Sor Amada de Jesús

Libro del Padre Angel Peña O.A.R.

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PRIMERA PARTE

 

SOR AMADA DE JESUS

 

 

INTRODUCCION

La vida de Sor Amada de Jesús no es una historia real en el sentido estricto de la palabra. Tampoco es una novela totalmente inventada. Es, más bien, como un mosaico de hechos reales de distintas religiosas, concentrados en una sola. La mayor parte de los detalles, incluso de locuciones, visiones o experiencias, han sido tomados de religiosas, principalmente, de Austria, Alemania, Francia, España, Italia, Perú, Colombia, México, Japón, Tailandia y Sudáfrica.

Me he tomado la libertad de añadir algunos puntos y reflexiones doctrinales, suprimir algunos detalles secundarios del relato original y cambiar el estilo, haciéndolo en forma de autobiografía, para hacer más uniforme y fácil la lectura, Podemos, pues, decir que es una historia jamás contada, jamás vivida exactamente así; aunque podría haberlo sido. En la segunda parte, expongo mis reflexiones personales y, en la tercera parte, copio literalmente algunos testimonios reales interesantes.

Las religiosas contemplativas no son diferentes de las demás personas por su belleza o por su inteligencia. Humanamente, pueden ser tan débiles o ignorantes como los demás. Algunas han vivido en condiciones difíciles, con un pasado familiar triste o han experimentado en sí mismas el vacío y la tristeza del alejamiento de Dios. Entre ellas no faltan las enfermas ni las mediocres... Sin embargo, a pesar de su pequeñez y debilidad humanas, han sido capaces de entregarse al Amor, sin condiciones y para siempre, en una vida de trabajo, silencio y oración. Ellas están en el Corazón de la Iglesia. Son parte esencial de su Corazón y su amor es necesario para la vida de la Iglesia.

Y Jesús las envuelve con su infinito amor y las bendice con tal abundancia de dones y gracias que, entre sus claustros, surgen muchas santas extraordinarias, gloria de su Orden y de la Iglesia. Ojalá que este relato las estimule en su camino a la santidad. Es mi mejor deseo para cada una de ellas.

LA PROFESION TEMPORAL

Durante los seis meses que faltaban para mi Profesión temporal, me esforcé por llevar una vida religiosa ejemplar. "Todo por Jesús" era mi lema. Hablaba frecuentemente con la M. Maestra para que me orientara y reconocí que había estado muy equivocada al no haber acudido a ella en mis problemas, pensando que no sabría orientarme. A pesar de sus limitaciones intelectuales, era una buena religiosa y nos quería mucho. Con ella preparamos con singular esmero la fiesta de la Profesión. Aquel día, el cielo parecía sonreírme con su brillante sol y me comprometí con Jesús PARA SIEMPRE. Después de los compromisos del día, visitas, felicitaciones..., lo que más recuerdo fue la alegría que disfruté por la noche al ir a mi celda. Estaba tan contenta que no sabía cómo agradecerle a Jesús el gran regalo de ser su esposa. Así que me imaginé que lo invitaba a cenar, que preparaba la comida más sabrosa del mundo y le servía. Era como una actuación teatral en la que yo era la protagonista. Después, me senté a descansar con los ojos cerrados y tuve una visión. Veía en mi mente a una niñita pequeña que le ofrecía una flor a Jesús, y Jesús la abrazaba y la besaba y le sonreía.... Entendí que yo era esa niñita y que Jesús recibía emocionado la flor de mi virginidad.

Desde ese día, nuestro amor y amistad creció mucho. Yo estaba realmente enamorada de Jesús y trataba de hacerlo a feliz en los pequeños detalles de cada día. Detrás de la puerta de mi celda, escribí estas palabras estimulantes:

Mi alegría JESUS Mi certeza Su Amor Mi deseo Amarlo sin medida Mi interés Su gloria Mi riqueza Su sangre Mi trabajo Sacrificarme por las almas y especialmente por los sacerdotes. Mi reposo El Corazón Inmaculado de María.

Con frecuencia, cuando estaba en mi celda, jugaba con Jesús y le hacía bromas y El se reía de mi buen humor. En ocasiones, también El me hacía reir con sus ocurrencias.

Estos momentos de alegría con Jesús me daban fuerza para sufrir por su amor; en cambio, el demonio lo veía con malos ojos y empezó a asustarme por las noches. Yo, desde niña, tenía mucho miedo a la oscuridad, aunque nunca había sido nada grave. En este tiempo, al apagar la luz por las noches, sentía su presencia maligna junto a mí y me asustaba con imaginaciones terroríficas. Yo hubiera querido dormir con la luz encendida, pero teníamos obligación de apagarla a partir de las 10 p.m., y yo debía obedecer. Eran momentos terribles, temblaba de miedo e invocaba a Jesús con todas mis fuerzas, hasta que después de una larga lucha lograba dormir. Por fin, Jesús me sugirió echar agua bendita todas las noches y ¡santo remedio!, desde entonces no ha vuelto a molestarme por las noches.

Con el permiso de la nueva Superiora, comencé a estudiar. Estudié por correspondencia, con profesores particulares y consultando nuestra estupenda biblioteca, durante cinco años. Conseguí grandes adelantos en música, pintura, enfermería y adquirí el título de licenciada en teología. De esta manera, logré uno de mis grandes sueños juveniles: tener estudios superiores.

Por otra parte, seguía creciendo espiritualmente. Quería amar a Jesús sin medida y lloraba al ver las infidelidades e ingratitudes de algunas hermanas y pensar en tantos pecados del mundo entero.

Por este tiempo, me vino con insistencia la idea de ofrecerme como "flor de Jesús" (víctima de amor); es decir, ofrecerme sin condiciones a su Amor, abandonarme en sus manos, firmarle un cheque en blanco y lanzarme al vacío, confiando en su bondad, en su sabiduría y en su amor por mí. Mi director espiritual no me lo permitió y tuve que sufrir de no poder sufrir. Hasta que llegó el día glorioso de mi Profesión perpetua.

LA PROFESION PERPETUA

El día de mi Profesión Perpetua fue el día más feliz de mi vida. En el momento de la consagración de la misa, me entregué como "flor de Jesús", especialmente por los sacerdotes. Le entregué la responsabilidad de mi vida. Le dije: "Señor, lo que quieras, cuando quieras y como quieras. Hazme luz y fuego y llévame contigo para incendiar el mundo con tu Amor". En el momento de la comunión tuve una experiencia inolvidable, un fuego devorador entró con Jesús en mi corazón. El Espíritu Santo me empapó con su Amor y el Padre me hizo vivir el gozo de ser su hija. Jesús me abrazaba, me besaba, me acariciaba con tanta ternura y amor, que sólo podía derramar lágrimas de amor.

Aquel día me propuse hacer siempre lo más perfecto por amor a Jesús. Ahora bien, cuando pienso en lo más perfecto, no entiendo lo más perfecto en sí mismo, sino lo que es más conforme a la voluntad de Dios en cada momento. No trato de inventarme nuevas penitencias o de hacer cosas contrarias a la naturaleza. No pretendo hacer lo más difícil o lo que más me hace sufrir ni buscarme nuevas obligaciones. Simplemente trato de hacer lo que tengo que hacer, del modo más perfecto, sin quitar ni añadir nada. No me preocupo de buscar perfecciones fuera del círculo de mis obligaciones normales, para no caer en inquietudes e intranquilidades. Busco la perfección en lo que sé que Dios quiere de mí al orar, limpiar, trabajar, cocinar...

Tampoco quiero entrar en pequeñeces o menudencias como la postura, la palabra más adecuada etc. Por ejemplo, si estar de rodillas o sentada, apoyarme o no en el respaldo de la silla o el modo de tener los pies o las manos. Esto no me preocupa ni me lo pide el Señor. Procuro actuar siempre normalmente sin angustias de ninguna clase. Cuando tengo dudas sobre lo que es más perfecto, actúo sin inquietud y si, después, conozco que lo otro hubiera sido mejor, me quedo tranquila. En una palabra, el deseo de lo más perfecto me lleva a hacer lo mejor posible lo que considero que es la voluntad de Dios en cada instante, sin angustiarme por las dudas o pequeñeces. Quiero hacerlo todo con el mayor amor posible a Jesús y a los demás. Quiero vivir cada momento en plenitud, con seriedad, con profundidad, con responsabilidad.

En aquel tiempo, amaba tanto a Jesús que no podía disimularlo y todas en la casa me llamaban la "loca de Jesús". A medianoche, con permiso de la Madre, me levantaba para hacer una hora de compañía a Jesús Eucaristía. También quería mucho a Nuestra Madre la Virgen y todas las noches iba a despedirme de ella y pedirle su bendición antes de acostarme. A "Celeste", mi ángel custodio, frecuentemente le decía: "Ángel santo de mi guarda, corre veloz al sagrario y saluda de mi parte a Jesús Sacramentado". Tenía la costumbre de enviarlo a saludar a mis hermanas y familiares distantes. Cuando conversaba con alguien, pensaba en su ángel y le saludaba y le pedía ayuda. Tengo mucha devoción a los ángeles, especialmente al ángel de nuestro convento, de nuestra ciudad y de nuestra patria. Igualmente, tengo mucho cariño y devoción a los santos, especialmente a nuestra Madre fundadora y a los santos de nuestra Orden. La Eucaristía es el centro de mi vida, es el sol de mi vida.

Fueron tantas las gracias que recibí de Jesús el día de mi Profesión que, a los pocos días, empecé a sentirlo vivo junto a mí. Tenía la seguridad de que caminaba a mi lado, a mi derecha, fuera donde fuera, y yo ponía mucha atención para dejarle cierto espacio. Era tanta la dulzura y delicadeza de Jesús para conmigo que me ayudaba en mis tareas y yo escuchaba su voz en el fondo de mi alma. Ahora sólo percibo su presencia junto a mí, de vez en cuando. Normalmente, experimento su presencia dentro de mí, en mi corazón, donde habitan los TRES. Por eso, como decía san Juan de la Cruz, ya no tengo otro pensamiento "ni ya tengo otro oficio, que ya sólo en amar es mi ejercicio". ¡Quiero tanto a Jesús! ¡Quiero amarlo tanto como nunca nadie lo haya amado!

SOR AMADA PRIORA

Después de seis años de mi Profesión perpetua, fui elegida Priora del Monasterio. Todas estábamos muy preocupadas por la falta de vocaciones. Éramos solamente 10 y algunas muy ancianas. Por eso, confiando en el poder de Dios, que puede cambiarlos corazones y, dejando atrás lamentaciones inútiles, nos pusimos manos a la obra. Intensificamos nuestras oraciones... Hicimos un video sobre nuestra vida, donde compartíamos nuestra alegría de consagradas... Publicamos varios folletos vocacionales con testimonios y datos concretos de la vida de nuestro convento... Escribíamos en revistas y periódicos sobre nuestra vida contemplativa... Alguna vez, fuimos invitadas a dar charlas por la radio e, incluso, dos veces nos hicieron entrevistas por televisión. Procurábamos por todos los medios darnos a conocer y ofrecer a las jóvenes el regalo maravilloso de nuestra vida consagrada. Escribimos a sacerdotes de distintos lugares y países para que hablaran de nosotras en sus parroquias y ministerios y les obsequiábamos el video, folletos y cassettes con charlas, canciones y testimonios. Consideramos bien empleado el dinero gastado en esta tarea, a la vez apostólica y vocacional, y Dios respondió a nuestra llamada. Durante los nueve años de mi Priorato, ingresaron doce jóvenes como postulantes. Ya éramos veintidós de Comunidad, la. mayoría jóvenes con gran espíritu de superación. Yo las quería mucho y, cuando debía corregirlas, me acordaba de las palabras de S. Agustín: "Ama y haz lo que quieras. Si callas, calla por amor. Si gritas, grita por amor. Si corriges, corrige con amor. Si perdonas, perdona con amor. Que el amor sea la raíz interior de todas tus obras".

Me preocupé mucho de su formación integral. Compramos un ordenador para que Andrea, que tenía conocimientos, se especializara más y pudiera servir mejor a la Comunidad. Entre todas, organizamos un grupo musical con diferentes instrumentos y le dimos mucha importancia al canto en los oficios litúrgicos. Hicimos encementar un rincón de la huerta para que hubiera un lugar para hacer deporte. Cada una, según sus aptitudes, debía llevar cursos de especialización; por ejemplo, en pintura, informática, enfermería, repostería, artesanía, corte y confección... Algunas recibían cursos de estudio bíblico y teología por correspondencia y todas recibían charlas formativas, dictadas por buenos sacerdotes.

Sólo permitía el uso de la TV para fines formativos y, alguna vez, para escuchar las noticias; porque se habían dado abusos que habían ocasionado mucha disipación. Los domingos se proyectaban videos apropiados de películas religiosas y educativas, que hacían mucho bien, sobre todo, a las jóvenes. También conseguimos cassettes de música clásica y religiosa para uso común y algunas revistas y buenos libros para implementar nuestra biblioteca. Permití que, durante el trabajo, pudieran hacer breves visitas a Jesús sacramentado y les recomendaba hacer muchas visitas espirituales. Algunos días, en verano, podíamos hacer la oración, paseando por nuestro bellísimo jardín, lleno de flores, y hasta las alegraba con una bonita música de fondo. Todo, por supuesto, en un ambiente de libertad, no de imposición.

Las grandes fiestas del año litúrgico como Pascua, Navidad, Pentecostés..., procurábamos celebrarlas con mucho entusiasmo y fervor. En esos días, todas participábamos en representaciones teatrales o en las canciones de la rondalla. Decorábamos adecuadamente el ambiente conventual y colocábamos frases alusivas. El amor a Jesús era nuestra norma de conducta y, por eso mismo, el amor a María, al Papa, a nuestros obispos y sacerdotes.

Nos comunicábamos con otros conventos de distintas Ordenes, dentro y fuera del país y con ellos compartíamos nuestras inquietudes e ilusiones a través de nuestra revista mensual. Además, como el trabajo de la Comunidad daba de sobra para vivir, hicimos muchas mejoras en el Monasterio y compartíamos lo sobrante con las Misiones, con los pobres y con otros conventos necesitados de nuestra Orden.

Organizamos un museo en la parte antigua del convento y nos preocupamos de que los guías fueran personas auténticamente cristianas para que supieran hablar de nuestra vida y de nuestra fe con convencimiento, dejando en los visitantes un grato recuerdo, la semilla de la fe y el valor de nuestra vida escondida.

Nuestro convento intentaba ser un centro de acogida y de espiritualidad para cuantos nos rodeaban. Las personas de la hospedería decían que se emocionaban al asistir al rezo del Oficio divino, pues percibían nuestro fervor y nuestra alegría. Durante la semana, varios grupos apostólicos de la parroquia asistían a celebrar sus reuniones de oración en nuestra hermosa iglesia, Algunas hermanas participaban en estos grupos y todas estábamos contentas de colaborar y de haber entregado nuestra vida al Dulce y Buen Jesús. Había una canción que nos gustaba mucho cantar:

Hay momentos que las palabras no alcanzan para decirte lo que siento a Ti, mi buen Jesús...

IDEAL MISIONERO

Un domingo, estando en oración, Jesús me hizo comprender cuánto nos amaba y cuánto nos necesitaba. Entendí que el mundo entero estaba lleno de pecado, sufrimiento e infelicidad. Vi con mi imaginación a gente de toda condición, pobre, ricos, sabios, ignorantes, niños, jóvenes ancianos... La mayoría parecían muy tristes y enfermos. Yo le pregunté a Jesús: ¿Por qué no son felices?

PORQUE HAN OLVIDADO QUE LO UNICO VERDADERO Y QUE DA SENTIDO A LA VIDA, LO UNICO QUE PUEDE HACERLES FELICES ES AMAR A DIOS Y A LOS DEMAS. HAN OLVIDADO QUE TIENEN UN PADRE EN EL CIELO QUE LOS AMA Y QUIERE HACERLOS FELICES.

Y ¿qué puedo hacer yo para ayudarlos y salvarlos?

YO ENVIO TRABAJADORES A MI VIÑA DE DOS EN DOS COMO OVEJAS EN MEDIO DE LOBOS PARA QUE SANEN A LOS ENFERMOS, RESUCITEN A LOS MUERTOS, LIMPIEN LEPROSOS Y EXPULSEN DEMONIOS. TU Y CADA RELIGIOSA CONTEMPLATIVA ERES EL SEGUNDO TRABAJADOR DE CADA PAREJA QUE YO ENVIO. ERES RESPONSABLE DE SU LABOR. DEBES APOYAR A LOS TRABAJADORES ACTIVOS CON TU ORACION Y SACRIFICIO. TU ERES UNA PARTE INDISPENSABLE DE MI IGLESIA Y TE NECESITO PARA SALVAR A ESTE MUNDO POBRE, ENFERMO Y PECADOR. VOSOTRAS SOIS LA ESPERANZ4 DE LA IGLESIA".

Desde ese día, procuré que toda la Comunidad viviera la dimensión misionera con más intensidad. El mundo entero es nuestra tarea y nos consideramos madres de las almas, orando con ahínco por todas las necesidades del mundo y de la Iglesia. Sin embargo, ¡qué tristeza! El mundo parece un cementerio, donde hay demasiados muertos caminando, que no conocen la vida, porque han matado al Amor.

Ser misioneras desde la clausura es nuestro ideal. En esto Sor María, la "viejita linda", era un ejemplo para todas. Una vez la encontré de rodillas con los brazos en cruz en su celda y, al preguntarle, el porqué, me dijo: "Un sacerdote santo salvó mi vocación y dio sentido a mi vida. Me he ofrecido por ellos para que sean santos.¡Vale tanto un alma sacerdotal! ¡Cuántos se salvan o se condenan con él! Por eso, todos los sufrimientos que pueda padecer no son nada en comparación de la salvación y santificación de una sola alma sacerdotal. Oro y sufro por ellos. Su espíritu misionero no sólo abarcaba a este mundo, sino que se extendía también el purgatorio. Había hecho el voto de ánimas, ofreciendo todos sus méritos, en vida y los sufragios que le ofrecieran después de su muerte, por estas almas benditas.

En cuanto a mí, algo que me alentó mucho en mi ideal misionero, fue la relación de fraternidad espiritual que entablé con su sacerdote, natural de Zambia. Había escrito al Monasterio, pidiendo una hermana espiritual, y yo me comprometí a ser misionera con él. Desde entonces, "mi misionero" era el centro de mis oraciones junto con mi familia y mi Comunidad. A veces, me sentía rodeada, espiritualmente, de innumerables negritos africanos que me llamaban madre. Para mí, ser misionera es ser madre de las almas; ser, como María, madre de todos los hombres.

DESEO DE SANTIDAD

Un domingo, después de la comunión, escuché claramente la voz de Jesús, que me dijo "TE QUIERO SANTA, LA FLOR MAS HERMOSA DEL JARDIN DE MI IGLESIA”. Desde ese momento, se encendió en mí un deseo inmenso de ser santa y amar a mi Dios. El no puede contentarse con la tibieza y la mediocridad. El ha puesto en mí un deseo ardiente de salvarle almas, de orar por los sacerdotes, por las almas del purgatorio, por todos... Me ha dado un corazón universal y, como un mendigo, me tiende su mano y me pide almas. ¡Qué misterio! ¡El Rey del Universo necesita de mí y quiere que le ayude a salvar almas!

Quiero vivir en plenitud mi condición de hija del Padre, hermana de Jesús. Quiero que todos me miren como hija de Dios, princesa del cielo. ¡Qué dignidad tan grande! El Rey del cielo, el Creador del mundo, el Dios Omnipotente es mi "Papá". El Papá de Jesús es mi Papá y todo lo suyo es, en cierto modo, también mío. Jesús es mi hermano, mi esposo, el Espíritu Santo es mi amigo, mi Señor. La Virgen María, la mamá de Jesús, es también mi mamá, los ángeles y santos son mis hermanos. Formo parte de la gran familia de Dios.

Quiero ser alabanza de su gloria. "Bendeciré al Señor en todo tiempo, su alabanza estará siempre en mi boca" (Salmo 34,1) Pase lo que pase quiero ser agradecida. Dios todo lo permite por mi bien ( Rom 8,28). El tiene el control de mi vida y puedo vivir tranquila entre sus brazos. Normalmente lo alabo y le doy, gracias interiormente, en silencio. Pero hay ocasiones en que tengo deseos de expresarle públicamente mi alabanza y les invito a todas las hermanas a hacerlo conmigo. Entonces, cantamos, saltamos, bailamos, aplaudimos o tocamos instrumentos para gloria de Dios. ¡Qué bello estar unidas en Comunidad, alabando a nuestro Dios!

¡Oh, Padre mío! Quiero ser santa. Quiero ser tu sonrisa y tu consuelo. Quiero ser tu hija de verdad. Por medio del Corazón Inmaculado de María te ofrezco el Sagrado Corazón de Jesús con todo su AMOR, sus sufrimientos y sus méritos para que me perdones todos los pecados y los del mundo entero. Hazme totalmente limpia y pura para ti. Gracias por mi vida, mi vocación y mi Comunidad.

AMOR A MARIA

¡Cuánto amo a María! Ella es el sagrario de Jesús y en el sagrario, junto a Jesús Eucaristía, allí está María. María es la estrella de mi vida. Con ella me es siempre más fácil encontrar y amar a Jesús.¿Acaso ha habido alguien que haya amado más a Jesús que María, su Madre? ¿Alguien puede enseñarnos a amarlo mejor que María? ¡Qué feliz se siente Jesús, cuando amamos a María! ¿Podemos imaginarnos con cuánto amor y alegría, trataría siempre Jesús de hacerla feliz? Por ella hizo su primer milagro, cuando todavía no había llegado su hora. Y ahora, ¿qué no será capaz de hacer, si se lo pide María?

Todos los días rezo el rosario completo y los primeros sábados le ofrezco especialmente la misa y comunión. Con frecuencia le pido que me preste su Inmaculado Corazón para amar a Jesús. En la capilla tenemos una bonita imagen de María, presidiendo la Comunidad, como Priora y Reina de esta Casa. A ella todas estamos consagradas con la esclavitud mariana de san Luis María Grignion de Monfort. Bajo su manto maternal nos acogemos en nuestras necesidades y problemas. ¡Amo tanto a María! ¡Cómo me gustaría verla! Tan hermosa, tan bella, tan pura... No obstante, si no puedo verla en este mundo, sé que un día la veré en el cielo y, desde ahora, me preparo para ese encuentro y quiero guardar mis ojos muy limpios y puros para Ella.

Recuerdo que, cuando era niña, mi madre me llevó ante una imagen de María y renovó mi consagración a Ella y me dijo: “Ella es tu verdadera Madre, cuéntale todo lo que te pase”. Desde ese día, lo tomé en serio y muchas veces iba delante de aquella imagen a pedirle ayuda. Hace poco tiempo, estaba en el jardín cogiendo flores, cuando sentí deseos de ir a ponerle a María la flor más bella del jardín. Así lo hice, me fui a la capilla y se la coloqué entre sus manos. Instantáneamente, experimenté una alegría inmensa, desbordante, que me hizo llorar, y una voz interior me dijo: "Gracias, hija mía". Esta alegría me duró toda la semana. Varias veces he escuchado su voz dentro de mí. En una ocasión anoté su mensaje:

“Hija mía, no te desanimes por tus defectos. Yo te quiero muchísimo y miro tu buen corazón. Dime siempre SI, no pienses más en ti misma. Yo seré quien me preocuparé en todo de ti, como buena Madre. Quiero que te fíes de mí, que te dejes conducir por mí. Camina con sencillez, yo te llevo de la mano. Tú, sígueme. En cada momento, te diré lo que quiero de ti; más aún, seré yo misma la que haré todo en ti y contigo. Obrarás siempre como si fuera bajo mi dulce inspiración de Madre. Yo te llevaré a Jesús. No temas. Quiero que vivas habitualmente en mi Corazón Inmaculado. Gracias, por todos los detalles de amor que tienes conmigo y gracias por la alegría que me das".

CHARLAS

Era consciente de mi responsabilidad como animadora espiritual de la Comunidad y les hablaba de todo lo que rebosaba mi corazón, lleno de amor.

a) La vocación

Amo tanto a mi Dios por haberme llamado y escogido que ni toda la eternidad sería suficiente para darle gracias. Soy tan feliz que les digo a mis hermanas: Yo debería llamarme Sor Felicidad. Hay momentos en que experimento algo extraño dentro de mí. Me siento como embriagada, anegada por el amor de los TRES. Ahora mismo, mientras escribo, experimento una alegría tan dulce y profunda que no me es posible describirla. Gracias, Señor, por esta vida de cielo que Tú me das, encerrada en mi clausura. Gracias por haberme escogido.

La vocación es un eco presente de la llamada eterna de Dios, que todavía resuena dentro del corazón. Es una luz, que se hace presente en el alma después de una eternidad de espera. Es una llamada, una invitación a amarle a El en exclusiva. Es como si Jesús te dijera: ¿Te quieres casar conmigo? Por esto mismo, la vocación es una predilección, un privilegio inmerecido, un regalo maravilloso, que espera una respuesta consciente, libre y personal de agradecimiento. Es una decisión que va a cambiar toda nuestra vida y que debemos vivir cada momento. La vocación es una conquista diaria para hacer realidad en nosotros ese ideal de amor a Jesús de una manera definitiva y para siempre, con un amor total y sin condiciones. Un amor que debemos proyectar sin descanso en nuestros hermanos. Dios nos llama a ser puente entre El y los hombres. A hablarle a El de los hombres y a los hombres de Dios.

Me decía una novicia: "Cuando era jovencita, buscaba la verdad y me extravié durante dos años en una secta hindú. Buscaba a Dios y no lo encontraba, hasta que un sacerdote me hizo comprender que Jesús me amaba. Me dijo: Jesús ha muerto por ti. Entonces comprendí cuánto me amaba y que mi vida valía toda la sangre de Cristo y me enamoré de El. Decidí seguirlo y aquí estoy”. La vocación hay que vivirla con intensidad, sin egoísmos, sin pereza ni mediocridad, sino totalmente. Sentir que pertenecemos a Jesús, nos debe estimular a sufrir por El y a estar dispuestas a servirlo en la persona de los demás. Aspirar a la santidad debe ser una aspiración normal en toda religiosa que quiere llevar su amor a Jesús hasta las últimas consecuencias. Ser santas, amar sin medida, cumplir fielmente la misión que Dios nos ha encomendado en este mundo. He ahí la meta de nuestra vocación.

b) El Espíritu Santo

El Espíritu Santo es el Dios del Amor; es Dios hecho Amor; es la personificación del Amor de Dios o el Amor de Dios en persona; es la expresión del Amor del Padre y del Hijo. Sin El no podemos amar ni crecer en el amor. El Espíritu aletea en nuestro ser más profundo y se presenta como "paloma", llena de ternura, inocencia y sencillez; como "agua viva" que da vida, alienta y acaricia; como "fuego", que alumbra y purifica; como viento, que recorre los caminos y une y abraza a los que se aman. Sin el Espíritu, la distancia entre dos personas sería una distancia infinita, nunca se encontrarían, como líneas paralelas. Serían dos extraños caminando juntos, pero con odio, desconfianza y temor. El abrazo del Espíritu hace posible el encuentro y el amor entre hermanos. Es por esto que necesitamos de su luz, de su calor, de su presencia y de su amistad. Sin El viviríamos encerrados en nuestra oscuridad y frío interior. Sin El la Iglesia estaría vacía y sin vida, porque El es el alma de la Iglesia. Sin El estaríamos muertos espiritualmente y sin capacidad de amar. El es la vida de nuestra vida, el santificador de nuestras almas.

Necesitamos del Espíritu Santo para ser otros "Jesús" en el mundo. Necesitamos de su fuerza y de su amor para cumplir la gran misión, universal y sin fronteras, de salvar al mundo. El nos ilumina, nos fortalece, nos consuela, nos santifica... El despierta en nosotros tantas energías dormidas y nos pone en movimiento para servir, evangelizar y perdonar y amar a los demás. El nos saca de la mediocridad y produce en nosotros un nuevo despertar a la vida de Dios, haciéndonos sentir una nueva alegría de ser cristianos y consagrados. El llena nuestro corazón de un nuevo amor por Jesús y por todo lo que es de Jesús: su Madre, su Palabra, su Iglesia, su Vicario, sus sacerdotes, sus hermanos los hombres...

Cuando decimos "Ven Espíritu Santo", desde la profundidad y sinceridad de nuestro corazón, es como conectarnos con un cable de alta tensión, que nos transforma y nos llena de amor. Que todos los días digamos, despiertos o dormidos, mañana y tarde: "Ven, Espíritu Santo".

A El lo considero mi director espiritual y lo invoco especialmente en los momentos de oscuridad e incertidumbre. Todos los años, en la fiesta de Pentecostés, vivo su presencia con especial intensidad. Frecuentemente, le digo: Ven, Espíritu Santo, toma posesión de mí. Ayúdame a decir SI, como María. Hazme SANTA.

c) La Oración

Para mí la oración es como el respirar, una necesidad vital. Es una necesidad de estar a solas con el amado. Orar es amar y, si no pudiera amar-orar, moriría de asfixia. En ocasiones, lloro de alegría al pensar que tengo a Jesús muy cerquita, aquí en mi corazón, aquí en el fondo de mi alma, donde habitan los TRES. ¡Qué maravilla! El cielo es Dios y Dios mora en mi alma y está exclusivamente para mí. No tiene prisa, no está demasiado ocupado, tiene todo su tiempo para mí y me espera. ¡Cómo no va a escuchar mis plegarias!

La oración es alimento y energía espiritual. Es la fuerza de la vida. Sin oración no podemos vivir espiritualmente. Sin oración, la vida se vuelve triste y vacía; porque sin Dios y sin su calor, nos moriríamos de frío y la vida no tendría sentido. Necesitamos amar y ser amados, necesitamos amar a Dios y sentirnos amados por El. Orar no es dirigirse a un Dios lejano, serio y solitario sin sentimientos. Orar no es cumplir unos mandamientos por miedo al castigo. Orar es inyectar luz y alegría en el alma. Es amar a Papá-Dios, que nos perdona, nos comprende, nos ama y nos sonríe desde nuestro corazón.

Orar es una comunicación amorosa (con palabras o sin palabras, con gestos o sin ellos). A veces, nos sonreímos, nos miramos, nos abrazamos o nos decimos mil locuras. Pero sin amor no hay verdadera oración. Sin embargo, no hay que dar demasiada importancia a los sentimientos o a las experiencias místicas, como si fuera lo más importante. El Señor lo da cuando quiere. El querer orar ya es orar. No olvidemos que el amor es un don de Dios, pero también una decisión de la voluntad. No necesitamos sentir sus dulzuras para orar bien.

Hay momentos en que la oración puede ser una verdadera lucha contra la desgana, el cansancio, la tensión o la debilidad. Entonces, debemos aguantar al pie de Jesús. Luchar para no salir corriendo o irse a lugares más cómodos o distraerse con cosas más agradables. Jesús parece callar. No obstante, a pesar de este silencio divino, que parece indiferencia, El vela junto a nosotros. Debemos ofrecerle nuestras distracciones, nuestro sueño, nuestro aburrimiento y, de vez en cuando, decirle: Señor, te amo. Nuestro deseo de orar y nuestra lucha contra lo que nos agobia ya es una buena oración.

Nunca caigamos en la tentación de dejar la oración. Cuanto menos ganas tengamos de orar, más necesidad tenemos de ella. El dejarla sería una trampa mortal. Personalmente, hay días en que mi corazón parece estar vacío y a oscuras. Mi oración se reduce a estar abrazada a una estampa del Corazón de Jesús o a una medalla de la Virgen, que llevo al pecho. Entonces, le pido a María que me preste su Corazón para amar a Jesús y me quedo tranquila. Cuando estoy bien, dejo correr mi imaginación, soñando aventuras maravillosas con Jesús o le expreso mi alegría cantando, jugando, bailando... Cuando el dolor me deprime, sólo sé gritar desde mi nada:"Señor, ten compasión de mí”.

Me gusta hacer frecuentes visitas al Santísimo Sacramento. Es como ir a calentar mi corazón al Sol de Jesús, junto al sagrario. Allí lleno mis baterías de nueva energía para continuar la lucha de la vida. Intercedo por todos mis hermanos los hombres y, con mis manos levantadas, le suplico por ellos. Allí mi vida se hace puente entre Dios y los hombres. Soy como fuente cristalina, que ofrece las aguas de Dios a los sedientos caminantes. Soy luz que ilumina las tinieblas. Soy toda de Dios y toda de mis hermanos. Y mi existencia se llena de sentido y me siento realizada como mujer, persona y religiosa. Allí soy como María, doy a luz a Jesús en las almas.

Soy madre de todos, especialmente de los sacerdotes-Jesús. Por ellos pido y sufro y lloro. Y quiero cumplir mi misión, cumpliendo la voluntad del Padre en cada momento, lo mismo limpiando el gallinero que recogiendo cebollas, cocinando o estudiando.

Una vez, durante un momento de intensa oración, se me reveló el misterio de la Santísima Trinidad y, por unos segundos, quedé como fuera de mí. Verdaderamente, como dice S. Pablo, ni el ojo vio ni el oído oyó ni la mente humana puede comprender lo que Dios tiene preparado para los que le aman. Allí le declaré de nuevo mi amor para siempre y le pedí que castigara en mí los pecados de todos los hombres. ¡Me duelen tanto las almas que se condenan! ¡Me duele tanto el pecado y la falta de amor a Jesús! Quiero hacer de mi vida una continua oración y con mi amor maternal abrazar a todos los hombres y ofrecer mi vida por ellos, especialmente durante la celebración de la Eucaristía.

d) Abandono

Abandonarse es dejarse llevar por las manos de Dios, confiando en su amor. Es entregarle la responsabilidad de la propia vida. Darle carta blanca para que haga en nosotros lo que crea más conveniente sin ponerle condiciones. Abandonarse significa fiarse de El, creer en su Amor, amarle sin reservas, aceptar todo lo que El nos envíe, cumplir fielmente su voluntad. Es estar en una actitud permanente de apertura a sus planes divinos, de disponibilidad absoluta, de vacío total de nosotros mismos para aceptar su voluntad. El sabe mejor que nosotros lo que nos conviene. Es, simplemente, ser flor de Jesús, consagrarse como víctima de su Amor.

Hay momentos en que me da un poco de miedo lo que pueda pedirme, tengo miedo al sufrimiento, pero confío en El y me lanzo al vacío y le digo: Haz de mí lo que Tú quieras, sea lo que sea te doy las gracias, porque te amo y confío en Ti, porque Tú eres mi Señor y mi Dios. He comprendido que el secreto de la propia felicidad está en aceptar su voluntad y obedecerlo siempre. En una ocasión, me dijo Jesús: SABES OBEDECER Y YO ENCUENTRO DESCANSO EN LOS QUE ME OBEDECEN.¡COMO DESCANSA EN TI MI CORAZON!. La obediencia al plan de Dios sobre mi vida es la mejor decisión que puedo tomar en cada instante. Yo soy su propiedad, le pertenezco enteramente. Que El decida sobre mí, yo siempre le diré SI, porque lo amo.

e) La sonrisa

Considero la sonrisa, limpia y sincera, como uno de los regalos más grandes que Dios me ha dado. La sonrisa, es el amor hecho alegría Es la alegría del amor, que sale al exterior en forma de sonrisa. La gente me llama Sor Sonrisa, porque, a pesar de mi pequeñez e inutilidad, se siente contenta a mi lado. Me preguntan: "¿Por qué es tan feliz? " Y les respondo: "Porque Jesús es mi alegría y estoy enamorada de El”.

Hay momentos en que puede costarnos sonreír, sobre todo cuando estamos preocupados, adoloridos o todo nos sale mal. En ese momento, tenemos que esforzarnos para no perder la calma y seguir sonriendo. La sonrisa es un don que Dios nos da para los demás y no podemos robárselo. La sonrisa es una bendición de Jesús para ellos. Por lo cual, le pido a Jesús que los bendiga a través de mi sonrisa y creo que lo toma en serio.

La sonrisa allana el camino, cuando hay que corregir, sin humillar. Inspira confianza y ayuda a perdonar. La sonrisa es el camino más corto entre dos personas. Por eso, cuando veamos a una hermana demasiado ocupada, preocupada o malhumorada para ofrecernos una sonrisa, ofrezcámosle una de las nuestras. Dios también espera nuestra sonrisa. El nos sonríe a través de los niños, de las hermanas, de las flores, de las estrellas, y espera nuestra respuesta. Sonríe, Dios te ama. No dejes que se pudra tu sonrisa en el frío cajón de tu egoísmo. No robes alegría a tus hermanas.

La sonrisa acorta las distancias. Sonríe a quien te ofende y a quien te alaba, a quien te rechaza y a quien te ama. Todos necesitan tu sonrisa para ser más felices y no debes negársela, porque es un don y una bendición de Dios para ellos. Sonríe a Jesús con la mejor de tus sonrisas y dile que lo amas.

Todas las mañanas, cuando llego a la capilla, saludo a Jesús con una sonrisa y un beso que le doy en una estampa muy bella del Sagrado Corazón de Jesús, que tengo en mi breviario. Cuando abro la ventana de mi celda al nuevo día, saludo a mi Dios con una sonrisa y le digo: ”Gracias, Papá, por este nuevo día”. Cuando saludó a mis hermanas, lo hago con una sonrisa.. La sonrisa debe ser la expresión del amor de Dios, que sale desde el fondo del alma. Esfuérzate por sonreír. La vida es como un espejo, si le sonreímos, nos sonríe y nos alegra; si le ponemos mala cara, nos pone mala cara y nos envenena el alma. Practica sin descanso la caridad de la sonrisa en Comunidad. Tu debes ser una flor de Jesús y como las flores, debes amar, sonreír y hacer felices a los demás.

f) El silencio y la soledad

El silencio es una de las cosas que más nos ayudan a encontrarnos con Dios; sobre todo, el silencio interior, el del corazón. Para ello, hay que aprender a callar y a alejarse del ruido, no sólo del mundo que nos rodea, sino también del ruido producido por el torbellino de pensamientos, imaginaciones, temores o deseos. Para llegar a lo más profundo de nosotros mismos, debemos callar. Cuando nos recogemos interiormente y abrimos nuestro corazón a Dios, entonces percibimos su presencia escondida, que nos llena de alegría. Dios es amigo del silencio y debemos estar a solas con El. En el silencio tienen lugar las grandes aventuras del espíritu y los encuentros más profundos con Jesús. Allí descubrimos que no estamos solos. Hay millones de seres invisibles, hermanos nuestros, que nos acompañan y nos aman. La soledad silenciosa es compañía con el cielo viviente. No es una soledad frustrante, es soledad vivificante. No es soledad egoísta, que fomenta la tristeza o la nostalgia por lo que hemos dejado. Tampoco fomenta actitudes negativas de crítica o resentimiento ni se deleita en las cosas o gustos personales. La soledad contemplativa es vida para los demás, pues llevamos a todos los hombres en el corazón y estamos en continua intercesión por ellos. Es tiempo de gracia para llenarnos de bendiciones, que después podemos regalar a los demás.

La contemplación silenciosa es luz para el alma, es alegría del espíritu. Es espacio vital, dedicado al Señor, en un clima de escucha y asimilación de su Palabra. Es santuario de oración, morada de reflexión y fuente de paz. Es como el oasis del desierto, lugar de descanso, espacio fecundo para forjar nuestras almas.

Todos los grandes santos han buscado en la soledad y el silencio la cercanía de Dios. De esta soledad, silenciosa y sonora, oculta y alegre nos habla san Juan de la Cruz:

En soledad vivía y en soledad he puesto yo mi nido y en soledad me guía a solas mi querido también en soledad de amor herido

En esta soledad, El me cautiva y me enamora y nos amamos sin palabras. El está enamorado de mi nada y de mi pobreza. El me ama así como soy, sin mérito alguno de mi parte. Lo busco todo el día en el silencio de mi corazón, en el fondo de mí misma, donde habitan los TRES. Ya no quiero hablar, sino para decir algo mejor que el silencio. Quiero cerrar la boca para que grite el corazón, pues mil gritos de silencio me hablan más de El que mil palabras. El habita en mi silencio interior y quiero zambullirme hasta allí para encontrarlo. El amor será mi guía.

Acerquemos a Dios con recogimiento, sentémonos a solas al borde del silencio, contemplémoslo sin palabras y esperemos. El siempre tiene algo que decirnos. El silencio y la soledad será el clima necesario para este encuentro profundo con el Señor, pues están llenos de su presencia. Entra dentro de ti misma. Piérdete en el silencio de Dios. Contémplalo sin palabras y disfruta de su alegría, de su amor y de su paz.

MENSAJE DE DIOS

Cierto día experimenté muy fuerte en mi alma la alegría de vivir para Dios. Jesús me atraía como un gran imán hacia su Corazón. Estaba tan empapada de la presencia de las TRES divinas personas dentro de mí que todo mi ser respiraba amor. Yo decía: “Dios mío, llévame contigo. ¡Tengo tanta nostalgia del cielo!". El me decía: “¿Qué quieres para ser feliz? Pídeme lo que quieras”. Y yo respondía: "Sólo te quiero a Ti, mi Dios. Tu amor y tu cruz. Quiero ayudarte a salvar a todos mis hijos, especialmente a mis hermanas de Comunidad, a todos los hombres. Te pido por ellos (sacerdotes), santifícalos, Señor”.

En ese momento, recibí un mensaje de Dios, que entendí era también para todas las contemplativas del mundo entero:

HIJA MIA, DESDE TODA LA ETERNIDAD PENSE EN TI Y TE AME. TE QUIERO ASI COMO ERES, DEBIL Y PEQUEÑITA. SOLO QUIERO TU AMOR Y TU DESEO DE SUFRIR POR MI. ME ALEGRA TU DESEO DE SANTIDAD. CONFIA EN MI. ECHATE EN MIS BRAZOS. NO TEMAS. MI AMOR POR TI ES TAN GRANDE QUE, SI LO SUPIERAS, MORIRIAS DE ALEGRIA. ¡ESPERO TANTO DE TI! ¡TE AMO TANTO! QUISIERA QUE VIVAS TU CONSAGRACION EN PLENITUD, EN TOTAL DEPENDENCIA DE MI SIN DUDAS NI TEMORES. DAME TU MANO Y SIGUEME. YO SOY TU DIOS Y TU ME PERTENECES. JUNTOS PODEMOS CONQUISTAR MUCHAS ALMAS. AYUDAME A SALVAR A TUS HERMANOS. TODO EL MUNDO ES TU TAREA. ORA POR TUS HIJOS SACERDOTES. SE GENEROSA EN TUS SACRIFICIOS. NECESITO ALMAS VICTIMAS, QUE SE OFREZCAN PARA REPARAR POR LOS PECADOS DEL MUNDO. ¡SI SUPIERAS CUANTO VALE UN ALMA! ¡CUANTO ME DUELEN LAS OFENSAS DE LOS SACERDOTES Y DE LAS ALMAS CONSAGRADAS! TE NECESITO. MI CORAZON ES UN ABISMO DE MISERICORDIA.

TAMBIEN QUIERO QUE REPARES POR TANTOS PECADOS Y OFENSAS QUE RECIBO EN LA EUCARISTIA. QUIERO QUE ME HAGAS COMPAÑÍA. ME SIENTO TAN SOLO... VEN, AMADA MIA, QUIERO PERDONARTE Y ABRASARTE CON MI AMOR. SOY UN DIOS CELOSO Y NO ADMITO RIVALES. QUIERO QUE SEAS TODA MIA. QUIERO QUE ME HAGAS FELIZ. EN OCASIONES, ME DUELE TU FALTA DE GENEROSIDAD. TE QUIERO SANTA, LA FLOR MAS HERMOSA DE MI JARDIN.

CON CRISTO CRUCIFICADO

De pronto, vino la oscuridad sobre mi vida. Jesús parecía estar ausente de mí. Me parecía estar en tinieblas profundas. Tenía tentaciones muy fuertes contra la fe. Todo lo vivido me parecía un sueño. Dudaba hasta de que Dios existiera y tenía que hacer grandes esfuerzos para sonreír y no dejar traslucir mi estado interior. Me venía el pensamiento de que, después de mi muerte, iba a encontrarme con la nada, porque no hay nada. Tenía que hacer muchos actos de fe y confianza. Clamaba y clamaba... y Jesús no respondía. Me sentía sola y sin apoyo. El cielo parecía cerrado y yo procuraba ocultarme y estar a solas y llorar la ausencia de mi Amado. No obstante, en el fondo de mi alma tenía paz, creía en Dios, amaba a Jesús. No tanto, porque lo sintiera, sino porque quería creer. Creía más con el corazón que con la cabeza. Me decía a mí misma: «Creo en Dios, porque lo conozco y sé que es fiel y nunca me abandonará. Es demasiado bueno para abandonarme y hacerme daño”.

En esos momentos, me fue de una ayuda invalorable las orientaciones y consejos de un buen sacerdote, amigo de la Comunidad. También me levantaba el ánimo, la alegría y el amor fresco y espontáneo de las jóvenes. Las quería tanto que me preocupaba de ellas y, por ellas, sonreía y contaba chistes y las hacía reír, aunque por dentro lloraba de no experimentar el amor de Jesús como en otros tiempos.

Los problemas de salud vinieron a empeorar mi situación y tuve que renunciar al Priorato. Tenía cáncer y tuve que aceptarla realidad, preparándome lo mejor posible para el encuentro con el Señor. Ahora estoy libre de mis responsabilidades y estoy sufriendo con Jesús crucificado sin dulzuras. El me quiere así y yo le ofrezco mi cruz.

Soy una flor de Jesús y me quiere crucificada con El. No me arrepiento de haberme entregado al Amor en aquel bendito día de mi Profesión perpetua. ¡Cuánto he aprendido a los pies de la cátedra del dolor!

Señor, entonces Tú me pediste todo y me hiciste comprender que no te agradaban las entregas a medidas..., mi corazón sangraba...., se entabló una lucha entre el dolor y el amor. Quería serte fiel, pero sentía el vértigo al pensar que tenía que lanzarme al vacío de cabeza. Pensaba que era mejor decirte: Espérame un poco. Pero Tú estabas impaciente y yo me puse a caminar contigo, jadeante, seguía tus huellas. Y Tú seguías sin detenerte. De vez en cuando, volvías la mirada hacia mí y, sin palabras, con una sonrisa, me pedías seguir caminando. La primera jornada fue larga y penosa. Me diste un respiro...., pero también me hiciste sentir la necesidad de seguir tras de ti. Y seguí caminando con los pies sangrando. Casi maquinalmente me decía a mí misma: Tengo que seguir, no puedo parar, no debo parar, no quiero parar.

Tu sabes, Amor mío, que mi vida no ha sido un camino de rosas, sino que ha estado tejida de espinas más o menos punzantes. Sin embargo, siempre te he tenido a Ti. Muchas veces, te escondías y sentía miedo y te buscaba angustiada. Un día, casi desesperada, te llamé a gritos y Tú me respondiste en lo más profundo de mí misma: "No temas, estoy aquí contigo, no estás sola. Sólo quería saber la medida de tu amor. Ya lo sé, no necesito más. Camina. Sigue y no temas”. ¡Qué paz tan inmensa inundó mi alma! Jesús me amaba y seguía confiando en mí a pesar de todo.

Si hoy tuviera que escoger de nuevo, escogería el mismo camino. Me encanta mi lema VIVIR SUFRIENDO. La naturaleza, a veces, se revela y se queja, pero algún día se alegrará en el espíritu. Amo este sufrimiento que me envía Jesús, porque me une más a El y me asocia a su Redención. Ahora veo claro que es una señal de su amor por mí. El dolor es amor y sabe a amor, cuando se sufre por El. Para mí, la gracia más grande que he recibido es amar el sufrimiento.

El amor tiene sus raíces en forma de cruz. Quien no es capaz de sufrir no sabe amar. ¡Dichoso el sufrimiento que me acerca a Jesús! Del amor y la cruz surgen en mi corazón una inmensa alegría y paz. AMAR, SUFRIR, SONREIR es la ciencia de la vida.

¡Oh, Jesús! Llena mi corazón de tu Amor. Todo lo que no eres Tú me deja vacía. Lléname de tu Amor. Te necesito a Ti, sólo a Ti, tu Amor y tu Cruz. ¡Cómo quisiera arder de amor! Quisiera amarte, Jesús, como nunca nadie te haya amado. Yo soy la nada del total. Tú eres el Todo. Toma mi nada y dame tu Todo para que sea tuya para siempre. Acepto todos los sufrimientos que Tú quieras enviarme para mi santificación y la salvación de mis hermanos. Señor, me has robado el corazón y sólo puedo decir: “Me has seducido, Señor, y yo me dejé seducir por Ti” (Jer 20,7). Te amo, Señor.

¿Cuándo llegará el momento del encuentro definitivo con Jesús? Tengo tanta nostalgia del cielo. Actualmente, me encuentro tranquila, después de varios meses de sombras sin luz. Una noche, Jesús vino a mí. Estaba completamente dormida, cuando creí que alguien me llamaba. Me desperté y miré la imagen del Corazón de Jesús, que tenía junto a mi cama, y lo vi sonreír. Fue un instante, un segundo, pero fue algo tan vivo y real que mi corazón se estremeció de alegría y se disiparon todas mis dudas y oscuridades y me sentí enormemente feliz.

Todavía sigo clavada a mi cama con mi cáncer, esperando que me llame. Cuando sufro mucho, le digo: "Por ellos, Señor, para que sean santos”. Estoy unida a Jesús y no lo pierdo de vista ni un minuto. Con El a mi lado sufro con paz y trato de consolarlo y quitarle las espinas. Esta misma mañana, experimenté un amor tan grande por Jesús, cuando tenía la hostia en mi mano para comulgar, que me puse a mirarlo y pensaba que mi mano era la cuna del Rey del cielo y yo, pequeña creaturilla, lo tenía entre mis manos a Jesús pequeñito como en Navidad. ¡Qué gozo! ¡Qué alegría! Jesús y yo nos decimos mil locuras de amor, parecemos dos enamorados. Por ahora, tengo que seguir sufriendo hasta que El quiera. ¡Cuestan tanto las almas! Y no quisiera que se pierda ninguna por mi falta de generosidad. Ahora es tiempo de sufrir y ofrecer, ya descansaré en el cielo. Hay momentos en que la cruz se me hace demasiado pesada y creo que no voy a poder resistir; entonces, lo miro y me da fuerzas. Juntos sí podemos; juntos somos invencibles.

También hay momentos en que la presencia del diablo se hace más patente y quiere desesperarme y me dice: "Estás condenada a muerte, de nada te servirán tus sufrimientos, son inútiles. ¿Así te trata tu Señor?". Pero yo lo rechazo, diciéndole: "Jesús es mi esposo y puede hacer conmigo lo que quiera".Echo agua bendita y rezo una Salve o Ave María y se va.

Ya no tengo miedo a la muerte. Para mí morir será como cambiar de casa y yo iré al cielo con Jesús. La muerte será para mí una fiesta, un premio, una liberación. Cada día que pasa me voy acercando un poquito más al cielo. ¿Cómo será ver a Dios? El cielo es Dios. todo lo de aquí no es nada. Cuando me adentro en lo profundo de mi alma, en el tiempo de oración, lo que más me emociona es la mirada de Jesús. ¡Es tan dulce, tan viva y atrayente! Su amor me envuelve y me arrolla con una fuerza indecible. Si eso ocurre aquí en la tierra, ¿cómo será el cielo? Y me pregunto: ¿Quién soy yo para que me ame tanto? Alguna vez estoy como atontada, no sé qué me pasa, me absorbe totalmente. ¿Cuándo podré contemplar su rostro en plenitud sin las ataduras de esta pobre carne mortal?

Ya me queda menos. Aquel día me lanzaré a El como una flecha. Sólo al pensarlo mi ser entero se estremece de gozo. Todo pasa, solo El permanece. Ahora quiero aprovechar el tiempo y vivir de amor para llegar a morir de amor. Hubiera querido morir mártir y poder derramar toda mi sangre por Jesús. Pero, al menos, quiero morir plenamente consciente, poder tomar mi vida entre las manos con cariño, y tener tiempo de ofrecérsela con alegría y presentarme ante El con las manos vacías, porque todo se lo he regalado a mis hermanos y pedirle que me las llene de sus infinitas riquezas para derramarlas sobre ellos y pasar así mi cielo, haciendo el bien en la tierra.

Señor, en este momento quiero ofrecerte mi VIDA. Gracias por haberme creado, por haberme amado, por haberme llamado... Te la entrego con todo mi AMOR. Te espero y te doy gracias por estos veinte años pasados en tu compañía.

¡Oh Jesús! Han sido veinte años vividos para Ti Veinte años que salí tras de Ti..., sin otra luz ni guía, sino la que en mi corazón ardía. Veinte años, llenos de gracias y amores. Volé en alas de tu viento, contemplé tus espacios infinitos, supe de tus íntimas fiestas, soñé sueños, dormida entre tus dulces brazos. Cuando Tú, Jesús, allí me encumbrabas, moría y resucitaba y allí soñaba, muriendo muerte de amores y yo, tu blanca palomica, bebía de tu pecho y allí te prometía ser tu esposa. Ahora sólo quiero volar hasta los cielos, hacer realidad todos mis sueños y gozar eternamente..., agradecida. Apártame, Señor, los hilos que me atan. Apártalos, Amado, y recíbeme con los brazos abiertos en tu cielo.

Completaremos ahora la historia de Sor Amada con nuestras propias palabras. El cáncer siguió su camino implacable. Cada día su estado general empeoraba y sólo pensaba en el cielo. Las cosas de la tierra ya no le importaban. Todo lo que no fuera pensar en Dios le causaba tristeza, aun aquellas cosas que antes le entusiasmaban y que eran buenas. Ahora todo lo encontraba vacío y le causaba hastío. Todos los días procuraba asistir a la misa desde su habitación de la enfermería a través de unos parlantes. En el momento de la consagración, cuando Jesús dice por el sacerdote: ESTO ES MI CUERPO, ESTA ES MI SANGRE, ella se ofrecía de nuevo a Jesús por la salvación del mundo.

El día en que el capellán le dio la unción de los enfermos, se preparó con mucho fervor y estuvo todo el día como fuera de sí. Parecía estar disfrutando, por anticipado, de las glorias eternas del paraíso Hasta que llegó el momento en que

Hundió su cabeza, el cuello reclinado sobre los dulces brazos de su Amado.

Eran las 3,30 de la tarde de un 25 de setiembre. Estaban reunidas en ese momento con ella todas las hermanas de la Comunidad y acababan de cantar la Salve. Se fue a la Casa del Padre, tranquila, sin estremecimientos. Tenía 40 años de edad y todas la lloraban como a una santa. A su muerte todo el pueblo acudió a la misa y todos querían tocarla.

Pronto se hizo sentir su intercesión desde el cielo. Ella, fiel a su promesa, comenzó a visitar espiritualmente a sus hermanas de Comunidad y a todos los que la invocaban. Nuevas vocaciones empezaron a llamar a las puertas del Monasterio. La M. Priora publicó en un libro sus cartas y escritos espirituales, que hacían mucho bien a las almas. Su tumba, dentro del convento, es un lugar de oración para la Comunidad. Su vida ejemplar es una luz y un estímulo hacia la santidad para todas las hermanas. ¡Cuántas bendiciones ha derramado sobre su Comunidad! ¡Cuánta gloria ha dado a Dios! ¡Cuántas almas se han salvado con su amor y su dolor!.

Las religiosas santas son un tesoro de la Comunidad, durante la vida y después de la muerte. Todas las religiosas fallecidas, y que ya están en el purgatorio o en el cielo, forman parte de esa gran familia. ¡Cómo debemos invocarlas! ¡Qué felices se sentirán de ayudarnos! La vida de Sor Amada fue una bendición para todos y nos sentimos orgullosos de ella. Ella, desde el cielo, nos sigue diciendo, con el mudo lenguaje del amor, que lo único que cuenta es Dios y sin Dios, no vale nada. Ella brilla ahora como una estrella en el firmamento de la Iglesia. Ella es nuestra hermana. Por eso, decimos: "Gracias, Señor, por el regalo de su vida”.

SEGUNDA PARTE

REFLEXIONES

Después de haber conocido la vida de Sor Amada, podemos hacer unas reflexiones prácticas que nos ayuden en nuestro caminar hacia Dios.

EL TIEMPO PRESENTE

Debemos pensar en santificar el momento presente. Cada instante es un tesoro. El que desprecia un instante nunca llegará a la plenitud del amor. Cada instante es la encarnación de la eternidad, es la eternidad hecha vida. Por eso, el momento presente es un encuentro entre la eternidad y Dios que es eterno. Vivir en plenitud el presente es vivir en Dios y en la eternidad. Vive, pues, con amor el momento presente, el "aquí y ahora”. Dios no te ha dado poder sobre el pasado ni sobre el futuro, pero ha puesto en tus manos el presente y te lo ha confiado. No lo desperdicies. No dejes escapar el presente por soñar con el futuro. Vívelo sin prisa y sin pausa. Tómalo entre tus manos con cariño y disfrútalo, levántalo agradecido y ofréceselo a Dios, porque es irrepetible. No hagas las cosas a medias. No seas mediocre. No seas gente de segunda mano, que sólo hace y dice lo que dicen y hacen los demás. Piensa por ti misma. Reflexiona. Libérate de ese montón de prejuicios que te hace igual a los demás. Tú vida es única y tiene una misión única. Tú eres diferente y Dios te ha encomendado una misión que no ha encomendado a ningún otro. De algún modo, eres necesaria para Dios. No lo defraudes. El ha tomado tu vida muy en serio, no juega contigo. A veces, permite que llegues a situaciones límite, donde humanamente te sientes inútil o impotente, para que tengas necesidad de mirar al cielo y levantar tus manos suplicantes y decirle: "Señor, ayúdame". El te quiere agarrada de su mano. El quiere que te juegues la vida por algo grande y ¿qué puede haber más grande que amar a Jesús? Apuesta tu vida por El y entrégate a El sin condiciones ni reservas. Vivir es una aventura apasionante y tú debes vivir como una estrella que ilumina el camino de tus hermanos, debes sembrar flores en su corazón, debes vivir con la sonrisa a flor de labios, debes amarlos de verdad.

Con frecuencia, queremos volar alto con los pájaros y nos caemos, porque somos de barro. No importa. Lo que importa es levantarse y tener la voluntad de ser santos y amar a Jesús. Hazte una niña para que pueda tomarte en sus brazos y avances más fácil y rápidamente. No te lamentes por tu pasado, no pierdas así tu tiempo. Jesús es el Señor de tu pasado, El puede llegar a él y curar tus heridas y perdonar tus pecados; pero tú no puedes. Arrepiéntete y comienza una nueva vida. Vive cada día, como si fuera el último de tu vida, como si de él dependiera tu eternidad. Toma en serio tu vida. No te olvides de que sólo se vive una sola vez. Si tuvieras dos vidas, podrías emplear una como exploradora, pero sólo tienes una y debes aprovecharla al máximo. Vive con ilusión, sabiendo que cada día que amanece es una nueva oportunidad que Dios te da para ser mejor. Recuerda que todo lo que tienes y todo lo que eres es un DON DE DIOS.

Sé agradecida y dile frecuentemente: "Gracias, Señor, por tus dones y tus gracias, por la vida y tu perdón. Gracias, Señor, por tu amor”. Vive cada día con responsabilidad, sin angustia. No te entrometas en los planes de Dios. No te inquietes demasiado por tu futuro o por lo que te puede pasar. El pensar demasiado en el futuro puede llenarte de temores y amargarte la vida, y eso es falta de fe.

Vive cada día como un milagro, alégrate de ver salir el sol cada mañana. Mira con ojos limpios a todos los que te rodean, sonríe siempre y dale cada mañana tu mejor sonrisa a Jesús. Síguelo al ritmo de tus pasos, El te espera. Dile muchas veces que lo amas. A El le gustará escucharlo de tus labios. Cuéntale tus cosas, trátalo como a un amigo querido. Paseando por el jardín, limpiando la casa, cocinando..., puedes decirle sencillamente que lo amas. Haciendo las pequeñas cosas con amor, puedes darles un inmenso valor, si las unes a la sangre de Jesús y a sus méritos infinitos. Aspira siempre a los bienes de allá "arriba" donde está Cristo. Donde está tu tesoro, allí también estará tu corazón. Entrégale todo lo que eres y tienes a Jesús. Vete desprendiéndote de todo lo humano y material para estar así libre a la hora en que te llame. Que en todo momento puedas decirle: "Señor, estoy a la espera, en la estación, con el billete listo, ligera de equipaje, para emprender el camino a la eternidad. Cuando Tú quieras, Señor, te espero".

LA VIDA DE COMUNIDAD

Es triste vivir en una Comunidad, donde hay religiosas egoístas, que son como viajeras extrañas del mismo coche, como raíles del tren siempre cercanos, pero paralelos, que nunca se encuentran. La Comunidad madura es aquélla en que cada una vive para las demás, donde hay comunicación y diálogo fraterno. Esta Comunidad es un hogar, una familia verdadera, donde cada una es querida, aceptada, respetada y amada como es. Se puede hablar con libertad, sin miedos ni rechazos, envidias o rencores. Saben perdonarse, ayudarse, escucharse, comprenderse... En esto la M. Priora tiene un papel fundamental como animadora espiritual y servidora de la Comunidad, que debe ir por delante con el ejemplo. Ella debe procurar que cada una crezca humana y espiritualmente, de acuerdo a sus cualidades. Preocuparse de que estudien y tengan una preparación esmerada.

En la Comunidad, cada una debe compartir sus sentimientos, ilusiones, éxitos, fracasos y esperanzas, aunque también su fe y amor a Jesús. Sin una fe personal madura, sin verdadero amor a Jesús, la Comunidad es imposible. La fe y el amor a Jesús es lo que da la razón de ser a nuestra vida. Jesús debe ser el Centro de la vida personal y comunitaria. Vivir con El, por El y para El y así también para los demás. Vivir en Comunidad debe ser vivir en plenitud la fraternidad cristiana, sentirnos hermanos en Cristo. Para fomentar esto es muy conveniente el diálogo fraterno y comunitario (reuniones comunitarias para hablar con sinceridad y libertad de los problemas y dificultades) celebraciones penitenciales (para perdonar y pedir perdón), y orar en común unas por otras, haciendo de la misa y de la comunión diaria una común unión con las hermanas. También el rezo diario del rosario nos puede unir a los pies de María.

Ahora bien, después de la misa, hay que darle la máxima importancia al Oficio divino, evitando la rutina, el apresuramiento, la improvisación o el juntar las horas canónicas por motivos de trabajo. Nunca dejarlo por ningún motivo. El Oficio divino es la oración oficial de la Iglesia en la que nos unimos sacerdotes, religiosos y laicos del mundo entero, dando así prueba fehaciente de la unidad de la Iglesia universal. También debemos darle mucha importancia a la música en las acciones litúrgicas.

Veamos cómo describe san Agustín la vida de Comunidad: "Rezar juntos, pero también hablar y reír en común; intercambiar favores; leer libros juntos; estar bromeando juntos y juntos serios; estar a veces en desacuerdo, sin animosidad, como se está a veces con uno mismo y utilizar este raro desacuerdo para reformar nuestro acuerdo habitual; aprender algo unos de otros o enseñar los unos a los otros; echar de menos con pena a los ausentes; acoger a los que llegan con alegría; manifestar nuestro amor en el rostro, en los ojos, con mil gestos de ternura, para que las almas en conjunto y todos no sean más que uno". En una palabra, es vivir unidos con un solo corazón y una sola alma, dirigidos hacia Dios.

Para que esto pueda realizarse, es muy importante hacer un buen discernimiento vocacional. No precipitarse, recibiendo a cualquiera que llame a las puertas del Monasterio. En caso de duda, es preferible esperar o retirar a la aspirante. Hay que tener seguridad de su sinceridad, de su recta intención y de su sana espiritualidad para evitar que personas psicológicamente enfermas puedan ingresar y ser, durante muchos años, elementos de discordia y desunión. Es bueno pedir el informe de un psicólogo o sacerdote que las conozca.

Vivir en Comunidad es vivir para los demás. Por esto, hay que dar la máxima importancia a la caridad fraterna. Vivir en Comunidad es vivir las unas para las otras. Es vivir en función de las demás, pensando en servir más que en recibir. Es tratar de hacer felices a las demás. Es comprender y perdonar. Es practicar sin descanso la caridad de la sonrisa, de la palabra amable, del gesto alentador. Es dialogar sin imponer nuestras ideas con palabras humillantes. Es corregir con amor. Es no hablar mal de nadie ni comentar por lo bajo sus defectos. Es aceptar y querer a cada una tal como es con sus limitaciones y deficiencias, especialmente a las ancianas y enfermas, que son un tesoro valioso que hay que cuidar. Vivir en Comunidad es un gran regalo de Dios, que hay que saber agradecer. Dios nos manifiesta su amor a través de la comprensión, del perdón y de la aceptación de las hermanas. Por eso, vivir en Comunidad es vivir a semejanza de la Trinidad..., por amor y para amar..., para dar alegría y paz. Es formar parte de una gran familia, la gran familia de Dios.

LOS VOTOS

Una vez me contaron la parábola del pajarito. Había un pajarito muy hermoso, que había nacido en la celda de un convento. Desde que aprendió a volar, sólo conocía las cuatro paredes de aquella habitación y estaba triste, no sabía por qué. La celda en que vivía tenía siempre las cortinas echadas, la ventana cerrada y los cristales sucios. El pobre pajarito creía que ese era todo su mundo y se acostumbró a vivir así sin ilusiones y sin esperanzas por un mundo mejor.

Alguien me explicó que el pajarito simbolizaba a todas aquellas religiosas que no viven sus votos y viven encerradas en sí mismas, tristes y sin ilusiones. Algunas, con las cortinas echadas, no quieren ver el nuevo sol. Prefieren seguir viviendo en su seguridad personal, como siempre. No cumplen las normas y leyes establecidas, todo lo critican y rechazan cualquier innovación e incluso ciertos mandatos de las Superioras. No viven su voto de obediencia. Otras, con los cristales sucios, sueñan con otros amores. Su mente y su corazón, sus pensamientos y deseos no son para Jesús. Tienen el corazón dividido y la impureza se les ha pegado a sus almas, no viven su voto de castidad.

También hay otras que, con las ventanas cerradas, se apegan a sus cuatro paredes, a sus cuatro cosas, a sus propias ideas o a ciertas personas, y no tienen la valentía de lanzarse al vacío para depender totalmente de Dios. Se aferran a sus seguridades, a lo que siempre han hecho o han pensado y no son capaces de abrirse a nuevos aires. Les falta libertad para comprender y perdonar y amar. Se aferran a todo lo suyo y no viven con alegría el voto de pobreza.

Quizás tú seas ese pajarito, encerrada en ti misma. Jesús te quiere libre, sin ataduras materiales. Que vivas tu voto de pobreza en toda su radicalidad, que no tengas nada propio, ni siquiera tus pecados o defectos, entrégaselos a El. Ser pobre significa renunciar a una familia, a unos hijos, a valerte por ti misma, a una cultura mayor que podrías tener en el mundo, a tus propios juicios y a muchos placeres honestos y buenos que hay en el mundo. Y todo esto por amor a Jesús, para tener un corazón entero para El sin que nada ni nadie se interponga. El es un Dios celoso y no admite rivales, sean pensamientos, personas o cosas, El te quiere pobre, pura, libre y obediente.

Pobreza, castidad, obediencia..., tres votos, tres ideales, que se resumen en uno solo: AMAR. Amar con un corazón puro, libre y entero para Dios; vacío de sí mismo, pero lleno de amor.

ANOTACIONES PRACTICAS

La obediencia es la base de la vida comunitaria. La obediencia a la autoridad legítima da seguridad a nuestras acciones. Obedecer es amar y así cumplimos la voluntad de Dios. Hay que obedecer, a pesar de las opiniones o gustos personales. Obedecer sin criticar ni discutir, por amor a Jesús, aunque se pueden expresar las razones del desacuerdo. Son inaceptables las reacciones de quienes pretenden obedecer a Dios antes que a la Superiora. Hay que desconfiar de toda visión, sueño o experiencia, que nos incite a desobedecer. Dios da el Espíritu Santo a los que le obedecen ( Hechos 5,32) y obedecer a la Superiora, en todo lo que no sea pecado, es obedecer a Dios.

Ahora bien, decía san Agustín que en las cosas necesarias debe haber unidad, en las cosas dudosas (u opinables) libertad y en todo caridad. La Superiora no puede imponer sus gustos u opiniones en contra de las normas establecidas por la Iglesia o por las Constituciones. Debe estimular las iniciativas personales y compartir responsabilidades. Fomentar la formación integral de las religiosas y no ejercer un control demasiado rígido, que impida la espontaneidad y la expresión de opiniones diferentes. Debe buscar ser más amada que temida y sentirse responsable de la Comunidad. Debe ser Madre y preocuparse de cada una y tener tiempo para escucharlas y ayudarlas personalmente.

En cuanto a la pobreza, todas deben esmerarse en ahorrar y evitar gastos superfluos o lujosos sin apegarse a objetos o regalos personales. Pero no hay que medir el dinero a la hora de cuidar a las enfermas o comprar libros y todo lo necesario para la buena formación humana y espiritual de la Comunidad. No hay que ser exigentes en la comida o en objetos de uso personal. Hay que tener sentido de la mortificación voluntaria y no quejarse fácilmente del calor, frío, hambre o sed etc. Saber renunciar a los regalos personales para ponerlos al servicio de la Comunidad. En una palabra, no querer atravesar la vida en primera clase, cuando Jesús la atravesó en tercera.

Respecto a la castidad, todas deben ser muy sensibles a todo lo que pueda mancharla. La virginidad deleita a Dios, que siente atracción hacia las almas puras. Es luz del alma que se debe transparentar en todo tu cuerpo. Es fecundidad que te hace madre de las almas. Los hijos de tu virginidad reclaman el fiel cumplimiento de tus deberes maternales con tu oración y sacrificio. Debes vivirla hasta en los más mínimos detalles. Controla tu mirada por la calle, evita ciertas escenas o programas de televisión y compórtate en todo momento a solas o en público, con naturalidad y normalidad.

La Superiora debe ser muy vigilante para evitar que jóvenes "demasiado cariñosas" puedan ingresar en el Monasterio. Tendrá especial cuidado en controlar a todos y cada uno de los trabajadores o personas que ingresen al Monasterio. Procure que los capellanes y confesores sean personas idóneas, que ayuden en la buena marcha de la Comunidad.

Los votos son los fundamentos de la vida religiosa y comunitaria. Si no se cumplen, faltará el amor de Dios y toda la Comunidad se resentirá de ello.

EL AMOR DE DIOS

Sor Amada vivía enamorada de Jesús. ¿Alguna vez has experimentado el amor de Jesús? El quiere despertarnos del sueño de nuestra tibieza y mediocridad. Quiere darnos su vida en plenitud. Quiere renovarnos interiormente. No puede contentarse con cualquier cosa. ¿Crees que El te ama infinitamente tal como eres en este momento?. No necesitas cambiar para que te ame, pero quiere hacerte descubrir todo el amor que ha puesto en tu corazón y que lo tienes escondido o enterrado. El espera mucho más de ti.

¿Crees en Jesús? ¿Tienes fe en El? La fe no reside en la cabeza, sino en el corazón. La fe más que ideas y verdades abstractas, es AMOR; es una persona viva, JESUS. Con frecuencia, buscamos certezas e ideas que nos convenzan; podemos pasarnos la vida, leyendo libros y estudiando teología..., escuchando charlas y, sin embargo, podemos tener el corazón triste y vacío por faltarnos el amor. Sólo el amor puede dar sentido a nuestra vida. Sólo Jesús puede dar respuesta a todos los interrogantes de la vida. El día en que podamos decir de verdad: Jesús me ama y yo amo a Jesús, ese día estaremos empezando a ser cristianos de verdad.

Ama a Jesús y búscalo en la Eucaristía, en su Palabra, en el interior de ti misma, en tus hermanas, en las cosas bellas de la naturaleza. El amor de Dios nos envuelve por doquier. Saber apreciar y valorar cada detalle de la vida, nos ayudará a encontrarlo y a ser agradecidos. La vida no es un problema que hay que resolver ni una pregunta que hay que responder, la vida es un misterio que hay que saber contemplar, admirar y saborear con agradecimiento. Tú no serías la que eres, si nunca hubieras visto la salida del sol o las estrellas, la sonrisa inocente de un niño o el amor en el rostro de las personas que te aman. Un día, en que Sor Amada paseaba por el jardín, escuchó la voz de Dios que le decía: "Todo esto lo he creado para ti, para que seas feliz". Dios quiere tu felicidad y sabe dónde y cómo la encontrarás, déjale actuar sin condiciones. No pierdas, por tanto, el tiempo, preguntándote, si Dios te ama. Eso es cierto. No dudes. Ámalo. El amor, a la vez que es un DON DE DIOS, es también una decisión de tu voluntad. No importa que no sientas nada. Esfuérzate en hacerlo feliz con tu comportamiento y en los pequeños detalles de cada día. Espera su respuesta, atenta a las sorpresas de Dios. Si crees en Dios, debes creer también que Dios cree en ti, que confía en ti, que sigue esperando en ti. Dios te ama así como eres. Cree y no dudes de su perdón por muy grandes que sean tus pecados. Cree en su poder para poder cambiarte y hacerte una persona nueva. Cree en el poder de la oración sincera, en el poder del amor, y espera.

Quizás Jesús no te dé a ti grandes visiones, experiencias espectaculares, éxtasis, no es necesario. El amor es humilde y sencillo y se manifiesta en las pequeñas cosas. Es suficiente que, al orar, estés contenta, tengas paz y puedas sonreír. Donde hay paz y alegría allí está Dios.

Dios puede hacerte una gran santa sin ser mística ni tener dones extraordinarios, como a Sta. Teresita. Por eso, no busques con ansiedad experiencias maravillosas. Dios las da a quien quiere y cuando quiere. Si crees tenerlas, ten mucha prudencia, no divulgues "los secretos del Rey". Solamente, habla de ello a tu director espiritual o a la Superiora para que te orienten y puedan discernir si es de Dios o de tu propia imaginación, y obedece. Ellos deben observar tu obediencia, tu caridad y comprensión con los demás, tu equilibrio psicológico y los efectos que tales dones dejan en tu alma. El paso de Dios siempre deja paz y alegría en el alma, y esto debe transparentarse en el amor y caridad con los demás.

Te deseo mucho entusiasmo en las cosas del Señor y un gran deseo de santidad. No te dejes llevar de la comodidad. Aspira a las alturas. Ábrele las puertas y déjalo entrar en tu vida, sin condiciones. Que El tome posesión de tu alma y de todos tus problemas, necesidades, pecados etc. El te ama y te necesita. Su ternura y cariño para contigo te lo demuestra en infinidad de detalles de cada día. El sólo necesita tu amor, todo lo demás te lo dará por añadidura. Yo creo en el amor de Dios para conmigo, ¿y tú? Ámalo y serás feliz.

EJERCICIOS DE ORACION

Veamos algunos ejercicios de oración, que nos pueden ayudar a amar a Jesús.

Cierra los ojos y concéntrate en ti misma. Piensa: Jesús es mi Señor, mi amigo, mi esposo y está aquí conmigo, en mi corazón, en lo más profundo de mi ser. Es el mismo Jesús de Nazaret, el hijo de Maria, el que hace 2.000 años nació en Belén y murió en la cruz. Es el mismo Jesús que está presente en la Eucaristía y que recibo en la comunión. Míralo a los ojos. El te sonríe y te ama así como eres y quiere hacerte feliz. No necesitas cambiar para que te ame. No te sientas indigna de su amor. El te perdona todo. El te ama, a pesar de todo. Dile de verdad en este mismo instante:

JESUS, PERDONAME. NO MEREZCO TU AMOR, PERO TE QUIERO AMAR. TENGO MIEDO DE QUE ME PIDAS DEMASIADO. TENGO MIEDO DE SUFRIR. AYUDAME. TE ENTREGO MIS ENFERMEDADES, MIS PROBLEMAS, MIS MIEDOS, MIS PECADOS. HAZ DE MI LA PERSONA QUE TU QUIERES QUE SEA.

Cierra los ojos y sonríe a Jesús que está a tu lado. Respira profundamente y dile entre cada respiración: “Jesús, te amo".

Jesús, desde el sagrario, te ilumina con su luz divina y te hace sentir su calor, su alegría y su amor. Jesús calienta tu corazón. Déjate mirar, amar y calentar por el Sol de Jesús.

Recuerda alguna experiencia gozosa de tu pasado: una puesta de sol junto al mar, un lindo pajarito cantando en un rosal, un bello paisaje, y, al recordarlo, dile a Jesús: "Jesús, te amo".

A la vez que dejas calentar tu corazón al Sol de Jesús, puedes respirar hondo y recordar una experiencia gozosa y decir: "Jesús, te amo".

Ponte en la presencia de Jesús Sacramentado. Su luz divina te baña totalmente en cuerpo y alma, te inunda y te empapa hasta lo más íntimo de tu ser. El está allí en tu intimidad más profunda. El te esperaba. Habla con El. Pregúntale sobre algo que te moleste y te hace sufrir, sobre cómo corregir tus defectos, cómo mejorar. Después escucha atentamente su respuesta.

Imagina que Jesús sale del sagrario y se acerca sonriente a ti e impone sus manos divinas sobre ti y te acaricia. Dile que rece por ti para que sanes de tu enfermedad, te cure tus traumas, te dé fuerzas contra esa tentación, te bendiga junto con tus familiares y amigos. ¿No sientes su mano divina sobre tu cabeza? ¿No sientes sus caricias y su paz en tu corazón?

Paseando por el jardín, toma atención solamente a los cantos de los pájaros, observa detenidamente cada brizna de hierba, cada hoja de árbol, cada flor y dile: "Gracias, Jesús". Repítelo sin cansarte hasta que se haga vida de tu vida.

Jesús está a tu lado, ¿por qué no juegas con El? Salta, corre, baila, hazle reir, dile bromas. Te sentirás feliz de hacerlo feliz. El es tu amigo.

Emprende una gran aventura, salta al vacío y descarga todos tus pesos en Jesús. Vale la pena arriesgarse y confiarse plenamente en su bondad, en su sabiduría y en su amor por ti. Dile ahora mismo: JESUS, HAZ DE MI LO QUE TU QUIERAS, SEA LO QUE SEA, TE DOY LAS GRACIAS; PORQUE TE AMO Y CONFIO EN TI, PORQUE TU ERES MI DIOS. TE ENTREGO LA RESPONSABILIDAD DE MI VIDA.

Y ahora duerme tranquila, en los brazos de Jesús.

VIVIR LA MISA

La misa es la actualización y renovación del sacrificio de Cristo en la cruz. Es el ofrecimiento que Cristo hace de sí mismo al Padre por la salvación del mundo. Es hacer presente de nuevo el sacrificio del Calvario sin derramamiento de sangre. Propiamente, podemos decir que no hay más que una misa, la misa única de Jesús, que se prolonga en la Historia a través de los sacerdotes. Por eso, la misa tiene una dimensión universal, abarca a todos los hombres, a todos los tiempos y lugares. Es una misa cósmica. Toda la creación y toda la Humanidad están presentes en Cristo en cada misa. El pensó en ti en el Calvario. El murió por ti. El piensa en ti en cada Eucaristía. Abraza con El a todos los hombres.

La celebración eucarística es el mayor acto de amor, de gloria y alabanza que podemos dar a Dios en este mundo. Debemos vivirla en plenitud y hacer de nuestra vida una misa continua, ofreciéndonos continuamente al Padre con Jesús por la salvación del mundo. Nuestra vida debe ser un canto de gloria, alabanza y amor a nuestro Dios, ya que muchos hombres se lo niegan y su vida es, más bien, vergüenza y desprecio de Dios.

El Universo, en cambio, nos da ejemplo. Desde su Creación hace millones de años, sigue ofreciendo su canto de alabanza, de armonía y hermosura al Creador. Pero a Dios no le basta esta alabanza material del Universo, Dios es Amor y quiere ser amado. Por esto, el día en que sobre el altar del mundo dejaran de elevarse cantos de amor, el día en que los hombres dejaran de amar a Dios, la tierra dejaría de existir, no tendría razón de ser. La tierra para existir tiene que amar, la tierra necesita sacerdotes que ofrezcan cada día a la víctima divina, la tierra necesita almas víctimas que amen y reparen con su amor y su dolor tantos pecados con que lo ofenden.

Haz de la misa el centro de tu vida. Asiste a ella, como si fuera la última de tu vida, como si fuera la última misa del mundo, como si fuera tu única misa y únete en cada momento a todas las misas que se celebran en el mundo. ¡VALE TANTO LA MISA! Es más fácil que la tierra siga viviendo sin el sol que sin la misa.

El beato Manuel González decía. "¡Qué gozo siente mi alma! Por muy ofendido, despreciado, blasfemado e injustamente tratado que sea Dios de parte de muchos hombres, tenemos la dicha de dar a Dios infinitamente más gloria que ofensas puede recibir de los pecados de los hombres. ¿Nos explicamos ahora, por qué no se ha roto en mil pedazos al golpe de la ira divina esta tierra pecadora? ¿Nos explicamos por qué hay sol en los días y luna en las noches y lluvias en el tiempo oportuno y comunicación de Dios con los hijos de los hombres? HAY MISAS EN LA TIERRA y en todos los minutos del día y de la noche se está repitiendo a lo largo del mundo: Por Cristo, con El y en El, todo honor y toda gloria...

Por eso, son tan necesarios los sacerdotes. AMA Y ORA mucho por los sacerdotes. Jesús te dice: "Tú eres mi copón vacío y quiero llenarte de hostias sacerdotales para que me las cuides y las ames". Los sacerdotes son otros Jesús, los hijos predilectos de María, mas también son pecadores y necesitan de nuestra oración.

Personalmente, puedo decir que mi mayor pecado fue el dejar totalmente la oración. Durante el tiempo de 15 meses en que estuve de capellán militar en el Norte de África, no rezaba el breviario ni el rosario ni hacía oración alguna y sólo celebraba la misa por obligación los sábados y domingos. De este modo, puede comprenderse cómo fui perdiendo la fe en la Eucaristía y en mi propia vocación sacerdotal. Felizmente, la oración de cuatro conventos de clausura, hizo el milagro de mi conversión. Y ahora, con la perspectiva de los años, sé que Dios me seguía amando y esperando. Por eso, puedo decir, convencido, CREO EN DIOS Y CREO EN SU AMOR POR MI. CREO EN SU PERDON y que me ha perdonado mis pecados. CREO EN SU PODER y sé que es fiel y poderoso para poder cambiarme y santificarme. Y CREO también EN EL PODER DE LA ORACION y en la oración de mis hermanas contemplativas.

VIVIR PARA EL CIELO

A veces me pregunto ¿cómo será el cielo? ¿Un inmenso mar de amor? ¿Será como nadar en un mar infinito de amor y poder viajar sin fronteras hasta los extremos del mundo y del Universo? El cielo será AMOR. Dios es AMOR y el cielo es Dios. Nuestra vida sólo podría tener sentido en el amor, pero un amor grande, sin egoísmo, un amor puro y limpio, un amor divino que compartiremos con los demás. Precisamente de la abundancia de ese amor divino ya en esta vida, surge el tesoro maravilloso de la castidad consagrada.

Amar, he ahí la clave de nuestra existencia. Amar en el dolor y en el placer, en el trabajo y en el descanso, en la oración y en la diversión. Amar, vivir para Dios; amar, vivir con Dios; amar, vivir en Dios. Nosotros somos más grandes que el Universo mismo. Nuestro corazón no se puede llenar con este mundo material, tiene nostalgia del infinito, del cielo, de Dios. Nuestra alma tiene una sed infinita que sólo Dios puede colmar. Estamos hechos para la eternidad y el infinito, estamos hechos para espacios inmensos, horizontes sin límites, mares sin orillas, estamos hechos para Dios. Nuestro deseo de felicidad es demasiado grande para que pueda saciarse con las pequeñas cosas de este mundo. Sólo la posesión eterna de Dios colmará nuestra ansia de amar y ser amados.

¡Qué felicidad! Vivir para siempre en el centro mismo de la Trinidad. Ya no más pecados ni debilidades ni sufrimientos..., PARA SIEMPRE..., PARA SIEMPRE. Poder vivir definitivamente en la eterna primavera del cielo, después del crudo invierno de este mundo. Poder volar como los pájaros y compartir su Amor sin barreras con todos los hombres. Ser misioneros hasta el fin de los tiempos y pasar el cielo, haciendo el bien en la tierra, como Sta. Teresita.

Pero, ahora, haz un alto en el camino de tu vida. Tómate un momento para reflexionar y preguntarte: ¿Qué he hecho hasta ahora? ¿Estoy satisfecha de mi vida? ¿Amo a Dios con todo mi corazón? ¿Vivo en plenitud mi consagración religiosa? ¿Vivo la misa de cada día? ¿Soy feliz? ¿Tengo mi alma y mi corazón lleno de amor? ¡Qué hermoso vivir ya desde ahora, esperando ese dulce encuentro! Sabiendo que la muerte no existe, que sólo es un paso hacia la VIDA, hacia la vida que vale, la verdadera vida, la vida eterna. Piensa que Dios te espera con los brazos abiertos y te ha preparado un lugar muy especial junto a El en el cielo. En ese momento del encuentro definitivo con Jesús, su Amor te empapará hasta los últimos rincones de tu ser. Será como una bomba atómica que estalle en tu interior y el fuego de su amor te inundará y te purificará. ¿Te imaginas la sonrisa de Jesús al recibirte? ¡Que alegría!

Por ahora, lucha y esfuérzate por hacerlo feliz. Toda tu vida debe ser una larga caminata con Jesús. No te separes de El. Por todas partes, siempre, a todas horas, debes seguir sus huellas. Trabaja por tu santificación personal. Ofrécele todo lo que haces sin desmayar. No te desanimes. Ya tendrás toda la eternidad para descansar. Que al morir tú, haya en el mundo más amor, más alegría y paz que si tú nunca hubieras existido. Que el mundo sea mejor y más feliz por haber nacido. Y que, al final, puedas decir: Estoy satisfecha de mi vida. MISION CUMPLIDA.

CANTO A LA VIDA

Gracias, Señor, por mi vida; porque TÚ me amaste antes de que el primer sol brillara en los espacios infinitos y el primer amanecer naciera en el horizonte. Gracias, porque antes de que el canto de la primera noche arrullara las estrellas y antes del primer día, en los billones de años de edad del Universo, Tú pensaste en mí. Sí, cuando aún no existía la noche que mide el tiempo ni el sol brillaba en el firmamento azul, antes de la creación del Universo, Tú, Dios mío, decidiste crearme. Gracias, porque en la eternidad del tiempo, cuando todo era silencio y vacío, Tú me acariciabas en tu Corazón y soñabas conmigo, derramando sobre mí tus bendiciones. ¡Oh, Dios mío! ¿Qué puedo decirte? GRACIAS por los siglos de los siglos. Quiero ser ALABANZA DE TU GLORIA.

TERCERA PARTE

TESTIMONIOS REALES

Veamos ahora cómo han respondido algunas hermanas nuestras a la llamada de Jesús. Su vocación, es una llamada al amor, a la santidad.

JESUS ME PERDONO Y ME ENAMORO

Tenía 19 años, cuando sentí la llamada del Señor a la vida consagrada. Me encontraba en Asís, de vacaciones, con una amiga. Allí estudiaba italiano e Historia del Arte. Tenía muchos amigos y soñaba con un buen matrimonio. Un día, me encontraba delante de un crucifijo, rezando, y sentí claramente la llamada del Señor y sin vacilar le dije Sí. Dejé a los chicos que me pretendían y seguí cursos especiales de hebreo y de Sagrada Escritura.

Sin embargo, cuando les conté a mis amistades que quería entrar a un convento, todos creían que estaba loca, Me decían: Si te atrae esa vida, cuídate, es algo patológico. Deberías ir al psicólogo. Eso se debe a que buscas un refugio. Tienes miedo a la vida, a los hombres. Los conventos de clausura son una vieja historia ya superada. Esas monjas son seres inútiles, no hacen nada por la sociedad. Estás en el siglo XX y no debes someterte a normas y costumbres trasnochadas. Estas opiniones hicieron tambalear mi vocación y, como habían muerto mis padres y debía cuidar a un hermano demasiado joven, demoré 7 años en entrar al Monasterio.

Cuando entré, mi amor a Jesús era mediocre y pronto me sentí decepcionada e insatisfecha, en parte influenciada por las opiniones negativas de mis amigos. Pasé varios años así sin decidirme a salir. Por fin, un día me decidí, al tener asegurado mi porvenir, pues una amiga me había conseguido un buen trabajo en París. Pero el día anterior a mi salida, de repente, Jesús me habló y oí claramente su voz que me decía: "¿Me vas a dejar? YO TE AMO”. Y me quedé, pero mi amor a Jesús seguía siendo inmaduro y superficial. Mi vida era mediocre y no lograba entregarme totalmente a El, a pesar de su declaración de amor por mí. El problema era que tenía tremendas tentaciones contra la castidad (las había tenido desde mi entrada en el convento) y me parecía imposible superarlas. Me había acostumbrado a vivir en un verdadero adulterio, porque, si bien es cierto que nunca me entregué a ningún hombre, había perdido la pureza de cuerpo y alma, que Jesús tanto quiere y a la cual tenía derecho por ser mi esposo.

A pesar de todo, tenía sinceros deseos de amar a Jesús hasta el fin e hice mis votos perpetuos. Para ello me ayudó mucho la M. Priora, que siempre creyó en mi vocación, a pesar de mis enormes defectos. Mi vida de rutina, de tibieza en la oración, de indiferencia para muchas cosas de la Comunidad, seguía adelante. Hasta que me enteré de la muerte de un gran amigo, a quien quería mucho. Había sido mi profesor de artesanía y muchas veces había soñado con él. La noticia de su muerte me ocasiono una crisis tremenda. Tenía yo 42 años, ahora tengo 47. Me hundí en una profunda angustia y depresión.

Felizmente, un amigo sacerdote me ayudó mucho con sus consejos y me detuvo de caer al abismo. Entonces, desde el fondo de mí misma clamé al Señor y El escuchó mi grito y me salvó. Fue la primera vez que me entregué a El totalmente, con todo mi ser, alma y cuerpo. Y Jesús me tomó en sus brazos y descubrí su amor y su ternura con tal intensidad que hasta ahora lloro de emoción. Con frecuencia, le digo con todo mi corazón que El es mi Amor, mi Esposo y que yo le pertenezco. Yo sé que a El le agrada escuchar esto de mí y me llena de una felicidad inimaginable. El me escogió a mí y me abrió los tesoros de su Corazón. Ahora quisiera reposar, como san Juan, sobre su pecho, en cada momento de mi vida, día y noche.

El día en que, al salir de aquella gran noche, recibí el perdón de Dios y comulgué vi, con los ojos del corazón, abrirse el cielo y allí a la Virgen María, a los santos, a mi ángel custodio, a mis queridos padres..., que se inclinaban con alegría hacia mí, acompañando a Jesús, que me había encontrado como esposa. Todo esto parece un poco lírico y fantástico, pero hay realidades maravillosas, que se viven, y son imposibles de expresar.

Actualmente, mi vida es una continua acción de gracias. Quisiera tener en mis brazos a todos los hombres del mundo para ofrecérselos. Son los hijos de mi alma, de mi oración, de mi sacrificio y quiero salvarlos. Ahora comprendo que mi cuerpo de mujer y mis sentimientos son un don maravilloso que yo puedo ofrecerle. Me siento madre de todos. Una noche de Jueves Santo me di cuenta que Jesús me pedía todas las heridas que tenía de mi pasado de impureza para sanarlas y yo le ofrecí mi pureza por todos los sacerdotes que le abandonan para seguir otro amor.

Debo anotar que la Santísima Virgen tuvo un papel muy importante en mi vida. Sin Ella no hubiera podido superar mis problemas. Desde que entré en el Monasterio descubrí poco a poco su amor maternal y todas las noches me iba al Capítulo, donde hay una hermosa imagen de María, para despedirme de Ella y ponerme bajo su protección. Ella siempre me acompañó y me cuidó.

También he descubierto el amor a mis hermanas de Comunidad, antes era indiferente a sus problemas o dificultades. Ahora me admiro cómo me aceptaban, a pesar de mis enormes defectos. Ahora las llevo en el corazón y pido por ellas en mi oración y trato de ponerme a su servicio. Por supuesto, que no soy perfecta, pero al menos pido perdón cuando cometo errores y trato de hacerlas felices.

Ahora me es dulce caminar con Jesús, sabiendo que con El todo es siempre nuevo cada día. ¡Qué maravilloso es Jesús! Me ha devuelto la alegría de mi juventud y la felicidad de ser su esposa. Tengo la ilusión de ser más pura cada día para El y hacerlo feliz. Su amor ha hecho de mí la persona más feliz del mundo.

SIGUIENDO A JESUS

Yo nací en Bélgica hace 44 años y mi vida ha sido una serie de luchas y sufrimientos hasta encontrar a Jesús. Mi madre nunca me amó. Cuando era pequeña, ella me pegaba casi todos los días, descargando sobre mí su infelicidad personal, Para escapar del infierno de la vida de mis padres, a los doce años me refugié en casa de mi abuela paterna (que era testigo de Jehová).Por este tiempo, perdí la fe. A los 14 años, la vida ya no tenía sentido para mí y no creía en Dios. Si existiera, ¿cómo podría permitir tanto sufrimiento? Por eso, decidí suicidarme. Pero Jesús me salió al encuentro y, en un instante, descubrí que me amaba. En ese momento, todo cambió para mí y empezó un romance con Jesús que dura hasta hoy.

María me ayudó mucho en este camino. Al principio le tenía miedo, pues había transferido hacia Ella todos los sentimientos negativos que tenía hacia mi madre. Estaba como "bloqueada”. Pero, poco a poco, Jesús me enseñaba que quería que lo amara con el amor de María, ya que nadie lo ha amado más que Ella. Entonces, empecé a encontrar en Ella un refugio y un cariño que nunca había tenido y me ayudó a amar más a Jesús.

Jesús es el Amor de mi vida. Estoy enamorada de El con un amor total y apasionado. Sin embargo, hasta mi entrada en el convento tuve muchos altibajos. El demonio trataba de convencerme que yo no podía amar a Jesús, porque era indigna de su amor y una pecadora. Y yo me desalentaba al reconocer mi indignidad y mis pecados. Tenía sentimientos de culpabilidad... y no me atrevía a decirle a Jesús que lo amaba. Hasta que en un retiro, Dios me iluminó y me hizo entender que no debía apoyarme en mis propias fuerzas y sentimientos, que dejara a un lado mi pasado y me entregara a El sin temor. El Espíritu Santo, Espíritu de Amor, me llenó de amor y ya pude decir con toda alegría y libertad: JESUS, TE AMO.

El sacerdote, que me ayudó y orientó, me animó a seguir adelante en el camino de la infancia espiritual y me lanzó, como a Santa Teresita, a velas desplegadas por los caminos de la confianza y del amor. Un amor de niño que ríe y juega con su Padre; un amor sin barreras ni temores, un amor total y sin condiciones. Por eso, me ofrecí al Amor misericordioso con la fórmula de Sta. Teresita, especialmente por los sacerdotes.

Actualmente, mis padres están vivos, aunque hace muchos años que se divorciaron. De mi madre no sé nada, nunca he recibido noticias, a pesar de que tiene mi dirección, Yo, en cambio, no sé dónde se encuentra. Mi padre se casó de nuevo y, después de unos años, ha empezado a visitarme con su nueva esposa. El es ateo, pero está contento de que yo sea feliz aquí. Mi vida en la clausura es por mis padres, por los sacerdotes y por todos los hombres del mundo entero. Ahora he comprendido que mi vida tiene un sentido universal y me siento feliz. Amo a Jesús con un amor tan apasionado, que a veces me parece que un fuego inextinguible quema mi pecho y quisiera que me redujera a cenizas por la salvación de mis hermanos.

Desde este convento de Nazaret en que me encuentro, muchas veces pienso en Jesús y María. Ellos vivieron aquí, caminaron por estos mismos lugares, vieron estos mismos paisajes. Jesús pensaría también en mí y me amaría desde entonces. Por eso, quiero serie fiel y decirle SI, como María el día de la Anunciación. Ahora mi único deseo es llegar a ser santa. A María le he encomendado la tarea de mi santificación para llegar a ser verdadera esposa de Jesús. Mi lugar está en el Corazón Divino de Jesús y me gozo con frecuencia, repitiendo las palabras del Cantar:"Mi Amado es para mí y yo soy para mi Amado” (Cant 2,16)

LA ALEGRIA DE VIVIR PARA DIOS

Nací un 31 de enero, un día de mucho frío en una gran ciudad de Alemania. Mis padres eran protestantes y me bautizaron en la Iglesia evangélico-luterana de san Juan. Durante varios años canté los domingos en esta Iglesia protestante y durante la semana ayudaba a un grupo de niños, que dirigía una diaconisa. A los 15 años recibí la confirmación en esa Iglesia.

A partir de entonces, empecé a cuestionarme mi fe y me hacía muchas preguntas sobre la Biblia. El pastor trataba de darme explicaciones, pero yo no me sentía convencida. A los 20 años comencé a estudiar Psicología en la universidad de Hamburgo y, en aquel ambiente dominado por sectas orientales, gurús y métodos de meditación, me inicié en la meditación trascendental. Durante mis vacaciones, me gustaba viajar y, desde la primera vez que visité Italia, me enamoré de este país.

Buscaba la verdad con tal vehemencia que utilicé todos los medios a mi alcance. Practiqué el yoga, muchas veces hacía ayuno a solo agua durante días. Buscaba, pedía, meditaba y me alejaba de la gente para meditar.

Un día, estaba en Mónaco, busqué un lugar aislado y solitario y, en medio de mi meditación, se me presentó un hombre que quería violarme. Yo luché, pero cuando vi que no podía defenderme, le grité con todas mis fuerzas: "Vete, en el Nombre de Jesús", y se marchó. Desde entonces, el Nombre de Jesús es para mí, medicina, fuerza y alegría interior. Un día tuve un sueño maravilloso. Estaba en medio de una ciudad llena de gente y de coches. Vi a Jesucristo, todo blanco, sobre la cruz. El me miró con infinita ternura y me llamó varias veces por mi nombre. Empecé a caminar hacia El y cuanto más me acercaba, más me sonreía con dulzura para atraerme, hasta que me desperté. Todavía faltaba mucho camino para llegar a El. Seguía en los grupos orientales, buscando la verdad, practiqué hatayoga. Conocí una monja budista que enseñaba Raya-yoga y todos los días iba en bicicleta a hacer con ella la meditación para conseguir la purificación total y llegar a la unión con Dios. Mi madre, siempre que me llamaba por teléfono, me decía: En esos grupos te hacen trabajar, pero ¿qué te dan?, ¿dónde está Cristo?

Un día tuvimos en un cine un gran Encuentro con un famoso gurú de la India. Tenía unos 70 años, barba blanca, y hablaba en inglés. Venían con él muchos acompañantes, discípulos y admiradores. En la pared del fondo habían colocado su retrato y todos le aplaudían mucho... A uno de los directores le dije: Aquí no seguimos el camino de Cristo. Me contestó: El camino de Cristo es el camino estrecho, nosotros vamos por la autopista y con la meditación del gurú llegamos primero. Yo me sentí desilusionada, todos parecían hipnotizados. Empecé a orar: "Cristo es más fuerte que tú. Cristo es más fuerte que tú". De pronto, el retrato del gurú cayó a tierra y se hizo añicos. Yo me reí de puro gusto y me retiré para siempre de aquellos grupos.

Comencé a leer la Biblia y cada vez más fuerte en mi corazón sentía el deseo de amar a Cristo y repetía las palabras: "Cristo-Amor”. Durante un ayuno a solo agua, en absoluto silencio y con la Biblia como libro de meditación, Jesús se me reveló como Camino, Verdad y Vida. Así que me decidí a dejarlo todo y viajar a Italia, donde sentía que tenía una misión. Como no tenía dinero, alguien me sugirió pedir alojamiento en la Casa de las hermanas católicas de la Santa Faz, Congregación dedicada al cuidado de ancianos e impedidos. Estuve con ellas dos años, asistía con ellas a la oración y allí empezó el camino de mi conversión a la Iglesia Católica con el apoyo de un sacerdote y el obispo. Ellos me prepararon y, un buen día, en una misa, después de mi confesión, hice mi profesión de fe y recibí la sagrada comunión. Mi alegría fue inmensa. Había encontrado el Amor. A partir de la fecha, cuando pasaba delante de una iglesia, no podía dejar de saludarlo y decirle: "Jesús, te Amo” Mi primer maestro y guía fue el Espíritu Santo, a quien invoco todos los días. El me hizo sentir la alegría de pertenecer a la gran familia de Dios, en comunión con los santos y ángeles.

Especialmente cariñosa era mi relación con María. En una peregrinación al santuario de Loreto, estuve en la Santa Casa mucho rato en silencio y oración, y allí entendí que el Señor me quería para la vida contemplativa. Cuando asistía a la misa de un Monasterio de la ciudad, me invadía una paz tan profunda que tenía la impresión de que Jesús vivía allí y tenía su celda y caminaba por aquellos claustros.

Tuve oportunidad de hablar con la Madre Abadesa y pude asistir también a la unción de los enfermos de una religiosa, muerta al poco tiempo en olor de santidad, víctima por los sacerdotes. Me impresionó mucho la cara de fiesta que tenía esta hermana moribunda. Por fin, me decidí a entrar. Era el año 85, tenía yo 29 años. Mis primeros votos los emití en la fiesta de Pentecostés de 1987 y mis votos perpetuos en junio de 1990. Soy la más joven de la Comunidad, las otras seis hermanas tienen entre 60 y 80 años. Mi principal trabajo es pintar. Me gusta mucho la pintura y lo hago con mucho amor, tratando de reflejar las maravillosas bellezas de Dios. Mi salud es muy frágil. He tenido que estar dos veces en el hospital; pero todo se lo ofrezco al Señor. Me ofrecí a El como víctima por los sacerdotes y la unidad de la Iglesia y no me arrepiento.¡Tiene tanta necesidad de almas víctimas! ¡Tiene tantas delicadezas conmigo!. EI año 91 tuve la gran alegría de ver a mi madre entrar en el seno de la Iglesia Católica.

Ahora me siento tan feliz que a veces lloro de la nostalgia que tengo del cielo. Otras veces, porque quisiera amar a Jesús sin medida. Cada sufrimiento que tengo, lo considero como un beso de mi amado crucificado. Hay momentos en que me pongo a susurrar el Nombre glorioso de Jesús y me lleno de tanto gozo y paz, que lloro de alegría y amor. ¡Lo quiero tanto! ¡Me ama tanto!, que me parece sentir la dulzura de su mirada amorosa sobre mí y me pierdo en su sonrisa. Me siento abrazada y acariciada por El. Ahora sólo quiero sufrir por El y por ellos (sacerdotes). Todo lo que hago y sufro me parece poco para hacerlo feliz y así tener la alegría de vivir enteramente para Dios.

POR ELLOS ME CONSAGRO

a) Mi Vocación

Quisiera a través de este relato cantarle un himno de alabanza a la divina misericordia. Nací en Argentina, de padres polacos, y mi vocación a la vida contemplativa, la considero como el más valioso regalo de Dios. El "clima religioso" de mi casa no era el más favorable para que pudiera desarrollarse normalmente una vocación religiosa y menos contemplativa. Mis padres hablaban mal de la Iglesia, de la Biblia, de la fe, de las monjas... Cuando salían estos temas, casi siempre terminábamos en una discusión violenta. Yo no había descubierto todavía mi vocación. Más bien, sentía atracción hacia la vida del mundo.

Antes de cumplirlos 15 años, ya empecé a salir con un joven y pensábamos en el matrimonio. Pero un día tuve la oportunidad de ver la película “Hermano Sol y Hermana Luna", sobre S. Francisco y Sta. Clara de Asís. Durante el espectáculo, me vinieron unas enormes ganas de llorar. Sentí fuertemente el llamado del Señor para entregarle totalmente mi vida como aquellos dos santos, en pobreza y castidad. Sin embargo, pronto se me fue olvidando y quería casarme y tener muchos hijos. Y Jesús, viendo que iba tras otros amores, me salió al encuentro y me quitó al muchacho, valiéndose de una joven conocida mía. Entonces, comprendí que quería que yo le perteneciera totalmente a El.

Como no podía ni soñar en decírselo a mis padres, primero quise estudiar música. La música ha sido siempre la gran pasión de mi vida, estaba enamorada de la música. Desde mi más tierna infancia, recuerdo mi gran amor por la música religiosa, especialmente de órgano, que tantas veces oía en las iglesias. Cuando la oía, era tal mi emoción que quería quedarme allí para siempre. Lo mismo me pasaba con la polifonía sacra, que me hacía llorar de emoción. Pues bien, estudié música hasta recibirme como profesora de piano. A través de la música, descubría y sentía la presencia de Dios en mi vida; pero la estaba haciendo una meta de mi vida. Y Jesús tuvo de nuevo que intervenir, para hacerme comprender que la música era sólo un medio para llegar a El.

En cierta ocasión, di un concierto de piano y, para mí, fue un fracaso. Me sentí totalmente insatisfecha con la ejecución y éste fue el motivo para dejar un poco mis estudios de música y dedicarme con todas mis energías a buscar a Dios. Procuraba ir a misa todos los días, hasta que en un momento dado, me di cuenta de que no podía dejarla, ya que un día sin misa no tenía sentido para mí. Me pasaba muchos momentos a solas con Jesús en las iglesias. Una vez, estando en la Iglesia de san Agustín, entre las preciosas melodías del órgano, caí de rodillas cerquita del sagrario y, entre copiosas lágrimas, me entregué totalmente y para siempre a Jesús.

Un joven misionero polaco me ayudó mucho y me dio la dirección de las Clarisas de Polonia. Durante tres años mantuve correspondencia con la religiosas. Y, cuando ya estaba para viajar a Polonia, me vinieron terribles dudas. Pensaba: ¿No será este viaje un invento mío o una tentación del demonio? ¿Por qué no entrar en un convento de mi país natal? ¿Para qué tantos problemas y lágrimas a mis padres?

b) Intervención de Sta. Teresita.

Pasando por esta terrible oscuridad espiritual, fui con una amiga mía al Carmelo, donde ella iba a entrar. Una de las hermanas nos contó cómo Sta. Teresita le ayudó a una joven que tenía muchas dudas. Entonces yo, al llegar a casa, decidí invocarla y le pedí que me ayudara con una señal. Le dije así: “Por favor, muéstrame qué quiere el Señor de mí. Si quiere que me quede aquí, envíame dos rosas y, si quiere que me vaya a Polonia, envíame una rosa". Pasaban los días y no tenía ninguna respuesta. Hasta que un día, en el jardín de infancia, donde enseñaba música, vi de pronto que una de mis alumnitas, de unos 4 ó 5 años, se me acercaba sonriendo. Me abrazó, me besó y luego, sin decir ni una palabra, me regaló un pequeño pimpollo de rosa que tenía en su manita. Me acuerdo que no tenía ni una sola espina. Yo, asombrada, le sonreí y se fue corriendo. En el momento de decirle "muchas gracias", sentí que ésta era la delicada respuesta de mi santa patrona, que, a través de esta pequeña niña, me daba la señal de que debía viajar a Polonia. Al instante, se me fueron todas las dudas y quedé inundada de una paz profunda.

Fui a confesarme y por el camino oí una voz interior, conocida de otras veces, que me decía: “El sacerdote joven que verás confesando, será tu director espiritual". Este sacerdote me ayudó muchísimo, sobre todo para enfrentar los graves problemas familiares. Mi padre reaccionó violentamente y durante los nueve años que estoy aquí, sólo me ha escrito dos veces. Sin embargo, en el fondo de mi alma tenía una gran paz y la certeza de que iba por el camino correcto. Después de haber hecho una confesión general y habiendo recibido una bendición especial de mi director espiritual, después de la última misa en mi tierra argentina, subí al avión con la sensación de que Jesús me tomaba en sus brazos para llevarme lejos, muy lejos... La paz que sentí durante todo el viaje es indescriptible. Era el año de la Redención, el mes del Corazón de Jesús, a la hora de la misericordia.

c) Algunas características de mi vocación

Desde que fui postulante me sentía atraída por Jesús Eucaristía, y le pedí a mi director espiritual que me permitiera ofrecerme a El como víctima de holocausto. El no me lo permitió. Tuve que esperar un tiempo, durante el cual mi amor por El crecía cada vez mas, hasta que en el noviciado, luego de pedírselo varias veces, me dio permiso y me lancé al Amor. Sentía con toda claridad y convicción que Jesús me llamaba a reparar tantos pecados, especialmente sacrilegios, que se cometen en el mundo contra la Eucaristía.

La falta de respeto de tanta gente, que entra en las iglesias como si fueran museos de bellas artes, pero no se acuerdan de saludar al Dueño; la soledad que sufre día y noche en tantas iglesias, las profanaciones de la Eucaristía, las comuniones en pecado mortal... Desde ese momento, me entregué totalmente a Jesús sacramentado para que toda mi vida sea un continuo acto de amor, expiación y reparación por los pecados que se cometen en este sacramento.

Ahora tengo un enorme deseo de llegar a la santidad y este deseo va creciendo día a día. Jamás me he arrepentido de haberme entregado a Jesús y haber seguido su llamada. Mi alma está siempre llena de una profunda felicidad, no porque me falten las cruces, que las tengo en abundancia, sino porque siento que El está junto a mí y me sostiene con su brazo poderoso. Muchas veces, le pido que me permita apoyar por un instante mi cabeza sobre su pecho, para que pueda oír espiritualmente los latidos de su Sagrado Corazón. Y así recobro las fuerzas para seguir sufriendo. Al terminar la prueba, le doy las gracias por haberme permitido sufrir, "comprando" de esta manera la felicidad eterna para muchas almas.

Además, me he comprometido con mi propia sangre a ayudar a todos aquéllos que están en camino al sacerdocio. Los llamados a la vida sacerdotal son la pupila de mis ojos: todos los seminaristas del mundo y los jóvenes que. sienten en su corazón el llamado de Cristo. Por supuesto que los que ya son sacerdotes, ocupan un lugar privilegiado en mi corazón. Veo que el “rezar y sufrir por los sacerdotes", es como una parte esencial de toda vocación religiosa, pero muy especialmente contemplativa. Por eso, para que los sacerdotes sean santos, hay que acompañarlos con la oración, el sufrimiento, el trabajo y de otras mil maneras, en todo el tiempo de su formación, para que constituyan su vocación sobre fuertes y profundos cimientos.

Me dan ganas de pedirle a Jesús más y más sufrimientos para poder ayudar mejor a aquéllos que han recibido la gracia del santo ministerio. Quisiera decirles a todos los sacerdotes del mundo y a todos los jóvenes, que aún están "en camino", especialmente a aquéllos que desfallecen bajo el peso de la cruz o que vacilan: NO ESTAN SOLOS, nosotras desde aquí, detrás de las rejas, estamos para sostenerlos, alentarlos y ayudarlos a seguir la marcha y perseverar hasta el fin. Mi vida, desde la clausura, es por ellos y para ellos; y así, a través de ellos, salvar al mundo entero.

Ojalá que, cuando muera, muchas jóvenes vengan a tomar el relevo y a ocupar mi puesto vacío. Quiero ser para ellas un ejemplo vivo y una luz en su camino.

A LAS JOVENES

Querida joven, que sientes en tu corazón la llamada del Señor. La vida contemplativa es un regalo maravilloso que Dios te ofrece. Desde toda la eternidad, Jesús pensó en ti y soñó con hacerte su esposa. Tú estás llamada a ser raíz escondida, que lleve la savia a todo el árbol de la Iglesia. Tú debes formar parte del Corazón de la Iglesia, vivir por amor y para amar. ¿Has pensado alguna vez cuántas personas desconocidas te tienden sus manos implorantes para pedirte ayuda? Son los hijos que Dios te da. Debes ser madre de las almas. Debes darles a luz con tu amor y con tu cruz, debes alimentarlas con tu oración y guiarlas hacia Dios. Tu eres su esperanza, no los defraudes. Debes ser fiel al Señor y ser generosa para todo lo que te pida. No seas mediocre.

Como toda religiosa contemplativa, tienes la misión de ser reparadora y, como un pararrayos, detener la cólera divina que puede caer sobre tus hijos pecadores. Debes ser para ellos antorcha en la noche, muralla y defensa contra sus enemigos. Jesús te llama a ofrecer tu vida sin condiciones por tantos hijos que te necesitan. ¿Permitirás que se condenen eternamente por haber sido poco generosa o haber pensado demasiado en tu seguridad y comodidad? Dile Sí a Jesús. El te espera. El te necesita y cuenta contigo para salvar al mundo.

Tu vida de oración contemplativa será como la sangre que dará vida a los muertos espirituales, como el alimento que da fuerza y hace moverse a los cansados y desanimados. La vida contemplativa debe ser como un lago majestuoso, que irradia paz y refleja la luz y alegría de Dios. Pero encontrarás en tu vida religiosas mediocres y poco santas, quizás alguna te escandalice con su comportamiento o sus palabras. Dite, entonces, a ti misma : "Yo vine al convento para amar a Jesús y hacerlo feliz. Comprendo y perdono los errores y defectos de mis hermanas y quiero reparar por ellas. Quiero consolar a Jesús y ser la esposa de Jesús más hermosa del mundo. El monasterio no es un cielo, sino un lugar desde donde es más fácil llegar a él”.

Si tienes dudas, vete unos días a hacer una experiencia con ellas. Pero defiende tu vocación contra viento y marea. Tu vocación no es un regalo para ti sola, es un regalo que Dios te da para los demás. Por eso, no te dejes influenciar por las opiniones de los demás o del qué dirán, sino de lo que dirá Jesús, a quien debes rendir cuentas. Defiende tu vocación. Déjalo todo para seguir a Jesús. No te aferres a tus seguridades. No hay nada grande en el mundo sin esfuerzo y sin sacrificio. Estudia, supérate, desarrolla tus talentos; los hombres te necesitan y esperan tu respuesta. Vale la pena arriesgarse. No te arrepentirás, te lo digo por experiencia.

Y no lo olvides: ALGUIEN TE AMA Y TE ESPERA. SU NOMBRE ES JESUS.

 

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