La Misa, una Fiesta con Jesús

Libro del Padre Angel Peña O.A.R.

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LA MISA, UNA FIESTA CON JESÚS

Nihil Obstat P. Ignacio Reinares Vicario Provincial del Perú Agustino Recoleto

Imprimatur Mons. José Carmelo Martínez Obispo de Cajamarca (Perú)

ÁNGEL PEÑA O.A.R. LIMA - PERÚ ÍNDICE GENERAL

INTRODUCCIÓN

PRIMERA PARTE: LA MISA La misa. El domingo La comunión

SEGUNDA PARTE: LA MISA PASO A PASO Anotaciones previas. Ritos iniciales: Entrada y saludo. Acto penitencial Gloria Oración colecta Liturgia de la palabra Lecturas y salmo. Evangelio-Homilía. Credo o profesión de fe. Oración a los fieles-oración universal. Liturgia eucarística. Presentación de las ofrendas. La limosna o donación. Lavatorio de las manos. Orad hermanos y oración. Prefacio y Santo. Plegaria eucarística. Rito de la comunión Padrenuestro. Rito de la paz. Fracción del pan. Comunión del sacerdote y del pueblo. Oraciones antes o después de la comunión. Rito de conclusión. Oración después de la comunión. Bendición final. Canto de despedida.

TERCERA PARTE: REFLEXIONES Reflexiones. Testimonios. Testimonio de Catalina Rivas. Glosario. CONCLUSIÓN

BIBLIOGRAFÍA

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Nota: EE se refiere a la encíclica Ecclesia de Eucharistia. DD hace referencia a la carta apostólica Dies Domini. OGMR hace relación a la Ordenación General del Misal Romano. INTRODUCCIÓN

Vivir la misa con Jesús es hacer de cada misa una fiesta con Él. Encontrarnos con el Rey del universo, con nuestro Dios y Señor, debe ser para todo cristiano una gran fiesta. No puede haber en el mundo otra fiesta semejante a esta. Por eso, reviste la máxima importancia asistir a misa, no por compromiso social o familiar, no por cumplir simplemente, sino por amor.

Cuando asistimos por amor a Jesús y con la esperanza de encontrarnos con Él, entonces la misa deja de ser algo aburrido que no comprendemos. Incluso, si por circunstancias ajenas a nuestra voluntad, no se oye bien o el sacerdote dice las oraciones con poca devoción, nuestro encuentro Jesús está asegurado, porque no depende de los demás, sino de nuestra propia actitud y devoción hacia Jesús.

Vale 1a pena hacer cualquier esfuerzo y sacrificio para asistir a misa y comulgar. Vale la pena ir bien vestidos y preparados para este gran encuentro. Vale la pena asistir a misa cada día, para recibir a Jesús y celebrar una fiesta con Él en nuestro corazón.

Te deseo una vida cristiana rebosante de amor y de alegría con Jesús. Hasta los más graves problemas pueden ser superados con Él; pero sin Él todo será tristeza y vacío. Levántate, hermano mío, mira hacia Jesús, que te espera en la Eucaristía, y dile: Señor, aquí estoy para servirte y amarte con todo mi corazón.

PRIMERA PARTE

LA MISA

En esta primera parte, queremos hacer unas reflexiones sobre lo que es la misa y la importancia de la misa dominical en la vida de cada cristiano. Igualmente, la comunión es sumamente importante, pues la misa sin comunión quedaría incompleta.

LA MISA -41 La misa es el memorial de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Memorial es hacer vivo y real entre nosotros, ahora, un acontecimiento salvífico que tuvo lugar en tiempos pasados. El sacerdote en la misa actualiza, renueva y realiza eficazmente la obra de la Redención: la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Por eso, decimos que la misa es el memorial de la Redención. Pero ¿cuál es la esencia de la Redención? El ofrecimiento que Jesús hizo de sí mismo al Padre desde el primer momento de su existencia y que tuvo su punto clave y culminante en la cruz. Por eso, en sentido estricto, podemos decir que la misa es el ofrecimiento que Jesús hizo de sí mismo en la cruz, derramando su sangre por nosotros. Pero de modo más amplio, podemos decir que la misa es el ofrecimiento que Jesús hizo de sí mismo en cada momento de su vida y que sigue haciendo hasta el fin del mundo.

Un momento trascendental de este ofrecimiento tuvo lugar en la Última cena, que fue un ofrecimiento total con la transustanciación del pan y del vino, que representaban a su cuerpo y a su sangre. Por eso, nuestras misas, celebradas por un sacerdote, son incruentas como la Última cena, pero en las que también hay un ofrecimiento total de Cristo con la transustanciación del pan y del vino.

La misa de la Última cena se celebró en el contexto de una cena familiar. Por eso, nuestras misas deben ser también familiares como una cena familiar entre hermanos para disfrutar de la alegría de la presencia viva de Jesús vivo y resucitado. Pero para que nuestra misa sea realmente bien vivida y no seamos meros espectadores, debemos ofrecernos con Jesús al Padre por la salvación del mundo.

Vivir la misa es vivir íntimamente la unión con Jesús, amarlo hasta hacernos UNO con Él, especialmente en el momento de la comunión. Vivir la misa es hacer de nuestra vida entera una misa de amor por el continuo ofrecimiento de todo lo que somos y tenemos a Jesús, empezando por nuestra propia voluntad.

Jesús y la misa son dos realidades íntimamente unidas. La misa es Jesús, ofreciéndose al Padre. Jesús, en cuanto tal, como hombre y como Dios, tiene que ofrecerse constantemente al Padre para cumplir su misión. De ahí que Jesús y la misa no pueden separarse. Podemos decir que no hay más que una sola misa, la misa de Jesús. La misa celebrada por los sacerdotes no es más que la actualización, aquí y ahora, de la misa permanente de Jesús.

Algunos autores, en vez de decir que el sacerdote hace presente o actualiza el sacrificio de Cristo, prefieren decir que el sacerdote se hace presente aquí y ahora al único sacrificio de Cristo que se prolonga a lo largo de los siglos.

Para poner un ejemplo, nosotros solemos decir que el sol sale todos los días, pero el sol no sale, está aquí, es la tierra la que va a su encuentro, la que se hace presente a él y así participa cada día de sus beneficios. De la misma manera, podemos decir que el sacerdote en cada misa nos lleva, nos hace presentes a ese único sacrificio de Cristo, que ya está ahí permanentemente, al igual que el sol, pero que no podemos disfrutarlo hasta que se celebra la misa aquí y ahora por medio del sacerdote.

Muchos autores dicen que la misa es el memorial del infinito amor de Dios. Una hermosa definición que quiere decir que el amor infinito de Dios se hace presente entre nosotros en el momento de la celebración de la misa por el sacerdote, de modo que Dios derrama su infinito amor sobre nosotros por medio del Espíritu Santo. El Espíritu Santo realiza en la misa la transformación del sacerdote en Cristo. Durante la misa, el sacerdote podría decir: Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (Gal 2, 20). Entre los dos hay una especie de transustanciación, pues Cristo se apodera de todo su ser para poder celebrar con él y en él.

El Papa Juan Pablo II decía que el sacerdote celebra la misa in persona Christi (en la persona de Cristo), que quiere decir más que en nombre de o en vez de Cristo. En persona quiere decir, en la identificación específica sacramental con el sumo y eterno sacerdote que es el autor y el sujeto principal de su propio sacrificio en el que, en verdad, no puede ser sustituido por nadie.

El sacerdote en la misa es ministro de Cristo y le presta a Jesús su cuerpo, sus manos, su voz…, para celebrarla. De aquí se comprende cuán santo debe ser el sacerdote al celebrar la misa y cuán puro debe ser de alma y cuerpo para unirse a la víctima divina y ser UNO con Él. ¿Podemos imaginar cómo se sentirá Jesús al unirse a un sacerdote que está muerto por dentro por el pecado y es un cadáver ambulante? ¿O a un sacerdote indiferente que no es consciente de lo que hace, celebrando sin fe y sin amor?

También los fieles deben vivir su misa, uniéndose a Jesús y ofreciéndose con Él por la salvación del mundo. Deben asistir participando con Jesús y uniéndose a Jesús para ser UNO con Él en la comunión. Y deben vivir esta unión, siendo lo más puros posible en cuerpo y alma.

Jesús en cada misa se acerca a nosotros humilde y sencillo bajo la apariencia de un pequeño pedazo de pan. En la primera Navidad se presentó bajo la apariencia de un niño pequeñito, que lloraba y tenía frío. Y quiere que lo recibamos con mucho amor, como María y José, y como los pastores y los magos hace dos mil años.

Jesús viene a nosotros en cada misa, y con Él viene el Padre y el Espíritu Santo. También le acompaña María y José como aquella noche de Navidad. Incluso, se hacen presentes para adorar a Jesús todos los santos y ángeles del universo. Y también toda la humanidad y toda la creación.

Todas las criaturas, desde las más remotas estrellas hasta los más diminutos seres vivientes o inanimados, todo está presente, porque Jesús es el centro del universo y el punto de concentración de todo y de todos. No olvidemos que la misa es cósmica y universal, abarcando todos los tiempos y lugares. Lo dice el Papa Juan Pablo II: la misa tiene un valor cósmico, porque también, cuando se celebra sobre el pequeño altar de una iglesia en el campo, la Eucaristía se celebra en cierto sentido sobre el altar del mundo. Ella une el cielo y la tierra. Abarca e impregna a toda la creación (EE 8)

El lugar donde se celebra la misa se convierte en ese momento en el punto central de todo el universo, de la humanidad entera y del cielo. Cristo, en la misa, está recapitulando todas las cosas del cielo y de la tierra (Ef 1,10). Por eso, decía san Juan Crisóstomo: Aquí esta el cielo.

¿Nos damos cuenta lo que significa que la misa es el cielo en la tierra? Cuando vamos a misa, deberíamos decir: Vamos al cielo. Por ello, debemos prepararnos bien para el gran encuentro con Jesús, asistiendo con tiempo, no llegando tarde, sintiéndonos felices de poder colaborar en algo (recogiendo las ofrendas, leyendo una lectura, etc.) Y viniendo bien vestidos, de modo digno y decente; sobre todo, si vamos a comulgar.

Por esto mismo, cuando se celebra la misa con el permiso correspondiente en alguna casa o lugar público, hay que preparar una mesa digna, con manteles limpios, velas, flores y todo aquello que pueda realzar la solemnidad de la misa, que es un encuentro y una fiesta con Jesús.

El domingo

Es un día de fiesta y de alegría para el cristiano. Es un día de descanso, un día para estar con la familia, y para orar y dar gracias a Dios, ayudando a los hermanos. En este día de descanso, la familia y Dios deben estar unidos: descansar para estar en familia y para ir juntos a celebrar 1a alegría de la resurrección de Jesús a la misa dominical. Por eso, hay que hacer del domingo, día del Señor, el día grande de los cristianos. Un cristiano sin la misa del domingo no puede ser un buen cristiano. El domingo no hay que confundirlo con un día de descanso y diversión. Y los que no pueden asistir por trabajo o enfermedad o cualquier causa grave, pueden oír misa por radio o televisión.

También es importante anotar que el domingo, además de ser un día para la familia, debe ser día de fraternidad, pensando en los hermanos más necesitados.

Decía el Papa Juan Pablo II: ¿Por qué no dar al día del Señor una mayor insistencia en el compartir, poniendo en juego toda la creatividad de que es capaz la caridad cristiana? Por ejemplo, invitar a comer a alguna persona sola, visitar enfermos, proporcionar comida a alguna familia necesitada, dedicar alguna hora a iniciativas concretas de voluntariado y de solidaridad. Éstas serían, ciertamente, algunas maneras de llevar a la vida la caridad de Cristo, recibida en la mesa eucarística (DD 72).

Jesús nos invita a su fiesta cada domingo, nos invita a su cena, a la cena del Señor, que es la Eucaristía. Por ello, nos dice: He aquí que estoy a la puerta y llamo. Si alguno me abre, entraré a él y cenaré con él y él conmigo (Ap 3,20) ¿Le diremos que estamos demasiado ocupados o que tenemos cosas más importantes que Él? En la Didascalia, escrito del siglo III, se dice: Dejad todo el día del Señor y corred con diligencia a vuestras asambleas. ¿Qué disculpa tendrán ante Dios aquellos que no se reúnen en el día del Señor para escuchar la palabra de vida y nutrirse con el alimento divino, que es eterno?

En el código canónico se nos dice que el domingo y las demás fiestas de precepto, los fieles tienen obligación de participar en la misa (c. 1247). Esta ley se ha entendido normalmente como una obligación grave: es lo que enseña también el Catecismo de la Iglesia católica (DD 47) También la Iglesia recomienda a los fieles comulgar, cuando participan en la misa, con la condición de que estén con las debidas disposiciones y no sean conscientes de estar en pecado grave. En este caso, deben primero recibir el perdón de Dios mediante la confesión (DD 44).

La misa del domingo es el centro mismo de la vida cristiana. El Papa Juan Pablo II aconsejaba: No tengáis miedo de dar vuestro tiempo a Cristo. Sí, abramos nuestro tiempo a Cristo para que Él lo pueda iluminar y dirigir. El tiempo ofrecido a Cristo nunca es tiempo perdido, sino más bien ganado para la humanización de nuestras relaciones y de nuestra vida (DD 7).

Los fieles que por enfermedad, incapacidad o cualquier causa grave se ven impedidos, procuren unirse de lejos y del mejor modo posible a la celebración de la misa dominical, preferiblemente con las lecturas y oraciones previstas en el misal para aquel día, así como con el deseo de la Eucaristía. En muchos países, la televisión y la radio ofrecen la posibilidad de unirse a una celebración eucarística, cuando ésta se desarrolla en un lugar sagrado. Obviamente, este tipo de transmisiones no permite de por sí satisfacer el precepto dominical que exige la participación en la asamblea de los hermanos mediante la reunión en un mismo lugar y la consiguiente posibilidad de la comunión eucarística. Pero para quienes se ven impedidos de participar en la Eucaristía y están, por tanto, excusados de cumplir el precepto, la transmisión televisiva o radiofónica es una preciosa ayuda, sobre todo si se completa con el generoso servicio de los ministros extraordinarios que llevan la Eucaristía a los enfermos, transmitiéndoles el saludo y la solidaridad de toda la Comunidad (DD 54).

No olvidemos que la misa es una asamblea de hermanos reunidos para escuchar la palabra de Dios y celebrar la Eucaristía con Cristo, ofreciéndose con Él al Padre y uniéndose a Él en la comunión. Es un tiempo de amor con Jesús, que produce una inmensa alegría y, por eso, podemos decir que es una fiesta con Jesús. Vale la pena dejarlo todo para asistir a la misa. Es el mejor tiempo empleado de la vida.

Juan Pablo II decía: ¡No temáis! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo! (DD 7). Gritad con todas las fuerzas de vuestra vida en silencio, pero de todo corazón: Por Cristo, con Él y en Él, a Ti Dios Padre omnipotente en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos. Amén. Que estas palabras sean para nosotros como un canto de amor y de alabanza que debe resonar con fuerza en cada misa para expresarle a Jesús nuestra entrega total. Un canto que debe continuar durante todo el día y todos los días, como expresión de nuestro amor y de nuestra entrega.

Por consiguiente, no nos perdamos ninguna misa, pues una misa que se pierde, se pierde para toda la eternidad. Las gracias que podíamos haber recibido nunca las podremos recibir.

La comunión

El momento de la comunión es el momento más sublime para nosotros, porque es el momento de mayor cercanía y encuentro con Dios trino por medio de Jesús, el hombre Dios. Es el momento de mayor identificación con Jesucristo. Durante los momentos en que las especies eucarísticas están presentes en nosotros, hay entre Jesús y nosotros una identificación plena; sobre todo, si el alma esta abierta a Dios con el alma en gracia. De ahí que hay que darle a la comunión la máxima importancia. Según la Ordenación General del Misal Romano, la comunión es una participación en el sacrificio que se está celebrando (Nº 85).

No se puede comulgar simplemente por costumbre o por compromiso social. No se puede recibir el abrazo de Jesús y estar indiferentes. Comulgar es unirnos totalmente a Cristo, de modo que nuestro pequeño ser humano, durante esos momentos, está inmerso en el infinito ser de Dios, algo así como un pez que está metido en el océano del amor de Dios. ¿No sientes nada? No importa, debes tener fe. Debes ver a Jesús con los ojos del alma y creer que es el mismo Jesús de Nazaret que hace dos mil años perdonaba a los pecadores, bendecía a los niños y sanaba a los enfermos. Por eso, el mejor momento para pedir cualquier cosa o para sanarnos es el momento de nuestra unión con Jesús en la comunión. Es el momento clave de cada día y de toda nuestra vida. No nos acostumbremos a comulgar, no vayamos a comulgar por rutina y sin preparación. Y, si vemos que alguien por ignorancia o malicia comulga por comulgar, procuremos que alguien le llame la atención y le haga entender la gravedad de su acción.

Como decía el Papa Pablo VI: Debemos estar vigilantes para que este gran encuentro en la Eucaristía no se convierta para nosotros en un acto rutinario y no lo recibamos indignamente, es decir, en pecado mortal. Decía santa Magdalena Sofía Barat: Una comunión es infinitamente más preciosa que todo lo creado. Santa Margarita María de Alacoque afirmaba: Deseo tanto recibir la comunión que, si tuviera que caminar descalza por un sendero de fuego a fin de obtenerla, lo haría con indecible gozo. Santa Teresa de Jesús confiesa: Me vienen unas ansias de comulgar tan grandes que no sé si podría encarecer. Acaecióme una mañana que llovía tanto que no parece se podía salir de casa. Yo estaba tan fuera de mí con aquel deseo que, aunque me pusieran lanzas en los pechos, me parece entraría por ellas, cuanto más agua. Cuando llegué a la iglesia dióme un arrobamiento grande… Comulgué y estuve en misa que no sé cómo pude estar y vi que eran dos horas las que había estado en aquel arrobamiento y gloria.

En la Iglesia primitiva se consideraba la comunión como parte integrante de la Eucaristía. Esta costumbre duró hasta el siglo IV aproximadamente. Durante un tiempo fue costumbre celebrar la misa sólo el domingo. En este período los fieles podían llevar el pan consagrado a sus casas y darse ellos mismos la comunión todos los días antes de tomar los alimentos. ¿Se imaginan poder vivir bajo el mismo techo de Jesús y tener en la casa a Jesús Eucaristía?

Conozco una señora italiana que tiene permiso de su obispo y me ha confiado que del sagrario de su capilla sale un perfume sobrenatural que sorprende a todos los que visitan su casa. Es algo inexplicable desde el punto de vista humano. Otro amigo español tiene también este privilegio y se levanta temprano para poder estar tres horas seguidas de oración ante Jesús sacramentado, que es el amor de su vida.

Y tú ¿comulgas cada domingo? Actualmente, se puede comulgar hasta dos veces al día en dos misas distintas. Los que reciben la comunión en la mano, deben hacerlo con todo el respeto que Jesús se merece: Tener las manos limpias, colocar una mano sobre la otra para hacer una pequeña cuna a Jesús y, después, delante del sacerdote o a su costado, recibir la comunión inmediatamente, cuidando de que no caiga al suelo ninguna partícula. A este respecto, decía san Cirilo de Jerusalén en el siglo IV: Si alguno te diera limaduras de oro, ¿no las guardarías con sumo cuidado? ¿Y no procurarás con mucho mayor cuidado que no se te caiga ninguna partícula de lo que es más precioso que el oro y que las piedras preciosas?. De ahí que sea tan importante que, al dar la comunión, se tenga una bandejita debajo de la barbilla. Así lo determinó Pablo VI en la Constitución apostólica Misal romano Nº 117: El que comulga, responde Amén y recibe el sacramento, teniendo la patena (bandeja) debajo de la boca. -

En conclusión, procuremos no perder ninguna comunión, porque una sola comunión vale más que todo el universo y, esos momentos de unión con Jesús, son más eficaces para nuestro crecimiento espiritual que todo el oro del mundo.

SEGUNDA PARTE

LA MISA PASO A PASO

En esta segunda parte, vamos a ir, paso a paso, considerando cada una de partes de la misa para poder entenderlas y poder vivirlas con más plenitud.

ANOTACIONES PREVIAS

En la misa o cena del Señor el pueblo de Dios es congregado bajo la presidencia del sacerdote, que actúa en la persona de Cristo, para celebrar el memorial del Señor o sacrificio eucarístico... Cristo está realmente presente en la misma asamblea congregada en su nombre, en la persona del ministro, en su palabra y ciertamente de una manera sustancial y permanente en las especies eucarísticas (OGMR 27).

En cada misa vamos a alabar y dar gracias a Dios uno y trino por todos los beneficios recibidos. Como nos dice el Catecismo de la Iglesia católica: La Eucaristía es un sacrificio de acción de gracias al Padre... por todo lo que ha realizado mediante la creación, la redención y la santificación. Eucaristía significa ante todo, acción de gracias (Cat 1360). La Eucaristía es también el sacrificio de alabanza por medio del cual la Iglesia canta la gloria de Dios en nombre de toda la creación... a través de Cristo (Cat 1361).

Dispongámonos, pues, a celebrar la misa con Jesús en actitud de agradecimiento, dispuestos a alabar a Dios y preparados para renovar nuestra entrega total con Cristo, por Él y en Él.

Algo muy importante en la misa es el canto. San Agustín decía: Cantar es propio del que ama (Sermón 336). Y viene de tiempos muy antiguos el famoso proverbio: Quien bien canta, ora dos veces.

Téngase en gran estima el uso del canto en la celebración de la misa, siempre teniendo en cuenta el carácter de cada pueblo y las posibilidades de cada asamblea litúrgica... Hay que procurar que de ningún modo falte el canto de los ministros y del pueblo en las celebraciones de los domingos y fiestas de precepto (OGMR 40).

En igualdad de circunstancias hay que darle el primer lugar al canto gregoriano. No se excluyen de ningún modo otros géneros de música sacra. Y ya que cada día es más frecuente el encuentro de fieles de diversas nacionalidades, conviene que esos mismos fieles sepan cantar todos a una en latín algunas partes del Ordinario de la misa, sobre todo, el Credo y el padrenuestro en sus melodías más fáciles (OGMR 41).

El Papa Benedicto XVI aconsejaba en la exhortación apostólica Sacramento de amor: Pido a los futuros sacerdotes que, desde el tiempo del seminario, se preparen para comprender y celebrar la santa misa en latín, además de utilizar textos latinos y cantar en gregoriano; se procurará que los mismos fieles conozcan las oraciones más comunes en latín y que canten en gregoriano algunas partes de la liturgia (Nº 62).

También es importante tener en cuenta a lo largo de toda la celebración los gestos y posturas corporales, especialmente del sacerdote, que deben manifestar su recogimiento y su amor a Dios. Especialmente, cuando tiene las manos levantadas en oración, al arrodillarse, al traer o llevar la Eucaristía y, en general, en todos sus movimientos. De la misma manera, los fieles deben actuar con devoción y sencillez, unidos al levantarse, sentarse o arrodillarse, para manifestar unidad. Y en caso de que alguna persona perturbe la celebración, es conveniente que alguien de la asamblea le llame la atención con educación, pero con firmeza.

Los fieles estén de pie: desde el principio del canto de entrada, o mientras el sacerdote se acerca al altar, hasta el final de la oración colecta; al canto del Aleluya que precede al Evangelio; durante la proclamación del mismo Evangelio; durante el Credo y la oración de los fieles; y también desde la invitación “Orad hermanos” hasta el final de la misa, excepto en los momentos que luego se enumeran.

En cambio, estarán sentados durante las lecturas y el salmo responsorial, que preceden al Evangelio; durante la homilía y mientras se preparan los dones del ofertorio; también, según la oportunidad, a lo largo del silencio después de la comunión.

Estarán de rodillas durante la consagración (OGMR 43).

Algo que debe guardarse con especial interés es el silencio sagrado para poder orar mejor. Es laudable que se guarde el silencio sagrado antes de la misma celebración, silencio en la iglesia, en la sacristía y en los lugares más próximos a fin de que todos puedan disponerse adecuada y devotamente a las acciones sagradas (OGMR 45).

A lo largo de la misa se recomiendan momentos de silencio en el acto penitencial, después de la primera y segunda lecturas, y una vez concluida la homilía, al igual que después de la comunión.

Ritos inIciales

Entrada y saludo

En las solemnidades y fiestas, e incluso domingos, puede haber procesión de entrada. El sacerdote puede entrar por la puerta central o posterior del templo en procesión, acompañado de los acólitos o de otras personas para así hacer más solemne la introducción a la misa.

Mientras hay procesión, se va cantando. Si hay incensación, el canto concluye al terminar la incensación del altar. Cuando no hay incensación o procesión solemne, el sacerdote entra solo o acompañado por los acólitos. Se puede cantar una canción de entrada. Al llegar al altar, el sacerdote lo besa.

El beso al altar, que representa a Cristo, es como un beso a Jesús, para que cuando llegue el momento de la consagración encuentre ese beso de amor. Por ello, es bueno que los fieles se unan a este beso, besando en su corazón a Jesús y diciéndole algo así como: Jesús, te amo. Después, el sacerdote comienza la misa en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, haciendo la señal de la cruz. Siempre debemos recordar que la misa es una acción de Dios uno y trino y que las tres personas están siempre unidas.

A continuación, el sacerdote saluda al pueblo, diciendo una de las fórmulas establecidas. Cuando dice: El Señor esté con vosotros, no se está refiriendo sólo a las personas presentes, que deben responder: y con tu espíritu; también se refiere a todos los ángeles y santos y a toda la creación. Personalmente, cuando celebro la misa tengo muy presentes a los ángeles y les pido que me acompañen para celebrar dignamente la santa misa. María siempre está presente y lo mismo san José con todos los santos. En el momento en que el sacerdote se acerca el altar, es como si se abriera el cielo con la Santísima Trinidad al frente, para contemplar el memorial del amor infinito de Dios, que es la misa, es decir, la obra maravillosa de amor que Dios trino ha realizado en la tierra por medio de la vida, muerte y resurrección de Jesús, y que se sigue haciendo realidad en cada misa celebrada.

Después del saludo al pueblo, el sacerdote puede introducir a los fieles en el sentido de la misa del día con pocas palabras.

Acto Penitencial

Después, viene el acto penitencial según distintas variantes. Se trata de reconocernos pecadores y pedir perdón a Dios de todos nuestros pecados, aunque si son graves, debemos acudir a la confesión. Cuando se usa el Yo confieso, nos damos tres golpes de pecho, reconociendo que hemos pecado y pedimos perdón a Dios. Luego vienen las invocaciones Señor, ten piedad, Cristo ten piedad, que el pueblo repite para manifestar con claridad su arrepentimiento y poder estar lo más limpios posible para el gran encuentro con Jesús, que debe ser una fiesta para todos. Es bueno confesarse, al menos, una vez al mes. Y, si hay que confesarse en la misa, es preferible venir lo antes posible.

Gloria

El Gloria es un antiquísimo y venerable himno con que la Iglesia, congregada en el Espíritu Santo, glorifica a Dios Padre y al Cordero y le presenta sus súplicas. El texto de este himno no puede cambiarse por otro. Lo entona el sacerdote o, según los casos, el cantor o el coro, y lo cantan o todos juntos o el pueblo alternando con los cantores, o sólo la schola. Si no se canta, al menos lo han de recitar todos juntos (OGMR 53).

El gloria se recita o canta los domingos y fiestas o solemnidades del año, excepto en Cuaresma y Adviento. Es el canto de los ángeles, pues el día de Navidad cantaban: Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad (Lc 2,14). Unámonos a los ángeles para recitar o cantar este himno celeste.

Oración colecta

Después del gloria o, si no hay gloria, después del acto penitencial, el sacerdote invita a la oración diciendo Oremos. Y todos a una con el sacerdote permanecen un momento en silencio para hacerse conscientes de estar en la presencia de Dios y formular interiormente sus súplicas. Entonces el sacerdote lee la oración que se suele denominar colecta (OGMR 54). Se llama colecta, porque en ella se recogen los deseos de los fieles y el sacerdote, como intercesor, los ofrece al Padre por medio de Jesús en unión con el Espíritu Santo. Con esta oración, se terminan los ritos iniciales de la misa y comienza la liturgia de la palabra.

LITURGIA DE LA PALABRA

Podemos decir que la misa consta de dos partes: la liturgia de la palabra y la liturgia eucarística tan estrechamente unidas entre sí, que constituyen un solo acto de culto, ya que en la misa se dispone la mesa, tanto de la palabra de Dios como del cuerpo de Cristo, en la que los fieles encuentran instrucción y alimento (OGMR 28).

Para escuchar atentamente la palabra de Dios, debemos tener la actitud de escucha del profeta Samuel que dijo: Habla, Señor, que tu siervo escucha (1Sam 3, 9).

Lecturas y salmo.

En cada misa se leen las maravillas de Dios por medio de las lecturas bíblicas. Los fieles están sentados y deben escuchar atentamente, evitando todo lo que pueda distraer a los demás. El lector debe estar bien preparado para que el pueblo pueda entender y aprovechar lo que Dios le dice a través de su palabra. Los días ordinarios sólo hay una lectura y el salmo responsorial antes del Evangelio. Los domingos y solemnidades hay dos. La primera lectura suele ser del Antiguo Testamento y la segunda, llamada apostólica, suele tomarse de los apóstoles, especialmente de san Pablo. Entre la primera y la segunda lectura, se recita o canta el salmo responsorial, que también es palabra de Dios y no puede ser sustituido por cualquier otro canto o texto. El salmo responsorial es la respuesta orante a la palabra de Dios.

Evangelio - homilía

A continuación, viene el Evangelio, leído por el sacerdote o por un diácono. Después de leer, el sacerdote besa el libro para manifestar su respeto y amor por la palabra de Dios. Los fieles, que estaban de pie para la proclamación del Evangelio, se sientan para escuchar la homilía, que debería tenerse incluso los días de semana, si hay pueblo, aunque sea brevemente. Sobre todo, se recomienda la homilía en los días feriales de Adviento, Cuaresma y tiempo pascual, y también en otras fiestas y ocasiones en que el pueblo acude numeroso a la iglesia (OGMR 66). Normalmente, suele aconsejarse que los domingos el sacerdote no se exceda de 15 minutos. Pero no podemos valorar la misa por el sermón, bueno o malo. No podemos salir de la iglesia para no aburrirnos. No podemos desairar así a Cristo presente y dar mal ejemplo a la asamblea. La homilía es parte de la liturgia y muy recomendada, pues es necesaria para alimentar la vida cristiana (OGMR 65).

En caso de no entender lo que dice el sacerdote por causa de los micrófonos o porque no vocaliza bien, es preferible rezar por el sacerdote y pedir luz al Señor para entender el Evangelio, que podemos leer por medio de la hoja dominical o directamente en la Biblia. Es bueno que, en casa, al menos los domingos, haya oración en familia. En ese caso, se podría comentar el Evangelio y hacer oraciones compartidas. No olvidemos que la familia que reza unida, estará unida.

Credo o profesión de fe

El credo, símbolo o profesión de fe tiende a que todo el pueblo congregado responda a la palabra de Dios, que ha sido anunciada en las lecturas de la sagrada Escritura y expuesta por medio de la homilía, y, para que pronunciando la regla de fe con la fórmula aprobada para el uso litúrgico, rememore los grandes misterios de la fe y los confiese antes de comenzar su celebración en la Eucaristía (OGMR 67).

El credo es muy importante en la celebración de los domingos y solemnidades. Es un acto de fe con el que nos unimos a todos nuestros antepasados en la fe, que lo recitaron a través de los siglos. Es bueno, en ese momento, recordar que la misa que estamos celebrando, aunque tenga algunas variantes secundarias o se celebre en distinta lengua, es la misma misa a la que asistían los primeros cristianos y que, desde el primer siglo, rezaban el credo. Se llama credo de los apóstoles o símbolo de los apóstoles, porque resume fielmente la fe que los apóstoles transmitieron desde el principio.

Este credo, cuya base existía desde los apóstoles, fue estructurado en el siglo II. San Hipólito, el año 215, en su libro Tradición apostólica lo recita así: Creo en Dios padre todopoderoso y en Jesucristo, hijo de Dios, que nació del Espíritu Santo y de la Virgen María, fue crucificado bajo Poncio Pilato, muerto y sepultado, resucitó el tercer día, subió a los cielos, está sentado a la derecha del Padre, vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos. Creo en el Espíritu Santo, en la santa Iglesia y en la resurrección de la carne.

Algunos años más tarde, añadieron: Creo en la comunión de los santos (porque algunos negaban la veneración a los santos), el perdón de los pecados (porque había quienes negaban el poder de perdonar los pecados), se añadió la palabra católica a la Iglesia. Y se hicieron algunos pequeños retoques. De modo que ya en el siglo VI, según nos lo transmite en un sermón san Cesáreo de Arlés (470-543) ya estaba totalmente establecido el credo tal y cual lo recitamos hoy en todas las iglesias católicas del mundo. Recémoslo y repitámoslo muchas veces con devoción, tratando de unirnos a la fe de todos nuestros antepasados católicos:

Creo en Dios Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo su único hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos. Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén.

Oración de los fieles - oración universal

La oración de los fieles u oración universal se refiere a las peticiones que hace la asamblea en favor de toda la Iglesia y de toda la humanidad. De ahí que sea conveniente que pueda haber algunas peticiones espontáneas para pedir por algunas necesidades particulares de la Comunidad o de alguna familia o persona en particular. En estas peticiones, aunque estén previamente escritas, es bueno añadir una oración por los difuntos, por las vocaciones y por los enfermos. Pero todas las peticiones deben ser sobrias, formuladas con sabia libertad, en pocas palabras, y han de reflejar la oración de toda la Comunidad (OGMR 71).

LITURGIA EUCARÍSTICA

Presentación de las ofrendas

La parte central de la misa, es la liturgia eucarística. Comenzamos esta parte de la misa con la entrega de las ofrendas. En las misas de los domingos o fiestas suele hacerse la procesión de las ofrendas. Dos o más hermanos de la Comunidad presentan el pan y el vino que van a ser consagrados y quizás también algunas otras cosas significativas de la Comunidad. A veces, se presenta una Biblia, un rosario, uvas con un gran pan, etc. También se puede presentar dinero y otras donaciones para los pobres o para la iglesia que los mismos fieles pueden presentar o que pueden ser recolectadas en la iglesia y que se colocarán en el sitio oportuno de la mesa eucarística (OGMR). El sacerdote o diácono se acerca para recibir las ofrendas y después las coloca en el altar.

A continuación, el sacerdote presenta por separado el pan y el vino que van a ser consagrados, diciendo:

Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este pan, fruto de la tierra y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos; él será para nosotros pan de vida.

Y todos responden: Bendito seas por siempre, Señor.

Después levanta el cáliz para ofrecer el vino, diciendo:

Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este vino fruto de la vid y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos; él será para nosotros bebida de salvación.

Y todos responden igualmente: Bendito seas por siempre, Señor.

La limosna o donación

La limosna puede recogerse inmediatamente antes de la procesión de las ofrendas, dejando un espacio vacío en el que se puede cantar alguna canción. De esta manera, la presentación de la limosna, se hace en unión con las ofrendas del pan y del vino. En otros lugares, se recoge la limosna mientras se hace la procesión y la oración sobre las ofrendas. Pero durante la procesión de las ofrendas se acompaña con el canto del ofertorio.

Lo que sí se debe tener muy en cuenta es que lo que damos, lo estamos dando a Dios. Antiguamente, era obligatorio dar el diezmo de los ingresos, es decir, la décima parte; y en los pueblos también daban las primicias o primeros frutos de la tierra, y se los llevaban al sacerdote. Dentro de la Iglesia católica hay grupos especiales a quienes se les inculca esta práctica, pero la Iglesia no obliga, pues la inmensa mayoría de católicos no la cumplirían.

Sin embargo, es bueno saber que Dios ha prometido abundantes bendiciones a quienes con generosidad cumplen esta práctica, como un reconocimiento de que todos los bienes que tenemos, incluso el sueldo que recibimos, es un regalo de Dios que nos da la vida, la salud y el trabajo. Podemos leer los textos Mal 3, 8-10; Eclo 35, 11-13; Mt 19, 29; 2 Co 9, 7-8.

Dios nunca se dejará ganar en generosidad. Por tanto, seamos generosos, pensando que, al contribuir en la limosna de la misa, estamos dándolo a Dios. Al fin de cuentas, Dios nos da todo lo que tenemos: vida, salud, dinero, familia, fe… Si estuviéramos enfermos, ¿qué no haríamos para curarnos? ¿Cuánto estaríamos dispuestos a gastar para conseguir la salud? Pues contribuir con lo que Dios nos ha dado es una manera de reconocer que todo es un regalo de Dios y que Él es el Señor y dueño de nuestra vida y de nuestras cosas.

En los países en los que se contribuye por medio de asignaciones tributarias que cada ciudadano debe asignar a su Iglesia, es una grave irresponsabilidad ser católico y no asignarlo a la Iglesia católica. Y, aunque se asigne a la Iglesia, eso no justifica el no dar más, pues del sueldo mensual se puede dar generosamente el diezmo. El diezmo no es más que un reconocimiento personal de que el dinero que tengo es de Dios y, por ello, reconozco su señorío sobre mi dinero y le doy una parte de lo que Él me ha dado primero, para su Iglesia y para las obras de Dios.

Lavatorio de las manos

Antes de comenzar la parte eucarística propiamente, el sacerdote se lava públicamente las manos para indicarnos que es preciso acercarse a Dios con las manos limpias; pero, sobre todo, con el corazón limpio. De ahí que los que van a comulgar en la mano también deber tener las manos limpias y especialmente su corazón.

Orad hermanos y oración

El sacerdote invita a la asamblea a orar para que su sacrificio y el de cada uno sea agradable al Padre. Es importante que, en cada misa, en el momento de la presentación del pan y del vino, cada asistente haga un ofrecimiento sincero de su vida para que su ofrenda sea unida a la de Cristo y así nuestra vida y la suya estén unidas por el mismo compromiso de amor y obediencia al Padre. Esto implica una disponibilidad total para hacer siempre su santa voluntad. Cristo y nosotros debemos ser una misma ofrenda para gloria del Padre.

El sacerdote dice: Orad, hermanos, para que este sacrificio mío y vuestro sea agradable a Dios Padre todopoderoso. Y todos responden:

El Señor reciba de tus manos este sacrificio (tuyo y nuestro) para alabanza y gloria de su Nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia.

Después el sacerdote lee la oración sobre las ofrendas. Y a continuación, comienza la parte eucarística con el prefacio:

Prefacio y Santo

El Señor esté con vosotros (El sacerdote se dirige a todos los hombres y a toda la creación).

Y con tu espíritu.

Levantemos el corazón (Hay que levantarlo hasta el cielo, que simbólicamente está arriba, pero que está en medio de la asamblea, pues todo el cielo se hace presente a la celebración, en unión con los ángeles y santos).

Lo tenemos levantado hacia el Señor.

Demos gracias al Señor, nuestro Dios. (Ser agradecidos por todos los dones recibidos).

Es justo y necesario.

El sacerdote lee el prefacio que es un canto de agradecimiento a Dios. Por eso, uno de los diferentes prefacios dice: Realmente, es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, darte gracias, Señor, siempre y en todo lugar…

Además de agradecer, se alaba a Dios por todas las maravillas que hace con los hombres, que son manifestadas según la fiesta del día. Y siempre se alaba y se agradece a Dios por la creación, la redención y la santificación. Y termina el prefacio invitando a cantar en unión con todos los ángeles y santos y todas las criaturas.

Suele decirse que el Santo es un canto especial que cantan los ángeles. Porque en el libro de Isaías aparecen los serafines cantando: Santo, Santo, Santo es el Señor Dios de los ejércitos, llena está la tierra de su gloria (Is 6, 3). Igualmente, en el Apocalipsis aparecen repitiendo sin descanso día y noche: Santo, Santo, Santo es el Señor Dios todopoderoso, el que era, el que es y el que ha de venir (Ap 4, 8).

En cada misa nosotros cantamos con ellos y todos los santos y todas las criaturas este himno de alabanza a nuestro Dios: Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo. Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria. Hosanna en el cielo. Bendito el que viene en nombre del Señor, hosanna en el cielo.

Es importante recordar aquí el papel tan importante que tienen los ángeles en cada misa. Personalmente, soy muy devoto de los ángeles y antes de cada misa los invito, de modo especial, a acompañarme. De modo que, aunque celebre la misa yo solo, no me siento solo, sino en unión con todos los ángeles y santos. Porque sé que cada misa es el cielo en la tierra y, aunque sea celebrada en un rincón del mundo por un sacerdote solitario, tiene un valor infinito, porque es la misa de Jesús, que da gloria infinita al Padre.

Algunos santos nos hablan de que en el momento del ofertorio, presentación de las ofrendas, los ángeles presentan a Dios las ofrendas, intenciones y buenas obras de sus asistidos. En el momento de la consagración, los ángeles con los santos adoran a Jesús realmente presente en el altar. En la comunión, acompañan a sus protegidos a recibir a Jesús y les inspiran buenos pensamientos para darle gracias. Muchos santos hablan de que los ángeles custodios se alegran cuando uno va a la misa, porque va a recibir para él, para su familia y para el mundo entero, muchas bendiciones. Ellos también cantan y adoran a su Dios, presente en la Eucaristía. Por ello, decía san Juan ­Crisóstomo: En la misa, los ángeles asisten al sacerdote, entonan cantos y llenan el recinto alrededor del altar para honrar a Dios que ahí está presente.

Los ángeles participan de nuestra alegría y con ellos, ciertamente, la misa es una verdadera fiesta. Si pudiéramos verlos con nuestros ojos, como algunos santos, quedaríamos maravillados. Por todo ello, hay que asistir a la misa con mucho respeto, bien vestidos y con mucha atención y devoción, porque estamos en la presencia del cielo entero. Plegaria eucarística

Después del Santo, viene la plegaria eucarística. En ella, no sólo se nos recuerdan los acontecimientos de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, sino que el Espíritu Santo hace que estos hechos se hagan realidad en el altar. Por eso, decimos que la misa es el memorial de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Memorial significa hacer realidad aquí y ahora un acontecimiento salvífico que tuvo lugar hace mucho tiempo. Pero para que se hagan realidad estos acontecimientos necesitamos el poder del Espíritu Santo. Por consiguiente, invocamos la gracia del Espíritu Santo (primera epiclesis), diciendo en la segunda plegaria:

Te pedimos, Señor, que santifiques estos dones con la efusión de tu Espíritu de manera que sean para nosotros Cuerpo y Sangre de Jesucristo Nuestro Señor.

Para los cristianos orientales, tiene tanta importancia esta invocación al Espíritu Santo, que para ellos éste es el momento de la consagración, es decir, el momento en que Cristo se hace realmente presente en el altar.

Para nosotros, el momento clave es el momento de la consagración por separado del pan y del vino. Durante la consagración los fieles estarán de rodillas a no ser que lo impida la enfermedad o la estrechez del lugar o la aglomeración de los participantes o cualquier otra causa razonable. Y los que no pueden arrodillarse en la consagración, harán una profunda inclinación mientras el sacerdote hace la genuflexión después de ella (OGMR 43). El sacerdote dice:

Tomad y comed todos de él (pan), porque esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros.

Igualmente, el sacerdote toma el cáliz y dice:

Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía.

Démonos cuenta que el sacerdote en ese momento es Jesús, Jesús y él se han unido sustancialmente. Por eso, es tan importante que el sacerdote sea puro y libre de todo pecado, al menos mortal. El canon 899 dice que personifica a Cristo durante la misa. Su persona es absorbida por la persona de Cristo y Cristo actúa a través de él como si fuera él mismo. Por eso, el sacerdote, como si fuera el mismo Cristo, dice las mismas palabras de Cristo para realizar la consagración.

Ahora bien, anotemos que se dice: Tomad y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros. El sacerdote debe hacer suyas estas palabras de por vida. Y lo mismo cada fiel comprometido con Cristo. Debe tomar su propio cuerpo, que significa toda su vida, y entregarla a Cristo por la salvación de sus hermanos. Y les invita a todos: Tomad y comed, es decir, recibid mi amor, mi alegría y mis bendiciones, porque estoy a vuestro servicio para siempre. Un cristiano que vive íntimamente en unión con Cristo, especialmente un sacerdote, y que renueva su unión total en cada consagración, debe hacer realidad esta entrega a Cristo y a los hermanos para que tengan derecho a recibir siempre su amor, paz, alegría y bendición.

De la misma manera, al decir el sacerdote Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi sangre…, el sacerdote y el fiel comprometido debe entender que está renovando su entrega de dar su sangre y su vida por los demás (será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados). Y dice que es sangre de la alianza nueva y eterna. La sangre que representa nuestra vida es la sangre de Cristo que nos alimenta en la comunión y que, al comulgar, realiza una alianza nueva y eterna entre Cristo y nosotros.

¡Qué importante es renovar cada día, en la misa y comunión, esta alianza con Jesús! Esto deben hacerlo de modo especial los sacerdotes y religiosas, que están comprometidos de por vida por su compromiso radical con Dios. Por último, se dice: Haced esto en conmemoración mía. El texto griego dice touto poiei eis ton emen anmnesin. La misa no es un simple recuerdo, sino una realidad. Jesús se ha hecho realmente presente, el mismo Jesús de Nazaret que nació en Belén y murió en la cruz. Cuando Jesús dijo esas palabras en la última cena, los apóstoles entendieron que podían celebrar lo mismo que él había celebrado y hacer realidad su cuerpo y sangre al consagrar el pan y el vino.

¿Estás tú hermano unido íntimamente a Cristo? ¿Tu vida y la de Cristo están unidas? ¿Estás totalmente disponible para hacer siempre y en todo su santa voluntad? Eso es lo que espera Jesús de ti. Haz una consagración de tu vida a Jesús. Ofrécele todo lo que tienes y todo lo que eres por medio de María y vive la misa como una renovación diaria de tu compromiso vital con Cristo.

Después de la consagración, el sacerdote canta o recita: Este es el sacramento de nuestra fe. El Papa Juan Pablo II, en la carta a los sacerdotes para el jueves Santo del 2005, les decía: Al decir “Este es el sacramento de nuestra fe”, el sacerdote manifiesta después de la consagración del pan y el vino el estupor siempre nuevo por el prodigio extraordinario que ha tenido lugar entre sus manos. Un prodigio que sólo los ojos de la fe pueden percibir. Los elementos naturales no pierden sus características externas, ya que las especies siguen siendo las del pan y del vino, pero su sustancia por el poder de la palabra de Cristo y la acción del Espíritu Santo se convierte en la sustancia del cuerpo y la sangre de Cristo. Por eso, sobre el altar está presente verdadera, real y sustancialmente, Cristo, muerto y resucitado, en toda su humanidad y divinidad.

Y el pueblo responde gozoso, si fuera posible cantando: Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor, Jesús!

También puede decirse: Aclamen el misterio de la redención. Y responden: Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas. O bien se puede decir: Cristo se entregó por nosotros. Y se responde: Por tu cruz y tu resurrección nos has salvado, Señor.

Después de esta aclamación, el sacerdote ofrece al Padre, como ministro de Cristo y de la Iglesia, el pan y el vino consagrados. Como dice la plegaria IV: Te ofrecemos su cuerpo y su sangre, sacrificio agradable a Ti y salvación para todo el mundo. Después, viene la segunda epiclesis o segunda invocación al Espíritu Santo. Se dice en la segunda plegaria: Te pedimos humildemente que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del cuerpo y sangre de Cristo. También se pide, de modo especial, por el Papa, por el obispo, por todos los sacerdotes y por toda la Iglesia. Y se ora por todos los difuntos y, en concreto, por aquellos por quienes se estuviera celebrando la misa. Se invoca a María, a los apóstoles y a los santos para que vengan e nuestra ayuda. En la primera plegaria se menciona especialmente a san José en unión de los mártires.

Y la plegaria eucarística termina con el Por Cristo, con Él y en Él, a Ti Dios, Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos. Amén.

El por Cristo lo reza solo el sacerdote, pero todos debemos asentir diciendo con fuerza y con aceptación total Amén, es decir, así es y que así sea. Es conveniente cantar todos los días este Amén pues todos debemos, en ese momento, decir con fuerza y verdad: Todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.

En algunas parroquias los sacerdotes cantan todos los días en la misa el Amén, mientras sostienen en alto con sus manos la patena y el cáliz. Es un momento muy importante, el del verdadero ofertorio, en el que el sacerdote no ofrece simplemente el pan y el vino, sino al mismo Jesús en persona con su cuerpo, sangre, alma y divinidad. Es un momento en que el sacerdote y todos los presentes pueden ofrecerse con Jesús, mientras se van diciendo las palabras con Cristo, con Él y en Él. Vivamos ese momento con fe, entrega y generosidad, y digamos con fuerza, cantando: Amén.

Para mí, personalmente, este momento es muy especial y, mientras tengo levantados la hostia y el cáliz, me voy ofreciendo con Jesús al Padre. Son momentos solemnes muy significativos y expresivos.

rito de la comunión

Padrenuestro

Comienza la última parte de la misa con la oración dominical u oración del Señor, que es el padrenuestro. Después, continúa el sacerdote con otra oración que es como ampliación de la última petición: líbranos del mal. Y comienza: Líbranos, Señor de todos los males y concédenos la paz en nuestros días, para ayudados por tu misericordia vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.

Y todos responden: Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria por siempre Señor.

Rito de la paz

A continuación, el sacerdote con las manos extendidas y en voz alta dice la oración: “Señor Jesucristo, que dijiste” y, al terminarla, extendiendo y juntando las manos, anuncia la paz, vuelto al pueblo, mientras dice: “La paz del Señor esté siempre con vosotros”, y el pueblo responde: “Y con tu espíritu”. Luego el sacerdote, si se juzga oportuno, añade: “Daos fraternalmente la paz” (OGMR 154).

En ese momento, conviene que cada uno exprese sobriamente la paz sólo a quienes tiene más cerca (OGMR 82), lo que debe hacerse sin moverse de su lugar.

Fracción del pan

En la liturgia de la Iglesia primitiva la fracción del pan (partir la hostia para consumirla) revestía mucha importancia. Entonces usaban panes grandes fermentados que los fieles habían presentado en el Ofertorio con el vino.

Cuando se sustituyó el pan fermentado por el ácimo y se usaron las hostias actuales, se fue perdiendo el simbolismo de este gesto de partir el pan. Cristo es el pan partido para la salvación del mundo. Por eso, san Pablo dice: El pan es uno y somos muchos un solo Cuerpo, pues todos participamos del mismo pan (1 Co 10,17). Y porque participamos todos del mismo pan, que es Cristo, todos estamos unidos en Cristo por la comunión. La comunión eucarística debe ser también común unión con los hermanos. De ahí que la misa dominical debe llevarnos a algunas acciones concretas de caridad para que nuestra fiesta eucarística sea compartida también con otros, a quienes podamos llevar la alegría que Cristo nos ha dado.

Este gesto de partir los panes era tan importarte en los primeros siglos que, desde el principio, se llamaba fracción del pan a la misa. Porque sin fracción del pan no habría comunión y sin comunión la misa sería un banquete sin comida. En el libro de los Hechos de los apóstoles se nos dice que aquellos primeros cristianos perseveraban en oír la enseñanza de los apóstoles y en la unión, en la fracción del pan (misa) y en la oración (Hech 2,42). Y diariamente acudían al templo, partían el pan en las casas (celebraban la misa en las casas), tomaban su alimento con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios en medio del general favor del pueblo (Hech 2, 46-47).

Este gesto de la fracción del pan resume un poco la vida de Cristo y lo que debe ser también la nuestra: un romperse por los demás, un entregarse totalmente a su servicio. Este gesto debería ser más visible y expresivo. En las catacumbas de Roma, los cristianos pintaban al sacerdote, partiendo el pan eucarístico para simbolizar la celebración de la misa.

El sacerdote realiza la fracción del pan y deposita una partícula de la hostia en el cáliz, para significar la unidad del cuerpo y de la sangre del Señor en la obra salvadora, es decir, del cuerpo de Cristo Jesús viviente y glorioso. El coro o cantor canta normalmente la súplica “Cordero de Dios” con la respuesta del pueblo; o lo dicen al menos en voz alta. Esta invocación acompaña a la fracción del pan y, por eso, puede repetirse cuantas veces sea necesario hasta que concluye el rito. La última vez se concluye con las palabras: “danos la paz” (OGMR 83).

Comunión del sacerdote y del pueblo

El sacerdote se prepara con una oración en secreto para recibir con fruto el cuerpo y la sangre de Cristo. Los fieles hacen lo mismo, orando en silencio (OGMR 84).

A continuación, el sacerdote presenta la hostia partida sobre la patena o sobre el cáliz, diciendo: Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor (u otras parecidas palabras).

Al decir Cordero de Dios, está refiriéndose a Jesús como Cordero pascual. Y nosotros celebramos la gran fiesta de la Pascua, es decir, de su resurrección, comiendo el Cordero pascual, que es Cristo.

El pueblo responde con las palabras del centurión (Mt 8,8): Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.

A continuación, comulga el sacerdote. Mientras comulga, comienza el canto de comunión. El canto se prolonga mientras el sacerdote administra la comunión a los fieles, diciendo: El cuerpo de Cristo.

Al decir El cuerpo de Cristo, está recalcando que Jesús, no sólo está como Dios en unión con el Padre y el Espíritu Santo en la hostia consagrada, sino que está también como hombre, con su cuerpo humano. Y todos responden: AMÉN.

Todos deben responder con voz clara el Amén antes de recibir la hostia para reafirmar su fe en la presencia viva y real de Jesús en la Eucaristía. Pero todos deben tener en cuenta lo que dice san Pablo: El que come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente, se hace reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese pues, el hombre a sí mismo y, entonces, coma del pan y beba del cáliz pues el que come y bebe sin discernir el cuerpo, come y bebe su propia condenación (1 Co 11, 27-29). Pero si lo recibe dignamente, será para él el mejor alimento espiritual y la mayor fuente de bendiciones en su vida.

Ya hemos, dicho anteriormente, que la comunión es el momento más importante y sublime de cada día, porque es el momento de mayor unión con Dios por medio de la humanidad de Jesús. Por Jesús llegamos al Padre en unión con el Espíritu Santo. María siempre nos acompaña con nuestro ángel, cuando vamos a comulgar. Y sería muy conveniente invitar expresamente a todos los ángeles y santos para que nos ayuden a recibir y agradecer dignamente a Jesús sacramentado.

Suele decirse que las especies sacramentales permanecen en nosotros durante unos diez o quince minutos. Es decir, que nuestra unión sacramental con Jesús dura unos diez o quince minutos. Por ello, durante este tiempo, no debemos distraernos ni salir del templo. Debemos estar en oración con Jesús en nuestro corazón.

Si alguna persona no puede comulgar por algún motivo especial, por no tener regularizado su matrimonio o por estar en pecado grave, puede arrepentirse y comulgar espiritualmente. La comunión espiritual es una buena práctica que podemos renovar muchas veces al día. Consiste en desear ardientemente recibir sacramentalmente a Jesús; pero, al no poder hacerlo, le manifestamos nuestro deseo lleno de amor, porque queremos unirnos a Él y ser Uno con Él.

Decía santa Teresa de Jesús: Cuando no podáis comulgar ni oír misa, podéis comulgar espiritualmente, que es de grandísimo provecho. El mismo concilio de Trento afirmaba: Aquellos que comen en deseo aquel celeste pan eucarístico, experimentan su fruto y provecho por la fe viva que obra por la caridad (Denz 881).

De todos modos, quienes pueden comulgar deberían hacerlo todos los días a ser posible. La Iglesia recomienda comulgar siempre que se asista a la misa, pero especialmente los domingos, cuando hay obligación de asistir. Venir a misa y no comulgar es como ir a un banquete y no comer. Y eso será un pecado de omisión del que Dios nos pedirá cuentas.

Desde el concilio IV de Letrán (1215) es obligación grave comulgar, al menos, una vez al año (canon 920). Además, el que ha recibido la comunión, puede recibirla de nuevo el mismo día solamente dentro de la celebración eucarística que participe (canon 917). Se puede, pues, comulgar dos veces al día, normalmente en la mañana y otra en la tarde. Para comulgar, es preciso abstenerse de tomar alimento y bebida (excepto agua y medicina) al menos una hora antes de comulgar (canon 919). Y, si alguno es consciente de estar en pecado grave, no debe comulgar sin antes confesarse sacramentalmente.

La comunión es algo tan importante que hay que darle la máxima importancia. No puede recibirse por costumbre o por un compromiso social. Hay que prepararse lo mejor posible y, después dar gracias durante un tiempo prudencial. Decía santa Magdalena de Pazzi: Los minutos que siguen a la comunión son los más preciosos de nuestra vida. Son los minutos más propicios de nuestra parte para tratar con Dios y, de su parte, para comunicarnos su amor.

La comunión es el mejor alimento espiritual y el mejor medio de santificación. Pero no olvidemos que la misa y la comunión están íntimamente unidas. Se puede co- mulgar fuera de la misa, pero como algo excepcional.

También es importante que, durante el día, podamos hacer algunas visitas a Jesús Eucaristía. Y, si no podemos, por estar enfermos o por vivir en lugares distantes, al menos, hagamos visitas y comuniones espirituales frecuentes a Jesús sacramentado.

Como aquellos cristianos de las islas de Kiribati, que se reunían los domingos a orar en la playa y el catequista les decía: Ahora vamos a adorar a Jesús, que está en las iglesias de Tahití a 5.000 Kms de distancia. Ciertamente para Jesús no hay distancia. El amor es la distancia más corta entre dos personas y, sobre todo, entre Jesús y nosotros. Por eso, la comunión es el medio más sublime que Dios nos ha dado para unirnos a Él.

Comulgar debe ser una verdadera fiesta para nosotros. Comulgar con Jesús es una fiesta que ni los ángeles pueden tener, porque no pueden comulgar. Hagamos de cada misa una fiesta, viviéndola intensamente y recibiendo a Jesús en la comunión.

Oraciones antes o después de la comunión:

Señor Jesús, creo que estás realmente presente en la Eucaristía con tu cuerpo, sangre, alma y divinidad. Oigo tu invitación: Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Tomen y coman: Esto es mi Cuerpo. Creo, Señor, pero aumenta mi fe.

* * * * * * *

Toma, Señor, y recibe mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad. Todo mi haber y poseer. Tú me lo diste: A Ti, Señor, los torno. Todo es tuyo. Dispón de mí, según tu voluntad. Dame tu amor y gracia que esto me basta, y no pido otra cosa más. Amén.

* * * * * * *

Alma de Cristo, santifícame. Cuerpo de Cristo, sálvame. Sangre de Cristo, embriágame. Agua del costado de Cristo, lávame. Pasión de Cristo, confórtame. ¡Oh buen Jesús!, óyeme. Dentro de tus llagas, escóndeme. No permitas que me aparte de Ti. Del enemigo malo, defiéndeme. En la hora de mi muerte, llámame y mándame ir a Ti para que con tus santos te alabe por los siglos de los siglos. Amén.

Comunión espiritual

¡Oh Jesús mío!, yo creo que estás presente en el Santísimo sacramento del altar. Te amo sobre todas las cosas y deseo recibirte dentro de mi alma. Pero, como ahora no puedo hacerlo sacramentalmente, ven, al menos, espiritualmente a mi corazón. Y, como si ya te hubiera recibido, te abrazo y me uno a Ti. No permitas, Señor, que vuelva a ofenderte jamás.

rito de la cONCLUSIón

Oración después de la comunión

Después de comulgar, mientras el sacerdote limpia el cáliz y recoge las cosas del altar, es recomendable guardar silencio para motivar la oración personal de agradecimiento al Señor. Los que no han comulgado, también deben orar y podrían decirle a Jesús muchas veces: Jesús, yo te amo.

Cuando se ha terminado de distribuir la comunión, el sacerdote y los fieles, si se juzga oportuno, pueden orar un espacio de tiempo en secreto. Si se prefiere, toda la asamblea puede también cantar un salmo o algún otro canto de alabanza o himno (OGMR 88).

A continuación, viene la oración después de la comunión en la que el sacerdote se une a toda la Iglesia y manifiesta su agradecimiento al Padre por los dones recibidos, pidiendo que los frutos de la Eucaristía sean eficaces par llevarnos a vivir siempre con Él en el cielo.

Los fieles responden: Amén. Si hay avisos parroquiales este es el momento, pero deben ser breves.

Bendición final

El sacerdote continúa: El Señor esté con vosotros. Responden: Y con tu espíritu.

Y el sacerdote, bendice al pueblo con una fórmula solemne, si lo desea, en los días de fiestas, o sencillamente diciendo: 0

La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros.

Todos responden: Amén.

Podéis ir en paz. Demos gracias a Dios.

El sacerdote que ha bendecido al pueblo en nombre de Dios trino, se retira, besando el altar como al principio, dejándole un beso a Jesús como agradecimiento por haberle permitido celebrar la gran maravilla de la Eucaristía.

Canto de despedida

Termina la celebración con el canto de despedida, mientras se retira el sacerdote del altar, aunque es bueno que el sacerdote permanezca en el altar hasta que se termine la canción. En algunos lugares, los sacerdotes tienen la buena costumbre de salir a la puerta, durante la última canción, para saludar a los feligreses. En algunos días especiales, es conveniente tener una pequeña recepción para tomar unas bebidas con galletas y así compartir juntos la alegría de la misa y conocerse mejor.

TERCERA PARTE

REFLEXIONES

En esta última parte, queremos expresar algunas reflexiones con testimonios para comprender la necesidad que tenemos de la fe para vivir realmente la maravilla y el misterio de la misa y comprobar cómo lo han vivido otros testigos cristianos que son un ejemplo para nosotros.

Reflexiones

Todo lo que hemos dicho sobre la grandeza admirable del misterio de la misa como fuente de inmensa alegría, no lo entienden muchos católicos que van a misa por cumplir, distraídos y con poca fe. Y, cuando falta la fe en lo que se celebra y no estamos seguros de que es realmente el mismo Jesucristo, nuestro Dios y Señor, el que viene a nuestro encuentro para celebrar una fiesta con nosotros, entonces la misa parece un espectáculo.

Un espectáculo no muy divertido y quizás aburrido, porque no se entiende nada. Algunos van a misa pensando en que termine pronto y les molesta si el sermón u homilía se alarga un poco. Y es que, cuando falta fe y no hay amor por Jesús, la misa aprovecha muy poco o nada.

Pero si comprendiéramos que todos los ángeles y santos nos acompañan, que el cielo entero está presente, actuaríamos de otra manera. Iríamos bien vestidos como a una fiesta celestial, y nunca llegaríamos tarde a la cita con Jesús.

Recordemos que, en cada misa, está presente María con san José. La sagrada familia estaba unida en la tierra y lo está también en el cielo y en cada misa. Por otra parte, la acción del Espíritu Santo es indispensable para la realización del gran milagro de la consagración del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Jesús.

Lamentablemente, muchos católicos no son practicantes y para ellos la misa dominical no tiene ninguna importancia. Al alejarse de la Eucaristía, su vida espiritual está vacía o raquítica. Por eso, es preciso que los católicos tomen conciencia de la importancia de la misa del domingo. Los primeros cristianos arriesgaban su vida por asistir a misa y nosotros preferimos ir de paseo antes que ir a misa. No nos damos cuenta de cuántas bendiciones y alegrías nos perdemos para esta vida y para la eternidad.

Los cristianos de los primeros siglos asistían a misa antes del alba, porque tenían que ir a trabajar al salir el sol, ya que el domingo no era día de fiesta. Cuando, a partir del año 321, el domingo se convirtió en día festivo y la misa pudo celebrarse a media mañana, muchos siguieron asistiendo a la misa antes del canto del gallo, porque era la hora en que las mujeres se reunieron para ir al sepulcro, constatando la resurrección. A lo largo de los siglos, la importancia del domingo llegó a la prohibición del trabajo manual para darle más significado al sentido de fiesta. En la actualidad, muchos deben trabajar el domingo por obligación, pero los que no tengan esa obligación, deberían respetar el domingo como un día de descanso, un día para estar con la familia y un día sagrado para ir a misa.

El Papa Benedicto XVI en su exhortación apostólica Sacramento de amor, afirma que cristiano es el que vive según el domingo. Y dice: Vivir el domingo quiere decir ser conscientes de la liberación traída por Cristo y hacer de nuestra vida una ofrenda a Dios (No. 72).

La fe peligra cuando no se siente deseo de participar en la misa dominical. Perder el sentido del domingo como día del Señor para santificarlo es síntoma de una pérdida del sentido auténtico de la libertad de los hijos de Dios…

Y aunque esté permitido cumplir el precepto dominical el sábado por la tarde es preciso recordar que el domingo merece ser santificado en sí mismo para que no termine siendo un día vacío de Dios (No. 73).

Testimonios

Padre Pietro Alagiani

Era capellán del ejército italiano durante la segunda guerra mundial y fue hecho prisionero el 19 de diciembre de 1942. Él dice: Desde los primeros días de cautiverio, la nostalgia por la santa misa me atormentaba más de lo que podía imaginar. Pero también en esto vino a mi encuentro Jesús, inspirándome una devoción “sui generis”. Recortando lo mejor que pude una gran hostia de papel, cada mañana, después de la meditación, celebraba dos misas, decía todas las oraciones de la misa con todas la ceremonias como si realmente estuviera en el altar. Debo reconocer que aquellas misas “secas” las celebraba con devoción y consuelo como raramente cuando tenía la suerte de celebrar las verdaderas misas. A partir del 5 de marzo de 1953, pude celebrar diariamente la misa. Desde aquel día, hasta el gran deseo de libertad se me volvió menos acuciante y menos atormentador; porque, en el fondo, había deseado e invocado la libertad y suspirado por ella, principalmente, por estar privado de celebrar la misa.

El padre Alagiani tuvo la gran suerte de tener permanentemente consigo en una bolsita colgada en el cuello a Jesús Eucaristía y esto le dio una fortaleza inmensa en medio de las torturas y de los sufrimientos de la vida carcelaria. Y dice: A pesar de las continuas dolencias, del hambre terrible, del frío extremo en invierno, nada lograba disminuir la íntima alegría que experimentaba al pensar que estaba en compañía de Jesús sacramentado.

Padre Segundo Llorente

Este misionero de Alaska, cuyos libros leía con sumo agrado en mis años de seminarista, era un sacerdote muy fervoroso. Dice: Celebraba la misa muy despacio, rodeado de varias legiones de ángeles, que me envidiaban a mí y yo les envidiaba a ellos. Me envidiaban, porque ellos no podían consagrar ni sufrir por Cristo y yo les envidiaba, porque ellos eran ángeles y yo una miseria. Él se pasaba muchas horas en oración ante Jesús sacramentado y, por eso, podía hablar por experiencia que la misa para él era un cielo en la tierra en unión con los ángeles.

Padre Ciszek

Este sacerdote norteamericano fue misionero voluntario a Rusia durante la segunda guerra mundial, pero lo tomaron preso y pasó cinco años en la famosa cárcel Lubianka de Moscú. En su libro With God in Rusia, traducido al español como Espía del Vaticano, va narrando sus aventuras y su deseo inmenso de celebrar la misa. Dice así: En el campo de trabajos forzados número 5, volví a celebrar la misa que no había podido celebrar desde los tiempos de Dubinka. Era en un taller. Disponía de un pequeño cáliz y de una patena de níquel que había hecho uno de los presos; el vino era de uvas que sacaban de no sé dónde y el pan lo cocían especialmente algunos estonianos católicos que trabajaban en la cocina. Era peligroso que asistiesen muchos por el peligro de llamar la atención; pero, a medida que corrió la voz, ya eran más los que deseaban asistir a la misa. Al cabo de cierto tiempo, el padre Gasper y yo fuimos más atrevidos y empecé a celebrar la misa en uno de los barracones donde la mayoría eran polacos y lituanos, y el brigada tenía sentimientos religiosos... Me cambiaron de alojamiento y mis antiguos feligreses venían a mi nuevo alojamiento por la noche y, entre juegos de cartas y dominó, confundidos entre las conversaciones de los demás, los confesaba y les daba la comunión… Otras veces, daba la comunión por la noche después de la misa y era lo que yo prefería, pues se corría el riesgo de perder los santos sacramentos en un registro nocturno... Después, cambiamos de táctica, yendo a barracas distintas a celebrar la misa y así evitábamos sospechas. Celebraba en algún barracón donde el jefe de la brigada era amigo, mientras él vigilaba desde la puerta para que no entrase ningún extraño.

Yo sé los sacrificios que hacíamos para celebrar en aquellas condiciones, estando hambrientos. Yo he visto sacerdotes que estaban en ayunas todo el día y trabajar con el estómago vacío para tener la posibilidad de celebrar la misa (en aquel tiempo había que guardar ayuno desde las doce de la noche del día anterior). Yo lo hice con frecuencia. Y, algunas veces, si no podíamos celebrar la misa al mediodía en el descanso para comer, debíamos esperar hasta la noche. A veces, en verano, debíamos quitarnos tiempo al sueño para levantarnos temprano antes de ir a trabajar, para celebrar la misa en algún lugar escondido. Vivíamos como en las catacumbas, con nuestras misas secretas. Si nos descubrían, éramos severamente castigados y siempre había informantes. Pero valía la pena correr todos los riesgos y sacrificios para celebrar la misa. La misa era un tesoro para nosotros. La anhelábamos y hacíamos cualquier sacrificio con tal de poder celebrarla o asistir a ella.

Cuando no podíamos celebrar la misa, teníamos hostias consagradas escondidas para poder, al menos, comulgar cada día y celebrar la misa espiritual sin pan ni vino, recitando todas las oraciones. Pero por las tardes, cuando los demás estaban jugando cartas o leyendo o conversando, yo y el padre Víctor, como si estuviéramos conversando, celebrábamos la misa de memoria. En algunas oportunidades, podíamos internarnos en el bosque durante los trabajos y allí celebrábamos la misa sobre un tronco de un árbol. Nunca olvidaré aquellas misas celebradas en los bosques de los Urales. ¡Cuánto significaba para nosotros el celebrar la misa y tener el cuerpo y la sangre de Jesús con nosotros!

Para nosotros era una necesidad celebrar la misa. La celebrábamos sin ayudantes, sin velas, sin flores, sin música ni manteles blancos; simplemente con un vaso corriente para echar unas gotas de vino; y un pedazo de pan con levadura. En estas condiciones, la misa nos acercaba a Dios más de lo que nadie podría imaginar. Conscientes de lo que estaba sucediendo, penetraba en nuestra alma el amor de Dios. Y, a pesar de las distracciones causadas por el miedo a ser descubiertos, permanecía en nosotros la alegría que producía el pequeño pedazo de pan y algunas gotas de vino consagrados por Jesús… Nada ni nadie podría haber hecho profundizar más mi fe que la celebración de la misa. Mi primera preocupación cada día era poder celebrar la misa. Ningún día la dejé de celebrar mientras pude.

Nguyen Van Thuan

Su proceso de beatificación está en marcha. Cuando era obispo de Saigón, en Vietnam, los comunistas lo metieron en la cárcel, donde estuvo 13 años. Y dice: Nunca podré expresar mi gran alegría al celebrar diariamente la misa con tres gotas de vino y una gota de agua en la palma de mi mano… ¡Este era mi altar y ésta era mi catedral! Cada día, al recitar las palabras de la consagración, confirmaba con todo el corazón y con toda el alma, un nuevo pacto de amor, un pacto eterno entre Jesús y yo, mediante su sangre mezclada con la mía. ¡Han sido las misas más hermosas de mi vida!

La Eucaristía se convirtió para mí y para los demás cristianos prisioneros en una presencia escondida y alentadora en medio de todas las dificultades… A las 21:30 había que apagar la luz y todos tenían que irse a dormir. En aquel momento, me encogía en la cama para celebrar la misa de memoria y repartía la comunión, pasando la mano por debajo de la mosquitera. Incluso fabricamos bolsitas con el papel de los paquetes de los cigarrillos para conservar el Santísimo Sacramento y llevarlo a los demás. Jesús Eucaristía estaba siempre conmigo en el bolsillo de la camisa… Por la noche, los prisioneros católicos se alternaban en turnos de adoración. Jesús eucarístico ayudaba de un modo inimaginable con su presencia silenciosa. Muchos cristianos volvían al fervor de la fe. Su testimonio de servicio y amor producía un impacto cada vez mayor en los demás prisioneros. Budistas y otros no cristianos alcanzaban la fe. La fuerza del amor de Jesús era irresistible. La prisión se convirtió en escuela de catecismo. Los católicos bautizaron s sus compañeros; eran sus padrinos… Así Jesús se convirtió en el verdadero compañero nuestro en el Santísimo Sacramento.

Padre Giovanni Salerno

El padre Giovanni es el fundador del Movimiento de los siervos de los pobres del tercer mundo y afirma: No logro comprender al sacerdote que deja de celebrar la santa misa, aunque sea un solo día. Ese día será para él un día sin sol. En mis viajes por toda Europa y por América del Norte y del Sur, Dios me ha hecho la gracia de no dejar jamás ni un solo día la celebración de la misa, que constituye para mí la única fuente de energía y me hace sentir siempre joven. La santa misa es como el sol de mi vida. Cuando no pueda celebrarla, querrá decir que mi tiempo sobre esta tierra ha terminado.

* * * * * * *

Al leer estos testimonios, quizás podamos entender mejor a los mártires de Abitene, del año 304. Fueron presentados al procónsul por los oficiales del tribunal. Se le informó que se trataba de un grupo de cristianos que habían sido sorprendidos, celebrando una reunión de culto de sus misterios. El primero de los mártires torturados, Télica, grito: Somos cristianos; por eso, nos hemos reunido. Saturnino, lleno del Espíritu Santo, respondió: “Hemos celebrado el día del Señor, porque la celebración del día del Señor no puede omitirse”. Mientras atormentaban al sacerdote Emérito, un lector, dijo: nosotros no podemos vivir sin la misa del domingo.

El gran historiador eclesiástico san Eusebio de Cesarea escribió: Cada lugar donde se sufre es para nosotros un sitio para celebrar la misa, ya sea en un campo, en un desierto, en un barco, una posada o una prisión.

Ojala que, al valorar más la santa misa como una fiesta de encuentro con Jesús, podamos estar dispuestos a cualquier sacrificio para no perder ninguna misa ni comunión ni siquiera los días ordinarios. Y, cuando no podamos asistir personalmente, hagamos muchas visitas y comuniones espirituales a Jesús Eucaristía y enviemos a nuestro ángel a visitar las iglesias del mundo y adorar en nuestro nombre a Jesús Sacramentado. Amén.

Testimonio de Catalina Rivas

Catalina es una señora casada con dos hijos, que ha recibido mensajes frecuentes de Jesús y de la Virgen María. Ha recibido los estigmas de la pasión de Jesús y es un alma víctima por los pecadores. El doctor Ricardo Castañón, a quien conozco personalmente y es un fervoroso católico, convertido del ateísmo en 1995, y que es un gran investigador de fenómenos místicos y apariciones de la Virgen, ha estudiado su caso con su equipo de investigación y ha concluido que es auténtico. Su obispo de Cochabamba en Bolivia, Monseñor René Fernández, dio en 1998 su imprimatur para la publicación de sus libros. Entre ellos está La santa misa, que es una revelación que recibió durante una misa celebrada por el arzobispo en la catedral. Este testimonio puede ayudarnos a comprender mejor lo que es la misa y el gran misterio que en ella se celebra.

Nos dice que en el ofertorio: De pronto, empezaron a ponerse de pie unas figuras que no había visto antes. Era como si del lado de cada persona, que estaba en la catedral, saliera otra persona, pues aquello se llenó de algunos personajes jóvenes, hermosos. Iban vestidos con túnicas blancas y fueron saliendo hasta el pasillo central, dirigiéndose hacia el altar.

María me dijo: Observa, son los ángeles de la guarda de cada persona que está aquí. Es el momento en que su ángel lleva sus ofrendas y peticiones ante el altar del Señor. Aquellos jóvenes tenían los rostros tan hermosos, tan radiantes como no puede uno imaginarse. Lucían unos rostros muy bellos, casi femeninos; sin embargo, la complexión de su cuerpo, sus manos, su estatura era de hombre. Los pies desnudos no pisaban el suelo, sino que iban como deslizándose, como resbalando. Aquella procesión era muy hermosa.

La Virgen María repitió: Son los ángeles de las personas que están ofreciendo esta santa misa por muchas intenciones y que son conscientes de lo que significa esta celebración y tienen algo que ofrecer al Señor. Es el momento para ofrecer. Ofrezcan sus penas, sus dolores, sus ilusiones, sus tristezas, sus alegrías, sus peticiones. Recuerden que la misa tiene un valor infinito. Por tanto, sean generosos en ofrecer y en pedir.

Detrás de los primeros ángeles, venían otros que no tenían nada en las manos, las llevaban vacías. Dijo María: Son los ángeles de las personas que, estando aquí, no ofrecen nunca nada, que no tienen interés en vivir cada momento de la misa y no tienen ofrecimientos que llevar ante el altar del Señor.

En último lugar, iban otros ángeles que estaban medio tristones con las manos juntas en oración, pero con la mirada baja… Y me dijo: Son los ángeles de las personas que, estando aquí, no están, es decir, de las personas que han venido forzadas o por compromiso, pero sin ningún deseo de participar en la misa, y los ángeles van tristes; porque no tienen nada que ofrecer ante el altar, salvo sus propias oraciones.

No entristezcan a su ángel de la guarda. Pidan mucho, pidan por la conversión de los pecadores, por la paz del mundo, por sus familiares, vecinos, por quienes se encomiendan a sus oraciones. Pidan mucho, pidan mucho, pero no sólo por ustedes sino también por los demás. Recuerden que el ofrecimiento que más agrada al Señor es su propio ofrecimiento para que Jesús, al bajar al altar, lo transforme por sus propios méritos. ¿Qué tienen que ofrecer al Padre por sí mismos? La nada y el pecado, pero, al ofrecerse a sí mismos unidos a los méritos de Jesús, ese ofrecimiento es grato al Padre.

Llegó el momento final del prefacio, cuando la asamblea decía: Santo, Santo, Santo. De pronto, aparecieron miles de ángeles pequeños y grandes, ángeles con alas inmensas, ángeles con alas pequeñas, ángeles sin alas… todos vestidos con unas túnicas como las albas blancas de los sacerdotes. Todos se arrodillaban con las manos unidas en oración y con reverencia inclinaban la cabeza. Se escuchaba una música preciosa, como si fueran muchísimos coros con distintas voc­es que cantaban al unísono junto con el pueblo: Santo, Santo, Santo…

Y llegó el momento de la consagración, el momento del más maravilloso de los milagros. Y apareció una multitud de personas vestidas con la misma túnica, pero en colores diversos: rosa, verde, celeste, lila, amarillo... Sus rostros también eran brillantes, llenos de gozo, y parecían tener todos la misma edad. Se podía apreciar que había gente de distintas edades, pero todos parecían igual en las caras, sin arrugas, felices. Todos se arrodillaban también ante el canto del Santo, Santo, Santo.

La Virgen dijo: Ellos son los santos y bienaventurados del cielo y entre ellos también están las almas de los familiares de ustedes que gozan de la presencia de Dios. Y vi a la derecha del arzobispo, un paso detrás de él, arrodillada sobre unas telas muy finas, transparentes, pero luminosas, a la Santísima Virgen con las manos unidas, mirando atenta y respetuosamente al celebrante.

Me dijo: ¿Te llama la atención verme un poco más atrás del celebrante? Así debe ser. Con todo lo que me ama mi Hijo, no me ha dado la dignidad que da a un sacerdote de poder traerlo entre las manos diariamente. Por ello, siento tan profundo respeto por el sacerdote y por todo el milagro que Dios realiza a través de él; lo cual me obliga a arrodillarme aquí.

Delante del altar, empezaron a salir unas sombras de personas en color gris que levantaban las manos hacia arriba. María me habló diciendo: Son las almas benditas del purgatorio que están a la espera de sus oraciones.

No dejen de rezar por ellas. Piden por ustedes, pero no pueden pedir por ellas mismas, son ustedes quienes tienen que pedir por ellas para ayudarlas a salir para encontrarse con Dios y gozar de Él eternamente.

Y añadió: Yo personalmente, en ninguna parte estoy más presente que en la santa misa y siempre me van a encontrar al pie del sagrario donde permanezco con los ángeles, porque siempre estoy con Él.

Llegó el momento de la consagración. El celebrante era de estatura normal; de pronto, empezó a crecer y a volverse lleno de luz; una luz sobrenatural entre blanca y dorada lo envolvía y se hacía muy fuerte en la parte del rostro, de modo que no podía ver sus rasgos. Cuando levantaba la hostia, vi sus manos y tenían unas marcas en el dorso, de las cuales salía mucha luz. ¡Era Jesús!

Era Él que, con su cuerpo, envolvía el del celebrante como si lo rodeara amorosamente. En ese momento, la hostia comenzó a crecer y crecer enorme y en ella el rostro maravilloso de Jesús, mirando a todos... Parecía que me miraba solo a mí desde la enorme hostia, pero contemplaba a cada persona lleno de amor. Luego bajé la cabeza hasta tener la frente en el suelo, como hacían todos los ángeles y santos. Inmediatamente después, Monseñor dijo las palabras de consagración del vino y junto con sus palabras empezaron unos relámpagos en el cielo y en el fondo. Desapareció a mi vista el techo y las paredes de la iglesia; todo estaba oscuro y solamente aquella luz brillaba en el altar.

De pronto, vi a Jesús crucificado de la cabeza a la parte baja del pecho. En el costado derecho de Jesús había una herida y salía sangre a borbotones hacia la izquierda, y hacia la derecha salían chorros de luz que se dirigían a los fieles. Me asombraba la cantidad de sangre que fluía hacia el cáliz. Pensé que iba a rebalsar y manchar todo el altar, pero no cayó ni una gota. La Virgen me dijo: Éste es el milagro de los milagros. Para el Señor no existe ni tiempo ni distancia y, en el momento de la consagración, toda la asamblea es trasladada al pie del Calvario en el instante de la crucifixión de Jesús.

Cuando íbamos a rezar el padrenuestro, habló el Señor por primera vez y me dijo: Quiero que ores y que en este momento traigas a tu memoria a la persona o a las personas que más daño te hayan ocasionado durante tu vida para que las abraces junto a tu pecho y les digas de todo corazón: En el Nombre de Jesús yo te perdono y te deseo la paz. Si esa persona merece la paz, la va recibir. Si no es capaz de abrirse a la paz, esa paz volverá a tu corazón. Pero no quiero que recibas y des la paz a otras personas, cuando no eres capaz de perdonar y sentir esa paz primero en tu corazón.

Llegó el momento de la paz, y me lancé a abrazar a la persona que estaba a mi lado. Pude sentir verdaderamente el abrazo del Señor en una luz muy intensa, porque, en ese momento, había sido capaz de perdonar y sacar de mi corazón todo rechazo a otras personas.

Llegó el momento de la comunión de los celebrantes. Cuando comulgaba Monseñor, me dijo María: Este es el momento de pedir por el celebrante y los sacerdotes que lo acompañan; repite junto a mí: Señor, bendícelos, santifícalos, ayúdalos y purifícalos, sostenlos con tu amor. Recuerden a todos los sacerdotes y almas consagradas del mundo y oren por ellos.

Cuando comulgué, la hostia tenía un sabor distinto, era una mezcla de sangre e incienso que me inundó entera. Sentía tanto amor que las lágrimas me corrían sin poder contenerlas. Cuando llegué a mi asiento, escuché las oraciones de una señora que estaba sentada delante de mí y que acababa de comulgar. Decía más o menos así: Señor acuérdate de que estamos a fin de mes y no tengo dinero para pagar la cuota del auto, los colegios de los chicos, ayúdame. Por favor, haz que mi marido deje de beber tanto, no puedo soportarlo más, y mi hijo menor va a perder el año otra vez. Y no te olvides de la vecina que debe mudarse de casa, que lo haga de una vez, porque no la puedo aguantar más etc, etc.

Y Jesús me dijo: ¿Te has dado cuenta? Ni una sola vez me ha dicho que me ama, ni una sola vez me ha agradecido el don que le he hecho de bajar hasta su pobre humanidad. Ni una sola vez me ha dicho: Gracias, Señor. Ha sido una letanía de pedidos y así son casi todos las que vienen a recibirme... Ustedes no se dan cuenta que necesito de su amor. Recuerda que soy el mendigo del amor en esta hora sublime de la comunión.

Cuando el sacerdote impartía la bendición, la Santísima Virgen me dijo: Haz bien la señal de la cruz. Recuerda que esta bendición puede ser la última que recibas en tu vida. Tú no sabes, si saliendo de aquí, vas a morir y no sabes si vas a tener la oportunidad de que otro sacerdote te dé una bendición. Esas manos consagradas te están dando la bendición en el nombre de la Santísima Trinidad; por lo tanto, haz la señal de la cruz con respeto y como si fuera la última de tu vida.

¡Cuántas bendiciones nos perdemos por no entender y no participar bien todos los días en la misa! ¿Por qué no hacer un esfuerzo y empezar el día media hora antes para poder asistir a la misa? Y Jesús me dijo: No salgan a la carrera terminada la misa, quédense un momento en mi compañía, disfruten de ella y déjenme disfrutar también a Mí. Los espero cada día en la misa y comunión.

GLOSARIO

Acólito.- El que ayuda al sacerdote en la misa.

Alba.- La túnica blanca que cubre por completo al sacerdote para celebrar los sacramentos.

Altar.- Lugar donde se celebra la misa y que representa a Cristo.

Ambón.- Lugar desde donde se proclama la palabra de Dios.

Cáliz.- Es la copa donde se consagra el vino.

Casulla.- Es el largo del manto, más corto que el alba, que cubre por completo al sacerdote exteriormente para la celebración de la misa.

Colores litúrgicos.- Morado, que indica conversión y penitencia, se usa durante el tiempo de Adviento y Cuaresma, y para la misa de difuntos o celebraciones penitenciales. Rojo, que significa fuego, amor y sangre, se usa el domingo de Ramos, el Viernes Santo, el domingo de Pentecostés y en las fiestas de la cruz, de los apóstoles, evangelistas y de los mártires. Blanco, es el color del triunfo y de la fiesta. Se usa en Navidad, Pascua y en las fiestas de la Virgen o de los santos no mártires y en la mayoría de los sacramentos. Verde, es el color de la esperanza. Es el que se usa durante todo el tiempo ordinario. En algunos lugares se usa el color azul el día de la Inmaculada Concepción y el negro, casi desaparecido, en misas de difuntos.

Copón o píxide.- Es el recipiente, a modo de copa grande, donde están las hostias para distribuirlas en la comunión.

Corporal.- La tela que se coloca debajo del cáliz al celebrar la misa y evitar así que se puedan perder partículas consagradas.

Custodia.- Es el ostensorio donde se coloca la hostia consagrada para exponerla a la adoración de los fieles.

Estola.- Una franja alargada que cuelga por igual sobre los hombros del sacerdote y que el diácono tiene cruzada sobre el pecho.

Incensario o turíbulo.- Es una especie de braserillo con cadenillas y tapa, donde se quema el incienso que sirve para incensar el crucifijo y el altar, durante la misa.

Leccionario.- Es el libro de las lecturas de la palabra de Dios.

Lector.- El que lee la palabra de Dios a la asamblea.

Misal.- Es el libro que está sobre el altar para la celebración de la misa.

Monitor.- El que anima la misa con las moniciones.

Salmista.- El que lee o canta el salmo responsorial.

Sede.- Lugar donde el sacerdote preside la Comunidad y se sienta para las lecturas y el salmo responsorial.

Palia.- Una pequeña tela cuadrada para cubrir el cáliz y protegerlo de cualquier suciedad que pueda entrar.

Patena.- Un pequeño platillo donde está la hostia grande que se va a consagrar durante la misa.

* * * * * * *

El cirio pascual, que simboliza a Cristo resucitado, luz del mundo, se enciende en todas las misas durante el tiempo pascual.

La lámpara del Santísimo encendida nos indica que Jesús está presente en el sagrario. Es como si nos hablara y nos dijera: Aquí está Jesús.

El pan que se ofrece en la misa debe ser de trigo sin levadura, como lo fue el que Cristo consagró en la última Cena. Y el vino debe ser de uva; no puede ser otra clase de bebida.

 

CONCLUSIÓN

Después de haber visto lo grande y maravilloso que es celebrar bien el misterio de la misa, en el cual Cristo nos sale al encuentro y nos da la oportunidad de recibirlo personalmente en la comunión, podemos decir que es triste que tantos católicos no vivan su fe en plenitud para recibir tantas bendiciones que Dios quiere darles a través de este sacramento.

Es triste ver a tantos católicos que llevan una vida espiritual raquítica o vacía, porque no dan importancia a la misa del domingo. Da pena ver cuántos no se confiesan ni comulgan durante años. Es más triste aún ver cuántos ya no creen en la presencia viva y real de Jesús en la Eucaristía y, cuando van a misa, lo hacen por cumplir, pero sin fe y sin amor.

Por eso, me sentiría feliz, si estas páginas pueden ayudar a alguien a encontrar su fe perdida o a aumentarla para que puedan acercarse más a Jesús y amarlo con todo su corazón. Esto se lo deseo especialmente a las almas consagradas, quienes por su vocación y sus votos están comprometidas a amar a Jesús sin condiciones. La misa diaria, la comunión y la adoración eucarística son elementos indispensables para crecer espiritualmente.

Les deseo a todos una vida cristiana abundante y feliz. Les recomiendo que no se pierdan la invitación que Jesús les hace cada día, en especial cada domingo, para encontrarse con Él en la misa. Jesús los espera, los llama y los ama. Que Él los bendiga por medio de María.

Saludos de mi ángel. Su hermano y amigo del Perú.

P. Ángel Peña O.A.R. Agustino Recoleto

BIBLIOGRAFÍA

Alagiani Pietro, Lubianka, Ed. Apostolado de la prensa, Madrid, 1963. Benedicto XVI, exhortación apostólica Sacramento de amor, 2007. Ciszek Walter, Espía del Vaticano, Ed. Luis de Caralt, Barcelona, 1967. Ciszek Walter, He leadeth me, Ed. Ignatius press, San Francisco, 1995. Fernández José María, La misa dominical, Ed. San Pablo, Madrid, 2005. Journel Pierre, La misa ayer y hoy, Ed. Herder, Barcelona, 1987. Juan Pablo II, Carta apostólica Dies Domini, 1998. Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, 2003. Lebon Jean, Para vivir la liturgia, Ed. Verbo divino, Estella, 1992. Manglano Castellary José, La misa antes, durante y después, Ed. Desclée de Brouwer, Bilbao, 1998. Nguyen Van Thuan, Testigos de esperanza, Ed. Ciudad Nueva, Madrid, 2000. Ojeda Lozano Ismael, Para vivir la Eucaristía y participar en ella paso a paso, Ed. Paulinas, Caracas, 2005. Ordenación General del Misal Romano, Edición 2002. Peña Ángel, Jesús Eucaristía, el amigo que siempre te espera, Lima, 1997. Peña Ángel, La Eucaristía, el tesoro más grande del mundo, Lima, 2007. Peña Ángel, Sacerdocio para siempre, Lima, 2007. Salerno Giovanni, Misión andina con Dios, Ed. Edibesa, Madrid, 2002. Sánchez Rogelio, La Eucaristía vivida, Ed. Paulinas, México, 2004. Varios, ¿Por qué ir y cómo vivir la misa?, Ed. Montecarmelo, Burgos, 2003.

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