Milagros en Niños

Libro del Padre Angel Peña O.A.R.

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MILAGROS EN NIÑOS

Nihil Obstat P. Ignacio Reinares Vicario Provincial del Perú Agustino Recoleto

Imprimatur Mons. José Carmelo Martínez Obispo de Cajamarca (Perú)

ÁNGEL PEÑA O.A.R. LIMA - PERÚ 2008 ÍNDICE GENERAL

INTRODUCCIÓN

Milagros. El perdón. Fe humilde y sencilla. La fe de los padres. Milagros reconocidos por la Iglesia. Ferdinando Gomes de Melo. Robert Gutherman. Bernard Jerzy Jirnov. Daniela Cristina da Silva. Nicola Romano. Marcin Gawlik. María Solís Quirós. Vivian Marcela Galleguillos. Louis Westland. Teodoro Molina. Isabella Mannone. Eilen Jiménez Cardozo. Patrick Ciapara. Delizia Cirolli. Manuel Cifuentes. María Victoria Guzmán. Giovanni Gabriele. Gleida. Marie-Josée. Solano F. Colleen. Carla. Amy Wall. Zoila Elena. Rolando. Bruno. Manuel Vilar Silio. Natalia Andrea García Mora. Gianna María Arcolino Comparini. Valeria Atzori. Matthew Kuruthukulangara. Mateo Pio Colella. Ruggero Castriotta. Margit Heim. Y Dios sigue sanando. Reflexiones

CONCLUSIÓN

BIBLIOGRAFÍA

INTRODUCCIÓN

Los milagros son siempre señal del poder y del amor de Dios, siempre vivo y presente en medio de nosotros. Dios nos ama tanto que no nos deja abandonados. Dios tiene providencia de nosotros y nos cuida con amor infinito, teniendo cuidado hasta de los cabellos de nuestra cabeza. Por eso, podemos confiar siempre en Él, que es un Padre amoroso para nosotros sus hijos.

Cuando alguien se enferma, Dios no se goza en sus sufrimientos ni es ajeno a su dolor. Él ama al enfermo y quiere su verdadera felicidad. Pero, a veces, permite el sufrimiento del enfermo para que, al sentirse débil y necesitado de ayuda, pueda acordarse de Él e invocarlo con fe. Dice san Pablo que Dios todo lo permite por nuestro bien (Rom 8, 28).

Muchos milagros los hace por intercesión de los santos, especialmente de la Virgen María. Pero lo importante es que se los pidamos con fe humilde y sencilla. Ahí está la clave, en la oración y en la fe.

En este libro nos limitaremos casi exclusivamente a casos de milagros en niños para que, cuando algunos padres sientan el dolor de un hijo enfermo, puedan acudir con fe a Dios y pedir con perseverancia su curación. Y, como resultado de la oración familiar por el enfermo, también la familia será bendecida con mayor amor, unión y comprensión, para gloria de Dios y felicidad de todos. MILAGROS

Milagro es un hecho objetivo, sensible y constatable, que supera las leyes de la naturaleza. Los milagros existen. Dios hace milagros, cuando se los pedimos con fe. Cuando alguien se acerca a Él con humildad y se lo pide con fe, Dios puede hacer milagros maravillosos para demostrarnos su amor y su poder.

Ahora bien, no todos los enfermos son sanados. Dios no ha prometido sanar a todos los enfermos por quienes se ore. Dios tiene sus planes sobre cada uno. Y para algunos de ellos el plan de Dios es que vivan, sobrellevando su enfermedad; pero lo que sí podemos decir con toda seguridad es que Dios, a través de la oración, les dará la fe necesaria para aceptar su dolor y ofrecerlo por la salvación del mundo.

De esta manera, se darán cuenta de cuán importante es su misión redentora y, sobre todo, ofrecerán sus dolores con un corazón lleno de amor. Dios tiene sus planes misteriosos. Por eso, debemos estar siempre dispuestos a aceptar su voluntad. Debemos creer que, aunque Dios no nos conceda aquello que le pedimos, sí nos dará algo mejor. Decía san Agustín que Dios, a veces, no nos da lo que le pedimos, sino lo que deberíamos pedir. Con frecuencia, se ven enfermos que han ido a Lourdes y no han sanado, pero que han vuelto con una fe y una alegría inmensa. Han descubierto que su misión es estar enfermos y ofrecer su vida y sus dolores por la salvación de los demás. Pero antes lo hacían rebelándose contra Dios y ahora lo hacen con amor y alegría. He ahí la diferencia: el poder de Dios ha transformado sus vidas. No les ha dado la salud del cuerpo, pero sí les ha dado la salud del alma, que es más importante.

La oración nunca queda vacía, siempre produce inmensas bendiciones en quien la hace y en aquellos por quienes se ora. De ahí que sea tan importante que los familiares recen con amor por quienes en su familia estén enfermos del cuerpo o del alma. Recuerdo muy bien a un sacerdote canadiense, que fundó los grupos carismáticos en el Perú. Decía que para orar por la salud de los enfermos era necesario tener mucho amor por ellos. Y ¿quién puede tener más amor que sus propios familiares? Por eso, la oración familiar es la más eficaz. Y nos contaba casos concretos en que la oración perseverante de la familia había producido verdaderos milagros.

Sí, es importante la perseverancia en la oración. Es fácil orar un día, dos, una semana, un mes... Y, si vemos que no pasa nada, creemos que no va a pasar nada y que la voluntad de Dios es que no se sane. Pero Dios también quiere la perseverancia en la oración. Y muchas veces se producen los milagros después de mucho tiempo de orar.

Recuerdo que el padre Emiliano Tardif, nos contaba que, estando en el Zaire predicando, hubo muchos enfermos sanados en la misa de sanación. Después de la misa, se le acercó una señora, diciéndole que su hijo, que era ciego, no se había sanado. El padre oró rápidamente por él y se fue a descansar. Pero la señora se quedó toda la noche en el estadio, pidiendo a Dios que sanara a su hijo. A la mañana siguiente, su hijo despertó totalmente sano. Otro caso. La hermana Briege McKenna, que tiene el carisma de sanación de enfermos, cuenta que había en Estados Unidos una familia de siete miembros, cuyo hijo menor tenía un tumor cerebral. Los médicos les habían dicho que no había remedio humanamente. Pero la familia rezaba todos los días por la curación del niño. Todas las noches, antes de acostarse, se reunían en la habitación de Tommy y rezaban por él. Transcurridos dos años, el niño empeoró. El padre pensó que Dios había decidido llevárselo y dejó de rezar. Sin embargo, la madre y los demás hijos perseveraron. Lentamente, Tommy comenzó a mejorar. Día tras día, se iba recuperando. En la actualidad, es un niño tan normal y sano como el que más.

Fue el padre quien me lo contó. Si la curación de Tommy hubiera sido instantánea, su familia no habría descubierto el poder de la oración y la necesidad de perseverar.

No olvidemos que Dios tiene su horario para sanar y, si hemos dejado de orar, llegará el día y la hora en que Dios pensaba dar la salud, y tendrá que quedarse con el regalo. Todo por falta de fe y de perseverancia. ¡Cuántos enfermos se han sanado, porque sus familiares han rezado por ellos con fe y amor! Y ¡cuántos se han muerto, porque sus familiares no han tenido la fe suficiente y han confiado más en los médicos y en las medicinas que en el poder de Dios! Sí, hay que acudir al médico, pero sin olvidarse de orar, porque, al final, siempre es Dios el que nos da la salud, aunque sea a través del médico y de las medicinas. Por ello, algunos sacerdotes, por experiencia personal, recomiendan hacer bendecir las medicinas y pedir a Dios que bendiga al médico para que acierte en su diagnóstico. También es bueno encomendarse al ángel custodio del médico y al ángel de quienes nos cuidan y de nuestros familiares.

Nunca olvidaré lo que decía aquella madre, cuyo hijo se salvó milagrosamente, después de haber estado veinte minutos ahogado en una piscina: Muchos niños mueren, porque sus padres no rezan. Oremos y pidamos la salud, aun cuando parezca imposible, pues para Dios no hay nada imposible (Lc 1, 37).

EL PERDÓN

Si no hay perdón, no puede haber sanación. El rencor es una barrera infranqueable para el amor de Dios. Por eso, los padres deben perdonar a quienes consideren culpables de la enfermedad o tragedia de sus hijos. Perdonar es sanar. El amor sana, mientras que el odio enferma. Veamos un caso concreto que relata la hermana Briege McKenna: Un día me llamó un sacerdote a un hospital, donde había un niño de ocho años, que había sido atropellado por una moto. El sacerdote me pidió, por favor, que hablara con los padres del niño, porque estaban angustiados. Cuando entré a la sala del hospital, el niño estaba en coma. La madre me contó lo que había pasado. Me dijo: “Hermana, éste es mi único hijo. Hace una semana estaba ahí jugando en la calle y un chico de 17 años lo atropelló y dañó su cerebro. Y añadió: ¿Sabe? Yo odio a ese joven, porque no ha venido a pedir disculpas. Ayer, después de una operación de seis horas, me dijeron los doctores que este hijo mío va a quedar como un vegetal”.

También esa señora sentía gran enojo contra los doctores, porque uno de ellos le había dicho, tranquilamente, que no había esperanzas. Entonces, terminó con estas palabras: “Yo no quiero que se muera este niño, aunque Dios lo quiera, porque es mi hijo”. Traté de ponerme en su lugar, pero sabía que necesitaba que alguien le aclarara la verdad. Le dije: “¿Sabe, señora? Antes de orar con usted, le voy a pedir que haga tres cosas: primero, que esté dispuesta a perdonar a ese joven de 17 años”. Inmediatamente, me dijo: Jamás... Tampoco estuvo de acuerdo en perdonar a los médicos. Le dije: “Usted tiene que estar dispuesta a entregar. Recuerde cómo Dios pidió a Abraham su propio hijo, que se lo diera a Él y, cuando Abraham estuvo dispuesto a entregar a su hijo en sacrificio a Dios, entonces Dios se lo devolvió. Usted tiene que estar dispuesta a dejar que Dios se lleve a este niño, si esa es su voluntad. Ahora recuerde: Nada es imposible para Dios, porque Jesús es el gran médico; pero usted tiene que estar dispuesta a perdonar y a entregar”.

En ese momento, la señora no podía aceptar estos consejos, así que oré por el niño y, como una semana después, ella me llamó. Le habían dicho que tendría que dejar a su hijo en una institución para toda su vida. Me dijo: “Por favor, vuelva. Estoy desesperada”. Yo volví y le dije exactamente las mismas cosas que le había dicho la semana anterior. Entonces, añadí: “Quiero que todos los días haga sencillamente la señal de la cruz y use esta agua (agua de Lourdes). Recuerde que nuestra Madre intercede por nosotros. Ella fue una madre que vio sufrir a su hijo. Pídale a ella como madre que interceda ante su hijo Jesús para que le dé fuerzas”.

Antes de una semana, me llamó de nuevo por teléfono. No me dio noticias, solamente dijo: “Por favor, venga al hospital”. Cuando entré en la sala, el niño estaba sentado en la cama mirando televisión. La madre me dijo que, venciendo sus sentimientos de odio, ella había ido donde el joven y, aunque no lo sentía, le dijo:” Te perdono”. También le pidió al Señor que la perdonara por haber juzgado a los doctores, condenándolos como crueles. Y me añadió: “Hermana, la cosa más difícil que he hecho en toda mi vida la hice ayer. Me arrodillé junto a la cama de mi hijo y dije: Señor, llévatelo, haz lo que tú quieras con él”. Dijo que fue entonces, cuando recibió una gran sensación de paz y un saber que todo iba a resultar bien.

Continuamente, repetía el nombre del niño: Carl. Se suponía que Carl habría quedado ciego y que ni siquiera podría moverse nunca más. Pero dos días después, había abierto los ojos y comenzado a responder. En una semana, todos los pediatras del hospital habían venido a visitarlo en su sala. Lo conocían como el “niño milagro” del hospital. Yo había ido a verlo un martes, el viernes volvió a su casa y el lunes siguiente fue a la escuela. Un año después, la mamá me escribió una linda carta en la que decía que Carl acababa de confirmarse y era perfecto en todo sentido: sicológica, mental y físicamente. Como resultado, toda la familia acude fielmente a la iglesia y también muchas otras personas que estaban lejos del Señor fueron atraídos por esta curación.

FE HUMILDE Y SENCILLA

Dios hace maravillas, cuando se le pide la salud con una fe sencilla. Se cuenta de santa Margarita María de Alacoque que, a veces, escribía en un pequeño papel: Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío. Se lo hacía tomar al enfermo como si fuera una píldora, y se curaba.

De san Juan Bosco refieren sus biógrafos que desde que estaba en el Seminario se valía de una estratagema para ayudar a los enfermos con la invocación de María. Consistía en repartir píldoras de miga de pan o bien sobrecitos con una mezcla de azúcar y harina, imponiendo a los que recurrían a su ciencia médica, la obligación de acercarse a los sacramentos, rezar un número determinado de avemarías a la Virgen o la Salve. La prescripción de las medicinas y de las plegarias eran de tres al día; a veces, de nueve. Los enfermos, incluidos los más graves, se curaban.

San Antonio Galvao, (1739-1822), santo brasileño, curaba mucha gente dándoles a tomar unas píldoras de papel en el que escribía en latín Post partum virgo inviolata permansisti; Dei Genitrix, intercede pro nobis (Después del parto permaneciste inviolada; Madre de Dios, intercede por nosotros). Y era admirable ver cuántas personas humildes venían a él para ser curadas con estas pastillas “de fé”.

Lo mismo ocurre con el padre Giovanni Salerno, que es médico y el fundador de la Congregación de los siervos de los pobres del tercer mundo. A veces, cura a los enfermos incurables en las regiones más inaccesibles de la Sierra Sur del Perú, simplemente, con agua bendita o imponiéndoles el escapulario o la medalla milagrosa, haciéndoles rezar unas avemarías.

En su libro Misión andina con Dios, cuenta varios casos de sanación por el poder de Dios. Dice: Basilio, de nueve años, sufría de hidrocele. Esta infección se había extendido a todo su cuerpo de forma que parecía una gran pelota inflada. En cualquier parte donde se apoyara un dedo, éste se hundía. Le suministré cierto tipo de medicinas, pero inútilmente: el muchacho no se curaba, sino que, por el contrario, empeoraba cada vez más... Le dije a su madre, entregándole al mismo tiempo un poco de agua bendita: Pídele este milagro a la Virgen Santísima. Ninguna medicina puede curarlo.

Al día siguiente, por la mañana temprano, me estaba aseando, cuando llegó la mamá de Basilio. Me sorprendió diciéndome: Basilio tiene hambre. Tienes que darme algo de comida. Entonces, acompañado de Nemesio, un joven indígena, fui a la cabaña de Basilio. Apoyé mis manos sobre su cuerpo, lo toqué incrédulo y encontré que todo había vuelto a la normalidad. Pero no podía creer lo que estaba viendo. Entonces, lo hice llevar fuera de la cabaña para examinarlo mejor: Era todo normal. Aún así, no resignándome a aceptar aquel resultado, dije: Llevémosle al dispensario. En el dispensario de Tambobamba, volví a examinarlo con mayor rigor, y tuve que admitir que Basilio se había curado. ¡Podría narrar muchos milagros como éste!.

Se cuenta en la vida de san Francisco Javier que les enseñaba el catecismo a los niños de la India y después los enviaba a que explicaran todo lo aprendido a sus propios padres y conocidos. También les decía que oraran por los enfermos en el nombre de Jesús, y muchos enfermos quedaban curados por la fe de aquellos niños inocentes.

En la vida de la famosa Madre María de Jesús de Ágreda (1602-1665) se cuenta que Dios le dio la gracia de ir en bilocación a predicar a los indios de los territorios norteamericanos de los actuales Estados de Nuevo México y parte de los Estados de Texas, Colorado y Arizona. Fue durante los años de 1620 a 1631. Por efecto de su evangelización, los misioneros pudieron bautizar en pocos años a más de 500.000 indios. Los padres Juan de Salas y Diego López, en pocos dias, llegaron a bautizar a 10.000.

El padre Alonso Benavides, que escribió el Memorial de estas maravillas obradas por Dios por medio de la Madre Ágreda dice: Los dos padres Juan de Salas y Diego López permanecieron con los indios algunos días... Antes de despedirse, el jefe supremo de los indios dijo: Padre, hasta ahora nosotros somos como ciervos y animales salvajes, pero vosotros tenéis mucho poder ante Dios. Hay entre nosotros muchos enfermos, curadlos antes de vuestra partida. Había muchos enfermos y, desde las tres de la tarde, por toda la noche, hasta las diez del día siguiente, llevaron continuamente ciegos, cojos, paralíticos. Y los padres, estando de pie, uno de una parte y el otro de otra, con la señal de la cruz y leyendo el Evangelio “Loquente Jesu” (Marcos 16) y la oración “Concede nos”, quedaban curados instantáneamente. Bendito sea Dios que, por medio de sus pobres siervos, ha obrado tantos milagros. Los padres estaban atónitos. Y tanta devoción tomó aquel pueblo hacia la santa cruz que, desde entonces, cada uno de ellos la colocaba encima de su tienda o cabaña y la tenía consigo todo el tiempo.

Como vemos, la oración de unos sencillos misioneros producía milagros asombrosos dada la fe de aquellos cristianos humildes que habían sido evangelizados por la Madre Ágreda en sus viajes de bilocación.

Cuando estuve de misionero en la Sierra norte del Perú, se hablaba de un campesino que curaba enfermos. Había sido analfabeto y los protestantes le decían que se iba a condenar si no se convertía a su religión, porque los católicos son idólatras por tener imágenes. Él empezó a aprender a leer y escribir. Después, comenzó a leer la Biblia. Y, pasados un par de años de estudiar la Biblia, los domingos iba a diferentes caseríos a rezar y predicar la Palabra de Dios. Era tan fervoroso que la gente lo llamaba cuando tenía enfermos. Él iba, rezaba y muchos se curaban. El padre Carlos Alonso, uno de nuestros padres agustinos recoletos, le dijo en una ocasión:

¿Tú qué haces? ¿Dicen que curas enfermos? Padrecito, yo no hago nada, yo rezo y ellos se curan.

Así, con esa sencillez y humildad, él era instrumento de Dios para curar a los enfermos de aquellos lugares, donde no había médicos ni medicinas. Él decía que había leído en la Biblia: El que cree en Mí, impondrá las manos sobre los enfermos y éstos quedarán sanos (Mc 16, 18). Y él creía en Jesús e imponía las manos en su Nombre.

Otra señora de aquellos lugares, a quien yo conocía muy bien, muy piadosa, cuando había niños enfermos, les rezaba un Padrenuestro y un Credo con fe, pidiendo al Corazón de Jesús que los sanara, y muchos se curaban.

LA FE DE LOS PADRES

¡Cuántos enfermos se han sanado por la fe humilde y sencilla de los padres de los enfermos! Hay infinidad de testimonios en los dos mil años de historia de la Iglesia, aunque no todos sean reconocidos como milagros por las autoridades eclesiásticas. Veamos algunos ejemplos.

Una señora decía: Mi segunda hija nació con asma y el doctor Cruz me dijo que se la ayudaría a vivir, pero nada más. Yo comencé a ponerle la mano sobre el pecho y el asma se calmaba. Y así lo hice hasta que, cuando tenía cuatro meses, estaba totalmente curada...

Otra señora decía: Cuando mi hijo tenía dos años, tuvo que llevar yeso por 50 días por una fractura de la pierna. Cuando se lo quitaron, el niño cojeaba mucho. Me dijo el médico que tenía los músculos atrofiados, y me hizo un volante para que el niño fuese a recuperación durante 30 días. Yo, cuando llegué a casa, empecé a orar y sentí una fuerza especial. Elevé las manos y dije: “Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío”. Y así puse las manos en la pierna de mi hijo y las mantuve allí un rato. Mi hijo se quedó dormido y lo acosté. Al despertarse por la mañana, corría como si nada. No lo tuve que llevar a recuperación por lo que doy gracias a Dios.

Un día tuvimos reunión de sacerdotes en Lima con nuestro arzobispo y cardenal Monseñor Juan Luis Cipriani. Y me senté junto a un sacerdote joven, a quien pregunté sobre su ministerio. Me dijo que se llamaba Iván Luna, que trabajaba en una parroquia muy pobre de la periferia de Lima y tenía 29 años. Me contó que, cuando era un bebé, estuvo muy grave con una fuerte bronconeumonía. Como sus padres vivían en la Sierra Sur del Perú, donde no había médico ni posibilidades de llevarlo al hospital más cercano, su madre lo llevó a la capilla del poblado y lo colocó en el altar de la Virgen. Lo consagró a María y se lo ofreció para que, si sanaba, fuera sacerdote. A los tres días, sin tomar ninguna medicina, estaba totalmente curado. Cuando llegó a sus 17 años, no estaba dispuesto a ser sacerdote; pero, poco a poco, el Señor lo fue llamando hasta que le dijo sí y entró en el Seminario, ordenándose sacerdote el 7 de marzo del 2004.

Conocí también al padre Feliciano Díez, un sacerdote de nuestra Orden de Agustinos Recoletos, con el que he vivido en Lima. Él siempre contaba que, cuando era un niño de pocos años, estaba gravemente enfermo y no podía caminar. Tenía las piernas paralizadas. Su padre lo llevó al santuario de la Virgen del Pilar de Zaragoza para rezar por él y ofrecérselo a la Virgen. Y, al día siguiente, al despertar, estaba completamente curado y podía caminar normalmente.

Un caso que salió publicado en todos los medios de comunicación de España, por ser extraordinario, fue el ocurrido la noche del 24 de diciembre de 1985 en el pueblo Fuente del Maestre (Badajoz). La niña Rosa Paz Barrios, de doce años, estaba desahuciada. Su diagnóstico era de encefalitis, tetraparexia, deterioro progresivo, alteraciones del ritmo respiratorio y respiración atáxica. Los últimos meses había perdido los sentidos y la movilidad viviendo a base de suero y oxígeno. Estaba en coma profundo.

Esa noche de Navidad, a las diez de la noche, estaba su madre con una vecina rezando el rosario por su curación, como hacían todos los días, cuando, de pronto, se despertó como de un sueño y pidió de comer. Su madre le quitó las sondas y le trajo un plato de lentejas, que se comió tranquilamente, después de meses en que no comía absolutamente nada. Decía que se le había aparecido el niño Jesús y que la había curado.

En la ciudad de Antequera (España), el día 13 de noviembre de 1924, la señora Rosario Narbona estaba barriendo la cocina, cerca de la cual había un pozo de agua. Su hija de corta edad cayó al pozo. En ese momento desgarrador, la señora invocó con toda su alma a la Virgen María. Avisaron al padre de la niña que se metió al pozo, donde creía que la encontraría ahogada, pues habían pasado ya unos quince minutos del suceso. Pero vio con asombro que la niña estaba tranquila, agarrada a un tubo. La niña dijo que una señora muy hermosa le había tomado sus manitas y se las había puesto sobre aquel tubo, acariciándola y diciéndole que no tuviera miedo. Todos creyeron que había sido la Virgen del Carmen, por llevar la niña el santo escapulario. Los padres de la niña publicaron este suceso milagroso el 27 de enero de 1926.

Ciertamente, la oración con fe hace maravillas. Orar es como darle permiso a Dios para que intervenga en nuestra vida para nuestro bien. Y, entonces, muchas cosas buenas pueden suceder que, de otro modo, podrían normalmente llevarnos a la muerte o a la invalidez total.

En la vida de san Pedro Celestino (1221-1296) se cuenta su milagrosa curación. Dice él mismo: Recuerdo que siendo niño de corta edad, se me introdujo en el ojo derecho una astilla de madera. La herida que recibí fue tal que, al cabo de poco tiempo, no podía ver en absoluto. Los médicos me diagnosticaron la mayor gravedad y dijeron que el ojo derecho estaba perdido irremisiblemente. Pero mi madre, llena de confianza en la Santísima Virgen, me llevó a una de sus iglesias, en donde permanecimos toda la noche. Pues bien, a la mañana siguiente, mi ojo estaba completamente curado y no había ninguna señal que recordara la herida.

Santa Teresita del niño Jesús cuenta en su Autobiografía que, cuando tenía unos nueve años de edad, estuvo gravemente enferma hasta el punto que todos creían que iba a morir. Toda la familia rezaba por su curación. Su padre mandó celebrar una novena de misas en el santuario de Nuestra Señora de las Victorias de París. Y dice ella misma: Un domingo, durante el novenario de misas, me puse a llamar en voz muy baja a mamá... María se arrodilló junto a mi lecho con Leonia y Celina. Luego, volviéndose con el fervor de una madre, que pide la vida de su hijo, María obtuvo lo que deseaba.

No hallando ayuda alguna en la tierra, la pobre Teresita se había vuelto también hacia su madre del cielo, suplicándole de todo corazón que tuviese, por fin, piedad de ella. De repente, la Santísima Virgen me pareció hermosa, tan hermosa que nunca había visto nada tan bello. Su rostro respiraba bondad y ternura inefables. Pero lo que me llegó hasta el fondo del alma fue la encantadora sonrisa de la Santísima Virgen. En aquel momento, todas mis penas se desvanecieron. Dos gruesas lágrimas brotaron de mis ojos y se deslizaron silenciosamente por mis mejillas; pero eran lágrimas de purísimo gozo...

Al verme mirar fijamente a la Santísima Virgen, María pensó: “Teresa está curada”. Sí, la florecilla iba a renacer a la vida. El rayo luminoso, que la había recalentado, no dejaría ya de seguir prodigándole sus favores. No obró de golpe, sino que dulcemente, suavemente, fue levantando a su flor caída y la fortaleció de tal suerte que, cinco años después, la flor se abriría en la fértil montaña del Carmelo.

San Josemaría Escrivá de Balaguer, el fundador del Opus Dei, estaba gravemente enfermo a los dos años de edad. Los doctores Ignacio Camps y Santiago Gómez Lafarga luchaban inútilmente por salvarlo. Pero llegó un momento en que le dijeron a su padre: Pepe, de esta noche no pasa. Sin embargo, la mamá Dolores Albás no perdió la esperanza y pedía con todo el fervor de sus veinticuatro años a Dios que lo sanara. Le prometió a la Virgen que, si lo curaba, lo llevaría ella misma en brazos hasta la ermita de la Virgen de Torreciudad, a la que tenían mucha devoción en aquella comarca. Al día siguiente, a primera hora, llegó a casa el doctor Camps, preguntando:

¿A qué hora ha muerto el niño? No ha muerto, está perfectamente bien. Sus padres cumplieron la promesa de llevarlo a la ermita. Y, en ese lugar, años más tarde, como agradecimiento, el mismo Josemaría Escrivá, con la ayuda de los miembros del Opus Dei, construyó un gran santuario a la Virgen de Torreciudad.

MILAGROS RECONOCIDOS POR LA IGLESIA

Veamos algunos milagros reconocidos por la Iglesia, después de ser estudiados por la Comisión médica del Vaticano y declarados como inexplicables para la ciencia.

Ferdinando Gomes de Melo

Sus padres, Silvina y Francisco, habían regresado a la hacienda de la familia de Silvina, a pasar unos días de vacaciones, desde la ciudad de Gujara-Mirim, donde habitaban. En la hacienda familiar de Vila Bela, en el Estado de Mato Grosso (Brasil), habían estado disfrutando con sus cinco hijos durante quince días, en enero de 1973. Al regresar a su ciudad el 26 de enero, tomaron la embarcación Rio Negro, propiedad del Servicio de navegación del Guaporé. A mitad de camino, ocurrió la tragedia. Su hijo Ferdinando, que tenía un año y ocho meses, se cayó al agua desde la embarcación. La mamá, al darse cuenta, comenzó a gritar desesperadamente. Uno de los empleados, Sebastián Lima, se lanzó al agua para recuperar al pequeño, pero en aquel punto, en que confluían los ríos Guaropé y Mamoré, la fuerza de la corriente era muy grande y lo iba arrastrando lejos del niño. Además, era un lugar muy peligroso, donde nadie se atrevía a nadar, por las serpientes, cocodrilos y peces voraces como las pirañas, las piraíbas y otros.

El tío Ezicio, hermano de Silvina, al percatarse que la situación era difícil y peligrosa, lanzó al agua un bote salvavidas y fue a rescatar a Sebastián, que estaba en una situación desesperada; y ambos fueron al lugar donde debía estar el niño a ver si lo encontraban. Mientras tanto, Sor Lucía, una religiosa, que recorría frecuentemente aquellos lugares por motivos pastorales, comenzó a rezar a su fundador Pierre Bonhomme, rezando un padrenuestro y un avemaría, en unión con muchos de los que estaban a bordo. Mientras seguían rezando, Ezicio y Sebastián consiguieron ver al niño, flotando con la cabeza metida en el agua y lograron rescatarlo. El niño parecía estar bien y no hubo necesidad de ejercicios para reanimarlo. Todo parecía un verdadero milagro, pues ningún animal lo había dañado y no estaba ahogado después de haber estado metido en el agua durante veinte minutos.

Inmediatamente después del rescate, su madre le dio el biberón y el niño lo tomó con toda tranquilidad, jugando y riendo. Al día siguiente, la madre lo llevó a la iglesia del Perpetuo Socorro para agradecer a Dios por el milagro y después lo llevó a un médico, que certificó que el niño estaba perfectamente bien. Monseñor Geraldo Verdier, obispo de la diócesis, al enterarse, manifestó que era humanamente imposible la sobrevivencia del niño y que había conocido varios casos en los que niños pequeños se habían ahogado en las mismas circunstancias. El año 2000, a sus 28 años, Ferdinando dio testimonio de buena salud y de no haber tenido ningún trauma por aquel accidente de su infancia. Este hecho fue declarado inexplicable por la comisión médica del Vaticano y el Papa Juan Pablo II beatificó a Pierre Bonhomme el 23 de marzo de 2003.

Robert Joseph Gutherman

A sus catorce años, el 5 de febrero de 1974, de improviso, comenzó a sentir un agudo dolor en el oído derecho. Lo llevaron al hospital pediátrico St. Christopher de Filadelfia (Estados Unidos) y le diagnosticaron perforación del tímpano con la presencia de un pólipo. Dado que la infección estaba localizada a nivel del tejido óseo, era indispensable una operación para eliminar el foco de supuración. La operación se llevó a cabo el 7 de marzo por el doctor Turtz, quien dijo no haber encontrado los huesecillos del oído interno, llamados yunque y martillo. Esto quería decir que nunca podría oír de nuevo por el oído derecho, pues esos huesitos habían sido destruidos por la infección.

Pero, desde el primer momento, la familia empezó a invocar la protección de la Madre Katharine Drexel, cuya tumba se encuentra en la capilla donde Robert había ayudado frecuentemente a misa. La mamá decía que la Madre Katharine era como una amiga de la familia y su imagen la tenían en la sala de estar. La misma comunidad religiosa de la Madre Katharine se unió en oración para pedir la curación de Robert. Y fue, precisamente, después de haber sido operado, mientras se despertaba de la anestesia, cuando se dieron cuenta de que oía normalmente de modo inexplicable. Los médicos se quedaron sorprendidos, pero la realidad estaba a la vista. En enero de 1987, después de 13 años, el doctor Louis Lowry le hizo nuevos exámenes y todo dio normal; incluso, que en el oído derecho se apreciaba claramente la presencia de los huesecillos yunque y martillo, que habían sido destruidos anteriormente. Dios los había creado de nuevo para manifestar su poder. Y por la aceptación de este milagro, reconocido como inexplicable científicamente por la comisión vaticana, el Papa Juan Pablo II procedió a la beatificación de Katharine Drexel el 20 de noviembre de 1988. Y por otro segundo milagro, también de curación de problemas de oído, fue canonizada el 1 de octubre de 2000.

Bernard Jerzy Jirnov

Nació en Polonia, en Nowy Sacz, el 10 de junio de 1985. Al nacer, tuvo problemas respiratorios en las primeras semanas de 1986. La madre observó, un crecimiento de la circunferencia del cráneo del niño y lo llevó al doctor, quien dijo que tenía retardo en su desarrollo. El niño no podía levantar la cabeza y por sí mismo no podía estar sentado, teniendo mucha debilidad muscular. El doctor Jan Dudczyk, sospechando hidrocefalia, lo envió al Instituto de pediatría Bohdan Kocim, donde se excluyó la hidrocefalia y le diagnosticaron macrocefalia con retardo en el desarrollo sicomotor, debido a los problemas de asfixia durante el nacimiento, pero el 4 de abril en la Academia de medicina Kopernik de Cracovia, con estudios computarizados, le diagnosticaron Polioencefalitis cerebral infantil, diciéndole a la madre que nunca podría caminar solo y que tendría un desarrollo síquico muy limitado.

El 15 de abril, la mamá se acercó a visitar a su amiga Sor Michaela Pintscher, quien le dio una imagen de la Madre María Marcelina Darowska con una reliquia, la novena y la oración, para pedir su beatificación. Y, desde ese día, todas las tardes la mamá rezaba la oración, con el rosario y la novena. El último día de la novena, el 24 de abril de 1986, la mamá vio que, de improviso, el niño se sentó solo, y que parecía estar bien. Lo llevó al médico y éste constató su curación completa. El 13 de noviembre, la doctora Wiktor le hizo un reconocimiento. El niño caminaba normalmente y pronunciaba palabras de acuerdo a su edad. A los cinco años, en 1991, otra pediatra, la doctora Jadwiga Sierpinska, le hizo otros exámenes y declaró que la curación era completa y duradera. En 1994 le hicieron otros exámenes y el niño estaba enteramente normal, lo que no podía comprenderse desde el punto de vista científico y médico. Por eso, la comisión médica vaticana declaró el caso como inexplicable para la ciencia. Y el Papa Juan Pablo II beatificó a Sor María Marcelina Darowska el 6 de octubre de 1996.

Daniela Cristina da Silva

El 21 de mayo de 1990, esta niña brasileña tuvo que ser despertada por su padre a las nueve de la mañana, cosa desacostumbrada en ella. Aparecía como somnolienta y como que no reaccionaba bien. La llevaron al médico y el doctor Vanor Wagner Rezende le diagnosticó pulmonía. El papá la llevó a la clínica Aseeme de Sao Paulo, donde fue empeorando: sentía mucho dolor de cabeza y no respondía con coherencia a las preguntas. Por eso, el doctor pensó que había señales de problemas en el sistema nervioso central. La transfirieron al hospital Emilio Ribas, donde el doctor Edson de Freitas diagnosticó encefalopatía hepática con estado de coma, producido por una hepatitis viral fulminante de tipo A grave. El peligro de muerte era inminente y había pocas esperanzas de salvarla.

Daniela estaba en coma y tenía alterada la coagulación de la sangre con las funciones renales deficientes. El estado de coma duró unos diez días y, en total, estuvo en cuidados intensivos unos 13 días. Pero el 24 de mayo, la mamá con algunas personas había comenzado la novena a fray Antonio de Santa Ana, un religioso brasileño muy conocido y con fama de santo. Según cuenta la tradición, curaba enfermos dándoles píldoras de papel. A las oraciones por la niña se unieron algunas religiosas y empleados del hospital. Los familiares habían colocado la foto de la niña sobre la tumba de fray Antonio y habían mandado encender una vela por siete días en honor del ángel custodio.

Cuando se repuso un poco y podía comer, la mamá le dio a tomar la píldora de fray Antonio (el papelito escrito con una frase en latín). Esta práctica la había hecho ya con algunos miembros de la familia, cuando estaban enfermos. Y la niña se mejoró rápida y completamente. Por lo cual, todos los miembros de la familia fueron a la tumba de fray Antonio para darle gracias. El doctor Ensoli dijo que la mejoría comenzó el 13 de junio y se completó a los ocho días siguientes hasta quedar completamente sana. Los médicos de la comisión vaticana certificaron que se había tratado de una hepatitis fulminante de virus A con encefalopatía e insuficiencia renal aguda; y que la curación había sido extraordinariamente rápida y duradera de modo inexplicable. Por la aceptación de este milagro, el Papa Juan Pablo II beatificó a fray Antonio de Santa Ana el 25 de octubre de 1998. Y el Papa BenedictoXVI lo canonizó en Brasil el 11 de mayo del 2007.

Nicola Romano

El día 15 de mayo de 1982, Nicola, de cuatro años, se subió al tractor estacionado junto a su casa. Su tío Cesario Romano había dejado las llaves del tractor y el niño dio vuelta a la llave del encendido. El tractor comenzó a moverse y el niño se cayó del tractor. Una de las ruedas pasó sobre su cabeza. Todos los que estaban cerca, empezaron a gritar de terror y corrieron a detener el tractor y auxiliar al niño. El tractor había recorrido un par de metros, cuando chocó contra la pared y se detuvo.

En el momento en que el papá se dio cuenta de lo ocurrido, empezó a gritar: Hermano Grimaldo, salva a mi hijo. Esto lo repitió varias veces. El papá había sido seminarista de los padres pasionistas y había conocido la vida del Hermano Grimaldo, a quien siempre le había tenido mucha devoción. En su casa, a la entrada, había colocado una imagen del Hermano Grimaldo, confiando la familia a su protección.

Cuando recogieron al niño del suelo, parecía muerto, no daba señales de vida; pero, al poco tiempo, comenzó a llorar, llevándolo de inmediato a Urgencias al hospital de Aversa. El médico, después de un examen radiológico, vio que no tenía nada importante, ya que no había lesiones internas, solamente tenía una pequeña fractura en el pie, provocada por el tío Cesario al haberlo pisado, cuando fue a recogerlo debajo del tractor. Así que le pusieron un poco de escayola y lo mandaron a casa; donde, después de unos veinte días, le quitaron el yeso y quedó totalmente bien para caminar y jugar como siempre.

Dos meses más tarde, toda la familia, en agradecimiento, fue a visitar la tumba del Hermano Grimaldo en la iglesia de Ceccano... Después de once años del accidente, los médicos le hicieron exámenes para ver cómo estaba y todo resultó completamente normal, tanto física como sicológicamente. Este hecho fue reconocido por la comisión médica vaticana como inexplicable y el Papa Juan Pablo II beatificó al venerable Hermano Grimaldo el 29 de enero de 1995.

Marcin Gawlik

Este niño polaco tenía ocho años la tarde del 21 de julio de 1995. Tomó en su mano una botella de alcohol y la encendió con un fósforo por curiosidad, para ver qué pasaba. De inmediato, se incendió el alcohol y las llamas le quemaron la cara. Sus padres corrieron a apagarle las llamas y lo llevaron al médico. Marcin estaba en estado de shock y no podía hablar. La doctora Ewa Branska-Król, que lo atendió, dijo que tenía quemaduras de segundo y tercer grado, aconsejando que lo llevaran, de inmediato, al hospital de Oswiecim. Al llegar al hospital, le aplicaron algunas inyecciones de ampicilina y algunas pomadas. Las mejillas, la nariz y el mentón, estaban muy rojos, como en carne viva, y con un olor a piel quemada. Al día siguiente, las condiciones del niño empeoraron: el rostro estaba muy inflamado y había secreciones de mal olor... El día 23, los padres de Marcin telefonearon al sacerdote de la parroquia de la Santísima Trinidad de su pueblo de Wilamowice, pidiendo la celebración de una misa de salud por el niño, que era acólito y frecuentaba el catecismo parroquial. Los mismos papás comenzaron a invocar la intercesión de Jozef Bilczewski, cuya fama de santo era grande en ese pueblo. En la parroquia todos los miércoles rezaban la novena para su pronta beatificación. Después de la misa de salud, el papá fue al hospital y allí le dieron cita para el 26 de julio con el doctor Sakiel, considerado el mejor especialista en casos de quemaduras de Polonia. Al regresar a casa, se encontró con que el niño había mejorado mucho: hablaba más, tenía apetito y había disminuido la inflamación. El 26 fueron a la cita con el doctor Sakiel, quien les dijo que había mejorado notablemente pero que sería necesario un injerto de piel y que debían regresar dentro de algunas semanas para darles una fecha. Sin embargo, el 27 de julio el niño presentaba tan buen aspecto, que fue dado de alta. El 28, ya no aparecían cicatrices y su piel se presentaba con el aspecto de una persona que ha sido expuesta a los rayos del sol. Podía respirar normalmente y se sentía muy bien.

A cinco años de distancia, se le hicieron nuevos exámenes y se vio que el niño presentaba un aspecto totalmente normal sin que pudiera suponerse que hubiera tenido alguna vez quemaduras de tal magnitud cinco años antes y sin necesidad de operación. La comisión médica vaticana consideró que su mejoría había sido muy rápida, duradera e inexplicable. Con este milagro, el Papa Juan Pablo II procedió a la beatificación de Jozef Bilczewski el 26 de junio de 2001. Y por la aprobación de otro milagro, fue canonizado el 23 de octubre de 2005.

María Solís Quirós

La señora Claudia Quirós, de Costa Rica, estaba embarazada en su cuarto mes de gestación. Después de la ecografía realizada el 22 de junio de 1994, el médico le dijo que había una presencia de líquido amniótico en cantidad superior a la media, lo cual podía afectar al niño en la boca o en los riñones. Claudia ya empezaba a sentir cierto malestar en su embarazo. El 5 de setiembre, le hicieron en San José de Costa Rica otros exámenes y el doctor Orlando Sánchez le declaró que, a nivel del labio superior, se podía reconocer una apertura importante, de modo que la niña nacería con labio leporino y con malformaciones del paladar.

Ella y su esposo decidieron tener a la niña, aceptando la voluntad de Dios, y hacer todo lo posible de su parte para cuidarla y atenderla bien. Además, pidieron a todos sus conocidos que rezaran por la niña. El problema que se presentaba era grave, pues la niña no tendría paladar y esto traería dificultades en el lenguaje, en el oído, problemas de desarrollo de los dientes, deformación de los huesos maxilares, infecciones en las vías respiratorias... Por eso, se debía hacer una operación para corregir lo mejor posible las malformaciones y cerrar el paladar y el labio leporino.

Enviaron copias de la filmación ecográfica a dos especialistas del Baylor University Medical Center y del Children´s Medical Center de Dallas (Texas), quienes confirmaron los diagnósticos. Mientras tanto, a partir del 5 de setiembre, los padres decidieron pedir oraciones especiales a las religiosas de la Casa María Auxiliadora y la mamá decidió comulgar todos los días para que la sangre de Jesús bendijera a su futura niña. Y lo pedía, en unión con las religiosas, por intercesión de Sor María Romero Meneses.

El día 28 de noviembre de 1994, llegó el día del parto y había un equipo de médicos, preparado con anterioridad, para afrontar la situación y operar de inmediato a la niña. El médico Jorge Márquez-Máximo Díaz era el responsable del equipo y se sintió emocionado al ver que era una niña totalmente normal. Dice: Me había preparado y estaba presente con otros colegas expertos en la parte maxilofacial para acoger a la niña y ponerle la primera prótesis para que pudiera alimentarse. Y me quedé desconcertado al ver que era una niña sana y normal, especialmente en la parte de la boca y el paladar donde esperábamos malformaciones. Era algo inexplicable y fue descartada toda posibilidad de error en el diagnóstico.

Con motivo de este milagro, considerado inexplicable por los médicos de la comisión vaticana, el Papa Juan Pablo II beatificó a María Romero Meneses el 14 de abril del 2002.

Vivian Marcela Galleguillos

El 27 de julio de 1996, Vivian, de dieciséis años, había pasado la tarde en casa de unos amigos en Papudo, pequeña ciudad a unos 100 kilómetros de Santiago de Chile. A las dos de la noche, decidió ir con ellos a bailar a una discoteca. En el coche iban cantando, mientras avanzaban a 130 kilómetros por hora. En una curva cerrada, el chofer perdió el control y tuvieron un accidente. Vivian se estrelló contra el parabrisas y perdió el conocimiento por varios minutos. Cuando llegó la ambulancia, llevaron a Vivian al hospital San Agustín de la vecina ciudad de La Legua, adonde llegó a las 5,30 de la mañana. Poco a poco, fue empeorando. Al despertar, sintió un fuerte dolor de cabeza y somnolencia... Tuvieron que transferirla al hospital de Viña del Mar, donde llegó inconsciente. El neurocirujano Pedro Bedoya Barrios se dio cuenta de que estaba en serio peligro de muerte y consideró necesario operarla. La operación consistía en trepanarle el cráneo para sacar un litro de hematoma sanguíneo. Al término de la operación, les dijo a sus familiares que lo mejor que le podía suceder sería la muerte, porque, en caso de sobrevivir, estaría probablemente en un estado vegetativo permanente con alimentación y respiración artificial.

Vivian estaba ya en coma profundo y los médicos iban a proponer a su madre la posibilidad de que donara los órganos. Pero hay que anotar que, desde el primer momento del accidente, sus padres comenzaron a invocar al padre Alberto Hurtado, nacido en Viña del Mar (Chile), muy conocido por todos e invocado como un santo. En su parroquia, muchas personas se unieron en cadena de oración para pedir su salud, invocando al padre Hurtado. A estas oraciones también se unieron sus amigos y compañeros del liceo. Debajo de su almohada le colocaron una imagen del venerable padre Hurtado.

El día 7 de agosto comenzó una mejoría improvisada, abriendo los ojos y respondiendo a cosas simples. Y siguió la mejoría hasta el 24 de agosto, en que fue dada de alta. El año 2003 le hicieron exámenes y concluyeron que tenía un estado totalmente normal de salud sin ninguna consecuencia negativa por razón del accidente. Fue una mejoría completa, duradera y, a la vez, inexplicable humanamente, tal como lo declaró la comisión médica vaticana. El padre Alberto Hurtado fue declarado beato por el Papa Juan Pablo II el 23 de octubre de 2005.

Louis Westland

A primeros de agosto de 1929, la señora Petronila Schonens, la mamá de Louis, notó que su pequeñito de un año y tres meses, lloraba cada vez que le tocaba la pierna derecha. El viernes 9 de agosto, el pequeño comenzó a tener fiebre con inflamación de la pierna derecha. Esta inflamación creció en los días siguientes. El doctor Ruding hizo una incisión y salió abundante pus. Cada día le curaban la herida y siempre salía abundante pus. Viendo la impotencia de los medios humanos, la familia de Louis comenzó a invocar la intercesión del padre Peerke Donders, religioso de la Congregación redentorista, nacido en la misma ciudad donde vivían, en Tilburg (Holanda). El padre y el abuelo paterno del pequeño, fueron varias veces a la casa del padre Peerke para pedirle su intercesión y llevar un poco de agua del pozo de la casa. Con esa agua lavaban las gasas que le ponían en la herida.

Uno de los especialistas consultados dijo a los padres que tenía osteomielitis y que estaba comprometido el hueso mismo. Y les recomendó una operación quirúrgica, que fue señalada para el 12 de noviembre; pero el día 7 de noviembre el niño se despertó totalmente sano. La mamá lo encontró ya sentado en su camita. Con la herida completamente sana, tal como lo certificaron también los doctores que lo examinaron. Dos años después, le hicieron nuevos exámenes y todo era enteramente normal. Por lo cual, la comisión médica vaticana lo consideró inexplicable para la ciencia y el padre Peerke fue beatificado por el Papa Juan Pablo II el 23 de mayo de 1982.

Teodoro Molina

El 25 de noviembre de 1986, Teodoro, de 13 años, se preparaba para ir a la escuela en Alcázar de san Juan, a unos cien kilómetros de Madrid. Desde que había despertado había sentido una especie de línea negra delante del ojo derecho, pero no le dio mucha importancia. Durante la mañana las cosas se agravaron y, al mediodía, sentía un fuerte dolor cabeza sin poder ver con el ojo enfermo. La madre lo llevó al médico, quien lo envió al servicio de oftalmología. Allí le diagnosticaron isquemia retínica en la zona temporal por embolia de la arteria temporal inferior del ojo derecho. Era una embolia en la arteria central de la retina y eso era algo irreversible, que no tenía cura. Ahora bien, desde el primer momento en que se enteró del problema, la abuela Juliana Calcerrada había recurrido a las hermanas de la Compañía de la Cruz, escribiendo a la Casa Madre de Sevilla para pedir la intercesión de su fundadora Sor Ángela de la Cruz, de la que era muy devota. El mismo Teodoro, el día 15 de febrero, recibió la carta que venía de Sevilla. Dice: Subí a mi casa para abrirla y dentro había una reliquia de la beata y una novena con un escrito. La reliquia era un pedacito de tela. Ese mismo día me apliqué la reliquia al ojo y comencé la novena a Sor Ángela de la Cruz. Le pedí que me curara, porque tenía un gran trauma. Al día siguiente, 16 de febrero de 1987 tuve que ir a consulta a la clínica Ramón y Cajal. Al entrar podía ver y le decía a mi madre: Mamá, veo como antes.

Aquel mismo día, lo examinaron varios médicos y no había ninguna señal de su anterior enfermedad ni señales de la embolia: todo era normal. La comisión médica vaticana lo consideró algo excepcional e inexplicable para los conocimientos científicos actuales y, sobre todo, por haber sido una curación completa y duradera a lo largo de los años. Aceptado este hecho como milagroso, el Papa Juan Pablo II canonizó a la beata Ángela de la cruz el 4 de mayo de 2003.

Isabella Mannone

A las 3 de la tarde del 14 de junio de 1992, la joven siciliana Isabella, de 18 años, estaba en la bañera de su casa en Mazara del Vallo, provincia de Trapani (Italia). En ese momento, cayó repentinamente al agua un secador de cabello que se puso en movimiento, porque estaba enchufado a la corriente. La joven recibió una fuerte descarga eléctrica y dio un grito. Su madre fue inmediatamente a ver qué le pasaba, desenchufó el aparato y la sacó del baño, cuando ya estaba inconsciente. Pero su madre, desde el primer instante, empezó a repetir: Pina Suriano, ayúdanos. Y repitiendo esta oración y pidiendo a Jesús que ayudara a su hija, la joven Isabella despertó, diciendo: Mamá, he visto a Jesús. He visto una gran luz que se acercaba y, después, el rostro del Señor, pero el Señor me dijo que regresara, porque todavía no era mi hora.

El papá de Isabella, que llegó a los pocos minutos, la llevó a Urgencias al hospital de san Biagio, donde certificaron que no tenía ningún problema de salud. A partir de ese día, ha estado bien sin ninguna secuela negativa. Ella y sus padres, todos los años, van a la tumba de la sierva de Dios Pina Suriano para agradecerle tan gran favor. Ahora, en su casa, en cada habitación, incluido el baño, tienen una imagencita de la beata. La comisión médica vaticana ha declarado que la recuperación de Isabella, después de la descarga eléctrica recibida, que debía haberla electrocutado y dejarla sin vida, es inexplicable; sobre todo, habiendo quedado sin ninguna secuela negativa. Solamente se le nota todavía una marca eléctrica en el glúteo izquierdo; la cual queda como recuerdo permanente del milagro recibido por intercesión de Pina Suriano, quien fue beatificada por el Papa Juan Pablo II el 5 de setiembre de 2004.

Eilen Jiménez Cardozo

A los seis años y medio, apenas medía 93 centímetros y pesaba solo 11 kilos, con una capacidad de memoria y atención muy limitada. En el momento de su nacimiento, el 23 de febrero de 1989, todo parecía normal; pero, a partir del 24 de diciembre de 1992, tuvo fiebre y comenzó a sentir dolores en los pies. Al día siguiente, la niña no podía tener erguida la cabeza y el cuerpo estaba muy débil. La llevaron al hospital Albina R. de Patiño de Cochabamba (Bolivia), donde le diagnosticaron el síndrome de Guillain Barré. Los médicos le dijeron a su madre que consiguiera un medicamento para detener la parálisis, pero no había en Bolivia. Lo encontraron en Buenos Aires, pero era muy costoso y no podían comprarlo. Entonces, puso toda su confianza en Dios y empezó a decir: Señor, Dios mío, ayúdame; tengo necesidad de mi hija. Tú me la has dado y yo la recibo así. Ayúdame.

A falta del medicamento, los médicos le aconsejaron a la madre que mantuviera a la niña en constante movimiento para que no se le paralizaran las piernas y los brazos. Y ella se turnaba con su esposo para hacerle los ejercicios diarios.

Los médicos descubrieron que la niña tenía una grave carencia de potasio en la sangre y, cada vez que empeoraba, debían suministrarle medicinas apropiadas para suplir esta carencia. Después de varias entradas y salidas del hospital, la última vez que ingresó, del 17 al 28 de agosto de 1995, los médicos declararon que estaba en estado de coma y en peligro inminente de muerte.

Pero hay que anotar que, desde el mes de febrero precedente, los padres habían pedido oraciones a las religiosas de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, fundadas por Sor Eugenia Ravasco. También sus compañeros de clase rezaban por su salud en unión con los profesores. Todos los días, en su salón de clase, recitaban la siguiente oración: Padre eterno, por los méritos de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, dígnate glorificar en la tierra a tu humilde sierva Eugenia Ravasco, escuchando nuestras oraciones. Oh Jesús, ayúdanos y ayuda especialmente a Eilen. Amén.

Después de salir del coma, tuvo un ataque de fiebre con vómitos y debilidad muscular generalizada. El fisioterapeuta Jaime Fiorilo Valdivia declaró que, en los rayos X, aparecían sus huesos como si fueran de cristal y se veían algunas roturas. Por eso, la madre debía llevarla en una cesta especial sobre la espalda o en sus brazos. Recordemos que sólo pesaba 11 kilos y medía 93 centímetros.

Pero un día, el 1 de enero de 1997, su madre estaba preparando la comida para toda la familia y Eilen le dijo: Mamá, he hablado con Jesús. Se me ha aparecido y me ha dicho: ¿Quieres caminar? Yo le he dicho: Sí, quiero correr y caminar. Y Jesús me respondió: No tengas miedo, porque vas a caminar. Entonces, Eilen dijo a su madre: Quiero ir a la habitación donde está el abuelo yo sola. Se puso en pie y caminó sola, mientras su madre la seguía por detrás por precaución. Desde aquel momento, quedó totalmente sana.

La comisión médica vaticana consideró que la recuperación de las funciones sicomotoras y musculares era inexplicable en tan poco tiempo y de modo tan completo y duradero. Por ello, el Papa Juan Pablo II procedió a la beatificación de Eugenia Ravasco el 27 de abril de 2003.

Patrick Ciappara

Nació en Malta el 12 de agosto de 1978. Todo parecía normal, excepto unas pequeñas manchas de color café en algunas partes de su cuerpo. En los tres primeros años de vida, nadie notó nada anormal, a no ser un pequeño retardo en el caminar y en el hablar. Pero, de improviso, el 5 de setiembre de 1981, tuvo convulsiones con fuertes espasmos, asfixia y rigidez muscular. En 1984 comenzó a quejarse de frecuentes dolores de cabeza, aparte de que ya venía teniendo muchas dificultades para caminar. En el verano de 1985, se empeoró su salud, pues ya no tenía fuerzas en la mano derecha. El 30 de julio lo llevaron al hospital por disminución de la sensibilidad de la parte derecha del cuerpo y falta de equilibrio para caminar y, después de siete días, no podía hablar.

La tomografía computarizada realizada el 2 de agosto mostró un tumor cerebral a nivel del centro del cerebro, que, por su posición, se hacía inoperable. Le dieron radioterapia con cobalto, pero empeoró en vez de mejorar, hasta el punto de no poder deglutir. El doctor Lenicker le dio seis meses de vida como máximo y lo enviaron a casa. Sin embargo, tuvo que regresar al hospital el 6 de noviembre de 1985 por quedar inconsciente, llegando a estar en coma profundo.

Es importante anotar que, a partir del 30 de julio de 1985, la religiosa Sor María Antida había tenido la inspiración de rezar a la beata Agustina Pietrantoni, religiosa de su misma Congregación, para pedir la curación del niño. Ella le dio a la mamá una imagen de la beata con una reliquia que le colocaron al niño durante el tiempo que estuvo en el hospital. Y, a partir del 18 de abril, después de seis meses de coma profundo empezó a mejorar. Cinco días después, ya podía sonreír y mirar a su madre. El 12 de mayo podía comer normalmente y así, en pocos días, terminó su curación completa. Entonces, tenía 7 años.

En 1995, el tribunal eclesiástico diocesano encargó a dos médicos que examinaran a Patrick para ver cómo seguía su salud y concluyeron que estaba totalmente bien. La comisión médica vaticana declaró que el niño había tenido una neoplasia maligna del tronco cerebral con hemiplejia derecha con neurofibromatosis de Recklingausen del primer tipo y que el tumor del cerebro se había disuelto de modo inexplicable para la ciencia. Y aceptado este hecho como milagroso, fue canonizada Sor Agustina Pietrantoni el 18 de abril de 1999.

Delicia Cirolli

Había nacido el 17 de noviembre de 1964 en Paterno, cerca de Catania, Italia. En 1976 tenía una inflamación grave en la rodilla y fue examinada por la clínica ortopédica de la universidad de Catania y, según las radiografías, el diagnóstico era claro: tumor óseo maligno, un sarcoma a la parte superior de la tibia. Los papás no quisieron que se le amputara la pierna a pesar de que sólo le daban medio año de vida y la llevaron a Lourdes en la peregrinación del 5 al 13 de agosto de 1976, pero no obtuvo ninguna mejoría y regresó tal como había ido. Ya habían perdido toda esperanza, cuando el día de Navidad de ese año, notaron de improviso alguna mejoría: disminuyó la inflamación y amainaron los dolores. Empezó a mover la pierna y a caminar, sintiéndose totalmente bien. La Comisión médica de Lourdes afirmó que la curación de Delicia Cirolli era un fenómeno absolutamente extraordinario, contra toda previsión médica y completamente inexplicable. El arzobispo de Catania, Mons. Bonmarito, en un decreto del 28 de junio de 1989, lo declaró milagroso.

Manuel Cifuentes

Yo tenía 10 años aquella mañana del 4 de enero de 1982 y estaba cogiendo leña con mi padre, mi tío y mi primo. En cierto momento, al agacharme, una rama me golpeó el ojo. Sentí un dolor muy intenso. Mi padre cogió un pañuelo y me tocó, pero me dolía mucho más. Entonces, me llevaron al médico. Dijo que tenía una herida muy grave en el ojo y que debían llevarme urgentemente a un especialista. Así que tomaron el coche y me llevaron rápidamente a Albacete (España).

Fuimos a visitar al oculista Dr. Juan Ramón Pérez, que aconsejó una intervención quirúrgica, me vendó el ojo y me dio unas pomadas. Mi padre había encontrado dos días antes, en la escuela donde enseñaba, una medalla del beato Ricardo Pampuri y me dijo que era un hombre santo, que hacía milagros. Por eso, al ponerme la pomada, me convenció de que tuviera esa reliquia del santo para pedirle la curación. Aquella noche recé más que nunca en mi vida. Hacia medianoche, mi padre vino a ver cómo estaba, pero el ojo me dolía mucho. A las cinco de la mañana, volvió a verme y todo seguía igual. A las siete me despertó, porque quería ponerme la pomada y le digo: “Papá, ya no tengo dolor y veo todo muy bien”. Fue una emoción enorme para toda la familia. Una hora más tarde, fuimos de nuevo a ver al médico. Quedó asombrado, pues no encontró lesión alguna. Y fuimos a ver al oculista a Albacete, que reafirmó la curación, y dijo: “Para mí hay dos cosas sorprendentes: la ausencia de cicatrices y la rapidez con la que han desaparecido las señales de la herida”. En realidad, no sólo fue una curación rápida, sino una restauración del ojo dañado, algo incomprensible para la ciencia médica.

Cuando a los 17 años he venido a Roma para la canonización de Ricardo Pampuri, he comprendido la importancia del milagro que había recibido. Ha sido una experiencia inolvidable. Recuerdo que había miles y miles de personas, todas unidas en la misma fe para glorificar al Señor, como yo lo hago cada día.

María Victoria Guzmán

Tenía dos años y medio el 5 de febrero de 1953, cuando empezó a sentirse mal, con fiebre de 40. Cuando el 3 de marzo la llevaron sus familiares a Madrid para que la viera un especialista, sus condiciones eran muy graves. Su diagnóstico era septicemia por causas desconocidas. El 8 de marzo estaba ya agonizando, cuando de pronto abrió los ojos y empezó a moverse normalmente y a sentirse perfectamente bien. Todos los que la conocían empezaron a hablar de una resurrección, debida a la intercesión del siervo de Dios José María Rubio y Peralta (1864-1929), a quien su madre había invocado, colocándole a la niña una reliquia del mismo. El 10 de marzo le hicieron revisiones de control y no le encontraron ni rastro de su enfermedad anterior. Los médicos dijeron que la curación había sido completa, duradera e inexplicable científicamente. Los médicos de la Comisión de la Congregación para las causas de los santos, el 27 de junio de 1984, reconocieron que había sido una curación instantánea, completa y permanente sin explicación natural posible. Con motivo de este milagro fue declarado beato el antedicho siervo de Dios, por el Papa Juan Pablo II, el 6 de octubre de 1985.

Giovanni Gabriele

Nacido en París, era un niño normal hasta que, a los 11 meses, cayó enfermo, aparentemente con resfrío, el 22 de mayo de 1945. Tenía tos con fiebre alta y le diagnosticaron al principio bronquitis y, después, broncopulmonía bilateral. El día 29 empezó a tener convulsiones y el médico comunicó a sus padres que su estado era gravísimo con falta de respiración, cianosis, etc. No podía ni siquiera tomar alimento ni bebidas. Sin embargo, al día siguiente, se mejoró de tal modo que se sentó en la mesa con buen rostro y pudo tomar entero su biberón sin dificultad alguna. Desde entonces, ha llevado siempre una vida normal sin enfermedades de importancia.

El hecho se consideró milagroso debido a la intercesión del venerable Daniel Brottier, a quien la familia había invocado con verdadera fe en esas circunstancias. Por este hecho, reconocido por la comisión médica vaticana como inexplicable para la ciencia, el Papa Juan Pablo II procedió a la beatificación de Daniel Brottier el 25 de noviembre de 1984.

Gleida

Nacida el 26 de mayo de 1976, a los nueve años en 1985, tuvo una neuropatía de las piernas, definida como síndrome de Guillain-Barré. Poco a poco, fue empeorando, de modo que le afectó la respiración y la deglución. Tuvieron que hacerle una traqueotomía para que pudiera respirar bien. Pero al hacerle mal la traqueotomía, se complicaron las cosas y tuvieron que hacerle una abertura en el tórax para poder respirar y ponerle un respirador artificial. Mientras estuvo hospitalizada, tuvo un paro cardíaco y algunos paros respiratorios el 14 de agosto de 1985. La comisión médica vaticana consideró que había habido rotura traumática de la aorta con relación al síndrome Guillain-Barré, además de una gravísima anemia; y que tantas complicaciones juntas no podían solucionarse tan favorable y rápidamente sin consecuencias negativas de modo natural. Toda la familia de Gleida considera que el milagro se debió a la intercesión del venerable Annibale Maria di Francia (1851-1927), a quien todos habían invocado con fe.

El Papa Juan Pablo II beatificó a Annibale Maria el 7 de octubre de 1990.

Marie-Josée

Nació el 6 de mayo de 1962 en el hospital Hotel-Diêu de Québec. Para nacer se le aplicó el fórceps. Parecía una niña normal; pero, al día siguiente, empezó a escupir sangre por la boca. Tenía dificultad de coagulación y se le dio un tratamiento con vitamina K. El día 8 le dieron convulsiones. El día 10 se le presentó una parada respiratoria y tuvieron que darle masajes al tórax y suministrarle oxígeno. Las crisis fueron disminuyendo hasta el 18 de mayo, en que se consideró que estaba totalmente curada. Fue dada de alta el 7 de junio de ese año 1962. En 1967 y 1968 se le hicieron nuevos exámenes y todo era adecuado a su edad sin consecuencias negativas por su antigua enfermedad. Lo mismo sucedió en los controles de los años 1982 y 1984. Todos en la familia lo consideraron un milagro, concedido por Dios, por intercesión de Sor Maria Caterina de san Agustín (1632-1668), a quien habían invocado con fe. Con ocasión de este milagro, Sor Maria Caterina fue declarada beata por el Papa Juan Pablo II el 23 de abril de 1989.

Solano F.

Nace el 26 de julio de 1979 de parto podálico, presentando sus miembros inferiores totalmente plegados en alto, de modo irreductible. El diagnóstico era contractura congénita de las articulaciones inferiores, debido a la prolongada inmovilidad del feto en tales condiciones. El 9 de agosto, al término de la novena a la sierva de Dios Gertrude Comensoli (1847-1903) y, sin que hubiera habido ninguna clase de terapia, espontáneamente, todo se normalizó y cesaron los dolores del recién nacido. Hasta la fecha sigue bien de sus piernas. Lo cual fue considerado médicamente inexplicable por la comisión médica de la Congregación para las causas de los santos, sobre todo, debido a la rapidez de la curación sin terapia alguna. El Papa Juan Pablo II beatificó a Sor Gertrude Comensoli el 1 de octubre de 1989.

Colleen

Nacida en Canadá en abril de 1970, en setiembre de 1975 empezó a tener los primeros síntomas de una enfermedad con cansancio, palidez e inapetencia. La llevaron al hospital y le diagnosticaron leucemia linfoblástica aguda, con anemia grave. Le hicieron transfusiones de sangre y fue transferida al hospital pediátrico de Toronto. Allí le comenzaron a dar quimioterapia y quedó bastante bien. En mayo de 1977 tuvo que ser reingresada por empeorar su estado general con fiebre cotidiana, pérdida de peso y apetito, y gran somnolencia. Tenía dificultades respiratorias y tuvieron que hacerle una traqueotomía. En agosto le descubrieron una masa cancerosa en la región rinofaríngea. En octubre le dieron radioterapia. El 1 de junio de 1978 sus condiciones físicas eran gravísimas, pero de un día a otro empezó a mejorar rápida y completamente de modo que el 4 de julio del 1978 fue dada definitivamente de alta. En 1985 le hicieron nuevos exámenes clínicos a Colleen y todo era completamente normal. El diagnóstico de la comisión médica vaticana habla de un linfoma rinofaríngeo, unido a una leucemia linfoblástica aguda que se curó de modo inexplicable para la ciencia.

La familia atribuyó esta recuperación milagrosa a la intercesión del siervo de Dios Monseñor Ludovico-Zeferino Moreau. Su beatificación tuvo lugar el 10 de mayo de 1987.

Carla

Nació en Gersone (Italia) el 30 de julio de 1923. A los tres años y dos meses le vino una grave enfermedad con fiebre, días de delirio, pérdida de memoria y abatimiento general. El médico tratante declaró que se trataba de una meningitis y declaró que, aún en el caso de sobrevivir, tendría graves secuelas en el cerebro. A partir del 20 de octubre, su familia comenzó una novena a la sierva de Dios Benedetta Cambagio Frassinello y una segunda novena el 29 del mismo mes. El día 30 empezó a ceder la fiebre. El día 5 de noviembre la niña recuperó el habla y el equilibrio. Y, a partir de ese día, estuvo completamente sana.

Los médicos de la comisión vaticana consideraron que se había tratado de una meningoencefalitis producida por tifus y que su curación tan rápida y duradera era inexplicable científicamente. Sor Benedetta Cambagio fue beatificada por el Papa Juan Pablo II el 10 de mayo de 1987.

Cinzia

Nació el 12 de setiembre de 1964 en Monte Romano (Italia). A los tres años, la noche del 4 de agosto de 1967, empezó a tener fiebre y vómitos. El médico diagnosticó peritonitis aguda y la operaron de emergencia. Pero, a los 11 días, apareció de nuevo una fiebre elevada con vómitos. Se le diagnosticó oclusión intestinal y tuvieron que operarla de nuevo. A pesar de los esfuerzos, la niña empeoraba rápidamente y se temía una muerte inminente. Pero la tarde del 19 de agosto de ese año 1967, los familiares comenzaron una novena al siervo de Dios Giuseppe Nascimbeni. A la mañana siguiente, la niña mejoró notablemente, se sentó en la cama y comenzó a hablar y a pedir de comer. El mejoramiento fue tan rápido que el 7 de setiembre fue dada de alta completamente sana. Por este hecho, reconocido como inexplicable para la ciencia por la comisión vaticana, el Papa Juan Pablo II procedió a la beatificación de Giuseppe Nascimbeni el 17 de abril de 1988.

Amy Wall

Amy nació el 9 de setiembre de 1992 en USA, pero nació sorda. Según el dictamen del otorrino, tenía hipoacusia neurosensorial medio grave bilateral. La madre de Amy informa que el día en que dieron el diagnóstico, estaba viendo televisión y transmitieron un programa sobre la beata Katharine Drexel, fundadora de las hermanas del Santísimo Sacramento. En la televisión entrevistaron a Robert Gutherman, que contaba su curación milagrosa.

Él había estado totalmente sordo de un oído y se había curado por su intercesión. Entonces, la madre de Amy comenzó a rezarle para que curara a su hija. Dice: Conseguí una reliquia de la beata y todos los días le pedía la curación de mi hija, pasándole la reliquia por sus oídos. Mi esposo, que era protestante, nos miraba y no decía nada. Una semana después, en marzo de 1994, cuando voy a recoger a Amy a la escuela para sordos, la maestra me dice que la pequeña Amy no era la misma de antes y que parecía mucho más viva y animada... El Dr. Lee Miller le hizo muchos exámenes audiométricos y confirmó que el oído estaba casi perfecto y que, en su opinión, ningún niño, nacido con sordera bilateral de esa manera, había recuperado el oído. Amy, a las pocas semanas, ya empezaba a hablar. Fue emocionante, cuando por primera vez me dijo: Mamá. Y puedo decir que los milagros, por intercesión de Katharine Drexel, han sido dos: la curación de Amy y la conversión a la fe católica de mi marido. Ahora tenemos una familia unida en la misma fe.

El 1 de octubre del 2000, el Papa Juan Pablo II elevó a los altares a Katharine Drexel, declarándola santa. En primera fila, en la plaza de san Pedro, estaba Amy Wall, de ocho años.

Zoila Elena

La niña Zoila Elena vivía en Riobamba (Ecuador) y tenía tres años de edad, cuando el 10 de marzo de 1965 tuvo una intoxicación aguda por haber ingerido unas pastillas de fluoroacetato de sodio. Como consecuencia, quedó al borde de la muerte. El tratamiento que se le hizo, tomando leche y otras cosas, fue totalmente ineficaz. Por eso, del hospital la regresaron a su domicilio, donde empezaron sus familiares a preparar las cosas para el funeral. Pero también comenzaron a pedir intensamente su curación por intercesión de la sierva de Dios ecuatoriana Mercedes de Jesús Molina (1828-1883), fundadora del Instituto religioso de santa Mariana de Jesús. Después de una hora de estar orando, otros dicen que a las cuatro horas, sin que se le administrara ningún nuevo medicamento, la pequeña comenzó a moverse y a tomar conciencia y sentirse bien. La llevaron de nuevo al hospital para hacerle nuevos estudios, y vieron que no tenía ni rastro de ninguna intoxicación anterior. Con este milagro, reconocido por la Comisión médica del Vaticano, Mercedes de Jesús Molina fue declarada beata por el Papa Juan Pablo II, en la ciudad ecuatoriana de Guayaquil, el 1 de febrero de 1985.

Rolando

En Hull, suburbio de Ottawa, Canadá, vivía una familia católica con varios hijos. El último de ellos, Rolando, tenía un año de edad aquella tarde del 28 de junio de 1947, en que su madre lo dejó en su cochecito en el patio. Pero el cochecito estaba en pendiente y, cuando su madre lo dejó solo, se precipitó hacia un vacío de tres metros de profundidad. Al caer, el niño perdió la conciencia. Lo llevaron rápidamente al hospital, donde comprobaron que tenía una fractura de cráneo y conmoción cerebral traumática. El niño tenía convulsiones y fiebre alta. El 30 de junio se dieron cuenta de que el niño estaba ciego. El diagnóstico era ceguera traumática.

En aquella situación, la madre y la familia se encomendaron al siervo de Dios Carlos José Eugenio de Mazenod, que fue obispo de Marsella y fundador de los misioneros Oblatos de María Inmaculada. El Padre José Francoeur, miembro de esta Congregación, les dio una reliquia del Venerable y se la pusieron a los ojos, y lo mismo hicieron con una estampa del mismo. Comenzaron una novena al siervo de Dios para pedirle la curación y, al día siguiente, el niño veía con normalidad. Era el 18 de agosto de 1947.

En 1949 se le hicieron nuevos estudios médicos y se confirmó la estabilidad de la curación. Igualmente, en 1971, con nuevos exámenes confirmaron que todo estaba normal. Según el dictamen de la Comisión médica del Vaticano, la curación de la ceguera fue perfecta, duradera y sin explicación natural. El milagro fue aceptado y aprobado para la beatificación del siervo de Dios Carlos José Eugenio de Mazenod, proclamado beato por el Papa Pablo VI en 1975.

Bruno

Nació el 2 de mayo de 1943 en Fossano, Italia, hijo único de Aldo y Amelia. A los cuatro meses de su nacimiento, le comenzaron graves problemas de salud con vómitos, dolores intestinales, diarreas, etc. Los medicamentos empleados dieron poco resultado positivo. Con subidas y bajadas siguió con sus problemas graves de salud hasta 1947, en que su estado se agravó. El 12 de diciembre de ese año se le declaró una apendicitis aguda con fiebre altísima. Antes de que lo operaran, la hermana Gisella le puso sobre su vientre una reliquia de la Madre Enriqueta Dominici (1829-1894), de la Congregación de las Hermanas de santa Ana y de la Providencia de Turín. La misma Sor Gisella colocó una imagen de la sierva de Dios en su cama y pidió que todos le rezaran para obtener el milagro. Y dice la hermana Gisella: Al cuarto de hora de la invocación a la santa y de la aplicación del algodón, el niño cesó de lamentarse y se durmió tranquilamente. Al despertarse, estaba totalmente curado. Sonreía con la mirada viva y se mostraba alegre y contento como un niño con buena salud. Me dijo que quería beber y le di un poco de café azucarado, que tenía cerca de él. Lo bebió ávidamente y me dijo que tenía hambre y quería comer. Le respondí que era necesario esperar al médico. Le tomé el pulso y lo encontré normal. Tomé la temperatura y ésta marcaba 36,5. Bruno se durmió nuevamente hasta el momento en que vino el médico.

El mismo Bruno nos cuenta su caso, cuando tenía seis años de edad: Tenía cuatro años, cuando fui a la colonia de Viu y siempre me dolía la tripa. El médico me dijo que tenían que llevarme a Turín para operarme de urgencia... La Superiora dijo a los niños, que estaban en la cama, que se sentaran y que rezaran a la Madre Enriqueta para que me curase... Cogió algodón bendecido, me lo pasó por la tripa donde me dolía y me hicieron que besara una estampa de la Madre Enriqueta, que colgó de la cama; luego me dormí. Y, cuando desperté por la mañana, estaba curado. Y ahora rezo a la Madre Enriqueta para que crezca sano. Continúo estando bien y como de todo, también castañas y alubias, y no me ha vuelto nunca más la fiebre y el vómito.

Con este milagro, reconocido por la Comisión médica del Vaticano, se procedió a la beatificación de la Madre Enriqueta, que fue proclamada beata por el Papa Juan Pablo VI en 1978.

Manuel Vilar Silio

Tenía dieciocho meses de edad, cuando el 19 de julio de 1998, su familia se trasladó a una casita de campo de la localidad argentina de Nagoya. Su madre, Alicia Silio, se quedó dentro de la casa cocinando, habiendo dejado el cuidado de su hijo a otros familiares. Al terminar de cocinar, fue a ver dónde estaba el niño y nadie supo decirle dónde estaba. Empezaron a buscarlo hasta que lo encontraron, flotando boca abajo en la piscina. El agua estaba fría y cenagosa. Cuando descubrieron al niño, no había ondas en la superficie, por lo que se deduce que llevaba varios minutos completamente inmóvil.

Eran las 15:45 cuando lo sacaron con el cuerpo rígido y amoratado, el vientre hinchado y los ojos vidriosos, signos típicos del ahogado. Lo llevaron al hospital de san Blas, donde el doctor Edgardo La Barba confirmó que Manuelito no tenía latidos cardíacos ni respiración. Fue en ese momento, en que parecía todo perdido para siempre, cuando su madre, muy devota de la beata Madre Maravillas (1891-1974), carmelita descalza española, fundadora de muchos conventos, empezó a invocarla por la salvación de su hijo.

A los pocos minutos, el niño comenzó a expulsar el fango que tenía alojado en los pulmones y en el estómago; y 35 minutos más tarde recobró la frecuencia respiratoria. El niño había pasado más de una hora de parada cardiorrespiratoria, por lo que se suponía que, si vivía, quedaría con graves secuelas neurológicas. Por ello, lo llevaron de inmediato al hospital infantil san Roque de Paraná a 102 kilómetros de distancia, al que llegaron a las 17:22. Allí el niño fue atendido por la doctora Vanegas, quien tampoco dio muchas esperanzas a la familia.

Al día siguiente, a las 6:40 de la mañana, al no haberse detectado complicaciones, le retiraron al niño el respirador artificial. Aproximadamente, a las 8:00 el pequeño se despertó y empezó a llamar a su madre. El 22 de julio fue dado de alta sin ninguna secuela. Los médicos estaban realmente asombrados del milagro, pues un paciente con más de 20 minutos con falta de oxígeno, normalmente tiene una muerte cerebral fulminante. El caso fue difundido por la televisión argentina.

Los médicos de la comisión vaticana estudiaron el caso y lo aprobaron por unanimidad. La beata Madre Maravillas fue canonizada por el Papa Juan Pablo II el 4 de mayo de 2003. Natalia Andrea García Mora

Tenía ocho años de edad y vivía en el barrio Blanquizal de una de las zonas más violentas de Medellín, en Colombia. Era la séptima de los ocho hijos de Julia Ester García Mora, de 33 años, que había quedado viuda cuatro años antes, y que trabajaba como doméstica en varias familias.

Hacia las 5 de la tarde del 1 de setiembre de 1993, la niña Natalia Andrea estaba jugando en su casa con sus amigas Mónica, Erika y Eva, cuando, de improviso, cayó al suelo a causa de un disparo, realizado por una pistola con silenciador a una distancia de unos 5 o 6 metros. Le salía sangre por la boca y respiraba con mucha dificultad. Las vecinas la llevaron hasta la carretera para tomar un coche, que la llevara al hospital.

En ese momento, pasaba en su coche la señora Gloria Amparo Álvarez Arboleda, que la llevó de emergencia al hospital san Cristóbal. La doctora que la atendió, viendo la gravedad del caso, la hizo llevar en ambulancia al hospital pediátrico san Vicente de Paúl. Los exámenes y radiografías descubrieron que la bala había impactado en la columna vertebral. Tenía fractura a la altura de la vértebra D7-D8; había sido dañada la médula espinal, además del pulmón y la columna. El doctor le dijo a la madre que, si quedaba con vida, no podría caminar nunca más.

Al día siguiente, 2 de setiembre, las compañeras de colegio comenzaron a rezar por su curación en unión con sus profesoras, las religiosas escolapias fundadas por Paula de San José de Calasanz (1799-1889). El 10 de setiembre fue operada de la columna y el doctor Carlos María Piedrahita confirmó la pérdida de un 10% de médula ósea. El 20 de setiembre le dieron de alta y tuvo que salir en silla de ruedas con monoplegia del miembro inferior derecho y con parálisis ligera de la pierna izquierda.

La familia de la niña y las religiosas del colegio con las alumnas, rezaban todos los días por su curación a Sor Paula. A fines de setiembre, un día, la niña se había sentado sola al borde de su cama y se había levantado, pues se sentía bien. Desde ese día, está perfectamente sin ninguna rehabilitación previa y lleva una vida completamente normal; corre, juega y sube escaleras como cualquier niño de su edad.

Los médicos del Vaticano certificaron que su caso era un trauma vertebro-medular con lesión parcial de la médula espinal a nivel D7-D10 con grave paraplegia y problemas en los esfínteres. Su recuperación fue muy rápida, completa y duradera, de modo inexplicable y sin rehabilitación. Sor Paula de San José de Calasanz fue canonizada por el Papa Juan Pablo II , el 25 de noviembre de 2001.

Gianna María Arcolino Comparini

Elisabete Comparini, brasileña, tenía tres hijos y quedó nuevamente encinta en 1999, pero la gestación se presentaba difícil. Después de hacerle algunas ecografías, los doctores vieron que la situación se presentaba complicada y sin muchas esperanzas, pues perdía mucha sangre. El 11 de febrero del 2000, a las 16 semanas de gestación, tuvo pérdida completa del líquido amniótico. Los doctores le recomendaron un aborto para evitar riesgos de infección para ella y, por supuesto, para el niño, en caso de que siguiera la gestación. A pesar de algunas tentativas para aumentar el líquido, no hubo ningún resultado positivo. Según los médicos, la posibilidad de supervivencia del niño en esas circunstancias era cero.

La doctora que la atendía, le urgía a abortar al niño, pero ella con su esposo decidieron continuar el embarazo. En esos momentos, apareció en el hospital el obispo diocesano de Franca (Brasil) y los alentó en su decisión, pues él mismo había bendecido su matrimonio. A los pocos minutos, se presentó el padre Ovidio de su parroquia para darle la unción de los enfermos.

El obispo les dio a leer la vida de la beata Gianna Beretta Molla, la doctora italiana, muerta en 1962, después de haber dado a luz a su cuarta hija y no haber querido ser operada para perderla. Es considerada la santa de la maternidad, pues el milagro para su beatificación había sido la curación de una mujer con gravísimos problemas después de haber tenido una operación cesárea. Por todas partes pidieron oraciones y, a pesar de que, humanamente, parecía imposible, la gestación se iba desarrollando bien, hasta que a las 32 semanas, después de haber estado 16 semanas sin líquido amniótico, el 31 de mayo del 2000, fue operada, trayendo al mundo una niña sana con 1.800 gramos. La niña, llamada Gianna María, en honor de la beata Gianna María, ha crecido sana para alegría de todos.

Con motivo de este milagro fue canonizada la beata Gianna Beretta Molla el 16 de mayo del 2004.

Valeria Atzori

La señora María Giovanna Caschili dio a luz el 21 de enero de 1986 a una niña a las 23 semanas de gestación, con un peso de 550 gramos y 30 centímetros de longitud, en la clínica de la universidad de Cagli, en Italia. Los exámenes médicos señalaron que el estado de la niña, bautizada como Valeria, era gravísimo por ser demasiado prematura. Parecía como un conejito sin piel, la piel era roja-gelatinosa y transparente. No tenía respiración autónoma y le tuvieron que administrar oxígeno de inmediato. Según el doctor Franco Chappe las posibilidades de sobrevivir eran mínimas y, en ese caso, con muchas posibilidades de tener daños cerebrales muy importantes. Según su experiencia de 30 años, todos los nacidos antes de las 24 semanas morían inexorablemente después de pocos minutos o de algunas horas.

De hecho, a las pocas horas, se había deshidratado y pesaba 410 gramos. Al día siguiente, a las 10 a.m. empezaron a suministrarle algunos medicamentos como Mucosolvan y Spectrum e intentaron alimentarla con un tubo por vía oral. Pero, debido a ciertos problemas, tuvieron que alimentarla por la vena umbilical con muchas dificultades durante la primera semana y, después, con sonda nasogástrica hasta el tercer mes, en que pudo empezar a tomar el biberón.

A los cuatro meses, el 25 de mayo, ya pudo ser dada de alta con un peso de 2.100 gramos, con buenas condiciones generales de salud sin ningún daño en ninguna parte de su cuerpo.

Le siguieron haciendo exámenes de control a los 12, 18 y 24 meses y todo era perfectamente normal. En 1989 la doctora Melania Puddu y Giuliana Palmas le hicieron exámenes especiales y todos salieron perfectamente normales para su edad. Lo mismo ocurrió, cuando tenía 10 años en 1996.

Para los médicos era inexplicable cómo había podido sobrevivir en aquellas condiciones. La explicación está en que sus padres Giovanna Caschili y Pietro Atzori, habían acudido a la intercesión del siervo de Dios fray Nicola de Gesturi (1882-1958), fraile capuchino muy conocido en la ciudad y muerto en olor de santidad. Los papás se acercaron hasta su tumba para implorar el milagro. Y Dios se lo concedió por su intercesión.

Había nacido muy prematura, con insuficiencia respiratoria y con múltiples paradas respiratorias, doce de las cuales prolongadas, acompañadas de paros cardíacos. Había tenido grave osteoporosis con fractura espontánea del pulso izquierdo y grave infección estreptocócica. Sin embargo, su curación fue completa, duradera y sin consecuencias negativas, lo cual es inexplicable científicamente, según la comisión médica vaticana.

El Papa Juan Pablo II beatificó a Nicola de Gesturi el 3 de octubre de 1999.

Mathew Kuruthukulangara Pellissery

Nació el 9 de julio de 1956 en Irinjalakuda, estado de Kerala, en la India, con una malformación en ambos pies llamada talipes equino-varus. Sus padres, por ser muy pobres, no pudieron llevarlo a operar a otra ciudad. Por este motivo, Mathew se arrastraba apoyándose en las rodillas y en los codos. A los cuatro años pudo ponerse de pie, pero debía agarrarse a algo para no caerse. Solamente a los cinco años pudo empezar a caminar solo, con un andar vacilante, bamboleándose hacia los lados. Por lo cual era objeto de bromas y risas en la escuela.

Los padres habían visitado a una religiosa, tía de la mamá de Mathew, cuando él tenía dos años, y ella les había dado un librito La estigmatizada de Kerala, sobre Sor Mariam Thresia (1876-1926), fundadora de su Congregación, y les sugirió que le rezaran para pedirle la curación del niño. Desde ese día, todos rezaron en familia a Sor Mariam para que lo curara. El padre se comprometió, en caso de que se curara, a mandar celebrar por ella una misa solemne y que toda la familia iría en peregrinación ante la tumba de la sierva de Dios.

El 19 de mayo de 1970, toda la familia comenzó cuarenta días de abstinencia de carne, ayunando los viernes y rezando cada día a la religiosa santa. El día 21 de junio, dice Mathew: Hacia las dos de la mañana vi dos religiosas que estaban junto a mi cama. Una hermana tenía velo negro y la otra velo blanco. La de velo negro se asemejaba a Sor Mariam Thresia, tal como la conocía por fotografía. Me dio masajes en la pierna derecha y me dijo: “levántate, hijo mío, tu pierna está curada”. Después, desaparecieron y he visto que mi pierna derecha estaba enderezada y sana. Llamó urgentemente a toda la familia y todos agradecieron a Sor Mariam, pero continuaron con la abstinencia y el ayuno, porque la pierna izquierda seguía torcida.

Al año siguiente, el 27 de junio de 1971, comenzaron de nuevo a rezar novenas y a hacer ayuno y abstinencia por su total curación. Y el 5 de agosto ocurrió el milagro. Dice la madre: He visto a las dos hermanas, una con velo negro y otra con velo blanco. La de velo blanco parecía ser mi tía Cordula, muerta unos pocos años antes. La hermana de velo negro le dijo: “la pierna de tu hijo está curada. Vete a ver”. La madre se levantó inmediatamente y fue a ver a su hijo, constatando que había curado verdaderamente también de su pierna izquierda.

Toda la familia fue en peregrinación a la tumba de Sor Mariam y publicaron en una revista católica el milagro. Después de 20 años del milagro, varios médicos examinaron a Mathew y comprobaron la normalidad de sus piernas sin ninguna desviación de su columna vertebral.

Este hecho, realizado sin ninguna clase de operación, fue aceptado por la comisión médica del Vaticano como inexplicable científicamente y la hermana Mariam Thresia fue beatificada por el Papa Juan Pablo II el 9 de abril del 2000.

Mateo Pio Colella

Era un niño de siete años, que nació y vivía en San Giovanni Rotondo, la ciudad en la que el famoso santo capuchino Pío de Pietrelcina vivió casi toda su vida. El día 20 de enero del 2000, Mateo había acudido a su colegio en condiciones normales, pero en el transcurso de la mañana, empezó a sentir escalofríos. El papá, urólogo del hospital Casa Sollievo della Sofferenza, fue llamado con urgencia al colegio. Recogió a su hijo y lo llevó al pediatra Mechele Pellegrino para que le hiciera un diagnóstico de la enfermedad. En vista de que estaba empeorando rápidamente, lo llevaron de emergencia al hospital Casa Sollievo della Sofferenza, el hospital fundado por el padre Pío.

Los doctores reconocieron que se trataba de una meningitis fulminante, que no tenía solución. Entonces, empezó una cadena de oración para pedir su curación por intercesión del beato padre Pío. Muchos religiosos capuchinos y mucha gente conocida de la familia comenzaron a orar al beato padre Pío. De modo especial, la madre del niño se acercó a rezar hasta la tumba del beato. Y el niño comenzó a mejorar. De modo que el 6 de febrero le permitieron ver televisión y hasta jugar con su juguete electrónico. Al mes de haberse enfermado, ya pudo ir a la escuela y ponerse al día con total normalidad.

El niño, al despertarse del estado de coma en que se encontraba, le dijo a su madre que había visto al padre Pío, un viejecito con barbas blancas y vestido de capuchino que le dijo sonriendo: Mateo, no te preocupes, pronto curarás.

Lo importante del caso es que, a pesar de haber sido lesionados nueve órganos vitales, no quedó ninguna consecuencia negativa posterior. La comisión médica de la Congregación para la causa de los santos reconoció que era inexplicable para la ciencia y, con la aprobación de este milagro, fue canonizado el beato padre Pío el 16 de junio del 2002 en el Vaticano por el Papa Juan Pablo II.

Ruggero Castriotta

Este niño de siete años, de la ciudad italiana de Manfredonia, se contagió de tifus por beber agua estancada en una fuente de la plaza Duomo. Después de un mes de fiebre continua, empezó a empeorar y le vino una estomatitis ulcerosa en la lengua y las mejillas. Tenía unas llagas a los lados de la lengua de color marrón y la fiebre llegaba a 40. El niño ya no podía hablar ni pasar los alimentos por falta de articulación en la lengua. Su rostro estaba muy pálido y casi no tenía pulso.

El día de Viernes Santo, 26 de marzo de ese año de 1937, el padre lo tomó en brazos y lo sacó a la calle al paso de la procesión, invocando a Cristo la curación de su hijo. A la semana siguiente, la noche del 2 al 3 de abril, el papá tuvo una extraña premonición, mientras rezaba cien Requiem por las almas del purgatorio. Se durmió y, en el sueño, vio a su hijo que nadaba en un lago de sangre. A medianoche, lo llevó a un odontólogo, quien le hizo ver la gravedad del caso. En esa consulta se presentó una hemorragia tan fuerte en la boca durante dos horas que dejó al niño exhausto y con la máxima debilidad.

Lo llevaron de emergencia a la clínica pediátrica de Bari. Allí Sor Josefa Pastore, enfermera profesional, pidió permiso al papá para ponerle al cuello del niño una reliquia de Felipe Smaldone y rezaron un padrenuestro, un avemaría, un gloria y tres Requiem, comenzando una novena al siervo de Dios, fundador de la Congregación de las Salesianas de los Sagrados Corazones, a la cual pertenecía Sor Josefa. Al día siguiente, comenzó una admirable mejoría, expulsando de la boca algunos pedacitos de tejido necrótico y empezando a hablar. El niño pidió de comer carne y pan, pudiendo comerlo sin dificultad. Quedó en el hospital en observación hasta el día 10, en que fue dado de alta en óptimas condiciones de salud.

Los médicos de la comisión vaticana, que estudiaron el caso, consideraron que era inexplicable humanamente que una fuerte hemorragia por lesión de la arteria lingual en un paciente con gravísimo estado de estomatitis úlcero-gangrenosa, complicada con fiebre tifoidea y gran debilidad física, no puede curarse de modo tan rápido y duradero. El Papa beatificó a Felipe Smaldone el 2 de mayo de 1996.

Margit Heim

El 23 de junio de 1986, en un lugar de Baviera, en Alemania, Helga Brugger y su hermana Ángela, junto con Margit Heim, fueron a pasear por el río, que estaba muy crecido por las muchas lluvias de los días precedentes. Quisieron bañarse en un lugar conocido, porque el agua era siempre muy caliente. Hacia las 3,30 p.m., Helga y Margit, ambas de 13 años, se echaron al río a nadar; pero, casi al momento, fueron envueltas en un remolino. Ángela, que estaba en la orilla, se dio cuenta de la gravedad y fue corriendo en bicicleta a casa para pedir ayuda. En el camino encontró al señor Filser, quien telefoneó a la policía a las 3,50 p.m., e inmediatamente una patrulla de los policías fue enviada al lugar.

El policía Schwarzwalder cuenta que sacaron primero a Helga, que estaba muy fría y no reaccionaba. Fue llevada inmediatamente al hospital, donde murió a las 6 de la tarde del mismo día. A las 4,20 p.m. fue rescatada Margit después de 40-50 minutos de estar bajo el agua sin poder respirar. El doctor que la atendió dice que estaba clínicamente muerta; tenía las pupilas dilatadas y no tenía signos de respiración ni de latidos cardíacos. Le hicieron respiración artificial y masajes cardíacos y le suministraron adrenalina. Comenzaron algunos latidos y fue llevada en helicóptero al hospital de Kempten, donde llegó a las 4, 40 p.m. Estaba en coma profundo. El doctor le explicó claramente al papá de Margit que, si sobrevivía, quedaría con graves consecuencias neurológicas. Por eso, hizo llamar al capellán para que le administrara el sacramento de la unción de los enfermos. Mientras tanto, todos los familiares de Margit se unieron en una cadena de oración, a la que se unieron las religiosas franciscanas del monasterio de Kaufbeuren, donde había vivido la beata Maria Crescencia Höss. Varias de las religiosas conocían a Margit, pues frecuentaba la escuela, unida al monasterio. Las religiosas se acercaron a la tumba de la beata Crescencia para pedir la salud de la niña. A los tres días, ya estaba mejor y fue transferida a una clínica especializada en rehabilitación neurológica en Mónaco. El 9 de julio, a los 16 días del accidente, fue dada de alta y regresó al hospital de Kempten, donde se fue recuperando poco a poco hasta octubre, en que comenzó de nuevo sus estudios normales. Varios exámenes que le hicieron en sucesivos años, demostraron que tenía buena salud y una inteligencia superior a la normal. El 23 de junio de 1998, doce años después, los médicos declararon, que había sido completamente curada. Por este milagro, aceptado como inexplicable para la ciencia por la comisión médica del Vaticano, fue declarada santa y canonizada la beata Crescencia Höss por el Papa Juan Pablo II el 25 de noviembre de 2001.

Y DIOS SIGUE SANANDO

El poder de Dios no se ha agotado. En este mismo siglo XXI, Dios sigue obrando maravillas en sus hijos, cuando se acercan a Él con fe y humildad. Pero hay que pedir con perseverancia y con un corazón limpio, libre de odios o rencores. Y hay que acudir al médico. Pues, muchas veces, Dios nos sana por medio del médico y de las medicinas. Hay un dicho antiguo que dice: Dios no hace milagros sin necesidad. Por eso, hay que poner de nuestra parte los medios a nuestro alcance para sanarnos. Como se dice en el libro del Eclesiástico: Hijo mío, si caes enfermo, no te impacientes, ruega al Señor y él te sanará. Huye del pecado y purifica tu corazón de toda culpa. Ofrece incienso y ofrendas... Y llama al médico, porque el Señor lo creó y no lo alejes de ti, pues te es necesario. Hay ocasiones en que logra acertar, porque también él oró al Señor para que le dirigiera en procurar el alivio y la salud para prolongar la vida del enfermo. El que peca contra Dios, caerá en manos del médico (Eclo 38, 9-15).

Aquí Dios pide, en primer lugar, oración humilde para pedir la salud; después, que nos purifiquemos de todo pecado. Esto lo podemos hacer muy bien por medio de una buena confesión. Después, se nos pide incienso y ofrendas, es decir, oración y ofrendas, limosnas para el templo y para los pobres, compartir nuestros bienes con los demás. Y, por último, se nos dice que vayamos al médico, pues muchas veces Dios nos cura por medio de él.

Dios también cura por medio de médicos del alma, a quienes ha regalado el don de sanación y que, con el poder de Dios y en su nombre, realizan maravillas. En ellos, Jesús cumple su promesa: El que crea en Mí impondrá las manos sobre los enfermos y éstos quedarán sanos (Mc 16, 18). He conocido a sacerdotes extraordinarios con un maravilloso ministerio de sanación de enfermos como el padre Emiliano Tardif, Roberto DeGrandis, James Manjackal, Giovanni Salerno, Darío Betancourt, la hermana Briege McKenna...

La Madre Briege McKenna ha escrito un libro Los milagros sí ocurren, donde relata casos de curaciones extraordinarias, producidas por la fe. Dice. Un día me llevaron a un niño que sufría de quemaduras muy severas y de ampollas en todo su cuerpo. Recuerdo haber pensado: ¡Dios mío, no hay realmente nada que hacer! Está muy mal. No tenemos médicos ni medicinas aquí. Oramos por el pequeño y, después, el sacerdote le dijo a la anciana mujer que lo había llevado a la misa: “Déjalo ahí y comencemos la celebración de la misa”... Al terminar la misa, fui a ver cómo estaba el niño. Lo habían colocado debajo de la mesa, que sirvió de altar, pero ya no estaba ahí. Yo le pregunté a la mujer: ¿Dónde está? Ella me señaló un grupo de niños que jugaban ahí cerca. Vi al niño y se veía muy bien. No había nada malo en él. Y le pregunté: ¿Qué le pasó? Y la anciana me miró y me dijo: “¿Cómo que qué le pasó? ¿Acaso no vino Jesús?”.

Otro caso. Hace algún tiempo, me pidieron que fuera al hospital para orar por un niñito que estaba en coma. El niñito tenía cáncer al cerebro y había muy poca esperanza para él.

Cuando entré ese día hice una oración muy corta, porque estaba en camino al aeropuerto. Ese mismo día oré por otro niño que tenía un tumor al cerebro. Los padres estaban muy desilusionados, porque yo tenía tanto apuro. Y les expliqué que no necesitaban angustiarse, porque el Señor estaba allí y aunque la oración sea corta, su poder siempre está presente.

No tuve noticias de los niños hasta cinco meses más tarde. Yo estaba de vuelta en esa región dando una enseñanza y llegó una señora con un niñito, diciendo: “Este es Daniel”. Yo no podía recordar quién era Daniel. Entonces ella me contó que era el niñito que por cinco u ocho meses había estado en coma. Me dijo que habían estado muy desilusionados esa mañana, porque parecía que no había sucedido nada. Y me dijo: “Nos preguntábamos si había valido la pena llamar a la hermana”.

Pero, con gran sorpresa de ella, a la mañana siguiente, cuando llegaron ella y su marido, el niño había salido del coma y, poco a poco, fue ganando fuerzas. Terminó diciendo: “Hermana: aquí está Daniel”. Daniel, que había estado paralizado, estaba ahora corriendo por ahí y era un niño feliz.

El otro niño que tenía un tumor en el cerebro, fue llevado a ser operado menos de quince minutos después que pusimos las manos sobre él. Pero no lo pudieron operar, porque el tumor estaba en un lugar muy peligroso. Había pocas esperanzas de vida, sin embargo el tumor comenzó a reducirse y a las pocas semanas estaba del tamaño de la cabeza de un alfiler. Hoy día, también está sano ese niño.

Diego Carvajal da su testimonio en la revista Alabanza: Llevábamos tres meses de casados y mi esposa estaba encinta. Nos queríamos tanto que sólo pensábamos en poner nuestro amor al servicio de Dios. La alegría por la noticia de nuestro hijo se extendió por toda la familia y amigos como una explosión y dábamos gracias a Dios constantemente.

Llegó el momento de la primera ecografía. Era el 19 de octubre. La doctora dijo: Tiene pliegue nucal positivo y alto. ¿Han pensado en hacer una amniocentesis? Yo la recomiendo, pues este niño viene con síndrome de Down o con alguna alteración cromosómica y, cuanto antes lo sepan, podrán decidir. No entendíamos nada. ¿Nuestro hijo con síndrome de Down? ¿Nos estaba hablando de abortar? Nos pasaron inmediatamente con una doctora para que nos explicara en qué consistía la amniocentesis. Casi nos aseguraba que el niño venía con síndrome de Down y que, después de los resultados, podríamos “interrumpir” el embarazo. Otra vez la muerte. Pasamos a una tercera doctora, que le practicó un “screening” (prueba química que determina el nivel de alfafetoproteína en la sangre). Esta prueba fue positiva y ella también nos habló de “interrumpir” el embarazo.

Quisimos conocer otra opinión facultativa y el 23 fuimos a un ginecólogo privado, que no hizo más que corroborar las anteriores opiniones, sabiendo además que, en los cuatro días transcurridos, el pliegue nucal había aumentado de 4,7 mm a 5,4 mm. Pero la preocupación fue mayor, porque vio dos manchitas en el cerebro que podían borrarse o convertirse en una hidrocefalia... Y nos dijo: “Son jóvenes y pueden tener otros hijos”. Esto no es más que un accidente. ¿Mi hijo un accidente? ¿Otra vez nos hablaba de matar a nuestro niño?

El 24 de octubre fuimos al templo de María Auxiliadora a ver al padre Jaime Burke. Le contamos todo y le pedimos humildemente que orase por nuestro bebé. Nos abrazó y tras aquella oración sentimos una paz inmensa... Llegó la prueba definitiva el 30 de octubre. Estábamos muy nerviosos, pero dijimos: “Señor, hágase tu voluntad”. Después de la consulta, mi esposa salía riéndose. Los médicos no se explicaban qué había ocurrido, pero al niño le había desaparecido el pliegue nucal y el cerebro estaba perfectamente. Le hicieron otra segunda ecografía, porque los médicos no entendían lo que estaba pasando, y todo salió perfectamente bien... Y el niño nació totalmente sano. El Señor necesitaba a nuestro hijo para hacer sus prodigios, para que los médicos se maravillasen, para que los que creemos lo aclamemos como nuestro único Dios y Señor, para que creamos en su Amor incondicional. Amén. Aleluya.

He conocido casos de sanación extraordinaria por medio de la oración. En una oportunidad oramos en el grupo de oración carismático por un taxista que tenía cáncer al colon, y al mes siguiente, los médicos se quedaron asombrados de su curación.

Un día tomé un taxi en Lima y el taxista me dijo que hacía doce años había estado al borde de la muerte. Tenía cáncer al hígado. No podía comer; porque no asimilaba nada y había perdido unos treinta kilos. Sólo tenía piel y huesos, pesaba unos 45 kilos. Los médicos dijeron a sus familiares que no había nada que hacer y decidieron llevárselo a morir a su casa. Al sacarlo del hospital lo llevaron a la misa de sanación del padre Manuel Rodríguez, claretiano, de la parroquia de san Miguel arcángel. El padre se acercó a él, oró especialmente por su salud, viéndolo tan demacrado en su silla de ruedas... Y, a partir del día siguiente, comenzó a comer. Al mes, volvió al hospital para que se le hicieran algunos exámenes y el cáncer había desaparecido por el poder de Dios. Todavía sigue vivo y dando testimonio para gloria de Dios.

El padre Giovanni Salerno, del que ya hemos hablado, cuenta muchos casos de sanaciones extraordinarias. Dice:

Durante mis años de misionero he visto muchos milagros. Hablo de milagros extraordinarios, no sólo de curaciones de enfermedades o traumas que necesitaban de una intervención quirúrgica. Jamás olvidaré el caso de Justo, quien cayendo del caballo se había roto la espina dorsal. El curandero lo curaba con orines sedimentados, mezclados con hojas de coca. Y esto, durante dos largos meses. ¡Es fácil imaginarse la infección que resultó!... En la espina dorsal de Justo hormigueaban los gusanos. Le faltaban al menos tres kilos de carne: sus muslos habían desaparecido completamente, consumidos por la enfermedad. En su lugar, había como una caverna... Preferí no tocarlo en absoluto. Dije: “No puedo hacer nada. Si tienes fe (le dije a su madre), Dios te ayudará”. Y ella me dijo: “¿Qué tengo que hacer para tener fe y conseguir este milagro? Ya no tengo nada: el curandero ya se ha llevado mis gallinas y mis cuyes”. Para conseguir el milagro, le dije, sólo debes pedírselo a Dios: no se necesita dinero ni animalitos, sino solamente rezar con fe. Reza tres Avemarías, pidiéndole a la Virgen Santísima que te haga el milagro...

A los tres días, fui a visitarlo y ¡cuál no sería mi asombro, cuando constaté que Justo tenía abundante carne, donde antes sólo se veía una especie de caverna! Y era carne tierna y rosada como la de un recién nacido. Me quedé boquiabierto, preso de escalofrío. Al quinto día, Justo volvió a su condición de salud más que normal.

- Teodosia tenía un brazo roído por la uta, un tipo de lepra que despedía un olor pestilente. Yo había preparado el instrumental quirúrgico para amputárselo y me decía a mí mismo: ¿Qué hago? Amputándole el brazo la volveré aún más pobre. Entonces, con miras a ganar un poco de tiempo para decidir mejor cómo proceder, le dije: Mañana vienes para que te haga la operación de amputarte el brazo. Al despedirme, le dije: “¿Por qué no le pides a la Virgen María que te haga el milagro?”. Ella me preguntó: ¿Qué debo hacer? Le di un poco de agua santa de Lourdes, diciéndole: “Tómala y, durante la noche, pídele a la Virgen María que te haga este milagro”. Al día siguiente, la estuve esperando, decidido a amputarle el brazo... De pronto, escuché una algarabía creciente en las afueras del dispensario. Era Teodosia, que, inconteniblemente feliz, enseñaba su brazo a los demás enfermos que la rodeaban y les decía: “Miren mi brazo. Hasta ayer lo han visto cómo se caía a pedazos y apestaba. Ahora está sano”. Y sobre sus hombros cargaba un corderito como regalo.

- Un día llegué a Coyllurqui al anochecer. Me trajeron a un cabo de la guardia civil tendido sobre una camilla improvisada. Los parientes que lo cargaban, me dijeron que, desde hacía ocho días, no comía y que echaba continuamente sangre por la boca. También en mi presencia siguió arrojando sangre hasta llenar una vasijita. Estaba realmente muy grave y yo no tenía medicinas ni siquiera para cortar la hemorragia...

La mujer del enfermo me suplicaba que hiciera todo lo posible para salvarlo. Entonces, tuve que hablarle muy claro, diciéndole que se necesitaba un milagro de la Virgen María para poderlo curar. Debo decir que, curando a los enfermos, he recurrido siempre mucho a la medalla milagrosa y también en este caso les hablé al enfermo y a su mujer de las grandes gracias que la Virgen Santísima concede a los que con mucha fe llevan consigo su medalla milagrosa. Viendo la viva fe de los dos, puse la medalla milagrosa al cuello del enfermo y, junto con su esposa, recitamos tres avemarías.

Hacia la medianoche, un fuerte estruendo, proveniente de la verja del dispensario, me despertó sobresaltado, mientras un extraño calor inundaba mi habitación. Me levanté a toda prisa para comprobar qué había sucedido, pero pensé que lo que había provocado aquel estruendo podía haber sido uno de los hijos del enfermo al visitar a su padre.

A la mañana siguiente, fue grande mi asombro, cuando lo encontré sentado sobre la cama. ¡Estaba comiendo un buen trozo de pollo! Con calma me contó que hacia medianoche, la Señora representada en la medalla milagrosa le había visitado y le había tocado la frente y él había sanado inmediatamente. Más adelante quiso que le diera una gran cantidad de aquellas medallas para dar a conocer a todos el poder misericordioso y materno de la Virgen María. ¡Cuántos kilos de medallas milagrosas hemos repartido entre los pobres! Podría narrar muchos otros prodigios obrados por la Virgen Santísima por medio de la medalla milagrosa, cuando ésta se lleva puesta con mucha fe.

REFLEXIONES

Los milagros existen, aunque algunos no crean en ellos. Para los ateos y agnósticos, que no creen en lo sobrenatural, ningún milagro estará bien documentado para ser creído. O simplemente dirán que hay que esperar a que la ciencia avance un poco más para poder explicar en el futuro lo inexplicable de hoy. Ellos nunca aceptarán ningún milagro, porque para ellos no puede existir. Según ellos, las leyes naturales son inmutables y, por tanto, no admiten excepciones. Y, si en algún caso, pareciera que las hay, es que no se conoce suficientemente las leyes naturales o las causas que han realizado el hecho excepcional.

Pero la verdad es que ni ahora ni nunca se podrá explicar naturalmente que una pierna pueda aparecer de un momento a otro, después de haber sido cortada dos años y medio antes, como es el caso del gran milagro de Calanda realizado por la Virgen del Pilar a Miguel Juan Pellicer el 29 de marzo de 1640.

El doctor Augusto Vellet, gran conocedor del santuario de Lourdes, dijo: La medicina no conoce ninguna enfermedad que al menos una vez, no haya tenido en Lourdes una curación instantánea y verificada por las comprobaciones científicas de la Oficina médica internacional. Hasta ahora esta Comisión médica internacional ha reconocido como inexplicables para la ciencia 67 casos de entre los miles de personas que cada año se consideran curadas por intercesión de la Virgen en Lourdes. Nosotros hemos presentado en este libro algunos milagros reconocidos como inexplicables para la ciencia por la Comisión médica del Vaticano y que han servido para la beatificación o canonización de algunos siervos de Dios. Pero hay muchísimos más.

Los milagros existen y, para realizarlos, Dios nos pide una fe sencilla y humilde. Por eso, ante cualquier problema grave de nuestros familiares, sea de salud o de otra naturaleza, acudamos con fe a Dios y organicemos una cadena de oración para que haya más fuerza en la petición. Oremos y dejemos el resto a Dios, aceptando, de todos modos, que se cumpla en nosotros su santa voluntad. CONCLUSIÓN

Después de haber visto algunos casos de niños sanados milagrosamente por el poder de Dios, podemos decir que muchos niños enfermos sanan, porque sus padres o familiares rezan por ellos. En cambio, muchos niños mueren, porque sus padres no rezan. ¡Cuántos niños habrán muerto, que podrían haber vivido, si hubieran tenido unos padres más cristianos! Y ¡cuántos siguen vivos, por haber tenido la gracia de tener unos padres cristianos!

La conclusión es clara, hay que creer en Dios y en su poder. Dios hace milagros en la medida de nuestra fe y confianza en Él. No necesitamos ser santos o cambiar de vida para orar por la salud de otros. Solamente necesitamos creer en el poder de Dios. Jesús ha dicho: El que cree en Mí, impondrá las manos sobre los enfermos y éstos quedarán sanos (Mc 16, 18).

Lo único que se requiere es fe y perseverancia en la oración, pues no necesariamente Dios nos va a dar lo que le pedimos de inmediato. Él tiene su horario. A veces, Dios no sana al enfermo o no concede lo que le pedimos, porque tiene otros planes para él. De ahí que san Agustín decía: A veces, Dios no nos da lo que le pedimos sino lo que deberíamos pedir. Por eso, hay que aceptar la voluntad de Dios, aunque no coincida con nuestros deseos. Pero algo imprescindible es saber perdonar, porque Dios no puede oír nuestra oración, si guardamos resentimiento hacia a alguien en nuestro corazón.

En resumen, oremos con fe y perseverancia, sin guardar rencor para nadie, y veremos muchas maravillas de Dios en nuestra vida.

Que Dios te bendiga. Saludos de mi ángel.

P. Ángel Peña O.A.R. Parroquia La Caridad Pueblo Libre LIMA - PERÚ BIBLIOGRAFÍA

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