Ángeles de Aquí y de Allá

Libro del Padre Angel Peña O.A.R.

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P. ÁNGEL PEÑA O.A.R.

 

ÁNGELES DE AQUÍ Y DE ALLÁ

 

LIMA - PERÚ 2008 

 

 

ÁNGELES DE AQUÍ Y DE ALLÁ

Nihil Obstat P. Ignacio Reinares Vicario Provincial del Perú Agustino Recoleto

Imprimatur Mons. José Carmelo Martínez Obispo de Cajamarca (Perú)

ÁNGEL PEÑA O.A.R. LIMA - PERÚ 2008 ÍNDICE GENERAL

INTRODUCCIÓN

Los ángeles. La devoción a los ángeles. Experiencias de ángeles. Más experiencias. Testimonios recientes. Ángeles del más allá. a) Niños b) Adultos. Ángeles en el purgatorio. Ángeles del cielo. Recomendaciones prácticas. Oraciones.

CONCLUSIÓN

BIBLIOGRAFÍA

Yo mandaré un ángel delante de ti para que te defienda en el camino y te haga llegar al lugar que te he dispuesto. Acátale y escucha su voz, no le resistas. (Ex 23, 20-22)

INTRODUCCIÓN

El tema de los ángeles es un tema siempre apasionante, porque nos toca muy de cerca. Cada ser humano tiene un ángel, puesto por Dios para ayudarlo en la vida y defenderlo de las asechanzas del maligno. Por esto, es importante que todos conozcamos a este amigo cercano, que nunca nos abandona y del que recibimos muchos favores, aunque no lo sepamos.

Conocer a este ángel custodio, compañero de la vida, es muy importante para poder invocarlo y así recibir de él inmensas bendiciones, que Dios nos quiere dar a través de su ministerio angelical.

Ahora bien, los ángeles custodios no solamente nos ayudan en esta vida. Todos los santos están de acuerdo en que también en el purgatorio estarán acompañándonos y consolándonos, pues su misión no termina hasta que estemos ya definitivamente felices en el cielo.

Algo muy interesante, que nos dicen las personas que han sido dadas clínicamente por muertas y han tenido experiencias cercanas a la muerte, es que, en muchos de estos casos, ven a sus familiares difuntos, que vienen a recibirlos, y también ven a su ángel custodio, que los quiere ayudar en ese paso a la eternidad. Por eso, los ángeles, no sólo nos ayudan en el más acá de este mundo, sino también en el más allá. De ahí el título de nuestro libro Ángeles de aquí y de allá.

LOS ÁNGELES

La existencia de los ángeles es una verdad de fe de la Iglesia católica. Dice el Catecismo: La existencia de seres espirituales no corporales, que la Sagrada Escritura llama habitualmente ángeles, es una verdad de fe (Cat 328). Son criaturas puramente espirituales, tienen inteligencia y voluntad: son criaturas personales e inmortales y superan en perfección a todas las criaturas visibles (Cat 330).

En muchas páginas de la Biblia se nos habla de la existencia de los ángeles, cuyo número es de millones de millones (Dan 7, 10 y Ap 5, 11). Ellos, como lo indica su nombre, son mensajeros de Dios y sus servidores para ayudar a los hombres. Y, según una tradición antigua, se considera que pertenecen a nueve coros distintos: ángeles, arcángeles, virtudes, principados, potestades, dominaciones, tronos, querubines y serafines.

Entre todos ellos, nos interesa el trato especial con nuestro ángel custodio, cuya fiesta se celebra el dos de octubre. La Biblia nos habla de él: Yo mandaré un ángel delante de ti para que te defienda en el camino y te haga llegar al lugar que te he dispuesto. Acátale y escucha su voz, no te resistas (Ex 23, 20-22). Para el hombre hay un ángel, un protector entre mil que le haga ver al hombre su deber (Job 33, 23). Mi ángel está con vosotros y os pedirá cuentas (Baruc 6, 6). Y en el Catecismo se nos dice claramente: Desde la infancia hasta la muerte, la vida humana está rodeada de su custodia y de su intercesión. Cada fiel tiene a su lado un ángel protector y pastor para conducirlo a la vida (Cat 336).

DEVOCIÓN A LOS ÁNGELES

La devoción a los ángeles no es algo trasnochado en estos tiempos de progreso científico. Todos los santos, sin excepción, nos hablan de ellos por experiencia y muchos lo han visto con sus propios ojos. Personalmente, conozco algunas religiosas que lo ven y no puedo dudar de su sinceridad. Pero también hay muchas personas que han tenido experiencias del umbral de la muerte que han visto a su ángel o a muchos ángeles en el más allá. Por eso, consideramos que la devoción a los ángeles no es algo solamente útil para hacer dormir a los niños, sino que es una maravillosa realidad, pues son nuestros amigos, que nos acompañan y nos ayudan durante toda la vida. Incluso, hay investigadores médicos que creen en ellos como si fuera una verdad científicamente comprobada.

La doctora Elisabeth Kübler-Ross, doctora honoris causa por 20 universidades, que ha estudiado 20.000 casos de personas dadas clínicamente por muertas, dice: Lo que la Iglesia dice sobre el ángel de la guarda está basado en la realidad. Hay pruebas de que cada ser humano, desde el nacimiento hasta la muerte, tiene un guía espiritual, lo crea o no. Una anciana, que estaba muriendo, me dijo: “Aquí está él de nuevo. Usted debe saber que, cuando era niña, él estaba junto a mí. Pero ya lo había olvidado”. Murió llena de alegría, sabiendo que alguien, que la amaba, la estaba esperando.

Cada hombre tiene tales guías, lo crean o no, y el que sea judío, católico o no tenga religión, no tiene importancia. Pues este amor es incondicional y es, por eso, que cada hombre recibe el regalo de un guía. Mis niños pequeños lo llaman “compañero de juego” y desde muy temprano hablan con él y son perfectamente conscientes de su presencia.

En la experiencia del umbral de la muerte, nuestros guías espirituales, nuestros ángeles de la guarda, y los seres queridos, que se fueron antes que nosotros, estarán cerca de nosotros y nos ayudarán. Esto nos ha sido confirmado siempre, así que ya no dudamos nunca de este hecho. ¡Notad bien que hago esta afirmación como un hecho científico!.

Dice el gran siquiatra inglés Kenneth McAll: Algunas personas creen que todos los niños van directamente al cielo, cuando mueren. Pero eso sólo ocurriría así en caso de haber sido amados y de haber rezado por ellos en la tierra. He sido testigo de más de seiscientos casos de niños fallecidos, que habían continuado creciendo al mismo ritmo que lo hubieran hecho de haber seguido con vida. Cada uno llevaba al lado a su propio ángel de la guarda, esperando ese momento de amor y de consagración a Dios; y, en esos casos, el ángel de la guarda tiene permiso para actuar.

EXPERIENCIAS DE ÁNGELES

En los escritos llamados Actas de los mártires de los tres primeros siglos, se habla frecuentemente de los ángeles, que vienen a llevar a los mártires al cielo. Se dice en las Actas de Perpetua y Felicidad, a propósito de la visión de Saturnus: Habíamos sufrido el martirio y habíamos salido de nuestro cuerpo. Cuatro ángeles comenzaron a llevarnos hacia el oriente, sus manos no tocaban nuestros cuerpos. Llegamos a un lugar vasto, que se parecía a un jardín, con rosales y toda clase de flores. Ahí había otros cuatro ángeles, más resplandecientes que los primeros. Desde que nos vieron, nos saludaron y dijeron a los otros ángeles con admiración: Ahí están, ahí están.

En la vida de los Padres del desierto también se habla de ángeles, que se aparecían a aquellos anacoretas. En la vida de san Antonio abad se cuenta que un día estaba él sentado en un monte, haciendo oración, cuando alzó los ojos a lo alto y vio un alma subir entre ángeles al cielo. Estupefacto, pidió saber quién era. Y oyó una voz que le dijo que era el alma del monje Amón, que habitaba en Nitria, a trece días de camino... El santo lo dijo a sus compañeros monjes, que anotaron el día. Después de un mes, algunos monjes llegados de Nitria, trajeron la noticia de la muerte de Amón, que coincidía con el día y la hora.

La venerable Benita de Laus (1647-1718) asistía a la agonía de un niño de dos años. De pronto, vio quince ángeles que estaban junto a su cuna. Cuando el niño murió, trece ángeles lo llevaron al cielo, mientras que los dos restantes se quedaron para guardar su cuerpo. La visita de aquellos ángeles la inundó de una gran alegría.

La misma Benita de Laus dice que, en la Navidad del año 1700, tomó parte en una procesión que los ángeles hacían alrededor del santuario de Laus (Francia). Y vio una multitud inmensa que, con perfecto orden, iba en procesión. Los precedía un hermoso estandarte. La mitad de los ángeles llevaba un vestido rosa y la otra mitad, un vestido blanco. Todos llevaban un cirio encendido. Benita también tomó un cirio del altar del santuario y los siguió durante el recorrido, dando tres vueltas al santuario.

Un misionero de Vietnam escribía en 1896: Había una familia que me había salvado dos veces de la persecución de los mandarines y me tenía oculto en su casa, cuidando día y noche mi seguridad y dándome de comer de su té y de su arroz. Yo creía que estaban bien preparados para dejar la idolatría y aceptar el cristianismo. Pero no querían convertirse. Yo rezaba por su conversión. Un día, un jovencito, de doce o trece años, que no tenía ninguna idea de la religión cristiana, leyó por casualidad algunos capítulos de una Biblia. Él le contó a la hija de la casa, donde yo estaba hospedado, la historia de Tobías y del ángel Rafael. Esta chica me dijo un día:

Conozco una religión mejor que la tuya, es la religión de los ángeles.

Entonces, yo le expliqué que esa religión era la nuestra. Le expliqué a su familia los episodios de la Biblia, donde se habla de los ángeles. Y fue un éxito total, pues todos quisieron convertirse. Los bauticé a los pocos días, confiando a cada uno de ellos a su ángel custodio.

La venerable María Angélica Álvarez Icaza cuenta en sus Memorias sobre el día de su primera comunión: Yo sentía un amor por Jesús que me hacía desfallecer. Empezó la misa solemne y por momentos crecía mi fervor. Estaba tan embriagada de dicha que muchas cosas se me pasaron sin fijarme, ni sé qué música había ni qué convidados ni nada. Cuando llegó el prefacio, entonces yo no sé qué me pasó; porque, de manera nunca antes experimentada, sentí que venían los ángeles del cielo para hacer reverencia a su Señor; no los vi, pero los sentí con una fuerza y una impresión tanto más honda cuanto que me vino de repente sin que yo pensara en ellos.

Los ángeles se presentan a la vista de los hombres de distintas maneras. A los niños suelen presentarse como niños de su misma estatura. A las mujeres, como mujeres. En ocasiones, lo hacen con alas; otras veces, sin alas. Pueden presentarse como jovencitos de quince años o como mayores con gran estatura e, incluso, como animales.

Cuando la venerable Madre Agnes de Langeac salía de su casa para ir a cualquier sitio, ella veía un pajarito blanco que la acompañaba por delante. Este favor extraordinario, que Dios le concedió durante ocho años, le daba mucha alegría, pues el pajarito siempre la guiaba por el mejor camino.

La venerable Oringa se extravió una vez a la caída de la noche y caminaba al azar a través de los campos. Ella se encomendó a Dios y a los ángeles. De pronto, se encontró en un gran prado, bordeado de grandes árboles. La luna lucía hermosa y las estrellas brillaban en el cielo. Entonces, se sentó para disfrutar de aquella escena nocturna y esperar la llegada de la aurora. En ese momento, se le acercó una hermosa liebre y comenzó a saltar junto a ella con confianza, demostrándole afecto y alegría. La liebre se dejaba acariciar por ella. Y así pasó la noche, tranquila y feliz.

Al amanecer, quiso continuar su camino y la misteriosa liebre marchó delante de ella como señalándole el camino. así pudo tomar la ruta correcta, desapareciendo la liebre, enviada por Dios.

A Sor Marie du Christ (1907-1973) se le presentaba como una águila que la llevaba en bilocación en sus viajes lejanos. A Ana Ebele (1917-1985), joven alemana, se le presentaba como un pajarito que se posaba familiarmente en su espalda. En las apariciones en Zeitum, Egipto, entre 1968 y 1970, en ocasiones se veía a la Virgen rodeada de palomas gigantes luminosas, que todos creyeron que eran ángeles.

San Luis Gonzaga (+1591), el santo jesuita que murió a los 23 años y es llamado joven angelical, por su gran devoción a los ángeles y por su pureza, la virtud angelical, escribió un librito, titulado Meditaciones sobre los ángeles.

Uno de los sucesos que le hizo sentir un gran amor por su ángel custodio ocurrió, cuando iba de viaje con un grupo de gente. Al llegar a un río, estaba tan crecido por las continuas lluvias que él mismo los desalentó a pasar, porque era muy peligroso. Pero, casi al momento, vieron todos a un hombre, que parecía un pescador, que pasaba tranquilamente por un lugar cercano. Se dirigieron allá y el mismo Luis Gonzaga los animó a pasar, pasando todos sin dificultad, a pesar de que el río era muy crecido. Como no encontraron al pescador, pues había desaparecido de modo misterioso, todos creyeron que se trataba de un ángel, que les había señalado el lugar para pasar o que les había facilitado milagrosamente el paso sin peligro alguno.

Son muchísimos los servicios que los ángeles pueden prestarnos. Sobre esto he escrito dos libros: Tu amigo el ángel y Ángeles en acción. Veamos algunos ejemplos.

Se cuenta en la vida de la Madre Amparo del Sagrado Corazón de Jesús (+1941), la fundadora del convento de Clarisas de Cantalapiedra (Salamanca):

Un día, se fue a confesar su madre y el sacerdote le preguntó a Amparito:

¿Cuántos años tienes? Cuatro. ¿Y con quién juegas? Con mi ángel. ¿Pero ves a tu ángel? Sí, padre, aquí está, dijo señalando a su lado. ¿Y cómo es tu ángel? Un poco más alto que yo y más guapo.

El sacerdote le dice entonces:

¿Viniste ayer a mi sermón? Sí, padre, pero me dormí. Pues dile a tu madre que esta noche, después del sermón, venga a verme; y a tu ángel que te diga el sermón que yo predique. Si me lo dices todo sin dejar nada, creo que está aquí tu ángel; si no me lo dices bien, no te creo.

Llegado el momento, y en el Casa Rectoral, preguntó el sacerdote de nuevo:

¿Ves a tu ángel? Sí, padre, aquí está, mírele. Pues dile que te diga mi sermón.

Efectivamente, la pequeña fue repitiendo íntegramente el sermón sin cambiar ni añadir nada. El padre, impresionado, no pudo menos de decir:

Mira, niña, o has de ser muy santa, muy santa, o un demonio que lleve muchas almas al infierno; así que ten mucho cuidado de no cerrarle las puertas a Dios.

Dice la señora Francesca Mercuri di Rosarno: Un día que iba a Mileto, me acerqué con mi hija Cintia de ocho años a Paravati para ver a Natuzza (famosa mística italiana, que vive todavía). Le pregunté:

¿Tú ves algo? Sí, veo el ángel de la niña.

Y dirigiéndose a Cintia le dice:

¿Por qué respondes a tu mamá? Me lo está diciendo su ángel. Tú debes ser más amable con tu mamá.

Natuzza ve a los ángeles de las personas con quienes habla como niños de unos 10 años, a la derecha de las personas laicas y a la izquierda de los sacerdotes. Es por esto que conoce, si son sacerdotes, aunque vayan vestidos de civil. Y son los ángeles quienes le dicen lo que debe responder cuando le hacen preguntas.

La venerable Madre Inés de Langeac estaba tan recogida en la presencia de Dios que, muchas veces, no oía el sonido de la campana, cuando llamaban a la puerta, siendo ella la hermana portera. Entonces, el ángel le decía:

Llaman a la puerta.

Otras veces, le avisaba que era la hora de ir a rezar el Oficio divino. Una tarde, estaba tan concentrada en Dios que no se acordaba de tocar la campana para que las hermanas fueran a rezar. Su ángel la condujo de la mano y le puso la cuerda de la campana en la mano.

San Estanislao de Kostka (1550-1568) contó: Una vez estando enfermo en Viena (Austria) en la casa de un protestante y deseando ardientemente recibir la comunión oré con devoción a santa Bárbara y aparecieron dos ángeles junto a la santa. Uno de los ángeles me dio la comunión.

San Felipe Neri (1515-1595) fue salvado en una ocasión por su ángel de ser atropellado por un carro tirado por cuatro caballos alocados que atravesaron una calle estrecha a toda velocidad. El ángel lo levantó hacia lo alto. En otra oportunidad, su ángel se hizo pasar por un pobrecito que le pidió limosna, y, cuando Felipe le iba a dar las pocas monedas que tenía, le dijo el ángel sonriendo: “Quería ver solamente lo que sabes hacer”.

En el proceso de la beatificación de santa Gema Galgani (1878-1903), su tía Elisa asegura que, en una oportunidad, la Madre Priora de las Pasionistas le llamó la atención por venir sola al convento, ya que su director espiritual, Monseñor Volpi, le había prohibido salir sola de casa. Gema le respondió a la Priora:

No estoy sola. Está conmigo mi ángel custodio. ¿Dónde está? Se ha quedado fuera. Dile que venga.

Gema abrió la puerta y dijo:

Aquí está, Madre Priora.

Y la Priora aceptó la disculpa. La tía Elisa cuenta que esto sucedió, cuando Gema tenía unos quince o dieciséis años.

Santa María Francisca de las cinco llagas estaba en abril de 1786 tan enferma que no podía hacer ningún movimiento. Dom Pessiri le llevó una taza de chocolate, que dejó junto a su cama. Pero ella no podía tomarla. Ella pidió ayuda a Dios por intercesión de san Rafael arcángel y, al momento, una mano invisible le presentó la taza y después la colocó vacía en su lugar. Ella se lo agradeció al arcángel.

El venerable padre Bernardo de Hoyos (1711-1735), el primer apóstol del Sagrado Corazón de Jesús en España, tenía la gracia de ver a su ángel custodio. Y dice: No puedo ni siquiera explicar los efectos que produce en mi alma la visión del ángel. Me causa un gran consuelo sentir que me oye, cuando le hablo, y que presenta al Señor cuanto le digo. Yo le trato familiarmente como si fuera un amigo muy especial y siento que me trata del mismo modo.

También tuvo mucha devoción a san Miguel arcángel, quien le aseguró que le ayudaría y defendería contra todas las asechanzas del demonio en su Obra de extender la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.

La beata Isabel Canori Mora (1774-1825), escribe en su Diario: El Señor se dignó mostrarme el triunfo de su misericordia y vi almas del purgatorio que, en filas, acompañadas de sus ángeles custodios entraban gloriosas y triunfantes en el cielo. Todos los días del octavario ocurrió lo mismo y así por nueve días.

Santa Gema Galgani (1878-1903), en su Diario dice: Ayer por la mañana, después de la santa comunión, Jesús me dijo que hoy, después de medianoche, volaría al cielo el alma de la Madre Teresa. Y, efectivamente, así fue. Vi llegar a la Virgen, acompañada del ángel de la guarda de la Madre Teresa, quien me dijo que su purgatorio había terminado y que se iba al cielo. A santa Gema su ángel le llevaba las cartas al correo en forma de pajarito.

Santa Micaela del Santísimo Sacramento (1809-1865) afirma: Siempre que necesito llamar a alguna persona, le mando un ángel y viene en seguida, sea conocida o extraña; a mi secretario, que vivía lejos, le he llamado de día y de noche, temprano o tarde, y siempre me lo han traído y, a veces, venía de mala gana y sacándole de alguna iglesia o de la tertulia de noche. Jamás me han faltado y muchos días, por casos imprevistos, tres veces en un día llamar al mismo sujeto y venir; han dicho siempre que sentían una inquietud y recordaban que yo les habría mandado un ángel y no podían parar hasta venir, de modo que todos, todos entran diciendo: ¿Me has llamado con un ángel?.

MÁS EXPERIENCIAS

San Juan Bosco

A San Juan Bosco su ángel lo defendió de sus enemigos y se le presentaba como un hermoso perro, a quien llamaba Gris. Y que se le apareció durante 30 años.

Un día, Don Bosco, a la puesta del sol, se encontró solo a mitad de camino en el valle entre Moriondo y Moncucco, en medio del bosque. No tardó en sorprenderle la noche oscura y nubosa, aunque sin lluvia. Debía atravesar lugares que, según se decía, estaban infestados de ladrones y cerca de granjas y viñas guardadas por terribles mastines. Para colmo, se salió del camino y no sabía por dónde iba. Era una marcha angustiosa, porque encontraba vallas y obstáculos que le obligaban a dar grandes rodeos. Empapado de sudor, llegó a los pies de una alta pendiente y comenzó a subirla. Paróse un momento a tomar aire.

Oh, si tuviese aquí a mi Gris, pensó. ¡Qué bien me vendría! ¡Él me sacaría del apuro!

Un agudo ladrido sorprendió al siervo de Dios, luego otro y he aquí que en lo alto del ribazo apareció el perro, descendió hacia él, haciendo cabriolas y le acompañó durante todo el trayecto que faltaba, de casi tres kilómetros. Fue una verdadera fortuna para Don Bosco encontrarse aquella compañía; porque, al llegar a una granja, aparecieron de repente dos perrazos rabiosos que infundían pánico. El perro Gris se les echó encima y los obligó a retirarse tan maltrechos que, a sus aullidos que llenaban los aires, acudieron los mismos dueños para ver qué les pasaba a los pobres animales.

El Gris guió a su protegido directamente hasta la casa donde era esperado. Todos quedaron estupefactos al contemplar un perro tan hermoso y, acosaban a Don Bosco, preguntándole dónde lo había adquirido. Al sentarse a cenar, dejaron que el Gris se pusiera a descansar en un rincón de la sala. Levantados los manteles, dijo el señor Moglia:

Vamos a dar de comer al Gris. Y fue a echarle algo. Pero busca por aquí, busca por allá, llama que llamarás no fue posible encontrarlo. El perro había desaparecido y, desde entonces, nadie de aquellos alrededores supo nada de él. Don Bosco mismo contó este suceso unos años después con motivo de que, habiendo caído la conversación en el famoso Gris, le preguntaron si lo había visto después de 1855.

Sí, dijo. Después de los primeros años me lo encontré varias veces más, cuando me hallaba, avanzada la noche, sin compañero.

A fines de 1844, terminó Don Bosco de escribir un librito sobre la devoción al ángel de la guarda. Estaba tan persuadido de tenerlo a su lado que parecía lo viese con sus ojos. Lo saludaba varias veces al día con el Ángel de Dios y confiaba del todo en su protección. Se encomendaba a sí mismo y le encomendaba a sus muchachos... Sabía infundir en sus jóvenes gran respeto y gran amor al ángel de la guarda. Con mucha frecuencia, entonaba él mismo el cántico sagrado al que había puesto música en honor del santo ángel y que cantaban los muchachos entusiasmados. Les decía:

Avivad vuestra fe en la presencia del ángel de la guarda, que está siempre con vosotros... Sed buenos para que esté contento vuestro ángel. En vuestras penas y desagracias, materiales o espirituales, acudid al ángel con plena confianza y él os ayudará. ¡Cuántos que estaban en pecado mortal, fueron librados de la muerte por su ángel para que tuvieran tiempo de confesarse bien! Acuérdate de que tienes un ángel por compañero, guardián y amigo. Si quieres complacer a Jesús y a María, sigue las inspiraciones de tu ángel de la guarda. Invoca a tu ángel en las tentaciones. Tiene él más ganas de ayudarte que tú de que te ayude. Sé valiente y reza. Pide a tu ángel que venga a consolarte y a asistirte en la hora de tu muerte.

Muchos jóvenes manifestaron más tarde a Don Rúa haber recibido favores extraordinarios y haberse visto libres de peligros gracias a esta devoción que les había inculcado Don Bosco...

Sucedió que uno de los alumnos trabajaba pocos días después de peón de albañil en la construcción de una casa. Iba y venía sobre el andamio para prestar sus servicios. De improviso, se rompen unos soportes, siente que los tablones, sobre los que se encontraba con otros dos compañeros, fallan bajo sus pies. Se da cuenta, al crujir el andamiaje, que no es posible ponerse a salvo. El andamio se desarma y entre tablones, piedras y ladrillos, cae desde el cuarto piso a la calle. Caer desde aquella altura y morir al golpe era lo mismo. Pero nuestro buen joven, se acordó de las palabras de Don Bosco e invocó con toda su alma al ángel de la guarda:

Ángel mío, ayúdame.

Y el ángel lo ayudó. ¡Algo admirable! Cuando acudió la gente, creyéndole muerto, se puso en pie, totalmente sano y sin el menor rasguño. Más aún, volvió a subir a lo alto de donde había caído para ayudar en el trabajo de reparación. Al domingo siguiente, contaba a sus compañeros asombrados lo que le había sucedido, dando fe de que la promesa de Don Bosco se había cumplido. Los muchachos aumentaron su devoción al ángel de la guarda, lo que produjo muchos y saludables efectos en sus almas.

Este hecho singular sugirió a Don Bosco la idea de escribir el librito mencionado: El devoto del ángel custodio.

Padre Lamy

El padre Lamy (1853-1931), gran apóstol y místico francés, veía a los ángeles y tenía mucha familiaridad con ellos. Ellos le ayudaban en su ministerio. Un día lo llamaron con urgencia para que fuera a visitar a un enfermo grave. Fue a la casa y lo confesó. Después, volvió a la parroquia para llevarle la comunión. Cuando regresó, la puerta estaba abierta y subió directamente a la habitación, pero en la cama estaba otro enfermo también muy grave. Se había equivocado de habitación. Y este enfermo le decía:

Padre, le estaba llamando, pero mi esposa no quiere saber nada de curas. Gracias, por haber venido. Mi esposa ha salido para ir al mercado y ha dejado la puerta abierta.

De esta manera tan simple, lo confesó y le dio la comunión a este enfermo que lo necesitaba y, después, fue a la siguiente habitación, donde estaba el enfermo a quien había visitado primero. Los ángeles le habían ayudado salvar aquel alma.

Él nos dice: La protección de los santos ángeles sobre los habitantes de La Courneuve era notoria. Y a mí, en muchas circunstancias, me han ayudado con su luz, pues estaba casi ciego y tenía que llevar los últimos sacramentos por la noche por caminos oscuros.

En una ocasión, los santos ángeles hicieron llover para impedir una fiesta (donde se cometerían muchos pecados). Y tuvo que ser cancelada.

He visto a los ángeles dar la espalda en los templos para no ver a las personas que visten indecentemente. Yo soy severo en el modo de vestir, pero no todo lo que debería. ¿Se imaginan la severidad de Dios por ciertas acciones? Algunos dicen: “Es la moda, es la moda”. Pero Dios juzgará.

Nosotros no damos la importancia debida a los ángeles. No les rezamos lo suficiente. Los ángeles se sienten contentos, cuando les rezamos. No rezamos bastante a nuestros ángeles custodios. ¿Qué se hace por ellos? ¿Una pequeña oración por la mañana o al fin del día? Su misericordia es grande con nosotros y no los utilizamos mucho. Ellos nos miran como a pequeños hermanos indigentes. El ángel se acuerda de todo. Él les puede decir lo que habéis hecho hace diez años como si fuera ayer... Nuestro ángel custodio nos salva muchas veces de accidentes. Pero ¿qué pueden hacer los ángeles, cuando no estamos en gracia de Dios? Nada. Ellos quisieran socorrernos, pero son impotentes. Al rechazar al Señor por el pecado, es como mandar a paseo a sus empleados. Y entre los católicos ¿cuántos son los que les piden ayuda? Pocos. Nosotros no recurrimos bastante a los ángeles.

Cada ángel tiene una fisonomía particular. Mi ángel custodio tiene la cabeza redonda y es bellísimo, con cabellos negros y ondulados. El arcángel Gabriel tiene los cabellos cortos y ondulados. Gabriel tiene la cabeza más grande que los otros ángeles. Es por eso que yo reconozco a un ángel de categoría superior... Cuando vosotros veis unos 50 ángeles, os quedáis maravillados. Debe ser un espectáculo maravilloso en el cielo ver el vuelo de millones de ángeles con placas de oro, que parecen soles. Siempre parecen jóvenes. A algunos los reconozco por la voz, sin verlos. Y ellos, así como el diablo, están con nosotros y alrededor de nosotros. No los vemos por muy poco. Es como una película fina que nos separa de ellos.

Yo he sido sostenido por los ángeles muchas veces, cuando estaba agotado por la fatiga. He sido transportado de un lugar a otro sin saberlo. Yo decía: “Mi Dios, estoy muy fatigado”. Estaba lejos de la parroquia; a veces, de noche, y me encontraba de repente transportado a la plaza de San Luciano ¿Cómo ocurría eso? Yo no lo sé.

Durante la guerra, iba a la estación a dar absoluciones generales a los soldados. Un soldado me dijo: “Me voy a morir”. Mi ángel custodio lo ha bendecido y él me ha dicho: “Me siento mejor”. Era un día por la tarde, en la estación de Courneuve. Yo siempre le pedía a mi ángel que curara a algunos y vi al santo arcángel Gabriel y a mi ángel que los bendecían.

En la estación, yo pasaba por los vagones, dando la unción a los enfermos. Cuando tenía que subir y bajar sesenta u ochenta veces de un vagón a otro, sobre todo en vagones fuera de la vía, los santos ángeles me ayudaban a subir.

¡Cuántas veces el padre Lamy fue ayudado y salvado de los peligros por los ángeles! En una oportunidad, iba al atardecer por la carretera de Rivieres-le-Bois a Pailly. Iba inclinado, porque los últimos rayos de sol del atardecer le hacían daño. Y, de pronto, se le presentó un ciclista que lo iba a atropellar; pero el arcángel Gabriel levantó la bicicleta y al ciclista por el aire y los dejó en la cuenta. Y dice el padre Lamy: Yo vi a aquel joven asombrado, mirando al ángel y mirándome a mí. Yo tenía unas ganas locas de reírme, pero me contuve para no ofenderlo. Cuando me alejaba, vi otro ciclista que venía y el primero le decía: “Son dos, son dos”, refiriéndose al ángel y a mí. El otro no entendía nada.

La Virgen María tuvo la bondad de ponerme bajo la protección del arcángel Gabriel y, con mi mala vista, me fue muy útil.

San Josemaría Escrivá

San Josemaria Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, cuenta cómo su ángel lo salvó en una oportunidad de ser agredido por un desconocido.

El día de la octava de la Inmaculada Concepción de 1931, en la tarde, a las tres, cuando me dirigía al colegio de santa Isabel a confesar a las niñas, en Atocha, por la acera de san Carlos, esquina casi a la calle de santa Inés, un joven al estar cerca de mí, se adelantó, gritando: “¡Le voy a dar!”, y alzaba el brazo con tal ademán que yo tuve por recibido el golpe. Pero, antes de poner por obra esos propósitos de agresión, otro joven le dijo con imperio: “No, no le pegues”. Y este mismo joven, seguidamente, como en tono de burla, inclinándose hacia mí, añadió: “¡Burrito, burrito!”

Crucé la esquina de santa Isabel con paso tranquilo y estoy seguro de que en nada manifesté al exterior mi trepidación interna. Al oírme llamar por aquel defensor con el nombre de burrito, que tengo delante de Jesús, me impresioné. Recé en seguida tres avemarías a la Santísima Virgen, que presenció el pequeño suceso, desde su imagen puesta en la casa propiedad de la Congregación de san Felipe.

Monseñor Alvaro del Portillo (sucesor en la Obra del Opus Dei) añade: No le gustaba a nuestro Padre narrar sucesos de tipo sobrenatural. Sin embargo, esta anécdota me la ha referido en más de una ocasión. Hacía notar, al contarla que la hora no era propicia a engaños, porque se trataba de un día de mucho sol, y eran las tres de la tarde. Al contarme lo que dijo al Padre el defensor, me dijo que había oído burrito, burrito. Este modo que empleaba nuestro Padre, para llamarse a sí mismo, no lo conocía nadie, aparte de Dios Nuestro Señor, más que su confesor el padre Sánchez. El Padre atribuyó el ataque a una acción diabólica y la defensa a su ángel custodio.

Y dice el mismo santo sobre su ángel: Ayer se paró mi reloj de bolsillo. Resultaba el caso un compromiso para mí; porque no tengo otro reloj y porque mi capital asciende en la actualidad a setentaicinco céntimos... Hablando con mi Señor, le indiqué que mi ángel custodio, a quien Él ha dado más talento que a todos los relojeros, arreglara mi reloj. Pareció no oírme, puesto que volví a mover y a tocar y a retocar en vano el reloj estropeado. Entonces, me arrodillé y comencé un padrenuestro y un avemaría, que me parece no llegué a terminar, porque cogí de nuevo el reloj, toqué las saetas... ¡y echó a andar! Di gracias a mi buen Padre... Al ángel lo llamaré desde ahora el relojero.

San Josemaría Escrivá de Balaguer recibió la inspiración para fundar el Opus Dei el día 2 de octubre de 1928, fiesta de los ángeles custodios. Y dice: Conmovido, me arrodillé, estaba solo en mi cuarto, y di gracias al Señor. Recuerdo con emoción el tocar de las campanas de la parroquia de Nuestra Señora de los ángeles.

Desde aquel día, el “burrito sarnoso” se dio cuenta de la hermosa y pesada carga que el Señor, en su bondad inexplicable, había puesto sobre sus espaldas. Ese día el Señor fundó su Obra. Aún suenan en mis oídos las campanas de la iglesia de Nuestra Señora de los ángeles, festejando a su patrona.

El día dos de octubre, fiesta de los ángeles custodios, en el tercer aniversario de la fundación del Opus Dei, invocó ardientemente a los espíritus celestiales y de manera especial a su ángel custodio. Dice: Le eché piropos y le dije que me enseñe a amar a Jesús, siquiera, siquiera, como lo ama él.

TESTIMONIOS RECIENTES

El padre Dolindo Ruotolo, gran devoto de los ángeles, cuenta que en 1888, siendo seminarista le encargaron tener siempre encendida la lámpara del Santísimo. Dice: Le recomendé a mi ángel que me despertase en la noche, si estaba apagándose la lámpara para ir a encenderla. Y cada noche, a horas distintas despertaba, bajaba a la iglesia, cuando ya estaba para apagarse la lámpara. Una noche me tocaron las espaldas y sentí claramente una voz que me dijo: “Dolindo, la lámpara”. Me lo repitió dos veces y yo esperé un minuto para levantarme por pereza. Y cuando bajé, ya acababa de apagarse y estaba humeando. Así entendí que era verdaderamente mi buen ángel quien me despertaba.

Cecilia Conj, una niña brasileña, que veía constantemente a su ángel, nos dice: Un día, en que no tenía clases por la tarde, tuve la idea de ir al circo. Y así lo hice. En la puerta vi a un hombre fumando su pipa y apoyado en un extremo de la puerta. Le pregunté: “¿Es usted el dueño del circo?”. Me dijo que sí. Le dije que me gustaría jugar con el payaso y con las niñas que había visto. El hombre me sonrió y me tomó de la mano y me dijo:

Ven conmigo, yo te acompaño.

Todavía no había puesto el pie en el recinto interior, cuando fui impedida de hacerlo por mi buen ángel custodio; y lo hizo de tal modo que me separó violentamente de la mano de aquel hombre de la pipa. No sé qué haría mi ángel, pero aquel hombre me gritó de malas maneras, diciéndome:

Vete, vete, vete...

Me asusté y corrí hacia mi casa. Llegando a mi casa, vi a mi ángel, pero no estaba triste, por lo que se me pasó el susto.

Una religiosa, que ve a su ángel, me escribía: El corazón de mi ángel es como un océano de cristal resplandeciente, que muestra la infinita misericordia y el eterno amor de Dios. Él siempre parece tener unos doce o trece años. Su vestido es muy blanco y tiene dos alas hermosas. Cuando las bate, me siento abrumada por la presencia sobrecogedora de Dios.

En Navidad íbamos en procesión por el convento, llevando una imagen del niño Jesús y teníamos velas en las manos. Entonces, vi a los ángeles de las hermanas, que iban también con velas encendidas en sus manos. Mi ángel iba a mi lado y me miraba tiernamente.

Todos los ángeles tenían como una aureola en forma de anillo alrededor de la cabeza.

Otra religiosa me escribió: Cuando tenía siete o nueve años, estaba un día sola en mi habitación, durante la noche. A través de los cristales de la ventana, se veía el exterior todo negro. Yo estaba de espaldas a la ventana y noté como una sombra blanca. Volví la cabeza y vi un angelito en medio de dicha ventana, vestido con una túnica blanca, ceñida con un cinturón de florecitas. Sus manos estaban juntas en actitud de oración. Yo tendí la mano para tocarlo pero desapareció. Salí corriendo para llamar a mi tía, que era la que me cuidaba y se lo conté todo, señalándole el sitio donde lo había visto de pie. El ángel era de mi tamaño. No me creyeron y nunca más volví a contarlo. Incontables noches me quedaba mirando hacia la oscuridad y, cuando me despertaba, lo primero que hacía era mirar hacia la ventana, pero nunca más volví a ver a mi angelito. Fue todo muy sencillo, nada deslumbrador. Mis ojos puros de entonces lo vieron y lo recuerdo tan nítido como si hubiera sido ahora mismo.

También los ángeles nos salvan y defienden en situaciones peligrosas.

Cuenta el doctor Melvin Morse: Una noche, un hombre joven de 21 años, al que llamaré Paul, fue salvajemente golpeado. La paliza le causó una decena de fracturas en el cráneo y en los brazos. Sus agresores lo abandonaron creyéndolo muerto. Al volver en sí, se halló en compañía de alguien al que él llama su ángel de la guarda. Aquel ser le ayudó a llegar hasta una granja, que se encontraba a más de kilómetro y medio de distancia, y luego desapareció.

He aquí lo que me refirió la esposa de un presentador de televisión, conocido en todos los Estados Unidos. Me explicó cómo le había salvado su ángel de la guarda de una violación inevitable:

Una noche, se me averió el coche en una carretera muy transitada. Tuve que retirarme al arcén y aguardé sentada. Un coche se detuvo delante de mí, pero yo esperaba la llegada de la policía, así que a través del parabrisas, le hice señas de que siguiera su camino. No me hizo caso y pensé que no había visto mis gestos, de modo que bajé la ventanilla para decirle que prefería aguardar a la policía. Entonces, el hombre salió de su coche, se acercó al mío e introduciendo el brazo me arrebató la llave.

Cuando protesté, me abofeteó, al tiempo que me decía que pasara al otro asiento. Luego entró en el coche y me apuntó con una pistola. Me ordenó que me quitase los pantis y la ropa interior. Yo estaba muerta de miedo. No quería que me violase ni tampoco que me disparase un tiro, pero temí que pudieran sucederme las dos cosas. Traté de hacer lo que quería, pero perdí el control de los nervios y aquel individuo se enfureció. De repente, el coche se llenó de una luz intensísima. Pensé que se había detenido otro vehículo, pero, cuando volví la cabeza, no vi a ninguno. El violador dijo: ¡Oh Dios mío! Entonces, comprendí que la luz surgía del interior del coche, exactamente entre nosotros dos. Y apareció un hombre en el seno de esa luz. Respiré al verle. El violador abrió la puerta y echó a correr. En aquel momento, la luz y el hombre desaparecieron y quedé sola en la oscuridad.

Una consagrada me escribía: Yo tenía 15 años e iba regularmente a la iglesia después de las clases. Una tarde de invierno, iba hacia la iglesia, rezando. En la calle no había nadie ni oí pasos. De pronto, di un salto al lado izquierdo, movida por una fuerza interior inexplicable. Y, en ese momento, una mujer, que había intentado cogerme por la espalda, al perder el equilibrio, cayó al suelo dando un gran grito. Yo, inmediatamente, corrí a la iglesia.

Estoy segura que fue mi ángel, quien me movió instintivamente. Luego descubrí que esa mujer era prostituta e intentaba cogerme para llevarme a la casa de prostitución muy cercana al lugar. Nunca olvidaré la protección de mi ángel.

Otra religiosa me decía personalmente por teléfono: Hace pocos años, estaba yo en la estación de Atocha, en Madrid, y quería ir a la de Chamartín. Saqué mi cartera para ver mi dinero y, en ese momento, se presentó delante de mí un joven de unos treinta años, con unos ojos hermosos, que sonriendo me dijo:

Ese dinero peligra.

Instintivamente, cerré la cartera y la metí al bolsillo. Pero, al levantar la cabeza, después de haber guardado la cartera, ya no estaba. No habrían pasado ni tres segundos y había desaparecido; no se veía por ningún sitio. Para mí fue claro que era mi ángel, a quien siempre he tenido mucha devoción. Vino a protegerme en ese momento en que alguien estaría vigilándome para quitarme el dinero. Siempre cuento esta experiencia para que la gente confíe más en su ángel y lo invoque con fe, pues es nuestro amigo fiel e inseparable.

Desde Piracicaba (Brasil) me escribía una religiosa que en esa misma ciudad donde vive, apareció en todos los periódicos un caso, considerado milagroso. Una señora se había cambiado de casa, aunque todavía faltaban algunos detalles. Su hijo, de cinco años, se subió a la ventana para ver la calle y se cayó desde una altura de seis metros al suelo de cemento. Y no se hizo absolutamente nada. El niño dijo que un joven con una blusa lo había cargado sobre su cuello. Todos creyeron que había sido su ángel, a quien su madre tenía mucha devoción.

Otro ejemplo. Una mañana acompañé a otra hermana al médico. Salimos pronto de nuestro monasterio para aprovechar e ir a confesarnos las dos con el padre Gabriel de los Siervos de María. El padre Gabriel era un hombre santo y tenía muchos dones de Dios, en particular el don de profecía. Su confesionario era muy concurrido. Fuimos las dos y nos confesamos. El padre nos preguntó a dónde íbamos. Le contestamos que íbamos al médico, pero que teníamos miedo de no llegar pronto a la consulta, porque era ya tarde. El padre Gabriel nos dijo sencillamente: “Vayan tranquilas que yo las encomiendo a mi ángel de la guarda”.

Al llegar a la puerta del hospital, nos viene al encuentro un joven, lo recuerdo perfectamente. Tenía un abrigo, que le llegaba a las rodillas, pantalones largos y, sobre todo, un rostro tan límpido y puro... Aparentaba unos 25-30 años. Nos dice: “Ustedes van a consulta con el doctor tal (no recuerdo su nombre)”. Sí, le contestamos, un poco extrañadas de que supiera dónde íbamos. Nos dice: “Vengan conmigo”. Le confiamos nuestro temor de no ser atendidas pronto. Y nos contesta: “Yo las acompaño”. Vamos con él al consultorio. La sala de espera está llena de gente. El joven toca la puerta del consultorio y entra. Sale después de unos minutos y nos dice que el doctor nos atiende las primeras, cuando salga el paciente que está atendiendo.

Sale el paciente y el doctor nos atiende. Terminada la consulta, queremos agradecer al joven. ¿Quién era? ¿Un enfermero? Todos se miran. Nos dicen que nosotras entramos solas y que no vieron a nadie que nos acompañara ni que entrara y saliera del consultorio. Nosotras concluimos que era el ángel del padre Gabriel. No lo vimos más. Pero su rostro lo tengo todavía grabado en mi memoria; sobre todo, su expresión extraordinariamente límpida y luminosa. En el cielo lo reconoceré pronto.

La misma religiosa me contaba que, en una oportunidad, ante una emergencia, el ángel había preparado la comida de la Comunidad.Otras veces, en que se había olvidado de cerrar la puerta de la reja, que comunica el coro con la iglesia parroquial, cuando ella iba corriendo a cerrarla, ya estaba cerrada y las llaves en su lugar. Y ninguna de las otras religiosas lo había podido hacer.

Más ejemplos. Una religiosa me decía confidencialmente que sólo había visto una sola vez a su ángel. Había una gran tempestad y yo estaba sola en el campo. Me refugié en una cabaña, llorando, porque me sentía muy sola. De improvisto, he visto una figura alta, como de dos metros, hecha de luz, con las manos juntas a la altura del pecho. No me ha dicho nada, pero ha abierto sus grandes alas, que tenía a la espalda y me ha cubierto completamente como para darme tranquilidad. Ha sido un segundo, pero ha sido suficiente para darme paz y tranquilidad.

Otra religiosa me escribía: Un día, cuando estaba esperando para confesarme, llamé a mi ángel para darle un encargo. Sentí su presencia junto a mí y me dijo que NO. Yo le pregunté por qué y me dijo que porque el confesar tenía mucha prisa. Le respondí: “Entonces, que sea para otra vez”. Y me respondió: “NO puede ser, porque el padre va a ser cambiado a otra ciudad”. ¿Y quién me ayudará? “Pide ayuda al padre N.N.”. A este sacerdote nunca lo había conocido y ni siquiera sabía de quién se trataba.

Después vi a mi ángel junto al confesor con un resplandor maravilloso. Cuando me tocó el turno de confesarme, le dije al confesor si podía preguntarle algo y él me dijo que no, porque tenía mucha prisa. Comprendí que mi ángel tenía razón. Al mes, fue cambiado a otra ciudad. Y, después de un tiempo, vi al sacerdote, cuyo nombre me había dado el ángel y que vino a ser mi director espiritual y confesor de la Comunidad.

Veamos ahora el hermoso testimonio de una de mis hermanas espirituales.

Un domingo estaba sentada en la huerta del convento, disfrutando de las maravillas del paisaje, de las bellas flores, de los pajaritos... De pronto, vi a un niño que paseaba por allí y se dirigía hacia mí. Era muy hermoso, con cabellos rubios rizados, con una túnica blanca hasta las rodillas y unos ojos azules claros. Su mirada era pura y su sonrisa era tierna e inocente. Aparentaba unos 5 ó 6 años. Se me acercó, mirándome y sonriéndome, y me colocó una flor sobre el libro que tenía yo en las rodillas. Yo le dije: “¿Es para mí, mi amor? Gracias”. Yo pensaba que era un niño de la familia de alguna religiosa de la Comunidad.

Le toqué su cabecita rubia con cariño y le pregunté: “¿Cómo te llamas?”. Pero él, sonriendo, se fue alejando sin decir nada. Yo lo llamé: “Espera mi amor. Te quiero dar un besito”. Me levanté para seguirlo; pero, al bajar la vista para dejar en el asiento el libro que tenía en las rodillas, desapareció de mi vista. Fui a ver, pero era imposible que hubiera salido de la huerta, pues la puerta estaba a unos 50 metros. Ni corriendo muy rápido podría haber llegado.

Regresé a mi asiento y, al abrir el libro, que era “Ángeles en acción”, me di cuenta que había sido un ángel. Mi angelito me dijo que había sido el ángel de cierta persona muy conocida y querida para mí. Yo le dije a mi ángel que era muy pequeño para cuidar de una persona tan grande. Y mi ángel me respondió que los ángeles se manifestaban como desean de acuerdo a las circunstancias, pero que tienen la fuerza de gigantes.

Alguna vez me ha dicho que en todas las misas se celebra la perpetua navidad de Jesús. Los sagrarios deberían ser tronos de adoración perpetua. Donde hay un grupo de almas eucarísticas en adoración a Jesús, baja del cielo, sobre ese pueblo o ciudad, un poderoso haz de luz de bendiciones. Me dijo que ellos, cuando hablan de la Virgen María, le dicen: Mi Reina o Reina de los ángeles. Me recomendó que, cuando comulgara, lo hiciera también para reparar por aquellas almas que rechazan a Jesús Eucaristía, no lo conocen o no lo aman. Y que adorara a Jesús en la hostia consagrada por todos los que no lo hacen.

Otros testimonios. En el año 1957, nosotras recorríamos la ciudad para recoger las suscripciones con que nos ayudaban algunos bienhechores. Un día, me mandaron con otra hermana. Yo tenía 22 años y ella 24. Nos encomendamos a la Virgen y al ángel de la guarda. Llegamos al metro y no sabíamos qué tren coger. Llegó uno con dirección a Tarrasa, pero no lo quisimos tomar. Vino otro con dirección a Sabadell y tampoco lo cogimos. Llegó un tercer tren y, ante nuestra sorpresa, salió del último vagón un hombre que se acercó a nosotras y nos dice: “Hermanas, van a Padua, tomen el tren que va al Tibidabo”. Y se volvió a subir a su mismo tren. Nosotras nos miramos y pensamos si sería nuestro ángel de la guarda. Nos sentimos muy felices y, al volver a la Comunidad, se lo contamos a todas como un hecho sobrenatural.

Otro caso. El año 1965 acompañaba a otra hermana joven a la casa de una tía. Su casa estaba en el barrio chino, lleno de prostitutas. Al querer entrar, vimos en la esquina un niño, que nos dice: “Hermanas, no vayan por esta calle. Yo les acompaño”. Nos hablaba de modo que daba gusto oírle y nos acompañó hasta la casa de la tía, que nos estaba esperando en el balcón. Al vernos dio un grito, diciendo:

Pero ¿por qué calle vienen?

Nos recibió muy bien y le hablamos del niño. Y nos dijo:

Por aquí no hay niños. Será el ángel de la guarda.

Otras veces, he palpado la ayuda de mi ángel a quien siempre me encomiendo. Cuatro veces, al ir a atender enfermos por la noche, me han quitado el bolso con los libros, labores y lo que llevaba. Las cuatro veces encontré el bolso o cartera de mano; me lo traían a casa. Mi ángel está siempre atento a todas mis necesidades y yo lo quiero mucho.

Veamos más testimonios:

- Una vez, después de comulgar, vi a mi ángel junto a mí, rostro en tierra, adorando a Jesús. Otra vez, lo vi de rodillas junto a mí, muy inclinado en actitud de adoración. En otra ocasión, se puso a un lado y yo le dije que quería que me ayudase a dar gracias a Jesús. Él me dijo: “Yo no soy el esposo, sino el amigo del esposo”. Él siempre me ayuda para poder recibir dignamente a Jesús en la comunión y me acompaña con su adoración.

- En nuestro convento hay una celda que se llama la “celda de los ángeles”. Según se lee en la historia del convento y las monjas lo han transmitido unas a otras, había cerca de nosotras otro convento de frailes carmelitas. Cierta noche, un fraile vio, desde su convento, que por la ventana de la citada celda entraban y salían muchos ángeles. Al día siguiente, se lo comunicó a las religiosas y resultó que esa misma noche, en esa misma celda, había muerto una santa religiosa. Desde entonces, a esa celda se le llama “celda de los ángeles”.

- Tendría yo unos 12 años, una noche, nada más acostarme, apagué la luz como de costumbre, quedando la habitación totalmente a oscuras. De pronto, vi un resplandor mayor que la claridad del día, pues era muy distinto de la luz del sol. Este resplandor apareció donde yo sabía que era la pared. Con algo de miedo me quedé mirando, pero era algo extraño, pues en ese resplandor aparecía una figura humana que, a primera vista, me pareció la de un niño muy hermoso y pensé que era un ángel. Después, desapareció... Hasta el día de hoy, nunca me olvido tal y como lo vi. ¿Sería mi ángel bueno? Era tan sumamente bello como nunca he visto nada en mi vida. ¡Lo pude mirar tan poco! Ahora quisiera verlo y no lo veo.

Un amigo me escribió su testimonio: Estaba sentado una noche en la mesa del comedor, repasando las materias estudiadas en el colegio, cuando, de pronto, pude observar una figura en forma de hombre, de pie, detrás de mi hombro derecho. No se dejaba ver por completo. Yo trataba de voltear hacia atrás para sorprenderlo, pero él era siempre más rápido que yo. Era mi ángel de la guarda. Desde esa noche, empecé a sentir una profunda paz que jamás antes había experimentado y todas las noches él me acompañaba y siempre estaba de pie, observando todo lo que yo hacía. Las veces que yo trataba de verlo de frente se escondía, pero siempre podía observar su linda sonrisa con la que me saludaba. Sonrisa de paz, de amor, de tranquilidad y quietud. Él estuvo conmigo de esa forma por mucho tiempo.

Un día, se dejó ver de frente, cara a cara, muy rápidamente y pude observar toda su esplendorosa belleza y, sin decir nada, nos dijimos buenas noches y, sin pronunciar palabra, se retiró. Creo que esa fue la última vez que lo vi. Por supuesto que no se ha ido del todo, pues sigo sintiendo su presencia en mis momentos especiales y le pido a él por mis hijas para que las proteja y las guíe como lo hizo conmigo. Y a ellas les inculco que lo llamen todos los días y que ellas hagan lo mismo con sus hijos.

No sé por qué no se deja ver más. Quizás se escondió desde el momento en que perdí mi inocencia. Pero entonces no fue él quien se escondió, sino que fui yo quien lo dejó de ver a él.

- Una pareja de esposos italianos iba de viaje a Santa Severa con su perro. En el trayecto, el coche se averió. La esposa oró al padre Pío para que le enviara su ángel a ayudarlos. A los diez minutos, vieron acercarse un coche del que salió un joven vestido normalmente, que dijo que quería ayudarles. Vio el motor y dijo que el radiador estaba sin agua, porque estaba agujereado. Le dijo al esposo:

Tome el bidón y vaya por agua. Aquí cerca hay una casa, donde hay una fuente.

El esposo se alejó para recoger el agua, mientras el joven tapó el hueco del radiador. Es de notar que el perro, que solía ladrar ante la vista de cualquier extraño, estuvo todo el tiempo totalmente tranquilo. Al llegar el esposo con el agua, llenaron el radiador y el joven les dijo:

Ahora pueden ir a su casa, pero mañana hagan reparar el radiador.

El joven subió a su coche y, al poco tiempo, desapareció sin dejar rastro, a pesar de que iba delante de ellos. Entonces, recordaron también que su coche no tenía matrícula. La próxima vez que pasaron por aquel lugar de la avería, fueron a visitar la casa, donde había recogido el agua de la fuente y nunca la pudieron encontrar. El mismo padre Pío les confirmó de palabra que había sido un ángel enviado por él.

Una religiosa, que ya ha llegado al matrimonio espiritual, me decía: Yo veo a mi ángel con una mirada interior, lo siento a mi lado derecho y le dejo sitio. Es una mirada intelectual, muy fuerte y clara, que veo en mi interior. ¡Es bellísimo! Me tiende sus brazos y me cubre con sus alas. Lo contemplo con cariño y admiración. Él me cuida como a la esposa de Jesús. ¡Qué tierno y delicado es! Cada mañana, al levantarme, me uno a él y a todos los ángeles y les pido su ayuda. Hay ocasiones en que siento su presencia de un modo fascinante, extraordinario. Se me presenta como en adoración y me invita a unirme a él para adorar a los TRES en silencio.

Cada día él se encarga de enseñarme a hacer el bien a mi alrededor, aunque sólo sea con una sonrisa. Estoy segura de que el ángel me lleva de la mano y me avisa de lo que debo evitar y me dice lo que debo hacer para amar más a Jesús y a los demás.

La Madre Stefania, carmelita descalza del monasterio de Locarno Monti, en Suiza, cuenta que una religiosa de su convento estaba muy grave, en coma. Después de una semana de estar así, de pronto, se despertó y dijo: Hay muchos ángeles, son jóvenes y sonríen. Después, cayó de nuevo en coma y, al cabo de una semana, se despertó diciendo: La Virgen viene a llevarme a Casa. Y así fue, pues levantando los ojos a lo alto con una sonrisa celestial, expiró.

El siervo de Dios Monseñor Aurelio Bacciarini, el santo obispo de Ticino, que antes de ser obispo estuvo muchos años junto al beato Guanella y le sucedió como superior general de su Obra, tenía mucha devoción a los ángeles. Decía: Cuando entro a una iglesia, saludo a Jesús sacramentado y después a los ángeles que le adoran. Cuando voy por la calle, saludo a los ángeles de las personas que encuentro. Cuando paso por una provincia, saludo a su ángel custodio… y digo muchas veces: “Ángeles y arcángeles de Dios, interceded por nosotros.

En un lugar de Suiza se celebraba la feria anual. El pueblo se llamaba san Martino, en Mendrisio, cantón de Ticino. Un niño de cinco años acudió con su padre. En una de las tiendas vio una estampa del ángel de la guarda y el niño le pidió a su papá que se la comprara. La puso bajo su almohada y así su ángel velaba sus sueños cada día. A los once años, fue al Seminario y su estampa del ángel siempre le acompañaba. Por fin, llegó a ser sacerdote y, en las diferentes parroquias en que ejerció su ministerio, siempre llevaba con devoción su estampita.

Cuando ya era anciano, un día se le cayó al suelo la estampa con su marco de vidrio; el vidrio se rompió y la estampa, ya arrugada también se maltrató. El buen sacerdote lloró de emoción ante aquella estampa que le había acompañado durante tantos años; la recompuso como pudo y siguió con ella hasta la muerte. Aquella estampa era para él la presencia viva de su ángel, que siempre lo acompañaba.

Una hermosa niña de cinco años y medio comenzó a invocar a su ángel custodio desde que sus abuelos le enseñaron la oración al ángel. A los ocho años, un día, tenía que dar sus exámenes en la escuela. Las matemáticas eran su problema, porque se ponía muy nerviosa. El primer día, el examen de matemáticas fue un fracaso total. Para el segundo día estaba asustada y pensó en no ir a la escuela, pero oyó una voz dulce y cariñosa que le dijo: No tengas miedo, reza y superarás el examen. Ella, siguiendo el consejo de aquella voz, se encerró en un lugar solitario de la casa y rezó con devoción a Dios. Después, se fue tranquila y confiada a la escuela. Aquel día, el examen fue brillante, pues su problema era, sobre todo, de miedo y angustia.

Transcurrieron los años. Cuando tenía 18 años, un día subió a la cima del Trou des Romains, una antigua mina romana de Suiza. La subida fue fácil, pero a la bajada quiso ir por otro camino. Y, cuando se dio cuenta, ya era demasiado tarde para regresar por el camino conocido. Se vio ante la disyuntiva de pasar allí la noche o de seguir adelante y pasar por un lugar donde la montaña estaba cortada a pico y era muy difícil el paso, con peligro de caer y morir.

En ese momento, escuchó de nuevo la voz amiga del ángel que le dijo: Reza. Tomó el librito la Imitación de Cristo, que siempre llevaba consigo, y se detuvo a orar unos momentos. A continuación, avanzó despacio, agarrándose como podía a las hendiduras de las rocas hasta que pudo pasar y estar a salvo; encontrando rápidamente un camino que la llevó al pueblo cercano.

Desde los veinte años, comenzó a tener una especial devoción a san Miguel arcángel, con quien hizo un pacto de amistad y confianza. Ahora, ya llegada a la edad madura, sigue caminando por la vida con la ayuda de los ángeles.

Paola Giovetti, conocida periodista italiana y escritora de varios libros, cuenta que, cuando tenía tres o cuatro años, era una niña muy miedosa. Era el tiempo de la segunda guerra mundial y, con frecuencia, era despertada de noche para llevarla a los refugios antiaéreos. Y dice:

Una noche me desperté y en la oscuridad de la habitación vi una claridad frente a mí. Me senté para ver mejor y me di cuenta de que había un hombre joven, vestido con una túnica blanca, cabellos castaños largos y ojos grandes oscuros, que me miraba con amor. No tuve ningún miedo y me sentía feliz de mirar aquella figura luminosa que me infundía un sentimiento de paz y seguridad. Después, la aparición se desvaneció lentamente, la habitación volvió a estar oscura y yo me dormí serenamente.

Muchas veces, me preguntaba quién sería aquel personaje. Probablemente, era un ángel, aunque no tenía alas. Me dio una gran protección y seguridad. Mi familia, a pesar de los sucesos de la guerra, salió indemne de todos los problemas y hasta ahora sigo sintiendo una sensación de guía y protección en las diversas circunstancias de la vida.

La amistad con nuestro ángel es algo muy importante en la vida. Es un amigo, que siempre nos acompaña y nunca nos deja solos. Dios lo ha puesto a nuestro lado para que nos guíe, nos proteja y nos defienda de todo mal.

Por eso, la Virgen María, nuestra Madre, le decía al padre Esteban Gobi, fundador del Movimiento sacerdotal mariano, aprobado por la Iglesia: Sientan siempre junto a ustedes a los ángeles de Dios e invoquen con frecuencia su ayuda y protección. Ellos tienen una gran fuerza para defenderlos y para sustraerlos de las insidias de Satanás (8 de setiembre de 1979).

Los invito a confiar cada vez más en los ángeles del Señor. Tengan con ellos una afectuosa intimidad, porque están más cerca de ustedes que los amigos y personas más queridas. Caminen a la luz de su invisible, pero segura y preciosa, presencia. Ellos ruegan por ustedes, caminan a su lado, los sostienen en la fatiga, los consuelan en el dolor, velan sobre su reposo, los toman de la mano y dulcemente los atraen al camino que les he trazado. Rueguen a su ángeles custodios y vivan con confianza y serenidad (29 de setiembre de 1981).

Junto al sagrario están los ángeles, dispuestos en sus nueve coros de luz, para cantar la Omnipotencia de la Santísima Trinidad con diversas modulaciones de Armonía y de Gloria, como si quisieran exteriorizar en grados diferentes su Grande y Divino poder (8 de agosto de 1986).

ÁNGELES DEL MÁS ALLÁ

Veamos algunas experiencias de niños y adultos que han sido dados clínicamente por muertos y, en el umbral de la muerte, han tenido experiencias del más allá.

a) Niños

Un niño de dos años, como resultado de un medicamento que le inyectó el médico, tuvo una reacción alérgica de tal violencia que el médico llegó a declarar que estaba muerto. Después de un tiempo, reaccionó y con palabras que podían haber sido de un hombre anciano, dijo: “Mamá, yo estaba muerto. Estaba con Jesús y María. María me dijo repetidas veces que mi tiempo aún no había llegado y que yo debía volver a la tierra. Pero yo no quería creerle. Y como ella veía que yo no quería escucharla, me tomó suavemente de la mano y me alejó de Jesús, diciendo: Pedro debes de volver”. En ese momento, volvió a abrir los ojos y añadió con sus propias palabras: “Sabes, mamá. Cuando me dijo eso, volví corriendo hacia ti”.

Los seres que encontramos en la vida después de la muerte, son aquéllos a los que más quisimos y que murieron antes que nosotros. Somos acogidos por nuestros padres y amigos del más allá y por nuestros guías espirituales o ángeles de la guarda.

El doctor Melvin Morse, que ha entrevistado a más de 70 niños, reporta el siguiente caso: Cuando Jamie Untinen tenia 5 años, ella “murió” de meningitis. Más tarde, ella pintó un dibujo de lo que ella vio: Tres ángeles con Jesús. Él estaba muy hermoso y le dijo que debía regresar.

Un niño de tres años relató su experiencia con sus pocas palabras. Brian había tenido un accidente al haber quedado atrapado debajo de la puerta del garaje de su casa. Y se sintió salir de su cuerpo. Y dice: Yo empecé a llorar, porque me dolía demasiado. Y entonces vinieron los pajaritos (ángeles). Los pajaritos hicieron un sonido como de agua y entraron volando en el garaje. Ellos me cuidaron. Un pajarito vino a avisarte, mamá. Ellos vestían de blanco, todo de blanco. Ellos me dijeron: El bebé estará bien.

Y nos fuimos de viaje muy lejos. Volamos tan rápido como el aire… Ellos eran tan bonitos, mami. Y hay muchos, muchos pajaritos, y ellos me trajeron de vuelta a casa y vi un gran camión de bomberos y una ambulancia que estaba allí. Los pajaritos me dijeron que fuera con la ambulancia y que ellos estarían cerca de mí... Y vi una luz muy brillante y yo la amaba mucho. Y la luz me abrazó y me puso los brazos a mi alrededor, diciéndome: Te quiero mucho, pero tienes que volver. Tú tienes que jugar al baseball y contarles a todos acerca de los pajaritos. Y la persona de la luz brillante me besó y me dijo adiós con la mano”.

Un niño de tres años, que cuenta muchas veces su historia con algunos detalles más o menos, pero siempre la misma, no miente. A todos los que podía, les hablaba de los pajaritos (www.nderf.org /spanish).

Dice el famoso doctor Raymond Moody: Un niño de nueve años me contó que, después de “morir”, flotó fuera de su cuerpo y miró hacia abajo, viendo cómo el médico apretaba su tórax para volver a poner en marcha su corazón. Sam tuvo la experiencia de moverse hacia arriba muy rápidamente. Entonces, pasó por un túnel oscuro y se encontró al otro lado con un grupo de ángeles. Eran resplandecientes y luminosos y parecían quererlo mucho.

La doctora Diana Komp, profesora de pediatría en la universidad de Yale, en USA, dice: He ayudado a muchos niños a morir. Un día estaba sentada, consolando a la familia de una niña de 7 años que estaba muriendo de leucemia. La niña dijo: “Los ángeles son muy hermosos. Mami, ¿puedes verlos? ¿Oyes cómo cantan? Yo nunca he oído una canción tan bella”. Y, a continuación, murió. La palabra que yo sentí era regalo. Eso fue un regalo para sus padres: saber que su hija moría feliz en compañía de los ángeles.

Kurt, de 7 años, tenía una severa distrofia muscular, no podía respirar bien y necesitaba respirar oxigeno de una bomba para vivir. Su enfermedad se agravó y desarrolló una neumonía, que casi lo lleva al sepulcro. Su corazón se detuvo y los médicos tuvieron que darle masajes al corazón. Cuando hablé con Kurt, horas después de su resucitación, él tenía mucha paz. Me dijo que había visto un mundo sin sufrimientos. Cuando su corazón se detuvo salió de su cuerpo, viendo cómo los médicos y enfermeras estaban tratando de reanimarlo.

Y dijo: Después, todo quedó a oscuras y vi ángeles. Estaba en un lugar maravilloso con flores y arco iris, donde todo era blanco como si tuviera luz propia. Yo hablé con varias personas, mientras estuve allí, incluso hablé con Jesús, que deseaba que estuviera con Él. Yo quería quedarme allí, pero decidimos que debía regresar y ver a mis padres de nuevo. Por eso, ahora no tengo miedo de regresar a ese lugar.

Una niña de nueve años, a la que llamaré Nina, tuvo una experiencia durante una operación de apendicitis. De repente, se encontró contemplando su cuerpo desde una determinada distancia. Y dice: Les oí decir que mi corazón se había parado, pero yo estaba arriba mirando. Pude verlo todo desde arriba… Me fui a la sala de espera y vi a mi madre llorando. Le pregunté por qué lloraba, pero ella no podía oírme. Los médicos pensaron que yo había muerto. Entonces, una señora muy bonita me ayudó, porque sabía que yo estaba asustada. Pasé por un túnel y llegué al cielo. Allí hay unas flores muy bonitas. Estuve con Dios y con Jesús. Dijeron que yo tenía que volver a estar con mi madre, porque ella estaba muy apenada. Dijeron que yo tenía que terminar mi vida. Así que regresé y desperté.

Veamos el caso de una niña de diez años que se encontraba en un hospital de Pennsylvania (USA), recuperándose de una neumonía. La madre vio que la hija parecía estar muriéndose y nos llamó a las enfermeras. Contó que la niña acababa de decirle que había visto un ángel que la había tomado de la mano, muriendo inmediatamente. Nos asombramos, pues no había ningún signo de muerte inminente. Estaba serena y en calma. Nos quedamos muy impresionadas.

El doctor Raymond Moody dice que habló con Jason, un jovencito de 14 años. A los 11 años había tenido su experiencia del umbral de la muerte. Él dijo: Estaba montando en bicicleta y no vi venir a un coche que me atropelló. De repente, estaba mirando hacia abajo, hacia mí mismo. Vi mi cuerpo debajo de la bicicleta. Yo estaba arriba… Vino una ambulancia y yo traté de seguirla. Estaba encima de la ambulancia, siguiéndola. Pensé que estaba muerto. Miré a mi alrededor y, entonces, me encontré en un túnel. Al final había una luz brillante. El túnel pareció subir cada vez más. Salí al otro lado del túnel. Había un montón de gente en la luz, pero yo no conocía a nadie. Les hablé del accidente y me dijeron que tenía que regresar. Dijeron que aún no había llegado mi hora y tenía que volver con mi padre, mi madre y mi hermana.

Yo estuve en la luz durante mucho tiempo. Me pareció mucho tiempo. Sentí que todo el mundo me quería allí. Todo el mundo era feliz. Siento que la luz era Dios... Cuando estuve en la luz, no quería regresar… Las dos personas que estuvieron conmigo en el túnel (ángeles) me ayudaron tan pronto como llegué allí. Yo no sabía dónde estaba exactamente, pero quería alcanzar esa luz que había al final. Ellas me dijeron que iba a estar bien y que me llevarían a la luz. Pude sentir el amor que procedía de ellas. Cuando llegué a la luz, pude ver sus rostros. Es difícil de explicarlo, porque esto es muy distinto a la vida del mundo. No encuentro palabras para explicarlo. Me pareció que llevaban ropas muy blancas. Todo estaba iluminado.

Otro caso. Dean tenía serios problemas de salud y debía recibir casi todos los días diálisis para limpiar su sangre. Un día se puso mal y sus padres lo llevaron al hospital a cuidados intensivos y le inyectaron epinefrine y otras drogas. Estuvo 24 horas sin conocimiento y, al volver, contó a los médicos lo que recordaba. Dijo que tenía una experiencia y que no tenía palabras suficientes para describirla. Dijo que era una experiencia sobrenatural. Me dijo:

“Yo estaba aparentemente echado en una cama en cuidados intensivos, cuando, de repente, me encontré flotando encima de mi cuerpo y pasé por un túnel. Yo sentía que me movía a mucha velocidad. Yo sabía que iba a algún sitio, pero no sabía a dónde. También sabía que había alguien al final del túnel. A cierto punto del túnel, unas luces comenzaron a brillar a mi alrededor. También me di cuenta que alguien estaba conmigo. Él era muy alto y vestía de blanco con un cinturón. Su pelo era dorado y, a pesar de que no dijo nada, yo no tenía miedo, porque irradiaba paz y amor. No era Cristo, pero yo sabía que había sido enviado por Cristo. Era probablemente uno de sus ángeles, enviados para llevarme al cielo”.

Pero, de pronto, se sintió que regresaba a su cuerpo. Él me dijo: “Yo sé que regresé, porque tengo un propósito que cumplir en la vida”. Como resultado de su experiencia, toda su familia se ha acercado más a Dios.

Glenn Perkins se despertó una mañana a las 3:30 a.m., en junio de 1959. Había soñado que su hija estaba gravemente enferma, se encontraba en el hospital y tenía necesidad de él. Llegó al hospital a las 5:00 a.m. En ese momento, en la habitación 336, el médico del hospital de Indiana, USA, certificaba la muerte de Betty. Glenn subió las escaleras y, cuando llegó a la habitación, encontró el cuerpo de su hija cubierto ya por una sábana. Y se puso a rezar. Mientras tanto, Betty salía de su cuerpo y veía una colina bellísima, subiéndola sin esfuerzo. Dice: En ese momento, me he dado cuenta de que no estaba sola. A mi izquierda, había una figura masculina un poco detrás de mí, vestida de blanco… Me di cuenta de que no era un extraño, pues me conocía. ¿Dónde nos habíamos encontrado?

Mientras caminábamos juntos, he sentido la voz de mi padre que gritaba: “Jesús, Jesús”… Pensé en regresar para encontrarme con él… El ángel se colocó delante de mí y ha posado su mano sobre una puerta que no había visto antes. Detrás de la puerta, había como un sendero de colores dorados cubiertos de vidrio o agua. Sentí la presencia de una persona y he entendido que era Jesús. Su luz me envolvía totalmente y todo mi ser estaba absorbido por aquella luz. Era una luz poderosa, penetrante y afectuosa. El ángel me dijo: “¿Quieres entrar y unirte a ellos?”. Todo mi ser deseaba entrar y le dije: ¿Puedo escoger? Entonces, me acordé de la voz de mi padre y pensé en regresar para encontrarlo. Y comenzamos a descender la maravillosa colina, mientras el ángel caminaba a mi izquierda.

Betty despertó en su habitación, cuando todos la daban ya por muerta. Después de algunas semanas en cuidados intensivos, estaba muy enflaquecida y manifestó su deseo de comer; Sin embargo, el personal del hospital se lo impidió formalmente. Pero Betty tomó algo de comer y se lo comió sin consecuencias. Algunos días después, Betty dejó el hospital en perfecta salud.

El doctor Melvin Morse describe esta hermosa experiencia: Yo estuve junto al cuerpo sin vida de Katie, de 9 años, en la unidad de cuidados intensivos, y me preguntaba si aquella niña podría sobrevivir. Unas horas antes, ella había sido encontrada flotando en una piscina de YMCA. Ella, según mi opinión, tenía solamente un 10% de posibilidades de sobrevivir. Yo la resucité en emergencia después del accidente en la piscina. Y, a pesar de nuestros esfuerzos, yo estaba seguro de que moriría. Decidí hacerle un cateterismo y, como es algo difícil y sale mucha sangre, les pedí a sus familiares que esperaran fuera de la sala. Ellos me pidieron que les dejara en un rincón para poder rezar, mientras hacía mi trabajo. Los familiares se dieron la mano y comenzaron a rezar. Nosotros hicimos nuestro trabajo rápidamente y con nerviosismo… Tres días más tarde, se recuperó totalmente sin ninguna consecuencia negativa.

Su caso es uno de esos misterios médicos, que demuestran el poder de Dios. Cuando ella estuvo suficientemente bien, yo le hice un reconocimiento y le pregunté si recordaba algo y cómo había sido su accidente. Ella, que es una niña inteligente y hermosa, me dijo que había estado en una habitación grande y después ellos la llevaron a una habitación más pequeña, dándome detalles de la atención médica que no podía conocer, pues estaba en coma. Le pregunté sobre los recuerdos de la piscina. Y me dijo: “¿Se refiere a mi visita al Padre celestial?” Yo le dije: “Cuéntame algo del Padre celestial”. Y me respondió: “Yo vi a Jesús y al Padre celestial”.

Me dijo que su primer recuerdo fue de oscuridad y el sentimiento de que estaba pesada y no podía moverse. Después fue por un túnel y por el túnel vino Elizabeth. Elizabeth era alta y hermosa, con su pelo dorado y brillante. Ella la acompañó por el túnel, donde ella vio a su abuelo y a otras personas, entre los que estaban dos niños, Andy y Mark, que jugaron con ella y le presentaron a mucha gente. En un cierto momento de su viaje, a Katie le fue permitido dar un vistazo a su casa y vio a sus hermanos y hermanas, jugando con sus juguetes en sus habitaciones. Una de sus hermanas estaba peinando a su muñeca barbie y cantando una canción popular. Vio a su madre, preparando la comida en la cocina y vio a su padre sentado y preocupado. Cuando más tarde Katie les mencionó esto a sus padres, ellos quedaron impresionados por los detalles concretos que daba, que eran ciertos.

Finalmente, dijo que Elizabeth, que parecía ser el ángel guardián de Katie, la llevó a ver al Padre celestial y a Jesús. El Padre celestial le dijo si quería regresar a su casa. Y Katie le dijo que quería quedarse allí con Él. Entonces, Jesús le preguntó, si quería ver de nuevo a su madre y ella dijo sí. Y despertó.

Otro caso, es el de una niña que se mostraba lúcida en el instante en que, excitada, comenzó a señalar hacia el extremo de su cama. La madre refirió:

Le pregunté qué veía y me dijo que había un niño. No le asustaba su presencia. En realidad, le agradaba verlo. A lo largo de los días siguientes, mantuvo conversaciones con él, satisfecha de su compañía. Habida cuenta de todo lo que estaba pasando, parecía como si aquel niño, que sólo ella podía ver, contribuyese a proporcionarle firmeza. Creo que se trataba de un ángel.

En otro caso, una niña de doce años trató de suicidarse, disparándose en la cara con una escopeta. Quedó malherida, pero se curó después de ser operada varias veces de las heridas que se produjo. Contó que, tendida en su cama y a punto de morir, se le apareció un hombre de más de dos metros y le dijo que se pondría bien. Por su manera de hablar, la chica comprendió que había hecho algo malo al intentar el suicidio. Y dice: Se quedó a mi lado hasta que terminó la primera operación. No lo he vuelto a ver desde entonces, pero sé que sigue a mi lado todo el tiempo.

El doctor Melvin Morse, que ha estudiado muchos casos de niños, que han tenido experiencias del más allá, dice: En mis propias investigaciones he hallado a los ángeles como parte integrante de todo tipo de visiones. Al menos, la mitad de los niños de mis estudios ven ángeles de la guarda, en sus experiencias próximas a la muerte. He descubierto que los ángeles de la guarda prestan ayuda en tiempos de crisis, cuando una persona requiere fortaleza para su espíritu decaído.

b) Adultos

- Las enfermeras Maggie Callanan y Patricia Helley asistieron a una joven mujer de nombre Ángela, de 25 años, con un melanoma. Los médicos habían descartado ya toda posibilidad de curación. Ángela sabía bien que estaba a punto de morir y había dicho al personal que no quería ninguna ayuda espiritual de ningún sacerdote, porque era atea y no creía en Dios. Las enfermeras respetaron su deseo. Pero una mañana, Ángela llamó a la enfermera de guardia y le preguntó:

¿Ha venido alguien a mi habitación? No he visto a nadie. He visto a un ángel. Cuando me he despertado estaba un ángel sentado a mi lado.

Y manifestó que se había sentido atraída hacia aquel ser que irradiaba amor, calor y bondad. Se sentía contenta de saber que no moriría sola.

Nancy Meier era una hermosa mujer de 49 años, aunque parecía de 35. El año 1975 estaba en su jardín de San Luis, se subió a una escalera para podar la rama más alta de un árbol y perdió el equilibrio, cayendo al suelo. Se levantó, pensando que no había sido gran cosa, pero por prudencia fue al hospital para un examen. Y ella dice: “Cuanto más tiempo pasaba, peor me sentía”. Dos días después, las condiciones empeoraron mucho. Y descubrieron que el hígado estaba muy mal, y había gangrena en el intestino. Tuvieron que operarla de emergencia. Y tuvo la experiencia de salir de su cuerpo y entrar en el túnel. Dice: “A la salida del túnel, encontré tres seres de luz. Traté de ponerme delante de ellos y pensé: Muy bien, estoy muerta, pero ¿dónde están los ángeles? Ellos me respondieron con el pensamiento: “Tú no crees en los ángeles”. Y comencé a reírme, porque estaba absolutamente segura de que eran ángeles y ángeles de verdad. Era como una certeza que me habían infundido. Parecían llamas de una vela, pero cada una tenía una personalidad propia... Después, me encontré con la luz que me acogió con un amor infinito. Fundirse con esa luz era como volver a casa. Y mi vida comenzó a desfilar en tres dimensiones, y era todo real y sentía los efectos de mis acciones sobre los demás...

El ser de luz me preguntó: “Nancy, ¿quieres quedarte o regresar?” Prefería quedarme. Y le dije: “Si me quedo, ¿habrá diferencia respecto a mi familia?” Y la luz me respondió: “Sí, por tu hijo”. Entonces, he regresado por él.

- Robert Helm tuvo un paro cardíaco el 7 de noviembre de 1979 y pasó el túnel, dirigiéndose hacia la luz maravillosa, que lo esperaba al final. Se encontró junto a un maravilloso lago y vio una banda de ángeles cantando. Él era agnóstico y no creía en ángeles ni en cualquier ser celestial, pero, desde entonces, dice que no tiene miedo de morir, pues fue la más maravillosa experiencia de su vida.

- El doctor John Lilly estaba en un hotel de Chicago y, como se sentía mal, se inyectó una dosis de antibióticos, pero la aguja estaba mal lavada y contenía residuos de detergente, que afectaron su cerebro. Cayó en coma... Sintió que salía de su cuerpo y vio que, a lo lejos, aparecían dos puntos luminosos, llenos de amor. Dice: “Mientras se acercaban veo su presencia que penetra todo mi ser. Entiendo que son seres superiores. Me dicen que son mis ángeles custodios, que todavía no ha llegado mi hora, que siempre han estado conmigo en los momentos difíciles y que siempre están conmigo. Y me dicen que me recuperaré sin consecuencias”.

Después de dos meses de convalecencia, se recuperó totalmente del coma. El doctor John Lilly no sólo es médico, sino también científico, por lo que no podemos dudar fácilmente de su versión sobre su visión de los ángeles.

- El 25 de enero de 1959, Chuck Griswold, con otros compañeros, practicaba canotaje en un rápido de Skykomish en el Estado de Washington, cerca de la ciudad de Index. Dice: Era invierno y el agua estaba helada. Estábamos 23 en la balsa y vino el accidente al llegar a una cascada de unos 30 metros que no estaba prevista en el mapa. Sentí toneladas de agua sobre mi cuerpo... Me di cuenta de que la balsa estaba sobre mí... Y sentí que flotaba sobre la escena, viendo a algunos compañeros, que sacaban mi cuerpo del agua. Y vi a mi costado dos presencias... Las vi mucho tiempo después del accidente, en las operaciones quirúrgicas que me hicieron, por ejemplo, en la de hace 15 años, el año 1977. Mis ángeles custodios están siempre a mi lado y me dicen: “Vas por buen camino, no hagas eso”… Ahora tengo 57 años y puedo afirmar con seguridad que mis ángeles custodios me han salvado la vida varias veces. Por ejemplo, me habían propuesto un trabajo y los ángeles me dijeron que no lo tomara por ningún motivo. Seguí su consejo. El hombre que tomó ese trabajo murió la misma mañana que comenzó a trabajar. En otra ocasión, alguien me pidió unirme a un grupo de trabajo para dar consejos en materia de explosivos y ellos me dijeron que no aceptara. Tres semanas más tarde, cinco amigos, que habían aceptado trabajar allí, murieron por una explosión accidental.

- En 1920, Peter Johnson estaba gravemente enfermo en el hospital con la fiebre amarilla, vigilado por las enfermeras. Y dice: En un cierto momento, mi espíritu abandonó mi cuerpo y me vi flotando a unos tres metros del suelo. Miré hacia atrás y vi a alguien que me dijo:

¿No sabías que estaba aquí? No, ahora te veo. ¿Quién eres? Soy tu ángel custodio, que te he seguido constantemente en la tierra

- Betty Eadie cuenta su experiencia del umbral de la muerte, cuando estaba muy grave en el hospital. Salió de su cuerpo y se sentía libre, flotando sobre su cama. Vio su cuerpo tendido y reconoció que era el suyo. Dice: Yo estaba fascinada por el nuevo estado en el que me encontraba y me di cuenta de que había muerto. Pensé: “Me he muerto y nadie está aquí para saberlo”. Pero antes de que pudiera moverme, aparecieron de repente tres hombres a mi lado. Vestían hermosos y brillantes vestidos y uno de ellos tenía una capucha detrás de su cabeza. Los tres usaban un cinturón de oro. No tenía miedo. Los seres aparentaron tener unos setenta u ochenta años, pero yo sabía que su escala del tiempo era diferente de la nuestra. Yo sentía en ellos una gran espiritualidad, conocimiento y sabiduría. Ellos me hablaron… Y me explicaron que ellos habían sido mis ángeles guardianes durante mi vida en la tierra. Yo sentí que los tres eran especiales y eran mis ángeles. Me dijeron que había muerto prematuramente y me comunicaron un sentimiento de paz, diciéndome que todo saldría bien. Yo sentía su profundo amor por mí… De pronto, yo pensé en mi esposo y mis hijos, sintiéndome preocupada de cómo mi muerte les podría afectar. Pensé: ¿Cómo podrá mi esposo cuidar de nuestros seis hijos? ¿Cómo crecerán mis hijos sin mí? Yo sentí la necesidad de verlos de nuevo y con gran velocidad llegué a mi casa y me encontré en la sala de estar. Vi a mi esposo, sentado en su sillón favorito, leyendo el periódico. Vi a mis hijos corriendo por las escaleras y sentí mucha tranquilidad.

De nuevo, nos movimos hacia arriba y vi una luz a la distancia. Al acercarme, observé la figura de un hombre, con la luz a su alrededor. Era más brillante de lo que se puede describir, más brillante que el sol… Y sentí el más incondicional de los amores que jamás haya sentido y vi sus manos abiertas para recibirme. Fui hacía él y recibí un abrazo, mientras me decía a mi misma “Estoy en casa, finalmente estoy en casa”. Yo sabía que él conocía mis pecados y mis faltas, pero no le importaban. Yo sabía que era mi Dios, mi amigo y mi Salvador. Era Jesucristo, el que siempre me había amado. Él era el mismo amor y su amor me llenó de alegría y felicidad. De nuevo, abrió sus brazos y me dejó ir diciéndome: “Todavía no es tu tiempo”.

Hasta entonces, no sabía que mi vida tuviera un propósito concreto. Ahora me daba cuenta que tenía una misión, aunque no sabía cuál era. Pero sabía que mi vida en la tierra tenía un sentido. Yo tenía una razón para existir y yo debía regresar.

- Beverley Brodsky había crecido en un ambiente familiar materialista. En julio de 1970, debido a un accidente de moto, se fracturó el cráneo y varios huesos. Estuvo dos semanas en un hospital de Los Ángeles… Sintió que flotaba en su habitación, mirando a su cuerpo desde arriba. De pronto, un ser de luz la envolvió con una fuerte luminosidad. Y ella dice: “Un ángel de luz gentilmente me dio su mano y con él viajé una larga distancia hacia la LUZ divina. Aquella LUZ era todo amor, compasión, sabiduría y verdad. Y desde lo profundo de mi alma, surgió la certeza: “Yo, exactamente yo, estoy en la presencia de Dios”. Entonces, le he dirigido varias preguntas, pidiendo explicación por tantas injusticias que había visto en el mundo. Me di cuenta de que Dios conoce todos nuestros pensamientos… Recuerdo la respuesta: “Hay una razón para todo lo que sucede”… De pronto, sin saber cómo ni por qué me encontré dentro de mi cuerpo, pero me sentía como en éxtasis, llena de alegría y amor.

- Un hombre de unos 40 años tuvo una experiencia más allá de la muerte. Su enfermera escribió: Estaba totalmente consciente y con baja temperatura. Era una persona religiosa y creía en la vida después de la muerte. Nosotros esperábamos que moriría pronto y él probablemente también, pues nos pedía que rezáramos por él. En la habitación, donde él estaba, había una escalera que comunicaba con el segundo piso. De pronto, exclamó: “Miren, los ángeles bajan por las escaleras. El vaso se ha caído y se ha roto”. Todos los que estábamos con él miramos hacia las escaleras, donde habían puesto un vaso en uno de los escalones. Cuando fuimos a ver, vimos que el vaso estaba roto en miles de pedacitos sin causa aparente. El vaso no se cayó, simplemente explotó. Nosotros no vimos a los ángeles, pero el paciente tenía una expresión de paz y de felicidad extraordinaria y, a los pocos minutos, expiró.

- Maurice Rawlings , en su libro Beyond death´s door, nos cuenta el caso de un hombre cuyo marcapasos no funcionaba bien y fue al hospital para que se lo cambiaran. De pronto, se dio cuenta de que el corazón empezaba a perder latidos. Cayó inconsciente. Dice: Recuerdo haber gritado: ¡Emergencia, emergencia! Y he salido de mi cuerpo. Me parecía que una enfermera me había tomado por detrás y habíamos ido volando por la ciudad, andando velozmente. Pero me di cuenta que no era una enfermera, pues vi sus pies y la punta de un ala moverse detrás de mí. Estaba seguro de que era un ángel. Después, el ángel me dejó en una calle de una ciudad fabulosa, donde los edificios resplandecían de oro y plata, y los árboles eran magníficos. Una luz maravillosa iluminaba el paisaje. En aquella ciudad, encontré a mi madre, a mi padre y a mi hermano. Y, cuando iba a su encuentro, el ángel me regresó a mi habitación del hospital, donde observé desde lo alto que los médicos estaban trabajando en mi cuerpo. Personalmente, no creo que se pueda permanecer siendo ateo, después de una experiencia como ésta.

- Cuenta el doctor Melvin Morse: El doctor Frank Oski, profesor de pediatría y alumno mío en la John Hopkins University, tuvo una experiencia extraordinaria… Una noche se acostó, pensando en el destino de uno de sus pacientes moribundos. Aunque había hecho cuanto estaba de su parte, el niño no mejoraba. Se sentía impotente y se durmió preguntándose por qué tenía que morir aquel pequeño.

Cosa de una hora después, le despertó una luz tan brillante como la del sol, que hizo resplandecer su habitación en el centro de aquella luz, Oski pudo distinguir la silueta de una mujer. Tenía alas en la espalda y parecía tener unos veinte años. Con voz serena y tranquilizadora, la mujer explicó al atónito Oski por qué tenían que morir los niños. El ángel (no sé llamarlo de otro modo) afirmó que la vida constituye un ciclo de progreso y que los seres humanos distan aún de ser perfectos. Declaró que a la mayoría de las personas se les revela este secreto cuando mueren, pero que los niños, gravemente enfermos, lo conocen, soportando sus males sin quejarse, pues saben que cesarán. Algunos pequeños, dijo, se enfrentan además con el reto de enseñarnos a amar a los demás. El amor de un niño, aseguró el ángel, ensancha nuestra humanidad y constituye una importante lección para todos nosotros.

El doctor Raymond Moody dice: Algunos de los entrevistados por mí han llegado a creer que los seres con los que se encontraban eran sus ángeles guardianes. A un hombre el espíritu le dijo: Te he ayudado en este estado de la existencia, y ahora te haré pasar a otro. Una mujer me dijo que, mientras estaba abandonando el cuerpo, detectó la presencia de seres que se identificaron como ayudantes (guías) espirituales.

En su experiencia fuera de su cuerpo, los pacientes moribundos son conscientes de la presencia de seres que los rodean, los guían y los ayudan. Los niños los llaman compañeros de juego. Las iglesias los llaman ángeles custodios. Muchos investigadores los llaman guías espirituales. No importa el nombre que les demos, lo importante es saber que cada ser humano, desde el momento de su nacimiento hasta el final de nuestra existencia física, está en la presencia de estos guías o ángeles guardianes, que nos esperarán para ayudarnos en el paso de esta vida al más allá. También encontraremos a aquellos que nos precedieron y nos han amado en este mundo. Nosotros no moriremos solos.

ÁNGELES EN EL PURGATORIO

La venerable Madre María de Jesús de Ágreda (1602- 1665) escribió: El día dos de noviembre de este año de 1645, estando en maitines y oficio, que hace la Iglesia por los difuntos, se me manifestó el purgatorio con gran multitud de almas, que estaban padeciendo y me pedían que las socorriese… Llegada la noche, vi algunos ángeles en la celda con grande hermosura y me dijeron que iban al purgatorio a sacar el alma de la reina, por quien yo había pedido…Y los ángeles la llevaron al eterno descanso, que gozará mientras Dios sea Dios.

A los siete u ocho días de la muerte de su Alteza, estando en el coro, en la oración de la comunidad, se me apareció su alma un día tras otro y me dijo: “Sor María, el ángel santo de mi guarda, que es el que me ha consolado desde que se apartó mi alma del cuerpo, me ha declarado cómo ayudaste a mi madre, la reina, en el purgatorio; y me ha encaminado por voluntad divina y traído a tu presencia para que te pida tus oraciones y las de las religiosas y que me socorras como a mi madre”… El ángel que la acompañaba era de superior jerarquía, de hermoso y admirable semblante… Muchas veces, conocía que su alma estaba con su ángel, en todas estas ocasiones, así el alma como el ángel, me encargaban y pedían que rogase por su descanso.

Santa Verónica Giuliani (1660-1727) escribe en su Diario: Mi ángel me obtuvo la gracia de que me hablase un alma del purgatorio, que me dijo: “Ten compasión de mí”. La encomendé a la Virgen y me pareció ver la dicha de esa alma, que me dijo: “Ahora he sabido que pronto saldré de aquí por vuestra caridad. GRACIAS”.

La beata Isabel Canori Mora (1774-1825) escribe en su Diario: El dos de noviembre de 1822, oré al señor con fervor por los difuntos… Se aparecieron tres ángeles que me acompañaron al purgatorio. Al día siguiente, fui a la iglesia y estuve más de tres horas, orando por las almas del purgatorio, y el Señor se dignó mostrarme el triunfo de su misericordia y vi a aquellas almas en filas, acompañadas de sus ángeles custodios, entrando triunfantes en el cielo.

Santa Gema Galgani (1878-1903) escribe: Ayer por la mañana, después de la santa comunión, Jesús me dijo que hoy, después de media noche, volaría al cielo el alma de la Madre María Teresa… Y efectivamente así fue… Vi llegar a la Virgen, acompañada de su ángel de la guarda. Teresa me dijo que su purgatorio había terminado y que se iba al cielo. Estaba muy contenta. Vinieron a buscarla Jesús, María y su ángel de la guarda.

Santa Gema rezaba cada día por las almas del purgatorio y su ángel la estimulaba en este deseo de liberar a las almas purgantes.

Santa Faustina Kowalska (1905-1938) escribe en su Diario: Un día vi a mi ángel custodio que me ordenó seguirle. En un momento, me encontré en un lugar nebuloso, lleno de fuego, y en él una multitud de almas sufrientes. Solamente nosotros podemos ayudarlas. Mi ángel custodio no me dejó en ningún momento.

El padre Alessio cuenta: En una ocasión, en el convento de san Giovanni Rotondo, donde vivía el santo padre Pío de Pietrelcina, se oyeron unas canciones hermosas en la iglesia. Pero a aquella hora, la iglesia estaba vacía. Le pregunté al padre Pío y respondió: “Son las voces de los ángeles, que llevan las almas del purgatorio al paraíso”.

La beata Ana Catalina Emmerick escribe en su Autobiografía: Estaba yo con mi ángel en el purgatorio y veía la gran aflicción de aquellas almas, porque no podían valerse por sí mismas, y notaba cuán poco las socorren los hombres de nuestro tiempo. Indecible es su necesidad. Comprendiendo esto, vine a hallarme separada de mi guía por una montaña y experimenté tan vivo anhelo y afán de volver a su lado que casi perdí el conocimiento. Le veía a través de la montaña, pero no podía ir hacia él. Entonces, me dijo el ángel: “Ese mismo deseo que tú sientes, lo sienten esas almas para que se les socorra”… A la vista de aquellos lugares, lloraba yo de rodillas y clamaba a Dios con los brazos abiertos hasta que Él se compadecía. El ángel me exhortaba a ofrecer todas mis privaciones y mortificaciones por las almas benditas, las cuales no pueden valerse por sí mismas y son cruelmente olvidadas y abandonadas por los hombres. Yo enviaba muchas veces a mi ángel custodio al ángel de aquellos a quienes veía padecer, para que él los moviese a ofrecer sus dolores por las almas benditas. Lo que hacemos por ellas, oraciones u obras buenas, al punto se convierte en consuelo y alivio para ellas ¡Se alegran tanto! ¡Son tan agradecidas!

Cuando yo ofrezco por ellas mis trabajos, ellas ruegan por mí. Lléname de espanto el horrible abandono y el desperdicio que se hace de las gracias de la Iglesia, que en tal abundancia son ofrecidas a los hombres y que estos tan poco aprecian, mientras las pobres almas las anhelan y desfallecen a causa del deseo que tienen de ellas.

ÁNGELES DEL CIELO

El cielo esta poblado de ángeles. ¿Cuántos son? Innumerables. Dice el Apocalipsis: Vi y oí la voz de muchos ángeles en rededor del trono y de los vivientes y de los ancianos; y era su número de miríadas de miríadas y de millares de millares, que decían a grandes voces: “Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fortaleza, el honor, la gloria y la bendición” (Ap. 5,11-12). “Todos los ángeles estaban en pie delante del trono y de los ancianos y de los cuatro vivientes y cayeron sus rostros delante del trono y adoraron a Dios diciendo: Amén. Bendición, gloría y sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fortaleza a nuestro Dios por los siglos de los siglos, amén” (Ap 7-11-12).

Los ángeles en el cielo adoran, aman y sirven a Dios. Pero ¿qué es el cielo? Dice el catecismo de la Iglesia católica que el cielo es la comunión de vida y amor con la Santísima Trinidad, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados (Cat 1024). El cielo no es un lugar concreto del universo. El cielo es la reunión de los elegidos con Jesús y María y todos los santos y ángeles en unión con el Padre y el Espíritu Santo. Es decir, donde esté Jesús, el hombre-Dios, allí estarán, con la Trinidad y la humanidad de Jesús, todos los santos y ángeles, adorando, amando y sirviendo. Y esto sucede en cada lugar donde esté Jesús, presente en la Eucaristía. En una palabra, el cielo en la tierra es el sagrario de nuestras iglesias, es la Eucaristía. Donde haya una hostia consagrada, allí está el cielo en la tierra y habrá millones de santos y ángeles, adorando, amando y sirviendo a su Dios.

Precisamente por esto, deberíamos aumentar en el mundo los sagrarios. Cada sagrario es un cielo en la tierra. Cada hostia consagrada es una bendición celestial para la humanidad y, en especial, para el que comulga.

Cuando en nuestra parroquia, los ministros extraordinarios de la Eucaristía llevan la comunión a los enfermos, yo pienso que es una procesión del Corpus, una procesión de ángeles y santos por las calles de la ciudad. La casa a la que llevan la comunión al enfermo, se convierte en ese momento en un cielo, porque hay millones de santos y ángeles que acompañan a Jesús y bendicen esa familia. ¡Qué alegría y qué responsabilidad poder recibir a Jesús con todo agradecimiento y devoción! En esos momentos, la casa debe estar bien arreglada, especialmente la habitación del enfermo, con una mesita a modo de altar un mantel blanco y una vela encendida... Hay que recibir lo más dignamente posible a nuestro Dios sacramentado. Pero ¿tenemos la fe suficiente para recibirlo como se merece con todo nuestro amor?

Decía san Pedro Julián Eymard: Jesús creó el hermoso cielo de la Eucaristía. La Eucaristía es un hermoso cielo, porque ¿no está el cielo allí donde está Jesucristo? Por eso, cuando comulgamos, recibimos el cielo, puesto que recibimos a Jesucristo, causa y principio de toda felicidad y gloria del paraíso celestial.

Ahora bien, el momento más sublime del cielo es, cuando se celebra la gran fiesta de la Redención, la fiesta de la salvación de los hombres, la gran fiesta del infinito amor de un Dios que se hizo hombre, nació en Belén, murió por salvarnos y resucitó de entre los muertos. Esta gran fiesta se celebra cada vez que se celebra la misa entre nosotros. La misa es una fiesta celestial en la que está presente todo el cielo.

En la misa, de pronto, se abre el cielo y nos adentramos en el coro de adoración. Este es el motivo por el que el prefacio termina con estas palabras: Cantamos con los coros de serafines y querubines. No estamos solos, ya que la frontera entre el cielo y la tierra se ha abierto de verdad.

En la misa estamos asociados a los ángeles, mirando la faz de Dios. Con nuestras voces nos unimos a sus coros y las suyas se juntan con nosotros… Si comprendiéramos a fondo lo que esto significa, la misa sería para nosotros una fuente de alegría que jamás podrá ser comparada con todas esas fiestas de la tierra, en la que no se hermanan los cielos y la tierra. Y, al tener la certeza que estamos ante los ángeles de Dios y que ellos mismos están entre nosotros, brotará con nuestro gozo el espíritu de adoración hacia la inmensa presencia que nos envuelve.

Por eso, decía con alegría san Juan Crisóstomo sobre la misa: Aquí está el cielo. San Gregorio VII Papa decía: A la voz del sacerdote, se abren los cielos y los coros de los ángeles asisten a la misa. Lo más bajo se une a lo más alto, lo terrestre a lo celeste, las cosas visibles a las invisibles.

Santa Ángela de Foligno se sentía inmensamente feliz ante Jesús Eucaristía. Decía: A veces, veo la hostia con un resplandor y una belleza muy grandes, más que si fuese el resplandor del sol. Por esta belleza, comprendo que estoy viendo a Dios sin ninguna duda. Jamás habría creído que los ángeles fuesen tan amables y pudiesen dar a mi alma tanta felicidad como me la dieron.

Scott Hahn, el gran convertido del protestantismo, dice: Realmente estamos en el cielo, cuando vamos a misa y esto es verdad en cada misa... La misa es el cielo en la tierra. Vamos al cielo, cuando vamos a misa. No se trata de un símbolo, de una metáfora ni de una figura retórica. Es algo real. Es el cielo en la tierra... ¡Es la realidad! Ahí es donde estuviste y donde cenaste (comulgaste) el domingo pasado. ¿En qué estabas pensando?. Por eso, el Papa Juan Pablo II decía: En la misa nos unimos a la liturgia (misa) celestial, asociándonos con la multitud inmensa que grita: La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono y del Cordero (Ap 7, 10). La Eucaristía es verdaderamente un resquicio del cielo, que se abre sobre la tierra. Es un rayo de gloria de la Jerusalén celestial, que penetra en las nubes de nuestra historia y proyecta luz sobre nuestro camino.

Santa Brígida escribió: Un día asistía a la misa y vi una inmensa fila de ángeles, que estaban contemplando al sacerdote. Cantaban cantos celestes, que me llenaban de alegría. Parecía que el mismo cielo estuviese contemplando el sacrificio de la misa. Y, sin embargo, nosotros asistimos a misa con tan poco amor y veneración.

Santa Matilde cuenta que un día estaba en misa y sintió la inspiración de ofrecer la comunión en honor de todos los ángeles. Dios le dio la visión de cómo estaban muy felices por aquel acto de amor. Y ella se sintió asombrada de cuánto aprecian los ángeles nuestro amor y nuestra amistad.

Por ello, siempre que vayamos a misa, pensemos que vamos al cielo, a celebrar la gran fiesta del amor infinito de Dios en unión con todos los santos y ángeles. Cuando vayamos a visitar a Jesús en el sagrario o en una capilla, donde esté Jesús sacramentado, pensemos en los millones de ángeles que lo rodean y que allí en ese momento está el cielo. Allí podemos pasar unos momentos de cielo, con la paz y el amor de Jesús.

¡Qué alegría para los ángeles, cuando ven que vamos a misa o a visitar a Jesús sacramentado! Y, cuando estamos en misa, están presentando nuestra oración y nuestro amor a Jesús. Pero ¡qué decepción para ellos, al ver a tantos que van a misa por compromiso social y que están totalmente distraídos o ignorantes del gran misterio que se celebra! ¡Cuántos pecados se cometen por no estar atenta y dignamente ante la presencia de Jesús y de todos sus ángeles! ¡Cuántas comuniones indignas!

Tratemos nosotros de reparar tanta ignorancia y tanta falta de respeto a Jesús sacramentado con nuestro amor y nuestra adoración. Pidamos frecuentemente a nuestro ángel que vaya a misa por nosotros, cuando realmente no podamos hacerlo personalmente. Pidámosle también que visite a Jesús cada día en nuestro nombre. Podemos decirle: Ángel santo de mi guarda, corre veloz al sagrario y saluda de mi parte a Jesús sacramentado.

Y cuando vamos a hacer una visita a Jesús Eucaristía, unámonos al coro de ángeles y santos que lo acompañan, para amarlo, adorarlo y servirlo junto con ellos. ¡Cantemos con los ángeles a Jesús Eucaristía! Y ofrezcámosle alguna vez en su honor la misa y comunión.

RECOMENDACIONES PRÁCTICAS

Ya hemos dado algunas recomendaciones sobre nuestro amor a Jesús Eucaristía, pero podríamos dar muchas más, pues cada uno puede inventar formas nuevas de demostrar su amor a Jesús y a los demás por medio de su ángel y de otros ángeles. Recordemos que todos los ángeles nos aman y que debemos amar a todos los ángeles que existen y no sólo a nuestro ángel. Por eso, sería bueno poner un nombre a nuestro ángel para tratarlo con más confianza. También es importante ser amigos de los ángeles de nuestros familiares con quienes vivimos en casa. Podemos invocarlos para que arreglen nuestras diferencias y pongan la paz. Cuando oramos, especialmente, en familia, invoquemos el ángel de la familia. Según afirman algunos Padres de la Iglesia, como Orígenes y san Clemente de Alejandría, cada familia tienen un ángel custodio.

También podemos invocar al ángel de la parroquia, de la diócesis, de la ciudad en que vivimos y también al ángel guardián de nuestro país. Los días de fiesta son días en que los ángeles están especialmente contentos. Muy en especial, el día de Pascua, el día de la Ascensión, las fiestas grandes de la Virgen María y también, por supuesto, en su día, el dos de octubre, fiesta de los ángeles custodios, y el 29 de setiembre, fiesta de san Miguel, Gabriel y Rafael.

Decía san Juan Crisóstomo sobre el día de la Ascensión: Los ángeles están presentes aquí, hoy los ángeles y los mártires se encuentran. Si quieres ver a los ángeles y a los mártires, abre los ojos de la fe y contempla el espectáculo. Si el aire está colmado de ángeles, ¡cuánto más la iglesia! Y, si la iglesia está llena de ellos, ¡cuán cierto es esto, especialmente hoy, cuando el Señor ha subido al cielo! Escucha al apóstol Pablo que te enseña que todo el aire está lleno de ángeles, cuando invita a las mujeres a cubrir su cabeza con un velo a causa de los ángeles.

Y lo mismo dice sobre la fiesta de la Resurrección: El cielo participa en la fiesta de hoy... Los ángeles exultan, los arcángeles se regocijan, los querubines y los serafines celebran con nosotros la fiesta de hoy. ¿Qué lugar puede quedar para la tristeza?. Por eso, debemos celebrar con mucha devoción las grandes fiestas de la Iglesia, en unión con los ángeles.

Procura ser delicado y atento con tu ángel. Al levantarte por la mañana, dale los buenos días a Jesús, a María y a tu ángel custodio, que ha estado toda la noche a tu lado y ha estado orando por ti. De vez en cuando, dale la alegría de ofrecerle alguna flor espiritual: un sacrificio, el rezo del rosario, hacer un pequeño servicio... También puedes ofrecer alguna misa o comunión en su honor y en honor de todos los ángeles de tus antepasados, que son parte de tu familia. Puedes pedirle al ángel que visite a tus familiares ausentes para darles un mensaje o su bendición. Cuando estén enfermos, que vaya a su cabecera y se preocupe de que todo vaya bien. Incluso puedes pedirle que se asocie a todos los ángeles de la familia para que ayuden al enfermo, especialmente, cuando lo estén operando o cuando se encuentre en algún momento de peligro o dificultad.

Siempre es bueno que, al hablar con alguien, pensemos en su ángel y lo saludemos, pues, aunque la persona no sea muy buena, su ángel sí lo es. Cuando vayas de viaje, invoca al ángel del chofer y de los compañeros de viaje para que todo vaya bien y alejen todo poder del maligno. Si eres profesor, invoca al ángel de tus alumnos. Si vas a dar una charla, homilía o conferencia, invoca a los ángeles de los asistentes.

También puedes decirle a tu ángel que todos los días ofrezca tu corazón a Jesús por María para que te lo purifique y lo haga cada día más puro y bello. Es bueno también recitarle frecuentemente la oración del ángel de la guarda.

Cuando vayas a hacer algún trabajo, pídele que te ayude para que lo puedas hacer pronto y bien. Hazlo todo en unión con tu ángel. Él te enseñará a amar cada día más a Jesús y a María. Él te sugerirá ir a visitar a Jesús sacramentado e ir frecuentemente a misa. Escúchalo. Son muchas las bendiciones que te pierdes por no seguir sus inspiraciones. Cuando tengas tentaciones, pídele ayuda; cuando tengas miedo, pídele que te dé paz. Recuerda siempre que nunca estás solo, que tienes un ángel bueno que siempre te acompaña. Y que, aunque lo envíes a visitar a algún familiar, él no te deja solo; pues, desde cualquier parte del mundo, estará pendiente de ti. Además, entre los ángeles hay amor y se ayudan mutuamente. Por eso, debes ser amigo de todos los ángeles de tus amigos y familiares e, incluso, de todos los ángeles que existen en el universo. Todos deben ser tus amigos. ¿Por qué no te consagras a ellos? Simplemente, puedes decir:

Dios mío, por medio de María, quiero pedirte que me concedas la gracia de ser amigo y hermano de todos los ángeles del universo. Úneme a ellos para que todos tengan mi nombre escrito en su corazón y te adoren, te amen y te sirvan en mi nombre. Yo, por mi parte, te ofrezco todas mis oraciones y buenas obras para tu gloria y tu alabanza. Jesús, cúbrenos con tu sangre bendita y haz realidad nuestra unión y amistad para siempre. Amén.

La beata Dina Bélanger nos dice: Hice un pacto con los ángeles custodios de los sagrarios de todo el mundo. Les pedía que me reemplazasen todos los días y a todas horas ante Jesús sacramentado.

¿Te imaginas lo hermoso que es que todos los ángeles te conozcan y te amen y que adoren y amen a Dios en tu nombre? Hazte merecedor del amor de los ángeles, llevando una vida angelical, pura de mente y de cuerpo, para que se sientan orgullosos de tu amistad. ¡Qué hermoso es tener un amigo celestial que te ayudará en todo momento, aun cuando tú estés ignorante de los peligros que te acechan! ¡Cuántas bendiciones vas a recibir!

Cuando estés enfermo, piensa que está a tu lado y te puede consolar mejor que cualquier médico, enfermera o amigo. Invócalo para que te consuele y pide a Dios, por medio de san Rafael arcángel, la salud. Cuando muera algún amigo o ser querido, envía a tu ángel con su ángel a que vaya a recibirlo más allá de la muerte. Igualmente, que visite a tus familiares o amigos difuntos, que todavía se encuentren en el purgatorio, para consolarlos en su penas. Los servicios que puede hacer el ángel son innumerables. Por eso, pídele ayuda para todo y sé siempre agradecido por tantos favores que recibes.

San Josemaría Escrivá de Balaguer te recomienda: Ten confianza con tu ángel custodio. Trátalo como a un entrañable amigo y él sabrá hacerte mil servicios en los asuntos ordinarios de cada día... Gánate al ángel custodio de aquel a quien quieras traer a tu apostolado. Es siempre un gran cómplice. Si tuvieras presentes a tu ángel y a los custodios de tus prójimos, evitarías muchas tonterías, que se deslizan en la conversación. Cuando tengas alguna necesidad, alguna contradicción pequeña o grande, invoca a tu ángel de la guarda para que la resuelva con Jesús o te haga el servicio de que se trate en cada caso. Acostúmbrate a encomendar a cada una de las personas que tratas a su ángel custodio para que le ayude a ser buena y fiel. Acostúmbrate a dar gracias anticipadas a los ángeles custodios..., para obligarles más. Y salúdalos. ¿No se saluda y se trata con cordialidad a todas las personas queridas? Pues tú y yo vamos a saludar muchas veces al día a Jesús, a María y a José y a nuestro ángel custodio (Surco 690).

Sonríele con cariño y, cuando escribas a alguien, dale saludos de tu ángel y saludos para su ángel.

ORACIONES

Oh espíritus angélicos, que acompañáis a Jesús en los sagrarios, donde está realmente presente, defendedlo de cualquier profanación y ofrecedle todo mi amor. Y, cuando celebre la misa, no permitáis que caiga ninguna partícula consagrada al pavimento para que no sea pisada por la gente.

Oh ángel de Dios, ruega por mí para que siempre ame a Jesús y no diga ni haga nada que lo ofenda. Que mis ojos sean puros para mirarle y mi boca esté limpia para hablarle. Que mi corazón sea puro para él y que todo mi ser y mi vida entera sea una ofrenda permanente en su honor y para su gloria.

¡Oh, qué hermoso es para mí pensar que un ángel del paraíso está siempre junto a mí! En cualquier lugar donde me encuentre estoy bajo su vista y me cuida y me protege en todo momento. Aunque esté dormido, él vela junto a mí y ora por mí. ¿Cómo podré, ángel mío, agradecerte por tantas bendiciones que Dios me ha dado por medio de ti?

Quiero evitar todos los malos pensamientos y malas palabras o acciones que te ofendan, porque te amo y quiero ser tu amigo para siempre. Y contigo amar cada día más a Jesús y a María, mi querida Madre. Amén.

*******

Cúbreme con tus alas, ángel mío. Cuídame en esta vida que es muy corta, aunque muy trabajosa su carrera. Y en ella necesito de tu ayuda para salir airoso en la tarea. Y, cuando Dios venga a juzgarme, en la última tarde de mi historia, recíbeme entre tus brazos muy alegre, porque quiero vivir contigo eternamente.

*******

Ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día. No me dejes solo que me perdería. Asistidme en mi última agonía. Hasta que descanse en los brazos de Jesús, José y María.

****** Ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día. Si me desamparas, ¿qué será de mí? Ángel de mi guarda, ruega a Dios por mí.

*******

Ángel de Dios, lucero de amor, ilumina mi vida y guíame a Dios.

*******

FIEL COMPAÑERO

Ángel, lucero del alba, compañero de mi vida, fuerte, hermoso, transparente. Compañero de mis días y mis noches, compañero.

En lo bueno y en lo malo, en lo grato y en lo adverso, siento siempre la firmeza de tu mano, sujetando, dirigiendo.

¿Por qué digo que estoy solo? ¿Por qué gimo y me lamento, si cuento con tu presencia?

Hasta acá llegamos juntos, y tu mano tierna y firme, en el preciso momento, será como leve barca que me subirá al Eterno.

Compañero de mi vida, lucero de mi existencia, angelito de mi guarda, compañero.

******* Al ángel guardián

¿Quién eres tú, ángel puro? Eres estrella brillante, un amigo inseparable, con un corazón de fuego y un alma de amor vibrante.

Eres centella celeste, destello del Dios viviente, lucero de amor divino, de una belleza esplendente.

Eres pureza y amor, paz y alegría del alma, con la sonrisa en los labios y ternura en tu mirada.

Eres guardián y custodio, guía de Dios, mensajero, compañero de camino, mi defensor permanente.

A ti, ángel de mi guarda, quiero cantar con mi vida una canción de alegría y decirte: Muchas gracias.

*******

Santos ángeles, nuestros protectores, oren por nosotros. Santos ángeles, nuestros hermanos, oren por nosotros. Santos ángeles, nuestros consejeros, oren por nosotros. Santos ángeles, nuestros defensores, oren por nosotros. Santos ángeles, nuestros amigos, oren por nosotros. Santos ángeles, nuestros guías, oren por nosotros. Santos ángeles, nuestros intercesores, oren por nosotros. Santos ángeles de los nueve coros angélicos, oren por nosotros.

*******

Consagración a todos los ángeles

Señor Jesús, por intercesión de María y de san José, con el poder y la gracia del Espíritu Santo y para gloria de mi Padre celestial, quiero en este momento consagrarme con todos mis seres queridos a mi ángel custodio y a todos los ángeles del universo. Mi más sincero deseo es que todos los ángeles sean mis hermanos y amigos, en especial, mi ángel custodio. Y, por eso, en este momento me pongo con toda mi familia en sus manos poderosas, confiando en ellos para que nos guíen y protejan de todo mal.

Que nuestra unión de amor y amistad sea para la eternidad y que este pacto de amor con todos los ángeles sea para mí y mis familiares un compromiso de obediencia a ellos y una aspiración constante a la santidad, cumpliendo siempre la voluntad de Dios.

Que Jesús, nuestro Dios y Señor, nos cubra con su sangre y supla todas nuestras faltas y desobediencias siendo el garante del cumplimiento de este compromiso y pacto de amor ahora y para la eternidad. Amén. CONCLUSIÓN

Después de haber visto muchos casos en que los ángeles nos ayudan tanto aquí en la tierra como en el más allá de la muerte, podemos decir que su ayuda es muy importante en nuestra vida. Quienes, por ignorancia o falta de fe, no los invoquen, perderán muchas bendiciones, que Dios quería darles a través de ellos. Por supuesto que, en caso de necesidades del cuerpo o del alma, podemos acudir a Jesús, a la Virgen María, a san José o a los santos de nuestra devoción, pero la ayuda de los ángeles no estará de más. Es como si uno tiene problemas en la vida y, por querer pedir ayuda solamente a los miembros de su familia, se privara de muchos servicios que podría recibir de médicos, sacerdotes, maestros o amigos, que no son de la familia. ¡Cuantas más personas nos ayuden, mejor! Lo mismo pasa espiritualmente: cuanta más ayuda recibamos, mejor. De ahí que pedir ayuda a nuestro ángel y a otros muchos ángeles, es algo muy conveniente e importante. Dios se goza y se alegra muchas veces en darnos bendiciones por medio de los ángeles, a quienes ha puesto para cuidarnos y protegernos del poder del maligno.

Te deseo un buen viaje por la vida. Recuerda que Jesús Eucaristía debe ser el centro de tu vida. No te olvides de pedir ayuda a tu amigo y compañero de siempre: tu ángel custodio. Él te recibirá más allá de la muerte y te acompañará también en el purgatorio hasta que te deje en los brazos de Jesús y María en el cielo.

Saludos de mi ángel y saludos a tu ángel.

P. Ángel Peña O.A.R. Agustino recoleto

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