LA PALABRA DE DIOS ILUMINA TU CAMINO
Nihil Obstat P. Ignacio Reinares Vicario Provincial del Perú
Agustino Recoleto
Imprimatur Mons. José Carmelo Martínez Obispo de Cajamarca
(Perú)
ÁNGEL PEÑA O.A.R LIMA - PERÚ ÍNDICE GENERAL
INTRODUCCIÓN
La Biblia. Para vivir mejor. Carta de Dios. Textos Bíblicos 1.-
La Palabra de Dios. 2.- Dios es mi Papá. 3.- Confianza en Dios. 4.-
Amar a todos sin excepción. 5.- Perdón incondicional. 6.- La lucha
contra el mal. 7.- ¿Estás acostumbrado a mentir? 8.- ¿Tienes
avaricia? 9.- ¿Tomas licores en exceso? 10.- ¿Eres impuro? 11.-
¿Cómo va tu matrimonio? 12.- Los hijos. 13.- ¿Sufres mucho? 14.-
¿Estás deprimido? 15.- ¿Estás angustiado? 16.- ¿Estás enfermo?
17.- ¿Ha muerto un ser querido? 18.- ¿Oras por los difuntos? 19.-
¿Te sientes solo y triste? 20.- ¿Te falta fe? 21.- ¿Tienes sed de
Dios? 22.- ¿Vives para Dios? 23.- ¿Compartes tu fe? 24.- ¿Oras
mucho? 25.- ¿Eres alegre? 26.- ¿Eres agradecido? 27.- ¿Das el
diezmo? 28.- ¿Bendices a todos? 29.- ¿Crees en la providencia de
Dios? 30.- ¿Confías en las promesas de Dios? Promesas de Jesús.
Amor a Jesús Eucaristía. Amor a la Iglesia. Amor al Papa. Amor al
ángel custodio. Aspiración a la santidad. Los salmos. Oraciones a
modo de salmos. REFLEXIONES CONCLUSIÓN
INTRODUCCIÓN
La Palabra de Dios es luz en el camino (Sal 119, 105). Es viva y
eficaz y más tajante que espada de doble filo. Penetra hasta la
raíz del alma y del espíritu (Heb 4, 12). Y permanece para siempre
(1 Pe 1, 25). Ella es alimento del alma y alegría del espíritu.
La Palabra de Dios es como una carta de amor de nuestro Padre
Dios para guiarnos por el camino de la vida en medio de tantas
tentaciones y dificultades. Ahora bien, para no equivocarnos, es
preciso interpretar bien la Palabra divina, pues hay algunos puntos
difíciles de entender que los ignorantes y necios interpretan
torcidamente para su propia perdición (1 Pe 3, 16). Hay que
interpretarla de acuerdo al sentir de la Iglesia que es columna y
fundamento de la verdad (1 Tim 3, 15). La Palabra de Dios puede
iluminarte para confiar, para alabar, para luchar o para superar las
tentaciones y seguir el camino del bien.
La Palabra de Dios será para ti, en las diferentes
circunstancias de la vida, una guía, pero también un alimento
espiritual; sin olvidarte del punto esencial de nuestra fe que es el
mismo Jesús, presente entre nosotros en la Eucaristía. Confía en
Jesús y confía en las promesas que Dios te hace en su Palabra.
El que no conoce la Sagrada Escritura no conoce a Cristo. (S.
Jerónimo)
LA BIBLIA
La Palabra de Dios tiene dos vertientes: la Escritura y la
Tradición. La Biblia es la Palabra de Dios escrita y se distingue
de la Palabra de Dios transmitida oralmente, que se llama
Tradición. La Tradición y la Escritura (Biblia) constituyen un
solo depósito sagrado de la Palabra de Dios, confiado a la Iglesia.
Ahora bien para interpretar bien la Biblia y no equivocarse, es
preciso interpretarla de acuerdo al sentir de la Iglesia que la ha
interpretado de la misma manera durante veinte siglos. Por eso, dice
el concilio Vaticano II que el oficio de interpretar auténticamente
la Palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado únicamente
al Magisterio de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de
Jesucristo. Pero el Magisterio no está por encima de la Palabra de
Dios, sino a su servicio.
Lo que no se puede hacer es interpretarla a título personal,
queriendo imponer a otros la propia interpretación, porque ninguna
profecía (palabra) de la Escritura es de interpretación personal,
porque ninguna profecía ha sido jamás proferida por humana
voluntad, sino que llevados del Espíritu Santo, hablaron los
hombres de parte de Dios (2 Pe 1, 20). Y Dios dice con claridad que
la Iglesia es columna y fundamento de la verdad (1 Tim 3, 16). Aquí
se refiere a la Iglesia fundada por Cristo, a la única Iglesia, que
nos ha transmitido desde el principio las mismas enseñanzas y que
tiene una sucesión ininterrumpida de los sucesores de Pedro (Papas)
y de los apóstoles (obispos), que es la Iglesia católica.
El libre examen o interpretación de la Biblia lleva a la
división. Actualmente, hay más de 28.000 iglesias evangélicas
distintas. Leer la Biblia sin una buena interpretación es como ir a
una farmacia y recetarse a sí mismo lo que se cree más conveniente
con el riesgo de equivocarse y hacerse mucho daño.
La Biblia merece respeto. Por esto, no debemos permitir que nadie
ponga ceniceros ni ningún otro artículo profano sobre la Palabra
de Dios. Preguntémonos qué lugar tiene la Biblia en nuestra casa.
¿Cuál es el lugar más importante en nuestro hogar; la televisión
o la Biblia abierta? Todo hogar cristiano debería tener una Biblia
abierta en un lugar visible, para manifestar que en esa casa se toma
en serio la Palabra de Dios.
Merece toda nuestra estima. Ojala la amemos tanto que sea nuestro
libro de cabecera para leer algunas frases todos los días. Como nos
dice Dios en el libro de Josué: Que este libro de la Ley (Palabra
de Dios) no se aparte nunca de tu boca, tenlo presente día y noche
para procurar hacer cuanto en él está escrito y así prosperarás
en todos tus caminos y tendrás éxito (Jos 1,8).
Hay que leerla. Dichoso el que lee y escucha las palabras de esta
profecía y observa las cosas que en ella están escritas (Ap 1,3).
Hay que escucharla atentamente. La fe viene de la escucha de la
Palabra de Dios (Rom 10, 17). Seamos como Sergio Pablo, procónsul y
varón prudente, que hizo llamar a Bernabé y Saulo, porque deseaba
escuchar la Palabra de Dios (Hech 13, 7). Y Jesús promete que
serán felices los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en
práctica (Lc 11, 28). Dile con fe: Habla, Señor, que tu siervo
escucha (1 Sam 3, 9).
Hay que creerla. Lo escrito en este libro ha sido para que crean
que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo,
tengan vida en su nombre (Jn 20, 31). Vosotros que escucháis la
Palabra de la verdad, el Evangelio de nuestra salvación, en el que
habéis creído, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la
promesa (Ef 1, 13).
Hay que estudiarla. Como los judíos de Berea que examinaban
diariamente las Escrituras (Hech 17, 11). O como los de Corinto, a
quienes Pablo enseñó la Palabra de Dios durante un año y medio
(Hech 18, 11). Y Jesús mismo nos insiste en estudiar las
Escrituras, porque ellas dan testimonio de Mí (Jn 5, 39).
Hay que memorizar algunos textos. Queden grabadas en tu corazón
estas Palabras que yo te mando hoy. Se las repetirás a tus hijos.
Se las dirás, tanto si estás en casa como si vas de viaje, cuando
te acuestes y cuando te levantes, las atarás a tu mano como una
señal, como un recordatorio ante tus ojos. Las escribirás en las
jambas de tu casa y de tus puertas (Det 6, 6-9).
Hay que vivirla. Dichoso el que escucha la Palabra de Dios y la
pone en práctica (Lc 11, 28). Todo el que oiga mis palabras y las
ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su
casa sobre roca; cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron
los vientos y embistieron contra la casa; pero ella no cayó, porque
estaba cimentada sobre roca (Mt 7, 24-26).
Hay que proclamarla. Vayan por el mundo entero, predicando el
Evangelio a toda criatura (Mc 16, 15). Pidamos esta gracia: Señor,
da a tus siervos el don de proclamar tu Palabra con toda libertad,
extiende tu mano para realizar curaciones, señales y prodigios por
el nombre de tu santo siervo Jesús. Y, después de haber orado,
tembló el lugar donde estaban reunidos; y todos quedaron llenos del
Espíritu Santo y hablaban la Palabra de Dios con libertad (Hech 4,
29-31),
No te avergüences jamás del testimonio de Nuestro Señor (2
Tim, 1, 8). Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo,
reprende, vitupera, exhorta con toda paciencia y doctrina (2 Tim 4,
2).
Y, cuando tengas oportunidad, proclama la Palabra de Dios dentro
de la misa, bien vestido, con voz clara y fuerte; y creyendo que
Dios habla a la Asamblea a través de ti, que eres su instrumento.
La Eucaristía es Jesús vivo y resucitado, presente entre nosotros
realmente como un amigo que nos habla. Y la Escritura es lo que Él
nos escribe para enseñanza nuestra. Evidentemente, primero es
Jesús y después su Palabra. Por eso, te recomiendo que vayas todos
los días a la Eucaristía para escuchar solemnemente su Palabra en
la misa o, sencillamente, leerla ante Él, visitándolo en cualquier
iglesia. Allí, ante Jesús sacramentado entenderás mejor lo que
Él quiere decirte y, sobre todo, recibirás la fuerza necesaria
para proclamarla a tus hermanos.
Dios no quiso que se callase lo que quiso que se escribiese. (San
Agustín, comentarios a los salmos 50.2)
PARA VIVIR MEJOR
La Biblia es un libro abierto para todos. Es un libro donde se
narra una historia de amor entre Dios y el hombre. Podríamos decir
que es una carta de nuestro Padre Dios a sus hijos los hombres para
que no equivoquen el camino en la dura batalla de la vida. Es una
carta de amor donde nuestro papá Dios nos habla de su gran amor por
nosotros hasta el punto de entregar a su propio Hijo Jesús a la
muerte por salvarnos. Un amor incondicional que siempre nos espera,
a pesar de todos los pecados que podamos cometer. Siempre nos está
esperando con los brazos abiertos.
Dios es amor (1 Jn 4, 8) y no puede dejar de amar. Ama a todos
sin excepción, al justo como al pecador. Incluso a los condenados
del infierno que también los creó con infinito amor. Si no los
amara, no les daría la existencia y dejarían de existir. Y los ama
tanto que es capaz de respetar su libertad eternamente y permitir,
no sólo que no lo quieran amar, sino que hasta lo odien.
A lo largo de las páginas de la Biblia encontramos
frecuentemente la idea del amor de Dios. Tanto amó Dios al mundo
que le dio a su Hijo unigénito (Jn 3, 16). No sólo ama a todos en
conjunto. Nos ama a cada uno en particular. A cada uno nos conoce
por nuestro nombre y apellidos. Tiene contados hasta los cabellos de
nuestra cabeza (Lc 12, 7). Por eso, nos dice en particular a ti y a
mí:
Tú eres a mis ojos de gran precio, de gran estima y yo te amo
(Is 43, 4). Te he amado desde toda la eternidad (Jer 31, 3).
Otra idea fundamental que aparece a lo largo de la Biblia es que
nosotros debemos amar, que nuestra vida sólo tiene sentido en el
amor a Dios y al prójimo. De estos dos mandamientos pende toda la
Ley y los profetas (Mt 22, 40). Es decir, toda la Biblia está
resumida en el gran mandamiento del amor a Dios y a los demás. Por
eso, insiste tanto Jesús: Os doy un mandamiento nuevo, que os
améis los unos a los otros (Jn 15, 12-17). El amor es la plenitud
de la ley (Rom 13, 10).
Hay que amar a todos, hacer siempre el bien, bendecir, ayudar,
servir. Nunca hacer daño a nadie. Incluso, dice Jesús: Amad a
vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen, bendecid a
los que os maldicen y orad por los que os calumnian (Lc 6, 27-28).
Evidentemente, todo esto no es fácil, sobre todo amar a los
enemigos. Pero Jesús ya nos ha dicho: Sin Mí no podéis hacer nada
(Jn 15, 5). Pero con Él podemos todo. Así lo dice san Pablo: Todo
lo puedo en Él que me fortalece (Fil 4, 13).
Otra idea fundamental es la necesidad que tenemos de confiar en
Dios. Dios es un Papá poderoso, nosotros somos pobres seres
humanos, siervos inútiles. Él lo puede todo, nosotros no podemos
nada. De ahí la necesidad de confiar en Él en los momentos
difíciles de la vida: ante una enfermedad, la muerte de un ser
querido, ante problemas humanamente insolubles, ante el sufrimiento
de cada día... Él quiere que confiemos en Él aunque, a veces, se
haga esperar. Pero la confianza en Él es la prueba esencial para
demostrarle hasta dónde llega nuestro amor. Nos dice: No tengas
miedo, porque yo estoy contigo (Is 41, 10; 43, 4). Es realmente
asombroso para quien lee detenidamente la Palabra de Dios que las
palabras No tengas miedo se repiten incesantemente. Dios quiere que
actuemos como niños pequeñitos que se dejan llevar por su Padre
Dios. Él sabe a dónde nos lleva. Él sabe lo que necesitamos y
cuándo lo necesitamos. Él lo sabe todo y Él tiene su plan para
nosotros. Dejémonos llevar sin miedo, sabiendo que Él siempre
está a nuestro lado y nunca nos dejará solos.
Esta idea de su compañía permanente es muy frecuente. Yo nunca
te dejaré ni te abandonaré (Jos 1, 5). Yo te enseñaré el camino
que debes seguir (Sal 32, 8). Aunque una madre se olvide de su hijo,
yo nunca me olvidaré de ti. Te tengo grabado en la palma de mis
manos (Is 49, 15-16). Yo estoy contigo y te bendeciré adondequiera
que tú vayas y no te abandonaré hasta cumplir mis promesas (Gen
28, 15).
Es realmente hermoso saber que tenemos un Papá que nos cuida con
ternura. Sí, un papito. Así quiere que lo llamemos, así nos lo
enseñó Jesús. Esta es una de las revelaciones más maravillosas
que Jesús vino a enseñarnos. Fue algo desconocido hasta entonces,
una verdadera revolución espiritual ¿Quién se hubiera atrevido en
aquel tiempo a llamar a Dios con el nombre de abbá, nombre con que
los niños hebreos llamaban a sus padres? Nadie, porque ni siquiera
se atrevían a pronunciar el nombre de Dios para evitar faltarle al
respeto. Pero Jesús nos enseñó que su Padre era nuestro padre y
debíamos llamarlo con confianza, como los niños, y decirle papá.
Esta era una novedad tan grande que san Marcos, al hablar de la
Pasión, pone la palabra hebrea abbá (papá) en vez de traducirla
al griego en que escribe. Y Jesús, en los momentos difíciles de
Getsemaní, dice: Abbá (Papá), todo te es posible, aleja de mí
este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya (Mc 14, 36).
San Pablo, siguiendo esta enseñanza de Jesús, también pone la
misma palabra abbá sin traducirla: Ustedes no han recibido un
espíritu de esclavitud, sino un espíritu de hijos adoptivos, que
nos hace llamar a Dios: Abbá, es decir, papá (Rom 8, 15-17). Y por
ser hijos envió Dios a nuestros corazones al Espíritu de su Hijo
que gritaba: Abbá, Papá (Gal 4, 4-7).
¡Maravilloso en verdad! Es el camino de la infancia espiritual
que nos enseñó la gran doctora de la Iglesia santa Teresita del
niño Jesús. Es lo que ya Oseas nos da entender, cuando pone en
boca de Dios: Yo le enseñé a andar, lo levanté en mis brazos…
Fui para ellos como quien alza una criatura contra su mejilla y me
bajaba hasta ella para darle de comer (Os 11, 3-4).
¡Sí, somos hijos de Dios! Qué amor tan grande nos ha mostrado
el Padre que seamos llamados hijos de Dios y los seamos en realidad
(1 Jn 3, 1). Así que el Papá de Jesús es nuestro papá y podemos
acudir con confianza a Él en todas nuestras necesidades, sabiendo
que está pronto a escucharnos y ayudarnos.
Y para que su amor a nosotros sus hijos llegara a la plenitud,
envió a su Hijo Jesús para hablarnos personalmente como un amigo
cercano. ¿Quién podría tener miedo de un Dios hecho niño en
Belén, de un Dios que jugaba con los niños y los abrazaba y los
bendecía? ¿De un Dios que muere por amor y que por amor nos
entrega a su propia madre como madre nuestra? Y para rematar la
corona, Jesús se queda con nosotros en la Eucaristía para que
podamos encontrarlo muy cerca siempre que lo necesitemos. Él nos lo
prometió: Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del
mundo (Mt 28, 20). ¿Podíamos esperar algo más? Pues nos envió al
Espíritu Santo para que nos transformara en auténticos
evangelizadores y así pudiéramos ayudarle en la gran tarea de la
salvación del mundo. El Espíritu Santo que el Padre enviará en mi
nombre les enseñará todo y les recordará todo lo que les he dicho
(Jn 14, 26). Y les guiará hacia la verdad completa (Jn 16, 13).
CARTA DE DIOS
La Biblia como Carta de nuestro Padre Dios, podríamos resumirla
en pocas palabras, más o menos, así:
Querido hijo mío:
Desde toda la eternidad he pensado en ti y he soñado grandes
cosas para ti. Tengo grandes proyectos para tu vida. Por eso, te
escribo esta carta para que no te equivoques de camino y vayas
siempre por el camino del bien. Perdona siempre a todos los que te
ofendan y nunca hagas daño a nadie. Ama a todos sin excepción,
porque el amor es el único camino de la felicidad. Y, pase lo que
pase, no tengas miedo, confía siempre en Mí. Yo soy tu papá y
siempre estoy a tu lado para ayudarte. Y te perdonaré tus pecados,
si vienes arrepentido hacia Mí.
Tú eres mi hijo querido y eres para mí más precioso que todo
el universo. Cuando estés triste, deprimido, enfermo o atribulado
por cualquier dificultad, ven a Mí y cuéntame tus cosas. Yo me
sentiré feliz de oírte y de ayudarte. Y, cuando estés alegre y
contento, no olvides que todo lo que tienes es un regalo de mis
manos y que debes agradecerlo y aprovecharlo para hacer felices a
los demás.
Como papá, deseo lo mejor para ti. Por eso, quiero que cumplas
siempre mi voluntad y nunca dudes de mi amor. Ciertamente, mis
pensamientos no son tus pensamientos. Pero déjame guiarte.
Abandónate en mis manos como un niño. No temas, déjate amar por
Mí y sígueme.
Recuerda que Jesús murió por salvarte y siempre te sigue
esperando en la Eucaristía. Vete a visitarlo y a recibirlo. Él
quiere ser tu amigo. Allí también te espera María, que es tu
mamá. Acude también a Ella con confianza.
Pide al Espíritu Santo que te santifique cada día más y te
transforme en un auténtico cristiano. Además, deseo que compartas
tu fe y seas un evangelizador entre tus hermanos. Comparte con ellos
tu fe y tu amor. No tengas miedo, háblales siempre de mi amor.
Muchos me tienen miedo y no creen en Mí. Háblales de Mí y diles
que también a ellos los amo y que serán bendecidos en la medida en
que me amen y confíen en Mí.
Hijo, te amo con todo mi infinito amor. En la Iglesia
encontrarás los medios adecuados para amarme más. Ama a la Iglesia
y defiéndela. Vive tu fe católica en plenitud... Un día no muy
lejano vendré a buscarte para llevarte conmigo a mi reino de
felicidad. Allí estaremos siempre juntos y yo me sentiré orgulloso
de ti. Que seas santo, hijo mío. Es mi mejor deseo para ti. Tu
papá Dios
Crean con fe inquebrantable en las sagradas Escrituras como a
testigos veraces. (San Agustín, De Trinidad 15, 27, 49)
TEXTOS BÍBLICOS
La Palabra de Dios
Dios nos habla en su palabra y su palabra siempre es verdadera.
La Palabra de Dios no puede fallar (Jn 10, 35). Todos los textos
de la Escritura son inspirados por Dios y son útiles para enseñar,
para rebatir, para corregir, para guiar en el bien (2 Tim 3, 16-18).
La Palabra de Dios es verdadera, un escudo para quien se refugia en
ella (Prov 30, 5). La fuente de la sabiduría es la Palabra de Dios
(Eclo 1, 5).
Por eso, podemos decir con agradecimiento:
Tu Palabra, Señor, es lámpara para mis pasos, luz en mi sendero
(Sal 119, 105). Tu Palabra me da la vida (Sal 119, 50). Tu Palabra,
Señor, es para siempre, más estable que los cielos (Sal 119, 89).
Y yo escondí tus palabras en mi pecho para no pecar contra ti (Sal
119, 11). Habla, Señor, que tu siervo escucha (1 Sam 3, 9). Señor,
envíame tu luz y tu verdad (Sal 43, 3). Muéstrame, Señor, tus
caminos (Sal 25, 4).
Y Dios nos dice:
La Palabra que sale de mi boca no volverá a mí vacía hasta que
haya cumplido su misión (Is 55, 10-11). Que este libro (de la Ley o
Palabra de Dios) no se aparte nunca de tu boca, tenlo presente día
y noche (Jos 1, 8). Hijo mío, no te olvides de mis enseñanzas y
conserva mis palabras en tu corazón (Prov 3, 1). Hijo mío, atiende
a mis palabras... guárdalas en tu corazón, porque son un manantial
de vida para ti (Prov 4, 20-23).
Dios es mi Papá
Y me dice:
Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy (Sal 2, 8). Tú eres mi
hijo muy amado en quien tengo puestas todas mis complacencias (Mc 1,
11). Hijo, tus pecados te son perdonados (Mc 2, 5). Te he amado
desde toda la eternidad y, por eso, te he mantenido mi favor (Jer
31, 3). Con amor eterno me apiadé de ti... y nunca se apartará de
ti mi amor (Is 54, 8-10). Tú eres a mis ojos de gran precio, de
gran estima y yo te amo (Is 43, 4). Yo nunca te dejaré ni te
abandonaré (Heb 13, 5; Jos 1,5). No tengas miedo, porque yo estoy
contigo (Is 43, 5). Dame, hijo mío, tu corazón y que tus ojos
hallen deleite en mis caminos (Prov 23, 26). Antes de que fueras
formado en el vientre de tu madre, yo te conocía y, antes que
nacieras, yo te escogí (Jer 1, 5). Te he llamado por tu nombre y
tú me perteneces (Is 43, 1). Tengo tu nombre grabado en la palma de
mis manos y no puedo olvidarme de ti (Is 49, 15-16). Confía en mí
y no te apoyes en tu propia inteligencia (Prov 3, 5).
De ahí que podemos decirle con todo cariño:
Yo te amo, Señor, fortaleza mía (Sal 18, 2). Tú lo sabes todo,
Tú sabes que te amo (Jn 21, 17). Aunque pase por un valle de
tinieblas, no temeré mal alguno, porque Tú estás conmigo (Sal 23,
4). ¡Oh, Dios mío, qué precioso es tu amor! (Sal 36, 8). Oh
Señor, Dios mío, ayúdame y sálvame por tu amor (Sal 109, 26).
Haz que sienta tu amor por la mañana al levantarme, porque confío
en Ti (Sal 143, 8). Te doy gracias, Señor, por todas las maravillas
que has hecho en mí. Yo soy un prodigio de tus manos (Sal 139, 14).
Dame un corazón puro y renuévame por dentro con espíritu firme
(Sal 51, 12).
Confianza en Dios
Si Dios es mi papá y yo soy su hijo, es evidente que puedo
confiar en Él, porque nunca me dejará solo y abandonado.
Bienaventurado el hombre que confía en Dios y pone en Él su
confianza (Jer 17, 7). Los que confían en el Señor son como el
monte Sión: no tiembla, está asentado para siempre (Sal 125, 1).
El Señor es mi pastor, nada me falta (Sal 23, 1). ¿Qué te abate,
alma mía? ¿Por qué gimes dentro de mí? Pon tu confianza en Dios
(Sal 42, 6). Si mi padre y mi madre me abandonan, el Señor me
acogerá (Sal 27, 10). En paz me acuesto y en seguida me duermo,
porque Tú, Señor, me haces vivir tranquilo (Sal 4, 9). Sé de
quién me he fiado (2 Tim 1, 12). Señor, a Ti he confiado mi causa
(Jer 20, 12; 11, 20). En Dios confío y no temo, ¿qué podrá
hacerme un hombre? (Sal 56, 5). En ti confío, Señor, y no seré
nunca confundido (Sal 25, 2 y 31, 2).
Y nuestro Padre nos dice:
Tengan confianza, soy yo, no tengan miedo (Mt 14, 27). Yo, tu
Dios, te he tomado de la mano y te digo: No temas (Is 41, 13). Yo
nunca te dejaré ni te abandonaré (Jos 1, 5; Heb 13, 5). No tengas
miedo, solamente confía en Mí (Mc 5, 36). No tengas miedo, yo te
he rescatado y te llamé por tu nombre y tú me perteneces (Is 43,
1). Yo estoy contigo para salvarte (Jer 30, 11).
Por lo cual, hablemos de la importancia de confiar en Dios y
digamos a todos:
Confíen en el Señor, Él es la roca irrompible (Is 26, 4).
Amar a todos sin excepción
Ámense los unos a los otros, porque quien ama a su prójimo ha
cumplido la Ley, pues no adulterarás, no matarás, no robarás, no
codiciarás y cualquier otro mandamiento, se resume en esta frase:
Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor no obra el mal al
prójimo, pues el amor es la plenitud de la Ley (Rom 13, 8-10). Si
alguno dice que ama a Dios y aborrece a su hermano, está mintiendo,
porque quien no ama a su hermano a quien ve, no es posible que ame a
Dios a quien no ve. Y nosotros tenemos de Él este mandamiento: que
quien ama a Dios, ame también a su hermano (1 Jn 4, 20-21). De
estos dos mandamientos pende toda la Ley y los profetas (Mt 22, 40).
Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros... Esto les
mando: que se amen unos a otros (Jn 15, 12-17). No quieras para los
demás lo que no quieras para ti (Tob 4, 15). Hagan a los demás lo
que quieran que les hagan a ustedes, porque en esto se resume toda
la Ley y los profetas (Mt 7, 12).
Perdón incondicional
Quien aborrece a su hermano es un homicida y ya saben que ningún
homicida tiene la vida eterna (1 Jn 3, 15). Si ustedes no perdonan,
tampoco su Padre del cielo los perdonará (Mt 6, 14). Amen a sus
enemigos, hagan el bien a los que los aborrecen, bendigan a los que
los maldicen y oren por los que los calumnian (Lc 6, 27). Sean
comprensivos, perdonándose unos con otros como Dios los ha
perdonado en Cristo (Ef 4, 32). No devuelvan mal por mal, procuren
el bien a todos. No se tomen la justicia por su mano... Si tu
enemigo tiene hambre, dale de comer, si tiene sed, dale de beber...
No te dejes vencer por el mal, antes bien, vence al mal con el bien
(Rom 12, 17-21). No devuelvan mal por mal ni ultraje por ultraje: al
contrario, bendigan a todos, pues hemos sido llamados a ser
herederos de la bendición (1 Pe 3, 9). No te vengues ni guardes
rencor (Lev 19, 18). Si vas a presentar tu ofrenda ante el altar y
allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí
tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu
hermano; y luego vuelves a presentar tu ofrenda (Mt 5, 23-24).
Y ahora di de todo corazón como Jesús:
Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen (Lc 23, 34).
La lucha contra el mal
Evita acudir al ocultismo, adivinación, magia, brujería o a
todo lo que tenga relación con el maligno.
Que no haya en medio de ti quien se dé a la adivinación, magia,
hechicería, ni quien consulte a encantadores, a espíritus ni a
adivinos ni a espiritistas. Eso es una abominación ante Dios (Det
18, 10-12). No practiquen la adivinación ni la magia... no acudan a
los que evocan a los muertos (espiritistas) ni a los adivinos ni los
consulten para no mancharse con su trato (Lev 19, 26-31). Que se
presenten y te salven (si pueden) los astrólogos que observan las
estrellas y te hacen saber cada mes lo que te sucederá. Son briznas
de paja que ha consumido el fuego, no podrán salvar sus vidas del
poder de las llamas y no habrá quien te salve (Is 47, 13-15).
Vístanse de la armadura de Dios para poder resistir las insidias
del diablo, porque nuestra lucha no es contra la sangre o la carne
sino contra los principados, contra las potestades, contra los
dominadores de este mundo tenebroso, contra los malos espíritus.
Tomen, pues, la armadura de Dios para que puedan resistir en el día
malo y, vencido todo, se mantengan firmes... Tomen el escudo de la
fe para que puedan apagar los darlos encendidos del maligno (Ef 6,
10-18). Resistan al diablo y huirá de ustedes (Sant 4, 7). El
diablo es mentiroso y padre de la mentira (Jn 8, 44). Sean sobrios y
vigilen, pues su enemigo el diablo, como león rugiente, anda
buscando a quien devorar. Resístanle firmes en la fe (1 Pe 5, 8).
Si creen en Mí, expulsarán demonios (Mc 16, 17).
Algo importante en esta lucha contra el mal y contra el maligno
es el amor a María, pues Dios le dijo a la serpiente infernal en el
paraíso:
Ella te aplastará la cabeza (Gen 3, 15). Por eso, al nombre de
Jesús y de María, huyen espantados los demonios.
También es poderoso rezar a san Miguel arcángel, que es el
general en jefe de los ejércitos celestiales.
Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón y peleó el
dragón y sus ángeles, pero no pudieron triunfar y fue arrojado el
dragón grande, la antigua serpiente, llamado diablo y Satanás (Ap
12, 7-9).
¿Estás Acostumbrado a mentir?
Dios te dice:
No dirás falsos testimonios contra tu prójimo (Ex 20, 16). No
se engañen unos a otros (Col 3, 9). Lucha por la verdad hasta la
muerte y el Señor combatirá por ti (Eclo 4, 33). Compra la verdad
y no la vendas (Prov 23, 23). Dejando de lado la mentira, que cada
uno diga la verdad a su prójimo (Ef 4, 25). Yo soy la verdad (Jn
14, 6). Y la verdad os hará libres (Jn 8, 32). Por eso, no quiero
colocar la mentira en lugar de la verdad (Rom 1, 25). Señor,
detesto el camino de la mentira (Sal 119, 104).
¿Tienes avaricia?
No tuerzas el derecho, no hagas acepción de personas, no recibas
regalos, porque los regalos ciegan los ojos de los sabios y
corrompen las palabras de los justos. Sigue estrictamente la
justicia (Det 16, 19). El dinero es una trampa para los que le
sirven y todo insensato queda preso en él. Feliz el rico que fue
hallado intachable, porque no fue tras el oro. ¿Quién es y lo
felicitaremos? ¿Quién sufrió esta prueba y fue hallado perfecto?
(Eclo 31, 7-10). El que procede con justicia y habla con rectitud y
rehúsa el lucro de la opresión, el que sacude la mano rechazando
el soborno y tapa su oído a propuestas sanguinarias, el que cierra
los ojos para no ver la maldad, ese habitará en lo alto y tendrá
su alcázar en un picacho rocoso con abasto de pan y provisión de
agua (Is 33, 15-16). Rechazad toda maldad y todo engaño (1 Pe 2,
1). Los que quieren enriquecerse, caen en tentaciones, en lazos y en
muchas codicias locas y perniciosas que hunden a los hombres en la
perdición y en la ruina, porque la raíz de todos los males es la
avaricia (1 Tim 6, 9-10). Que todos trabajen y el que no quiera
trabajar que no coma (2 Tes 3, 10). Vuestra vida esté libre de
avaricia (Heb 13, 5). El que robaba, ya no robe, antes bien que
trabaje con sus propias manos en algo de provecho y así pueda dar
al que tiene necesidad (Ef 4, 28). Es mejor dar que recibir (Hech
20, 35).
¿Tomas licor en exceso?
El que se da a la borrachera jamás se hace rico (Eclo 19, 1).
Vivamos decentemente como de día, no en comilonas y borracheras
(Rom 13, 13). Ay de los que se levantan con el alba para seguir con
la borrachera y se quedan por la noche hasta que el vino (licor) los
caldea (Is 5, 11). Estén atentos no sea que se emboten sus
corazones por la borrachera (Lc 21, 34). No se mezclen con ninguno
que sea fornicario, avaro, idólatra, maldiciente, borracho o
ladrón (1 Co 5, 11). ¡No se engañen! Ni los fornicarios, ni los
idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas,
ni los ladrones, ni los avaros, ni los maldicientes o borrachos
entrarán en el reino de Dios (1 Co 6, 10). No se emborrachen con
vino (licor), en el cual está el desenfreno (Ef 5, 18). No te hagas
el valiente con el vino (licor), porque a muchos perdió la
bebida... La borrachera quita la razón y hace tropezar (Eclo 31,
30.40). Basta ya de vivir en desenfreno y en liviandades, comilonas
y borracheras (1 Pe 4, 3). No beban hasta emborracharse (Tob 4, 15).
Sean sobrios, estén alerta, que su enemigo el diablo, como león
rugiente, anda rondando, buscando a quién devorar (1 Pe 5, 8).
¿Eres impuro?
El hombre impúdico consigo mismo no cesará hasta que su fuego
se extinga (Eclo 23, 23). No llevará la mujer vestidos de hombre ni
el hombre vestidos de mujer, porque eso es abominación ante Dios
(Det 22, 5). Todo el que mira a una mujer, deseándola, ya adulteró
con ella en su corazón (Mt 5, 28). No te entregues a prostitutas,
no vayas a perder tu hacienda (Eclo 9, 6). Los fornicarios no
entrarán en el reino de Dios (1 Co 6, 10). Deben saber que ningún
fornicario o impuro tendrá parte en el reino de Dios (Ef 5, 5). No
sean como los paganos que... insensibilizados se entregaron a la
lascivia para obrar con desenfreno toda clase de impurezas (Ef 4,
19). Las obras de la carne son fornicación, impureza, lascivia...
orgías y otras cosas semejantes, de las cuales os prevengo, como
antes lo dije, que quienes hacen tales cosas no heredarán el reino
de Dios (Gal 5, 20). No tendrás relaciones con una pariente directa
(Lev 18, 6-8). No tendrás relaciones con tu hermana (Lev 18, 9). No
tendrás relaciones con tu nuera (Lev 18, 15-16). No tendrás
relaciones con un hombre como con mujer; es abominación (Lev 18,
22). Dios los entregó a las pasiones vergonzosas, pues las mujeres
mudaron el uso natural en uso contra la naturaleza e igualmente los
varones dejando el uso natural de la mujer, se abrasaron en la
concupiscencia de unos por otros, los varones de los varones,
cometiendo torpezas y recibiendo en sí mismos el pago de su
extravío (Rom 1, 24-27). Los hombres de la ciudad de Gueba decían:
Sácanos al hombre que ha entrado en tu casa para que lo conozcamos
(abusemos). Ellos abusaron toda la noche de su mujer que quedó
muerta. Los israelitas hicieron la guerra por este crimen a los de
la ciudad y a los de su tribu (Benjamín) y casi los exterminaron
(Jue 19 y 20). Y Dios destruyó la ciudad de Sodoma por el pecado de
sodomía, tener relaciones sexuales con personas del mismo sexo (Gen
18 y 19). La voluntad de Dios es su santificación: que se abstengan
de la fornicación, que cada uno sepa guardar su cuerpo en santidad
y honor... Dios no nos llamó a la impureza sino a la santidad (1
Tes 4, 3-7). La fornicación y cualquier género de impureza y
avaricia ni se nombre entre ustedes (Ef 5, 3). El cuerpo no es para
la fornicación sino para el Señor y el Señor para el cuerpo. ¿No
saben que sus cuerpos son miembros de Cristo? ¿Y voy a tomar los
miembros de Cristo para hacerlos miembros de una prostituta? De
ningún modo. ¿No saben que quien se allega a una prostituta se
hace un cuerpo con ella?... Huyan de la fornicación. Cualquier
pecado que cometa un hombre fuera de su cuerpo queda, pero el que
fornica peca contra su propio cuerpo. ¿O no saben que su cuerpo es
templo del Espíritu Santo que habita en ustedes?... Glorifiquen a
Dios con su cuerpo (1 Co 6, 13-20).
¿Cómo va tu matrimonio?
Ama y respeta a tu esposa.
La mujer honesta es fuente de bendiciones y no tiene precio la
mujer casta. Como resplandece el sol en el cielo, así la belleza de
la mujer buena (Eclo 26, 19-21). La mujer fuerte ¿quién la
hallará? Vale más que las perlas. En ella confía el corazón de
su marido y no tiene nunca falta de nada (Prov 31, 10). ¿Para qué
andar, hijo mío, tras una mujer extraña y abrazar en tu seno a una
extranjera? Los caminos del hombre están ante los ojos de Dios. Él
ve todos sus pasos (Prov 5, 20-21). Ustedes, esposos, traten a sus
esposas con discreción como a un vaso más débil, honrándolas
como a coherederas de la gracia de la vida para que nada impida sus
oraciones (1 Pe 3, 7). Ustedes mujeres, estén sujetas a sus esposos
para que, si alguno se muestra rebelde a la Palabra, sea ganado sin
palabras por la conducta de su esposa, considerando su respetuoso y
honesto comportamiento. Y no se preocupen tanto de los peinados o de
las joyas de oro o de los vestidos, sino de tener un espíritu manso
y tranquilo que es de mucho valor ante Dios (1 Pe 3, 1-4). Que cada
uno ame a su esposa y la ame como a sí mismo, y la mujer que
respete a su marido (Ef 5, 33). Las casadas estén sujetas a sus
maridos como al Señor, porque el esposo es cabeza de la esposa como
Cristo es cabeza de la Iglesia… Ustedes esposos, amen a sus
esposas como Cristo amó a su Iglesia... Dejará el hombre a su
padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola
carne (Ef 5, 22-31).
En las relaciones matrimoniales hay que evitar todo lo que sea
antinatural, concretamente, el onanismo.
Onan, sabiendo que la prole no sería suya, cuando entraba a la
mujer de su hermano, derramaba (el semen) en tierra para no dar
prole a su hermano. Era malo a los ojos de Dios lo que hacía Onan y
lo mató (Gén 38, 9).
Por otra parte, no hay que negarse a las relaciones íntimas sin
causa grave y justificada.
La esposa no es dueña de su propio cuerpo, lo es el esposo; e
igualmente el esposo no es dueño de su propio cuerpo, lo es su
esposa. No se defrauden el uno al otro, sino de común acuerdo y por
breve tiempo, para dedicarse a la oración, y después vuelvan a lo
mismo a fin de que no los tiente Satanás de incontinencia (1 Co 7,
4-5).
En cuanto al divorcio, ¿han pensado separarse?
Dios te dice:
Yo odio el divorcio (Mal 2, 16). La mujer casada está ligada a
su marido mientras él viva (Rom 7, 2-3). En cuanto a los casados es
precepto, no mío sino del Señor, que la mujer no se separe del
marido y de separarse que no vuelva a casarse o se reconcilie con el
marido, y que el marido no repudie a su mujer (1 Co 7, 10-11). El
que se separa de su esposa y se casa con otra comete adulterio. Y si
la mujer se separa del esposo y se casa con otro, comete adulterio
(Mc 10, 10-12). El que se separa de su esposa (excepto en caso de
fornicación) la expone al adulterio y el que se casa con la
repudiada comete adulterio (Mt 5, 31-32). Lo que Dios ha unido que
no lo separe el hombre (Mt 19, 6). Dios toma la defensa de la esposa
de tu juventud a la que has sido infiel, siendo ella tu compañera y
la esposa de alianza matrimonial. ¡Cuidado, no seas infiel a la
esposa de tu juventud! (Mal 2, 14-15).
Ora siempre con ella como Tobías con su esposa Sara:
Señor, no llevado del deseo impuro, sino del amor, la recibo por
mujer. Ten misericordia de mí y de ella y concédenos a ambos larga
vida (Tob 8, 7).
Y cuando tengas serios problemas en tu matrimonio, no olvides lo
que dice Jesús:
Sin Mí no pueden hacer nada (Jn 15, 5).
Pero, como dice san Pablo:
Todo lo puedo en Cristo que me fortalece (Fil 4, 13). Ora mucho
por tu matrimonio. Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y
tu familia (Hech 16, 31). El matrimonio sea tenido por todos en
honor y la unión conyugal sea sin mancha, porque a los fornicarios
y adúlteros los juzgará el Señor (Heb 13, 4).
Los hijos
En ninguna parte de la Biblia se dice que los hijos sean una
maldición, sino todo lo contrario, son una bendición, aunque sean
enfermos. De ahí que el aborto sea abominable para Dios.
La herencia que da el Señor son los hijos; su salario es el
fruto del vientre, son saetas en manos de un guerrero los hijos de
la juventud. Dichoso el hombre que llena con ellas su aljaba: no
quedará derrotado cuando litigue con su adversario en la plaza (Sal
127, 3-5). El Señor, a la estéril, le da un puesto en la casa,
como madre feliz de hijos (Sal 113, 9). La corona del anciano son
sus hijos y sus nietos; los hijos son la honra de sus padres (Prov
17, 6). Tus hijos son como renuevos de olivo alrededor de tu mesa;
ésta es la bendición del hombre que teme al Señor. Que el Señor
te bendiga... y veas a los hijos de tus hijos (Sal 128, 3-4).
Corrige a tu hijo y te dará contento (Prov 29, 17). Hijo mío, si
eres sabio, se alegrará mi corazón. Y se alegrarán mis entrañas,
si tus labios dicen cosas rectas. No envidies a los pecadores, sino
persevera en el bien. Porque ciertamente tendrás un porvenir y no
verás frustrada tú esperanza. Óyeme, hijo mío, y sé sabio y
endereza tu corazón por el buen camino. No te vayas con los
borrachos... Escucha a tu padre y, cuando envejeciere tu madre, no
la desprecies. Compra la verdad y no la vendas... Dame, hijo mío,
tu corazón y pon tus ojos en mis caminos (Prov 23, 15-26). Hijos,
obedezcan a sus padres en el Señor, porque esto es justo. Honra a
tu padre y a tu madre es el primer mandamiento seguido de una
promesa: para que sean felices y tengan larga vida sobre la tierra.
Y ustedes, padres, no exasperen a sus hijos, sino edúquenlos en
disciplina y en la enseñanza del Señor (Ef 6, 1-4). Hijo, acoge a
tu padre en la ancianidad y no le des pesares mientras viva (Eclo 3,
14).
Y Dios nos sigue diciendo a cada uno: Tú eres mi hijo muy amado
en quien tengo puestas todas mis complacencias (Mc 1, 11).
¿Sufres mucho?
Bienaventurados serán cuando los persigan y calumnien.
Alégrense y regocíjense, porque grande será su recompensa en el
cielo (Mt 5, 11). Es preciso pasar por muchas tribulaciones para
entrar en el reino de los cielos (Hech 14, 22). Pero los
padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación de la
gloria que ha de manifestarse en nosotros (Rom 8, 18). Alégrense en
la medida en que participen de los padecimientos de Cristo (1 Pe 4,
13). En el mundo han de padecer persecución, pero confíen, yo he
vencido al mundo (Jn 16, 33). El Señor me dijo: Te basta mi gracia,
que en la flaqueza llega al colmo el poder. Muy gustosamente
continuaré gloriándome en mis debilidades para que habite en mí
la fuerza de Dios. Por lo cual, me complazco en las enfermedades, en
los oprobios, en los aprietos por Cristo; pues, cuando parezco
débil, entonces es cuando soy fuerte (2 Co 12, 9-10). Por lo cual,
me alegro de mis padecimientos y suplo en mi carne lo que falta a
las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia (Col 1,
24). Jamás me gloriaré, sino en la cruz de Jesucristo por quien el
mundo está crucificado para mí y yo para el mundo (Gal 6, 14).
El sufrir pasa, pero el haber sufrido queda.
Y Dios todo lo permite por nuestro bien (Rom 8, 28).
Por eso puedo dormir tranquilo, sabiendo que mi Padre Dios vela
mi sueño y mi vida está en sus manos y no me sucederá nada más
que lo que Él permita por mí bien. Y puedo decir con fe:
Dios mío, yo confío en Ti (Sal 91, 2).
¿Estás deprimido?
Dite a ti mismo:
El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El
Señor es el amparo de mi vida, ¿quién me hará temblar? (Sal 27,
1-3). Alma mí, confía en el Señor; ten ánimo, espera en el
Señor (Sal 27, 14). Yo me apoyo en Dios, que es mi Señor, y me
hace correr por las alturas (Hab 3, 19). Señor, Tú eres mi Dios; a
Ti te busco, mi alma tiene sed de Ti (Sal 63, 2-5). Señor, oye mi
clamor, atiende mi oración (Sal 61, 2-4). Mírame y ten compasión
de mí (Sal 25, 16). Ahora me siento tranquilo y no tengo más
miedo, porque mi fuerza y mi canción es el Señor. Él es mi
salvación (Is 12, 2).
Él me dice con cariño:
Hijo, confía en Mí, tus pecados te son perdonados (Mt 9, 2).
Confía en Mí y no te apoyes en tu propia inteligencia (Prov 3, 5).
Dame, hijo mío, tu corazón y que tus ojos hallen deleite en mis
caminos (Prov 23, 26).
Y yo puedo decir con fe:
Cristo es todo para mí. Cristo es mi vida (Fil 1, 21). Todo lo
puedo con Cristo que me fortalece (Fil 4, 13).
¿Estás angustiado?
Medita en tu corazón:
El Señor me liberó de todos mis temores (Sal 34, 5). El Señor
es mi socorro ¿qué pueden hacer los hombres contra mí? (Heb 13,
6). Cuando te llamo, Tú me respondes, oh mi Dios. Tú, que me has
sostenido en mis angustias, ten compasión de mí y escucha mi
oración (Sal 4, 2). Señor, escucha mi oración y que mi clamor
llegue a tu presencia. No apartes tu rostro de mí. En el tiempo de
la angustia, atiéndeme y escúchame el día que te invoco (Sal 118,
5-6). Mírame y ten compasión de mí, que soy pobre y afligido (Sal
25, 16-18). Señor, escucha mi oración y presta oído a mis
súplicas (Sal 86, 6-7).
Y Dios me responde:
Yo soy el Dios de Abraham, tu padre, no temas; porque yo estoy
contigo (Gén 26, 24). No temas, que yo estoy contigo; no mires con
desconfianza, pues yo soy tu Dios (Is 41, 10). Yo soy tu Dios y te
enseño lo que es provechoso (Is 48, 17-18). Yo te enseñaré el
camino que debes seguir, seré tu consejero y estarán mis ojos
velando sobre ti (Sal 32, 8). Si atraviesas las aguas, yo estaré
contigo; si por ríos, no te anegarás. Si pasas por el fuego, no te
quemarás; las llamas no te consumirán, porque yo soy tu Dios... A
mis ojos eres de gran precio, de gran estima y yo te amo. No temas,
porque yo estoy contigo (Is 43, 2-5). No tengas miedo, solamente
confía en Mí (Mc 5, 36). Vengan a Mí los que están cansados y
agobiados y Yo los aliviaré (Mt 11, 28).
¿Estás enfermo?
Señor, Tú me curas y me haces vivir (Is 38, 16). Señor, si
quieres puedes curarme (Mc 1, 40). Y (Jesús), enternecido,
extendió su mano, lo tocó y le dijo: Quiero, queda limpio (Mc 1,
42).
Y Jesús te sigue diciendo como al padre del epiléptico:
Todo es posible al que tiene fe (Mc 9, 23).
Dile tú también:
Creo, Señor, pero ayuda a mi poca fe (Lc 9, 24).
Y Dios te sigue diciendo:
Llámame y yo te responderé y te comunicaré cosas grandes y
ocultas que tú no conoces... Yo les restituiré la salud, los
sanaré y les daré abundancia de paz y de verdad (Jer 33, 3-7). El
que esté enfermo que llame a los sacerdotes de la Iglesia para que
oren sobre él, ungiéndole con óleo en el nombre del Señor; y la
oración de la fe salvará al enfermo y el Señor lo curará y, si
ha cometido pecado, lo perdonará. Oren unos por otros para que sean
curados, porque mucho puede la oración fervorosa del hombre bueno
(Sant 5, 13-16). Yo soy Dios, tu sanador (Ex 15, 26). Sé fiel hasta
la muerte y te daré la corona de la vida (Ap 2, 10). Hijo mío,
cuando estés enfermo, no te impacientes, ruega al Señor y Él te
sanará... Llama al médico, porque el Señor lo creó y no lo
alejes, pues te es necesario. Hay ocasiones en que logra acertar,
porque también él oró al Señor para que lo guiara en procurar
alivio y dar la salud para prolongar la vida del enfermo (Eclo 38,
9-15). Los que crean... impondrán las manos en mi nombre sobre los
enfermos y estos quedarán sanos (Mc 16, 18).
¿Ha muerto un ser querido?
Di con fe:
Dios me lo dio, Dios me lo quitó. ¡Bendito sea el nombre de
Dios! (Job 1, 21). Las almas de los justos están en las manos de
Dios. A los ojos de los necios parecían haber muerto y su partida
era considerada una desgracia, pero ellos gozan de paz... Después
de un ligero castigo, serán colmados de bendiciones, porque Dios
los probó y los halló dignos de sí (Sab 3, 1-5). Felices los
muertos que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, que
descansen de sus fatigas, porque sus obras los acompañan (Ap 14,
13). Dios enjugará las lágrimas de sus ojos y la muerte no
existirá más ni habrá duelo, ni gritos ni dolor, porque esto es
ya pasado (Ap 21, 4). Si vivimos, vivimos para el Señor. Si
morimos, morimos para el Señor y, tanto en la vida como en la
muerte, somos del Señor (Rom 14, 7-9). No queremos que ignoren la
suerte de los difuntos para que no se aflijan como los que no tienen
esperanza. Si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo
modo Dios, por Jesús, tomará consigo a los que se durmieron en
Él. Esto se lo decimos como Palabra del Señor... Consuélense
mutuamente con estas palabras (1 Tes 4, 13-18).
Y Jesús nos dice:
Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en Mí, aunque
haya muerto vivirá, y todo el que vive y cree en Mí no morirá
para siempre (Jn 11, 25-26).
¿Oras por los difuntos?
Judas Macabeo mandó a Jerusalén dos mil dracmas de plata para
ofrecer un sacrificio por los caídos en la batalla.
De no esperar que los caídos resucitarían, habría sido inútil
y superfluo rezar por los muertos. Pero creía que a los muertos
piadosamente les está reservada una magnífica recompensa. Obra
santa y piadosa es orar por los difuntos (2 Mac 12, 43-46). En el
cielo no puede entrar nada manchado (Ap 21, 27). Aquel cuya obra
queda abrasada, sufrirá daño, pero él se salvará, como quien
pasa a través del fuego (1 Co 3, 15). Las almas de los justos
están en las manos de Dios... Después de un ligero castigo, serán
colmados de bendiciones, porque Dios los probó y los halló dignos
de sí (Sab 3, 1-5).
Orar por los difuntos es una obra de misericordia y de caridad.
¿Te sientes solo y triste?
No me abandones, Señor, no me dejes solo (Sal 27, 9-10). Aunque
pase por momentos oscuros y difíciles (por un valle de tinieblas)
no temeré mal alguno, porque Tú, Señor, estás conmigo (Sal 23,
4).
Y Dios me dice:
Aunque una madre se olvide de su hijo, yo nunca me olvidaré de
ti. Te tengo grabado en la palma de mis manos (Is 49, 15-16). Yo
nunca te dejaré ni te abandonaré (Heb 13, 5 y Jos 1, 5). Yo estoy
contigo y te bendeciré adondequiera que vayas, y no te abandonaré
hasta cumplir mis promesas (Gen 28, 15). Esfuérzate y ten valor,
que nada te asuste, no tengas miedo a nada, porque yo, tu Dios, iré
contigo adondequiera que tú vayas (Jos 1, 9). No tengas miedo,
porque yo estoy contigo (Is 43, 5). Mira que estoy a tu puerta y
llamo; si alguno escucha mi voz y me abre, entraré a él y cenaré
con él y él conmigo (Ap 3, 20).
El Señor te invita a su cena diariamente, a cenar con Él. Pero
no olvides que la cena del Señor es la Eucaristía. Él te invita a
ir a misa y comulgar cada día para que sientas su presencia, su
amor y su fortaleza para superar las dificultades de tu vida. Él
quiere que vayas a visitarlo y a contarle tus problemas. Recuerda:
El Maestro está ahí (Eucaristía) y te llama (Jn 11, 28).
¿Te falta fe?
La fe es un don de Dios que hay que pedirlo insistentemente con
humildad. Dice Jesús:
Dichosos los que creen sin haber visto (Jn 20, 29). ¿No te he
dicho que, si crees, verás la gloria de Dios? (Jn 11, 40). ¿Aún
no tienen fe? (Lc 8, 25). ¿Por qué son tan tímidos? ¿Aún no
tienen fe? (Mc 4, 39). En Nazaret no hizo muchos milagros por su
falta de fe (Mt 15, 28). Hágase contigo, como has creído (Mt 8,
13).
Pidamos con humildad la fe que necesitamos y digamos:
Señor, aumenta nuestra fe (Lc 17, 5). Señor, creo, pero aumenta
mi fe (Mc 9, 24).
Y Jesús nos dice:
Todo es posible al que tiene fe (Mc 9, 23).
¿Tienes sed de Dios?
Mi alma está sedienta de Dios (Sal 42, 2). Mi alma tiene sed de
Ti como tierra reseca, agostada y sin agua (Sal 63, 2).
Dios te responde con amor:
No tengas miedo, solamente confía en Mí (Mc 5, 36). Vienen
días en que mandaré sobre la tierra hambre de oír la Palabra de
Dios (Amós 8, 11). Al que tenga sed, yo le daré gratis de la
fuente de agua viva (Ap 21, 6). El que tenga sed que venga a Mí y
beba (Jn 7, 37). El que beba de esta agua no tendrá nunca más sed
(Jn 4, 14). Yo soy el pan de vida. El que viene a Mí ya no tendrá
más hambre; el que cree en Mí, jamás tendrá sed (Jn 6, 35).
Vengan a Mí los que están cansados y agobiados, que yo los
aliviaré y daré descanso para sus almas (Mt 11, 28-29).
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque
ellos serán saciados... Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios (Mt 5, 6-8).
¿Vives para Dios?
Vosotros, hijitos, sois de Dios... Nosotros somos de Dios (1 Jn
4, 4.6). Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu
alma y con todo tu ser, y llevarás muy dentro de tu corazón todos
estos mandamientos que hoy te doy (Det 6, 5-6). Si vivimos, vivimos
para el Señor; si morimos, morimos para el Señor. Tanto en la vida
como en la muerte, somos del Señor (Rom 14, 8). El que es de Cristo
se ha hecho una criatura nueva, lo viejo pasó y se ha hecho nuevo
(2 Co 5, 17). Despójense del hombre viejo, viciado por las
concupiscencias seductoras y renuévense en el espíritu de su
mente, vistiéndose del hombre nuevo creado según Dios en justicia
y santidad verdaderas (Ef 4, 22-24).
Mi Padre Dios me dice:
Dame, hijo mío, tu corazón (Prov 23, 26). Yo te llamé por tu
nombre y tú me perteneces (Is 43, 1).
Y nosotros podemos decir con alegría:
Para mí, la vida es Cristo (Fil 1, 21). Ya no vivo yo, es Cristo
quien vive en mí (Gal 2, 20).
¿Compartes tu fe?
Es fundamental que comuniquemos a otros los tesoros de nuestra fe
católica. No podemos guardarla exclusivamente para nosotros solos.
Hay que predicar y evangelizar. Escuchemos la voz de Dios.
Todos somos embajadores de Cristo (2 Co 5,20). Vayan por el mundo
entero y prediquen el Evangelio a toda criatura (Mc 16, 15). Estén
siempre prontos a dar razón de su esperanza a todo el que se lo
pidiere (1 Pe 3, 15). Dios no nos ha dado un espíritu de temor,
sino de fortaleza, de amor y templanza. No te avergüences jamás de
dar testimonio de nuestro Señor… conlleva con fortaleza los
trabajos a causa del Evangelio (2 Tim 1, 7-8). Soporta los trabajos
de evangelista, cumple tu ministerio (2 Tim 4, 5). Ustedes son la
sal de la tierra... Ustedes son la luz del mundo (Mt 5, 13-14).
Brille su luz ante los hombres, para que viendo sus buenas obras,
glorifiquen a su Padre que está en los cielos (Mt 5, 16). Y ahora
vete a tu casa y a los tuyos y cuéntales lo que el Señor ha hecho
contigo y cómo ha tenido misericordia de ti (Mc 5, 19). Habla, yo
estaré en tu boca y te enseñaré lo que has de decir (Ex 4, 12).
No temas, habla y no calles (Hech 18, 9). Predica la Palabra,
insiste a tiempo y a destiempo, reprende, exhorta con toda paciencia
y doctrina (2 Tim 4, 2). El que se avergüence de Mí y de mis
palabras, también el Hijo se avergonzará de él, cuando venga en
su gloria (Lc 9, 26). Esfuérzate, ten ánimo y no temas ni desmayes
(1 Par 22, 13). Esfuérzate y ten valor, nada te asuste y nada temas
(Jos 1, 9). Esfuérzate, ten gran valor y espera en Dios (Sal 27,
14). No los temas ni te atemorices ante ellos (Ez 2, 6; 3, 9). No
tiembles ante ellos no sea que yo te haga temblar. Yo te pongo desde
hoy como ciudad fortificada, como columna de hierro y muro de bronce
frente a la tierra toda. Te combatirán, pero no podrán contigo,
porque yo estoy contigo para salvarte (Jer 1, 17-19). No tengas
miedo, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios y
te fortaleceré y vendré en tu ayuda (Is 41, 10).
El Señor necesita misioneros.
La mies es mucha y los obreros pocos (Mt 9, 37).
¿Estás dispuesto a ser uno de ellos y dar tu vida por la causa
de Cristo y del Evangelio? El Señor te sigue diciendo como a
Isaías:
¿A quién enviaré (a evangelizar)? ¿Quién irá de mi parte?
Isaías respondió: Aquí estoy yo, envíame a mí (Is 6, 8).
Respondamos nosotros también como Isaías o como san Pablo:
Señor, ¿qué quieres que haga? (Hech 22, 10).
Y dile como san Pablo:
Evangelizar para mí no es motivo de gloria, sino una necesidad.
¡Ay de mí si no evangelizo (1 Co 9, 16).
¿Oras mucho?
Perseveren en la oración con acción de gracias (Col 4, 2). Oren
sin desfallecer (Lc 18, 1). Vivan alegres en la esperanza, pacientes
en la tribulación y perseverantes en la oración (Rom 12, 12). Oren
en todo tiempo (Ef 6, 18). Oren noche y día (1 Tes 3, 10). Estén
siempre alegres y oren sin cesar (1 Tes 5, 17). En todo tiempo, en
la oración y plegaria, presenten sus peticiones a Dios con acción
de gracias (Fil 4, 6).
Jesús se pasaba muchas noches en oración. San Pablo dice:
Oro noche y día (2 Tim 1, 3).
¿Y tú?
¿Eres alegre?
Estén siempre alegres (1 Tes 5, 16). Vivan alegres en la
esperanza (Rom 12, 12). Alégrense en el Señor (Fil 4, 4). Ahora
están tristes, pero de nuevo los veré y se alegrará su corazón y
nadie será capaz de quitarles su alegría (Jn 16, 22). Les escribo
esto para que su alegría sea completa (1 Jn 1, 4). Sirvan al Señor
con alegría; vengan gozosos a su presencia (Sal 99, 2). Les digo
estas cosas para que mi alegría esté en ustedes y su alegría
llegue a plenitud (Jn 15, 11; Jn 17, 13). Estén alegres y el Dios
del amor y de la paz estará con ustedes (2 Co 13, 11). Alegra tu
corazón y echa lejos de ti la tristeza (Eclo 30, 24). Yo soy la luz
(alegría) del mundo (Jn 8, 12). Ustedes son la luz (alegría) del
mundo (Mt 5, 14). Brille su luz ante los hombres para que viendo sus
buenas obras glorifiquen a su Padre que está en los cielos (Mt 5,
16).
¿Eres agradecido?
Debemos dar gracias a Dios en todas las cosas (2 Tes 1, 3). Den
gracias a Dios Padre por todo en el nombre de nuestro Señor
Jesucristo (Ef 5, 20). En todo tiempo, en la oración, sean
presentadas sus peticiones, acompañadas de acción de gracias (Fil
4, 6). Den gracias a Dios, porque tal es la voluntad de Cristo
Jesús respecto de ustedes (1 Tes 5, 18). Canten y den gracias al
Señor, porque es eterna su misericordia (Dan 3, 90). Ya coman, ya
beban, ya hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para gloria de
Dios (1 Co 10, 31). Todo lo que hagan de palabra o de obra, háganlo
en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio
de Él (Col 3, 17). Canten agradecidos en sus corazones con salmos,
himnos y cánticos inspirados (Col 3, 16).
Y yo personalmente:
Te doy gracias, Señor y Rey mío, te alabaré, porque eres el
Dios de mi salud (Eclo 51, 1). Bendice, alma mía, al Señor y no
olvides sus beneficios (Sal 103, 2).
¿Das el diezmo?
Dios ama al que da con alegría (2 Co 9, 7). Abraham dio a
Melquisedec el diezmo de todo lo que había recuperado (Gen 14,
17-20). La décima parte de los productos de la tierra, tanto de
semillas como de árboles, pertenece al Señor y está consagrada a
Él (Lev 27, 30-33).
Dios te dice con toda claridad:
Tráiganme el diezmo al tesoro del templo y así habrá alimento
en mi casa. Pruébenme en esto a ver si no abro yo las esclusas del
cielo y no derramo sobre vosotros la bendición sin medida (Mal 3,
8-12). Den y se les dará, una medida apretada y rebosante; porque
con la misma medida con que midieren serán medidos (Lc 6, 38).
Ofrece al Señor tus dones con rostro alegre y conságrale tus
diezmos. El Señor es generoso y te dará siete veces más (Eclo 35,
12). Dios es poderoso para hacer que copiosamente abundemos más de
lo que podemos pedir o pensar en virtud del poder que actúa en
nosotros (Ef 3, 20). Hay más dicha en dar que en recibir (Hech 20,
35).
Por eso:
Siempre te daré, oh Señor, la décima parte de todo lo que Tú
me des (Gen 28, 22).
¿Bendices a todos?
Bendigan a los que los maldigan (Lc 6, 28). No devuelvan mal por
mal ni ultraje por ultraje, más bien bendigan. Porque Dios los ha
llamado a ser herederos de la bendición (1 Pe 3, 9). No te dejes
vencer por el mal, antes bien, vence al mal con el bien (Rom 12,
21). Bendigan a los que los persiguen, bendigan y nunca maldigan
(Rom 12, 14). Digan siempre: Que el Señor los bendiga. Los
bendecimos en el nombre del Señor (Sal 129, 8). Honra a tu padre de
palabra y de obra para que venga sobre ti su bendición, porque la
bendición del padre afianza su familia (Eclo 3, 9-10). Honra a tu
padre y a tu madre para que seas feliz y goces de larga vida sobre
la tierra (Ef 6, 2-3). Las bendiciones de tu padre son mejores que
las de las eternas montañas, superan las delicias de las colinas
eternas (Gén 49, 26).
Una fórmula bíblica para bendecir es la siguiente:
Que Dios te bendiga y te guarde. Que haga brillar su rostro sobre
ti y te conceda su favor. Que el Señor vuelva su rostro hacia ti y
te conceda la paz. Así invocarán mi nombre sobre los hijos de
Israel y yo los bendeciré (Num 6, 24, 27). Si escuchas la voz del
Señor y guardas sus mandamientos... te alcanzarán todas estas
bendiciones. Serás bendito en la ciudad y bendito en el campo.
Será bendito el fruto de tu vientre y de tu suelo, y el de tus
animales. Bendita será tu canasta y tu artesa. Bendito serás en tu
entrar y en tu salir... Dios te colmará de dones y bendecirá el
fruto de tus entrañas, el fruto de tus ganados, el fruto de tu
suelo. Dios te abrirá sus tesoros, enviando la lluvia a su tiempo y
bendiciendo todo el trabajo de tus manos (Det 28, 1-12). Yo estoy
contigo y te bendeciré adondequiera que vayas y no te abandonaré
hasta cumplir mis promesas (Gen 28, 15). Nunca maldigas (Lev 19,
14).
Bendice siempre a todos y saluda con un Que Dios te bendiga.
¿Crees en la Providencia de Dios?
Como un padre tiene ternura con sus hijos, así el Señor tiene
ternura con sus fieles (Sal 103, 13). Él es cariñoso con todas sus
criaturas (Sal 145, 9). Cuando Israel era un niño, yo lo amé... Lo
levanté en mis brazos. Fui para ellos como quien alza una criatura
contra su mejilla y me bajaba hasta ella para darle de comer (Os 11,
1-4). Todos esperan de ti que les des alimento a su tiempo. Tú se
lo das y ellos lo toman, abres tu mano y se sacian de bienes (Sal
104, 27-28). Dios ha hecho al pequeño y al grande e igualmente
cuida de todos (Sab 6, 7). Él te librará de la red del cazador, de
la peste funesta. Te cubrirá con sus plumas, bajo sus alas te
refugiarás. Su brazo es escudo y armadura. No temerás el espanto
nocturno ni la flecha que vuela de día, ni la peste que se desliza
en las tinieblas, ni la epidemia que devasta a medio día... A sus
ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos, te
llevarán en sus palmas para que tu pie no tropiece en la piedra;
caminarás sobre áspides y víboras... Lo libraré, lo protegeré,
porque conoce mi nombre. Me invocará y lo escucharé. Con él
estaré en la tribulación, lo defenderé, lo glorificaré, lo
saciaré de largos días y le haré ver mi salvación (Sal 91).
Y Jesús mismo nos dice:
No cae ni un pajarito a tierra sin la voluntad de su Padre. Hasta
los cabellos de la cabeza están contados. No tengan miedo, pues
valen más que muchos pajaritos (Mt 10, 29-31). No se inquieten por
la vida, por lo que comerán o beberán, ni por su cuerpo, con qué
lo van a vestir. ¿No es la vida más que el alimento y el cuerpo
más que el vestido? Miren las aves del cielo, no siembran ni
almacenan ni siegan y su Padre celestial las alimenta. ¿No valen
ustedes más que ellas?... No se preocupen diciendo: ¿Qué
comeremos, qué beberemos, con qué nos vestiremos? Los paganos se
afanan por todo eso, pero bien sabe su Padre que de todo eso tienen
necesidad. Busquen primero el reino de Dios y su justicia, que todo
lo demás se les dará por añadidura (Mt 6, 25-34). Echen sobre Él
sus preocupaciones, porque Él se cuida de ustedes (1 Pe 5, 7). Él
proveerá a todas sus necesidades según sus riquezas en Cristo
Jesús (Fil 4, 19).
Por eso, puedo decir confiado:
Yo soy pobre y necesitado, pero el Señor se cuida de mí (Sal
40, 18). Dios mío, yo confío en Ti (Sal 91, 2).
¿Confías en las promesas de Dios?
Las promesas de Dios son en Él un Sí (2 Co 1, 20). Deben tener
paciencia para que cumpliendo la voluntad de Dios consigan sus
promesas (Heb 10, 35). Ninguna de las promesas hechas a Moisés ha
fallado (1 Re 8, 56). Tengamos firme esperanza, porque Dios es fiel
a sus promesas (Heb 10, 23). Dios no es un hombre para que mienta
(Num 23, 19).
Y tu Padre Dios te dice:
Yo no faltaré a mi fidelidad... y no retractaré lo que ha
salido de mis labios (Sal 89, 35). La palabra que sale de mi boca
hace lo que yo quiero y cumple su misión (Is 55, 11). Yo velaré
sobre mis palabras para cumplirlas (Jer 1, 12). El cielo y la tierra
pasarán, pero mis palabras no pasarán (Mt 24, 35).
Y yo estoy convencido de que Dios es poderoso para cumplir lo que
ha prometido (Rom 4, 21).
PROMESAS DE JESÚS
Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo (Mt
28, 20). El que cree en Mí hará las obras que yo hago y mayores
que éstas (Jn 14, 12). El que cree en Mí y se bautice, se
salvará. A los que creyeren en mi nombre, les acompañarán estas
señales: en mi nombre echarán demonios, hablarán lenguas nuevas,
tomarán serpientes en sus manos y, si bebieren veneno, no les hará
daño; impondrán las manos sobre los enfermos y estos se curarán
(Mc 16, 16-18). Vengan a Mí los que están cansados y agobiados que
yo los aliviaré (Mt 11, 28). Cuando los entreguen, no se preocupen
de cómo o qué hablarán, porque se les dará en aquella hora lo
que deben hablar. No serán ustedes los que hablen, sino el
Espíritu de su Padre quien hablará en ustedes (Mt 10, 19-20). El
que me confiese delante de los hombres, yo también lo confesaré
delante de mi Padre que está en los cielos (Mt 10, 32).
Bienaventurados serán cuando los insulten y los persigan por mi
nombre. Alégrense y regocíjense, porque grande será su recompensa
en el cielo (Mt 5, 11). Busquen primero el reino de Dios y su
justicia, que todo lo demás se les dará por añadidura (Mt 6, 33).
Si no se hicieren como niños, no entrarán en el reino de los
cielos (Mt 18, 3). Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la
tierra para pedir cualquier cosa, estén seguros que mi Padre
celestial se lo dará. Porque donde están dos o tres reunidos en mi
nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mt 18, 19). El que dejare
hermanos y hermanas, padre o madre o hijos o campos por mí,
recibirá cien veces más en esta vida y después la vida eterna (Mt
19, 29). Todo lo que pidan con fe en la oración se les dará (Mt
21, 22). El que se ensalce será humillado, pero el que se humilla
será enaltecido (Mt 23, 12). El que persevere hasta el fin se
salvará (Mt 24, 13). El cielo y la tierra pasarán, pero mis
palabras no pasarán (Mt 24, 35). Les he dado poder sobre toda
potencia del enemigo y nada les dañará (Lc 10, 18). Si ustedes,
siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¿cuánto más su
Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden? (Lc
11, 13). Dichosos los que oyen la Palabra de Dios y la practican (Lc
11, 28). Todo el que cree en Él tiene la vida eterna (Jn 3, 15; 3,
36). El que escucha la Palabra de Dios y cree en el que me envió,
tiene la vida eterna (Jn 5, 24). Yo soy el pan de vida, el que viene
a Mí no tendrá más hambre y el que viene a Mí no tendrá más
sed (Jn 6, 35). El que cree en Mí, de su seno correrán ríos de
agua viva (Jn 7, 37). Si el Hijo del hombre los libra serán
verdaderamente libres (Jn 8, 36). La verdad les hará libres (Jn 8,
32). Yo soy la Resurrección y la Vida, el que cree en Mí, aunque
haya muerto, vivirá (Jn 11, 25). Yo soy la luz del mundo, el que me
sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida
(Jn 8, 12). Si me piden algo en mi nombre, yo lo haré (Jn 14, 14;
Jn 16, 23). Si alguno me ama, guardará mi palabra y mi Padre lo
amará y vendremos a él y haremos morada en él (Jn 14, 23).
Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando (Jn 15, 14). Yo
he venido para que tengan vida y vida en abundancia (Jn 10, 10). Yo
soy el Camino, la Verdad y la Vida, nadie viene al Padre sino por
Mí (Jn 14, 6).
* * * * * * *
Yo nunca te dejaré ni te abandonaré (Jos 1, 5; Heb 13, 5). No
tengas miedo, porque yo estoy contigo (Is 43, 5). No temas, porque
yo estoy contigo; no mires con desconfianza, porque yo soy tu Dios
(Is 41, 10). A mis ojos eres de gran precio, de gran estima y yo te
amo (Is 43, 4). Yo te enseñaré el camino que debes seguir y seré
tu consejero y estarán mis ojos velando sobre ti (Sal 32, 8).
Aunque una madre se olvide de su hijo, yo nunca me olvidaré de ti.
Te tengo grabado en la palma de mis manos (Is 49, 15-16). Yo estoy
contigo y te bendeciré adondequiera que tú vayas y no te
abandonaré hasta cumplir mis promesas (Gen 28, 15). Esfuérzate y
ten valor, nada te asuste, no tengas miedo a nada; porque yo, tu
Dios, iré contigo adondequiera que tú vayas (Jos 1, 9). Mira que
estoy a la puerta y llamo; si alguno me abre, entraré a él y
cenaré con él y él conmigo (Ap 3, 20). Llámame y yo te
responderé y te comunicaré cosas grandes y ocultas que tú no
conoces (Jer 33, 3-7). Te he amado desde toda la eternidad (Jer 31,
3). Con amor eterno me apiadé de ti... y nunca se apartará de ti
mi amor (Is 54, 8-10). Tú eres mi hijo muy amado, en quien tengo
puestas todas mis complacencias (Mc 1, 11). Hijo, tus pecados te son
perdonados (Mc 2, 5). Aunque tus pecados sean rojos como la grana,
quedarán blancos como la nieve (Is 1, 18). No tengas miedo,
solamente confía en Mí (Mc 5, 36). Deposita en Él tus
preocupaciones, pues Él se cuida de ti (1 Pe 5, 7). Dios proveerá
a todas vuestras necesidades según sus riquezas en Cristo Jesús
(Fil 4, 19).
Amor a JESÚS Eucaristía
Jesús nos dice:
Yo soy el pan de vida (Jn 6, 34). El que come mi carne y bebe mi
sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día (Jn
6, 54). Tomad y comed, esto es mi Cuerpo (Mt 26, 26).
Y por si alguno lo duda, san Pablo insiste:
El cáliz de bendición que bendecimos ¿no es acaso la comunión
con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es la comunión
con el cuerpo de Cristo? (1 Co 10, 16).
Por tanto, quien coma el pan o beba la copa del Señor
indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor.
Examínese, pues cada cual, y coma así el pan y beba de la copa.
Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su
propio castigo (1 Cor 11, 27-29).
Jesús presente en la Eucaristía es llamado manjar de ángeles
(Sab 16, 20), pan de los fuertes (Sal 78, 25), pan de los cielos
(Sal 105, 40) y el pan bajado del cielo (Jn 6, 51).
El mismo Jesús nos dice:
El que tiene sed, que venga a Mí y beba (Jn 7, 37). Yo soy el
alfa y la omega, el principio y el fin. Al que tenga sed, le daré
gratis de la fuente de agua viva... y seré su Dios y Él será mi
hijo (Ap 21, 6-7). Yo soy el pan vivo bajado de cielo, el que come
de este pan vivirá para siempre y el pan que yo daré es mi carne
para la vida del mundo (Jn 6, 51).
Y Jesús nos espera en la Eucaristía para que vayamos a
visitarlo, acompañarlo y hacerlo feliz, para reparar así tantas
ofensas que recibe en el mundo entero.
Recuerda:
El Maestro está ahí y te llama (Jn 11, 28). Señor, Tú lo
sabes todo, Tú sabes que te amo (Jn 21, 17). Como busca la cierva
corrientes de agua, así mi alma te busca a Ti, Dios mío (Sal 42,
2). Dios mío, estás revestido de esplendor y majestad (Sal 104,
1). Contemplad al Señor y quedaréis radiantes (Sal 33, 6).
De la adoración eucarística saldrás radiante como Él lo
promete.
AMOR A MARÍA
Amemos a María por ser la madre de Jesús, nuestro Salvador.
Ella fue anunciada en el Antiguo Testamento:
He aquí que una virgen concebirá y dará a luz un hijo y le
pondrá por nombre Emmanuel, que quiere decir Dios con nosotros (Mt
1, 23; Is 7, 14). Estando desposada María su madre con José, antes
de que conviviesen, se halló haber concebido por obra del Espíritu
Santo (Mt 1, 18).
Y el ángel le dice:
Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo (Lc 1, 28).
Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu
vientre (Lc 1, 42).
Y ella misma, inspirada por Dios, dice:
Bienaventurada me llamarán todas las generaciones (Lc 1, 48).
Su misma prima santa Isabel la reconoce como madre del Señor,
madre de Dios, al decirle:
¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a visitarme?
(Lc 1, 43).
El mismo Jesús nos la entregó como madre al decirnos:
Ahí tienes a tu madre (Jn 19, 27).
Los primeros cristianos le reconocieron un puesto de honor
especial.
Ellos perseveraban unánimes en la oración con María, la madre
de Jesús (Hech 1, 14).
En el capítulo 12 del Apocalipsis aparece como madre de todos.
El dragón (Satanás) se enfureció contra la mujer y se fue a
hacer la guerra al resto de sus hijos, los que guardan los
mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús (Ap 12,
17).
Por eso, todos debemos amarla, respetarla y escuchar el consejo
que nos da de amar y obedecer a Jesús: Hagan lo que Él les diga
(Jn 2, 5). Y recibirla en nuestro corazón con todo cariño, como
san Juan evangelista que, desde aquella hora, la recibió en su casa
(Jn 19, 27).
AMOR A LA IGLESIA
Ama a la Iglesia, porque es columna y fundamento de la verdad (1
Tim 3, 15). Jesús ha prometido que nadie la destruirá. Los poderes
del infierno no la derrotarán (Mt 16, 18).
Esta Iglesia la encontramos donde está el Papa, pues Jesús dijo
claramente a Pedro y a sus sucesores:
Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia (Mt 16,
18).
Y Jesús ha prometido estar siempre en la Iglesia en la
Eucaristía:
Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo
(Mt 28, 20).
En ella encontramos también a María, la madre de Jesús y madre
nuestra. En ella nos relacionamos con los miles y miles de santos
que han florecido a lo largo de los siglos. Y en ella podemos
recibir el perdón de los pecados como Cristo prometió:
A aquellos a quienes perdonen los pecados les serán perdonados
(Jn 20, 22). Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella para
santificarla, purificándola mediante el lavado del agua con la
palabra a fin de presentársela a sí, gloriosa, sin mancha ni
arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada (Ef 5, 25-27).
AMOR AL PAPA
Porque es el vicario de Cristo en la tierra y Jesús lo hizo su
representante en este mundo al decirle:
Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y el
poder del infierno no la derrotará. Lo que ates en la tierra será
atado en el cielo y lo que desates en la tierra será desatado en el
cielo (Mt 16, 19).
Jesús le dijo:
Apacienta mis ovejas (Jn 21, 15-16). Yo he orado por ti para que
tu fe no se equivoque y tú confirma a tus hermanos (Lc 22, 32).
Es por esto que, cuando se nombran a los apóstoles, siempre se
pone en primer lugar a Pedro o se dice Pedro y los apóstoles (Hech
5, 29). Y en el primer concilio de Jerusalén, el primero que habla
es Pedro (Hech 15, 7).
Amando al Papa, cumplimos la voluntad de Jesús, que le dijo a
Pedro y a sus sucesores:
Apacienta mis ovejas..., apacienta mis corderos (Jn 21).
AMOR AL ÁNGEL CUSTODIO
Dios nos ha dado un ángel para que nos guíe y acompañe durante
toda la vida. Dios nos lo dice en su palabra:
Yo mandaré un ángel delante de ti para que te defienda en el
camino y te haga llegar al lugar que te he dispuesto. Acátale y
escucha su voz y no le resistas (Ex 23, 20-22). Su misión es
guardarte en todos tus caminos (Sal 91, 11). El ángel del Señor
está en torno a los que le temen y los salva (Sal 34, 8). Para el
hombre hay un ángel, un protector entre mil que le haga ver al
hombre su deber (Job 33, 23).
Ellos acompañan a Jesús Eucaristía. Por eso, delante de los
ángeles cantaré para ti, Señor (Sal 138, 1).
ASPIRACIÓN A LA SANTIDAD
¿Quieres ser santo? Escucha a tu Padre Dios:
Sed santos como vuestro Padre celestial es santo (Mt 5, 48). Sed
santos, porque yo, vuestro Dios, soy santo (Lev 19, 2; 20, 26). Los
santificados en Cristo Jesús estamos llamados a ser santos (1 Co 1,
2). La voluntad de Dios es vuestra santificación (1 Tes 4, 3). Dios
nos eligió desde antes de la creación del mundo para ser santos e
inmaculados ante Él por el amor (Ef 1, 4).
Ser santo sería la mayor alegría que le puedes dar a tu Padre
Dios. Pero debes dejarte hacer santo. Él te hará santo por el
amor, porque la santidad es amor. Pide ayuda a tu madre la Virgen
María y a tu ángel, y vete frecuentemente a pedir su gracia a
Jesús Eucaristía.
LOS SALMOS
El libro de los salmos es un libro de oraciones para las diversas
circunstancias de la vida. Debemos leerlos con un espíritu actual,
aplicándolos a nuestra vida diaria. Los salmos brotaron de la vida
de unos hombres concretos, que padecieron enfermedad, hambre, sed,
persecución, guerra, exilio y otras muchas dificultades en las que
también nosotros podemos estar inmersos. Los salmos son como un
canto al Dios de la vida, un canto del alma que pide, que llora y
que necesita; y se dirige a su Dios con la esperanza de que va
recibir ayuda. Es, pues, un libro para orar la vida, para orar en la
vida, para hacer de la vida una oración constante.
Los salmos son la flor y el fruto de un largo encuentro entre
Dios y el hombre. Es como el producto final elaborado de una larga
experiencia de diálogo entre ambos. En una palabra, los salmos son
una manera práctica de orar en los diferentes problemas de la vida
diaria.
Sin embargo, hay que reconocer que algunos salmos de la Biblia
contienen muchos nombres propios y expresiones particulares que hoy
nos dicen poco. Por eso, he pensado escribir algunos salmos, como si
el salmista fuera un hombre de nuestro tiempo y escribiera con
palabras actuales y expresiones modernas. Veamos cómo expresa el
Padre Ignacio Larrañaga el salmo 139 (138):
Salmo 139 (138)
Señor, tú me sondeas y me conoces. Tú me envuelves y me amas.
Tú me circundas, me envuelves y me amas. Si salgo a la calle, te
vienes conmigo. Si me siento en la oficina, te quedas a mi lado.
Mientras duermo, velas mi sueño como la madre más solícita.
Cuando recorro los senderos de la vida, caminas a mi lado. Al
levantarme, sentarme o acostarme, tus ojos ven mis acciones.
No hay distancias que puedan separarme de Ti. No hay oscuridad
que te oculte. No eres, sin embargo, ningún detective que vigile
mis pasos, sino el padre tierno que cuida las andanzas de sus hijos.
Y, cuando tengo sensación de ser un niño perdido en el páramo,
Tú me gritas con el profeta: Aquí estoy, contigo estoy, no tengas
miedo. Me envuelves con tus brazos, porque eres poder y cariño,
porque eres mi Dios y mi Padre, y en la palma de tu mano derecha
llevas escrito mi nombre en señal de predilección. Adondequiera
que yo vaya, estás conmigo.
Tú me comunicas la existencia. Eres la esencia de mi vida. En Ti
existo, me muevo y soy. Todavía no ha llegado la palabra a mi boca,
todavía mi cerebro no elaboró un solo pensamiento, todavía mi
corazón no concibió un proyecto y ya todo es familiar y conocido
para Ti: pensamientos, palabras, intenciones y proyectos. Sabes
perfectamente el término de mis días y las fronteras de mis
sueños. Dondequiera que esté yo, estás Tú; dondequiera que
estés Tú, estoy yo.
Me abrazas y me cubres con la palma de tu mano. Estás en torno
de mí, estoy en torno de Ti. Estás dentro de mí; estoy dentro de
Ti. Con tu presencia activa y vivificante alcanzas las zonas más
remotas de mi intimidad.
Dios mío, me desbordas, me sobrepasas, me transciendes
definitivamente. ¡Qué razón tenía aquel que dijo que lo esencial
siempre es invisible a los ojos! Eres verdaderamente grande y
sublime, por encima de toda ponderación. Dios mío, ¿quién como
Tú? ¡Oh presencia, siempre oscura y siempre clara, siempre antigua
y siempre nueva! ¡Eres un misterio fascinante!
¿Cómo podría evadirme de tu presencia? ¿A dónde emigraría
para alejarme de tu aliento? ¿Cómo evitar tu mirada? Si yo fuera
un águila invencible y escalara las crestas altísimas coronadas de
nieve para huir de tu presencia, si en alas de un sueño mágico
alcanzara la estrella más distante de la galaxia más lejana para
escapar de tu mirada, todo sería inútil, dondequiera que esté yo,
estás Tú.
Si yo fuera un delfín de aguas profundas y en una zambullida
vertical me sumergiera hasta los abismos más impenetrables o
consiguiera penetrar en la caverna más oscura y profunda de la
tierra, también allí me tomarías de la mano para decirme: “Hijo
mío, no tengas miedo”. Oh Dios mío, no hay piedras en el fondo
del río ni pez en el mar que estén tan rodeados de agua como yo lo
estoy de Ti. No hay ave en el cielo que esté tan rodeada de aire
como yo lo estoy de Ti.
No puedo escapar de tu mirada. Estás conmigo. Si en un arranque
de locura pidiera prestadas las alas a la luz que recorre
trescientos mil kilómetros por segundo, y alzando el vuelo llegara
hasta el confín donde termina el mundo, también allí me tomarías
con tu mano para decirme: “Aquí estoy, contigo estoy”. Tu
presencia transforma la noche en mediodía. Adondequiera que yo
vaya, estás conmigo.
Tú creaste mis entrañas, estabas presente en el seno de mi
madre desde el primer momento de mi concepción y guiaste la primera
división celular. Mis padres fueron simples instrumentos tuyos, Tú
eres verdaderamente mi padre y mi madre. Por eso, te doy gracias y
te glorifico por haberme hecho así, por haberme creado
portentosamente y haber hecho de mí un prodigio de tu sabiduría y
de tu amor. Ciertamente, soy una maravilla de tus manos. ¡Qué
fantástico es todo esto! ¡Tener un padre que me ama y que siempre
me acompaña!
Padre mío, me humillo ante Ti, reconociendo tu grandeza. Te abro
el libro de mi vida y te pido que limpies y corrijas todo lo malo
que hay en él. No permitas que mis pies den un paso en falso. No me
sueltes de tu mano, tómame y condúceme firmemente todos los días
de mi vida por el camino de la sabiduría y del amor. Amén.
Salmo 23 (22)
El Señor es mi pastor. Yo soy su ovejita. Él es mi papá que me
cuida con su infinito amor. Él se cuida de mí y de todas mis
necesidades. Él sabe cuándo estoy enfermo y cuándo estoy triste,
cuándo estoy alegre y por qué. Él lo sabe todo y todo lo puede.
Por eso, puedo decir lleno de confianza: Aunque pase por un valle de
tinieblas, aunque muera un ser querido, aunque una enfermedad
incurable taladre mi cuerpo o me sienta angustiado por los problemas
de la familia o del trabajo, no temeré mal alguno, porque Tú,
Señor, estás conmigo.
Si Tú estás conmigo, ¿a quién voy a temer? Si Tú me cuidas,
¿quién me podrá hacer mal? Tú eres mi pastor, nada me falta.
Contigo puedo dormir tranquilo, sabiendo que velas mi sueño. Tu
vara y tu cayado me sosiegan. Tú dispones una mesa ante mí. Te
preocupas de mis alimentos y, además, me preparas cada día la mesa
de la Eucaristía, llenándome de bendiciones. Tu bondad y tu
compasión me acompañan siempre. Y espero gozoso el día que me
llames para estar contigo en tu reino, donde viviré contigo por
años sin término, por toda la eternidad. Amén.
Salmo 27 (26)
El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El
Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar? Mi miedo
ha desaparecido al saber que a mi lado está mi Padre Dios. Aunque
un ejército organizado y en orden de batalla acampe frente a mi
casa, mi corazón no se inmuta. Aunque mis enemigos se rían de mí
y me hagan la vida imposible; aunque mi padre y mi madre me
abandonen, el Señor me cuidará y me protegerá de todo mal.
Cuando esté en peligro y la muerte llame a mi puerta, cuando los
mastines de la depresión, de la enfermedad, de la incomprensión o
de la soledad quieran entrar en mi casa, Dios me acompañará para
darme fortaleza y me esconderá en lo escondido de su morada; me
alzará sobre una roca inaccesible y me rodeará de murallas
inexpugnables.
Por eso, puedo confiar y dormir tranquilo, sabiendo que Dios me
cuida. Puedo poner mi esperanza en Él y decirle a cada uno por
propia experiencia: No temas. Espera en el Señor, sé valiente, ten
ánimo y espera en el Señor.
Salmo 39 (38)
Señor, dame a conocer mi fin y cuál es la medida de mis años.
¿Cuántos años me darás todavía de vida? Haz que comprenda lo
caduco que soy. ¿Quién soy yo para ti? Una sombra que pasa. ¿Con
quién me compararé? Con un poco de pasto seco en el campo. ¿Qué
son mis días a la luz de tu eternidad? Un soplo, una sombra
fugitiva. Mi vida es un puñado de afanes. ¿Dónde está la razón
y el fin de mi existencia? Soy un pobre náufrago en la noche, que
deseo hacer pie en una roca inamovible. Señor, Tú eres mi roca y
mi ancla. En Ti están afirmadas mis raíces. En tus manantiales
beberé aguas de vida eterna. En tus brazos cálidos y poderosos
dormiré tranquilo, mientras pasa la tempestad. Y Tú llenarás mis
horizontes de seguridad. Tú serás el faro de mis noches y la
estrella que me guía en las tinieblas.
Oh Señor, en Ti sé que puedo esperar. Por eso, en Ti está mi
esperanza. Tú eres mi esperanza. En Ti confío. Amén.
Salmo 42 (41)
Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a
Ti, Dios mío. Tiene sed de Dios, del Dios vivo, ¿cuándo entraré
a ver el rostro de Dios? Las lágrimas son mi pan noche y día,
mientras todo el día me repiten: ¿Dónde está tu Dios? Por eso,
digo a mi alma: No tengas miedo, espera en Dios que volverás a
alabarlo. Estoy acosado por mis adversarios. Lágrimas saladas son
mi alimento y mi bebida cada día, lágrimas amasadas de tristeza y
vergüenza, porque me siguen repitiendo: ¿Dónde está tu Dios?
Tú, Señor, eres mi refugio y mi protector. Envíame tu luz y tu
verdad, que ellas me guíen y me conduzcan por tu camino para hacer
siempre tu voluntad. Así me acercaré ante tu altar, oh Dios de mi
alegría, y cantaré tus alabanzas por siempre jamás.
No temas, alma mía, no tengas miedo. Espera en Dios y volverás
a alabarlo. Salud de mi rostro, Dios mío. Yo te amo y yo confío en
Ti.
Salmo 46 (45)
Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza, poderoso defensor en el
peligro. Por eso, no tememos aunque tiemble la tierra y los montes
se desplomen en el mar. Aunque un terremoto asole nuestra tierra,
seguiremos alabando al Señor que nos conserva la vida. Aunque
pierda todos los bienes, aunque una enfermedad venga a romper todos
mis proyectos e ilusiones humanas, no temeré mal alguno, porque
Tú, Señor, estás conmigo.
Cuando las aguas me llegaban al cuello y sentía que me ahogaba,
Tú me mirabas con ternura y con solicitud paternal revoloteaste
sobre mí como un águila madre para darme confianza. No permitiste
que las sombras me tragaran en la noche oscura, no permitiste que el
miedo, la tristeza o la desesperación me arrebataran la paz. Me
sacaste de la angustia como si de un pozo profundo se tratara. Me
libraste de mis miedos y me colocaste en un camino ancho, iluminado
por tu amor.
Gracias, Señor. Si Tú estás con nosotros, ¿quién nos hará
temblar? Si Tú eres nuestro padre ¿quién nos podrá dañar? A Ti
todo amor, toda alabanza y toda gloria por los siglos de los siglos.
¡Bendito seas Señor, Dios de nuestros padres, ahora y por siempre!
Amén. Amén.
Salmo 51 (50)
Misericordia, Dios mío, por tu bondad. Por tu inmensa compasión
borra mi culpa. Lávame y límpiame por dentro, porque soy
consciente de que he pecado y estoy arrepentido. Derrama sobre mí
las aguas de todas las fuentes sagradas para que yo quede puro como
una criatura recién nacida. No te apartes de mí, no te canses de
limpiarme una y otra vez. Vuelve a sumergirme en las aguas
purificadoras de tu misericordia para que mi alma quede más blanca
que la nieve de las montañas.
Despierta en mí, Dios mío, todas las arpas de la alegría,
pulsa las cuerdas de mis entrañas más íntimas. Mira mis llagas
con tu ternura sanadora y que tu misericordia me dé la paz. Señor,
Tú, que todo lo puedes, deposita en el nido de mi intimidad un
corazón puro y limpio para Ti. Por favor, no me expulses de la luz
de tu mirada. Soy pecador, he pecado contra Ti, pero estoy
arrepentido y te pido que tu misericordia inunde y empape mis
heridas para sentir tu perdón y tu amor.
Un día, Señor, tu alegría, asustada como una paloma, huyó de
mi casa; devuélvemela, que ella regrese feliz a mis aleros para que
mi vida sea música a tus oídos y mi alma esté llena de paz.
Líbrame de las ataduras y cadenas de mi egoísmo. Líbrame de la
soberbia que me aleja de Ti. Sé muy bien que nunca desprecias a un
corazón arrepentido y humillado. Por eso, lo único que puedo hacer
en este momento es confiar en Ti, echarme en tus brazos con amor y
esperar que Tú me abraces y me digas que todavía me amas y esperas
mucho de mí. Creo, Señor, en tu ternura y me echo en tus brazos
confiado y seguro. En Ti, Señor, he puesto mi confianza y sé que
no quedaré jamás defraudado.
Salmo 55 (54)
Dios mío, escucha mi oración, atiende a la voz de mis
súplicas. Hazme caso y respóndeme, Señor. Me agitan mis
ansiedades. Me turba la voz del enemigo. Ellos parecen respirar
violencia. Sus palabras parecen de fuego. Y el miedo como una fiera
se clava en mis entrañas y me las retuerce. Tengo miedo, Señor. El
espanto me aplana. El pavor se pega a mi cuerpo. No sé a dónde
mirar y en qué dirección caminar. Por todas partes están al
acecho, espiándome. Estoy como un náufrago sin esperanza en alta
mar.
Y lo que más me duele es que el que me traiciona ha sido mi
amigo y confidente, a quien me unía una dulce amistad, que comía
en mi casa y yo le confiaba mis secretos. Oh Señor, ¡quién me
diera alas de paloma para volar e irme lejos! Habitaría en el
desierto, lejos de los hombres, a solas contigo. Allí estaría a
salvo del huracán que me devora y del torrente de sus lenguas.
Por todas partes hay odio y violencia, pero yo confío en Ti.
Señor, salva mi vida de la guerra que me hacen, porque son muchos
contra mí. Ellos confían en su fuerza, pero yo, Señor, confío en
Ti.
Salmo 57 (56)
Misericordia, Dios mío, misericordia, que mi alma se refugia en
Ti. Me refugio a la sombra de tus alas, mientras pasa la calamidad.
Invoco al Dios Altísimo, al Dios que hace tanto por mí. Desde el
cielo enviará la salvación, me salvará de los que desean verme
muerto y me enviará su gracia y su lealtad. Mis enemigos han
tendido una red a mis pasos para que sucumbiera, me han cavado
delante una fosa, pero ellos han caído en ella. Mi corazón está
firme, Dios mío, mi corazón está firme. Confío en Ti, pero
necesito urgentemente tu ayuda.
Tengo miedo, Señor, soy como una choza azotada por el vendaval.
Tengo miedo de ser aventado por la desgracia que me envuelve como
una hoja de otoño, que es arrancada y tirada lejos. Quiero
agarrarme a Ti, mi roca imperturbable, y cobijarme bajo la sombra de
tus alas para que mis acusadores se asombren al verme tranquilo y
seguro entre tus brazos.
Voy a cantar y a tocar. Que despierte la aurora con sus millones
de voces que ensalzan las maravillas de la creación, que resuene
una serenata de gloria en honor de nuestro Dios. Que todos los
pueblos lo alaben y lo aplaudan y canten sus alabanzas. Que ante los
poderosos de la tierra quede patente que Dios tiene la última
palabra y que Él es juez de todos y que nadie se escapará de su
mano. Por eso, quiero cantar con toda la creación y decir con todas
las fuerzas de mi alma: Dios mío, qué grande eres. Tu misericordia
supera las más altas montañas y tu amor envuelve el universo. Te
daré gracias ante todos los pueblos y tocaré para Ti ante todas
las naciones, porque tu bondad es más grande que los cielos y tu
fidelidad alcanza las nubes. Elévate sobre el cielo, alma mía, y
proclama a boca llena las alabanzas del Señor.
Salmo 69 (68)
Dios mío, sálvame que me llega el agua al cuello y me estoy
hundiendo en un cieno profundo y no puedo hacer pie. He entrado en
la hondura del agua, me arrastra la corriente. Estoy agotado de
tanto gritar, tengo ronca la garganta de tanto pedir ayuda y nadie
me socorre. Dios mío, Tú conoces mi vida, Tú sabes que soy
inocente a pesar de todos los que me atacan injustamente. Señor,
que no me arrastre la corriente, que no me trague el torbellino, que
no se cierre la poza en torno a mí. Los que me odian sin razón son
más numerosos que los cabellos de mi cabeza. Mis familiares me
miran como a un extraño. Y todo esto ha sucedido, porque el celo de
tu gloria me quema por dentro. Cuando en tu honor me entrego al
ayuno, su sonrisa burlona asoma a su rostro y, cuando me ven rezar,
se sientan a la puerta para dedicarme coplas mordaces, mientras no
paran de tomar licor y emborracharse.
Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia; por tu gran
compasión vuélvete hacia mí. No me escondas tu rostro. Estoy en
peligro, respóndeme en seguida. Acércate a mí y rescátame,
líbrame de mis angustias y de las tentaciones que me martirizan sin
cesar. Busco amigos que me consuelen y no los encuentro. Pero yo
confío en Ti. Tú eres mi esperanza.
Salmo 71 (70)
Señor, a Ti me acojo, ponme a salvo. Inclina tu oído hacia mí
y sálvame. Sé tú mi roca de refugio. Dios mío, líbrame de mis
perseguidores. Tú eres mi esperanza. Siempre he confiado en Ti,
ayúdame. No me rechaces ahora que soy viejo y las canas me
envuelven. Dios mío, mantén mis nervios en paz. Necesito un poco
más de vida para cumplir mi misión.
Mis enemigos hablan mal de mí y dicen: Dios lo ha abandonado,
agarradlo, metedlo a la cárcel para que se pudra, porque nadie lo
defiende. Dios mío, no te apartes de mí, ven aprisa a socorrerme.
Defiende mi causa. Ahora en la vejez y en las canas no me abandones,
Dios mío.
Muchas veces me has salvado de peligros muchos y graves. Líbrame
ahora de todos los peligros que me acechan, porque quiero cantar
ante el mundo tus maravillas. Quiero que resuene en toda la faz de
la tierra tu santo Nombre y yo, agradecido y feliz por haberme
salvado, te aclamaré noche y día sin cesar, eternamente. Tú eres
el amor de mi vida, el Dios de mi salvación y te amo con todo mi
corazón.
Salmo 90 (89)
Señor, Tú me amabas antes que existiesen las cumbres nevadas y
florecieran las rosas de los campos y brotasen los manantiales en
las montañas y el hombre pusiera un nombre a cada cosa. Antes que
el sol brillara en los espacios infinitos y el primer amanecer
naciera en el horizonte, Tú me amabas y pronunciabas mi nombre.
Antes que el canto de la primera noche arrullara las estrellas y
antes del primer día en los billones de años de edad del universo,
Tú pensabas en mí, porque Tú eres eterno.
Cuando no existía la noche que mide el tiempo ni el sol brillaba
en el firmamento azul, antes de la creación del universo, Tú, Dios
mío, soñabas conmigo. Cuando todo era silencio y vacío en la
eternidad del tiempo, Tú ya me acariciabas en tu corazón y
soñabas grandes cosas para mí, derramando infinidad de bendiciones
sobre mi vida.
Oh Señor, Tú eres eterno, existes desde siempre y para siempre.
Con el correr de los siglos, el hidrógeno de las estrellas se irá
transformando en helio y los astros se irán apagando uno a uno; y
el universo irá muriendo por falta de energía. Todo será silencio
y vacío, pero Tú existes desde la eternidad y hasta la eternidad y
me has hecho eterno como Tú. Ahora comprendo lo grande que es ser
tu hijo, hijo de la eternidad, eternamente feliz contigo.
Pero ¡qué frágil y fugaz es la vida! Aunque un hombre viva
setenta años y el más robusto hasta noventa, pasan aprisa y
vuelan. Enséñame, Señor, a valorar la vida y aprovechar bien el
tiempo que me regalas. Ten compasión de mí, que mi vida sea
alegría y júbilo para alabarte y bendecirte eternamente. ¡Bendice
mi vida, haz prósperas las obras de mis manos! Amén.
Salmo 103 (102)
Bendice, alma mía, al Señor y todo mi ser a su santo nombre. No
olvides nunca sus beneficios y sé agradecido. Él perdona tus
pecados y cura todas tus enfermedades y te colma de gracia y de
ternura.
Señor, no me trates como merecen mis pecados. Tú eres compasivo
y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad. Yo sé que,
aunque mis pecados alcanzaran la cumbre de la más alta de las
montañas, tu ternura alcanzaría hasta la más distante de las
estrellas. ¿Hay alguien en el mundo que pueda escudriñar las
profundidades del mar y logre llegar hasta aquellas latitudes de
silencio y oscuridad? Pues mucho más profundo es el misterio de tu
amor. ¿Quién consiguió alguna vez tocar con sus manos las cumbres
de las nieves eternas? ¿Qué ojo penetró en las inmensidades de
los espacios siderales? Pues bien, aunque nuestros pecados fueran
tan numerosos como las estrellas del cielo, tu misericordia
sobrepasa todas las fronteras del universo.
Bendice, alma mía, al Señor y no olvides sus beneficios. Yo
creo en su amor. Él me ama y su amor llena mi vida. ¡Bendito seas
por siempre, Señor! Bendice, alma mía, al Señor.
Salmo 118 (117)
Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su
misericordia. Digan todos los hombres del mundo: Eterna es su
misericordia. Cuando estaba en peligro de muerte, invoqué al Señor
y me escuchó, poniéndome a salvo. El Señor está siempre conmigo,
¿qué podrá hacerme un malvado? El Señor es mi fuerza y mi
energía, Él es mi salvación. Por experiencia he conocido que es
mejor confiar en el Señor que fiarse de los poderosos. Con Dios a
mi lado no tengo miedo. Él es mi compañero y mi fuerte refugio.
Él es mi Dios y Salvador. Oh Señor, te doy gracias, porque me
escuchaste y fuiste mi salvación.
Estaba yo rodeado de incomprensiones, que como avispas venenosas
me hacían la vida imposible. Los que me rodeaban no cesaban de
murmurar contra mí, me retiraron su confianza, me despreciaron y me
humillaron. Ante la gente, era el hazmerreír y todos me señalaban
con el dedo. Estaba como un niño indefenso por la calle. Parecía
que todos huían de mí. Me sentía como una isla perdida en el
ancho mar. Y cuando parecía que la única solución era la muerte,
invoqué al Señor y Él me socorrió. La tempestad amainó, las
olas se calmaron en el mar y una nueva vida y una nueva energía
recorrió mis venas. Los temores se dieron a la fuga, la seguridad
penetró en mis entrañas y me sentí un hombre nuevo.
¡Bendito sea el Señor que fue mi refugio y mi liberación! ¡Es
un milagro patente! Por eso, quiero cantar con los ángeles y los
santos y con toda la creación. ¡Bendito sea el Dios de la vida que
me salvó y me dio una nueva oportunidad de vivir!
¡Dios mío, te doy gracias! ¡Dios mío, yo te ensalzo! Tú eres
bueno y tu misericordia es eterna de generación en generación.
Amén.
Salmo 127 (126)
Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los
albañiles. Si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los
centinelas. Si el Señor no está de acuerdo con nuestras obras, si
actuamos lejos de su voluntad, en vano nos afanamos y construimos
grandes empresas. Todos nuestros proyectos se derrumbarán como
castillo de naipes y no quedará de ellos ni el recuerdo. En cambio,
cuando trabajamos con el Señor y hacemos su voluntad, aunque los
malvados se opongan y el mismo diablo en persona venga a hacernos la
guerra, Dios triunfará y nos protegerá y nuestras obras saldrán
adelante con el poder de Dios.
Ya podrán muchos matrimonios buscar tener hijos por fecundación
artificial o por medios ilícitos, si el Señor no quiere, en vano
se fatigarán. En cambio, aunque pareciera que todo estaba perdido y
no hubiera esperanza para una mujer estéril, Dios puede hacer que
de sus entrañas puedan surgir retoños que alegren su vida. Porque
la herencia que Dios da a los que confían en Él, son los hijos,
que son un tesoro y una bendición para sus padres. Dichoso el que
llena con ellos su casa, porque una familia numerosa es una
bendición de Dios y sus padres tendrán un respaldo en la
ancianidad. Y Dios seguirá bendiciéndolos en los hijos de sus
hijos. Amén.
Salmo 150
Aleluya. Alaben a Dios en la iglesia y en la casa y en todo lugar
donde se encuentren. Alabemos al Señor por las maravillosas
estrellas del firmamento. Alabémosle por la grandeza de su poder.
Cantemos en su honor con todas las orquestas del mundo. Que toda la
música de todas las criaturas se una para alabar a nuestro Dios.
Alabémosle con guitarras y acordeones, con órganos y flautas.
Alabémosle con danzas e himnos. ¡Que todo el universo cante:
Gloria! ¡Gloria en lo más alto de los cielos! ¡Gloria a Dios en
unión con todos los ángeles! Digámosle todos:
Bendito seas, Señor, por todos los seres. Bendígante el
desierto, la selva impenetrable y la inmensidad del mar. Bendígante
las islas sin playas ni bahías y los delgados arrecifes de coral.
Bendígante los pájaros y las flores y el limpio manantial y el pez
que se desliza en la sima abismal.
Alábente, Señor, las estrellas y las nubes. Digan tu gloria los
montes y los puertos del mar. Alábente los faros de pie en el
litoral y las rosaledas y los leños en el hogar. Te bendigan el que
ara la tierra, el que cava en las minas, el que pesca en el mar.
Bendígante la noche y el día.
Que te dé gloria el gozo y te alabe el dolor. Te bendiga la
niebla y el claro cielo azul, el hombre que trabaja y el hombre que
descansa de su fatigada labor. Y también que te alabe el que busca
sediento un fresco manantial.
Espacios infinitos, horas innumerables, estrellas sin número,
universo entero, bendigamos todos juntos al Señor. Todo lo que
respira y todo lo que existe, alabe al Señor. Aleluya.
ORACIONES A MODO DE SALMOS
Mi alma te alaba a Ti, Señor. Mi alma enamorada te canta y se
siente orgullosa de Ti. Mi alma se alegra con tu sonrisa y tu amor.
Quisiera ser una pequeña flor en el jardín del cielo. Quisiera ser
una gotita de agua en tu océano inmenso. Quisiera ser un granito de
polvo perdido en tus espacios siderales para poder así, alabarte y
cantarte con todas las criaturas de la creación.
Oh mi Dios, mi amado, mi Salvador, mi amigo y confidente en quien
yo confío. Hazme sentir tu presencia en lo más profundo de mi
corazón para que mi alma cante de alegría con todos los
instrumentos musicales y con todas las canciones del mundo. Oh
Señor, eres hermoso, eres lo más maravilloso de mi vida. Sin Ti yo
no puedo vivir. Por eso, te canto agradecido y te digo con todas las
fibras de mi corazón: Gracias, Señor, por mi vida y tu amistad.
Gracias por el amor que siento en mi corazón y gracias por hacerme
tan feliz. Amén.
* * * * * * *
Señor mi Dios, mi alma te engrandece y te ensalza en unión con
los ángeles y con todas las cosas creadas. Cuando me asaltan las
tentaciones de la tristeza o de la impureza, cuando los zarpazos del
miedo vienen a romper mi vestido de carne, entonces acudo a Ti, Dios
mío. Yo sé que no seré nunca defraudado. Yo sé que siempre
estás a mi lado y puedo confiar en Ti, pase lo que pase. Por tanto,
aunque mi alma esté seca como una teja, aunque el camino por donde
vaya esté lleno de oscuridad y tinieblas, yo sé que Tú estás
conmigo y me acompañas. Yo sé que nunca me dejas solo, porque Tú
eres mi padre, y yo soy tu hijo querido.
Oh mi querido papá Dios, yo sé que Tú siempre estás pensando
en mí. Yo sé que me cuidas como a un niño pequeño y que no
puedes olvidarte de mí, porque me amas. Por eso, puedo gritar a los
montes para que el eco lo repita por toda la tierra: Yo te amo, mi
Dios, yo te quiero, Señor. Yo soy tu hijo y yo te amo y confío en
Ti.
* * * * * * *
Señor mi Dios, mi salud, mi guía y fortaleza. Te alabo y te
bendigo y quiero ser en el mundo un instrumento de tu amor. Cuando
las olas encrespadas por la tempestad se acerquen a mi vida, quiero
decir sin temor: Mi Dios está conmigo y me cuida. Cuando la noche
caiga sobre la tierra y todo sea oscuridad y tinieblas a mi
alrededor, cuando parezca que nada tiene sentido y que mi vida está
al borde del abismo, entonces confiaré en Ti y no temeré.
Oh mi Dios, papá querido, soy tu hijo y me pongo a la sombra de
tus alas como un pollito bajo las alas de su madre. Recíbeme en tus
brazos y no me dejes caer en la tentación. Y si alguna vez me
aparto de Ti y te ofendo con mi soberbia y mis pecados, ten
compasión de mí y perdóname. Yo sé que Tú siempre me esperas y
tu amor no puede dejar de amarme eternamente. Por eso, te pido que
me ayudes y tengas paciencia de mí. Gracias, Señor, gracias por tu
amor, por tu cariño y por tu paz.
* * * * * * *
Señor eterno, Dios de las montañas y de los océanos. Tú has
creado el universo y yo me siento un átomo en medio del universo.
Pero sé que para Ti soy más importante que todas las estrellas
reunidas. Que para Ti soy más grande que todo lo que existe, porque
soy tu hijo y me has amado desde toda la eternidad.
Oh Señor mío, Dios mío, Redentor mío, no puedo expresarte con
palabras lo agradecido que estoy por todo el amor que has derramado
en mi vida. Me siento como un pececillo en medio del océano que va
seguro hacia su meta, sabiendo que nada ni nadie puede hacerme daño
sin tu permiso y que todo lo permites por mi bien. Soy tan
importante para Ti que por mí darías no sólo todo el oro del
mundo, sino también el universo entero.
Gracias, Padre mío, gracias por amarme tanto y cuidarme con
tanto amor. Yo confío en Ti y te amo. Y quiero decirte: Te amo
tanto que ni toda la eternidad será suficiente para decirte cuánto
te amo.
* * * * * * *
Jesús, cuando pienso en tu infinito amor, mis lágrimas caen
agradecidas por tantas bendiciones que has derramado en mi corazón.
No me lo merezco, te he fallado muchas veces. Y, sin embargo, Tú
siempre me esperas como un padre bueno que no abandona a su hijo a
pesar de todos sus errores y pecados.
Cuando voy a visitarte a la Eucaristía, mi corazón tiembla de
alegría al reconocerte vivo y presente como un amigo cercano con
quien puedo hablar como un hombre habla con su amigo. Tú eres un
Dios eterno y omnipotente y te acercas a mí. No temes mancharte con
mis pecados. No tienes miedo de mis ingratitudes y de mis
indiferencias y siempre estás tocando la puerta de mi corazón para
hacerme entender que eres Tú el que me esperas a la puerta para que
te deje entrar como Rey y Señor.
Ven, Señor Jesús, ven a mi vida, quiero que Tú seas el dueño
de mi corazón. Quiero que Tú seas el Rey y Señor de todo lo que
tengo y de todo lo que soy. Aquí estoy, Señor, quiero ser todo
para Ti, ahora y para siempre. Acéptame como soy, con mis
limitaciones y pecados, y hazme santo. Dame la alegría de amarte al
ciento por ciento por toda la eternidad. Amén.
* * * * * * *
Señor, mi alma es como un arpa que te quiere cantar. Mi alma
está enamorada de Ti y no puede dejar de decirte que te ama. Yo te
amo, Señor. Y te canto mi amor con el sol, la luz y las estrellas.
Te alabo con el viento que murmura entre las hojas de los árboles.
Te alabo en el frío, en la lluvia, en el fuego y en el mar. Tú
eres el Señor de los abismos y de las montañas. Que te dé gloria
el hombre enamorado y la esposa fiel, que te alaben los niños con
su alma transparente y los jóvenes que tienen alma pura y sueños
de santidad. Que te bendigan los mares y los ríos, el cielo y la
tierra, el desierto y el mar. Bendígante los hermosos delfines y
las gaviotas en el litoral. Que te eleven sus cantos los pájaros
risueños y llenos de color. Que te alaben las golondrinas que
juegan en las ventanas de mi hogar, y el arco iris con sus luces de
color.
Señor, llévame en las alas del viento para que pueda contemplar
las maravillas del universo. Llévame sobre las alas de la luz que
corre a trescientos mil kilómetros por segundo, llévame hasta tu
cielo para contemplar tu faz y alegrarme con tu alegría.
Llévame a cantar con los ángeles al paraíso. Y dame la
alegría de ser un pequeño ángel que vaya por el mundo, llevando
tu mensaje de amor y de paz. Padre mío, me siento orgulloso de ser
tu hijo y mi mayor ilusión es que Tú también te sientas orgulloso
de mí. Amén.
* * * * * * *
Señor, mi Dios, cuando tengo miedo, sé que Tú estás a mi
lado. Hay ocasiones en que me siento solo, me parece que Tú te has
alejado de mí, porque te he ofendido y no merezco tu compasión ni
tu perdón. Hay momentos en que me asaltan las dudas, pareciera que
el diablo se gozara gritándome dentro de mí: Dios no te oye, Dios
no te ama, Dios te dejó abandonado. Y en esos momentos de dolor, de
oscuridad y de tentación, sólo puedo agarrarme a tu mano invisible
y comenzar a orar y repetir sin descanso: Dios mío, yo confío en
Ti.
Poco a poco, la calma vuelve a mi corazón y tu luz vuelve a
resplandecer en mi alma. Gracias, porque a pesar de todo lo que te
he ofendido, nunca me abandonas y sigues confiando en mí. Gracias,
porque, sin merecerlo, me escogiste para servirte y porque quieres
que sea una bellísima flor de santidad en tu jardín del cielo.
Señor, dile a María que me cubra con su manto y nunca me deje
solo. Dile que la quiero mucho. Será muy hermoso si se lo dices de
mi parte y lo escucha de tus labios purísimos. Dile que la amo y
que siempre espero su ayuda y protección. Y a mi ángel, que
siempre me acompaña, dale las gracias personalmente por lo que me
ayuda y me quiere a pesar de todo.
¡Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres
de buena voluntad! ¡Gloria y alabanzas a Dios sean dadas
eternamente en la tierra y en el cielo, en el mar y en los abismos!
¡Que todos los seres vivientes griten a una voz: Bendito y alabado
sea por siempre nuestro Dios y Señor! ¡Bendito y alabado sea
Jesús en el Santísimo Sacramento del altar! ¡Gloria y alabanzas
al Señor por siempre jamás! Amén.
* * * * * * *
Te amo, Señor, Dios mío. Quisiera amarte tanto como las rosas
que dejan media vida cuando las besa el viento. Quisiera ser un
pajarito alegre y en las alas del viento recorrer todo el mundo y
decir a los hombres lo mucho que los quieres. Quisiera ser un lago
de aguas límpidas y frescas para que todos puedan venir a bañarse
en ellas. Señor, yo te amo. Necesito que Tú también me lo digas a
través de otras personas o por medio de las bellezas de la
creación. Haz que yo sea para Ti una rosa fragante, un pajarillo
alegre o un lago refulgente; en una palabra, un hombre lleno de
Dios.
Gracias por haberme sacado del barro, gracias por haberme
escogido. Gracias por tu amor sin fin. Gracias, porque ahora mi alma
es como un bello campo en primavera donde brotan las flores y las
sonrisas de tu amor. Amén.
REFLEXIONES
Dios es amor. La vida debe ser un acto continuo de amor. Hay que
llenar cada instante de sentido, de amor. Decir sí a cada instante,
llenándolo de amor. Hay que vivir el momento presente en plenitud
con Dios, en Dios, por Dios y para Dios. Por eso, hay que estar
atentos y despiertos para comprometernos con lo que hacemos y
hacerlo bien por amor a Dios y a los demás.
Debemos estar totalmente disponibles para Dios en cada momento y
poder decirle: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad. Por
consiguiente, haz lo que haces de verdad y con profundidad. Que la
raíz de todas tus cosas sea el amor. Así, en medio de las
dificultades de cada día, encontrarás el camino hacia lo profundo
de ti mismo, encontrarás a Dios y serás más feliz.
El amor es el camino de la santidad y de la verdadera felicidad.
Vive con agradecimiento. Vive con la confianza puesta en tu Padre
Dios. No temas a la muerte, al porvenir, a la enfermedad, o al qué
dirán... Vive cada instante, poniendo tu futuro y toda tu vida en
las manos amorosas de tu Padre celestial.
Si hay una enseñanza fundamental que nos enseña la Biblia, es
la del amor. Que sin amor la vida se pudre, se envenena y nos
fabricamos un infierno de odio, de violencia y de maldad. En cambio,
con amor edificamos un cielo en nuestro corazón y construimos un
mundo mejor a nuestro alrededor. Aprendamos el mensaje de la Biblia:
Dios es Amor, Dios es un Papá, Dios es mi papá. Y yo tengo que
amarlo y confiar en Él para ser feliz y alcanzar mi realización
personal como ser humano, cumpliendo también fielmente su voluntad.
Tú y yo, todos tenemos una misión que cumplir en la vida. Es la
de amar sin descanso a todo y a todos. El Espíritu Santo, que es el
amor del Padre y del Hijo, te llenará de su amor. Repite
constantemente: Ven, Espíritu Santo. Jesús, el Amor de los amores,
te espera en la Eucaristía, en unión con el Padre y el Espíritu
Santo. Allí también está María con millones de ángeles y
santos. Allí está el cielo en la tierra.
Que tu oración personal de cada día sea un diálogo amoroso con
Dios. Si puedes, hazla delante del cielo de la Eucaristía. Es el
mejor lugar del mundo, donde más cercana se siente la presencia de
Dios. Allí está Jesús, el mismo Jesús de Nazaret que sanaba a
los enfermos y bendecía a los niños y que es el mismo ayer, hoy y
por los siglos. Él quiere bendecirte, sanarte y hacerte feliz.
Te deseo un buen viaje por el camino de la vida con Jesús y con
María, confiando en tu papá Dios, con la ayuda del Espíritu Santo
y con la guía iluminadora de la Palabra de Dios.
La palabra de Dios no queda infecunda en quienes la escuchan con
fe. (San Agustín, sermón 301A, 4) CONCLUSIÓN
Después de todo lo que hemos visto sobre textos bíblicos, que
nos iluminan el camino de la vida, podemos decir que realmente la
Biblia es un pan bendito, un alimento sabroso, un medio
importantísimo de santificación. Ningún cristiano puede
prescindir de la Palabra de vida, ni tampoco del Pan de vida de la
Eucaristía. Los dos deben ir unidos: Leer la palabra y visitar,
adorar y recibir a Jesús en la Eucaristía.
Jesús es la luz del mundo y quiere que nosotros también seamos
luz del mundo. Por tanto, no podemos prescindir de la luz inmensa
que sale de la Palabra divina. Con la Palabra de Dios, interpretada
de acuerdo al sentir de la Iglesia y no con interpretaciones
personales, podemos llegar a amar de verdad a nuestra Iglesia
católica en la que hemos nacido por el bautismo y en la que nos
alimentamos con los sacramentos.
Sintámonos orgullosos de ser católicos, amemos a nuestra
Iglesia, leamos y vivamos lo que dice Dios en su Palabra. Y
prediquemos sin descanso por todas partes nuestra fe para que otros
muchos puedan llegar a encontrar en la Biblia la luz que ilumina sus
vidas; y en Jesús Eucaristía al amigo que siempre los espera, su
Dios y Salvador, que los ama infinitamente.
Que Dios te bendiga por medio de María.
Saludos de mi ángel. Tu hermano y amigo del Perú.
Ángel Peña Benito O.A.R. Agustino Recoleto
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