: Perdóname, por no haberte creído desde el primer momento. Mi pobre corazón se estremecía de horror al pensar que podía venir alguien y engañarme con falsas palabras. ¡Son tantos los malvados que querían engañarme!

El rey Agamenón la ensalzó, diciendo de ella: Oh mujer, rica en virtudes sublimes, seguías pensando continuamente en Ulises, el esposo de tu juventud. La gloria de tu fidelidad no pasará jamás. Y, ciertamente, su ejemplo es un testimonio de fidelidad para todas las esposas de todos los tiempos.

¡Qué hermoso es también el caso de Rut la moabita, que sigue fielmente a su suegra hasta la muerte, para cuidarla y acompañarla! Según el texto sagrado, Ruth le dice a su suegra Noemí:

No me pidas que te deje y que me separe de ti. A donde tú vayas iré yo y, donde vivas, yo viviré. Tu gente será mi gente y tu Dios será mi Dios.

La tierra que, muerta, te reciba en su seno, será la tierra donde yo muera y donde se abrirá mi sepultura.

Que el Señor así me lo otorgue y escuche mis votos; que sólo la muerte me separe de ti. (Rut 1, 16-18)

Es muy hermoso ver parejas de ancianos, tomados de la mano que dicen convencidos: Si mil veces naciera, la(o) escogería de nuevo. Ancianos que, a pesar de los pesares, siguen apoyándose y se sienten orgullosos de sus hijos, aunque estén lejos. Y ¿cuál es la clave? Darlo todo. Como la viuda pobre del Evangelio, que dio todo lo que tenía para vivir. Esa es la ­clave de la felicidad en el matrimonio: Cada uno debe darlo todo sin reservarse nada, sin esconder nada. Así por la noche, cuando vayan a descansar, podrán mirarse a la cara y decirse: Eres lo más hermoso del mundo para mí. Mi vida es tuya. Tú eres el amor de mi vida y la reina(o el rey) de mi corazón. Yo admiro a las esposas que llevan de paseo a sus esposos en silla de ruedas. Acompañan con cariño al esposo que quedó ciego o paralítico. O cuando ayudan y cuidan de su hija enferma durante años… Estos esposos fieles, unidos y felices, son flores del jardín de la vida que nos entusiasman y nos dan aire puro para seguir viviendo con amor, a pesar de las dificultades de cada día. Porque estos ejemplos de entrega y fidelidad hacen el mundo más puro, más alegre y más humano.

Aspecto sexual

Un punto importante en la vida matrimonial es la relación sexual. Para el hombre es muy importante la vida sexual y no encuentra explicaciones convincentes de por qué a su esposa le gusta tan poco (hablando en general).Con cierta frecuencia, ocurren situaciones que llevan a la pareja a momentos de tensión por falta de comprensión. Imaginemos que el esposo llega a casa y la esposa, que ha vivido alguna situación difícil, quiere contársela y desea que él le demuestre físicamente su afecto. El esposo puede pensar que lo que ella está buscando es una relación sexual, pero lo que ella realmente busca es ser escuchada y estar en sus brazos, recibiendo sus caricias y su comprensión para sentirse querida y apoyada en esos momentos. Quizás después de haber recibido esas muestras de cariño, ella pueda acceder a tener una relación sexual, si el esposo lo desea. Hay que recordar que para la mujer el sexo viene después. Si ha habido caricias previas y demostraciones de ternura, ella estará predispuesta a llegar hasta la máxima expresión de cariño en el acto sexual. Para ella, el sexo sin ternura es algo mecánico que sólo satisface las necesidades fisiológicas, pero ella quiere satisfacer sus necesidades afectivas. De otro modo, se sentirá usada como un objeto y rehuirá la relación sexual, porque no siente o siente muy poca satisfacción personal.

Tampoco hay que olvidar que el hombre también necesita del cariño y de las caricias de la esposa para sentirse bien. No se puede decir que el hombre es pura razón y que es frío por naturaleza. También necesita amor y la esposa debe estar siempre dispuesta a dárselo para que se sienta aceptado y querido tal como es, a pesar de las dificultades del trabajo o de la vida diaria.

Recuerdo cuando asistía a los retiros de Encuentros matrimoniales y se tocaba este punto. Todos los hombres decían que, cuando la esposa les decía que no, sin motivos razonables, se sentían humillados. Y, si esto se repetía muchas veces, ¿cómo podrían sentirse? Algunas esposas tienen un sentido tan materialista de la vida que aprovechan para negarse, mientras el esposo no les dé gusto en tal o cual cosa. Es como un castigo o chantaje. Y eso crea malos antecedentes, pues el esposo podría rechazarla definitivamente y buscar cariño en otra parte. En esto no puede haber chantajes.

Es cierto que muchos hombres son bruscos y poco delicados, pero esto hay que hablarlo para que la relación sexual sea un momento de felicidad mutua, que fortalezca el amor y no lo disminuya. Si el esposo la trata mal durante el día, ¿qué podría sentir ella por la noche?, ¡rechazo! Muchas mujeres se vuelven frígidas y rechazan tener relaciones por la poca consideración del esposo, pues se sienten usadas. Y eso no lo pueden aceptar.

Los hombres deben entender que la mayor necesidad de una mujer es el amor. Que hay que ganársela con detalles de cariño. Y, entonces, ella se sentirá feliz de hacerlo feliz. Ciertamente que puede haber otros factores. Hay esposas para quienes el sexo no es ninguna necesidad o prioridad. Algunas esposas no querrían tener relaciones, sino muy de vez en cuando. Dejarían pasar semanas y quizás meses. Por eso, la excusa más común es decir: estoy cansada, me duele la cabeza, mejor para otro día...

Y, si la esposa deja pasar los días sin querer estar con su esposo, está rompiendo la voluntad de Dios. Por otra parte, si el esposo deja pasar mucho tiempo sin pedirlo, algo puede andar mal. Es bueno que ella pida. Porque la solicitación sexual debe ser mutua. El sentirse buscado y deseado es fuente de seguridad y aumenta el cariño y la entrega, evitando la rutina. En algunas ocasiones especiales, es bueno prepararse con tiempo: bañarse, un poco de perfume y muchas caricias para satisfacción de ambos. Que no exista el miedo a tener un hijo más. En esto sean generosos con Dios. Que no usen anticonceptivos, que son como trampas. A Dios no le gustan las trampas, hay que jugar limpio. Si viene otro hijo, aceptarlo como venido de Dios. Sean generosos con Dios. Y Dios bendecirá su hogar.

Dios quiere entrega mutua y total sin miedos, rencores ni condiciones. Por eso, el mismo Dios dice claramente:

Que el marido dé a su mujer lo que debe y la mujer, de igual modo, a su marido. El cuerpo de la esposa no le pertenece, le pertenece al esposo. El cuerpo del esposo no le pertenece, le pertenece a su esposa. No se nieguen el derecho del uno al otro, sino por breve tiempo para dedicarse a la oración y, después, vuelvan estar juntos para que Satanás no les tiente por su incontinencia… En cuanto a los casados, les ordeno, no yo, sino el Señor, que la mujer no se separe del marido y, en caso de separarse, que no vuelva a casarse o que se reconcilie con el marido y que el marido no despida a su mujer (1 Co 7, 3-5.10-11).

De esta manera, el mismo Dios habla de la necesidad de entregarse mutuamente. Y, al no hacerlo sin causa razonable, estamos yendo en contra de la voluntad de Dios.

La esposa o el esposo jamás deberá hacer una promesa o juramento de guardar continencia, mientras vive con el cónyuge en la misma casa. Eso sería una contradicción al juramento que hicieron el día del matrimonio. Y, si uno se niega de por vida, por no saber perdonar al otro su infidelidad, igualmente está yendo contra la voluntad de Dios. Otra cosa es, cuando el esposo no quiere dejar de ser infiel. En este caso, la esposa tiene derecho a negarse.

Si el esposo va a buscar prostitutas, también podría negarse, porque podría traerle enfermedades. Pero, hablando normalmente, el sexo es importante para afianzar el amor mutuo. El acto sexual de los esposos es un acto sagrado que puede unirlos más a Dios, porque es algo querido por Dios con tal de que se realice por amor y con amor a su cónyuge. De ahí que también el acto sexual debe estar abierto a la vida.

Abiertos a la vida

Hoy día son muchas las parejas de esposos que sólo quieren tener un hijo o máximo dos. Muchos esposos ven a los hijos como un estorbo para sus diversiones y comodidades. Con frecuencia, deciden tenerlos después de algunos años de matrimonio. Eso quiere decir que usan anticonceptivos, incluso abortivos, sin problemas de conciencia. Pero la realidad es que, cuando se usan anticonceptivos abortivos, se está matando la vida de un ser humano y el amor de los esposos se va apagando más y más. Los mismos esposos se están fabricando así la tumba de su amor. Por ese camino, fácilmente se pueden pronosticar problemas insolubles y, al final, el divorcio, con el consiguiente sufrimiento para ambos y, sobre todo, para los hijos que hayan podido tener.

Los hijos no son un estorbo, aunque sean enfermos. Cada ser humano es un regalo maravilloso de Dios, aunque suponga muchos sacrificios para educarlo y atenderlo, especialmente si es enfermo. ¡Cuántos matrimonios dejan morir a sus hijos recién nacidos, cuando se dan cuenta de que estarán enfermos de por vida! ¿Lo hacen para que el niño no sufra o para evitarse sufrimientos? ¡Cuántas madres se hacen la prueba del líquido amniótico a ver si el niño está sano, para que, en caso de que le digan que puede nacer enfermo, lo pueda abortar! ¿Dónde está la fe y el amor para ese hijo? Cuando falta Dios en la vida de un matrimonio, todo es posible; el aborto se ve sólo como una interrupción del embarazo, como si fuera un trozo de carne sin valor.

Otros esposos planean el tener sus hijos, como si se tratara de comprar un coche o una casa. Se pesan los pros y los contras, como si estuvieran rellenando la hoja de un balance de empresa. Si el balance es positivo, es el momento de tener el hijo; si no, debe esperar. ¿Y dónde está la fe para confiar en Dios? ¿Y si Dios en su plan divino quiere que tengan seis hijos, van a decirle que eso es imposible? ¿Acaso Dios no es poderoso para ayudarlos y sacarlos adelante? Dice la Biblia: Dios proveerá (Fil 4, 19). ¿Lo creemos?

Veamos lo que nos dice Scott Hahn, un pastor presbiteriano, convertido al catolicismo, que ha escrito el testimonio de su conversión en su libro: Roma, dulce hogar.

Me casé con Kimberly Kick el 8 de agosto de 1979. Creamos nuestro hogar y disfrutamos del placer y la alegría de la unión de un hombre y una mujer. Sin embargo, no fue en el éxtasis de nuestra unión corporal, cuando vislumbré por vez primera que una familia manifiesta del modo más vívido la vida de Dios. Empecé a comprenderlo, cuando Kimberly estaba embarazada de nueve meses y medio de nuestro primer hijo. Su cuerpo había ido tomando nuevas proporciones y me di cuenta más que nunca de que su carne no había sido creada exclusivamente para mi deleite. Lo que yo había disfrutado como algo hermoso se estaba convirtiendo ahora en un medio para un fin más grande.

Cuando sintió sus primeros dolores de parto, nos fuimos apresuradamente al hospital con la ilusión de que el bebé estaría pronto en nuestros brazos. Sin embargo, el parto de Kimberly fue difícil desde el principio. Las horas se prolongaron, horas de duro parto, y el dolor de Kimberly se hizo cada vez más intenso. Tras treinta horas de parto, el médico observó poco progreso y recomendó hacer una cesárea. No era así como nos habría gustado que fueran las cosas, pero nos dábamos cuenta de que la elección no estaba en nuestras manos.

Exhausto, vi cómo las enfermeras ponían a Kimberly en una camilla y la llevaban a otra habitación. Iba a su lado, cogiéndola de la mano, rezando con ella. Cuando llegamos a la sala de operaciones, las enfermeras levantaron a Kimberly de nuevo y la pusieron en una mesa; allí la sujetaron y la sedaron. Kimberly estaba congelada, tiritando y con mucho miedo. Permanecí junto a mi esposa; su cuerpo estaba atado, puesto en forma de cruz sobre la mesa y rajado para traer una nueva vida al mundo.

Nada de lo que me había enseñado mi padre sobre los detalles de reproducción, nada de lo que había aprendido en las clases de biología del Instituto podría haberme preparado para ese momento. Los médicos me dejaron quedarme a ver la operación... Entonces, llegó el momento en que de entre aquellos órganos, con unos pocos movimientos cuidadosos de las manos del médico, apareció el hermoso cuerpo de mi hijo, mi primer hijo, Michael. Pero fue el cuerpo de Kimberly lo que se convirtió en algo más hermoso para mí. Ensangrentado, con cicatrices, y retorcido de dolor, se convirtió en algo sagrado, un templo vivo, un sagrario, un altar de sacrificio que daba vida.

Su esposa Kimberly nos dice en su libro “El amor que da vida”: Hasta ahora he tenido siete cesáreas y cuatro legrados para detener la hemorragia después de los partos o de abortos espontáneos. Me han cortado de arriba abajo y de lado a lado. La cicatriz parece un ancla. Scott dice que son heridas sufridas por Cristo ¡Así probablemente las tendré en mi cuerpo glorioso!

El número de cesáreas que he tenido no han hecho todavía imposible tener más bebés, porque el médico es capaz de abrir tejido cicatrizado. ¡El récord de cesáreas está en catorce en Texas! Además, los sufrimientos físicos no acaban con el parto. La lactancia, a pesar de lo maravilloso que es, tiene sus propias molestias... ¿Impresiona leer esto? No lo cuento para desanimar a nadie. De hecho, quiero demostrar cómo a través del acto conyugal, elegimos ser un sacrificio vivo…

Antes de tener mi cuarto parto por cesárea, una enfermera me sugirió: “Deberías ligarte las trompas, aprovechando que el médico te va a abrir”. Rápidamente respondí: “No me toquen. Me encantaría volver aquí y tener otro hijo, aunque implique otra cesárea”. Mientras me llevaban al quirófano, oí que la enfermera les decía sus compañeras: “Lleva cuatro cesáreas y quiere volver a tener otra”. No se lo podían creer; no porque no hubieran visto una mujer con cinco cesáreas, sino porque yo quería que ocurriese a sabiendas del sacrificio que suponía.

Vale la pena hacer cualquier sacrificio por los hijos, que serán el apoyo y el consuelo de los padres en su ancianidad. Además, como dice la Biblia, los hijos son un regalo de Dios.

LOS HIJOS

Dice la Biblia que los hijos son una bendición de Dios. No hay ningún versículo que afirme lo contrario. No son posesiones de los padres, como si fueran juguetes para su disfrute. Hay que quererlos por sí mismos, pues tienen una dignidad inmensa por ser hijos de Dios, creados a imagen y semejanza de Dios.

La Biblia dice: La herencia que da el Señor son los hijos; su salario el fruto del vientre: son saetas en manos de un guerrero los hijos de la juventud. Dichoso el hombre que llena con ellas su aljaba: no quedará derrotado, cuando litigue con su adversario en la plaza (Sal 126, 3-5). Tus hijos son como renuevos de olivo alrededor de tu mesa: ésta es la bendición del hombre que teme al Señor. Que el Señor te bendiga… y veas a los hijos de tus hijos (Sal 127, 3-4). El Señor, a la estéril, le da un puesto en la casa, como madre feliz de hijos (Sal 112, 9). La corona del anciano son sus hijos y sus nietos; los hijos son la honra de sus padres (Prov 17, 6).

Los hijos son un tesoro que Dios da a los padres y deben cuidarlos y educarlos con todo cariño, consagrándolos al Señor por medio de María. Así lo he visto que lo hacía mi hermana Inés con sus hijos; y lo recomiendo a todas las mamás. Que al nacer sus hijos, los lleven ante una imagen de la Virgen y allí se los entreguen para que María tenga un cuidado especial de ellos y los cubra y los proteja con su manto durante toda su vida.

Ahora bien, a los hijos hay que educarlos de común acuerdo. Los padres no pueden contradecirse mutuamente en su modo de actuar con ellos. Deben darles buenos ejemplos, ya que un ejemplo vale más que mil palabras.

No se puede pretender que los niños sean sinceros, si ven en la casa que su padre le miente a su madre o viceversa. Y así en todo. Por esto, sería bueno tener en cuenta algunos consejos.

Nunca mentir, ni siquiera para quedar bien ante los demás. Y cumplir la palabra dada, tanto para darles un premio como un castigo. Nunca comparar a uno con otros. Cada uno es diferente con cualidades y limitaciones personales. No decirles palabras insultantes o de desprecio, pues se les baja la autoestima. Más bien, hay que alabarlos, cuando se lo merezcan y alegrarnos con ellos. Hay que abrazarlos y besarlos, frecuentemente, no sólo la madre, sino también el padre. Los niños hombres necesitan el cariño físico de su padre. Saber escucharlos, cuando tengan algo que decirnos. No decirles constantemente que no tenemos tiempo, porque estamos muy ocupados. ¿Puede haber algo más importante para los padres que sus hijos? Acompañarlos a la iglesia para educarlos en la fe con el ejemplo. Que los niños vean a sus padres confesarse y comulgar para que así ellos lo acepten como algo normal en una familia cristiana, que está bendecida por Dios desde el día de su matrimonio. Nunca gritarles, es preferible decirles las cosas con calma, aunque haya que castigarles, no con castigos físicos, sino privándoles de algo que les guste, como ver televisión o salir a jugar con sus amigos. Enseñarles a hacer las cosas por sí mismos. No ahorrarles esfuerzo, pues deben aprender a luchar, a sacrificarse y esforzarse para conseguir sus metas.

Y, por encima de todo, mucho amor. Que los niños sientan que son importantes para sus padres y que éstos los aman con todo su corazón.

La Madre Teresa de Calcuta decía: Sabemos que el mejor lugar para que los niños aprendan a amar y rezar es el seno de la familia, viendo el amor y la oración de su madre y de su padre. Cuando las familias se rompen o están separadas, muchos niños crecen sin saber cómo amar y cómo rezar. Aquel país cuyas familias hayan sido destruidas de esta manera, tendrán muchos problemas. He visto con frecuencia, especialmente en los países ricos, cómo los hijos se lanzan a las drogas y a otras cosas para huir del sentimiento de no ser queridos y de verse rechazados.

El amor es la mejor medicina para los problemas de la familia. Oremos a Dios y pidámosle más amor para amar más, pues Dios es la fuente de todo autentico amor.

Matrimonio cristiano

En la actualidad, hay demasiadas parejas que conviven sin ningún compromiso; otros sólo se unen por lo civil para poder así divorciarse fácilmente en caso de problemas. Pero lo mejor es recibir la bendición de Dios por el sacramento del matrimonio, ya que, de esa manera, recibirán gracias extraordinarias para poder superar las constantes dificultades de la vida diaria.

El matrimonio religioso es un sacramento. Es una alianza sagrada que los esposos hacen ante Dios. Por eso, no pueden renunciar a ese compromiso sagrado; el matrimonio es para toda la vida. Es como consagrarse el uno al otro y, ambos unidos, a Dios. A partir del matrimonio sacramental, sus vidas se entrelazan definitivamente en el corazón de Dios. De ahí que el cuerpo de la esposa no le pertenece, le pertenece al esposo; y el cuerpo del esposo no le pertenece, le pertenece a la esposa (1 Co 7, 3-5).

Cuando un hombre y una mujer se desposan en el Señor sacramentalmente, se hacen partícipes del mismo amor de Cristo: el Espíritu Santo los abre a ese amor. El amor de Cristo es la perfección suprema. Los esposos participan de ese amor. Ellos reciben la capacidad de amar como Cristo ha amado… Ahora bien, la fe de la Iglesia enseña que la presencia más perfecta del amor de Cristo está en la Eucaristía. Por eso, entre la Eucaristía y el matrimonio hay una relación muy profunda. El amor de los esposos encuentra en la Eucaristía su fuente. No se puede vivir verdaderamente el estado conyugal sin una continua y profunda vida eucarística.

Por otra parte, observamos que la familia no se agota en los esposos sino que se expande en los hijos. Ellos, antes de ser concebidos en el corazón de su madre, han sido concebidos en el corazón de Dios. Por eso, la familia se funda en el amor creador de Dios. En el origen de cada persona, hay un acto creativo divino y un acto humano de concepción: cada persona es creada y concebida. Los dos actos, creativo y generativo, están en relación. La fecundación del nuevo ser no es un hecho biológico solamente, sino que lo transciende con un acto creativo del alma por Dios. Por ello, cada relación conyugal es un acto sagrado y cada ser humano que viene al mundo es una persona sagrada que, desde su mismo origen, tiene una dignidad y unos derechos, porque viene de Dios. Y Dios le da una misión que cumplir.

Para cumplirla, necesita constantemente la ayuda de Cristo, que nos espera en la Eucaristía. Vivir de la Eucaristía, vivir de Cristo y con Cristo, debe ser la máxima realización personal del ser humano, llamado a la vida y a realizarse como persona sagrada, como hijo de Dios y cristiano, dentro de la Iglesia.

Pero, hablando de los esposos, la entrega mutua, consagrada por el matrimonio, debe superar egoísmos y mezquindades. Esta entrega mutua llega a su manifestación más alta en el acto sexual, que debe ser donación mutua. Cuando uno de los dos abusa del otro, pensando sólo en sí mismo, profana ese acto sagrado.

Decía el padre Clemente Sobrado: Por el sacramento vuestros cuerpos siguen siendo los mismos, pero son cuerpos consagrados sacramentalmente. Al igual que el pan y el vino que, antes de la consagración, son pan y vino corrientes, pero después de consagrados, sólo pueden ser tratados con toda reverencia y amor por ser el mismo Cristo en persona. Así el pan de vuestros cuerpos sólo puede comerse en verdadera comunión de amor. Comulgar sin amor es un sacrilegio, daros en comunión física sin amor sería el sacrilegio de la eucaristía conyugal.

Sería profanar ese amor bendecido por Cristo el día del matrimonio. De ahí que sea tan importante para mantener vivo y fresco el amor conyugal el comulgar diariamente con el cuerpo eucarístico de Cristo. Los esposos que van diariamente o frecuentemente a misa y comulgan con fe y devoción, están renovando su amor a Cristo y construyendo una muralla tan fuerte a su alrededor que ninguna tentación o poder mundano puede romperlo o destruirlo.

Es importante que los esposos cristianos comprendan que en un matrimonio consagrado por Cristo, Él no puede estar ausente. Sería como invitar a Cristo a su casa en el momento de la ceremonia religiosa y después mandarlo a la calle, porque se prefiere vivir sin Él. Estar casados por la Iglesia es también estar consagrados a Dios por Cristo y significa también vivir con Cristo toda la vida. Él debe ser el amigo inseparable, un miembro más de la familia. Su presencia debe hacerse presente a través de sus imágenes, al igual que las de nuestra Madre la Virgen María. Ambos son inseparables y deben estar presentes en nuestra vida.

Ahora bien, para fortalecer esta unión de los esposos con Cristo es importante consagrar conscientemente el hogar a Cristo por María. Personalmente, siempre aconsejo a los recién casados que el día de su matrimonio, o el día siguiente, vayan a una iglesia y, ante una imagen de la Virgen, le dejen el ramo de flores de la novia como un símbolo de que quieren poner su hogar bajo su protección. Algunos no le dan la importancia debida a estos actos tan sencillos, que son una fuente inmensa de bendiciones y que van fabricando día a día el edificio de la santidad conyugal. Los esposos están llamados a ser santos.

A este respecto, debemos anotar que la palabra hebrea matrimonio, Kiddushin, significa santidad. Esto quiere decir que un matrimonio debe ser santo de acuerdo al plan de Dios. Y cada unión sexual debe ser una renovación de la alianza sacramental entre los dos y con Dios. Dice Scott Hahn: El acto sexual renueva la alianza de por vida entre un hombre y una mujer. Es el acto que les hace una familia. Este acto hace que los dos sean uno, un uno tan real que, nueve meses después, tienes que ponerle nombre. La unión sexual es un acto de poder extraordinario, cuando le dejamos decir su verdad. El amor conyugal es sacramental. El acto sexual es acto matrimonial, el acto que consuma el sacramento del matrimonio.

Anotemos también que la palabra sacramento, sacramentum en latín, significa juramento. Por eso, los esposos, en cada acto matrimonial, que es sacramental y, por tanto, agradable a Dios, deben renovar el juramento de amor eterno que se dieron el día de su matrimonio. Esto implica vivir ese juramento cada día, diciendo siempre y en todo la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Sin verdad ni sinceridad no puede haber un verdadero matrimonio y el amor irá falsificándose poco a poco.

También es importante aclarar que la pareja de esposos debe tener las mismas cualidades de la Iglesia: Una, santa, católica y apostólica. Un verdadero matrimonio debe tener unidad, no uniformidad de criterios o de costumbres, sino unidad para hacer juntos las cosas fundamentales y vivir unidos en el amor de Dios, el uno para el otro. Debe también tener santidad. Dios los quiere santos. Dios debe ser el centro de sus vidas, cumpliendo siempre su santa voluntad. De modo que todo lo que hagan, los una más a Dios y los vaya llenando cada vez más de su amor. También la pareja debe ser católica, es decir, universal, pensando en la salvación del mundo entero y haciendo todo lo posible para que el amor de Dios llegue hasta el confín de la tierra. Y, por eso mismo, debe ser apostólica, lo que quiere decir que deben ser activos evangelizadores, con su palabra, con el ejemplo de su vida, con su oración, con su apostolado.

Dios dice por boca de san Pablo que el matrimonio es un gran misterio, y yo lo aplico a Cristo y a la Iglesia (Ef 5, 32). Así como Cristo es la cabeza de la Iglesia y la Iglesia es su esposa, así en la familia, el esposo es cabeza de la esposa. El marido es cabeza de la mujer como Cristo es cabeza de la Iglesia. Y como la Iglesia se sujeta a Cristo, así las mujeres a sus maridos en todo. Vosotros, los maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia y se entregó por ella para santificarla... Los maridos deben amar a sus mujeres como a su propio cuerpo… Que cada uno ame a su mujer y la ame como a sí mismo y la mujer reverencie a su marido (Ef 5, 23-33).

Esto no quiere decir que la esposa sea propiedad del esposo, sino que le debe respeto y obediencia, pero no en forma absoluta como una esclava sino como esposa. Ambos deberían rivalizar en ver quién ama más y hace más feliz al otro. Por eso, el Papa Juan Pablo II, al hablar de esto, dice: El texto de que las mujeres estén sumisas a sus maridos como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer…, debe entenderse y realizarse de un modo nuevo: como una sumisión recíproca en el temor de Cristo (Ef 5, 21)... En la relación marido-mujer la sumisión no es unilateral, sino recíproca. Ambos tienen los mismos derechos como personas y ambos se han comprometido mutuamente ante Dios por el sacramento del matrimonio a amar y respetar al otro y hacerlo feliz todos los días de su vida.

Este compromiso de ayuda mutua debe hacerse realidad en las pequeñas cosas de cada día. Por ejemplo, en el beso dado con ternura; el abrazo dado con calor; el arreglarse para estar bonita para él; el ponerse la camisa y la corbata que a ella le gusta; el sacrificar la telenovela o el partido de futbol para estar a su lado, escuchándole; el saber pedir perdón, cuando uno se equivoca, el trabajar con empeño pensando en el otro y en los hijos; el limpiar la casa para que esté limpia y ordenada para él. Todos estos detalles y muchos más son como ladrillos que van construyendo el amor día a día y haciendo un hogar feliz. De este modo, una jornada salpicada de sonrisas, de palabras bonitas y de miradas de amor se hace una jornada sagrada que da mucha gloria a Dios y los va santificando y acercando más a Dios como pareja.

San Josemaría Escrivá de Balaguer dice: El amor puro y limpio de los esposos es una realización santa, que yo como sacerdote bendigo con las dos manos. Aseguro a los esposos que no han de tener miedo a expresar el cariño. Lo que les pide el Señor es que se respeten mutuamente y que sean mutuamente leales, que obren con delicadeza, con naturalidad y modestia. Les diré también que las relaciones conyugales son dignas, cuando son prueba de verdadero amor y están abiertas a la fecundidad, a los hijos… Cuando la castidad conyugal está presente en el amor, la vida matrimonial es expresión de una conducta auténtica, pero, cuando el don divino de la sexualidad se pervierte, la intimidad se destroza y el marido y la mujer no pueden mirarse noblemente a la cara.

El amor humano, cuando es limpio, me produce un inmenso respeto, una veneración indecible. ¿Cómo no vamos a estimar esos cariños santos, nobles de nuestros padres, a quienes debemos una gran parte de nuestra amistad con Dios? ¡Bendito sea el amor humano! Pero a mí el Señor me ha pedido más... En cualquier caso, cada uno en su sitio, con la vocación que Dios le ha infundido en el alma, ha de esforzarse en vivir delicadamente la castidad, que es virtud para todos y de todos exige lucha, delicadeza, primor, reciedumbre, esa finura que sólo se entiende, cuando nos colocamos junto al Corazón enamorado de Cristo en la cruz.

Por todo esto es tan importante la relación personal con Jesucristo, el amigo que siempre nos espera en la Eucaristía. Dice el Papa Benedicto XVI en la exhortación apostólica Sacramento de amor del año 2007:

El consentimiento recíproco que marido y mujer se dan en Cristo y que los constituye en comunidad de vida y amor, tiene también una dimensión eucarística (N° 27). Exhorto a todos los laicos, en particular a las familias, a encontrar continuamente en el sacramento del amor (Eucaristía) la fuerza para transformar la propia vida en un signo auténtico de la presencia del Señor resucitado (N° 94).

Monseñor José Mani, obispo auxiliar de Roma y encargado de las familias, en una carta pastoral sobre la familia, escribía: Conozco dos esposos a quienes he casado personalmente. Jamás pudieron imaginar que iban a encontrarse en una situación en la que deberían escoger entre el aborto o la muerte de la esposa. Era el tercer embarazo y el ginecólogo les había hablado del riesgo de muerte. Consultados otros ginecólogos, llegaron a la misma conclusión. Los familiares y amigos les presionaban para que se decidieran por el aborto. Ellos decidieron confesarse y comulgar antes de decidir. Y después de comulgar la esposa le dijo al esposo: “Yo confío en Dios, no voy a abortar”. Y decidieron comulgar todos los días para recibir fuerza. Felizmente, Dios quiso que el tercer hijo llegara sano y que la mamá siguiera viva para la alegría de todos.

Oren juntos en familia y Dios los bendecirá más de lo que jamás podrían imaginar.

ORACIÓN

La oración es una necesidad vital para la vida de la pareja. Es necesario orar, no sólo en particular, sino también en familia. Cuando se ora, Dios mismo se hace presente para bendecir el hogar. Jesús lo dice: Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. Y os digo: Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir cualquier cosa, estén seguros que mi Padre celestial se lo dará (Mt 18, 19-20). Siempre he entendido que, cuando Jesús habla de dos de vosotros, se refiere al matrimonio. La oración de la pareja es mucho más eficaz que la oración individual y, si además es oración familiar con los hijos, lo es mucho más. Por eso, dice Jesús: Donde están dos o tres reunidos en mi nombre.

¡Qué importante y necesaria es la oración en familia! La familia que reza unida permanece unida. Todos los días hay que orar en familia. No dejarlo para los tiempos libres o para los domingos en la iglesia. Hay muchas familias que nunca rezan juntos. Pero la oración no es un hobbie, es una necesidad familiar. La falta de oración se notará después en la falta de comprensión y unión.

La oración es como la gasolina para el coche. No podemos decir que echaremos gasolina, cuando tengamos tiempo o sólo el domingo, porque el coche no funciona sin gasolina y nos quedaremos estancados en cualquier lugar. Si queremos que el coche funcione, hay que echar gasolina permanentemente. Así los esposos deben tomar fuerza cada día de la oración. La oración es la fuerza del alma, el alimento del espíritu. Sin ella no podremos vivir espiritualmente.

El padre Clemente Sobrado dice: Muchas veces, cuando a través de mi sacerdocio encuentro tantos hogares tristes, tantos esposos resignados, me pregunto el por qué. Son muchas las motivaciones, pero hay una que no me falla. La falta de esa fe cristiana que les haga descubrir esa otra dimensión de su amor por encima de las exigencias puramente biológicas. Todo es cuestión de invitación, invitamos a tantos. A los amigos, a los familiares... Pero ¿invitamos a Cristo a quedarse con nosotros? .

Una vida cristiana sin Cristo, estará vacía. Y ¿dónde encontrar a Cristo? En la Eucaristía. Allí nos espera el mismo Jesús de Nazaret, el amigo que siempre nos espera, el amigo que nunca falla. Jesús está realmente presente en la Eucaristía con su cuerpo, sangre, alma y divinidad. Y se sentirá feliz de vernos, cuando vamos a visitarlo y a recibirlo en la comunión. De ahí que unos esposos cristianos deberían ir todos los días a visitarlo y, si es posible, a recibirlo en la comunión para que su unión con Cristo se fortalezca más y más.

Decía una madre de familia italiana: Recién casados, comenzamos a rezar como siempre habíamos hecho. Él es pediatra y yo profesora. Él va cada mañana a misa y reza por todos, mientras yo preparo a los niños; después, desayunamos todos juntos y vamos a trabajar, llevando primero a los 5 niños al colegio. Por la tarde, recogemos a los niños del colegio y, antes de la cena, nos sentamos y colocamos una imagen de María en el centro. Cada uno enciende su propia vela y hacemos oración. Orar juntos es para nosotros una necesidad. Los niños rezan por todo y por todos. Todo se lo confían a la Virgen.

Nosotros somos una familia que cree en el matrimonio único e indisoluble. Creemos que Dios está siempre con nosotros y podemos contar siempre con su providencia. Creemos que está siempre atento, cuando le hablamos, y siempre dispuesto a intervenir cuando lo necesitamos.

Los esposos Luigi y María Beltrame Quattrocchi, beatificados por el Papa Juan Pablo II el 21 de octubre de 2001, oraban en familia todos los días. En la homilía de beatificación, dijo el Papa: En medio de las alegrías y las preocupaciones de una familia normal, supieron llevar una existencia extraordinariamente rica en espiritualidad. En el centro: la Eucaristía diaria, a la que se añadían la devoción filial a la Virgen María, invocada con el rosario, que rezaban todos los días por la tarde. Así supieron acompañar a sus hijos en el discernimiento vocacional, entrenándolos para valorarlo todo tejas arriba, como simpáticamente solían decir.

La vida matrimonial y familiar puede atravesar momentos de desconcierto. Sabemos cuántas familias sienten en estos casos la tentación del desaliento. Pienso, en particular, en los que viven el drama de la separación; pienso, en particular, en los que deben afrontar la enfermedad y en los que sufren la muerte prematura del cónyuge o de un hijo. También en estas situaciones, se puede dar un gran testimonio de fidelidad en el amor, que llega a ser más significativo aún gracias a la purificación en el crisol del dolor. Ellos tuvieron 4 hijos, de los cuales una fue religiosa y dos llegaron a ser sacerdotes.

¡Qué hermoso es ver parejas de esposos, unidas de 1a mano, cuando van a comulgar! ¡Qué hermoso es ver esposos que se quieren hasta la ancianidad y que no han perdido la alegría de su mirada ni la sonrisa de sus labios! El amor, con el paso del tiempo, más que disminuir debe aumentar. ¿Por qué solamente los jovencitos van tomados de la mano?

Señor, en nombre nuestro y de nuestros hijos, te damos gracias y te bendecimos. Te alabamos, porque eres el Dios del amor. Nuestra gratitud va unida a la de todos los esposos que se aman de verdad. Te damos gracias por el amor que pusiste en nuestros corazones y por el amor que existe en el mundo: el amor de los esposos, el amor de los hijos y de los padres. El amor de los hermanos y de los amigos. El amor de quienes te han entregado su vida como holocausto de amor... Unidos a todos los que te aman de verdad, queremos en este día, Señor, darte gracias y pedirte que nos llenes de tu amor para amarnos cada día más.

Señor, te ofrecemos nuestro amor. Hazlo cada día más puro y verdadero. No permitas que nada lo manche, para que sea puro y limpio para Ti. Que juntos caminemos por la vida, tomados de la mano, diciendo siempre la verdad, sirviéndote, Señor, en todos los demás. Bendice a nuestros hijos y pon en nuestra familia amor, unión y comprensión. Amén.

Matrimonios felices

Hay muchos matrimonios que son felices a pesar de los problemas que no faltan en la vida diaria. Jesús no nos ha prometido una vida sin enfermedades ni problemas. Sólo nos ha prometido ayudarnos para superarlos. Venid a Mí los que estáis agobiados y sobrecargados que yo los aliviaré (Mt 11, 28). La felicidad no está en los bienes materiales. En este caso, solamente los ricos podrían ser felices. La felicidad no está en la salud ni en el éxito profesional ni en el lugar donde vivimos. La felicidad la llevamos dentro o no la poseeremos jamás. Ser felices es una manera diferente de vivir. Es ver las cosas con fe, desde el punto de vista de Dios. Es vivir en una perspectiva de eternidad. Por eso, podemos encontrar matrimonios y familias felices, a pesar de tener enfermedades, hijos minusválidos o problemas materiales.

El famoso apóstol del Corazón de Jesús, padre Mateo Crawley decía: Un día bendije un matrimonio de dos pobrecitos y me pidieron que entronizase en su tugurio al Corazón de Jesús. Les dije: Prometedme que trataréis a Jesús como a un amigo, como si lo vierais. Pocos años más tarde, viene el pobre joven a llamarme una noche y me dice que su mujer se estaba muriendo. Voy a la casa a confesarla, sorprendido de la paz de cielo que reinaba en aquel hogar. Pregunto a la enferma: Hija mía, dime con toda verdad, ¿has sido desgraciada en tu matrimonio? No, ni por un momento. Hemos sufrido, hemos luchado, pero ¿desgraciados con Jesús, nuestro amigo y Rey? Jamás, jamás.

Lo mismo confirmó su esposo. Ellos habían comprendido bien el espíritu de la entronización, pues hicieron de Jesús el Rey y amigo inseparable de su familia.

Otra pobre campesina me decía: Padre, desde que hicimos le entronización en nuestra pobre choza, me considero la inquilina de Jesús, ya que todo es suyo: mis aves, mis flores, mi viejo, todo es suyo. Yo vivo alojada en el palacio del Rey y soy feliz. Ya no vivimos para nosotros, sino en Él y para Él.

La familia Nocito tiene nueve hijos. El sexto, Alejandro, es autista. El segundo, Miguel, tuvo un accidente de moto a los quince años. Se dio un golpe fortísimo en la cabeza. El cerebro quedó con múltiples hemorragias. Los médicos les dijeron que no iba a sobrevivir y que firmaran un papel para donar sus órganos. Pero para sorpresa de los médicos, después de quince años, sigue vivo, cuidado con amor por sus familiares.

Desde el primer momento, los hermanos se volcaron en atenciones con él. Todos hacían turnos para atenderlo. Durante los cuatro primeros años, estuvo en coma. De pronto, un día dio la primera señal de vida, esbozando una leve sonrisa. Dice su hermana Sonsoles: Ahora lo sacamos a pasear por la mañana y por la tarde, durante más de una hora para que le dé el aire y le haga lagrimear, para que, si llueve, note el agua en la cara, para que le dé el sol, para que le salude el guarda, el obrero, el vecino..., para que oiga sonidos igual que todos, para que tenga sensaciones, perciba olores y oiga los coches al pasar…

Cada día, en la familia Nocito Muñoz, hay un canto a la vida. Más que un canto es un grito fortísimo que nos ofrece a los que asistimos perplejos a su rutina, una bocanada de aire fresco. Un respiro que ensancha el alma, sobre todo, en estos días en que se premian películas homicidas, o, peor aún, en las que se deja morir de hambre o de sed a una mujer que se encuentra en las mismas condiciones que Miguel.

La familia Nocito es muy unida, porque son creyentes y viven su fe católica. Cuando se casó Borja en el santuario de Torreciudad (Huesca), para que Miguel pudiera seguir la ceremonia, instalaron un sistema de videoconferencia en su habitación. Así pudo asistir como si estuviera en la iglesia a más de 400 Kms. de distancia. Miguel no se quedó sin fiesta; mientras sus hermanos celebraban la boda, todos los amigos de Miguel lo acompañaron durante la ceremonia, vestidos de sus mejores galas e, incluso, un sacerdote repartió la comunión en el momento oportuno a quienes estaban preparados. Y tras la ceremonia, se celebró también en la casa un agasajo especial. Esto fue una de las condiciones de su hermano Borja para casarse: que su hermano Miguel estuviera presente y lo celebrase con ellos. Una familia así, unida en Dios, es capaz de superar las más difíciles pruebas de la vida con la mirada alta y la sonrisa en los labios, porque son felices por dentro e irradian amor y alegría a los demás.

Dice la escritora Beth Matthews: Hace unos nueve años, Dios embarcó a mi familia en un extraño, pero fantástico viaje. En 1991 diagnosticaron autismo a nuestro tercer hijo, Patrick. Y así empezó nuestra odisea. A pesar de la medicación, dieta, tratamientos y profesores, Patrick ha mejorado poco... Mientras conducía por la autopista con Patrick a mi lado, recé una vez más la oración de san Ignacio de Loyola y le pedí la gracia de querer siempre a Patrick como era. Las lágrimas rodaron por mis mejillas. Pensé: “Puede que nunca juegue al balón o diga mami, pero siempre será un hijo especial de Dios”.

Y entonces caí en la cuenta. Dios me había bendecido, ofreciéndome una escalera mecánica para ir al cielo. Eso era exactamente lo que había pedido durante los últimos diez años. Dios conocía mis debilidades. Sabía que necesitaba mucho más que un pasamanos. Así que me dio la mano de mi precioso hijo y me pidió que la tomara. A veces, se detiene; a veces, retrocede, pero siempre apunta al cielo.

Unos esposos peruanos daban así su testimonio: Somos Santos Navarro y Margarita Zapata de Navarro. Tenemos cuatro hijos. Los dos mayores, Iván Santos y Olivia Margarita, padecen retardo mental. Agradecemos a Dios por habernos dado esta familia. Con nuestro apoyo, nuestros hijos especiales crecieron con independencia. Nunca los excluimos de la mesa, aprendieron a vestirse y bañarse solos, nos ayudaban en la tarea del hogar y paseábamos juntos como cualquier familia. Aunque la gente veía a nuestros hijos como distintos y hasta soportábamos algunas burlas, juntos aprendimos a superarlo.

Estamos convencidos de que Dios nos ama y ama muchísimo más a nuestros hijos. Iván Jesús ha recibido muchos regalos del Señor. Con esfuerzo logró convertirse en campeón nacional de atletismo en el año 2002, y el año 2003 fue a Irlanda para competir. Trajo muchas medallas y su entrenador nos felicitó por su orden, disciplina, perseverancia y puntualidad. Él es un campeón.

Nuestro mayor gozo es ver a nuestros hijos felices y cerca de Dios. Las cualidades de Iván Santos destacan también en su grupo de oración juvenil de la parroquia “Perpetuo Socorro” de Trujillo (Perú), donde también es un ejemplo de superación. Como esposos, pertenecemos al ministerio de oración arquidiocesano de la Comunidad católica Bodas de Caná y, cuando por alguna razón no podemos ir a adorar al Santísimo Sacramento, Iván Santos se ofrece para rezar por quienes necesiten nuestra oración.

Como familia, sabemos que Dios nos ha dado un regalo maravilloso que nos mantendrá siempre unidos: la oración personal y en familia. Siempre tenemos algo que pedir a Dios. La familia es el don más hermoso que Dios nos da y no importan las dificultades que debamos enfrentar. Si el Señor está en casa, el amor no se agota y todos los problemas se derrotan.

Un padre con mucha fe decía: Mi primer hijo nació sin problemas. Siete años después tuvimos a Eddie, un niño con síndrome de Down. En el hospital, cuando descubrieron lo que tenía, se ofrecieron amablemente a matarlo. Al nacer, tenía dos agujeros en el corazón y, a los cuatro meses, tuvieron que operarlo. Recuerdo esa gotita de vida sobre mi hombro, los brazos caídos a los lados, demasiado débil para hacer nada. Una vez pasada la cirugía, las emergencias y los dramas, era hora de ponerse a vivir. Eddie tiene ahora cinco años y su educación sigue su ritmo. Dice algunas palabras y tiene todo un vocabulario de signos y una esperanzadora capacidad de comprensión. Cualquier progreso es emocionante. A Eddie le encanta reír y hacer reír.

Yo puedo decir que no tengo un hijo con síndrome de Down: soy el padre de Eddie. Hay una enorme diferencia. Lo primero es casi imposible de asumir, lo segundo es como vivo día a día. No pienso mucho en ello.

El síndrome de Down se usa como una de las grandes justificaciones para el aborto. Estoy aquí para decir que no es algo insuperable. Eddie es mi hijo y es genial. No es el fin del mundo, fue el principio del mío. Tengo un hijo con síndrome de Down y la gente me tiene lástima. Es un error. No hay que tenerme lástima sino envidia.

Un esposo le escribía a su esposa: No todo ha sido color de rosa en estos cuarenta años. Estoy seguro que te he hecho sufrir mucho. ¡Mucho más de lo que yo me imagino! ¡He sido y soy inaguantable en muchas ocasiones! No me estoy justificando, sólo Dios y tú sabéis lo que te he herido con mis malos modos y mis asperezas. Pero, a pesar de todo, puedo asegurarte con toda mi alma que, ni en los peores momentos, ni un solo minuto he dejado de quererte muchísimo. Está es la auténtica verdad, aunque la fiebre de la ira superara los cuarenta grados. Perderte hubiera supuesto para mí arruinar mi vida.

Hay otro hecho cierto. Jamás, en estos cuarenta años, he faltado a mi fidelidad hacia ti ni un instante. Sinceramente, no ha sido ningún mérito mío. Por una parte, ha sido una gracia de Dios y, por otra, porque tú llenabas tanto mis aspiraciones que no había el mínimo hueco para nadie. ¿Ahora qué? Pienso que nos queda lo mejor. Sabes bien que todas las noches, cuando apagamos la luz para dormir, te digo lo mismo: “Te quiero muchísimo”. No es un somnífero ni un tic nervioso ni un acto reflejo. Es una síntesis, un resumen del día y un propósito para el día siguiente. Sí, te quiero muchísimo.

El padre Clemente Sobrado cuenta que un día le llegó una confesión escrita en la que alguien le decía: Aquella mañana del 8 de enero de 1976, cansado de la rutina del trabajo y de la vida diaria, decidí aflojar tensiones y me propuse correr una pequeña aventura. Marqué el número del teléfono. Me contestó ella misma con su voz clara… Escuchó mi propuesta. Dudó unos instantes. Luego, decidida, aceptó salir conmigo aquella noche. Me esperaría lista a las ocho y treinta. A esa hora, su marido no estaría en casa y sus hijos estarían ya en cama. Ella, igual que yo, necesitaba unos momentos de diversión...

Su esposo era uno de esos hombres que suelen trabajar en exceso y que muchas veces no tenía tiempo para fiestas. Al colgar el teléfono, me quedé pensando en ella. Era una mujer que, pese a sus cinco hijos, se mantenía bonita y atractiva. Era fina, elegante, culta y de trato encantador. Me preparé para pasar una gran noche.

La había conocido, cuando aún era una muchachita soltera, muy bonita y llena de alegría de vivir. Fue allá en Buenos Aires. Ambos éramos estudiantes y salíamos a bailar juntos. Esa mañana del 8 de enero venían aquellos recuerdos llenos de colorido, unidos al inevitable romance. Luego... ella se había casado. El esposo era una buena persona y trabajador. Tenía cinco hijos y la mayor casada, le había hecho ser abuela, aunque en nada había mermado su espíritu juvenil.

A las ocho y media en punto la busqué en el lugar concertado y allí estaba ella, elegante, sonriente como antaño. Le abrí la puerta como en los días de Buenos Aires. Ella agradeció la galantería y conversando nos dirigimos a un restaurante de comida italiana. Ocupamos una mesa, discretamente iluminada por un lamparín, desde donde casi podíamos ver sin ser vistos. Rememoramos aquellos momentos pasados juntos veintiséis años atrás. Juntamos nuestras manos discretamente, varias veces, como en aquellos años... Llevados del entusiasmo, decidimos escaparnos a bailar a alguna boite como años antes... Adentro, todo era penumbra de distintos colores, suaves, difusos, cargados de misterioso ambiente. Un mozo, provisto de linterna, nos ubicó en una mesa con asientos sólo para dos, frente a la pista de baile. Todo invitaba al amor, la confidencia, la intimidad. Y allí estábamos los dos, tomados de la mano sin decir palabra. Sólo se veían sombras de colores. En la penumbra difícilmente seríamos reconocidos. Y salimos a bailar, muy juntitos. Luego lo inevitable, el primer beso, seguido de otros más apasionados…

Nuestros caminos, una vez más, nos habían unido. No había ni un asomo de remordimiento en ninguno de los dos. Éramos inmensamente felices pese a nuestros años… Mañana sería otro día y volveríamos a la rutina diaria. Ella a su esposo bueno y a sus hijas. Y yo a mi esposa y a mis hijas también.

A la una de la madrugada, felices, plenos el uno del otro, salimos de la boite. En el automóvil se sentó muy junto a mí… y abrazados, regresamos a su casa por las ya solitarias calles de la ciudad. Palabras de cariño. Terminaba la aventura con una cierta melancolía y con planes para escaparnos juntos muy pronto... Al llegar a la puerta de su casa, bajé a abrirle la puerta del coche. Todo estaba silencioso. Su esposo aún no estaba en casa. Sus hijos dormían. Nos miramos sin decir palabra, nos dimos un beso y, luego, sin soltarnos de la mano, me invitó a entrar con ella.

Solamente quisiera aclarar que esa mujer maravillosa, madre de familia ejemplar, a quien hacía 29 años había conocido, ERA MI PROPIA ESPOSA. La aventura había sido decidida para celebrar juntos el 26 aniversario de nuestro matrimonio.

Para muchos, esto puede parecer una telenovela barata, pero es cierto que hay parejas que, después de 26 años de haberse dicho SI con mayúsculas, todavía si­guen amándose y siendo felices el uno al lado del otro. Todavía existen matrimonios felices y quizás más de los que la gente se imagina. Lo que pasa es que los matrimonios felices no tienen tanta publicidad como los matrimonios rotos.

ESPOSA IDEAL

¿Puede haber una esposa ideal? En la realidad, nunca la encontraremos, pero, al menos, veamos algunas de sus cualidades tal como la presenta la Biblia: Vale mucho más que las perlas. En ella confía el corazón de su marido y no tiene nunca falta de nada. Le da siempre gusto y nunca disgustos, todo el tiempo de su vida... Todavía de noche, se levanta y prepara a su familia la comida. Tiende la mano al pobre... Se reviste de fortaleza y gracia y sonríe al porvenir. La sabiduría abre su boca y en su lengua está la ley de la bondad. Vigila a toda su familia y no come su pan de balde. Se alzan sus hijos y la aclaman bienaventurada y su marido la ensalza. Engañosa es la gracia y fugaz la hermosura, la mujer que teme (ama) al Señor ésa es de alabar (Prov 31, 10-31)

El Papa Pío XII decía de ella: Es el sol de la familia con su generosidad y abnegación, con su constante prontitud, con su delicadeza vigilante y previsora en todo cuanto puede alegrar la vida de su esposo y de sus hijos. Ella difunde en torno a sí luz y calor; y, si suele decirse de un matrimonio que es feliz, cuando cada uno de los cónyuges al contraerlo se consagra a hacer feliz al otro, este noble sentimiento e intención es, sin embargo, virtud principal de la mujer.

La esposa es el sol de la familia con la claridad de su mirada y con el fuego de su palabra. Es el sol de su familia con su ingenua naturalidad, con su digna sencillez y con su majestad cristiana y honesta. Sus sentimientos delicados, sus graciosos gestos, sus ingenuos silencios y sonrisas le dan la gracia de una flor selecta y, sin embargo, sencilla que abre la corola para recibir y reflejar los colores del sol. ¡Oh si supieseis cuán profundos sentimientos de amor y de gratitud suscita en el corazón del padre de familia y de los hijos semejante imagen de esposa y de madre.

Una mujer así es un tesoro. Por eso el poeta Gabriel y Galán la buscaba y le cantaba en un poema:

Busqué una mujer como mi madre entre las hijas de mi hidalga tierra. Y fue mi esposa, viviente imagen de mi madre muerta. ¡Un milagro de Dios que ver me hizo otra mujer como la santa aquella!

Compartían mis únicos amores la amante compañera, la patria idolatrada, la casa solariega con la heredada hacienda.

¡Qué buena era la esposa y qué feraz la tierra! ¡Qué alegre era mi casa y qué sana mi hacienda, y con qué solidez estaba unida la tradición de la honradez a ellas! Una sencilla labradora humilde, hija de oscura castellana aldea; una mujer trabajadora, honrada, cristiana, amable, cariñosa y seria, trocó mi casa en adorable idilio, que no pudo soñar ningún poeta. ¡Oh, cómo se suaviza el penoso trajín de las faenas cuando hay amor en casa!

Todo lo pudo la mujer cristiana, logrólo todo la mujer discreta; la vida en la alquería giraba en torno a ella, pacífica y amable, monótona y serena... ¡Y cómo la alegría y el trabajo donde está la virtud se compenetran!

Lavando en el riachuelo cristalino cantaban las mozuelas. Y cantaba en los valles el vaquero y cantaban los mozos en las sierras, y el aguador camino de la fuente, y el cabrerillo en la pelada cuesta… ¡Y yo también cantaba, que ella y el camino hiciéronme poeta! ¡Qué deseos el alma tenía de ser buena, y cómo se llenaba de ternura, cuando Dios le decía que lo era!

***************

Y nosotros podemos cantarle esa conocida canción que dice así:

Como una promesa eres tú, eres tú, como una mañana de verano; como una sonrisa eres tú, eres tú, así, así eres tú. Toda mi esperanza eres tú, eres tú; como lluvia fresca en mis manos; como fuerte brisa eres tú. Eres tú, así eres tú. Eres tú, como el agua de mi fuente, eres tú, como el fuego de mi hoguera. Algo así eres tú, algo así como el fuego de mi hoguera, algo así eres tú, mi vida, algo así eres tú. Como mi poema eres tú, eres tú; como mi guitarra en la noche; todo mi horizonte eres tú, eres tú, así eres tú.

UN MENSAJE DE MARÍA

La Virgen María, nuestra Madre, le decía al padre Esteban Gobi, fundador del Movimiento sacerdotal mariano, aprobado por la Iglesia: A los niños les pido que crezcan en la virtud de la pureza. A los jóvenes les pido que se formen en el dominio de las pasiones con la oración y la vida de unión conmigo y que renuncien a ir a los cines y discotecas, donde hay un continuo peligro de ofender la virtud de la pureza. A los novios les pido que se abstengan de toda relación antes del matrimonio. A las familias les pido que se formen en el ejercicio de la castidad conyugal y nunca usen medios artificiales para impedir la vida (13 de octubre de 1989).

Oren más, especialmente, el santo rosario. Hagan frecuentes horas de adoración y reparación eucarística, acojan con amor todos los sufrimientos que el Señor les mande y difundan sin miedo mis mensajes (15 de setiembre 1989). No tengan miedo, al final la victoria será sólo de mi Hijo y mía: será el triunfo de mi Corazón Inmaculado en el mundo (19 de diciembre de 1973).

Conságrense a mi Corazón inmaculado. A quien se consagra a Mí, yo vuelvo a prometerle la salvación: la salvación del error en este mundo y la salvación eterna (13 de mayo de 1976).

* * * * * * *

En estos tiempos en que hay tanta pornografía y tanta inmoralidad, es importante protegerse bajo el manto de María y rezar el rosario, que es un arma sencilla y humilde contra la soberbia de Satanás. Y, además, acudir frecuen­temente a Jesús Eucaristía para recibir fuerza para seguir adelante. Algo importante es también el acudir a los santos y ángeles en demanda de ayuda. Y muy especialmente, pedir ayuda a todos nuestros familiares que estén ya en el cielo y a todos los ángeles de nuestra familia que han sido sus custodios a lo largo de los siglos. De vez en cuando, les recomiendo mandar celebrar una misa en honor de los ángeles de la familia y por todos los difuntos, incluidos los niños muertos sin bautismo. Que Dios haga de su familia, una gran familia para gloria de Dios.

Renovación de las promesas matrimoniales

Esposo: Bendito seas, Señor, porque ha sido un regalo tuyo recibir a …… por esposa. Por ello, quiero darte gracias y pedirte que la bendigas y nos llenes cada día más de tu amor.

Esposa: Bendito seas, Señor, porque ha sido un regalo tuyo recibir a …… por esposo. Por ello, quiero darte gracias y pedirte que lo bendigas y nos llenes cada día más de tu amor.

Yo te recibo a ti como esposo(a) y me entrego a ti, y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarte y respetarte todos los días de mi vida.

Tomados de la mano: BENDITO SEAS, SEÑOR, PORQUE NOS HAS ASISTIDO AMOROSAMENTE EN LAS ALEGRIAS Y EN LAS PENAS DE NUESTRAS VIDAS. TE PEDIMOS QUE NOS AYUDES A GUARDAR FIELMENTE NUESTRO AMOR MUTUO PARA QUE SEAMOS FIELES TESTIGOS DE TU AMOR EN EL MUNDO. BENDÍCENOS Y BENDICE A NUESTROS HIJOS. AMEN.

Entronización del Corazón de Jesús

Es bueno asistir a misa, comulgando con devoción. Después de la misa, se pide al sacerdote que bendiga los cuadros del Corazón de Jesús y del Inmaculado Corazón de María. A continuación, delante del sagrario, ante el mismo Jesús en persona, que está presente en la Eucaristía, el sacerdote o el responsable de la familia lee el acto de consagración al Inmaculado Corazón de María y, después, al Corazón divino de Jesús; con las siguientes palabras u otras parecidas, que expresen claramente el acto de entrega total de la familia a Jesús por medio de María. La mamá podría leer el acto de consagración a María y el papá la consagración a Jesús.

Consagración a María

Oh María, Madre de nuestra familia, a tu Corazón Inmaculado queremos consagrarnos en este día. Queremos ponernos bajo tu manto y protección para que siempre nos defiendas de todo mal y de todo poder del maligno. Madre nuestra, Virgen María, defiéndenos de los peligros, ayúdanos a superar las tentaciones y presérvanos de todo mal. Y, cuando lleguen los momentos de dolor, sé Tú nuestro consuelo y nuestro refugio. Y, en los momentos de alegría, llévanos por el camino que nos conduzca a Dios para serle siempre agradecidos.

Madre nuestra, recibe nuestro humilde acto de consagración. Tuyos somos y tuyos queremos ser para siempre. Y danos la gracia de amar a Jesús con todo nuestro corazón y ofrecerle el homenaje de nuestro amor, especialmente en la Eucaristía.

Soy todo tuyo, Reina mía, madre mía, y cuanto tengo tuyo es. Te entrego mi vida y mi amor, mi pasado, mi presente y mi futuro con todo lo que tengo y todo lo que soy para que todo ello se lo presentes a Jesús, que lo recibirá contento de tus manos. Dulce Corazón de María, sed la salvación mía. Amén.

Consagración al Corazón de Jesús

Señor Jesús, queremos proclamarte en este momento coma el Rey y dueño de nuestro hogar y de nuestra familia. Queremos que reines en nuestras mentes y en nuestros corazones por el amor. Queremos amarte y adorarte a Ti, Jesús, que siempre nos esperas en la Eucaristía. Queremos que reines en nuestra vida entera: en nuestros pensamientos, deseos, sentimientos, palabras, miradas, obras... Todo es tuyo y todo te lo entregamos para que reines en nuestro cuerpo y en nuestra alma, pues queremos hacer siempre tu santa voluntad.

Oh divino Corazón de Jesús, dirige nuestra familia por el camino del bien, bendice nuestro trabajo y nuestras empresas, nuestras diversiones, nuestras amistades y todas nuestras actividades para que Tú seas el primero en todo.

Cúbrenos a todos con tu sangre bendita y protégenos de todo poder del maligno. Ayúdanos en los momentos difíciles y consuélanos en nuestras penas. Sé tú la alegría de nuestras vidas, porque sin Ti no podemos ser felices. Te pedimos por nuestros familiares difuntos para que los tengas en tu gloria. Y, cuando a nosotros nos llegue el momento de la partida definitiva, reúnenos a todos en tu reino para gozar todos unidos contigo en la patria celestial.

Jesús, bendice nuestro hogar. Sé Tú nuestro Rey. Establece en nuestra casa tu trono para siempre, porque no queremos que reine otro sino Tú. Por eso, con toda la fuerza de nuestro corazón, queremos decir: ¡Viva por siempre amado, bendecido y glorificado en nuestro hogar el Corazón divino de Jesús! ¡Venga a nosotros tu reino! ¡Bendito y alabado seas por siempre, Jesús! ¡Bendito seas por siempre en el Santísimo sacramento de la Eucaristía! ¡A Ti el poder, el honor y la gloria por los siglos de los siglos! Amen.

Oh Jesús, por medio de María me consagro a Ti y quiero que Tú seas el Señor y el Rey de mi vida. Jesús, yo te amo y yo confío en Ti. Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

A continuación, el sacerdote puede dar la bendición y se llevan con devoción los cuadros de Jesús y de María hasta la casa, donde se colocarán, con flores y luces, en el salón principal; y donde la familia unida rezará todos los días especialmente el rosario. Así Jesús queda constituido como el Rey del hogar y María como la madre de la familia.

CONSAGRACIÓN DE LA FAMILIA AL CORAZÓN DE JESÚS

Sagrado Corazón de Jesús, queremos pedirte en este día que reines siempre en nuestro corazón, tuyos somos y tuyos queremos ser. Queremos unirnos más íntimamente a ti por medio del Inmaculado Corazón de María, queremos que en nuestra familia reine siempre tu amor, tu alegría y tu paz. Te consagramos nuestra familia con todo lo que somos y tenemos, y te pedimos que nos ayudes a crecer cada día en santidad. Jesús, te confiamos nuestra familia por medio de María y de José, su castísimo esposo.

Amen.

CONCLUSIÓN

Después de haber visto diferentes aspectos de la vida matrimonial, podemos concluir que no puede haber matrimonios felices sin la presencia de Dios en su vida. La presencia de Dios no es optativa para el que lo desee, sino necesaria, porque sin Dios nadie puede ser feliz. Muchos, por supuesto, no pueden entender esto. Pero lo que sí podrán entender es que no son felices. Buscan el placer, la comodidad y las cosas materiales, como si ellas dieran la felicidad. Quizás piensan que, trabajando mucho y teniendo mucho dinero, van a poder comprar la felicidad. Pero la felicidad ni se compra ni se vende. La tenemos dentro o no la tenemos. Sólo quien tiene a Dios y lo ama podrá ser feliz.

Por mi parte, les recomiendo que nunca dejen la oración personal y familiar. Que hagan la entronización del Corazón de Jesús en su hogar. Que recen el rosario en familia. Que vayan todos los días posibles a visi­tar a Jesús Eucaristía y a recibir su abrazo en la comunión. De esta manera, su amor irá creciendo día a día y podrán sentir la alegría de Dios en su corazón. Y, cuando estén unidos y sean felices, en cuanto humanamente es posible, piensen en los demás y ayúdenlos también a ser felices.

Les deseo un matrimonio feliz con Jesús en su corazón y en su vida. Que Dios los bendiga con una familia numerosa y que ustedes sean una luz brillante para todos aquellos matrimonios que no saben qué hacer para superar sus problemas y dificultades. Que sean felices. Es mi mejor deseo para todos.

Su hermano y amigo del Perú. Saludos de mi ángel

P. Ángel Peña O.A.R. Agustino Recoleto

BIBLIOGRAFÍA

Arzú de Wilson Mercedes, Amor y familia, Ed. Palabra, Madrid, 1998. Crawley Mateo, Jesús, Rey de amor, Lima, 1948. Hahn Kimberly, El amor que da la vida, Ed. Rialp, Madrid, 2006. Hahn Scott, Lo primero es el amor, Ed. Rialp, Madrid, 2006. Iceta Manuel, Vivir en pareja, Ed. Equipos de Ntra. Señora, Barcelona, 1979. Larrañaga Ignacio, El matrimonio feliz, Ed. San Pablo, Buenos Aires, 2005. Naranjo Nicomedes, Aprende a dialogar, Ed. Mensajero, Bilbao, 2007. Polaino-Lorente Aquilino, En busca de la autoestima perdida, Ed. Desclée de Brouwer, Bilbao, 2003. Sálesman Eliécer, Matrimonio feliz, Ed. Centro Don Bosco, Bogotá, 2002. Sobrado Clemente, Palabras para el camino, Tercera edición, Lima, 1980. Toth Tihamer, Matrimonio Cristiano, Ed. Poblet, Madrid, 1942. Varios, La familia, corazón de la civilización del amor, Congreso internacional de familia, Lima, 1994. Varios, Pensar en familia, Ed. Palabra, Madrid, 2001. Varios, Un solo corazón, Ed. Ciudad Nueva, Madrid, 2006.

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